Los maestros en la lucha contra la literatura de pacotilla

Por Otto Rühle.

Con la asamblea de los maestros alemanes, que se celebrará en Dortmund en Pentecostés de este año, irá unida también la asamblea general de las Comisiones Alemanas Unidas para el Examen de los Escritos Juveniles (Vereinigte deutsche Prüfungsausschüsse für Jugendschriften). Se han previsto para ella dos conferencias, sobre lo sexual en las lecturas juveniles y sobre la cuestión del lenguaje adecuado a la edad en el escrito juvenil; además, una sesión especial ha de ocuparse de la actividad de las comisiones durante los dos últimos años y de otros asuntos de trámite. Para preparar a tiempo la base de estas deliberaciones y ganar el punto de partida más adecuado, el actual presidente de la comisión directora de Hamburgo, Herm. L. Köster, presenta ya ahora en la Jugendschriften-Warte el informe de gestión de [¿1906?]/08. Dada la atención con que se sigue y se fomenta en los círculos de nuestro partido la cuestión de los escritos juveniles —como parte orgánica de la cuestión educativa—, sobre todo en los últimos años, puede suponerse sin duda entre los lectores de los periódicos socialdemócratas un vivo interés por el informe sobre la actividad y los éxitos de las comisiones de maestros.

Köster constata ante todo el hecho triste y vergonzoso para el nivel cultural de nuestro tiempo de que los últimos años han producido en el terreno de la literatura juvenil una salvaje producción de la pacotilla editorial más repugnante, una pacotilla que fue igualmente poderosa en lo ilustrado y en lo literario y que hizo estragos. Historias de robos, raptos y seducciones, en las que detectives como Sherlock Holmes, Pinkerton y Nick Carter hacen los papeles principales; relatos de Buffalo Bill, Texas Jack, Sitting Bull y otros héroes del salvaje Oeste; crónicas de motines y asaltos espantosos, sin olvidar los fantasiosos aprovechamientos de las matanzas de hereros y hotentotes1, han brotado como setas en un verano húmedo. ¡No es de extrañar! ¿No encontró un Sherlock Holmes, con su romanticismo violento y chabacano de escalera de servicio, el aplauso entusiasta en el teatro precisamente de las —como suele informar Schmock2— altísimas personalidades? ¿Y no hizo un mamarracho como El perro de los Baskerville, aclamado por la chusma artística de los estamentos «más cultos» y «más distinguidos», un verdadero paseo triunfal por el mundo entero? ¿De qué gemís y lloriqueáis, pues, si al final el niño proletario descarriado, estafado en toda formación y educación, encuentra gusto en las mismas cosas? Sin duda es triste; pero si el caballo ha de llevar brida y riendas, no se le puede embridar por la cola.

Ahora bien, las comisiones de escritos juveniles de los maestros no han dejado de intentar en muchos lugares extirpar la peligrosa mala hierba del jardín de la literatura y el arte y preservar en lo posible a la juventud de un envenenamiento moral y estético. Pero los medios empleados resultaron inútiles. «Los poderes que fomentan la difusión de la literatura de pacotilla», se queja Köster, «son más poderosos que nosotros. El poder principal es el dinero. Se manifiesta ante todo en la gran ganancia que se embolsa el vendedor. Una "Casa editorial de literatura y arte populares" de Berlín (Berlín SO., Naunynstraße 38), que vende retratos del emperador Guillermo II y láminas patrióticas y religiosas recomendadas por unos 20 gobiernos reales y otras altas autoridades, comunica: "Estamos dispuestos a suministrarles nuestras series Texas Jack y Sitting Bull a 5½ pfennigs el cuadernillo. Si se trata de pedidos mayores, podríamos ofrecerles bonificaciones especiales". Con un precio de venta de 10 pfennigs, eso da una ganancia muy bonita. Los chicos, en cambio, si entregan a cambio un cuaderno leído, solo tienen que pagar 5 pfennigs. ¿Cómo hacer frente a esta pacotilla? Llamar a la policía no sirve de nada; prohibir sin más a los niños la lectura de estos folletines sirve igual de poco. Quizá podría servir una comisión de expertos compuesta por miembros de todos los partidos, que no por eso tendría que estar condenada a la ineficacia, ya que en estos cuadernos no entran en juego cuestiones de partido ni de visión del mundo. En la condena de estos libros estarán de acuerdo las personas cultas de todos los partidos. Quizá pueda ayudar con los chicos mayores mostrarles alguna vez esas historias en toda su miseria y su ridiculez, pues los cuadernos contienen tales disparates que con algo de habilidad se puede hacer que también los niños se den cuenta. Quizá se pueda conseguir también que para los niños sea cuestión de honor no leer esos cuadernos».

Pero en conjunto la lucha no dio resultado. Y seguirá siendo vana, prosigue el informe, bastante apocado y cohibido, si no se logra «suministrar material de lectura bueno y atractivo a los mismos precios baratos y en las mismas condiciones favorables de adquisición, de modo que las cosas buenas salgan al paso de los niños por todas partes, como ahora las malas. Nuestras "ediciones baratas", que cuestan por lo menos 50 pfennigs, son demasiado caras. Tampoco las bibliotecas escolares bastan hoy ni de lejos. ¿De qué sirve que el niño reciba en Navidad un buen libro, o que cada cuatro semanas o con menos frecuencia pueda sacar uno de la biblioteca escolar, si se estropea día tras día el estómago con los cuadernos de 10 y 20 pfennigs? Pronto pierde el gusto por los buenos escritos, porque no son interesantes, no son bastante salvajes, mientras que sé por múltiples comunicaciones que niños cuyo gusto no está sobreexcitado pueden encontrar gran placer incluso en las tranquilas historias de Stifter. Con un mayor desarrollo de la biblioteca escolar y, sobre todo, con una introducción cuidadosa y planificada de la lectura colectiva quizá podría levantarse en muchos un baluarte».

Eso es todo lo que Köster es capaz de proponer como medidas contra la contaminación pseudoliteraria de la juventud. ¡Un pobre rendimiento, en verdad, y un pobre consuelo! ¿Qué pueden conseguir en serio las cuatro píldoras y emplastitos que receta contra una epidemia de la extensión y la fuerza devastadora de la literatura de pacotilla? En remedios paliativos tan modestos e insuficientes cae casi cualquiera que alguna vez reflexione de pasada sobre la miseria de la literatura juvenil; ¿no habría de saber un hombre como Köster, que desde hace años estudia del modo más serio y profundo el problema del que hablamos, un consejo mejor, no tendría que proponer remedios más eficaces?

Sin duda, pues su incansable celo combativo, que ejerce desde hace más de un decenio en las primeras filas del movimiento burgués por los escritos juveniles, ha crecido en el mismo terreno de conocimiento que hace veinte años delimitó y caracterizó de manera clara e inequívoca su compañero de armas Heinrich Wolgast. «En la miseria que nos ha traído la literatura juvenil —así empezaba entonces Wolgast su libro, que hizo época, Das Elend unserer Jugendliteratur [La miseria de nuestra literatura juvenil]— nada es más consolador que comprender que la lectura de los niños ha estado siempre en relación causal con los principios educativos dominantes, que a su vez son productos del desarrollo histórico». Y a continuación expone de modo conciso y convincente cómo la gran revolución histórica que se prepara en nuestros días en el terreno del trabajo ha de traer consigo también cambios radicales en la educación, en el arte y en la capacidad de goce artístico, en todos los terrenos de la vida cultural.

El conocimiento de estas conexiones sociales internas da también la clave para descubrir tanto las causas como los métodos eficaces de combatir la miseria de los escritos juveniles. Nuestros hijos leen hoy Buffalo Bill y Sherlock Holmes con la misma avidez con que sus padres devoraron al Schinderhannes y los crímenes sangrientos de Rinaldini3, porque la escuela dejó que unos y otros, hijos y padres, se descarriaran y se atrofiaran de la manera más espantosa. ¿Dónde queda la educación para la belleza, la guía para el goce estético, la formación del gusto, el cultivo del sentimiento anímico puro? ¿No se familiariza a diario a la juventud del proletariado con todas las monstruosidades y crueldades sanguinarias imaginables de guerras genocidas? ¿No hay sistema en el adiestramiento hueco, pero ampuloso de frases, del patriotismo asesino de la escuela primaria? ¿No se inculca de oficio a los niños, pese a su resistencia y su repugnancia, una moral envenenada y mendaz? ¿No es la enseñanza de saberes tan espantosamente sosa, sin espíritu, anquilosada y aburrida que la fantasía infantil, en cuanto logra escapar de esa estrechez mortal, cree encontrar satisfacción solo si puede regodearse en exageraciones y celebrar orgías de monstruosidades? La verdadera razón de que la literatura de pacotilla prospere tan exuberantemente y encuentre en la juventud comensales tan receptivos y dispuestos hay que buscarla en la indescriptible miseria de la escuela y de la educación escolar actuales. Mejorad la escuela, dad a la juventud belleza y cultura, formad los ojos y los corazones, encended en los ánimos jóvenes el anhelo de lo noble y de lo que verdaderamente hace feliz, y veréis crecer una generación que, llena de asco y repugnancia, arrojará de sí los mamotretos de pacotilla como la inmundicia con la que teme mancharse. La miseria de la literatura juvenil es —reducido a la fórmula más breve— la miseria de la escuela; y con el fin de la miseria escolar habrá llegado el fin de la miseria de la literatura juvenil.

Quien, como Köster, ve claras estas conexiones no debería dejar pasar ninguna ocasión de inculcarlas a otros; tampoco debería callar en su informe de gestión lo que una comprensión más profunda y un deber más serio le ordenan decir. Muchos de sus colaboradores se librarían entonces de la ilusión de esperar toda la salvación única y exclusivamente de la ampliación de las bibliotecas, de la elaboración de nuevos catálogos, de la criba y revisión de dictámenes anteriores, de la organización de lecturas colectivas, etc. Por honradamente intencionadas y valiosas que sean en particular estas actividades, para el conjunto no significan nada si por ellas se olvida o se pierde de vista precisamente ese conjunto. A todos ellos debería Köster gritarles al oído una y otra vez, cada vez más alto y con más insistencia, el ceterum censeo: ¡revolución en la escuela! ¡Fuera el adiestramiento y la balumba de libros! ¡Vengan el trabajo, la realidad y la vida para la educación!

Del resto del contenido del informe, que anota concienzudamente todos los detalles que no interesan en absoluto al gran público, solo un pasaje merece aún atención. Se refiere al catálogo de escritos juveniles publicado por la Comisión de Educación socialdemócrata. Köster dice allí: «Mientras la Comisión de Educación seleccione del catálogo de las comisiones de examen, como ha hecho hasta ahora con pocas excepciones, su catálogo no representa naturalmente ningún peligro para la formación literaria de la juventud obrera. Pero ¿tendrá siempre la Comisión la fuerza de rechazar los escritos de tendencia socialdemócrata? ¿O no aceptará escritos precisamente por su tendencia socialdemócrata, aunque falle el valor literario?». No se comprende bien por qué motivos llega Köster a estas observaciones. ¿Qué sombra de justificación tiene Köster para su desconfianza y sus dudas? ¿Olvida por completo que fueron los maestros de Múnich quienes, al conceder en el escrito juvenil derecho de existencia a la «tendencia patriótica (!) y religiosa», obligaron a la socialdemocracia a publicar un catálogo propio de escritos juveniles? ¿Y no sabe Köster que en la socialdemocracia, ya en una época en que nadie pensaba en él, Marx y más tarde Kautsky rechazaron del modo más rotundo la discusión y la propaganda de principios e ideas socialdemócratas en el escrito juvenil? ¿No le parecería, como hombre de sentimiento estético y moral depurado, falto de tacto y de finura que dijéramos de él, encogiéndonos de hombros y arrugando la nariz: «¿No aceptará Köster escritos precisamente por su tendencia patriótica y religiosa, aunque falle el valor literario?».

Si añadimos para terminar que han dejado de publicarse dos revistas que servían a la causa de los escritos juveniles y que en la Navidad de 1907 se difundió el catálogo de la Asociación en 80 000 ejemplares y el catálogo selecto de Hamburgo en 240 000 (6500 a direcciones particulares, 400 al extranjero, 700 a libreros), queda agotado lo esencial del contenido del informe de gestión.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha sobre el OCR de la FES cotejado con el facsímil: Vorwärts, Unterhaltungsblatt, n.º 104, 2 de junio de 1908, pp. 415-416. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Las cursivas reproducen el espaciado del original; las palabras alemanas en cursiva y las adiciones entre corchetes son del traductor. Schundliteratur se traduce «literatura de pacotilla»; verwahrlost = «descarriado», según el glosario.

  1. Alude a la guerra colonial alemana contra hereros y namas («hotentotes») en el Sudoeste Africano (1904-1908). (N. del T.) ↩

  2. Schmock, el periodista sin escrúpulos de Die Journalisten de Gustav Freytag (1852), se había convertido en apodo del periodista servil. (N. del T.) ↩

  3. El Schinderhannes, bandolero renano ejecutado en 1803, y Rinaldo Rinaldini (1798), novela de bandidos de Christian August Vulpius, eran lectura popular del siglo XIX. (N. del T.) ↩