(Prohibida la reproducción.)

La ilustración sexual de la juventud

Por Otto Rühle.

En el proceso del Simplicissimus que ocupó hace poco al tribunal de jurados de Múnich se produjo un episodio pequeño, pero muy interesante.

El célebre psiquiatra de Zúrich, el profesor Forel, citado como perito, declaró al presidente del tribunal que no consideraba en absoluto inmoral la hoja volante de Thoma «Fort mit der Liebe» [Fuera el amor],1 sino que, por el contrario, estaba convencido de su alto valor artístico; y, como para corroborar su opinión, añadió que había puesto la hoja sin reparo en manos de sus hijos, que se habían divertido muchísimo con ella. A la objeción espantada del presidente de que la palabra «masturbador» que aparece en la hoja contenía sin duda una inmoralidad y era con toda seguridad impropia para niños, el autor de la obra que hizo época sobre la cuestión sexual respondió con gran tranquilidad de ánimo y con la sonrisa de la grandeza de espíritu superior: Sobre eso ilustré a mis hijos hace mucho.

Eso, evidentemente, no le entró en la cabeza a la Justicia bávara.

Seguramente la respuesta de Forel habrá topado también en otras partes del país con más de un espanto paralizado y, por lo menos, con más de un grave movimiento de cabeza, porque la cuestión de la ilustración sexual de la juventud es todavía hoy, para los más amplios círculos del pueblo, un libro sellado con siete sellos.

La concepción pesimista del mundo propia del cristianismo, que, cuando su portadora —la Iglesia cristiana— se hubo puesto de buen grado al servicio de la propiedad, puso la semejanza con Dios en el más allá por encima de la dignidad humana en el más acá, ha amargado al hombre la alegría de existir, le ha hecho repugnante y ha emponzoñado el gozo de afirmar la vida, para mantenerlo bajo el hechizo de la necesidad de redención. El acto sexual, como la más alta manifestación de la alegría del mundo, era para ella y sigue siendo hoy pecado y obra de Satanás; la voluptuosidad es para ella una invención del Maligno; el cuerpo, un recipiente de la voluptuosidad, de los impulsos e instintos carnales, bajos, animales. Este desprecio del cuerpo humano desnudo, que ya no sabe nada de la entusiasta glorificación del desnudo por el arte «pagano» de los helenos, este pudor tímido, medroso, interiormente falso ante todo lo que tiene que ver con los procesos y fenómenos naturales de la vida sexual, se le ha inculcado al hombre a lo largo de los siglos de tal modo, se le ha metido a fuerza de tal manera, se le ha hecho tanto carne y sangre, que todavía hoy, en toda sociedad «decente», en todos los círculos «virtuosos», se considera un grave bajo nivel de formación moral, una carencia moral, si no una prueba de descarrío moral, cometer el crimen de hablar de las cosas naturales de la vida sexual con naturalidad desprejuiciada. Sobre todo en presencia de mujeres o de niños, el terreno sexual es un tema del que no se puede hablar.

El socialismo es la concepción del mundo de la más vigorosa y gozosa afirmación de la vida. Deja los goces del más allá a los ángeles y a los gorriones2 y dirige toda su plena

actividad al objetivo de hacer que para los hombres el más acá sea digno de vivirse, hermoso, dichoso. Nada natural le parece antinatural, nada humano le es ajeno. Todo lo que crea con fuerza vital para el porvenir, lo que construye con alegría de obrar hacia el futuro, se une en él en una armonía de la alegría del mundo, de la afirmación de la vida. ¿Puede haber entonces para él, en las cuestiones de la vida sexual, otra consecuencia que la que lo convierte en el antípoda de la concepción cristiana? Donde la moral y la tradición cristianas niegan, él afirma; donde ellas encubren, él quita el velo; donde ellas callan y buscan lo oculto, él proclama en voz alta y sale erguido a la luz. Con ello queda también dada sin más, desde el punto de vista de la concepción socialista de la vida, la pauta para tratar la cuestión de si debe ilustrarse o no a la juventud sobre las cosas sexuales.

Muy pronto se despierta en el niño el afán de desentrañar el misterio del origen del ser humano. Son preguntas muy delicadas las que esa pequeña curiosidad dirige con toda ingenuidad al padre o a la madre. Al principio, quizá, se esquiva la respuesta consolando al preguntón con un momento posterior. Esta táctica no es ciertamente equivocada si se tiene la certeza de que el niño no acudirá entretanto a otra persona para informarse. Rousseau y Salzmann opinaban que sería un estado ideal lograr mantener al niño hasta los años de la pubertad en la ignorancia de las cosas sexuales. Pero ese estado ideal solo puede alcanzarse en casos rarísimos; por eso la táctica de dar largas es siempre un experimento arriesgado. Ya Rousseau subrayaba: «Si no es posible mantener al niño ignorante hasta los dieciséis años, procura que esté ilustrado antes de los diez».3 El niño vuelve muy pronto a los padres con impaciencia apremiante y pide que le expliquen de dónde vienen los niños. ¿Y cuál es en 99 de cada 100 casos la respuesta de los padres? «A los niños los trae la cigüeña». Naturalmente, el pequeño preguntón se asombra, y le quedan aún innumerables preguntas por hacer sobre el cómo, el dónde y el qué; ya se le contesten, ya se le mande callar, el asunto es y sigue siendo en todo caso penoso para los padres, y estos se alegran de que los niños no vuelvan a tocarlo.

Es una relación malsana y falsa entre padres e hijos; las consecuencias de costumbre no se hacen esperar.

Al principio, en la inmensa mayoría de los casos, el niño cree a sus padres. Pero pronto le ilustran por otro lado —compañeros de juego y de escuela, amigos y amigas, criados y adultos— sobre el verdadero estado de cosas. Esa ilustración nunca brota de fuentes limpias, nunca consiste en una introducción objetiva, científica y sin prejuicios en ese terreno apartado, y nunca va sostenida por la seriedad moral que exige ineludiblemente si ha de preservarse la pureza moral del niño a pesar de haber sido ilustrado. Con esa ilustración casual e incontrolable el niño no sale favorecido ni en lo intelectual ni en lo moral, y en cambio sufre en innumerables casos un daño incalculable para toda la vida. Lo peor, de entrada, es que la confianza de los hijos en los padres queda gravísimamente quebrantada, porque los padres han «mentido».

Pero aunque esta forma perniciosa de ilustración sexual no fuera la general, de los niños proletarios solo se podría mantener desesperadamente a muy pocos en completa ignorancia hasta la edad de la pubertad. Las malas condiciones de vida y de vivienda que padece el proletariado se convierten, en las cosas sexuales, en ilustradores a su pesar. En viviendas estrechas viven, trabajan y duermen hacinados adultos y niños, mujeres y hombres, amigos de la familia4 y realquilados de cama. Así, ya a edad temprana los niños llegan a ver y oír cosas que mejor les quedarían desconocidas del todo o, al menos, en esa forma.

Más tarde los niños salen de casa al mundo. Llega la edad de la madurez sexual y despierta en ellos sensaciones y sentimientos nunca conocidos. La vida sexual empieza a desempeñar en su existencia un papel de peso. Pero la ilustración que han recibido al respecto es muy deficiente, llena de lagunas e imprecisiones, carece por completo de la base científico-natural sin la cual no se puede llegar en absoluto a una verdadera ilustración en este terreno; además, suele estar muy mezclada de suciedad: un producto, precisamente, del secretismo mojigato y de una ilustración clandestina lasciva. Para la conducta de los niños en este importante periodo de su desarrollo no sirve en todo caso de nada, y en cambio está llena de peligro y de daño.

¡Y cuánta necesidad tiene precisamente el niño en estos años de una ilustración desprejuiciada, de un consejero benévolo! El vicio del onanismo o masturbación está enormemente extendido entre los medio maduros —y también ya entre los niños— y es a menudo la causa de la decadencia corporal y mental. Con el comercio sexual, al que la juventud, en su falta de juicio, se entrega casi siempre ya al comenzar la madurez sexual, aparecen enfermedades secretas de toda clase, que con frecuencia se convierten, no solo para el individuo sino para familias y generaciones enteras, en fuente de desgracia y de perdición. Según el doctor Blaschko,5 la quinta parte de todos los hombres jóvenes de entre 20 y 30 años contrae cada año al menos una vez la gonorrea, y uno de cada cuarenta la sífilis. De los hombres que se casan con más de 30 años, todos han tenido al menos dos veces la gonorrea, y uno de cada cuatro o cinco es sifilítico. Casi todo el ejército de las llamadas enfermedades de la mujer es, según testimonios médicos, en realidad un ejército de enfermedades de los hombres, cuyas terribles consecuencias tienen que sufrir mujeres sin culpa.

Aunque estos tristes fenómenos —al menos en una parte considerable— se deban en último término también a males sociales condicionados por las insuficiencias y los absurdos de nuestro sistema económico, no puede negarse que podrían mitigarse y atenuarse esencialmente si la juventud en crecimiento dispusiera de un conocimiento suficiente de las cuestiones y procesos de la vida sexual. La juventud se vería así preservada al menos de las numerosas malas consecuencias que hoy resultan de su ignorancia y desorientación en el terreno sexual.

De ahí la exigencia de la ilustración sexual de los niños. Sobre la cuestión de a quién debe corresponder la tarea de la ilustración, a la casa o a la escuela, las opiniones están todavía divididas en la literatura existente, por lo demás ya bastante abundante. Para nosotros la cuestión ya no puede ser discutible. Si consideramos el hecho de que el capitalismo destruye en innumerables casos la familia proletaria y la incapacita para las funciones educativas, y además que a los padres de todas las clases les faltan casi sin excepción la capacidad y la habilidad para resolver esta tarea, sumamente difícil incluso para pedagogos; si tenemos en cuenta además que el desarrollo de la educación de la juventud muestra la tendencia inconfundible a convertirse cada vez más en asunto de la sociedad, y por último que la educación del hombre ha de hacerse no para la escuela sino para la vida, se sigue sin más la conclusión lógica de que es a la escuela a quien corresponde como deber ineludible la ilustración sexual de la juventud.

Con ello, ciertamente, no se ha ganado todavía nada en la práctica. Tampoco con que existan ya notables trabajos metódicos preparatorios para el tratamiento de la cuestión sexual en la enseñanza escolar. En Alemania, decía Wilhelm von Humboldt, hacen falta siempre dos siglos para librarse de una estupidez: un siglo para reconocerla y otro para eliminarla. Ante el espíritu que reina hoy en la administración escolar y en la formación de los maestros, no cabe esperar en un tiempo previsible que la escuela reconozca su tarea de instrucción sexual de la juventud y se decida a cumplirla. Las murallas chinas de la tradición son en la escuela demasiado gruesas para poder derribarlas tan deprisa.

Primero tiene que venir del pueblo la presión necesaria. Encargarse de ella es en primer lugar una tarea agradecida para nuestras compañeras. Se harán acreedoras de mérito si empiezan por eliminar en su propio círculo los viejos y molestos prejuicios que siguen extendiéndose en el terreno de la vida sexual, si educan a las mujeres y muchachas proletarias —las madres de la generación futura— para pensar con naturalidad sobre las cosas naturales. Esto se consigue del modo más eficaz con una discusión asidua de la cuestión de la ilustración sexual de la juventud. Entre todas las cuestiones y problemas de la educación moderna, ninguna, después de la de suprimir la enseñanza de la religión en la escuela, es tan importante, ninguna de tan fundamental trascendencia como esta.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha desde las imágenes de página del suplemento semanal Zur Unterhaltung und Belehrung del Volksblatt für Halle und den Saalekreis, n.º 5, 1 de febrero de 1906, págs. 18-19 (Universitäts- und Landesbibliothek Sachsen-Anhalt), donde el artículo va firmado «Von Otto Rühle». Lo reimprimió sin firma el Volksfreund de Karlsruhe (Unterhaltungsblatt n.º 5, 3 de febrero de 1906), del que se había servido, junto con el OCR de Halle, la versión anterior de este par, ahora sustituida. Id OR1906-07.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan las cursivas (espaciados) del original. Aufklärung se traduce «ilustración» (sexuelle Aufklärung, «ilustración sexual», según el glosario); sittliche Verwahrlosung, «descarrío moral»; Onanie oder Selbstbefleckung, «onanismo o masturbación»; Halbreife, «medio maduros»; Schlafgänger, «realquilados de cama»; Zerfahrenheit, «desorientación»; Genossinnen, «compañeras». laxiver (por lasziver) se traduce «lasciva». Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.

  1. Uno de los procesos de Múnich contra la revista satírica Simplicissimus y su colaborador Ludwig Thoma; el perito es el psiquiatra suizo Auguste Forel, autor de Die sexuelle Frage [La cuestión sexual] (1905). (N. del T.) ↩

  2. Alusión a Heine, Alemania. Un cuento de invierno, canto I: «El cielo se lo dejamos / a los ángeles y a los gorriones». (N. del T.) ↩

  3. Cita de Rousseau traducida del alemán de Rühle. (N. del T.) ↩

  4. Así en Halle (Familienfreunde); la reimpresión de Karlsruhe dice Familienfremde, «extraños a la familia», que da mejor sentido. (N. del T.) ↩

  5. Alfred Blaschko (1858-1922), dermatólogo berlinés y promotor de la lucha contra las enfermedades venéreas. (N. del T.) ↩