Alice Rühle-Gerstel:

Una persona sin libros

Mi biblioteca tenía veintisiete años cuando dejó de existir. No sé de qué muerte murió. No estaba yo presente cuando vinieron a buscarla los sepultureros; si no, probablemente habría tenido que seguir el mismo camino. Se la llevaron a rastras en un camión. ¿A un cuartel de las SA, o a la hoguera? ¿O a las manos de muchos enemigos desconocidos? No lo sé. Ya no está en casa, donde estaba, en sus estantes, en sus armarios, ya no es huésped de las mesas donde no le correspondía estar, del piano, incluso del fogón de la cocina. Está perdida.

A los doce años puse la primera piedra de mi biblioteca: Espectros de Ibsen, en la edición Reclam. Poco después, tras una inolvidable representación de Kainz,1 se añadió Cyrano de Bergerac, y luego el Zaratustra. De la cómoda infantil llegaron los cuentos de Grimm y de Andersen, las leyendas de la Antigüedad clásica y La cabaña del tío Tom. Y luego se fueron sumando los regalos de Navidad y de cumpleaños de los padres y parientes, Goethe y Schiller con cantos dorados, las novelas cortas de Storm, Mozart camino de Praga; en una palabra, lo que se le suele regalar a una jovencita con inclinaciones literarias. Más tarde la biblioteca había crecido, había pasado por la edad romántica, la religiosa, la nihilista, la filosófica, había entrado en aguas puramente estéticas y a los dieciséis años se había casado con una biblioteca de procedencia muy distinta, de formato y peso muy distintos.2 Y también la biblioteca casada había seguido creciendo, aumentada ya con la literatura especializada que se agrupaba en torno a la profesión, con escritos políticos y muchos regalos elegidos personalmente por la pareja, con los libros dedicados de autores conocidos y desconocidos, con ejemplares para reseña, con curiosidades de toda clase al margen de los intereses propiamente dichos.

Cuando murió, era imponente: unos cuantos miles de volúmenes. Por todas partes, en el pequeño piso, rebosaban los libros; se tenían tantos y nunca parecían bastantes ni los adecuados; lo que se necesitaba en ese momento nunca estaba a mano, estaba extraviado o prestado; a la crítica literaria le llegaban volando sin cesar libros nuevos, no pedidos ni deseados, que rara vez cubrían una necesidad o calmaban un anhelo; hacía mucho que habían cesado las alegrías secretas de aquellos días en que se ahorraban los cinco marcos para un libro nuevo y luego se entraba en la librería con un ánimo solemne y elevado para elegir; los libros se habían convertido en artículos de uso, ya no eran cosas de la gracia y de la fiesta; a veces —¡oh sacrilegio!— uno deseaba incluso dejar libre un estante para los tarros de compota... y ella crecía y crecía, y de repente ya no está.

Se pueden pedir prestados libros en la biblioteca. Desde luego. Desde mayo estoy apuntada para un libro, y cada vez que pregunto por él no está. Todos los libros que necesito parecen necesitarlos también otros justo en ese momento. Se pueden pedir prestados a los conocidos. Ciertamente. Pero lo que uno quiere leer precisamente entonces no lo tienen los amigos, o acaban de salir y no vuelven hasta la noche. Se puede leer en las salas de lectura públicas. Sin duda. Pero... ¿necesita uno sus libros, en primer lugar, para leer? A quien está de luto se le revela el secreto de que el valor de la propia biblioteca consistía solo en mínima parte en tener libros para leer. Al fin y al cabo, casi todos se habían leído ya, y los que aún no se conocían eran precisamente los que no habían encajado en ninguno de los estados de ánimo corrientes ni en los trabajos del momento, y por eso se habían dejado para «una ocasión». Se tenían los libros para tenerlos.

Desde luego, uno no es de esa gente que mantiene una biblioteca como una cuadra de caballos de carreras o una amante hermosa, como decoración. Era una biblioteca viva, de uso, muy leída y muy manoseada; solo que el uso era algo más que la lectura misma: era tener los libros a disposición, que estuvieran ahí, como espíritus dispuestos a servir. Por la noche uno quiere leer todavía «algo»: entonces no sirve el libro prestado, ni —oasis en el desierto— el libro recién comprado; hay que poder elegir, probar, saborear, hasta dar con lo adecuado para esa hora. O uno trabaja: falta una cita, aquí un nombre, un título exacto... cómo se reía uno de los fanáticos de la memoria que lo llevan todo en la cabeza; para eso estaban los libros, los fieles, siempre a mano, desde el Brockhaus, pasando por La vida de los animales de Brehm y el Diccionario de ciencias políticas, hasta el Calendario literario de Kürschner, en el que el curioso hurgaba en la edad, la situación conyugal y los seudónimos de los colegas, hasta los diccionarios en ocho lenguas. Habrá que aprender. Habrá que refrescar y ampliar los conocimientos, meter en la cabeza, ya no del todo nueva, mucho más de lo que antes pareció nunca necesario. ¡Y hay tantas cosas que no se pueden aprender! ¿Cómo se llamaba aquel conde homosexual, el cuñado de la duquesa de Proust?3 Da exactamente igual, naturalmente, cómo se llame, pero me atormenta, tengo el nombre en la punta de la lengua... Y aunque pida prestado el Proust, ¿en cuál de los diez volúmenes aparece en realidad ese conde? Podría mirarlo en aquel libro tan inteligente sobre Proust que me envió una vez la maestra de Bruselas; ah, tampoco está ya. Y el nombre y la dirección de la donante los he olvidado; el libro era una edición privada, no se encontraba en las librerías... sí, muchísimas cosas son insustituibles.

Lo más insustituible, seguramente, es lo que parece más sustituible: libros que no se necesitan, que seguramente no se habrían vuelto a leer nunca, que por tanto nunca habrá motivo para volver a comprar, que estaban ahí solo porque siempre habían estado ahí, restos de naufragio de la juventud, recuerdos de caprichos fugaces del espíritu, mementos de cosas pasadas, libros muertos ya en vida; solo ahora están muertos de verdad. Las novelas peores de Meredith, compradas en una subasta, nunca más abiertas, pero sus modestos lomos rojos eran tan familiares a la vista, que vagaba hacia el «estante inglés» en busca de un Sinclair Lewis, de un Shaw. — ¡Y la sección francesa! ¿Tendré alguna vez otra vez Los miserables en cuatro ediciones? ¿El cómico Zola viejo con estampitas de los años noventa, que me había pescado el librero de viejo de la rue Monsieur-le-Prince? ¡Ah, el bueno de Dellessalle! Él nos consiguió la rara edición de Buret,4 el precursor de Engels, y los dos hermosos tomos sobre los distintos oficios... ¿cómo se llamaba el libro, cómo se llamaba el autor? El capítulo sobre los carteros rurales me habría gustado volver a leerlo... ¿Y las colecciones antiguas de quince revistas? ¿Las lecciones de Freud, con los márgenes emborronados de anotaciones? ¿La lírica expresionista? ¿Los libros ilustrados? Todo eso no se volverá a ver nunca.

Se volverán a comprar libros, naturalmente. Se volverá a poner corona sobre corona y a ir, solemne y cohibida, a la librería. Pero mi biblioteca era un ser que había crecido, vivo, mezcla de propósito, azar y placer, con una inclinación al sentimiento y a la originalidad extravagante, llena de sabiduría superada hace mucho y de dulzura marchita. Lo que viene ahora, la nueva biblioteca, será una criatura objetiva, construida racionalmente según las necesidades del trabajo y las posibilidades del monedero, ¡tan práctica! También ella empezará a vivir, nuevos azares trenzarán gracia en la severidad de su fachada, volverá a envejecer conmigo. Pero ya no será lo mismo.

Hace veinte años, las muchachas y los muchachos literarios jugábamos a un juego curioso. Suponíamos que nos condenaban a cadena perpetua o nos desterraban a una isla desierta y podíamos llevarnos diez libros. ¿Cuáles? Cada uno lo escribía en una papeleta, y se comparaba la selección para averiguar los objetivamente más importantes. La elección era inocente, aún no habíamos leído mucho; el juego era divertido, pero sin problemas. Con los años he pensado a menudo en él, y cuanto más vieja me hacía, más difícil me resultaba nombrar diez libros realmente imprescindibles. Sub specie aeternitatis quizá no haya ningún libro importante. Ahora el juego ha adquirido un significado más serio de lo que nunca se pudo prever. ¿Qué diez libros se vuelven a comprar primero, como los más importantes? ¿Qué diez después? ¿Y qué diez otra vez? Ah, lo importante no son los libros, que pueden sustituirse uno a uno. Lo importante es la criatura «Mi biblioteca», esa mezcla irrepetible de ciencia, arte, literatura amena y pacotilla en la que se reflejaban veintisiete años de mi vida. Y a esa criatura precisamente no la volveré a ver.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de las imágenes del Prager Tagblatt, n.º 182, domingo 6 de agosto de 1933, págs. 3-4, en ANNO, Österreichische Nationalbibliothek.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conserva la errata del original «duquesa de Proust», explicada en nota.

  1. El actor austriaco Josef Kainz (1858-1910), célebre en Viena por sus interpretaciones de Cyrano y Hamlet. (N. del T.) ↩

  2. Alusión a la biblioteca de Otto Rühle, con quien la autora se casó en 1921 (es decir, dieciséis años después de empezar la suya). (N. del T.) ↩

  3. Así en el original; se refiere a la duquesa de Guermantes y a su cuñado, el barón de Charlus, en En busca del tiempo perdido. (N. del T.) ↩

  4. Eugène Buret, autor de De la misère des classes laborieuses en Angleterre et en France (1840), obra que Engels tuvo en cuenta en La situación de la clase obrera en Inglaterra. (N. del T.) ↩