Otra vez: un nuevo camino hacia la educación popular

En un Estado como el nuestro, donde la instrucción escolar oficial de la juventud proletaria se falsea, se extravía y se deja en el desamparo1 de manera sistemática por consideración a intereses de clase capitalistas y dinásticos, la clase obrera despierta a la conciencia de clase tiene la obligación ineludible de colmar y suplir con sus propias fuerzas las carencias y lagunas de la educación popular, en la medida en que sea capaz de ello. Por una parte, por los individuos, que, a causa de su instrucción insuficiente, solo a duras penas pueden mantenerse en la lucha por la existencia, si no sucumben del todo; por otra, en interés del movimiento obrero en su conjunto, cuya capacidad de acción y de rendimiento depende en buena medida de la aptitud intelectual y la madurez moral de sus miembros. Por eso, junto a la lucha por el salario y el pan, junto a la pugna por un disfrute más rico de la vida y por el reconocimiento de los derechos humanos inalienables, la mejor parte de la fuerza empleada en la lucha proletaria de emancipación corresponde al anhelo y al afán generales y profundos de una cultura intelectual y moral más elevada. Las exigencias de una instrucción escolar suficiente dirigidas a los gobiernos seguirán, en un plazo previsible, tan poco cumplidas como hasta ahora; el clamor por la cultura, que resuena con más fuerza e insistencia desde las filas de la clase obrera consciente, sigue perdiéndose ante resistencias y obstáculos por ahora insuperables. Ahí es donde ha de realizarse —sin interrumpir la lucha, por supuesto, ni un solo minuto, y aún menos abandonarla del todo— una labor educativa directa.

La socialdemocracia, como organización política del proletariado, ha sido siempre consciente de esta importante tarea. Desde hace años y decenios realiza, en su prensa y en su literatura, pero sobre todo mediante su agitación oral, una intensa labor de ilustración y de educación cuyos éxitos han obtenido incluso de los adversarios un reconocimiento sin reservas. Con todo, queda todavía muchísimo por hacer en la labor educativa entre las masas. Al mismo tiempo hay que buscar nuevos caminos para asegurar a esa labor un éxito aún mayor y más duradero que hasta ahora.

La práctica más seguida hasta ahora, la de transmitir materias científicas mediante conferencias sueltas, se ha mostrado insuficiente. Lo que se ofrece en tales conferencias carece por naturaleza de conexión, queda para el individuo, por así decirlo, en el aire, y sufre casi sin excepción el destino de olvidarse pronto, salvo algunos restos. Del todo inadecuadas son las conferencias sueltas para transmitir materias científicas fundamentales. Toda conferencia que trata una cuestión científica presupone en los oyentes los elementos no solo de la rama del saber tratada, sino de la ciencia en general. Pero lo que suele faltar a los obreros son precisamente los elementos, los rudimentos. A causa de la miserable calidad de nuestra enseñanza en la escuela popular, un porcentaje considerable de la población obrera no ha llegado nunca a dominar los conocimientos que la escuela debe transmitir. Les falta, pues, en cuanto quieren ocuparse en tareas intelectuales, el pertrecho intelectual más necesario. La carencia no solo les impide comprender a fondo las discusiones científicas, sino que les impide también penetrar por su cuenta y con sus propias fuerzas en los distintos campos de la ciencia. Por lo general, a los obreros les falta lo más necesario: la destreza en el uso correcto, oral y escrito, de la lengua alemana. Una enseñanza escolar a fondo y sistemática de la lengua alemana aparece por eso como lo más importante y lo más inmediato que, en cuanto a la formación intelectual de nuestros obreros, hay que exigir antes que nada.

Pero ¿cómo procurar semejante enseñanza?

Las conferencias sueltas quedan totalmente excluidas por las razones ya expuestas; tampoco podrían tomarse en consideración los ciclos de conferencias.

Se ha pensado entonces en las lecciones por correspondencia2, institución que en general ha tenido gran aceptación. Lecciones por correspondencia para aprender la lengua alemana no faltan. Pero no hay ni manuales ni lecciones escritos directamente para obreros y especialmente adecuados para ellos. La razón es que redactar tales lecciones es cosa sumamente difícil. Las lecciones por correspondencia serán siempre demasiado difíciles para uno y demasiado fáciles para otro, no estimularán lo bastante a uno y agobiarán demasiado a otro, cansarán a uno por lo poco que ofrecen y desanimarán a otro por lo mucho. Y así como falta una base segura para la elaboración metódica, falta también para la delimitación del contenido de las lecciones. Si pudiera presuponerse como base el programa tratado en la escuela, u otra cantidad de conocimientos lingüísticos determinada con precisión, no sería demasiado difícil seguir construyendo. Pero así, entre mil alumnos, la formación previa, la base de conocimientos que hay que presuponer, es mil veces distinta; como he dicho, las dificultades son extraordinariamente grandes. Y por estimulantes, hábiles y comprensibles que fueran las lecciones, nunca satisfarían a todos los alumnos ni cumplirían en ellos su fin. Las lecciones por correspondencia tendrían además el enorme inconveniente de dejar sin corregir los ejercicios prácticos de los alumnos. Y una enseñanza del alemán sin corrección está de antemano condenada al fracaso. Aunque se pensara publicar a partir de la segunda lección, cada vez, la solución de la anterior, no se evitaría que el alumno aprendiera también lo erróneo y lo medio entendido, aparte de que las lecciones aumentarían así considerablemente de volumen. Y cuantos más cuadernos, tanto mayor es el desaliento desde el principio y tanto antes se acaba luego la paciencia. Si se quisiera conseguir algo mediante lecciones por correspondencia, habría que unir a ellas una corrección de los ejercicios hechos y un estímulo, una dirección y un apoyo continuados. Es cierto que una institución que hiciera posibles esa corrección y esa dirección solo podría considerarse una especie de recurso de emergencia; pero, con todo, los resultados que cabría esperar —eso está fuera de duda— dejarían muy atrás todos los obtenidos por otros caminos y con otros medios. Movido por esta convicción y guiado por el afán de ayudar a la clase obrera a conquistar cualquier ventaja, aun la más pequeña, en la lucha por la cultura, hice en el Volksblatt für Harburg (n.º 72 y 73) y en la Neue Zeit (n.º 29) la siguiente propuesta:

Ha de fundarse, con secciones locales sindicales, secciones de cobro3, etc., una asociación educativa «Escuela Obrera» que publique por entregas una obra didáctica de lengua alemana y que, mediante una oficina central creada por ella, haga corregir, por un pequeño derecho, los ejercicios que los alumnos hagan a partir de los cuadernos de lecciones.

Una institución educativa creada según esta propuesta tendría todavía, ciertamente, diversas carencias; nunca me he hecho ilusiones al respecto, como tampoco sobre el hecho de que la mejor, la forma ideal de enseñanza de los rudimentos de la lengua alemana solo puede crearse mediante la organización de cursos de enseñanza. Solo con ellos podría remediarse también la carencia principal de mi propuesta: la falta de todo trato personal entre maestro y alumno, tan absolutamente indispensable para la enseñanza de una lengua. Pero no parecía haber posibilidad alguna de llegar a organizar cursos en gran escala. Todo entendido y especialista tenía que admitir con pesar que para ello haría falta un aparato cuyas exigencias financieras no guardarían proporción alguna con los modestos medios que la clase obrera podría poner en la balanza para alcanzar esa meta. Así, la celebración de cursos quedó, en la consideración de todos cuantos se ocupaban del asunto, como una cosa muy bonita en teoría, pero irrealizable en la práctica.

Y sin embargo, sin razón alguna. Después de haberme ocupado de nuevo a fondo, estimulado por las discusiones sobre mi propuesta, de la cuestión de la celebración de cursos, teniendo en cuenta y atendiendo a todos los factores que intervienen, he cambiado por completo de opinión. Hoy no solo niego que la organización general de cursos de lengua alemana y la obtención de maestros para ellos hayan de ser una imposibilidad, sino que afirmo incluso que tal institución puede crearse y llevarse a cabo con éxito, aun en la escala más grande, con una facilidad casi sorprendente. Las consideraciones que siguen han de aportar la prueba de esta afirmación. Con ellas someto al mismo tiempo a los camaradas un nuevo proyecto o, si se quiere, el viejo proyecto en forma totalmente cambiada.

Mi propuesta es esta: ha de fundarse, del modo ya expuesto, una asociación educativa («Escuela Obrera») formada por secciones locales sindicales, secciones de cobro, etc., que paguen una cuota anual de 6 marcos por cada centenar, completo o empezado, de sus afiliados. Esta asociación se encarga de publicar la obra didáctica ya mencionada, cuyas entregas sueltas, con sus cuadernos de ejercicios, se venderán a cualquiera al precio de 30 pfennigs cada una. Si en una localidad hay al menos 50 (como máximo 60) camaradas organizados que quieran empezar un curso al mismo tiempo, si todos los participantes se comprometen a adquirir todos los cuadernos de lecciones y de ejercicios al precio de 50 pfennigs, y si el cártel sindical de la localidad4 o las secciones sindicales locales interesadas, que han de estar adheridas a la «Escuela Obrera», garantizan la suma total que los participantes han de pagar por los cuadernos, la dirección de la «Escuela Obrera» envía a esa localidad un maestro ambulante. Este tendría que tratar en unas 10 semanas, con 2 × 2 horas de clase semanales, el contenido de los cuadernos de lecciones mediante una enseñanza metódica, de modo que se creara la base necesaria para comprender su contenido. El plan de enseñanza se dispondría de manera que cada tarde se explicara y trabajara el contenido de un cuaderno, y se acercara a la comprensión de cada alumno mediante ejercicios escritos, pero sobre todo orales, de tal modo que incluso los menos dotados recibieran, gracias al trato directo con el maestro, a la ocasión constante de aclarar sus dudas preguntando y, sobre todo, a los efectos estimulantes y favorables del aprendizaje en grupo, conocidos de todo pedagogo, una guía sumamente valiosa para comprender y asimilar correctamente la materia tratada. Si dos tardes por semana no bastaran, podría añadirse en caso necesario una tercera; además, el maestro tendría que hacer hacer de semana en semana, tras una preparación a fondo, ejercicios y corregirlos, en lo cual le sería de gran ayuda el material de ejercicios ya preparado en los cuadernos de lecciones. En general, sin embargo, el maestro debería procurar adaptar todo el trabajo de enseñanza lo más posible al medio profesional y social de los alumnos, para que estos no solo en la lengua alemana, sino también en su manejo y aplicación en el marco de sus condiciones de vida y de trabajo recibieran una enseñanza adecuada. Un tratamiento absolutamente a fondo y exhaustivo de la materia que hay que trabajar necesariamente para dominar por completo la lengua alemana no podría lograrse, ciertamente, por medio de los cursos y dado el tiempo relativamente escaso de que se dispone; pero ¿quién iba a pedir eso? Sin años de formación sistemática con aplicación incansable, eso no es posible en absoluto; nuestra escuela popular no es capaz, ni siquiera en ocho años de trabajo, de resolver esta tarea con resultados mínimamente satisfactorios. Un curso tampoco tiene semejante tarea; su misión es la introducción en el campo de saber correspondiente, la guía para captar y comprender correctamente; para continuar lo preparado y comenzado en el curso, los cuadernos de lecciones serían una ayuda del todo suficiente y perfectamente adecuada a su fin. Yo mismo he dado numerosos cursos en medios obreros, entre ellos también de lengua alemana; de las experiencias así reunidas he sacado la convicción —compartida, por lo demás, por camaradas que han trabajado de modo parecido entre obreros deseosos de aprender— de que en unas 40 horas de diligente trabajo de enseñanza y aprendizaje, sobre todo con la ayuda de una obra didáctica escrita directamente para obreros, se puede crear muy bien una buena base lingüística sobre la que cada alumno, si tiene ganas y tiempo para ello, puede seguir trabajando en cualquier momento con los cuadernos de lecciones y de ejercicios, que quedan en su poder. Solo hay que despertar en los cursos el verdadero gusto por aprender, para que cada participante sienta por sí mismo la necesidad de aprovechar, terminado el curso, lo adquirido, para alcanzar por completo la meta a la que aspira.

Al organizar los cursos habría que procurar que un mismo maestro diera clase siempre al mismo tiempo en dos localidades vecinas o, en las ciudades grandes, en dos cursos que se celebren simultáneamente. Obligan a esta medida los costes bastante considerables de los cursos, que de otro modo no podrían reunirse sin cargar en exceso a los participantes. Un maestro tendría, por tanto, que dar clase cada semana en 2 × 2 (como máximo 2 × 3) tardes = 8 a 10 horas y corregir 2 × 50-60 cuadernos, un trabajo que lo ocuparía plenamente, pero sin sobrecargarlo.

El aspecto financiero de la empresa se presentaría más o menos así, en el supuesto de que al abrirse la «Escuela Obrera» se hubieran adherido 50 000 obreros organizados en sindicatos y su número subiera a 100 000 en el curso del primer ejercicio:

El precio de producción o de compra de 1 cuaderno de lecciones y 1 de ejercicios es de unos 13 pfennigs; el de venta, 50 pfennigs; ganancia = 37 pfennigs. Suponiendo que el número de alumnos al año sea solo el 5 % de todos los afiliados adheridos, es decir, una media de 3750, resulta (3750 [participantes] × 20 [cuadernos] × 37 [pfennigs]) una ganancia comercial de 27 750 marcos. A ello se añaden 6000 marcos de cuotas anuales de los sindicatos adheridos, con lo que los ingresos ascienden a 33 750 marcos.

Ahora los gastos: para enseñar a 3750 participantes harían falta 74-75 cursos. Como al año —calculando cada curso en unas 10 semanas— podrían darse cinco cursos sucesivos, habría que dar siempre 14-15 cursos a la vez; para ello serían necesarios —cada maestro debe dirigir, en lo posible, siempre dos cursos al mismo tiempo— unos 7 maestros. Cada maestro recibe un sueldo inicial de 1800 marcos y una ayuda mensual de 90 marcos para viajes y desplazamientos, que, a una media de 50 marcos por cada 2 cursos, debería estar calculada con holgura. Eso supone, en total, un gasto de 21 910 marcos para los maestros. A ello se añaden: 3000 marcos de honorarios por la redacción de la obra didáctica, 3000 marcos de sueldo para el director de la empresa, 1800 marcos de sueldo para un contable, 1200 marcos de gastos de inspección y otros viajes (dietas, pasajes, etc.), 1800 marcos de franqueo, oficina, calefacción, alumbrado, etc. Suma total: 32 710 marcos.

Balance: ingresos, 33 750 marcos; gastos, 32 710 marcos; por tanto, ganancia de 1040 marcos. La empresa tiene, pues, asegurada su base financiera.

¿Qué más queremos? Es casi asombroso lo que puede lograrse con las pequeñas cuotas anuales de los sindicatos y con los gastos, nada elevados por cierto, de cada participante en los cursos. Naturalmente, una empresa así solo puede sostenerse a la larga si el probado principio comercial de que ¡la masa tiene que hacer el negocio!5 rige plenamente, es decir, si la clase obrera organizada en los sindicatos participa en la obra lo más numerosamente posible.

Para los obreros de localidades en las que no se reuniera el número de participantes necesario para enviar un maestro ambulante; además, para los obreros que por la índole de su ocupación (panaderos, camareros, barberos, fogoneros, etc.), por horas extraordinarias, por enfermedad o por otras causas no pudieran asistir a los cursos, y finalmente para quienes por cualquier motivo prefirieran aprender solos a aprender en grupo, podría mantenerse el procedimiento ya descrito de la corrección de los cuadernos por una oficina central. El precio del envío con cuaderno de ejercicios habría de fijarse entonces en 40 pfennigs.

Este es el nuevo proyecto.

Se trata ahora de saber con certeza si la clase obrera está dispuesta o no a crear una empresa educativa sobre la base aquí expuesta. Una serie de secciones de cobro y de grupos locales de federaciones sindicales con varios miles de afiliados ya han declarado que se adherirán sin falta a la asociación en cuanto esté asegurada la creación de la empresa. Estos artículos se han escrito para llevar la idea a círculos más amplios de la clase obrera, para ganar para el proyecto el interés y la simpatía de quienes saben juzgar y apreciar el valor de la educación para la clase obrera, y para conseguir la base material necesaria para su realización.

Se dirigen en primer lugar a los presidentes de las federaciones sindicales locales, secciones de cobro, etc., con el ruego de que den a conocer el proyecto a los compañeros y compañeras en asambleas de afiliados, escuchen su opinión al respecto y, llegado el caso, provoquen una decisión sobre si la corporación correspondiente se adheriría eventualmente o no a la asociación «Escuela Obrera». De una resolución de este tipo no se derivan obligaciones de ninguna clase; solo se desea una declaración, sea afirmativa o negativa, para obtener las líneas maestras seguras que se necesitan para el desarrollo ulterior del proyecto.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha sobre las págs. 1-2 del Volksblatt für Harburg, Wilhelmsburg und Umgegend, Nr. 121, 26. Mai 1904 (Deutsches Zeitungsportal, DDB; ejemplar de la SUB Hamburg). Artículo de fondo sin firma, atribuido a Rühle por Stecklina (2002); el autor se declara autor de las propuestas del Volksblatt (n.os 72-73, véase «1904-03-25 Ein neuer Weg zur Volksbildung») y de Die Neue Zeit (n.º 29, véase «1904-04 Ein neuer Weg zur Volksbildung»).

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan las cursivas del original (espaciado en Fraktur) y las cifras. Volksbildung se traduce «educación popular», Arbeiterschule «Escuela Obrera» (nombre de la asociación propuesta), Wanderlehrer «maestro ambulante». Las adiciones del traductor van entre corchetes.

  1. verwahrlost: aquí, «en el desamparo», abandonada materialmente; en otros contextos Verwahrlosung se traduce «descarrío». (N. del T.) ↩

  2. Unterrichtsbriefe, Lehrbriefe: lecciones impresas enviadas por correo en entregas, método de enseñanza a distancia muy difundido entonces. (N. del T.) ↩

  3. Zahlstelle: sección local de un sindicato central, encargada sobre todo de cobrar las cuotas. (N. del T.) ↩

  4. Gewerkschaftskartell: federación local de los sindicatos de una ciudad. (N. del T.) ↩

  5. Die Masse muß es bringen!: literalmente, «¡la masa tiene que traerlo!», fórmula comercial del beneficio por el gran volumen de ventas. (N. del T.) ↩