Hendrik de Man: Zur Psychologie des Sozialismus [Sobre la psicología del socialismo]. Eugen Diederichs Verlag, 1926.
La editorial anuncia el libro con una enorme faja como la «primera superación científica del marxismo». Esto no tiene por qué haber sido del gusto del autor, aunque el psicólogo individual sospeche que cada cual tiene la faja que —inconscientemente— necesita para su meta. Aquí no es posible ni necesario demostrar que, por esta vez, de la superación científica del marxismo nada de nada. Se hará en otro lugar y no será muy difícil. Nos atenemos aquí a las partes del libro que interesan especialmente al psicólogo. Según dice de Man en el prólogo, la primera parte ha de contener la crítica y la refutación del marxismo; en la segunda quiere levantar su nuevo edificio sobre las ruinas de la doctrina social vigente hasta ahora. Pero las dos partes no están estrictamente separadas. La primera, la polémica, apunta ya en más de un lugar el «nuevo» punto de vista de de Man —¿cómo podría criticarse sin un punto de vista?—; la segunda, la sistemática, casi no puede abstenerse en ninguna página de los más diversos ataques contra el adversario, que supuestamente ya yace en el suelo. Por eso esta breve reseña solo puede apuntar, a grandes rasgos, lo que importa al psicólogo individual en el libro.
El programa de de Man: demostrar, desde las ciencias sociales y la psicología social, que no son las circunstancias las que hacen al hombre, sino el hombre el que hace las circunstancias. De Man sabe que el fatalismo histórico mecánico no es en absoluto la opinión de Marx, y por eso dice de antemano que no entrará en ninguna crítica textual y que en vano intentará el conocedor de Marx alcanzarlo con citas de Marx que lo refuten. No le importa la teoría de Marx, sino el efecto que ha tenido en sus contemporáneos y sucesores, la forma que ha adquirido en el movimiento obrero (especialmente en la socialdemocracia alemana). Su «marxismo» es el sedimento históricamente condicionado de una doctrina, no la doctrina misma. Aquí tendría que haber empezado, en primer lugar, el psicólogo: ¿Por qué el marxismo y el marxismo (es decir, la doctrina y el movimiento) se han separado tanto? ¿Por qué pudieron mantenerse en las masas marxistas, e incluso hacerse canónicos, malentendidos mil veces refutados por los marxistas, como, entre otros, el fatalismo histórico, la confusión del interés de clase con la ventaja material, el aparente dominio de las cosas sobre los hombres, etc.? ¿Por qué pudo el movimiento marxista, a pesar de Marx, recibir una interpretación táctica que ha contribuido a hacer posibles rodeos históricos tan dolorosos como la guerra mundial? Donde de Man empieza a responder a estos «porqués» tan importantes, se sirve del... ¡método marxista!; así, cuando explica el fanatismo organizativo de los socialdemócratas alemanes por el militarismo de la Alemania de preguerra, cuando intenta iluminar los tipos de los socialistas intelectuales con sus particulares condiciones de trabajo, dadas por la sociedad, etc. Un análisis propiamente psicológico, un análisis más allá del marxismo, que tanto esperábamos tras la faja y el prólogo, nos lo ha quedado debiendo, y con ello ha dejado escapar la primera ocasión importante de poner a prueba su nueva doctrina social o filosofía de la historia en lo concreto del movimiento obrero moderno. Pues, en efecto, se podría haber empezado aquí con las preguntas psicológicas: pero ¿cómo se transforma el militarismo prusiano en fetichismo organizativo socialdemócrata? ¿Cómo es que de las particulares condiciones de trabajo (la «base material» de Marx) de los intelectuales se desarrolla una ideología muy determinada? El marxista diría: la tarea consiste aquí en poner al descubierto las relaciones dialécticas entre «base» y «superestructura» en un fragmento de realidad concreto, históricamente delimitado y peligrosamente cercano a nosotros. De hecho, de Man formula la pregunta de modo parecido: «¿Cómo nacen el estado afectivo y la orientación emocional de la voluntad del obrero a partir de sus condiciones de vida? (pág. 137). También esta pregunta queda sin respuesta en el sentido de la psicología individual. Pero al menos está planteada. Como, en general, el mérito del libro es haber planteado toda clase de preguntas significativas. En la división del trabajo intelectual, al fin y al cabo, siempre tiene que haber alguien que empiece a preguntar... Todo el libro quiere demostrar que el curso de la historia, las relaciones entre base económica, ideología y práctica, que la naturaleza y el comportamiento de la masa son distintos de como los ha expuesto el marxismo. De Man intuye con acierto que la insuficiencia (insuficiencia actual, nacida históricamente) de la interpretación de Marx está allí donde se trata del hombre vivo. Falta psicología. Leemos sobre complejos de inferioridad, instintos de notoriedad, resentimiento de clase y sus compensaciones, etc., y creemos que de Man quizá se acerque al punto de vista de Adler (a quien menciona varias veces). Pero es un error, un espejismo; así como la superación científica del marxismo puede tener, en el mejor de los casos, algo de provisionalmente convincente para espíritus muy alejados y que nada saben de marxismo, así la «psicología profunda» de de Man tiene un barniz de adlerismo solo para quien conoce la psicología individual por consignas torcidas. De Man es un ecléctico en psicología. Su psicología es una mezcla de McDougall, Trotter, Bergson, Freud, Adler, Jung, etc. Ni siquiera faltan del todo Le Bon y Wundt. En cuanto a la fundamentación psicológica de su propia actitud, cae incluso en el fisiologismo («si tuviera el estómago enfermo, vería las cosas de otra manera...» [pág. 425]). De Man no ha reconocido qué diferencia de principio en el punto de vista existe entre Adler y los demás psicólogos de ayer y de hoy. Así dice, por ejemplo (pág. 62): libido o instinto de poder o élan vital no serían más que expresiones distintas de una fuerza psíquica primordial que dirige el acontecer anímico como las energías físicas dirigen el mecánico. Pero si en el sistema de Adler se puede hablar de una fuerza psíquica primordial, aunque sea entendida solo como fórmula de trabajo, esa es el sentimiento de comunidad; y Adler, con su optimismo crítico, se distingue de Freud precisamente en que el papel del instinto de poder es, desde luego, el de una «segunda naturaleza», pero precisamente de una segunda naturaleza, propiciada por la civilización, arrogada por error, ¡usurpadora! Lo mismo, solo que con el signo invertido, cuando de Man compara el sentimiento de comunidad de Adler con la censura de Freud (pág. 431). La censura es, a su vez, en Freud, lo secundario, el representante del principio de realidad que surge del estado posterior a la libido de la humanidad; es decir, mucho más un gendarme de la utilidad que (como cree de Man) un exponente de una moralidad instintiva y originaria, como sí podría calificarse, en cambio, el sentimiento de comunidad de Adler. Cosas así indican lo poco trabado de la concepción psicológica de de Man. Igual de superficial y torcido resulta cuando —en todo un capítulo— trata del complejo de inferioridad social de la clase obrera. Tiene a la vista algo acertado, pero de nuevo pasa de largo ante los problemas más importantes. No aclara la relación psicológica del individuo con la masa. Falta la fundamentación de una psicología social. Si se intenta componer una con la mano izquierda a partir de todas las variedades de psicología individual que se tienen a mano, no se llega más allá de unas notas al margen ingeniosas, a menudo profundas y sorprendentes.
Los principios psicológicos que de Man convierte en base (no venerada dogmáticamente, desde luego) de su nueva doctrina social son los siguientes (pág. 37):
- «El pensamiento es un proceso parcial de la acción voluntaria; sirve para producir representaciones de la voluntad.» En el lenguaje de la psicología individual: todo representar y pensar está determinado tendenciosamente desde la meta. Hasta aquí, bien. Pero 2. «Toda representación de la voluntad presupone un afecto (es decir, un curso afectivo con inervación corporal); toda reacción afectiva desemboca en una representación de la voluntad.» ¿De dónde viene el afecto? ¿Adónde apunta la representación de la voluntad? ¿Cómo se produce la acción causal entre afecto y representación de la voluntad? ¿Cómo es que afectos iguales producen en hombres y épocas distintos representaciones de la voluntad distintas, o afectos distintos en hombres y épocas distintos representaciones de la voluntad iguales? Punto 3 de de Man: «La clase de la reacción afectiva está condicionada por la disposición instintiva» (la palabra favorita de de Man). ¿Qué es, pues, la disposición instintiva? Paciencia, ahora viene: 4. «Esta disposición instintiva arraiga en el subconsciente.» ¿Cómo arraiga en él? ¿Cómo sale de él? ¿Qué es en general el subconsciente? ¿Qué papel desempeña? ¿Hay un subconsciente de masas, y es lo mismo que el subconsciente individual? ¿O en qué se diferencia? Podemos multiplicar estas preguntas, pero a ninguna obtenemos respuesta. Y, en efecto, no se ha descubierto nada nuevo, salvo que las circunstancias, los hechos, las situaciones «en sí» no son nada, sino que solo son algo después de haberse «transformado en lo ideal en la cabeza humana», según las palabras de Marx (con lo cual Marx no se refiere en modo alguno, con la cabeza humana, a la mera ratio. Véase, por cierto, Marx: «La historia no hace nada, no posee ninguna riqueza inmensa, no libra ninguna lucha; es más bien el hombre quien todo lo hace, quien todo lo posee y lo lucha», e innumerables otros pasajes con los que la autora de esta reseña compuso una refutación de la refutación del marxismo antes de que apareciera el libro de de Man1). No se ha descubierto nada nuevo, salvo esto: el hombre vivo en el fondo de la historia. Y nada nuevo, sino lo viejo: que entre causa y efecto, en la cadena causal sostenida por el hombre y que a su vez lo ata, hay algún agente que de Man llama alternativamente «disposición instintiva», «sentimiento del mundo», «estado afectivo», «reacción instintiva», etc.; pues donde faltan los conceptos, a tiempo se presenta una palabra.2 Pero precisamente aquí tiene que intervenir la psicología social. Si de Man fuera psicólogo individual y no un gastrónomo de la psicología que come en muchas mesas, habría encontrado en la psicología del individuo, desde Séneca («omnia ex opinione suspensa») pasando por Nietzsche hasta Adler, en la tendencia a una meta del organismo, puntos de apoyo suficientes para una psicología social. Habría podido intuir entonces que el agente que se introduce en la inexorable cadena causal es lo decisivo, porque rompe la cadena causal y, con su toma de posición, pone él mismo causas y sus correspondientes efectos. (Da igual si ficticios o reales.) Pero con la «disposición instintiva» no se explica absolutamente nada. Lástima. La psicología social que tan urgentemente necesitamos (de Man, desde luego, coge las cosas por el buen extremo) para comprender precisamente fenómenos como los que describe en sus capítulos «Reformismo» y «Socialpatriotismo», y también para el trabajo práctico en el movimiento socialista, una psicología social así solo puede crearse desde el marxismo y la psicología individual de Adler. Desde el marxismo, que, todavía insuperado, muestra las condiciones de los comportamientos de masas en los fundamentos sociales. Y desde el adlerismo, que expone en el paradigma del alma individual la regularidad de las reacciones a esas condiciones. De Man ha errado ambos caminos, y tras este libro se plantea a los psicólogos individuales, con más urgencia que nunca, la tarea de tomar posición ante las cuestiones más candentes del día: nacionalismo, paci- fismo, lucha de clases, revolución, etc., si no quieren ver cómo la opinión pública les atribuye a ellos y a la psicología individual soluciones psicológicas tan discutibles.
De Man no lo ha conseguido; dicho paradójicamente: su actitud falsa y llena de resentimiento contra Marx le impide entender correctamente a Adler. Un freudiano hablaría de un hermoso complejo paterno (de Man fue durante décadas un adalid marxista). Llaman la atención frases como: «Siento una repugnancia muy especial a guiarme por otros en cuestiones de juicio intelectual» (pág. 284) o «En ninguna parte dejo que me disputen el derecho...» (pág. 168), etc. La postura subjetiva de de Man podría interpretarse también sin dificultad como una protesta contra una insuficiencia marxista propia (la guerra, que como marxista (!) tenía por imposible, lo trastornó por completo), como una protesta que se presenta con el manto de la teoría y de la misión moral. Y el cauteloso respeto con que no despedaza abiertamente a Marx, sino que solo quiere ponerlo en su lugar en la historia de las ideas (eso sí, con mucha energía: «¡Ahí es donde te corresponde estar, viejo!»), podría interpretarse también como una tendencia a la desvalorización muy cultivada, para asegurarse en un plano superior.
De Man no puede sacar para las masas las consecuencias de una psicología individual, la única acorde con los tiempos, porque resultaría que al final volvería a encontrarse de la mano del marxismo...
A pesar de todo, el libro es valioso. Lo que de Man quería alcanzar, no lo ha alcanzado. Pero ha alcanzado muchas cosas a las que no tenía intención de apuntar. En detalles como lo que dice sobre la relativización de la ciencia, el subjetivismo de los objetivos, el sentido y los límites de la razón, la importancia de la racionalización y de la formación de símbolos en la historia, etc., hay abundante materia de reflexión. Pero no pasa de una puntería aforística en la penumbra. Le falta sistemática, no en aquel sentido escolar superado que con razón rechaza, sino en el sentido de una meta unitaria asumida conscientemente con todo su riesgo.
No sé si el libro tendrá un efecto tan conmovedor como se propone (se lo propone a pesar de la modestia que exhibe). Es capaz de sembrar mucha inquietud entre las personas inseguras. Pero eso nos parece muy bien. Quien ni siquiera ha llegado a dudar profundamente de sí mismo no puede ser ganado todavía para la verdadera seguridad. Al convertir para muchos en dudoso lo que para ellos es sagrado, a fin de quitárselo, de Man juega sin proponérselo nuestro juego: hace a sus lectores más maduros para liberarse de falsas racionalizaciones, sacudirse malentendidos tendenciosos y emprender conscientemente el camino hacia la comunidad con menos estorbo de su «alma privada» (que el propio de Man, por cierto, tiene por eterna; véase la pág. 186) y de oscuras disposiciones instintivas.
Dra. Alice Rühle-Gerstel (Dresde).
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del número 4 (julio-agosto de 1926) del cuarto año de la Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie digitalizado en archive.org (izi_4_1926_4), sección «Referate», págs. 240-243. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en párrafos, las cursivas (que reproducen el espaciado del original), la nota de la autora y la paginación original. Las citas de de Man se traducen del alemán que da la autora. Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.
En la editorial Am andern Ufer, de Dresde, aparecerá próximamente: Marx, Sein System mit seinen Worten. Ein Marx-Brevier [Marx. Su sistema con sus palabras. Un breviario de Marx]. ↩
Cita del Fausto de Goethe, parte I, escena del estudiante: «Denn eben wo Begriffe fehlen, / Da stellt ein Wort zur rechten Zeit sich ein». (N. del T.) ↩