En nuestro Meseritz

Lo tenía pensado desde hacía mucho tiempo, pero nunca había pensado en llevarlo a cabo; ahora iba a hacerse realidad: la tía Klothilde quería venir, así, de paso, por un día. La señora Lotte recibió la noticia con sentimientos muy encontrados; las dos hijas se pusieron de júbilo.

—No, mamá, será encantador —dijo Hedi—; volveremos a saber algo de los viejos conocidos, y nosotras también podemos dejarnos ver. La tía Klothilde se va a quedar asombrada, y los de Meseritz también abrirán los ojos cuando sepan lo lejos que hemos llegado en estos cinco años en Berlín.

—Sí, solo por eso ya me alegro de que venga —asintió Trude—. Cuando nos fuimos de Meseritz tan pobres y miserables después de la muerte de papá, nadie habría pensado que aquí nos iría otra vez tan bien.

—Bueno, también hemos trabajado bastante.

—¡Sí, vosotras sí! —dijo la señora Lotte con orgullo, y asintió a sus hijas.

—Pero tú también, madrecita. —Y riendo se le echaron al cuello—. Así que deja que venga la tía Klothilde. Mañana temprano la recogemos en la estación…

Una dama muy alta y de buena planta, con un traje elegante pero algo pasado de moda. La capotita con los pensamientos lila y las anchas cintas para atar casaba con el rostro severo, el pelo liso con raya y el impermeable gris ratón con la larga esclavina. Primero se echaron muy conmovidas unas en brazos de otras.

—¡Que os vuelva a ver a todas! —sollozaba la tía Klothilde mientras bajaban por el andén—. ¡Que os vuelva a ver a todas! ¿Y de verdad os va bien? ¿Estáis otra vez como en tiempos de vuestro padre, en Meseritz?

—Mucho mejor todavía, tiíta —rió la señora Lotte—. Tenemos un piso muy acogedor en el mejor barrio, tenemos nuestros espléndidos ingresos; en una palabra, nos va de maravilla. Y ahora vamos a casa. —Hizo señas a un coche de punto.

—¡Ay, este Berlín! —dijo la tía Klothilde mientras rodaban por las calles—. Esta vida; una no se atreve ni a meterse en ella. ¿Esto es Unter den Linden?

—No, tía, esta es la Bülowstraße; a los Linden no pasamos ahora.

—Bueno, ¿pero no vivís en el mejor barrio?

—Claro que sí, tiíta —rió Hedi—. ¡En la Potsdamerstraße, fíjate!

—¿Y está tan cerca de los Linden?

—Pues no, todavía falta un buen trecho.

—¡Entonces tampoco es un buen barrio! —La tía Klothilde torció la boca con desdén—. El buen barrio está siempre en la calle principal y cerca de ella. En nuestro Meseritz solo se vive en el buen barrio si uno se respeta. No comprendo que no viváis en Unter den Linden.

—Pero, tiíta, ¿quién iba a pagar eso? —Las dos muchachas se echaron a reír—. Necesitamos un piso barato. La Potsdamerstraße también es una calle muy fina —añadió Trude con ironía—. Por cierto, ya hemos llegado.

La tía Klothilde contempló la casa a través de sus impertinentes:

—Bueno, tiene un aspecto muy decente, y cuántas flores tenéis en el balcón.

—Ese no es nuestro balcón, tiíta…

—¿Cómo, ni siquiera vivís en el primero?

—No, tiíta, en el cuarto, y tampoco aquí delante, sino hacia el jardín.

—¿En el interior? —La tía Klothilde abrió un poco la boca, lo que le dio un aspecto extraordinariamente inteligente. La señora Lotte, sin embargo, no le dejó mucho tiempo para reflexionar. Subió delante sin más; la tía Klothilde la siguió jadeando y arriba se dejó caer, completamente agotada, en un rincón del sofá.

—Sí, tiíta, subir escaleras no es agradable, pero uno se acostumbra —la consoló Hedi.

Pero la tía Klothilde se encrespó indignada:

—¡Subir escaleras! ¿Creéis que me quejo de la subida? ¡Lo que no entiendo es que podáis vivir de manera tan ordinaria! ¿En el interior y además en el cuarto? En nuestro Meseritz eso no podría ser. Dios mío, hijas, no tenéis por qué engañarme —empezó a sollozar—; si de verdad os va todavía tan mal, se lo diré con mucho gusto a los parientes. Seguro que hacen todos una colecta y os dan cinco marcos al mes para que podáis vivir como os corresponde.

—Es muy amable de tu parte, tía —a la señora Lotte le temblaba un poco la voz y se le fruncía la frente—, pero tenemos que rehusar esa ayuda: tenemos lo que necesitamos, nosotras solas, y hasta de sobra. Por este piso pagamos, en efecto, setecientos cincuenta marcos al año.

—¡Pero, Lotte, eso es inaudito! —La tía Klothilde volvió a abrir la boca—. Lotte, ¿cómo se puede derrochar así? ¡Setecientos cincuenta marcos! En nuestro Meseritz se vive con eso medio año. Parece que te has acostumbrado a ideas muy raras.

—Eso es lo que trae Berlín, tiíta. Pero ¿no quieres echar un vistazo? Por ese dinero tenemos tres habitaciones grandes y vemos solo jardines. —Trude intentó desviar la conversación, pero la tía Klothilde de momento no estaba para otra cosa.

—¡Setecientos cincuenta marcos! Pero ¿de dónde sacáis para pagarlo?

—Pues ganamos muy bien. Hedi tiene un buen empleo en el despacho de un abogado, yo hago bordados artísticos finos y tengo casi solo clientela particular y…

—¿¡Coses para gente extraña!? —La tía Klothilde se quedó otra vez sin habla.

—Permíteme, mamá tiene un taller de labores artísticas —dijo Trude, irritada—. Eso no lo sabe hacer cualquiera.

—Es incluso un oficio muy distinguido; ya quisieran muchos tenerlo —intervino Hedi, indignada. La señora Lotte les hizo una seña para que callaran.

La tía Klothilde sacudió la cabeza:

—¡Cose para gente extraña! ¡Dios mío, qué horror, qué horror! Eso no lo haría en nuestro Meseritz ninguna señora que se respete. ¿Y Hedi está con un abogado? ¡Pero entonces está todo el tiempo con hombres!

—Yo estoy con muchos más hombres, tía —intervino Trude—. Soy secretaria en una redacción, y allí no vienen casi más que señores.

—¿Y tú lo consientes, Lotte? —La tía Klothilde se irguió—. ¿Dejas que tus hijas acepten esos empleos? ¿Esos empleos indecentes? ¡Es indignante! Si mi hermano hubiera vivido para ver esto… —Se apretó el pañuelo contra los ojos.

—Papá estaría muy contento de que ganemos dinero. —A Trude le brillaban los ojos.

—En nuestro Meseritz nadie os miraría a la cara —sollozó la tía Klothilde—. En nuestro Meseritz se desprecia a las muchachas que tratan tan sin reparo con hombres. ¡Dios mío, cómo os habéis vuelto en Berlín!

—Sí, mira, eso es lo que trae la vida —sonrió la señora Lotte con sorna.

—¡Pues es una vida indignante! —La tía Klothilde se puso roja como una cereza—. ¿Y esa vida lleváis aquí? En nuestro Meseritz nadie haría eso. Dios mío, cuando se lo cuente a los parientes…

—Bueno, oye, yo creo que solo puedes contarles que nos has encontrado trabajando con aplicación y en la mejor situación. —Ahora también la señora Lotte se enfadó.

Pero la tía Klothilde suspiró y miró al cielo:

—¿La mejor situación? ¡A esto lo llama la mejor situación! Vive en un barrio apartado, en el interior, en el cuarto, cose para gente extraña y deja que las muchachas trabajen con hombres extraños. En nuestro Meseritz os llamarían sencillamente… ¡perdidas!


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), establecida a partir del OCR y del facsímil del Unterhaltungsblatt des Vorwärts, n.º 211, 28 de octubre de 1905, págs. 843-844 (Friedrich-Ebert-Stiftung). Firmado con la sigla «or.», atribuido a Rühle por la bibliografía de Stecklina (2002). Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Los diálogos, entre comillas en el original, se dan con raya según el uso español. «Bei uns in Meseritz» se traduce «En nuestro Meseritz» (Meseritz, hoy Międzyrzecz, era una pequeña ciudad de la provincia prusiana de Posen). Hinten heraus (vivienda que da al patio o jardín interior, más barata) se traduce «en el interior»; eine Treppe / vier Treppen, «el primero» / «el cuarto» (piso).