El Alto Senado de la «Libre» Ciudad de Bremen, como era de esperar, ha rechazado lisa y llanamente la exigencia de los maestros de Bremen de suprimir la enseñanza religiosa en la escuela popular. La ofensiva contra la beatería de la juventud en la escuela no ha alcanzado, pues, su objetivo, al menos por esta vez. «¡Alemania a la cabeza del mundo!»: en todas las cuestiones y cosas de la incultura, del retroceso; pero si se trata de tareas culturales, de conquistas dignas de un Estado moderno, ni siquiera una república «libre» se atreve a dar ni un minúsculo paso adelante. En el mismo momento en que en Francia se consuma la separación completa de la Iglesia y el Estado, en Prusia se dispone a entregar todavía más que hasta ahora a los curas la escuela popular —una institución del Estado—, y en Bremen se tira a la papelera el memorial de los maestros que se oponen a la enseñanza religiosa.

Francia: ¡cuánto nos lleva de ventaja en este terreno! Desde hace más de dos decenios está en condiciones de poder contar entre las cosas superadas no solo el carácter confesional, sino también el carácter religioso de la escuela popular. Nota bene: en lo que se refiere a la escuela popular oficial del Estado. Todas estas escuelas son escuelas sin Dios.

La herética exigencia de separar religión y escuela encontró en Francia su expresión decidida ya en 1792, en un proyecto de ley que la Asamblea Constituyente había encargado redactar al escritor Condorcet; en él se dice «que es necesario, para mantener los principios de igualdad, separar la moral general de toda confesión de fe particular y no permitir que en las escuelas del Estado se enseñe una confesión particular». Al año siguiente la Convención Nacional tomó el acuerdo: «La enseñanza está bajo la vigilancia del Estado y se imparte gratuitamente; todas las órdenes, cofradías, etc., quedan excluidas de ella». Pero en medio de las conmociones y catástrofes políticas que entonces y en los tiempos inmediatamente posteriores absorbían la atención de los espíritus dirigentes, fue imposible llevar a la práctica estas exigencias y acuerdos.

También el Imperio, surgido de las sangrientas luchas revolucionarias, tenía otras cosas en que pensar que en la escuela popular. Con todo, no podía prescindir del clero, por lo que Napoleón resucitó las congregaciones disueltas durante la Revolución. También a los Hermanos de las Escuelas, que actuando en la sombra habían tomado parte activa desde 1684 en el embrutecimiento del pueblo mediante la enseñanza religiosa y luego habían caído víctimas de la ráfaga de aire fresco de la Revolución, se les permitió en 1804 reanudar su benéfica actividad. Pero en general Napoleón, que «estimaba la adhesión al emperador más que la adhesión a la religión», vigilaba atentamente a los Hermanos de las Escuelas igual que a las congregaciones, de modo que bajo él ni unos ni otras pudieron alcanzar el desarrollo al que aspiraban.

Tras la caída del Imperio subió al poder la monarquía borbónica, que con su séquito de nobleza y clero descuidó y dejó en el desamparo1 la escuela popular en la misma medida en que concedía al clero influencia sobre la educación de la juventud.

Solo después de la revolución de 1830 empezó a despertar de nuevo el interés por la enseñanza popular. Bajo el ministro protestante Guizot, Francia obtuvo en 1833 su primera ley escolar; en ella la enseñanza religiosa figuraba todavía, desde luego, entre las materias obligatorias, pero religión y moral estaban separadas. El primer artículo de la ley decía: «La enseñanza elemental comprende la instrucción moral y religiosa». El segundo artículo: «El deseo de los padres de familia respecto a la participación de sus hijos en la enseñanza religiosa debe averiguarse y respetarse siempre». Los niños de confesión no católica tenían derecho a asistir a las escuelas sin estar obligados a participar en la enseñanza religiosa. Correspondía a los padres procurar que los niños recibieran entonces la enseñanza de un clérigo de su confesión. Si el número de esos niños era suficientemente grande, se fundaba para ellos una escuela especial, de igual rango que las demás escuelas en cuanto a sus derechos. Por moderadas y tolerantes que resultaran estas disposiciones, la Iglesia y sus partidarios las denunciaron como impías y arremetieron contra ellas.

Con ocasión de la revolución de febrero de 1848, Edgar Quinet presentó su programa para la enseñanza popular; en él exigía enseñanza gratuita y obligatoria y la separación completa de la Iglesia y la escuela, pero sus exigencias no fueron escuchadas. La ley escolar mantuvo en su artículo 23 la «instrucción moral y religiosa» como tarea de la enseñanza primaria (elemental). Para asegurarse el apoyo del clero católico, el Segundo Imperio —como el primero— le entregó la escuela. Ya en 1850 Luis Napoleón, entonces todavía presidente de la República, había promulgado la tristemente célebre ley Falloux, con la que los reaccionarios recuperaron la supremacía. La ley Falloux, llamada así por su autor, recortó al propio Estado el derecho de abrir escuelas, pues dispensaba al clérigo del certificado de aptitud para la enseñanza elemental que imponía al seglar, y permitía a las órdenes docentes expedirlo ellas mismas a sus miembros. De este modo se aseguró al clero una influencia destacada en la enseñanza de la juventud; pero también las autoridades docentes fueron transformadas en provecho del clero. Además, para que la escuela laica se extinguiera lo antes posible, la ley autorizaba a las autoridades departamentales a suprimir las escuelas normales. Preparado así el terreno, no podía sorprender que el Segundo Imperio se convirtiera en la edad de oro de las congregaciones. Sus establecimientos escolares aumentaron en 3833 de 1861 a 1866; dos terceras partes de toda la juventud femenina eran educadas por 13 000 monjas maestras, de las que 12 000 no habían pasado ningún examen.

Tras la guerra de 1870-71 se produjo un cambio, al principio al menos en el juicio de la opinión pública sobre la escuela popular, que atribuía la victoria de los alemanes no al soldado prusiano, sino al maestro de escuela prusiano. Ya en 1871 Jules Simon presentó un proyecto de nueva ley escolar que exigía la asistencia obligatoria a la escuela y quería que, en lugar de los clérigos, educaran a la juventud maestros titulados. Pero el poder de los reaccionarios bajo la dirección de Mac Mahon era todavía demasiado grande; el proyecto de ley fue rechazado, igual que las propuestas de Lacretelle y Barodet.

Entretanto, sin embargo, la masa del pueblo había despertado; desde 1866 una «Liga de la Enseñanza» trabajaba incansablemente para interesar a la burguesía en la idea de una reforma escolar. En 1872 la Liga reunió una petición en favor de la escolaridad obligatoria, la gratuidad escolar y la laicidad de la escuela que comprendía 115 paquetes, contaba 1 120 000 firmas y pesaba 200 kilos. En esta petición se hacía ver a la Asamblea Nacional que, después del pan, la instrucción es la primera necesidad del pueblo. Algunas frases de la petición son especialmente dignas de mención:

«Considerando que el espíritu necesita de la ilustración igual que el cuerpo de los alimentos, que la experiencia ha mostrado que la altura moral de un pueblo se eleva con el grado de instrucción, que en un gobierno republicano fundado en el sufragio universal todos los ciudadanos deben estar en condiciones de comprender sus deberes y sus derechos, los firmantes exigen la escolaridad obligatoria, la gratuidad escolar y la laicidad de la enseñanza para ambos sexos en todas las escuelas subvencionadas por el Estado, el departamento o el municipio: la escolaridad obligatoria en el doble interés del individuo y de la sociedad, en nombre de la solidaridad mutua; la gratuidad en nombre de la igualdad, y la laicidad porque el principio “¡La ciencia a la escuela y la instrucción religiosa a la Iglesia!” es el único que garantiza la libertad de conciencia.»

Naturalmente, la Asamblea Nacional recibió la petición con desprecio; ni siquiera la escuchó. Pero a la larga esta resistencia pasiva era imposible.

Apenas quedó definitivamente instaurada la República tras la dimisión de Mac Mahon, la primera preocupación del gobierno y del parlamento fue emprender la reforma escolar tan deseada y tan impacientemente esperada.

Grévy, que en 18772 llegó a presidente de la República, retomó enseguida los hilos perdidos antes, y Ferry siguió tejiéndolos con éxito desde 1879, cuando fue nombrado ministro de Instrucción. Con mano enérgica se puso a la tarea de llevar a cabo la separación de la Iglesia y la escuela. Primero, en 1880, una ley excluyó a todos los clérigos del Consejo Superior de Instrucción; en su lugar obtuvieron asiento y voto maestros y hombres de ciencia que no estaban al servicio de la Iglesia. Luego se impuso, tras vivas luchas, que solo pudieran enseñar en escuelas públicas o privadas las personas que hubieran aprobado el examen de maestro prescrito. La consecuencia fue que todos los maestros y maestras de órdenes religiosas que solo podían presentar una carta de aptitud docente expedida por el obispo perdieron su puesto.

En 1881 una ley proclamó la gratuidad de la enseñanza, para quitar también así el terreno a las escuelas de las congregaciones, que, dotadas de abundantes medios, impartían desde hacía mucho la enseñanza gratuitamente en muchos casos y ganaban así gran afluencia.

Un paso más dio la implantación legal de la escolaridad obligatoria por el Dr. Bert, que entretanto había llegado a ministro de Cultos y procedió de manera muy radical.3 La ley de 28 de marzo de 1882 declaró obligatoria la enseñanza primaria para los niños de ambos sexos desde los 6 años cumplidos hasta los 13; al mismo tiempo se rompió con la disposición anterior según la cual la tarea de la escuela consistía en la instrucción religiosa y moral, y en su lugar se hizo tarea de la escuela la instrucción en moral y educación cívica. La ley prohibía a todo maestro del Estado impartir enseñanza religiosa y lo liberaba del control eclesiástico que le había impuesto la ley Falloux. También se prohibía a los maestros todo servicio en la iglesia, remunerado o no; ya en 1881 el Dr. Bert se había pronunciado con dureza contra el desempeño por los maestros de los servicios eclesiásticos inferiores. La separación de la Iglesia y la escuela, largamente perseguida, se había consumado; con esta ley, que fue de la mayor importancia para el desarrollo progresista y liberal de la escuela francesa, la religión quedaba borrada de la enseñanza primaria. Francia tenía escuelas sin Dios...

Los motivos de la exclusión de la enseñanza religiosa de las escuelas del Estado se resumieron así en el dictamen dirigido al Senado: La separación de la escuela y la Iglesia es la consecuencia necesaria de la asistencia obligatoria a la escuela. Según la ley de 1850, el padre de familia, que era libre de enviar o no a sus hijos a la escuela, podía también sustraerlos a una enseñanza dogmática o confesional que estuviera en contradicción con sus convicciones y sentimientos religiosos. Pero según la nueva ley el padre de familia está obligado a enviar a su hijo a la escuela, de lo que se sigue que la escuela primaria no puede tener en modo alguno el carácter de una escuela confesional. ¿Qué sería, si no, de la libertad y el respeto que se deben a todas las convicciones religiosas y filosóficas que puedan tener los padres y en el futuro los hijos, o que tengan los maestros, que tienen el mismo derecho que los demás a elegir su profesión con independencia de su concepción del mundo o de su convicción religiosa?... «La escuela primaria, abierta a todos, no puede basarse en ninguna opinión religiosa ni depender de ella; no puede ser ni religiosa ni antirreligiosa; debe ser, pues, una escuela laica, una escuela neutral.»

Con la ley de 30 de octubre de 1886 se fijó una vez más expresamente la ausencia de religión en la escuela primaria francesa y se regularon de nuevo los detalles de su aplicación.

Desde entonces la juventud de Francia ya no oye en la escuela nada de la serpiente que habla en el paraíso ni de la bruja de Endor, nada del pecado original, de la filiación divina, del purgatorio, de la penitencia, de la oración, del gloria ni del aleluya. Al menos no en las escuelas del Estado. Pero junto a estas, por desgracia, se han mantenido hasta hoy en gran número escuelas de las congregaciones, y la situación ha sido en general —gracias a la influencia todavía grande de las masas hostiles a la instrucción y a la incultura y la estrechez del pueblo— que las escuelas del Estado se quedaban medio vacías y las escuelas de los curas seguían floreciendo. En 1897 asistía a estas últimas el 41 por ciento de todos los niños de la escuela primaria; en 1900 había todavía 753 congregaciones no autorizadas con 15 584 establecimientos. «¡La congregación llegó con sus propiedades a superar los mil millones, y el Estado... al 80 por ciento de analfabetos!»

Bajo el anterior presidente del Consejo, Combes, el poder del Estado se empleó desde luego en serio y destruyó por completo en parte la influencia de las congregaciones, y en parte al menos la redujo de hecho. Miles de escuelas y establecimientos de educación se han cerrado, la ley Falloux ha sido derogada y el concordato concluido entre Napoleón I y el papa ha sido denunciado. Pero todo esto pertenece a la época más reciente. En conjunto, el cuadro general del desarrollo de la escuela primaria francesa, visto desde el ángulo de la cuestión religiosa, es incomparablemente más grato que el cuadro de la escuela popular de los Estados alemanes, dominada por el espíritu del atraso medieval y de la servidumbre de las conciencias, sobre todo en el momento actual, en que no se tiene más que un brusco rechazo para la valiente actuación de los maestros de Bremen, que han llegado a concepciones más libres, y en que la escuela prusiana va a ser entregada por completo a la intolerancia y al fanatismo confesional oscurantista de la clerigalla.

O. R.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha desde las imágenes de la Leipziger Volkszeitung, n.º 281, 5 de diciembre de 1905, Feuilleton-Beilage (OR1905-45), digitalizadas por la SLUB Dresden. Rühle continúa el tema con otros países en «Weitere Schulen ohne Gott» I-II (7 y 8 de diciembre de 1905; OR1905-46 y OR1905-47), publicado aparte en este archivo.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Vermuckerung se traduce «beatería»; verpfaffen, «entregar a los curas»; Pfaffentum, «clerigalla»; Volksschule referida a Francia, «escuela primaria»; Schulbrüder, «Hermanos de las Escuelas (Cristianas)»; Unterrichtsliga, «Liga de la Enseñanza».

  1. verwahrlosen lassen: «dejar en el desamparo», abandonar materialmente; en otros contextos Verwahrlosung se traduce «descarrío». (N. del T.) ↩

  2. Grévy fue elegido presidente de la República en enero de 1879, tras la dimisión de Mac Mahon; la fecha de 1877 es del original. (N. del T.) ↩

  3. Así en el original. La ley de 28 de marzo de 1882 sobre la enseñanza obligatoria y laica fue obra de Jules Ferry; Paul Bert fue ministro de Instrucción Pública y Cultos de noviembre de 1881 a enero de 1882. (N. del T.) ↩