Según la ley biogenética fundamental, reconocida en general por las ciencias naturales, el curso del desarrollo del individuo es, en todas sus fases, una repetición del desarrollo de la especie, de la raza humana, que ha transcurrido a gran escala. Sobre la base de este conocimiento científico se construye la psicología genética o evolutiva, que ve en la vida anímica del individuo la imagen reducida del proceso de formación psíquica de la humanidad; y en estrechísima relación con ella se ha desarrollado la psicología fisiológica, que, frente a la concepción anticuada según la cual los múltiples fenómenos de la vida interior humana deberían considerarse productos de la actividad de ciertas fuerzas anímicas fundamentales, supone para lo espiritual del hombre fenómenos corporales paralelos bien determinados como presupuestos necesarios, es decir, defiende el punto de vista de que todo fenómeno psíquico debe entenderse como emanación de determinados procesos físicos. En el trabajo de investigación tanto de la psicología genética como de la fisiológica desempeña un gran papel la cuestión de a qué leyes de desarrollo están sometidas la inteligencia, la actividad racional y el lenguaje, tanto en el individuo como en la raza, y qué presupuestos fisiológicos subyacen a esas leyes. En esto, psicólogos del niño y de los pueblos han coincidido en la interesante comprobación de que el desarrollo de la razón, de la actividad del pensamiento y del lenguaje está unido por innegables relaciones causales con el desarrollo de la mano humana; mejor dicho, de que el desarrollo del entendimiento y de la razón está directamente condicionado por la formación de la mano como órgano universal de nuestra acción. El desarrollo intelectual parte de la actividad de los órganos de prensión, y entre el crecimiento de la destreza manual para agarrar y manejar cosas, por una parte, y el despliegue de la inteligencia, por otra, existen relaciones causales bien determinadas. En la cuestión del desarrollo de la mano y de la destreza manual entra en consideración en primer lugar la mano derecha, circunstancia que ha tenido como consecuencia que el problema del predominio de la mano derecha en el hombre haya entrado en una fase completamente nueva, precisamente por los factores científicos recién adquiridos que acabamos de indicar brevemente.
Desde hace dos mil años, sabios investigadores se ocupan de averiguar de qué modo adquirió el hombre su diestralidad. Como se desprende de relatos mitológicos, representaciones figurativas y designaciones lingüísticas, es una propiedad antiquísima de los hombres. Lehmann-Nitsche ha comprobado que en esqueletos prehistóricos los huesos de las extremidades superiores derechas eran más pesados y macizos que los de las izquierdas; todos los trabajos que exigían en alguna medida fuerza o habilidad se realizaban, con toda probabilidad, con ellas. Lo mismo ocurre todavía hoy en el 98 % de todos los hombres: son de manos desiguales, es decir, disponen de una derecha fuerte y hábil y de una izquierda débil y torpe; solo en pocos hombres son ambas manos igual de fuertes e igual de hábiles, por no hablar de las rarísimas excepciones en que la izquierda supera a la derecha en fuerza y habilidad. Se considera en general normal la diestralidad, y anormal, e incluso ridícula, fea y señal de malos hábitos y mala educación, la zurdera. Esto último deja ver que se atribuye la desigualdad de las manos, en sus causas, a la educación, y en concreto a la educación en la primera infancia. A menudo se encuentra la opinión de que, por ejemplo, la zurdera se ha originado porque el niño en cuestión dormía siempre sobre el lado derecho o porque la madre llevaba al niño sobre todo en el brazo izquierdo para poder trajinar en la casa con la derecha, de modo que el niño, al agarrar, dependía principalmente de la izquierda. Y otras explicaciones plausibles por el estilo. Lástima que todas resulten falsas. Ni el azar, ni la habituación, ni la educación producen en el individuo la desigualdad de las manos ni la han producido en el género humano en su conjunto; antes bien, esta está condicionada, como fenómeno del todo natural, por la constitución orgánica, por la disposición corporal natural del hombre.
La anatomía del cerebro humano y la fisiología del sistema nervioso humano muestran, según Enderlin, diferencias esenciales en la estructura microscópica y en la disposición funcional de los dos hemisferios cerebrales. Una serie de funciones es dirigida por uno de los dos hemisferios, mientras que todas las demás dependen por igual de ambas mitades. Los cordones nerviosos de la mitad izquierda del cuerpo están en relación con el hemisferio derecho; los de la mitad derecha del cuerpo, con el hemisferio izquierdo. Las dos mitades del sistema muscular son, pues, inervadas y controladas por los hemisferios opuestos. Ahora bien, investigadores como Geiger, Spencer, Kapp, Noiré, Woltmann y otros coinciden en que el hombre solo pudo elevarse sobre la serie animal y alzarse al dominio de la naturaleza por la actividad técnica de la mano. El primer paso fue la transformación de la mano de órgano de locomoción en instrumento universal de la acción; el segundo, la creación de herramientas para construir y destruir, con lo cual el hombre llegó al concepto lógico de causa. Con Baldwin debemos admitir que la diestralidad y la diferencia entre los dos hemisferios cerebrales surgieron en algún estadio de nuestro desarrollo como raza y, porque desde el principio iba unida a ello cierta utilidad, se conservaron y afianzaron. Desde entonces, el estado normal es que un hemisferio izquierdo vigorosamente desarrollado condiciona la diestralidad; solo excepcionalmente aparece un hemisferio izquierdo1 muy desarrollado y, como consecuencia natural, la zurdera.
Pues bien, en el diestro —seguimos aquí de nuevo a Enderlein— también la función del habla está localizada en el hemisferio izquierdo, y en el zurdo, en el derecho. Esto quiere decir que el centro motor del lenguaje y el de la mano que tiene la preponderancia funcional están reunidos en el mismo hemisferio cerebral. Esta circunstancia sugiere de antemano la suposición de que entre ambos tiene que existir una conexión fundamental, suposición que se confirma con una mirada al desarrollo del lenguaje.
Antes de que el niño sea capaz de servirse de sonidos articulados para hacerse entender, muestra, como dice James Sully, un «germen de formación de signos espontánea y originaria». Los signos más tempranos de este tipo son simples gestos, por ejemplo extender los brazos cuando el niño quiere que la niñera lo coja. Hasta donde se ha comprobado, estos signos se adquieren instintivamente como resultado del movimiento de prensión. En los niños retrasados en el habla, y más aún en los sordomudos, el lenguaje de gestos desempeña un gran papel; se sabe, en efecto, que los sordomudos desarrollan por propio impulso entre ellos un sistema acabado de signos gestuales. Y también en el habla corriente, en los oradores hábiles, en el trato oral en general y más aún en las discusiones animadas, se expresan sentimientos y sensaciones mediante gestos, movimientos de las manos y ademanes, o se refuerzan enérgicamente y se apoyan con eficacia las palabras y giros correspondientes. Esta estrecha relación entre el lenguaje y el movimiento de la mano hace parecer muy probable a la investigación científica que el lenguaje articulado se haya desarrollado de la mano del lenguaje de gestos. Romanes tiene por seguro fuera de toda duda que la influencia recíproca de la gesticulación y la facultad del habla ha sido grande y que primero hubo un progreso del gesto al lenguaje y después, de nuevo, del lenguaje al gesto. En el desarrollo del niño, en efecto, como se comprueba fácilmente con la observación, la capacidad expresiva de la mano precede al lenguaje. Según Baldwin, la diestralidad se desarrolla entre el 6.º y el 7.º mes de vida, y el lenguaje articulado mucho más tarde. El origen de la diestralidad precede, pues, al origen del lenguaje. A la inversa, en las enfermedades atróficas del cerebro se pierde primero el lenguaje y solo después la capacidad de gesticular. También una enfermedad del lenguaje, la afasia motora, confirma la suposición de que entre el movimiento de la mano y el lenguaje existe una conexión fundamental. Un enfermo de afasia ya no puede servirse del lenguaje articulado, aunque todavía lo entienda, porque está enfermo el centro motor del lenguaje. Pero si se le mueve el brazo derecho, en caso de que el enfermo sea diestro, puede muy a menudo, según los datos de Féré, volver a encontrar las palabras perdidas. Del mismo modo, como cita Enderlin, los pedagogos que curan trastornos del habla intentan devolver el habla a niños afásicos cuyos centros motores del lenguaje en el hemisferio izquierdo han quedado inservibles, empezando a preparar, mediante ejercicios sistemáticos del brazo izquierdo, la formación de un centro motor del lenguaje en el hemisferio derecho, igual que para curar a los tartamudos se suelen emprender con provecho ejercicios de movimiento del brazo derecho.
El examen de la relación entre destreza manual, diestralidad, actividad racional y lenguaje ofrece también una clave de por qué los animales no pueden hablar. El uso exclusivo de las extremidades para la locomoción ha conservado en el cerebro el equilibrio de ambos hemisferios. No era posible una preponderancia del hemisferio izquierdo sobre el derecho, y en consecuencia tampoco pudo desarrollarse diestralidad alguna, y menos aún un lenguaje articulado. De aquí resulta, por lo demás, que la formación de ambas manos hasta una destreza igualmente desarrollada no representa en modo alguno un progreso, como creen algunos, aunque no puede ni debe negarse que una actividad con ambas manos es decididamente favorable para el desarrollo del cerebro en su conjunto, pues la biología enseña, como ya hace valer Liberty Tadd para fundamentar su recomendación del dibujo con ambos brazos, que el resultado es tanto más intenso y duradero cuanto más colaboran los sentidos en actividad armónica; el cerebro y el espíritu, el pensamiento y la imaginación se vuelven tanto más vigorosos cuanto más firme es la conexión de cada mano con el hemisferio correspondiente y cuanto mayor es la facilidad con que ambos trabajan juntos.
Sobre todo, de todo este examen se desprende la ventaja incalculable que tendría para el desarrollo intelectual de la juventud y para la fecundidad material de los esfuerzos de la enseñanza que por fin se decidiera romper con el sistema educativo actual, que no conoce en absoluto la habilidad manual, y hacer valer en su lugar un sistema educativo que quiera fundamentar el desarrollo intelectual del individuo en la actividad técnica, en la habilidad y la destreza manuales: el sistema de la educación por el trabajo.
O. R.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha desde la imagen de la Leipziger Volkszeitung, 12.º año, n.º 229, 3 de octubre de 1905, suplemento de folletín (SLUB Dresden, digital.slub-dresden.de/id394414608-19051003).
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Rechtshändigkeit se traduce «predominio de la mano derecha» en el título y «diestralidad» en el texto; Ungleichhändigkeit, «desigualdad de las manos»; Handfertigkeit, «habilidad manual». Se respeta la doble grafía del autor «Enderlin» / «Enderlein».
Así en el original; por el contexto debería decir «derecho». (N. del T.) ↩