I
Un nuevo camino hacia la educación popular
(Una propuesta)
I
El Estado y la sociedad actuales, que combatimos, son enemigos de la cultura; mientras existan, impedirán que el saber sea patrimonio común. Quien quiera que el saber llegue a todos por igual ha de trabajar, por tanto, por la transformación del Estado y de la sociedad. El templo de la ciencia está cerrado al pueblo; los accesos a la cultura están cortados por una muralla china. Hay que conquistar la llave del templo, hay que derribar la muralla. El medio es la agitación política, la agitación social.
Estas palabras dirigió hace más de veinte años Wilhelm Liebknecht, en su conocida conferencia «Saber es poder»1, a los miembros de la Asociación Educativa de Dresde. Hallaron eco en toda la clase obrera alemana y siguen vivas en ella con toda la fuerza de atracción de su validez, en nada disminuida. Seguirán siendo válidas y verdaderas mientras una sociedad socialista no haya traído, junto con la supresión de toda servidumbre económica, de la miseria y de la explotación, una renovación completa de la vida intelectual humana y no haya hecho del saber y de la cultura un patrimonio común de todos los círculos del pueblo. Hasta entonces, desde luego, falta todavía mucho tiempo. La socialdemocracia no puede saltarse los periodos que el desarrollo ha de recorrer, pero su trabajo se dirige ante todo a acelerar en lo posible el curso natural de las cosas. Mediante el uso enérgico e incesante del medio de la agitación política y social recomendado por Liebknecht —y por otros antes y después de él—, trabaja sin descanso para acortar el periodo en que la educación popular ha de madurar hasta ser un hecho pleno. En la formación política, sindical y cooperativa de las masas realiza uno de los trabajos preparatorios más importantes para el audaz y vasto despliegue de la vida intelectual del futuro. Y con la suma de todas sus conquistas culturales crea la base material sobre la que ha de surgir una nueva era, no solo de armonía de intereses políticos y económicos, sino sobre todo también de nivelación de todas las desigualdades culturales hoy existentes.
Este trabajo es enormemente valioso e importante. Sin embargo, no salva la gran distancia que separa el hoy del mañana. ¿Qué debemos hacer entretanto? ¿Debemos esperar de brazos cruzados, con la crasa falta de cultura del pueblo, las enormes lagunas del saber general, la sed insaciada de ilustración, el profundo anhelo de educación intelectual y todas las exigencias incumplidas de desarrollo y perfeccionamiento de nuestra educación popular, a que una época posterior nos eche en el regazo los bienes y dones ideales esperados? O mejor dicho, para que la pregunta no se malinterprete: ¿debemos contentarnos con la agitación política y social, es decir, con el trabajo indirecto por la realización del ideal educativo, sin pasar a abordar directamente el asunto?
Pues bien: la socialdemocracia no ha sido nunca un partido solo de ideas, de utopías y de consuelo con el porvenir; nunca, por atender a las exigencias del futuro próximo y lejano, ha dejado sin cumplir las tareas del día ni desatendido los deberes para con el presente. Toda su actuación política hasta hoy da fe de ello. Junto a la crítica objetiva más aguda, ha mostrado en todo momento una abundancia de iniciativa; el afán de eliminar lo viejo y lo fallido, las instituciones nocivas para la comunidad y las tradiciones contrarias a la cultura, ha ido siempre de la mano de la voluntad sincera y celosa de crear algo mejor, de realizar un trabajo positivo mediante estímulos, propuestas y mociones. La socialdemocracia es, de todos los partidos, el más positivo en el sentido más eminente de la palabra; allí donde no ha logrado crear algo positivo, la culpa no es suya, sino de la más poderosa mayoría burguesa de los parlamentos, que se ha burlado de sus exigencias, ha rechazado sus mociones y ha negado a su afán creador la posibilidad de actuar siempre que ha podido.
También en el terreno de la enseñanza puede demostrarse lo afirmado. Aunque el Partido Socialdemócrata —subrayémoslo una vez más expresamente— solo espera la realización plena de su ideal educativo de la nueva sociedad socialista edificada sobre las ruinas y los escombros del Estado de clase, procura no obstante acercarse en lo posible a la solución de estas tareas suyas ya en el marco del orden social actual. Y de esta tarea suya muy especialmente, entre otras razones porque la socialdemocracia podrá librar con tanto más éxito la lucha por el futuro cuanto más inteligente y mejor educado sea el ejército de sus combatientes y cuanto mayor sea el número de ellos que ya hoy estén en condiciones de procurarse, gracias a su mejor formación, unas condiciones de vida más soportables. Por esta razón el movimiento socialista, como ha expuesto muy acertadamente el camarada Katzenstein en el número de julio (1903) de los Sozialistische Monatshefte, no solo ha defendido desde el principio, como el partido más progresista, la plena libertad intelectual y toda mejora de la escuela y de la enseñanza por parte del Estado, sino que, desde el principio también, en la medida de sus fuerzas y en cuanto lo permitía el apremiante trabajo del día, se ha dedicado él mismo, con celo y método, a fomentar los esfuerzos educativos, a la enseñanza de los obreros y a la formación científica de los camaradas.
Por otra parte, el incesante anhelo de instrucción y de cultura de la clase obrera, expresado sobre todo en mociones a los congresos del partido, ha dado constantemente nuevo impulso a actividades y empresas destinadas a servir a la educación popular.
El éxito de la labor educativa socialdemócrata ha sido, en efecto, enorme, y muy recientemente ha recibido un reconocimiento involuntario de una parte que debe de estar por encima de toda sospecha de simpatía secreta con la subversión: el ministro de la Guerra von Einem tuvo que admitir en el Reichstag que la socialdemocracia representa la inteligencia del pueblo, y en particular de la clase obrera.
Con todo, en nuestras filas queda todavía muchísimo por hacer en la labor educativa, y es sin duda tarea meritoria pensar en los medios de realizar esa labor de modo racional y con éxito.
La práctica más seguida hasta ahora, la de transmitir materias científicas mediante conferencias sueltas, se ha mostrado insuficiente. Lo que se ofrece carece por naturaleza de conexión, queda para el individuo, por así decirlo, en el aire, y sufre casi sin excepción el destino de olvidarse pronto, salvo algunos restos. Del todo inadecuadas son las conferencias sueltas para transmitir materias científicas fundamentales. Toda conferencia que trata una cuestión científica presupone en los oyentes los elementos no solo de la rama del saber tratada, sino de la ciencia en general. Si no lo hiciera así y empezara en cada caso por el abecé, perdería sin duda, casi sin excepción, todo interés para una parte de los oyentes —y no la menor— y cansaría en vez de estimular, aburriría en vez de instruir. Pero lo que suele faltar a los obreros son precisamente los elementos, los rudimentos. A causa de la miserable calidad de nuestra enseñanza en la escuela popular, un porcentaje considerable de la población obrera no ha llegado nunca a dominar los conocimientos que la escuela debe transmitir. Les falta, pues, lo más necesario en cuanto quieren ocuparse en tareas intelectuales. La carencia no solo les impide comprender a fondo las discusiones científicas, sino que les impide también penetrar por su cuenta y con sus propias fuerzas en los distintos campos de la ciencia. Por lo general, lo que más falta a los obreros es la destreza en el uso correcto, oral y escrito, de la lengua alemana.
Se objetará ahora: la gramática, la ortografía, el estilo, etc., pertenecen a la enseñanza de la escuela popular, no al ámbito de trabajo de adultos deseosos de instruirse; no hay por qué quitarle el trabajo a la escuela, y cosas semejantes. A ello hay que responder: sin duda la enseñanza de la lengua alemana y la instrucción en su uso correcto son una de las tareas que corresponden a la escuela popular. Pero cada día muestra con innumerables ejemplos que la escuela no cumple esta tarea suya. ¿Debemos darnos por satisfechos? ¿O debemos limitarnos a criticar las deficientes condiciones escolares? ¿Y debemos seguir esperando tranquilamente a que una era socialista traiga la deseada enseñanza escolar satisfactoria y, con ella, una mejor formación lingüística de las masas? Eso no puede quererlo en serio nadie. Al contrario, tenemos que decirnos: si la escuela ha descuidado su deber, ahora es deber nuestro recuperar lo omitido, no por la escuela, que se ahorra así trabajo y esfuerzo, no, sino por la población trabajadora, que sufre de todas las maneras posibles por este descuido irresponsable.
Es desconocer el carácter de las organizaciones obreras políticas y sindicales, y entender muy superficialmente sus tareas y fines, creer que solo tienen por objeto difundir la ilustración política, preparar las elecciones públicas y conquistar mejores condiciones de salario y de trabajo. Su verdadera esencia no se agota en ello. Antes bien, deben —y ellas mismas lo han sentido, reconocido y practicado desde hace tiempo— hacer de todo el hombre, de toda la personalidad del obrero, objeto de formación y de educación; deben esforzarse en lo posible por ayudar a sus miembros a alcanzar una mayor madurez intelectual, una interiorización más profunda de la vida afectiva y una concepción más pura de los principios e ideas éticos. Deben procurar transmitir todo lo que encierra sin más el concepto de cultura.
Satisfacer plenamente esta exigencia es todavía imposible en el estadio actual de desarrollo de nuestro movimiento obrero. Pero al menos hay que empezar, y se debe empezar. Y para conseguir algo verdaderamente sólido y valioso, empiécese por los elementos. Dicho de otro modo: antes de venir al proletario con cosas científicas y de abrirle atractivas perspectivas hacia horizontes más lejanos del saber y de la cultura, enséñesele primero a escribir y hablar correctamente, ayúdesele a adquirir la capacidad de usar correctamente su lengua materna.
II
Un nuevo camino hacia la educación popular
(Una propuesta)
II
La meta estaría, pues, fijada.
Se trata ahora de saber por qué camino se llega a ella.
Las conferencias sueltas quedan excluidas de antemano; las razones ya expuestas las hacen absolutamente inadecuadas como medio para la formación lingüística de las masas. Tampoco sirven a la causa los ciclos de conferencias, los cursos de conferencias, etc., pues una lengua no se aprende a dominar oyendo conferencias sobre ella, sino más bien recibiendo en ella y sobre ella una enseñanza sistemática y practicándola.
Por esta razón solo los cursos de enseñanza pueden ser el instrumento que promete éxito. Desde hace años se ha ido abriendo paso en los círculos del partido la convicción de que una introducción más seria y profunda en cualquier rama del saber solo es posible mediante cursos de enseñanza. Liebknecht empezó por ahí, y desde entonces, dondequiera que se ha presentado la posibilidad de celebrar cursos, se han organizado, con las mejores experiencias.
Pero ahí está el quid de la cuestión2: dondequiera que se ha presentado la posibilidad de celebrar cursos. Hay que hacer constar, por desgracia, que esa posibilidad solo se ha dado hasta ahora en poquísimos casos. A nuestro movimiento le faltan fuerzas que tengan inclinación y talento suficientes para organizar y dirigir tales cursos. No basta para ello la formación científica; hace falta además la capacidad y la habilidad de transmitir los conocimientos correspondientes a la comprensión de los alumnos mediante una enseñanza metódica y un modo de enseñar escolar. En historia, economía política o ciencias naturales estos requisitos quizá no sean tan imperiosos, pues en estas ramas del saber mucho puede ofrecerse en forma de conferencia. Pero la enseñanza de la lengua alemana no es concebible sin una fuerza docente con formación pedagógica y ducha en la enseñanza. ¿Y dónde dispone nuestro movimiento de tales fuerzas? En ninguna parte. De ahí también el lamentable hecho de que la formación en lengua alemana, tan sumamente importante y deseada con tanto anhelo por miles de obreros, no haya podido encontrar todavía lugar en la clase obrera organizada.
Si fuera posible la organización general de cursos de lengua alemana, el mal quedaría pronto remediado. Pero los hechos enseñan que esa organización no es posible. ¿Qué podría ofrecerse entonces como sustituto?
Se ha pensado en las lecciones por correspondencia3, institución que en general ha tenido gran aceptación. Lecciones por correspondencia para aprender la lengua alemana no faltan. Pero no hay ni manuales ni lecciones escritos directamente para obreros y especialmente adecuados para ellos. La razón es que la redacción de tales lecciones tropieza con enormes dificultades. Como hay obreros inteligentes y menos inteligentes, unos con muy buena y otros con muy mala instrucción escolar, las lecciones por correspondencia serán siempre demasiado difíciles para uno y demasiado fáciles para otro, cansarán a uno y desanimarán a otro. Y así como falta una base segura para la elaboración metódica, falta también para la delimitación del contenido de las lecciones. Si pudiera presuponerse como base existente el programa tratado en la escuela, o una cantidad de conocimientos lingüísticos, aunque menor, determinada con precisión, no sería demasiado difícil seguir construyendo. Pero así, entre mil alumnos, la formación previa, la base de conocimientos que hay que presuponer, es mil veces distinta; como he dicho, las dificultades son extraordinariamente grandes. Y por estimulantes, hábiles y comprensibles que fueran las lecciones, nunca satisfarían a todos los alumnos, ni siquiera a la mayoría, ni cumplirían en ellos su fin. Las lecciones por correspondencia tendrían además el enorme inconveniente de dejar sin corregir los ejercicios prácticos de los alumnos. Y una enseñanza del alemán sin corrección está de antemano condenada al fracaso. Aunque se pensara publicar a partir de la segunda lección, cada vez, la solución de la anterior, no se evitaría que el alumno aprendiera también lo erróneo y lo medio entendido, aparte de que las lecciones aumentarían así considerablemente de volumen. Y cuantos más cuadernos, tanto mayor es el desaliento desde el principio y tanto antes se acaba luego la paciencia.
Si se quiere conseguir algo mediante lecciones por correspondencia, hay que unir a ellas una corrección de los ejercicios hechos y un estímulo, una dirección y un apoyo continuados. Si esto pudiera hacerse posible, se habría creado un sustituto de pleno valor de los cursos prácticos de enseñanza, un sustituto que tendría incluso diversas ventajas sobre los cursos por el hecho de que los alumnos no tendrían que reunirse a una hora determinada y en lugares determinados.
Con ello hemos llegado al meollo del asunto. Puede crearse tal sustituto; hay un camino capaz de conducir como pocos, con tanta ventaja y seguridad, a la formación lingüística de la clase obrera.
Hago la siguiente propuesta:
Habría que escribir una gramática alemana al alcance de todos y fácil de entender, unida a una ortografía y una estilística, que, tanto por la exposición clara y concisa de la materia como por un rico material de ejemplos, y sobre todo cultivando la actividad propia del alumno mediante numerosos ejercicios prácticos, lograra iniciar una buena comprensión de la lengua alemana y proporcionar luego la base para su uso correcto. La obra habría de concebirse, imprimirse y presentarse de modo que pudiera aparecer en unas 20 entregas mensuales y que cada una de ellas, con 32 páginas de texto, no costara más de 20 pfennigs. Al final de cada sección mayor del curso habría un resumen recapitulativo, de manera que el alumno tuviera que contestar una serie de preguntas sobre la materia tratada y hacer asimismo ejercicios. Estos ejercicios se elegirían de modo que por sus soluciones pudiera reconocerse con exactitud si el alumno ha entendido el asunto. No todos, sino solo estos ejercicios se copiarían en un cuaderno especial que, una vez trabajada cada entrega, se enviaría para su corrección a una oficina central. Hecha la revisión, se devolvería con las correspondientes anotaciones de corrección junto con la siguiente entrega y el nuevo cuaderno de ejercicios correspondiente. Por ello el alumno pagaría cada vez la cantidad de 50 pfennigs (20 pfennigs la entrega, 10 pfennigs el cuaderno de ejercicios y 20 pfennigs de franqueo), y por adelantado, lo que mejor podría hacerse adjuntando sellos al enviar el cuaderno a corregir. La corrección no se pagaría; la inestimable ventaja del trabajo de corrección, muy laborioso y difícil, pero absolutamente indispensable para trabajar con provecho las lecciones, beneficiaría al alumno del todo gratis.
¿Cómo sería esto posible? ¿Quién se encargaría de las correcciones? ¿Quién dirigiría y administraría en general toda la central, y con qué medios se sostendría?
Pues bien: condición para realizar todo el proyecto sería la constitución de una asociación formada por corporaciones políticas, sindicales, cooperativas o de otra índole. Cada uno de estos grupos organizados podría adquirir por un año la condición de miembro de esa asociación (llamémosla asociación educativa «Escuela Obrera») para todos sus miembros, pagando 10 marcos por cada centenar, completo o empezado, de sus afiliados. No habría afiliaciones individuales. Si, por ejemplo, un camarada de Harburg, obrero metalúrgico organizado, quisiera ser miembro de la asociación, solo podría serlo si la Asociación Socialdemócrata de Harburg y alrededores o la sección de Harburg del Sindicato de Metalúrgicos adquiriera la afiliación para todos sus miembros, es decir, si la Asociación Socialdemócrata de Harburg transfiriera como cuota anual 120 marcos (por 1200 miembros) o la sección del Sindicato de Metalúrgicos 50 marcos (por unos 500 miembros). Por esa cantidad, todos los miembros de la corporación respectiva obtendrían durante un año entero el derecho de servirse de las instituciones de la asociación educativa «Escuela Obrera». Cada miembro podría no solo recibir las lecciones y los cuadernos de ejercicios, sino que tendría derecho a enviar sus cuadernos de ejercicios a la oficina central para su corrección gratuita.
Se comprenderá sin más que con esta forma de asociación cooperativa para una acción cooperativa se crearía una institución de valor y de beneficio incalculables para la clase obrera. Pero que lo ideal no haga olvidar lo material. ¿Cómo andaría la base material de esta empresa? Un aparato como el descrito exige no solo diligencia, celo, paciencia, reflexión y una fuerza de trabajo infatigable y entregada por completo a la causa, sino también, y ante todo, dinero. ¿Qué hay de él?
En un proyecto así no pueden hacerse de antemano, por supuesto, cálculos exactos, pero quizá el cálculo siguiente, con cifras supuestas, sirva para disipar posibles dudas y reparos.
Supongamos que el primer año la asociación llegara a 100000 miembros, lo que, dada la necesidad general de cultura y la no menos general disposición de las organizaciones obreras a dar ocasión de instruirse a sus miembros, no sería un cálculo demasiado alto. 100000 miembros × 10 pfennigs dan 10000 marcos de ingresos. Supongamos además que el primer año un 5 % de todos los miembros, por término medio, trabajara el curso completo (12 cuadernos al año); de la venta de 12 × 5000 cuadernos de lecciones y de ejercicios resultaría una ganancia de librería de al menos 7500 marcos al año.
Frente a ello habría que costear los siguientes gastos: 6000 marcos por la impresión de 12 × 5000 cuadernos de lecciones, 1200 marcos de honorarios por la redacción de los doce cuadernos necesarios el primer año, 1800 marcos para un expedidor, 1800 marcos para un corrector, 4800 marcos para cuatro auxiliares femeninas para corregir los cuadernos (quizá maestras), 400 marcos para oficina, luz, calefacción, etc.; en total, un gasto de 16000 marcos frente a unos ingresos de 17500 marcos. No se cuentan aquí franqueos, viajes, agitación, etc.; con todo, el balance podría calificarse de favorable.
En los años siguientes los gastos serían aún considerablemente menores, gracias al abaratamiento de los costes de impresión con tiradas mayores y a la supresión de los honorarios del autor. El aumento de la ganancia de librería por los cuadernos de lecciones y de ejercicios, al crecer la participación en los cursos, quedaría compensado, es cierto, por el coste de contratar más correctoras; pero podría abrirse otra fuente de ingresos uniendo a la empresa una especie de librería popular que se encargara también de enviar la literatura pertinente a los participantes en los cursos. También en otras direcciones podría organizarse esto o aquello para dar a la empresa una base segura.
Si se obtuvieran excedentes apreciables, estos —puesto que no se trata de una empresa capitalista, sino fundada solo en interés de la clase obrera— se emplearían en abaratar las lecciones, para hacerlas accesibles a los círculos más amplios.
Esta es mi propuesta. Creo que merece ser meditada, discutida y examinada seriamente. Si se lograra, según este proyecto o de otro modo semejante que respete la idea fundamental del plan, proporcionar a la clase obrera alemana la ocasión de instruirse en el terreno de la formación lingüística que tantos miles de veces ha anhelado, sería una hazaña cultural que podría llenar de legítimo orgullo al proletariado que lucha por la ilustración y el saber.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha sobre las páginas digitalizadas del Volksblatt für Harburg, Wilhelmsburg und Umgegend en el Deutsches Zeitungsportal (DDB; ejemplar de la SUB Hamburg): entrega I, Nr. 72, 25. März 1904, S. 1 (OR1904-10); entrega II, Nr. 73, 26. März 1904, S. 1 (OR1904-11). Artículo de fondo sin firma, atribuido a Rühle por Stecklina (2002) y reivindicado por el propio Rühle en Die Neue Zeit (abril de 1904), donde reproduce, reelaborada, la propuesta de la segunda entrega (véase «1904-04 Ein neuer Weg zur Volksbildung»).
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan las cursivas del original (espaciado en Fraktur) y las cifras. Volksbildung se traduce «educación popular», Bildung «cultura» o «formación» según el contexto, Arbeiterschule «Escuela Obrera» (nombre de la asociación propuesta), Zahlstelle «sección» (local, del sindicato). Las adiciones del traductor van entre corchetes.
Wissen ist Macht – Macht ist Wissen, conferencia pronunciada por Wilhelm Liebknecht en la Asociación Educativa Obrera de Dresde en 1872 y publicada como folleto. (N. del T.) ↩
des Pudels Kern, literalmente «el núcleo del perro de aguas», expresión proverbial tomada del Fausto de Goethe. (N. del T.) ↩
Unterrichtsbriefe, Lehrbriefe: lecciones impresas enviadas por correo en entregas, método de enseñanza a distancia muy difundido entonces. (N. del T.) ↩