Por Otto Rühle.
Hace varios años, la Berliner Aerztekorrespondenz [Correspondencia Médica de Berlín] informó de dos niños, uno de los cuales había repetido cuatro años y el otro cinco en la clase más baja de una escuela, supuestamente por una gran debilidad intelectual y en realidad —como se vio en un examen médico— por una sordera muy acusada. Durante todos esos años los niños no habían entendido las palabras del maestro, o solo de manera imperfecta, y por eso no habían podido seguir la enseñanza, de modo que se habían ido quedando atrás año tras año. Los esfuerzos médicos lograron en uno de los casos, extirpando ciertas vegetaciones, remediar la sordera de tal modo que el niño recuperó pronto el pleno uso de su oído. En el otro caso ya no fue posible mejorar su estado; hubo que entregar al niño a un instituto de sordomudos.
La noticia de la citada correspondencia tuvo por consecuencia que el Ministerio prusiano de Cultos volviera a acoger la cuestión del médico escolar en el ámbito de su interés por la higiene escolar, que, como es sabido, no es excesivo. Se envió una comisión a Wiesbaden para estudiar las instituciones de médicos escolares que allí existían ya y pasaban por modélicas; poco después, en una serie de ciudades grandes y pequeñas, se abrieron las puertas de las escuelas para abrir un nuevo campo a la actividad médica. Con cada año ha crecido el número de médicos escolares; aunque no sea precisamente a la velocidad de un tren expreso como se va realizando esta vieja reivindicación socialdemócrata, la experiencia enseña que también al ritmo de un ferrocarril secundario puede hacerse avanzar poco a poco una cosa. En los círculos médicos y pedagógicos avanzados se abre paso hoy incluso el convencimiento de que la vigilancia médica escolar, en la forma hoy usual, no cumple su fin, y de que junto a los médicos escolares han de entrar en la escuela médicos especialistas. De hecho, algunas ciudades han recurrido ya a especialistas para cumplir las tareas médicas e higiénicas que se plantean en la escuela; hace poco se informó de que en Elberfeld se había acordado nombrar médicos escolares especialistas en ojos, oídos, nariz y garganta.
Entre los cuadros patológicos que suelen tratar los especialistas, junto a las afecciones dentales son en general las del oído las que más probabilidades tienen de ser atendidas en primer lugar si se nombran especialistas escolares. Son una de las causas más frecuentes de perturbación de la enseñanza, porque la falta de atención y la incapacidad de rendimiento de los niños se deben a ellas en muchos más casos de lo que se sospecha. El número de niños duros de oído es extraordinariamente grande.
El famoso otólogo doctor von Reichardt, de Riga, examinó en el plazo de un año a 1055 escolares con el reloj y halló que el 22,3 por ciento solo percibía a 0-18 pies el tictac que un oído normal oye a 30-60 pies de distancia. Además de las enfermedades infantiles, señaló como causas más frecuentes la falta de limpieza y los resfriados. Su publicación causó sensación en el mundo médico e hizo que otros destacados otólogos emprendieran investigaciones parecidas.
El doctor Weil, de Stuttgart, examinó a cerca de 6000 niños con la voz cuchicheada y el otoscopio, y determinó también por medio de exámenes precisos las enfermedades del oído existentes. En algunas clases encontró un 25-30 por ciento de alumnos cuya capacidad auditiva sufría alguna perturbación.
El médico de distrito Richter, de Groß-Wartenberg, examinó a 700 niños de la escuela popular y comprobó que 110 tenían el oído debilitado, de los cuales ni uno solo recibía tratamiento médico. De 23 niños duros de oído, la mitad no sabía nada de su padecimiento, y tampoco los maestros.
En Dresde, el otólogo doctor Hänel halló entre los niños de una escuela que el 30,4 por ciento de los varones y el 22,6 por ciento de las niñas «no estaban normales de los oídos».
El doctor Bezold, de Múnich, en sus exámenes de unos 2000 escolares, halló que el 20 por ciento padecía sordera parcial y poseía como mucho un tercio de la agudeza auditiva normal. En cuanto a la curabilidad, llegó a la conclusión de que en el 11,7 por ciento había perspectivas seguras de una curación más o menos completa.
El otólogo norteamericano doctor Sexton encontró un 13 por ciento de niños con la capacidad auditiva muy debilitada, pero solo en un caso sabía algo de ello el maestro; entre los propios niños, solo 19 de 76 conocían su defecto de oído.
En Mecklemburgo, Lemcke halló que de 251 casos de sordomudez adquirida solo 145 (el 57,5 por ciento) habían sido llevados a un médico y solo 98 (el 39 por ciento) habían recibido alguna vez atención médica por su afección del oído. Y en dos tercios de los casos habría sido posible evitar la sordomudez con un tratamiento adecuado y a tiempo.
Las investigaciones más amplias de los últimos tiempos las ha realizado el profesor Ostmann, de la Universidad de Marburgo. Entre 7537 alumnos de la escuela popular del distrito de Marburgo encontró que 2142 (el 28,4 por ciento) eran duros de oído y en parte padecían las más graves afecciones del oído. La sordera era más frecuente en los niños (30 por ciento) que en las niñas (26,8 por ciento). En algunas localidades se mostraron grandes diferencias, de modo que el número de duros de oído oscilaba entre el 6,5 y el 55,2 por ciento. Sobre la base de un mapa de conjunto en el que se indicaba para cada localidad el porcentaje de duros de oído, el profesor Ostmann pudo delimitar cuatro zonas con porcentajes altos y altísimos. La primera comprendía los pueblos de los alrededores inmediatos de Marburgo, habitados por una población obrera relativamente numerosa. Las otras tres estaban en los rincones del distrito más apartados del tráfico. Porcentajes relativamente bajos tenían las localidades situadas en los valles fluviales y en sus inmediaciones. El profesor Ostmann ha investigado las razones de esta peculiar distribución de los duros de oído y llega a los resultados siguientes: en las localidades de los alrededores inmediatos de Marburgo, la gran difusión de la sordera tiene su razón en las condiciones sociales. La población es pobre y sucia en grado sumo. Consecuencia de estas condiciones es la frecuente aparición de enfermedades infecciosas, en cuyo curso no rara vez se desarrollan afecciones del oído. En las otras tres zonas de porcentajes altos, las condiciones sociales son quizá algo más favorables; aquí la razón del fenómeno ha de buscarse sobre todo en la circunstancia de que la población solo con los mayores sacrificios de tiempo, dinero y esfuerzo puede conseguir ayuda médica competente para los niños enfermos del oído. Los habitantes de los valles atravesados por el ferrocarril tienen en esto ventaja, porque pueden llegar deprisa, barato y cómodamente a la ciudad universitaria de Marburgo.
Las investigaciones del profesor Ostmann conducen a las causas de la sordera y de las enfermedades del oído en los niños. Aquí ocupa el primer lugar la suciedad. Todos los otólogos coinciden en que la falta de limpieza de la piel, la ropa y la vivienda puede influir de manera muy perjudicial en el oído. El doctor von Reichardt halló en una escuela de un arrabal de Moscú que de 50 niños cubiertos de mugre solo 1 era capaz de oír a cierta distancia el tictac del reloj de bolsillo, mientras que 22 no oían nada en absoluto. El oído de la raza eslava, afirma, es en general mejor que el de la germánica, porque la eslava se baña con más frecuencia y pone más cuidado en el aseo de la piel. Como remedio más eficaz contra la sordera incipiente, el otólogo prescribe, pues, ante todo un cuidado adecuado de la piel.
Una segunda causa ha de buscarse en las enfermedades, sobre todo en los resfriados, y luego en las llamadas enfermedades infantiles (escarlatina, difteria, sarampión, rubeola, etc.). Según investigaciones de Bezold, Weil y von Reichardt, de los que oían normalmente el 21,7 por ciento había pasado la escarlatina y el 27,7 por ciento la difteria. Entre 1807 niños de 6 a 13 años se encontraron perturbaciones del oído a consecuencia de la escarlatina en el 23,7 por ciento, del sarampión en el 52,49 por ciento, de la rubeola en el 20,70 por ciento, de la difteria en el 22,69 por ciento y de la meningitis en el 1,72 por ciento.
Además, las perturbaciones del oído pueden ser consecuencia del descuido de catarros de diversa aparición del oído interno, sobre todo de la caja del tímpano y del tímpano. El doctor Meyer menciona además como causa bastante frecuente, sobre todo en los niños, los defectos orgánicos de la rinofaringe. De 175 escolares de Copenhague que los padecían, 130 presentaban defectos de oído como consecuencia directa. También aparecen como causas la fisura palatina congénita, la mucosidad o el engrosamiento antinatural de la piel que reviste el conducto auditivo, la obstrucción del conducto auditivo por cerumen, pus o productos de descomposición, etc. El doctor Weil encontró entre 5905 escolares un 11 por ciento de niños y un 15 por ciento de niñas que tenían tapones de cerumen en los oídos y por eso se habían vuelto duros de oído. También el doctor Richter comprobó entre 155 personas de oído débil 48 en las que los daños se debían a la acumulación de grandes cantidades de cerumen. Por lo demás, todo otólogo puede citar de su consulta casos en que ha librado de su padecimiento a duros de oído extrayéndoles tapones de cerumen.
Mencionemos por último que también los cuerpos extraños en el oído (pulgas, puntas de lápiz rotas, etc.) o los pólipos auriculares pueden ser causa de la sordera.
La edad infantil aporta en general un contingente muy considerable a las enfermedades del oído; el doctor Bürckner calcula el número de niños enfermos del oído y duros de oído hasta los 15 años en el 22,2 por ciento, y el doctor Bezold en el 20 por ciento del total. Y es un hecho establecido que «las afecciones del oído de los alumnos de la escuela popular están infinitamente más extendidas que las de los alumnos de los centros de enseñanza media», que un decreto ministerial prusiano cifra para 1885 en el 2,18 por ciento. Las condiciones de la extraordinaria difusión de las afecciones del oído en el proletariado han de buscarse en las miserables condiciones sociales, en la penuria económica, esa madre de innumerables padecimientos y males.
Hasta qué punto participa la escuela en la aparición y el aumento de las enfermedades del oído y de la sordera es difícil de medir. La comprobación del doctor Weil de que el número de duros de oído es de un 25 por ciento entre los 6 y los 10 años, pero de un 31 por ciento más entre los 11 y los 13, permite suponer que la escuela, que en general concede tan poco cuidado y miramiento a la salud de los alumnos, contribuye a aumentar el ejército de los duros de oído igual que el de los miopes, los estrechos de pecho, los escolióticos, etc. Es verdad que hay médicos que afirman que el aumento gradual de la sordera precisamente en la edad infantil es un fenómeno natural y de todos conocido; ocurriría a menudo que se registraran como aparecidas de repente perturbaciones del oído que en realidad —solo en grados muy leves— existían desde mucho antes. Sin embargo, no puede negarse que la escuela, con sus bárbaros medios disciplinarios, entre los que la bofetada está destinada, como su nombre alemán indica, especialmente al oído1, tiene en su cuenta más de un tímpano reventado, más de una otitis y más de una sordera.
Que el desarrollo intelectual de los niños duros de oído sufre un perjuicio que corresponde al grado de su disminución auditiva se ha mencionado ya al principio. El doctor Bezold ha aportado pruebas interesantes de ello. Suponiendo una clase de 100 alumnos, el puesto medio es el 50. Los niños que oían la voz cuchicheada por uno o por ambos oídos a ocho metros de distancia o menos tenían el puesto medio 54; los que la oían por ambos oídos a cuatro metros o menos, el 64; los que la oían por ambos oídos a dos metros o menos, el 67,7, en lugar del 50. Los niños muy duros de oído se quedan en las clases más bajas y, aparte de la escritura mecánica, no adquieren el menor conocimiento. Su desarrollo intelectual es sumamente deficiente, de modo que tales niños ocupan más o menos el nivel de los sordomudos sin instrucción. Su sitio está en clases auxiliares, donde han de recibir una enseñanza dispuesta especialmente para sus necesidades. El doctor Dillner, de Plauen (Vogtland), encontró en la escuela auxiliar de allí un 27 por ciento de duros de oído, y el doctor Kalischer, en Berlín, un 35 por ciento.
Maestros y médicos se quejan con razón de que para los duros de oído no se haya procurado hasta ahora en la escuela ni tratamiento médico ni asistencia de ninguna otra clase. Que es absolutamente necesario no lo duda nadie… salvo las instancias gobernantes. Federico Guillermo IV habría exclamado una vez, en un asunto que se refería a una innovación: «¡Ya me gustaría, si no fuera por esos malditos tipos, los consejeros privados!». Pero uno de esos consejeros privados prusianos, Wiese, veía mucho más claras que su jefe supremo las verdaderas causas del atraso en todas las cuestiones que atañen al bien común; cuando se le preguntó por qué no hacía valer también en la escuela popular prusiana las impresiones que le había causado la enseñanza inglesa, recogidas en un libro, respondió: «¿Qué puede uno solo contra todo el sistema?». Precisamente el sistema es el que maneja el freno. Si así ocurre con los médicos escolares frente al sistema de rutina y embrutecimiento que reina en la escuela, ¡cuánto más con los especialistas! Y sin embargo, también ellos tienen su sitio en la escuela. Deberían actuar, junto al médico escolar y al maestro, en el desarrollo del niño, hacer reconocimientos corporales, tratar médicamente como corresponda a los niños enfermos e intentar librarlos de sus padecimientos, para que la educación pueda trabajar en ellos con tanto mayor éxito. Además, habría que procurar con baños escolares un cuidado intensivo de la piel. La higiene debería impartirse como asignatura, y los niños mal alimentados que llegan con hambre a la escuela deberían recibir allí comida. Donde los recursos de los municipios no bastaran para estos fines, debería intervenir el Estado. Debería… debería… ¡ay, debería mucho más! Ante todo debería desaparecer del mundo la miseria, los seres humanos deberían poder llevar una existencia digna, para que no perezcan por cientos de miles en la enfermedad y el hambre, la suciedad y el desamparo2, el vicio y la vergüenza. Todavía hoy el proletariado pisoteado y aplastado lanza gritos de dolor, todavía pide ayuda y reclama que se le libere de su miseria. Pero las clases dominantes y sus ejecutores se hacen los sordos y no reaccionan a ningún sonido.
¡Que se anden con cuidado! Su sordera es de las que se pueden curar. Y el proletariado dispone de medios para poner fin para siempre a este padecimiento con una cura radical. Si la sordera de los poderosos persiste, o incluso empeora, el pueblo, en lugar de hablar, tendrá que actuar.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha sobre el Hamburger Echo, 20. Jahrgang, Nr. 11, 14 de enero de 1906, Zweite Beilage, pág. 9, y cotejada con el facsímil de la SUB Hamburg (Deutsches Zeitungsportal).
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en párrafos, las cursivas y las cifras del original. Schwerhörigkeit, schwerhörig se traducen «sordera (parcial)», «duro de oído»; Flüstersprache, «voz cuchicheada»; Hülfsklasse, Hülfsschule, «clase auxiliar», «escuela auxiliar»; Kreisphysikus, «médico de distrito». Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.