Cómo enseña Gertrudis a sus hijos

Por Otto Rühle

¿Para qué mandamos a nuestros hijos a la escuela? Para que aprendan algo. Y no solo eso: también han de ser educados. Enseñar y educar son dos cosas distintas o, mejor dicho, la primera está contenida en la segunda. El maestro se dirige al espíritu del niño; su trabajo tiene por fin la instrucción, el cuidado y la formación de ese espíritu. El educador tiene que ver con el hombre entero, no solo con el entendimiento, sino también con el sentimiento, la voluntad y, sobre todo, también con el cuerpo. El trabajo del educador es más amplio y más difícil que el del maestro. Nuestras escuelas son hoy, por desgracia, más escuelas de enseñanza o escuelas librescas (Lernschulen) que escuelas de educación. Junto a la religión, la formación científica ocupa el primer lugar en el plan de trabajo de la enseñanza escolar; habría que pasar más bien a ver en la verdadera formación humana la tarea principal de la escuela.

Como la escuela enseña más de lo que educa, el importante quehacer de la educación de los niños queda en gran parte a cargo de los padres. Sobre todo de la mujer. Ella es la verdadera educadora de los niños. En su condición de madre de los pequeños ejerce una influencia profunda sobre su estado moral, intelectual y físico. El padre apenas puede tomar parte en la educación, o no puede en absoluto, porque las condiciones profesionales y económicas le obligan casi siempre a estar fuera de casa casi todo el día. Es cierto que hoy hay también en el pueblo trabajador cientos de miles de madres a quienes absorbe en primer lugar la vida laboral y que solo de paso pueden dedicarse a sus hijos. Pero aun ellas ejercen en general mayor influencia que el padre sobre el desarrollo del niño. Con un esfuerzo casi sobrehumano de sus fuerzas tratan de cumplir su doble tarea, empleando en el cuidado de los niños cada minuto que les deja libre la servidumbre del trabajo asalariado. Así, el niño está, en la edad en que es más receptivo a todas las impresiones, sobre todo bajo la influencia de la madre. En ese tiempo los gérmenes capaces de desarrollo que hay en él pueden fomentarse infinitamente con un cuidado razonable y esmerado. Claro que existe también el peligro de que el niño, si falta ese cuidado, quede empobrecido, quizá tan pobre que siga siendo pobre de espíritu y de sentimiento toda su vida. Por eso el cumplimiento de los deberes educativos maternos no exige solo amor, del que el corazón de madre siempre es bastante rico, sino también tacto y, sobre todo, cultura. Quien quiera educar tiene que estar educado. Y si la tarea y el fin de la educación consisten en el desarrollo del hombre hasta una personalidad armoniosa, es evidente que el educador mismo tiene que estar formado armoniosamente, educado en todos los aspectos de su ser. En esto, por desgracia, nuestras mujeres dejan a menudo todavía mucho que desear, porque, como hijas de gente pobre, casi siempre recibieron solo una educación deficiente. Tanto más serio es en ellas el deseo y la voluntad de hacer avanzar al menos a sus hijos en la educación. Una buena educación, una buena formación escolar es casi siempre la única herencia que los padres obreros pueden dar a sus hijos para el camino de la vida.

Para mostrar a las amas de casa qué deberes les esperan como educadoras de los niños y cómo se cumplen mejor esos deberes, Pestalozzi escribió hace más de cien años un libro: «Cómo enseña Gertrudis a sus hijos, ensayo para dar a las madres una guía para que enseñen ellas mismas a sus hijos». Conversemos un poco sobre este libro.

Pestalozzi, el más importante e influyente de todos los pedagogos alemanes,1 había naufragado miserablemente en sus repetidos intentos de procurarse una profesión y, con ella, unos ingresos seguros. Por fin se había hecho escritor y había escrito una novela que lo hizo célebre, por así decirlo, en una sola noche. La obra lleva el título «Leonardo y Gertrudis» y trata, en forma de historia aldeana, la idea de que solo con una mejora profunda de la educación pueden remediarse los males y lacras morales y sociales. Los protagonistas de la obra eran el albañil Leonardo y su mujer Gertrudis. Pestalozzi, entregado con ardiente entusiasmo a la causa de la educación, encontró pronto ocasión de actuar prácticamente como maestro de la juventud y del pueblo y de llevar a la práctica sus ideas sobre la formación y la educación. En circunstancias adversas y con suerte cambiante trabajó en las localidades suizas de Stans y Burgdorf con un éxito que le asombró a él mismo. En Burgdorf escribió también el libro «Cómo enseña Gertrudis a sus hijos», para exponer en él su método de enseñanza, que tan excelentes resultados había dado en los centros que dirigía.

Gertrudis, cuya figura tomó de su obra principal, «Leonardo y Gertrudis», es para él el amor materno personificado. Este amor materno ha de ser, en su opinión, el verdadero fundamento de toda formación humana. Y despertar ese sentido materno en todos los educadores y maestros es la intención expresada en el título del libro.

Algunos intérpretes de los escritos de Pestalozzi han sacado del subtítulo del libro, «Ensayo para dar a las madres una guía para que enseñen ellas mismas a sus hijos», la conclusión de que quiere dar instrucciones especiales para impartir enseñanza o constituir una exposición narrativa detallada de aquella instrucción materna en la que Pestalozzi veneraba el fundamento de toda formación. Pero no es así: solo el despertar del sentido paterno y materno era su esencia y su misión. «Aunque al niño le falten padre y madre, no debe faltarle en la educación el sentido paterno y materno; con él le falta a la pobre criatura huérfana, a pesar de todas las escuelas que tenga abiertas y a pesar de toda la ayuda en pan y ropa, el primer fundamento de su formación para la humanidad: el sentimiento del amor, de la gratitud, de la confianza.» Es una obra, dice el profesor Rein, que no corresponde en modo alguno al añadido de su título, una obra en la que además se revela toda la dificultad que tenía Pestalozzi para dar una exposición clara y vinculante; pero una obra que, por una parte, da testimonio de la lucha esforzada de Pestalozzi por trazar las líneas fundamentales de una didáctica conforme a la naturaleza y, por otra, libra un combate demoledor y rabioso contra la formación sin fundamento de su tiempo. ¡En estos dos puntos se basa el éxito rotundo, la impresión que causó en sus contemporáneos!

El libro se divide en quince secciones, en forma de cartas al amigo de Pestalozzi, Gessner. La primera carta habla del íntimo impulso de Pestalozzi a cegar la fuente de la miseria del pueblo —que él creía, erróneamente, haber encontrado en la educación deficiente— y de los intentos que ya había hecho con ese fin; contiene también datos importantes sobre las experiencias del autor en el Neuhof, en Stans y en Burgdorf. La segunda y la tercera carta son continuaciones de esto; en la cuarta habla del triste estado de la enseñanza popular, de los males escolares «que castran a la mayor masa humana de Europa» y que él no quiere tapar con remiendos, sino curar de raíz. Para ello quiere «someter la forma mecánica de la enseñanza a las leyes eternas según las cuales el espíritu humano se eleva de las intuiciones sensibles a los conceptos claros, o subordinar las leyes mecánicas de la enseñanza a las leyes eternas de la naturaleza humana». Con esto enuncia el verdadero tema del escrito. En las cartas siguientes establece para la madre el principio fundamental de que, desde el primer momento en que toma al niño en el regazo, debe enseñarle por la intuición y poner ante sus sentidos, por medio de ella, todos los sucesos esenciales, para hacer inolvidable su impresión. Se extiende también sobre el recitado en coro y la introducción del compás en él, sobre los medios de hacer intuitivo el deletreo y el cálculo elemental; sobre todo se pronuncia acerca de la división de las materias de enseñanza, reduciendo erróneamente la intuición sensible a los tres puntos principales: número, forma y palabra. Al número quiere vincular la aritmética, la geografía, la historia y las ciencias naturales; a la forma, la geometría, el dibujo, la lectura y la escritura, y a la palabra, la gramática y la enseñanza del canto.

En esta derivación de las materias de enseñanza residen los defectos del libro. Pestalozzi mismo se dio cuenta más tarde, al escribir en la edición de 1820 estas palabras: «Toda esta exposición ha de considerarse como un tantear todavía muy oscuro en busca de medios de formación sobre cuya naturaleza yo, de lejos, aún no veía claro». También los libros elementales que Pestalozzi publicó como continuación del libro «Cómo enseña Gertrudis a sus hijos», «para que cada familia pudiera cumplir con ellos su vocación educativa en su propio círculo», fueron un fracaso; sobre todo el «Libro de las madres, o guía para que las madres enseñen a sus hijos a observar y a hablar», del que, por cierto, el estudioso de Pestalozzi Seyffarth afirma que fue redactado por un colaborador de Pestalozzi.

Lo que en la lectura del libro «Cómo enseña Gertrudis a sus hijos» resulta extraordinariamente refrescante y reconfortante es la dureza con que Pestalozzi arremete contra la rutina de la enseñanza anterior. «El grueso de nuestras escuelas públicas no solo no nos da nada», exclama una vez, «sino que, al contrario, apaga en nosotros incluso lo que la humanidad tiene en todas partes aun sin escuelas y lo que todo salvaje posee en un grado del que no tenemos idea. Un hombre al que el arte de los monjes forma como un necio de palabras es más insensible a la verdad que un salvaje. Por eso he llegado a la convicción de que al carro escolar europeo, público y general, no basta con tirar de él mejor: hay que darle la vuelta y llevarlo por un camino completamente nuevo.» Y en otro lugar declara: «Quiero arrancar la enseñanza escolar tanto del orden caduco de viejos siervos de maestros balbucientes como de una debilidad más nueva que ni siquiera los sustituye para la enseñanza popular común, y vincularla a la fuerza inquebrantable de la naturaleza misma y a la luz que Dios enciende y aviva eternamente en el corazón de padres y madres, al interés de los padres en que sus hijos sean gratos a Dios y a los hombres».

Uno se siente arrebatado, escribe el estudioso de Pestalozzi Morf, por la plenitud de sus intuiciones interiores, casi diría de sus revelaciones, de las que él (Pestalozzi) estaba llamado por la Providencia a ser portador… El libro es y seguirá siendo una piedra angular de la enseñanza popular; pero los tesoros que encierra distan mucho de estar aprovechados en la práctica, y nunca se insistirá bastante en remitir a él a quienes tienen que ver con la educación y la enseñanza.

«Si puedes conseguir el Cómo enseña Gertrudis a sus hijos de Pestalozzi, ¡no dejes de leerlo!», escribió el filósofo Fichte a su mujer cuando había estudiado el sistema educativo «de este hombre». Si podéis conseguir el libro de Pestalozzi, les digo a las compañeras para quienes la educación de los hijos es cosa seria e importante, no dejéis de leerlo. Las horas que le dediquéis se verán recompensadas en vuestros hijos.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha desde la imagen de Die Gleichheit, 15.º año, n.º 14, 12 de julio de 1905, pág. 81 (Friedrich-Ebert-Stiftung, Historische Presse der deutschen Sozialdemokratie). El comentario S. n del código marca la página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Los títulos de Pestalozzi se dan en su forma española usual (Leonardo y Gertrudis, Cómo enseña Gertrudis a sus hijos); las citas de Pestalozzi, Rein y Morf se traducen del alemán que da Rühle. Anschauung se traduce «intuición»; Erziehungsschule, «escuela de educación»; Erwerbsfron, «servidumbre del trabajo asalariado».

  1. Pestalozzi era suizo, de lengua alemana; Rühle lo cuenta entre los pedagogos alemanes en sentido lingüístico. (N. del T.) ↩