Por Otto Rühle
En la pedagogía de hoy gana poco a poco importancia e influencia un movimiento que se distingue favorablemente por tener hacia el niño como ser humano un respeto que va mucho más allá de la medida a que estaba acostumbrada hasta ahora la educación escolar oficial. Antes, para la escuela, el niño era solo alma; hoy es para ella sobre todo memoria; en el futuro ha de ser para ella hombre. A la preparación embrutecedora para el reino de los cielos y al árido adiestramiento de la memoria ha de seguir el grande y hermoso arte de formar hombres; el conjunto de todas las disposiciones, fuerzas, cualidades y capacidades ha de recibir de la escuela su formación, su educación y su cultivo. La primera condición para ello es un profundo respeto por el niño. El educador no debe ver en el niño solo la «envoltura corporal», terrena y perecedera, del alma «divina», no debe considerarlo y tratarlo solo como portador de un cerebro que memoriza y de un entendimiento que comprende, sino que debe tener presente sin cesar que el niño es carne y sangre vivas, que en él habitan el sentimiento y el temperamento, el carácter, la conciencia de sí, el gusto por la acción y el impulso vital, que necesita como hombre entero, como ser humano completo, la mano protectora del educador. Desde este punto de vista, el desarrollo de la naturaleza infantil exige ante todo —lo que hoy le falta casi por completo— la educación del cuerpo, cuya primera condición es un cuidado metódico de la salud.
Por dudoso y discutido que sea todavía, en muchos casos, el valor práctico inmediato del nombramiento de médicos escolares para mejorar y cuidar el estado de salud de nuestra juventud de la escuela popular, debido a las numerosas y considerables deficiencias que esta institución sigue teniendo hoy en términos generales, una cosa buena ha tenido indiscutiblemente hasta ahora: ha aclarado el estado general de salud de la juventud. Hoy se sabe que apenas la mitad de los escolares pueden calificarse de sanos, que un alto porcentaje necesita tratamiento médico en más de un sentido, y que un número considerable no debería estar todavía en la escuela, o debería estar en clases auxiliares o en establecimientos especiales. Además de los médicos escolares, han aportado material digno de atención para juzgar el estado de salud de la juventud escolar sobre todo los oculistas, los otólogos y los dentistas.
En la exposición de material didáctico de antropología e higiene celebrada este verano en Leipzig, llamaron mucho la atención, entre otras cosas, las tablas estadísticas y los cuadros que ilustraban el estado de la dentadura de los niños. Los profanos que apenas o nada se habían ocupado de la cuestión de la caries o de la higiene dental de los escolares se asombraron al ver en representaciones gráficas y pruebas numéricas en qué medida tan enorme se descuidan el cuidado y la conservación adecuados de los dientes en las capas amplias de la población. A los familiarizados con la materia, en cambio, las tablas, cuadros y estadísticas no pudieron ofrecerles nada nuevo: saben que el estado de salud de la dentadura de nuestros escolares es triste más allá de lo imaginable.
En Estrasburgo (Alsacia), el profesor Dr. Jessen consiguió hace algunos años que el ayuntamiento realizara un examen dental a fondo de los escolares. Resultó que de 10 661 niños de 6 a 14 años solo 165 tenían la dentadura sana. El número total de dientes que tendría que haber habido era de 252 552, pero en realidad solo había 170 042 (67,3 por ciento), de los cuales solo 121 566 (48,1 por ciento) estaban sanos. Otro examen dio que en 2000 niñas estaban enfermos el 31,9 por ciento de todos los dientes y en 2000 niños el 30,5 por ciento, es decir, aproximadamente un tercio. Una dentadura completamente sana solo la tenían 42 niñas (2,1 por ciento) y 62 niños (3,1 por ciento). Otro año, de todos los dientes que debía haber, dos tercios estaban enfermos o faltaban, y de los existentes, a su vez, más de la mitad estaban enfermos. En Dresde, la oficina central de higiene dental examinó a 47 000 escolares: por término medio correspondían a cada niño 7½ dientes enfermos, es decir, uno de cada tres dientes estaba enfermo. En Hagen (Westfalia), dos dentistas comprobaron que de 5000 escolares solo 254 (5 por ciento) tenían la dentadura sana; todos los demás sumaban 30 000 dientes enfermos, es decir, por término medio de 6 a 7 por niño. Además, el porcentaje de niños con la dentadura enferma era en Aschaffenburg del 99 por ciento (de dientes enfermos, 33 por ciento); en Berlín, 99 (31); en Friburgo, 99 (35); en Halle, 94 (22); en Hamburgo, 98; en Hannover, 93 (27); en Rudolstadt, 93 (28); en Schleswig-Holstein (19 ciudades), 92; en Estrasburgo (1903), 97,5 (31); en Augsburgo, 90,4. En suma, los exámenes médico-escolares y dentales han dado como resultado que del 78 al 99 por ciento de todos los escolares tienen los dientes enfermos. No solo en Alemania, también en el extranjero. Hay al respecto los siguientes datos: en América, el 92 por ciento de todos los niños examinados tenía la dentadura enferma, y estaban enfermos el 30 por ciento de todos los dientes; en Dinamarca, el 92 por ciento (21 por ciento); en Inglaterra, del 77 al 95 por ciento; en Italia, el 92 por ciento; en Noruega, el 91 por ciento (14 por ciento); en Austria, el 99 por ciento; en Rusia, el 82 por ciento; en Suecia, del 86 al 100 por ciento (del 16 al 36 por ciento); en Suiza, del 90 al 100 por ciento (del 14 al 35 por ciento); en Hungría, del 65 al 87 por ciento (15 por ciento). Estas cifras dan aproximadamente una idea del pésimo estado de los dientes de los escolares en la mayor parte del mundo civilizado.
¿Cuáles son, pues, las causas de esta enorme difusión de las enfermedades dentales, de esta destrucción casi increíble de la dentadura humana? En su libro sobre la higiene dental en la escuela (Estrasburgo, Ludolf Beust), el profesor Dr. Jessen responde: en el individuo, la culpa es de una alimentación inadecuada y una higiene dental deficiente. Pero también se dejan sentir de forma perniciosa las influencias de la raza, del suelo, de la civilización, del modo de vida refinado y del reblandecimiento del género humano. Las consecuencias no pueden faltar. Como la dentadura no se usa como es debido, las mandíbulas se han vuelto demasiado pequeñas. Los dientes no tienen espacio y enferman fácil y tempranamente en la hilera apretada. Las caras estrechas tienen dientes mucho peores que las anchas, cuyas grandes mandíbulas ofrecen a las hileras de dientes espacio suficiente. También aquí la herencia desempeña un gran papel a lo largo de generaciones. La falta de cal en los alimentos y en el agua ejerce la influencia más perniciosa sobre la dentadura de toda la población de algunas comarcas. Está demostrado además que los niños amamantados normalmente tienen en todos los casos mejores dientes que los alimentados artificialmente. Así, el Dr. Roese, de Dresde («Deutsche Monatsschr. für Zahnheilkunde», 1905, cuaderno 3), tras examinar a 157 361 escolares, ha comprobado que el rendimiento intelectual de los niños en la escuela es tanto mayor, y el peso y la estatura tanto más considerables, cuanto más tiempo fueron amamantados, y que en exactamente la misma medida en que aumenta la duración de la lactancia disminuye la caries. Ahora bien, la mayoría de nuestros niños se alimentan artificialmente: en las familias burguesas, porque amamantar resulta incómodo a las madres y les «estropea la figura»; en las familias proletarias, porque las madres uncidas al yugo del trabajo no tienen tiempo para ello o porque, a consecuencia de sus malas condiciones de vida, están tan degeneradas que no pueden amamantar al niño en absoluto. Una consecuencia de esta situación es la gran caries de la generación joven. También nuestro alimento popular, el pan, es demasiado fino y blando para fortalecer los dientes. Así actúan numerosas causas en la destrucción de la dentadura infantil, que luego cae por regla general en la caries, esa enfermedad dental provocada por pequeñas bacterias que, como se ha mostrado más arriba, causa tan terribles estragos en los dientes de nuestros escolares. Muchas enfermedades escolares, como el dolor de cabeza, el vértigo, la falta de apetito, la anemia, el nerviosismo y otras, tienen a menudo, según afirma el Dr. Berten, su causa última en la enfermedad de los dientes. Además, los dientes cariados constituyen en la infancia, como expuso el Dr. Petruschky en el Congreso Internacional de Higiene Escolar de Núremberg, una de las principales puertas de entrada del bacilo de la tuberculosis. Se producen así los llamados ganglios linfáticos escrofulosos del cuello, que se han encontrado en el 90 por ciento de los alumnos de las escuelas municipales de Berlín y en el 85 por ciento de los de Danzig. Los peligros que de una gran caries resultan para el estado de salud del individuo como para la salud del pueblo exigen pues la atención más enérgica.
¿Qué puede hacer la escuela para combatir estos males?
Diversas cosas: en primer lugar, instrucción sobre la higiene dental por parte de los maestros; luego, examen y tratamiento por dentistas; lo más adecuado es crear clínicas dentales escolares municipales en las que los alumnos de la escuela popular reciban, a costa del municipio y de forma completamente gratuita, un tratamiento dental racional.
La instrucción podrá hacerse mejor si en el plan de estudios y en el horario se concede a los maestros una asignatura especial de higiene, cosa a la que, ciertamente, las administraciones escolares solo se deciden hoy a duras penas. El examen y el tratamiento de los niños es cosa del médico escolar o del dentista escolar. El médico escolar no debe ser solo una pieza decorativa en la escuela, sino que una remuneración suficiente debe ponerlo en condiciones de cumplir su cargo de verdad y concienzudamente en todos los aspectos. Dado el estado de salud, muy malo según la experiencia, de nuestros escolares, las exigencias que se le plantean son extraordinariamente altas, de modo que, si se ha de prestar a los dientes de los niños un cuidado especial, hace falta, además del médico escolar, un dentista. Algunas ciudades han introducido ya el tratamiento dental de los escolares; hace poco la «Med. Reform» informaba del de Mulhouse, en Alsacia, cuyo concejo se distingue por su gran actividad en el terreno de la higiene escolar; en Darmstadt y Altona, asociaciones de dentistas examinan y tratan gratuitamente a los niños pobres; en Estrasburgo se fundó hace tres años incluso una clínica dental escolar municipal, la primera de Alemania.
El intenso trabajo que el ya varias veces mencionado profesor Dr. Jessen, de Estrasburgo, había dedicado durante años a fomentar la higiene dental entre la juventud escolar de esa ciudad había caído con el tiempo en un terreno tan fértil que los días sin clase acudían a menudo de 50 a 60 niños a su clínica privada para hacerse tratar los dientes. Para atender exigencias tan crecientes faltaban tiempo, espacio y personal; por eso se contrató a costa del municipio a un ayudante y se reformó la clínica dental universitaria, lo que gravó el presupuesto municipal con unos 2500 marcos, sin contar los 700 marcos anuales ya consignados antes para exámenes dentales. Inmediatamente después de su apertura, en 1902, la clínica desplegó una actividad viva y benéfica. Hasta el 1 de agosto de 1903 se examinó a un total de 5343 niños y se trató a 2666; de ellos, 699 con empastes (obturaciones) y 2912 con extracciones. En el segundo año (del 1 de octubre de 1903 al 30 de septiembre de 1904), el número de niños examinados subió a 6900, de los cuales se trató a 4967, con 4822 empastes y 6520 extracciones. Mientras que el número de estas últimas solo era 2¼ veces mayor que el año anterior, el de los empastes se multiplicó por siete, lo que demuestra que el peso principal de la actividad de este instituto se puso en el tratamiento conservador, es decir, que no se trataba de eliminar los dientes enfermos a toda costa, sino, al contrario, de conservarlos en lo posible tras las reparaciones correspondientes.
Después de que en 1904 se contrataran un segundo ayudante y un mozo, la clínica extendió su actividad también a las escuelas de párvulos, donde entre 646 niños de 3 a 6 años encontró solo 91 dentaduras sanas, pero en cambio 2949 dientes enfermos, 778 de ellos con raíces supurantes. 17 niños tenían ya 30 dientes permanentes cariados que llevaban apenas medio año en la boca. En 3 niños estaban enfermos los 20 dientes, y 27 tenían de 10 a 15 dientes enfermos cada uno. 15 niños padecían hinchazones supurantes y 4, fístulas. 13 niños habían sido tratados ya y tenían 31 empastes. El alcance de la actividad de la clínica de Estrasburgo en la fase actual de su desarrollo lo ilustra del modo más claro el hecho de que cada mes se hagan 600 empastes. Y aun así su capacidad sigue por detrás de las necesidades, de modo que se proyecta construir una clínica nueva.
La organización de la higiene dental en las escuelas de Estrasburgo es ejemplar, y la creación de la clínica dental escolar, una conquista modélica en el terreno de la salud pública, que merece la atención más seria y que no se puede recomendar con bastante insistencia al estudio de otros ayuntamientos. «Una higiene dental para el pueblo, organizada por las autoridades y accesible también a los que no tienen medios, es necesaria y puede realizarse en primer lugar por la vía de las clínicas dentales escolares municipales con tratamiento gratuito»; para seguir desarrollando estas instituciones de higiene popular, habría que procurar la incorporación de la higiene dental pública a las instituciones de seguro social.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha desde la imagen del Hamburger Echo, año 19, n.º 230, 1 de octubre de 1905, segundo suplemento, pág. 9 (OR1905-34), digitalizado por la Staats- und Universitätsbibliothek Hamburg Carl von Ossietzky (Deutsches Zeitungsportal).
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Zahnpflege se traduce «higiene dental»; Zahnverderbnis, «caries»; Schulzahnklinik, «clínica dental escolar»; Gemeindeschule, «escuela municipal»; Kleinkinderschule, «escuela de párvulos»; Volksgesundheit, «salud del pueblo», según el glosario.