Por Otto Rühle

En Königsberg de Prusia, la «ciudad de la razón pura», se celebrará en la semana de Pentecostés de este año la asamblea de los maestros alemanes. Hace dos años, la Asociación Alemana de Maestros, que organiza esta asamblea y agrupa hoy a unos 100 000 maestros y maestras, se reunió en Chemnitz (Sajonia), donde el primero de los temas de deliberación fijados para la sesión de Königsberg quedó preparado con una conferencia del profesor universitario Dr. Rehmke, de Greifswald. El tema dice: Universidad y formación del maestro de escuela popular, y trata la vieja cuestión debatida entre los maestros de si es deseable y debe perseguirse una continuación de la formación del maestro de escuela popular en la universidad, y en qué condiciones. En el Congreso de Maestros de Breslau de 1898 ya se había elevado a acuerdo la exigencia de que todo maestro, sobre la base de su certificado de salida del seminario de maestros1, obtuviera el derecho a estudiar en la universidad, así como la exigencia adicional de que se crearan en las universidades cátedras especiales de pedagogía. Pero estos acuerdos encontraron poca atención y aprobación entre los maestros y pronto se olvidaron, hasta que con el decreto de Kiel del rey de Prusia se rompió el llamado monopolio del Gymnasium para el acceso a la universidad y, junto al Gymnasium, también el Realgymnasium y la Oberrealschule obtuvieron el derecho a preparar para la universidad.2 Entonces volvió a despertar entre los maestros de escuela popular el deseo de ver extendido ese derecho también al seminario de maestros. Y una de las primeras consecuencias de ese deseo fue la ponencia de Rehmke sobre el maestro de escuela popular y la universidad en el Congreso de Maestros de Chemnitz.

El profesor Rehmke se declaró partidario decidido de que los maestros estudiaran en la universidad, pero su defensa se hizo con cautelas y partía de puntos de vista que no solo no encontraron entre los maestros la aprobación que esperaba el ponente, sino que chocaron en parte con una oposición muy viva. Se trataba sobre todo de los siguientes pasajes de su exposición: «La formación del seminario de maestros no puede preparar para todos los estudios universitarios, pero sí para aquellas materias que podemos reunir bajo el nombre de matemático-científicas, y sobre todo también para la materia que designamos con el nombre de filosofía»; luego: «La exigencia planteada y elevada a acuerdo en Breslau en el año 1898 —que se creen además cátedras especiales de pedagogía y seminarios pedagógicos— no puedo tenerla por acertada. Me parecería como si el estudiante maestro de escuela popular encontrara de nuevo en la universidad un seminario de maestros, digamos, de primera calidad», y por último: «Quien quiera dirigir la escuela tiene que estar interiormente libre en su profesión y poder juzgar libremente sobre todas las cuestiones de su profesión; pero esa libertad solo la da la formación científica. Sin formación científica no hay dirección de la escuela popular. Por eso el cuerpo de maestros de escuela popular, por su propia causa y para desarrollarse plenamente, tiene que exigir la formación científica al menos para aquella parte de sus miembros a la que le sea dado ir a la universidad. Muchos son los llamados, pero pocos los escogidos». De estas tres frases fue sobre todo la última la que sufrió los ataques más violentos, y no sin razón, porque la idea que expresa supone un grave peligro para los maestros y para la escuela popular. Si la medida de formación científica con que se equipa hoy al maestro de escuela popular se considera suficiente para su actividad como maestro, también tiene que bastar para poder confiar a los más experimentados y capaces de entre los maestros de escuela popular los puestos de directores de escuela y funcionarios de la inspección escolar, pues el maestro tiene que ser, al menos en la misma medida que el director, una personalidad interiormente libre. Pero si se está convencido de que al maestro de escuela popular deben quedarle cerrados los puestos de la dirección y de la inspección escolar porque no tiene suficiente formación científica, tampoco puede tenerla para su actividad como maestro. Entonces hay que exigir que se tomen disposiciones por las que no solo a unos cuantos escogidos, sino a todos, se les dé una formación que deba ser reconocida y respetada por todos como científica. Y si se opina además que tal formación solo puede garantizarla el estudio académico, entonces hay que exigir precisamente la formación universitaria para todos los maestros. A ello tiene que ir unida al mismo tiempo la exigencia de la gratuidad de los estudios universitarios, porque el derecho a estudiar en la universidad que piden los maestros, en caso de concederse, solo existiría sobre el papel para aquellos maestros que no tengan los medios para costear varios años de estudios universitarios. La experiencia enseña que precisamente de las clases más pobres de la población salen las fuerzas más capaces de nuestro cuerpo de maestros. Su formación no ocasiona a los padres gastos demasiado altos, porque la enseñanza en los seminarios de maestros es gratuita. En el futuro esto cambiaría, pues con los estudios universitarios la formación de los maestros se encarecería considerablemente. O bien más de un hombre pobre o de escasos recursos tendría que renunciar de antemano a llevar a su hijo dotado a la profesión de maestro, o bien el joven maestro sin formación académica quedaría degradado a maestro de segunda clase y expuesto toda su vida a una postergación y un menosprecio inevitables. La solución de la vieja cuestión «universidad y maestro de escuela popular» no desembocaría entonces en una selección de los más capaces y los mejores, como la desean muchos de sus defensores, sino únicamente en un privilegio de los poseedores, de los mejor situados, dentro del cuerpo de maestros. Si los maestros quieren quitar a la meta de sus deseos este regusto inmoral, tienen que exigir, junto al derecho a estudiar en la universidad, la gratuidad de la enseñanza, de los medios de enseñanza y de la manutención durante los estudios universitarios para todos los maestros.

A eso, desde luego, no se deciden los maestros. Ni uno solo de ellos ha planteado hasta ahora esta exigencia. En Chemnitz, el profesor Rehmke no le prestó atención, y en Königsberg el profesor de seminario de maestros Muthesius, de Weimar, uno de los críticos más agudos de la ponencia de Rehmke, cuando exponga allí el tema desde su punto de vista, tampoco entrará en el aspecto financiero de la cuestión. Según informó la Pädagogische Zeitung, ha basado su ponencia en las siguientes tesis: «1. Las universidades, como centros de trabajo científico, son el lugar más apropiado, insustituible por ninguna otra institución, para la formación complementaria del maestro de escuela popular. 2. A los maestros de escuela popular que hayan seguido un plan de estudios regular en la universidad hay que darles la posibilidad de concluir sus estudios con un examen científico. Aprobar este examen da opción al servicio en la inspección escolar y en los seminarios de maestros». Así pues, nada de aquella exigencia. Pero mientras esta no se plantee con seriedad y energía, y mientras no se mueva a los gobiernos, en caso de satisfacer la exigencia ideal, a ocuparse al mismo tiempo de procurar la base material necesaria, toda la agitación de los maestros, su despliegue de palabras y su aspiración, por grata y loable que sea, no serán más que una medianía, una obra a medias, un trabajo que esperará en vano su recompensa y su premio.

Del mal de la medianía adolece también la segunda exigencia del Congreso de Maestros, a la que está dedicada la ponencia del director Juds, de Kolberg. Se refiere a la inspección escolar eclesiástica, a su supresión y sustitución por la inspección técnica. No hace falta aquí ninguna otra explicación para llegar al convencimiento de que la vigilancia por el clero del trabajo de enseñanza y educación que ha de hacerse en la escuela es un cáncer para la escuela popular. La inspección escolar eclesiástica es uno de los principales obstáculos para un sano desarrollo de nuestra escuela popular en el espíritu de las concepciones y las ideas modernas; todos los palos y calzos que se echan bajo las ruedas del carro escolar, todavía hundido en la ciénaga del atraso medieval, proceden de los portadores de hábitos y alzacuellos. En Prusia, de los 927 inspectores escolares de distrito no profesionales, que además de los 317 de plantilla ejercen la inspección escolar, nada menos que 863 son clérigos, y la inspección escolar local está enteramente en manos del clero, exactamente igual que en Baviera, Sajonia, Wurtemberg, Oldemburgo, los dos Mecklemburgos, Brunswick, Anhalt, los Estados de Turingia (salvo Gotha, Reuss línea menor y Sajonia-Meiningen), los dos Lippe y los territorios rurales de Bremen y Lübeck.

Es sin duda digno de reconocimiento sin reservas que los maestros traten de librarse de los andadores de la Iglesia, tan indignos como molestos y directamente dañinos. La cuestión es solo si la actuación de los maestros es lo bastante consciente de sus fines y decidida, su protesta lo bastante contundente y su táctica lo bastante hábil para imponer una reforma de la inspección escolar en el sentido de los maestros. A esta pregunta hay que responder probablemente que no. Los maestros siguen sin comprender que la inspección escolar por el clero no es más que una manifestación aislada de un sistema hostil a la instrucción, al progreso y a la cultura, bien urdido y finamente organizado a su manera, y que es un derroche de tiempo y de fuerzas arremeter contra tal manifestación aislada como en otro tiempo don Quijote contra los molinos de viento. Aquí tiene que caer todo el sistema si se quiere un cambio. En primer lugar, los maestros tienen que defender con valentía que la enseñanza religiosa desaparezca de la escuela; luego la escuela tiene que convertirse en una institución que no sirva, como hoy, a los intereses particulares de determinadas clases ni esté obligada a servirlos, sino que se organice y dirija según la voluntad y el deseo de toda la sociedad, esté sometida al control de todo el pueblo y preste sus servicios al bien común. Mientras subsista el orden actual de las cosas, las clases dominantes no podrán prescindir del clérigo ni en el púlpito ni en la escuela, y todo atrincherarse y resistirse no logrará liberar a los maestros del régimen de los curas. Por eso los maestros deberían tomar conciencia de toda su fuerza y querer algo entero, y no algo a medias; eso no los lleva nunca a la meta y no hace más que ponerlos en ridículo en su impotencia. Si también en Königsberg se contentan con pronunciar discursos «muy sumisamente opositores», no ganarán nada que pueda acercar su exigencia ni un palmo a su cumplimiento.

Lo mismo vale para el tercer tema de deliberación. Desde hace años y decenios los maestros se pelean en sus congresos con el problema de la escuela popular general; pero aún no han llegado siquiera a un acuerdo en la discusión teórica, cuánto menos a una unidad compacta en la acción práctica. A la mayoría de ellos lo que más les gustaría es que se pudiera lavar la piel sin necesidad de mojarla. Por lo demás, lo que los maestros entienden por solución de la cuestión de la escuela popular general no coincide con lo que la socialdemocracia quiere que se entienda por ella. Nosotros exigimos, de acuerdo con todos los pedagogos de renombre, todos los filántropos, los verdaderos amigos del pueblo y los auténticos representantes del pueblo, un establecimiento de enseñanza general de gran estilo, organizado y dirigido según principios unitarios, al que deban asistir todos los niños del pueblo —sin distinción de estamento, de fortuna, de religión, etc.—, en el que la enseñanza sea gratuita, los medios de enseñanza se suministren gratuitamente y la manutención de los alumnos sea gratuita, y desde el cual todo alumno dotado tenga abierto el acceso gratuito a todos los establecimientos de enseñanza media y superior. Los maestros de hoy, en cambio, se contentan con tan poco que consideran resuelto en lo esencial el problema de la escuela popular general en cuanto se suprima el enojoso sistema de las escuelas preparatorias, es decir, en cuanto dejen de existir las llamadas Vorschulen, que preparan para el ingreso en los establecimientos de enseñanza media (Gymnasium, Progymnasium, Realgymnasium, Real-Progymnasium, Oberrealschule, Realschule) y hacen así un trabajo que en realidad debería corresponder a la escuela popular. (En 1902/03 había en Prusia más de 25 000 de esos alumnos de escuelas preparatorias.) En esta dirección los maestros alemanes ya dieron un paso en el 9.º Congreso Alemán de Maestros, al plantear las siguientes exigencias:

  1. a) El Estado y el municipio deben crear para las necesidades de instrucción comunes solo establecimientos de enseñanza comunes, accesibles a todos de la misma manera.

    b) En particular, para la enseñanza elemental, necesaria a todos, debe haber una sola clase de escuelas públicas, y no deben crearse además, a costa del Estado o del municipio, escuelas preparatorias especiales para los establecimientos de enseñanza media, las escuelas medias y las escuelas secundarias de niñas, ni unirse orgánicamente a ellos.

    c) Deben suprimirse las escuelas preparatorias existentes de los establecimientos de enseñanza media y las clases elementales de las escuelas medias y de las escuelas secundarias de niñas.

  2. Sobre esta base común, la escuela popular, se levantan

    a) la escuela burguesa (Bürgerschule) y su continuación, la escuela complementaria,

    b) la escuela burguesa superior (escuela media o Realschule),

    c) los establecimientos de enseñanza media.

Pero estas exigencias no han tenido éxitos prácticos. El abuso de las escuelas preparatorias subsiste todavía, sobre todo en Berlín, Brandeburgo, Hannover, Renania, etc., mientras que en el sur de Alemania es del todo desconocido. Previsiblemente, el ponente designado en Königsberg para el tercer tema, el maestro Gutmann, de Múnich, remitirá especialmente a la situación del sur de Alemania para mostrar que la supresión de las escuelas preparatorias es perfectamente posible en el marco de la actual política de instrucción popular. Los maestros a quienes satisfaga esta demostración olvidan, sin embargo, que aun suprimidas las escuelas preparatorias la exigencia de la escuela popular general dista mucho de estar cumplida en toda su extensión. Que en Königsberg se intente acercarse a ese cumplimiento en estrechísima relación con el problema de la solución de la cuestión social —pues solo por este camino es posible cumplirla— le parecerá dudoso a cualquiera que conozca a los maestros alemanes y el espíritu que ha dominado hasta ahora sus congresos. Las tesis ya publicadas de la ponencia de Gutmann vuelven a echarlo todo de menos en esta dirección.

Con todo, el Congreso de Maestros de Königsberg tendrá interés en la medida en que, precisamente al tratar las importantes cuestiones pedagógicas y de política escolar expuestas, será una piedra de toque para saber si —ahora que casi todos los estamentos y clases han llegado poco a poco a una relación con el socialismo mucho más estrecha que antes— también los maestros alemanes han hecho progresos en este sentido o no.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha desde las imágenes del Volksblatt für Harburg, Wilhelmsburg und Umgegend, n.º 110, 11 de mayo de 1904, suplemento, págs. 5-6 (OR1904-22), digitalizadas por la Staats- und Universitätsbibliothek Hamburg (Deutsches Zeitungsportal).

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Lehrertag se traduce «Congreso de Maestros»; Lehrerseminar, «seminario de maestros»; Schulaufsicht (geistliche), «inspección escolar (eclesiástica)»; Fachaufsicht, «inspección técnica»; Vorschule, «escuela preparatoria»; Bürgerschule, «escuela burguesa» (escuela elemental de pago, separada por clase social); se dejan en alemán los nombres de los tipos de centros secundarios sin equivalente (Gymnasium, Progymnasium, Realgymnasium, Oberrealschule, Realschule).

  1. Lehrerseminar: seminario de maestros, centro alemán de formación de los maestros de escuela popular; equivale a la escuela normal española. (N. del T.) ↩

  2. Por el decreto real prusiano de 26 de noviembre de 1900 (precedido por la conferencia escolar de junio de 1900), los títulos de bachiller del Realgymnasium y de la Oberrealschule se equipararon al del Gymnasium clásico para el acceso a la universidad. Se dejan en alemán los nombres de estos centros de enseñanza secundaria: el Gymnasium (pl. Gymnasien), de enseñanza clásica con latín y griego; el Progymnasium, sin los cursos superiores; el Realgymnasium, con latín y lenguas modernas; la Oberrealschule y la Realschule, sin latín, con lenguas modernas y ciencias. La Vorschule era una escuela preparatoria de pago, aneja a los centros de enseñanza secundaria, que permitía a los hijos de las familias acomodadas eludir la escuela popular. (N. del T.) ↩