La internacionalidad del socialismo sigue siendo para muchos una piedra de escándalo que no consiguen superar. Sobre todo en los llamados círculos cultos pueden oírse los reparos más extraños contra esta «manía socialista», esta «quimera», este «abandono de lo nacional». ¡Sabihondos miopes! No ven lo hondo que estamos ya metidos en el internacionalismo, en qué alto grado la vida de las naciones está dominada ya hoy por la idea de la internacionalidad. No reconocen cómo las fronteras políticas de los Estados se borran de día en día más para un número cada vez mayor de manifestaciones y fenómenos de la actividad y la creación humanas, cómo los pueblos se acercan sin cesar unos a otros en el tráfico y la competencia internacionales. El capital ha sido internacional desde siempre; de la producción capitalista se han desarrollado, como consecuencias naturales, el comercio mundial y el tráfico mundial, que, como sus nombres indican, tienen carácter internacional. Del mismo modo, la ciencia, la técnica, el derecho de gentes, y en cierto sentido también el culto y el arte, presentan un sello internacional. En los últimos tiempos, incluso un terreno que a muchos les parecía un dominio propísimo e inalienable de lo nacional no ha podido cerrarse más a la tendencia general hacia la configuración internacional: la escuela. Con dos novedades originales, la correspondencia escolar internacional y el intercambio internacional de niños, ha incorporado a su organismo —si se prescinde de los congresos escolares internacionales y de las exposiciones de material didáctico— los primeros elementos del internacionalismo.
Por la vivacidad cada vez mayor de las relaciones comerciales entre los distintos continentes y países, por el perfeccionamiento de los medios de transporte, la mayor seguridad, comodidad y baratura de los viajes, así como por numerosos inventos y conquistas técnicas, el mundo se ha vuelto cada vez más estrecho y pequeño. Un viaje alrededor de la Tierra, antes un acontecimiento de la historia de la cultura, se tiene hoy casi por algo cotidiano.
Naturalmente, la ciudadanía mundial y el tráfico mundial plantean a la formación intelectual del hombre exigencias mucho mayores que la actividad y el trato dentro de las estrechas fronteras habituales de la patria. El comerciante, el investigador, el técnico, etc., tienen que ser capaces de entrar en relación intelectual con los pueblos que visitan. Para ello hace falta ante todo el conocimiento de la lengua correspondiente. Así, la ola del internacionalismo alcanza por fin también a la escuela como transmisora de conocimientos lingüísticos. Cuanto más internacional se ha vuelto con el tiempo el tráfico, sobre todo el comercial, tanto más se ha llegado en nuestras escuelas secundarias a reconocer que un estudio a fondo de las lenguas de los pueblos es indispensable para la juventud burguesa que crece. En lugar de las lenguas antiguas, que ya no tienen valor práctico directo, pasan cada vez más a primer plano las lenguas modernas; su dominio a fondo se convierte para el joven comerciante en condición imprescindible de su actividad futura.
El mejor medio de aprender lenguas fácil y a fondo es la estancia y la enseñanza en el país correspondiente. Claro que no todos pueden permitírselo. Por eso se han ideado caminos y métodos para llegar a un buen dominio de la lengua extranjera también sin la costosa vida en el extranjero. El árido aprendizaje en los libros de texto no bastaba, de eso no había duda; tampoco la conversación ocasional o regular con extranjeros llevaba del todo a la meta deseada. ¡Así que un camino nuevo! Entonces a un pedagogo francés se le ocurrió crear un sustituto de la enseñanza de idiomas en el extranjero mediante la organización de una correspondencia escolar internacional regular. Si, por ejemplo, un muchacho alemán aprendía francés en la escuela, junto a su enseñanza con el libro de texto debía tener ocasión de mantener correspondencia, alternativamente en alemán y en francés, con un muchacho francés que estuviera aprendiendo alemán y que le asignaría la central que había que crear; por una parte, para que adquiriera la práctica necesaria en el uso de la lengua extranjera; por otra, para que no aprendiera solo la lengua de los libros, sino la verdadera lengua de la vida; y en tercer lugar, para que con este trato intelectual obtuviera al mismo tiempo una visión de las ideas y las condiciones de vida de pueblos extranjeros. Aunque en los círculos de maestros se tenía claro que la correspondencia escolar solo podía ser un sustituto, un remedio de urgencia, sus ventajas, en todo caso nada desdeñables, resultaban evidentes, y en 1897 el profesor Mieille, de París, que ya desde [¿1892?] había hecho ensayos con la correspondencia escolar, consiguió fundar una central inglesa y otra alemana, esta última bajo la dirección del profesor Dr. Hartmann, de Leipzig. «La primera lista de corresponsales franceses que Mieille reunió en enero de 1897 incluía 100 muchachos franceses y 15 muchachas francesas dispuestos a mantener correspondencia. La central inglesa solo pudo presentar 70 muchachas y 30 muchachos. La central alemana indicó 132 alumnos, todos de centros de enseñanza sajones. Desde entonces la correspondencia escolar internacional ha hecho enormes progresos. Según el informe anual de la central alemana, ya en 1900 se habían producido 7426 inscripciones en el ámbito de lengua alemana, 9000 en Inglaterra y 14 000 en Francia, que entretanto había establecido además relaciones con América e Italia. En 1901, el 12 % de las inscripciones hechas en la central alemana no pudo atenderse porque desde el extranjero no se habían inscrito corresponsales suficientes para la lengua alemana.»
En los últimos años la institución ha tenido una nueva y rica ampliación. Canadá, España, Bélgica, Austria, Suiza, Australia y otros se han sumado, y el número de alumnos que mantienen correspondencia ha crecido enormemente. Tanto maestros como alumnos están del todo satisfechos con las experiencias hechas y consideran la correspondencia, que hoy se ha convertido en todas las escuelas secundarias en una institución conocida y permanente, un medio digno de atención para ejercitarse en el trato en lengua extranjera y para profundizar en el espíritu y el carácter de pueblos extranjeros.
Incomparablemente más útil y eficaz que la correspondencia escolar resulta, sin embargo, la otra organización internacional, a saber, el intercambio internacional de niños, creado por el pedagogo francés Matthieu. Consiste, como su nombre deja ver, en que niños que desean aprender una lengua extranjera y adquirir la seguridad necesaria en su uso se intercambian recíprocamente, por un tiempo más o menos largo, entre familias alemanas, francesas, inglesas y de otros países. Mientras un muchacho francés que desea recibir el último pulido en alemán encuentra, por ejemplo durante las vacaciones de verano, alojamiento, comida y atenciones en la familia de un médico berlinés, el hijo o la hija de este médico pasa sus vacaciones en la casa paterna del joven francés, también con estancia enteramente gratuita y con amplia ocasión de perfeccionar su dominio de la lengua. A los padres de los niños no se les originan más gastos directos que los del viaje en ferrocarril; quien quiera colocar a su hijo por algún tiempo en el extranjero con el fin de hacer estudios lingüísticos no necesita más que ponerse en contacto con la oficina de mediación de su país, que le proporciona sin demora una serie de direcciones de padres del país correspondiente que abrigan el mismo deseo y están dispuestos a ponerse en relación con él. Las listas están hechas de modo que siempre sea posible reunir a padres de condiciones sociales aproximadamente iguales. A la primera noticia de la fundación de la oficina de París se inscribieron en seguida 32 familias, entre ellas 16 francesas, 8 inglesas, 7 alemanas y una española. Desde entonces el intercambio de niños ha tenido un auge enorme. Todos los años, sobre todo en la época de las vacaciones grandes, una parte de la juventud estudiosa de las distintas naciones se pone en viaje para conocer, en el trato internacional, la lengua, la vida intelectual y la cultura de otros pueblos.
El factor económico más profundo en que se basan el intercambio internacional de niños y la correspondencia internacional permanece, naturalmente, oculto a la juventud burguesa, ya se divierta en París, Roma, Londres o Berlín. El horizonte intelectual que le abre la escuela no alcanza para tal penetración. Provistos de la cultura necesaria para ver un estado social ideal, que hay que conservar y defender a toda costa, en el orden del mundo que proporciona a unos pocos hombres, sin la obligación de trabajar, una existencia agradable a costa del trabajo de millones de hambrientos y menesterosos, los jóvenes entran más tarde en el campo de batalla de la vida pública, donde se libran las luchas políticas y económicas, y se quedan sumamente sorprendidos cuando la clase obrera consciente remite, con noble orgullo y serena conciencia, a la internacionalidad de las relaciones proletarias.
Internacionalidad de la chusma obrera socialdemócrata: eso «naturalmente» solo puede ser una «necia manía», una «frase ridícula»…
O. R.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha desde la imagen del número de la Leipziger Volkszeitung, 12.º año, n.º 153, 6 de julio de 1905, suplemento de folletín, digitalizado por la SLUB Dresden (digital.slub-dresden.de/id394414608-19050706). Uno de los años citados es de lectura dudosa (véase la versión original).
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Schülerbriefwechsel / Schülerkorrespondenz se traduce «correspondencia escolar»; Kinderaustausch, «intercambio de niños»; Bourgeoisiejugend, «juventud burguesa»; Arbeiterpack, «chusma obrera» (expresión despectiva que Rühle pone irónicamente en boca de los burgueses).