Por Otto Rühle.

Manzanas, no palos

En el cuarto de hora de recreo, cuando me tocaba vigilar, me dio un empujón un muchacho grande que era un vagabundo notorio y el terror de todos los maestros.

Le llamé al orden, y entonces, delante de sus compañeros, me dedicó un insulto feo.

Un pequeño delator me lo fue a contar.

Al terminar las clases detuve al futuro matón y le mandé que viniera a mi cuarto a las 4 de la tarde.

Supo enseguida lo que se le venía encima. Le cambió el color de la cara. Me miró fijamente, asustado.

Palos, palos, le martilleaba en la cabeza: palos de la clase que recibía a diario en raciones sin medida.

A las cuatro en punto estaba allí. Desafiante como siempre, con expresión brutal, pero por dentro lleno de un miedo que le hacía latir el corazón, se quedó junto a la puerta.

Le invité amablemente a sentarse y a esperar un poco.

Vaciló, pero luego se sentó y siguió mis movimientos con mirada recelosa. El asunto no le daba buena espina. Le dejé así un rato.

Luego me levanté del escritorio y le dije: «¡Toma unas manzanas del frutero!».

Me miró con los ojos muy abiertos. ¿Había oído bien? ¿Manzanas, no palos? ¿Qué le pasaba? ¿Qué significaba aquello?

«¡Coge, coge!», le animé amablemente, y le di en abundancia, y aun le llené los bolsillos.

Seguía sin orientarse en una situación que le sorprendía por completo. Manzanas, no palos... ¿cómo era posible?

Luego, para justificar que le hubiera hecho venir, le mandé a hacer un pequeño recado y le dije que le había elegido porque tenía en él una confianza especial. Solo que tuviera cuidado de no empujar a nadie por la calle, porque si no le tomarían por un gamberro.

Todo con la mayor amabilidad y benevolencia posibles...

Desde ese día y esa hora el muchacho fue otro.

A la mañana siguiente, por propia iniciativa, me pidió perdón antes de las clases. Y por la tarde vino a preguntarme si podía volver a hacerme algún recado.

Se habría echado al fuego por mí.

El mundo de cuento de los niños

Las judías de la comida son de nuestro huertecito. Eso les da un sabor delicioso muy suyo.

Y sin embargo hay una en la mesa que no quiere comer. No sirve de nada insistir.

Mientras el padre y la madre comen con ganas, ella está llena. Para tener hambre luego, cuando el padre y la madre ya estén llenos.

Sabe demasiado bien que tiene un padre que no riñe a semejantes melindrosos1 ni los obliga a comer a golpes.

La madre alaba el plato, lo «bueno que está», pero tampoco eso tienta a la pequeña desdeñosa.

«¿Sabes una cosa?», dice entonces el padre, con cara seria y pensativa, «las judías del huerto se van a ofender porque las has despreciado. No van a querer saber nada más de ti. Cuando vayas al huerto dirán: a quien no nos quiere, tampoco lo queremos nosotras. Creo que es mejor que te comas las judías».

Ella escucha. Con ojos interrogantes y la boca abierta. ¿Sería posible que las judías se enfadaran con ella? Pero enseguida se repone.

«Pues mira, papá», replica con desparpajo, «en el huerto también está el montón de arena. Y si las judías no quieren saber nada de mí, él me dirá: ven, que yo juego contigo. Porque, sabes, el montón de arena es mi amigo...».

Las judías se quedan sin comer. Y por la noche vuelven a estar en la mesa, y se presentan una y otra vez hasta que por fin se las comen.

No hay nada que hacer: ¡las judías quieren ser comidas!

Educadores que nacen

Un día de calor. Vamos por una calle larga y desnuda de la ciudad. El calor nos ha cansado y puesto de mal humor.

Entonces veo que la niña va volteando su sombrero por el aire, cogido de la cinta. En vez de protegerse con él la cabeza del sol abrasador, le sirve para toda clase de travesuras.

«El sombrero va en la cabeza», le digo.

La pequeña hace como si no oyera nada.

«¿Oyes lo que te digo?», pregunto, seco y con tono cortante.

No hay respuesta.

Noto que se me sube la sangre a la cabeza. Pero todavía me domino.

«¡Ponte ahora mismo el sombrero!».

Ahora menos que nunca. ¡Qué cabezota! ¿Qué hago? La niña suele ser obediente y buena... Me voy excitando cada vez más y mascullo furioso para mis adentros. ¡A esta mocosa2 hay que quitarle la terquedad!

... No sé lo que habría pasado si en ese momento no hubiéramos llegado a donde íbamos.

El dependiente de la tienda en la que entramos vio mi cara de enfado y aún oyó por casualidad cómo le decía a la pequeña entre dientes, de malos modos: «¿Te pones el sombrero, sí o no?».

Entonces se acercó a la pequeña como por casualidad, la miró con calma pero con amabilidad y le preguntó, acariciándole la mejilla: ¿Eres un niño o una niña?

«Una niña», fue la rápida respuesta.

«¿Ah, sí? Pues aquí las niñas llevan el sombrero puesto».

Zas: el sombrero estaba arriba.

Me quedé avergonzado. Aquel sencillo dependiente, que se manejaba con la vara de medir y la cinta, era un pedagogo nato.

Ese hombre es el que habría querido como maestro para mí y para mi hija.

La lección de cálculo de cada día

Por la noche hay que enrollar los rizos.

«¡Trae los bigudíes!», manda la madre a la niña de cinco años.

Pronto los ha traído del tocador del dormitorio.

«Cinco son pocos. Tienen que ser ocho. ¿Cuántos faltan?».

Los deditos de la mano izquierda y luego los de la derecha se abren, y los ojos saltan contando de uno a otro.

«¡Faltan tres!».

«Bien. ¡Ve a por ellos!».

Sale corriendo y trae cuatro. Con lo deprisa que metió la mano en la caja, no se fijó tanto.

«¿Son tres estos?», pregunta la madre.

Otra vez pasan los ojos contando por los finos rizadores negros de cuero.

«Cuatro: sobra uno».

«¿Y cuántos son ahora en total?».

Lo piensa un rato. «Nueve».

«¿Y cuántos faltan para diez?».

La cabecita trabaja. Pero pronto también eso está resuelto. «Uno».

«Mira, papá, qué bien sabe contar la niña».

Radiante de felicidad, los bracitos rodean el cuello del padre, y el beso de buenas noches es hoy doblemente dulce.

Luego se va a la cama bailando y cantando.

Paseo de domingo

El domingo por la mañana cruzamos un prado en flor.

«Papá, ¿por qué vuelan siempre las abejas de una flor a otra?».

«Buscan miel en las flores».

«¿Y dónde está la miel? Yo no la veo».

«La flor tiene en el centro, hacia el tallo, un hueco, el cáliz; ahí descansa una gotita diminuta de miel».

«¿Y les parece bien a las flores que las abejas les quiten la miel?».

«Es para las abejas y sus hijos, que se alimentan de ella. Las flores hasta se alegran y se lo agradecen a las abejas, porque las abejas les hacen a las flores un servicio importante».

«Eso no lo entiendo, papá. Explícamelo, por favor».

«Vamos a mirar bien una flor. Mira, tiene en el centro un cono derecho, el pistilo, con un estigma gordo y granuloso encima. Por dentro del pistilo va un tubito fino y delgado desde el estigma hasta el fondo, donde hay muchos granitos. Los verás si corto la flor por la mitad con la navaja».

«Sí... como huevecitos...».

«Es que son huevecitos, de los que luego sale la semilla. Así se reproduce la flor. Pero antes tiene que ser fecundada».

«¿Y qué es eso: fecundada?».

«De los estambres, que están alrededor del pistilo, el polvo amarillo y pegajoso tiene que llegar al estigma del pistilo. Allí crece hacia dentro del tubito hasta el fondo. Allí se encuentra con los granitos de la semilla, y se dice: se ha producido la fecundación. Ahora la flor puede reproducirse».

«¿Pero cómo llega el polvo a los estigmas?».

«De eso se encargan precisamente las abejas cuando van a por la miel. En el cuerpo tienen pelillos, y en ellos se queda pegado el polvo; cuando luego pasan por encima del estigma, el polvo se queda pegado y crece hacia dentro del tubito».

«Y en agradecimiento las flores les dan a las abejas su miel».

«Claro, hija mía. Uno ayuda al otro, y cada uno depende del otro. Y todos son amables y buenos entre sí. Así debería ser también entre los hombres».


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha íntegramente desde el facsímil de las págs. 13-14 del Hamburger Echo, n.º 203, 30 de agosto de 1908, Dritte Beilage (Staats- und Universitätsbibliothek Hamburg, vía Deutsches Zeitungsportal).

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan los cinco subtítulos y la división en párrafos breves del original. Bohnen se traduce «judías»; Lockenwickel, «bigudíes».

  1. Suppenkasper: el niño que no quiere comer, por el «Kaspar de la sopa» del Struwwelpeter de Heinrich Hoffmann. (N. del T.) ↩

  2. Jöhre (por Göre): «chiquilla, mocosa», en el habla del norte de Alemania. (N. del T.) ↩