Alice Rühle-Gerstel

Abolición del comercio sexual

Un bromista propuso hace poco un concurso de nuevo cuño: ¿quién es capaz de atribuir la crisis mundial a la causa más original y extravagante? Que la culpa es de los judíos empieza ya a resultar aburrido de oír. ¿Y si por una vez se culpara a la borrasca sobre Inglaterra, o al asfaltado de las calles, o simplemente al hecho de que el hombre camina sobre dos piernas? Pero por muy abstrusa que sea la ocurrencia que uno invente en broma, siempre aparece alguien que lo dice en serio, y enseguida resulta mucho más cómico. Ahí está un libro, Neugeburt der Ehe [Renacimiento del matrimonio], de Hans Sterneder (editorial Staackmann), que hace al imaginario concurso una aportación como difícilmente la habría logrado tan bien un satírico. Con patetismo bíblico expone: de todo mal tiene la culpa el comercio sexual.1 No solo el excesivo, o el perverso, o algún otro. No: el comercio sexual en sentido absoluto. Desde el pecado original vivimos en el caos, que solo hoy ha adoptado formas especialmente claras. Eso enseña también la Iglesia; pero ella se apoya para ello en una doctrina lógica en sí misma y no retrocede ante los conocimientos realistas. El señor Sterneder habla mucho de Dios, pero parece, a la vez, adversario de las religiones. Así, tiene también su propio Génesis, que se aparta del bíblico. Es como sigue: en el paraíso todo estaba en orden... sí, claro, objeta el escéptico impertinente, como que no había más que dos personas y mucho sitio. Nada de eso. Durante millones de años, según oímos, existió ya en el paraíso una humanidad feliz y sin preocupaciones que se reproducía de un modo espiritual:

«Y los hombres vivían, se multiplicaban, gozaban de la indecible dicha del paraíso. Su vida amorosa era tan sobrenaturalmente casta que consistía únicamente en la transfiguración, en la completa fusión de sus almas... Cuando en horas del más alto deleite amoroso del alma se tenían abrazados y se besaban en el éxtasis más celestialmente puro, la fuerza de la fusión de sus dos almas sin pecado era tan grande que, por esta íntima unión de los dos hombres-dioses, se consumaba la fecundación sin el más leve contacto sexual...» (págs. 66-67).

No te atrevas, desalmado realista, a encontrarlo extraño; escucha, más bien, cómo vino el mal al mundo. Lucifer, al que esta inocencia envenenaba desde hacía tiempo, quería abrirse paso en los hombres, y por eso

«tenía que cebarlos con aquello con lo que más fácilmente podía lograrlo: con el placer corporal, hasta entonces insospechado para ellos. Por eso les señaló el comercio sexual de los animales y les invitó a reflexionar si el proceso que veían en todas las criaturas no sería quizá bueno también para ellos... Eva contempló entonces el apareamiento de los animales, y de repente, por la tentación de Lucifer, el proceso le resultó "agradable a la vista". Y los hombres imitaron entonces al animal y descubrieron el bajo placer corporal, hasta entonces desconocido. Desde aquella hora estuvo el mal sobre la tierra...» (págs. 74-75).

Pero aún no está todo perdido: «Para que el paraíso vuelva a la tierra, es necesario conocer la raíz primera de la ruptura con Dios, el fundamento primordial de todo pecado. Ya lo conocemos: ¡es el comercio sexual animal!». Abolirlo ha de ser en adelante nuestra meta suprema.

Por desgracia, esto no se consigue de hoy para mañana; también lo comprende el señor Sterneder. Pero «quien tenga la seria voluntad de que termine la miseria de todos los hombres, ¡tiene al menos que empezar!». Empecemos, pues, por limitar y a la vez depurar el comercio sexual. Antes del matrimonio y fuera de él, naturalmente, no debe darse en ningún caso. Pero tampoco dentro del matrimonio está permitido así como así. La condición previa es que se desposen dos almas escogidas que procedan «del mismo od».2 ¿Cómo reconocerlo? Hay que consultar la escritura, la forma de la mano, las líneas de la mano, y además la forma de la cabeza y el horóscopo. Con estas «cinco ayudas de Dios» se encuentra la pareja adecuada, y ya puede empezar la cosa:

«Y ocurre el milagro: cuando los hombres se buscan y se encuentran así cada vez más en lo anímico, cuando crecen por encima del placer sensual corporal hacia regiones altas, puras, divinas, sus plexos solares se vuelven cada vez más vivos y, en el casto yacer juntos, participan cada vez más de las delicias del mutuo desbordamiento y de la compenetración de sus corrientes vitales de magnetismo corporal, y experimentan con ello, con dicha cada vez mayor, un placer amoroso mil veces más alto, mientras los otros se separan de su engañosa fiesta con el amargo regusto de la debilidad de la fuerza vital. En el desposorio espiritual, que tiene lugar en las altas y luminosas regiones de lo anímico, gozan del refrigerio de un maravilloso fortalecimiento, como tiene que producirse por necesidad natural cuando sus fuerzas vitales no se derraman, sino que se unen sin unión sexual y circulan como una corriente fuerte y poderosa en el anillo cerrado de su unidad espiritual y anímica, y se polarizan como un electroimán hermafrodita. ¡Y así es! ¡Pues el hombre es principalmente positivo y eléctrico; la mujer, negativa y magnética!» (págs. 158-159).

De la descendencia, por lo visto, se ha cuidado de un modo nebuloso. Más concreta es la cuestión de cómo llegar a la altura de esta nobleza, a esta liberación de los instintos luciferinos. Pero el señor Sterneder tiene un remedio infalible. La «fuerza vital», en efecto, solo es nociva y «baja» en la medida en que se queda donde habitualmente se la siente y se la supone. Se trata de aspirarla hacia regiones más altas; allí puede volverse bienhechora. Y eso se hace así:

«Sentaos antes de acostaros, solos, en una habitación completamente oscura, mejor aún si tampoco entra ningún ruido; juntad los pies, manteneos erguidos y poned las manos sobre las rodillas, también juntas. Ahora concentrad todos vuestros pensamientos en vuestro regazo y representaos durante unos cinco minutos la fuerza que se acumula en él. A continuación aspirad en espíritu, como una bomba, la fuerza seminal a través de la columna vertebral hasta el cerebro, y con tal fuerza de voluntad que sintáis una tensión detrás, en el comienzo de la columna. Al mismo tiempo tenéis que imaginaros que los propios jugos ascienden lentamente por la médula espinal y pasan al cerebro. Después de cada aspiración consumada, repartidlos en espíritu arriba, en el cerebro, e imaginad ahora cómo desde la cabeza bajan resbalando y recorren todo el cuerpo. Haced este ejercicio diez minutos al día, es decir, con la concentración, un cuarto de hora. De este modo quedaréis libres de toda necesidad sexual» (págs. 190-192).

Y ahora ya no puede faltarte nada. «En este camino está tu felicidad y la de la humanidad.» ¿Crisis mundial? ¿Lucha de clases? ¿Emancipación de la mujer? ¿Reforma de la economía? ¡Todo patrañas! Fuera del regazo: esa es la consigna. ¿Dudas? Sterneder te dice lo que tienes que hacer para poder creer: «Cuida de huir del oscuro mago Klingsor, tu entendimiento...».3

Antaño, en el paraíso, nadie dudaba; entonces todo iba bien. Nuestros inocentes antepasados decían (según Sterneder) a todo: «Tal como es, está bien». ¡Sí, entonces daba gusto gobernar! Pero luego llegó Lucifer, ese cabezota, e inventó la crítica. Y esta es, junto con el comercio sexual, el fundamento primordial de todos los males. Por eso conjura Sterneder:

«Puedes usar todas tus fuerzas: ¡solo del pensar no debes hacer ningún uso!» (pág. 72).

En este camino hacia el paraíso nos precede con entrega.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de las imágenes de Das Tage-Buch (Berlín), 13.º año, cuaderno 52, págs. 2057-2060, en ANNO, Österreichische Nationalbibliothek. Publicado también en el Prager Tagblatt, 57.º año, n.º 308, 31 de diciembre de 1932, pág. 3 (no cotejado).

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Las citas del libro de Sterneder se traducen del alemán que da la autora; se conservan las cursivas del original.

  1. Geschlechtsverkehr: «relaciones sexuales», «coito»; se traduce «comercio sexual» (en el sentido antiguo de «trato») para conservar el tono del título. (N. del T.) ↩

  2. Od: supuesta fuerza vital o «fluido» universal postulado por el químico Karl von Reichenbach a mediados del siglo XIX, muy citado en los círculos ocultistas. (N. del T.) ↩

  3. Klingsor es el mago enemigo del Grial en el Parsifal de Wagner. (N. del T.) ↩