Por Otto Rühle.

I

En la Sociedad Psicológica de Berlín, el Dr. Gramzow, en una conferencia sobre la psicología del suicidio, declaró hace poco «que los suicidios modernos de escolares se deben mucho menos a errores pedagógicos, cuyo empeño1 no puede negarse, desde luego, que a todo el medio social actual». La afirmación, en esta forma, es decididamente falsa. Más acertado sería decir que la extraordinaria frecuencia de los suicidios de escolares se explica por el medio de vida del niño, en el que la escuela, por su método educativo contrario a la naturaleza y a la razón, desempeña un papel grande y funesto. Pues, examinando la situación sin prejuicios, no puede caber ya ninguna duda de que la escuela desempeña un papel principal en la serie, bastante variada, de los motivos que hacen madurar en el niño la terrible decisión de destruir violentamente la vida. ¡Qué cuadro incomprensible y conmovedor en su trágica contradicción: la escuela, que debe sembrar en el espíritu y en el ánimo del niño todo lo noble, grande y puro, educar la voluntad todavía dócil para la firmeza y la energía en la lucha por la existencia y, en general, capacitar al ser humano en formación, mediante el desarrollo armónico de todas sus disposiciones físicas y psíquicas, para la afirmación de la vida más decidida, más vigorosa y más alegre; esa misma escuela, causa de una negación desesperada de la existencia, motivo implacable de la destrucción incondicional de la vida! Se comprende que los pedagogos se defiendan indignados y amargados contra la admisión de su culpa y saquen argumentos de debajo de las piedras para no sucumbir al peso de esta acusación.

Todavía a comienzos del siglo pasado apenas se conocían suicidios de niños; así lo atestiguan casi todos los países: Prusia, Francia, Inglaterra, Italia, etc. Solo se daban casos muy aislados, que se consideraban algo inaudito; así, en Berlín, de 1783 a 1787, un único caso. En el decenio siguiente fueron ya tres. Quetelet, uno de los fundadores de la estadística moral y social, fue el primero en señalar el aumento gradual de los suicidios de niños, y ya hacia 1825 se lamentaba el Dr. Casper en sus Beiträge zur mediz. Stat. [Contribuciones a la estadística médica]: en ninguna parte se muestra con más crudeza el lado oscuro de la cultura que cuando consideramos el aumento, casi increíble, de los suicidios de niños en los tiempos más recientes. Y en 1846 escribía en sus Denkwürdigkeiten [Memorias]: los suicidios de niños se han producido en todas partes de la monarquía en los últimos tiempos con frecuencia tan creciente que sería cansado dar a conocer aquí siquiera una parte de esos casos. También otros estadísticos, hasta los tiempos más recientes, destacan el aumento de las cifras de suicidios infantiles, como Heyfelder, Griesinger, Prinzing, Siegert y otros, mientras que Guttstadt, Rehfisch y Baer no comparten sin más este punto de vista, sino que se inclinan más o menos a la opinión de que la frecuencia del suicidio ha aumentado sin duda considerablemente, pero la proporción de suicidios de niños ha seguido siendo en general la misma. A esta concepción se opone, sin embargo, la estadística oficial, por no hablar de que ya el seguimiento regular de la prensa diaria permite reconocer sin más un aumento indudable de la frecuencia del suicidio entre los jóvenes. Según la estadística, en los años 1869-78 hubo en promedio anual un suicidio por cada 666 028 niños, mientras que hasta el periodo 1894-1898 esta cifra bajó a 497 815. Esto significa evidentemente un aumento de los suicidios de niños. En los tres decenios 1869-98, solo en Prusia murieron por suicidio en total 1708 niños (1346 varones y 362 niñas). Una cifra completamente inusual en esta triste estadística la presenta el reino de Sajonia. Según el Dr. Krell, allí hubo ya en 1900 un suicidio infantil por cada 100 suicidios, y en 1902 incluso por cada 42. Y para la estadística de los suicidios de niños vale muy especialmente, como subraya el Dr. Baer, «que su número es en realidad mayor que el averiguado oficialmente».

Incomparablemente más interesante que averiguar la frecuencia del suicidio es indagar los motivos que conducen a él. Los suicidios de niños en particular son un terreno que necesita todavía con urgencia ser explorado e investigado científicamente; a la psiquiatría y la psicología, a la sociología y la pedagogía se les abren aquí amplios campos de actividad. Un niño sano, resistente y bien educado solo en los casos más raros concebirá la idea del suicidio, «pero se cuentan por cientos de miles los retoños debilitados que vienen al mundo con una energía vital disminuida, en los que el alcoholismo, el libertinaje, la enfermedad, el modo de ser y el exceso de trabajo de los padres produjeron una menor resistencia para la lucha por la vida. A menudo una educación cuidadosa y cariñosa y unas buenas circunstancias externas pueden lograr una compensación; a menudo también falta al menos el impulso hacia un desenlace trágico. Pero si a tales niños, de nervios irritables y vida emocional equilibrada2, a menudo hipersensible, les sobrevienen otros daños y penas, el camino hacia la tragedia está trazado».

Está en la naturaleza del suicidio en general y en su valoración social en particular que muchos de sus aspectos suelan quedar oscuros, no en último lugar las causas, que son lo que más fácilmente escapa a la investigación posterior. En todas las estadísticas sobre las causas del suicidio aparece, pues, la rúbrica «Motivos desconocidos», y por cierto siempre con cifras altas. Así, por ejemplo, de 936 suicidios cometidos entre 1884 y 1898 por niños de 10 a 15 años, 337 (37,4 %)3 tenían causas desconocidas, y Morselli calculó, por cada 1000 suicidas menores de 15 años en Prusia en los años 1869-72, nada menos que 434 varones y 319 niñas cuyos motivos no pudieron averiguarse. Baer, que no supone como Esquirol una forma específica de locura como motivo del suicidio, pero que se inclina fácilmente a admitir la perturbación mental, la inferioridad psicopática y los afectos morbosos como causas principales de los suicidios de niños, opina además que «de los casos por "causas desconocidas" puede considerarse sin reparo una gran parte como casos que han de atribuirse a motivos inferiores, dudosos, psicopáticos, cuyo verdadero estado mental no se reconoció en vida». En cambio, Durand-Fardel es de la opinión de que el maltrato es la causa más frecuente de los suicidios de niños; en concurrencia ideal con ello, Ferriani, el fiscal italiano conocido como notable psicólogo infantil, considera «el miedo a la escuela» el motivo decisivo en la mayoría de los casos de suicidio infantil.

¡El miedo a la escuela! Un mundo pequeño, pero tan grande y doloroso, se abre ahí ante nosotros, un mundo lleno de innumerables momentos de preocupación y miedo, de pena y fatiga, de repugnancia y horror, de dolor y desesperación, que en innumerables matices sacuden y hacen temblar los corazones y los cerebros de los niños. Ahí están los pequeños y lamentables proletarios asalariados, uncidos al yugo del trabajo de la mañana a la noche, que, cuando ocupan rendidos y con el estómago vacío el único lugar de descanso que les ofrece el día, la escuela, no son capaces de seguir la clase. El aprender se les convierte en tormento; el maestro, que quiere hacerlos avanzar contra todos los obstáculos, les parece un torturador; toda la escuela, con su frialdad, sus asperezas y sus martirios, solo despierta en ellos sentimientos de miedo, de resistencia y de espanto, que pueden llegar hasta el hastío de vivir y la desesperación. Ahí están además los enfermos, los anormales, los lisiados, cuya debilidad e inferioridad mental a menudo no se reconoce, a quienes se trata a palos como «holgazanes» y «atolondrados» y a quienes la enseñanza se les convierte en un infierno. Los desheredados, los sin patria y sin padres, los arrojados pronto a la vida, los hambrientos y agotados, los maltratados una y otra vez, los de tara hereditaria, los degenerados y desmoralizados, los descarriados y víctimas tempranas de la educación forzosa y de las cárceles: interminable es el cortejo de la miseria. A ello se suman las naturalezas delicadas, los sensibles y los morbosamente impresionables, los dominados por una ambición exagerada y los presos de falsos prejuicios. Todos ellos forman el contingente de los suicidas jóvenes.

II

Una investigación específica de los suicidios de escolares la hicieron Guttstadt para los años 1883-1888 y Eulenburg para los años 1880-1903. Guttstadt estudió 289 casos (240 varones y 49 niñas), de los que 82 correspondían a escuelas secundarias y 207 a escuelas elementales. De los primeros, 15 muchachos se mataron por miedo al examen, por no pasar de curso o por haber suspendido el examen; de los segundos, por las mismas razones, un muchacho y una niña. Otras razones relacionadas con la asistencia a la escuela habían sido determinantes en cinco muchachos de escuelas secundarias y en ocho muchachos y una niña de escuelas elementales. Eulenburg comprobó en las actas del Ministerio prusiano de Cultos 1152 suicidios de escolares para 1880-1903, de ellos 812 en escuelas elementales y 340 en superiores. En más de un tercio de los casos, el miedo al castigo, al examen, la vergüenza por no pasar de curso fueron los motivos del acto; en el 10 % de los casos lo fueron la perturbación mental, la sobreexcitación nerviosa, etc.

De ambas estadísticas se desprende de modo claro e inequívoco una grave culpa de la escuela. La plaga de los exámenes y el miedo a las notas, dos viejos males sobre todo de las escuelas secundarias, y además el miedo al castigo, que aterroriza en primer lugar a los alumnos de la escuela primaria, empujan a la muerte a un porcentaje considerable de los suicidas jóvenes. Se sabe que los exámenes escolares ejercen una influencia sin duda perjudicial sobre la salud física de muchos alumnos. El Dr. Ignatieff descubrió que el 79 % de los alumnos que observó perdieron durante el examen un promedio de 1½ kilos de peso; a resultados parecidos llegó el Dr. Kosinzoff. El primero llegó al convencimiento de «que, en las circunstancias dadas, los exámenes son comparables en su efecto sobre el organismo joven a una enfermedad grave, que trae consigo considerables trastornos de la nutrición y de los tejidos y que en todo caso no deja intacto el órgano que trabaja con mayor esfuerzo durante el periodo de exámenes: el cerebro». Ambos observadores consideran muy funesta la gran excitación nerviosa en que caen los niños durante el examen, que les roba el sueño y el apetito y se manifiesta en forma de miedo, inquietud general, ánimo abatido o exaltado de modo morboso. Mucho contribuye al efecto nefasto, observa además el Dr. Baer, la excesiva importancia que la vida familiar moderna concede al progreso de los niños en la escuela. En la familia, sobre todo de las clases medias y altas, las notas, el puesto en la clase, el paso de curso de los niños son el centro de todos los acontecimientos, en torno al cual gira a veces todo. Si en las clases, casi siempre abarrotadas, el alumno está ante un maestro no siempre suficientemente capacitado pedagógica y psicológicamente, como un extraño y un desconocido; si a veces queda incluso a merced de su opinión preconcebida e imaginaria; si el maestro, por falta de tiempo y de ocasión, a menudo no puede conocer la peculiaridad del alumno, no puede dejar de ocurrir que juzgue mal a uno u otro de los alumnos y lo empuje a la desesperación con un trato equivocado, quizá también injusto. Habrá que cargar, pues, también a la cuenta de la escuela —y Siegert comparte esta opinión— una parte de los suicidios de niños «por ambición herida». En Guttstadt son 19 casos de 289. Quizá también la «exaltación religiosa», que encuentra suficiente preparación y encauzamiento en la enseñanza de la religión de nuestra escuela primaria.

Por lo demás, con innumerables investigaciones realizadas por célebres y destacados pedagogos, médicos, etc. (Griesbach, Wagner, Trüper, Kemsies, Axel Key, Mosso, Erismann, Kraepelin, etc.), se ha obtenido una visión del funcionamiento de la enseñanza en las escuelas secundarias y elementales que confirma en toda su extensión que «una enseñanza escolar llevada a cabo irracionalmente es muy capaz de ejercer una influencia morbosa sobre el sistema nervioso». En nuestras escuelas se encuentra por desgracia en todas partes semejante «enseñanza escolar llevada a cabo irracionalmente». Siegert, que también es maestro, considera demasiado altos los objetivos de la escuela primaria, opinión que no podemos compartir. Si, suprimiendo la enseñanza de la religión, se concediera a los niños más libertad, tiempo y fuerza para las materias científicas, la sobrecarga del espíritu, el maltrato de la memoria, el agotamiento de los nervios no serían ni de lejos tan grandes como hoy, cuando se asfixia la capacidad de pensar con dogmas y se devasta la memoria con versículos de la Biblia. Pero, por lo demás, Siegert tiene razón cuando escribe: «Exigimos con demasiada frecuencia cosas pedagógicamente inútiles y psicológicamente imposibles, cosas que sirven para lucirse en el momento, pero no para fomentar de forma duradera el desarrollo del espíritu... Échense al fuego los planes de estudio sistemáticamente urdidos y créense otros nuevos, sencillos, aconsejados por principios higiénicos, que acaben definitivamente con el lastre inútil de la memoria, eviten el saber de muchas cosas que dispersa las fuerzas, den a la enseñanza un rasgo unitario y sean capaces de educar al mundo infantil en la noble sencillez y naturalidad del pensar, el sentir y el querer... Y no hagáis que el cuerpo pague los progresos del espíritu. Procurad para la formación del cuerpo los medios necesarios y conceded el tiempo preciso para ello. Aumentad la fuerza corporal, templad los nervios, poned equilibrio en la formación del cuerpo y del espíritu. Dad espacio al alegre juego infantil, al ejercicio corporal al aire y al sol. Organizad desde la escuela paseos por el bosque y el campo... y educaréis niños a los que la idea del suicidio no podrá ocurrírseles ni en sueños».

Pero todos estos lados oscuros y defectos del funcionamiento escolar no actúan sobre el niño ni de lejos con tanta fuerza, ni lo angustian ni lo paralizan tanto como el miedo al castigo. La abominable vara escolar, que para vergüenza de nuestro tan alabado arte de educar sigue gozando de derechos de soberanía en los cuarteles escolares y en sus patios, ha empujado sin duda a la muerte a la mayoría de los niños. El «miedo al castigo» aporta entre los suicidas jóvenes, sobre todo entre los alumnos de la escuela primaria, uno de los contingentes más fuertes. Según las averiguaciones oficiales citadas, de 104 alumnos de primaria afectados, el 43 %, y de 35 alumnas, el 65 %, se quitaron la vida por esta causa. Eulenburg reúne 35 casos de suicidio de escolares recogidos por él, de los que en 4 los motivos son desconocidos; pero en 12 casos los golpes, el miedo a los golpes y las amenazas de golpes, los reproches y las reprensiones fueron la causa del suicidio. En las escuelas secundarias no se puede pegar; la estadística mencionada mostró, en efecto, entre 62 casos uno solo en que el miedo a los golpes fue el motivo del suicidio. Con el palo, padres y maestros no solo expulsan de los niños todo respeto de sí mismos y toda independencia, todos los mejores impulsos del corazón y los sentimientos más nobles, sino que empujan a los desdichados incluso a la muerte. En innumerables casos en que el miedo al castigo figura en las estadísticas como motivo del suicidio, averiguaciones detenidas han mostrado que se trataba siempre de castigos escolares. Cuanto más brutal y desenfrenada es la disciplina punitiva de la vida4, cuanto más se angustia y teme el niño ante los duros castigos y maltratos del maestro, tanto más fundado es el reproche que hay derecho a hacer a este sistema. Si Eulenburg, Siegert, Gramzow y otros opinan que solo rara vez ocurre que haya que atribuir a la escuela una culpa en este sentido, es que no conocen la escuela primaria o son demasiado parte para juzgar con objetividad.

Quien ha ido él mismo ocho años a la escuela primaria sabe que allí llueven palos a mansalva y que a menudo, por nimiedades ridículas, se imponen castigos francamente bárbaros. Pero todos esos pedagogos de la vara son cómplices de la miseria y el dolor sin nombre que se expresan en los suicidios de niños, no del todo, no, sino en una parte mínima. Y a nosotros nos parece un crimen encubrir estos hechos terribles.

Nuestra educación oficial, en la que solo está interesada la propiedad, devora —como la «educación» militarista, su hermana de leche en carne y hueso— hecatombes de bienes, sangre y vida que el pueblo tiene que sacrificar. Unos, por causas que determina su posición de dominio en el Estado de clase, con su orden de castas y su sistema de privilegios por títulos5; los otros, bajo la presión de la servidumbre y la pobreza, que los arrojaron a las bajuras de la vida. En ambas hay algo malsano: solo la supresión de los abismales antagonismos de la sociedad puede conducir también en este terreno a sanear la situación.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha sobre el OCR de la FES cotejado con el facsímil: Vorwärts, Unterhaltungsblatt, n.º 120, 25 de junio de 1908, pp. 479-480 (I), y n.º 121, 26 de junio de 1908, pp. 483-484 (II). Ids: OR1908-09 y OR1908-10. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Las cursivas reproducen el espaciado del original; las adiciones entre corchetes son del traductor. Minderwertigkeit = «inferioridad»; Verwahrloste = «descarriados», según el glosario.

  1. Así el impreso («deren Bestreben»); quizá errata por «Bestehen» («cuya existencia»). (N. del T.) ↩

  2. Así el original («dem ausgeglichenen»); el sentido pide «desequilibrada» (unausgeglichenen). (N. del T.) ↩

  3. Así el impreso; 337 de 936 son el 36 %. (N. del T.) ↩

  4. Así el impreso («die Strafdisziplin des Lebens»); el contexto haría esperar «de la escuela». (N. del T.) ↩

  5. Berechtigungswesen: el sistema que vinculaba a los títulos escolares el acceso a cargos, carreras y privilegios, como el servicio militar de un año. (N. del T.) ↩