Conciencia de sí y conciencia de clase1

A lo largo de la historia del socialismo puede observarse que el agente más importante de su desarrollo es la concepción, siempre cambiante, de la naturaleza de la conciencia humana y de su significado para la historia.

Movido por una rebeldía interior contra la sujeción a las formas feudales de la economía y de la sociedad, y apoyado ideológicamente en los conceptos cristianos de libertad y perfección, el socialismo utópico, de Tomás Moro a Proudhon, veía en la conciencia que actúa equivocadamente la fuente de todos los males sociales. Una conciencia bien empleada y aplicada con acierto ofrecía, a su juicio, la garantía de que se realizaría el paraíso en la tierra.

El capitalismo, joven y floreciente, con su relación recién despertada y febrilmente sobrevalorada con la materialidad de la tierra, despertó en sus auxiliares intelectuales un espíritu fuertemente materialista; las doctrinas de Büchner, Moleschott y Haeckel proclamaron la dependencia de lo psíquico respecto de lo corporal, destronaron el espíritu autónomo y bajaron al hombre de sus alturas ideológicas entre las nubes al valle de las conexiones causales naturalistas y mecanicistas. El proceso económico capitalista, que cosificaba cada vez más las relaciones entre los hombres, hasta que a todo el mundo capitalista pudo aplicarse la frase de Marx: «El mundo capitalista constituye un único e inmenso cúmulo de mercancías»2, hizo desaparecer al hombre activo, cada vez más, bajo el peso de las «leyes naturales» socioeconómicas.

¿Qué tiene de extraño que también los socialistas de la época capitalista abandonaran radicalmente el punto de vista utópico de la «autonomía de la conciencia», y que el desarrollo de la sociedad humana, como el de la naturaleza, se les presentara como una legalidad independiente del hombre, que avanza rodando con una fuerza mecánica ineludible? Esta concepción, que se apoya en la filosofía materialista de Feuerbach y en su conocida sentencia: «El hombre es el producto de sus circunstancias», no encontró portavoces directos. Solo después de que Marx emprendiera la tarea de trasladar a la historia humana el materialismo que la burguesía solo había sabido aplicar a la naturaleza, esta concepción mecanicista, el fatalismo histórico, se impuso durante decenios en la interpretación de su doctrina. La conciencia humana quedó rebajada a funcionaria de conexiones causales ajenas al hombre, y por mucho tiempo salió del campo de interés del socialismo.

La concepción utópica entendía tácitamente por «conciencia» la conciencia individual, y no en el sentido de la experiencia, empírico-psicológico, sino en el sentido abstracto, metafísico. De ahí también que su táctica consistiera en convencer a «personalidades» aisladas, una táctica en la que el idealismo de sus representantes tenía que caer bajo la maldición de un fracaso a menudo trágico y ridículo a la vez.

La concepción mecanicista tomaba por «conciencia» la conciencia general, pero igualmente en sentido abstracto, no empírico.

En la medida en que ambas trabajaban con una «conciencia en sí» —una vez la conciencia individual, otra la conciencia general—, erraban la realidad, que no conoce ningún «ser en sí», sino solo un devenir dialéctico. La pregunta de si una conciencia individual o una conciencia general puede influir «en absoluto» en la historia, o si está determinada por la historia, no puede, pues, responderse en modo alguno, porque está mal planteada. Pues no hay conciencia individual ni conciencia general sin más, con rasgos de libertad o de falta de libertad fijados de una vez para siempre; solo hay una conciencia históricamente determinada, que ha de verse históricamente, y que puede describirse y comprenderse en su existencia real en una época, en un país, etc.

Desde el punto de vista de una consideración dialéctica de la historia, puede plantearse tanto la pregunta por los rasgos de la conciencia individual como por los de la conciencia general, pero desde aquí adquiere un significado nuevo; tampoco puede resolverse «en sí», especialmente para la conciencia, sino solo en conexión con los demás fenómenos de la vida, con el estado de la naturaleza y de la sociedad en cada momento, con la actividad humana. La pregunta no debe, pues, decir: ¿Cómo está constituida la conciencia?, sino que tiene que decir: ¿Qué papel desempeña la conciencia individual, o en su caso la conciencia general, en esta o aquella época, en estas o aquellas circunstancias? ¿Qué posibilidades de despliegue y de actividad, o qué coacciones a la pasividad le ofrecen su época y su entorno, y en qué medida cumple la conciencia esas posibilidades o se somete a esas coacciones?

Hasta aquí se ha evitado deliberadamente la expresión «conciencia de clase». Y ello porque en la literatura y en la opinión popular esta expresión, introducida por Marx, se entiende y se explica de otro modo de como Marx la concibió y de como sus intérpretes tendrían que entenderla y explicarla de acuerdo con su sentido.

Una clase es el conjunto de todos los hombres que están en una relación determinada con los medios de producción, igual para todos los miembros de la clase: así, por ejemplo, de todos los que poseen tierra, sea mucha o poca; o de todos los que poseen capital, igualmente sin importar en qué cantidad. No es la igualdad del nivel de vida, sino, como lo llama Marx, la «identidad de los intereses»3 lo que constituye el rasgo distintivo de una clase. Sin tener en cuenta el nivel de vida de cada proletario, el rasgo distintivo de la clase proletaria es que sus miembros no tienen otros medios de producción que su fuerza de trabajo, que tienen que convertir en mercancía, transformar en valor de cambio, si quieren vivir. El nacimiento de la clase proletaria coincide con el nacimiento de la economía mercantil y del sistema del salario.

Por conciencia de clase se entiende comúnmente el saberse en una situación de clase, el conocimiento y el sentimiento de que uno está colocado en un lugar muy determinado del conjunto de la sociedad y del proceso de producción; es decir, la conciencia de un estado. La condición previa para esta toma de conciencia es que las oposiciones de clase se hayan acusado ya fuertemente, en el sentido de que el paso de una clase a otra esté enormemente dificultado, de que ya no haya «ascenso». Es condición, además, que las clases hayan aparecido ya en estado puro como capas humanas económicas y no se escondan ya tras la máscara de estratificaciones estamentales, gremiales, religiosas, etc. Por eso no hay en la época precapitalista una conciencia de clase propiamente dicha, porque la «identidad de los intereses» queda aún desdibujada por toda clase de transiciones fluidas y adornada con ideologías como la Iglesia, la patria, etc.

Ahora bien, ha de mostrarse que entender la expresión «conciencia de clase» como sentimiento de una determinada situación de clase no agota el concepto. También los esclavos o los campesinos siervos tenían un sentimiento de su situación de clase; también ellos sentían y sabían que les iba mal y que estaban oprimidos. Pero eso no basta para designar una «conciencia de clase». — —

Una segunda definición del concepto se da comúnmente en la comunidad de la actitud defensiva contra las consecuencias de la situación de clase, lo que suele llamarse solidaridad de clase. Pero también esta solidaridad la encontramos, aunque de forma imperfecta, por ejemplo en las sublevaciones de esclavos de la antigua Roma o en las guerras campesinas de la Edad Media, sin que podamos hablar aún de una conciencia de clase. En ambos casos se trata más bien de una especie de indeterminada conciencia de especie, como la que posee también una especie animal frente a otra. Lo que falta, tanto en el animal como en el esclavo y el campesino, es el conocimiento y la comprensión de la situación histórica, es decir, la claridad sobre el papel que la clase ha de desempeñar en el conjunto de su época y de su orden social, la comprensión de su misión histórica. Pues solo de esta comprensión nacen la posibilidad y el impulso de actuar «correctamente» en cuanto clase.

Un proletario no tiene aún conciencia de clase cuando reconoce que su miseria no es más que una parte de la miseria de sus compañeros de clase; no la tiene aún cuando se une con ellos para tomar medidas defensivas (organización, huelga, golpe de mano). Solo ha llegado a la conciencia de clase cuando penetra con la mirada la estructura de la sociedad capitalista, de ese «inmenso cúmulo de mercancías» (en el que, dicho sea de paso, no solo los bienes de uso inmediato, sino también el amor, el arte, las ideas, etc., se convierten en mercancía), cuando aprende a reconocerse a sí mismo y a su mercancía, la fuerza de trabajo, con ese valor de uso de apariencia tan enigmática que consiste en arrojar plusvalía, como el fenómeno típico de este sistema, y cuando asume conscientemente su tarea histórica: la abolición de este sistema y, con ella, la abolición de su propia condición de clase. Y no por razones de utilidad, porque espere mejorar con ello su situación y la de sus iguales, ni tampoco por un impulso moral hacia la «justicia», la «igualdad», etc. (ambas cosas desempeñan, naturalmente, un papel, y no se las puede ni suprimir con el pensamiento ni desear que desaparezcan), sino cuando libra la lucha de clases por entrega a la necesidad de la historia, que en el conjunto social le ha asignado ese lugar.

Ganar esta conciencia de clase «auténtica» es tan difícil porque el sistema capitalista ha enredado al proletario en su red también ideológicamente; no solo porque la Iglesia, el patriotismo, la comunidad popular y la democracia le velan todavía a menudo la vista, sino principalmente porque toda la economía, la sociedad y la cultura del capitalismo están orientadas al aislamiento y al pensamiento fragmentario. Es difícil tomar las medidas defensivas que cada día hacen falta para mejorar las consecuencias inmediatas de la propia pertenencia de clase y entregarse a ellas con todas las fuerzas — — y al mismo tiempo ganar la relación de esas acciones aisladas con el plan de conjunto de la historia, la visión de conjunto de las conexiones históricas y de la propia tarea dentro de ellas. Y, sin embargo, solo cuando el proletario reconoce este mundo, y a sí mismo en él, esclavizado y amordazado, ya no como un estado fijo, sino como una fase que fluye y pasa, y se reconoce con orgullo como el ejecutor de ese curso, solo entonces posee verdadera conciencia de clase. Y solo cuando el proletariado haya conquistado esta conciencia de clase estaremos cerca de la meta.

La conquista de esta conciencia de clase no es una cuestión de inteligencia ni de moral (aunque algo de ambas haga falta), no es una cuestión de ciencia ni de abnegación, sino que es una cuestión de la «práctica revolucionaria»4, como la llama Marx.

Ahora se ve claro también por qué la clase que se enfrenta al proletariado, la burguesía, no puede desarrollar una conciencia de clase en sentido propio: si ha de concebir el presente, y a sí misma en él, solo como un momento dentro de una gran conexión histórica, con ello declara su propio ocaso. Tiene, pues, que falsear esta conciencia ante sí misma, lo que naturalmente no le impide actuar en la práctica, por instinto de clase, conforme a su interés de clase.

En el proletariado ocurre lo contrario: sus intereses de clase lo obligan precisamente a hacerse conscientes estas conexiones, porque de otro modo nunca podrá llegar al poder. En el burgués, la conciencia de clase es, en el mejor de los casos, un trozo de ideología de la «superestructura»; en el proletariado, en cambio, es un arma de combate, y la más importante de todas.

Pues que el proletariado pueda actuar «correctamente» con vistas a su meta —la abolición de la propiedad privada y de la división en clases— presupone una visión de conjunto, viva en cada instante, de la totalidad del orden económico y social capitalista. El burgués (también el proletario aburguesado) piensa en detalles (economía — política — cultura) y actúa en acciones aisladas. Solo ve y combate síntomas, pero no comprende el sistema en su conjunto, y por eso no puede ni sostenerlo con éxito (como burgués) ni combatirlo con éxito (como proletario).

La «falsa opinión» sobre el sistema capitalista que Marx puso de manifiesto consiste en que la ideología capitalista concibe todas las relaciones humanas como reflejos de relaciones entre cosas. El conocimiento de Marx es el descubrimiento del «carácter fetichista» de esta cosificación5 y la restitución de la actividad humana —no la individual, sino la social, precisamente aquella «práctica revolucionaria»— en sus derechos históricos.

La pregunta: ¿Es la conciencia la que dirige la historia, o es dirigida por la historia? se responde, pues (aquí se ve la incomprensión mecanicista de los «curas de Marx» a la que se aludió al principio), en sentido histórico y dialéctico, de este modo: En la sociedad capitalista las relaciones humanas aparecen como relaciones entre mercancías. Por la deshumanización cada vez más completa, por la mecanización del obrero, por su miseria subjetiva, este llega a percatarse de su papel histórico. En esa medida la historia dirige la conciencia. Una vez consciente de su papel, la clase obrera ha alcanzado la posibilidad de despojar a todo el orden capitalista de su «apariencia natural» y de comprenderlo como una fase dialéctica en el flujo de la historia; con ello se le imponen la necesidad y el impulso de hacer que su teoría se convierta en práctica: el conocimiento, nacido de las «circunstancias», de que esas circunstancias son en última instancia obra humana la obliga y la capacita para realizar, con vistas a crear de nuevo las circunstancias, una obra humana: la lucha de clases. En esa medida la conciencia dirige la historia.

Las circunstancias que nos procuran esta conciencia las ha suministrado el capitalismo (es decir, los capitalistas, que actúan inconscientemente como funcionarios de la historia). La conciencia, la comprensión de estas conexiones, está dada como posibilidad por el sistema capitalista. Que se realice, es decir, que también forjemos y usemos nuestra arma, para la cual tenemos ya el acero, eso depende de muchas otras circunstancias.

Ante todo entran aquí en consideración las estratificaciones dentro del proletariado. El desarrollo del capitalismo no se cumple en todas partes con la misma amplitud y al mismo ritmo. Las «circunstancias» típicas que hacen posible la conciencia de clase las ofrece la gran empresa mecanizada y taylorizada, con trabajo rigurosamente socializado y pura producción de mercancías. Donde no es así, en la pequeña empresa todavía medio artesanal, en el campo, en el proletariado de las oficinas, falta también el impulso para que madure la conciencia de clase. Otra circunstancia que impide la formación de la conciencia de clase es la ideología. Los proletarios, a quienes el Estado solo ha instruido a duras penas y que tienen sed de bienes espirituales, son —por muy firmes marxistas que sean en las cuestiones sindicales— del todo acríticos frente a la cultura burguesa, creen en los llamados «terrenos neutrales» y pierden así la visión de conjunto de la unidad del capitalismo. Entra en consideración, además, la cautividad de numerosos proletarios en las «reivindicaciones del día», en las luchas salariales, etc., que, si bien pueden ser subjetivamente deseables y objetivamente acertadas, tomadas como meta principal velan la mirada para el fenómeno de conjunto y hacen que la conciencia de clase se quede atascada en la fase previa de la «vaga conciencia de especie».

Lo principal de ese fracaso, tan funesto para el proletariado, allí donde se trata de la conciencia de clase «correcta», es la falta casi completa de conciencia de sí.

Si la sociedad capitalista se distingue porque en ella reinan en lo particular (en la empresa individual) un orden ejemplar y una estricta planificación, mientras que en el conjunto imperan furiosamente la anarquía y el caos, en la cuestión de la conciencia proletaria ocurre exactamente lo contrario: el «orden en el conjunto», la auténtica conciencia de clase, existe en principio desde el descubrimiento de Marx y, de hecho, al menos fragmentariamente. Pero no puede surtir efecto, porque en la conciencia individual reinan la anarquía y el caos.

Hasta el umbral de la conciencia individual nos conduce Marx. Dice: «No se trata de lo que este o aquel proletario, o incluso el proletariado entero, se represente por el momento como meta. Se trata de lo que es y de lo que, conforme a este ser, se verá históricamente obligado a hacer»6. Pero cómo se explica que el proletariado pueda avanzar tan difícilmente hasta el conocimiento de lo que es, que también la historia, por tanto, tenga tan poco éxito con sus coacciones: la razón de ello está más allá del umbral de la conciencia individual.

Hemos planteado la cuestión de la posibilidad de una «conciencia general en absoluto» de tal modo que la abstracta conciencia general se precisa, a una determinada altura del desarrollo social, como conciencia de clase, y que esta conciencia de clase influye como factor social, como una nueva fuerza productiva, en el curso de la historia (por la cual ella misma fue producida). Ahora tenemos que precisar más también la cuestión general de la conciencia individual, la cuestión que, con sus contenidos de justicia, libertad y desinterés, perfeccionamiento, etc., ocupaba al pensamiento utópico.

Hoy se ha llegado al conocimiento de que el verdadero principio de la autoconservación en el hombre es el principio de la eliminación del cuerpo por medio de la herramienta. Mientras que los animales se adaptaban a los mandatos de la naturaleza mediante órganos de su cuerpo (órganos de los sentidos, garras, pico, etc.), el hombre se creó para la adaptación órganos también fuera de su cuerpo: las herramientas. Como herramienta de la conservación de la vida podemos concebir también las actividades del alma: el lenguaje, el entendimiento, el pensamiento conceptual, la sensibilidad fina. Más aún, cuanto más tiempo pasa, más claro se ve que el desarrollo de la humanidad sigue el principio de librar la lucha por la existencia con medios exteriores al cuerpo, con realizaciones técnicas y espirituales.

En la época en que la humanidad se desprendía en esta dirección del reino animal, no podía hablarse todavía de una conciencia individual. Algo así como una oscura conciencia de especie, referida a la igualdad y comunidad de la lucha por la existencia, dirigía la conducta de los hombres primitivos. Solo cuando, gracias a una mejor técnica de trabajo y a la invención de las primeras herramientas, fueron dejando atrás poco a poco los tiempos primitivos, se separó el hombre del hombre, y precisamente en la medida en que, en el proceso de trabajo, se separaban unos de otros los portadores de las distintas partes del trabajo. El puro sentimiento individual y la conciencia individual autónoma nacen solo en una época en que la división del trabajo, cada vez más acusada, y a consecuencia de ella el desarrollo de la economía, habían producido una especie de sociedad de clases.

La tendencia de la sociedad de clases es aislar cada vez más claramente al individuo y destacarlo de la «masa». Su meta es la personalidad individual cerrada en sí misma, redonda por todos lados, pulida. El camino hacia esa meta, por cierto, por regla general solo lo encuentran abierto los dominadores. Pero desde siempre sirvió a los intereses de esos dominadores llevar el deseo de la personalidad también a las masas oprimidas, de modo que estas se volvieron desunidas, inseguras y atentas solo a lo particular, y fueron perdiendo cada vez más la cohesión y, con ella, la posibilidad de defenderse.

Ahora bien, el hombre como tal está en una desventaja enorme frente a la naturaleza, y el sentimiento de esa desventaja se manifiesta psíquicamente en un profundo sentimiento de inseguridad y de inferioridad. Para ganar el equilibrio interior, como condición previa de una acción que favorezca la vida, quien se siente inferior tiene que procurar compensarse, buscar una compensación. Antes del nacimiento de las sociedades de clases la encuentra —frente a la naturaleza— en una unión propia de la especie. Dentro de la sociedad de clases está más o menos abandonado a sí mismo. La ideología de todos los dominadores siempre se ha empeñado especialmente en aislar a los hombres. Pues bien, en la medida en que la humanidad, con su desarrollo creciente, se aleja del reino animal, vemos al individuo aislarse cada vez más, subjetiva y objetivamente, y crecer en consecuencia cada vez más su sentimiento de inferioridad. Pero el hombre que pierde la conexión con la comunidad pierde con ella también la medida general de comparación y, desde su puesto aislado, se encuentra a sí mismo, aislado, débil e impotente, tal como es y como se ve, frente a todo el frente de una hostilidad prepotente de la vida. Y cuanto más se desanima, más propenso se vuelve a cargar la responsabilidad de su destino sobre otros poderes, reales o irreales. Pero precisamente eso es lo que agradará a toda clase dominante: ganar esclavos que rehúyen la responsabilidad.

Con el auge y la expansión del sistema capitalista, esta actitud psíquica de los individuos se ha acusado muchísimo más que nunca antes. Por otra parte, dentro de las sociedades de clases, y de forma especialmente acusada en el capitalismo, la protesta psíquica contra ese sentimiento torturante de inseguridad ha desencadenado una determinada reacción: el afán de poder sobre los hombres, con la meta de la superioridad sobre los hombres.

Del espectáculo del mundo capitalista saca todo hombre, mucho antes de que aprenda a ganar conocimientos y a penetrar conexiones —siendo niño—, la impresión de que el poder y la superioridad son los mejores auxiliares en la lucha por la existencia. Aunque más tarde, por la comprensión y el esclarecimiento, se vuelva de la meta del poder hacia la meta de la comunidad, y aunque dé también expresión externa a la voluntad de comunidad (por ejemplo, adhiriéndose a una organización que haga del socialismo el centro de su acción), su ser interior, su carácter, es decir, sus hábitos anquilosados de vivir, de pensar y de sentir, dejan subsistir intacto, junto al hombre de comunidad querido en la teoría, al hombre de poder en que se ha convertido en la práctica. Puede quedar tan intacto porque no se le conoce. Pues el tormento del alma que se siente insuficiente e inferior, la protesta contra ese tormento, la ambición que empuja hacia la valía, los caminos ocultos del alma que han de llevar a la valía, todos ellos permanecen inconscientes, o mejor dicho, incomprendidos, apartados a un lado. En la conciencia reinan la pureza, la voluntad honrada, una «concepción del mundo» —; y todo lo que uno no se puede explicar, lo que no quiere intentar dominar, se carga en la cuenta de la «disposición», del «carácter», de las «circunstancias». Es el fatalismo histórico trasladado a lo psíquico. Pero al fatalismo histórico se le puede hacer frente instruyéndose; al psíquico, solo cambiando.

Persiguiendo ideales personales de superioridad, el individuo llega necesariamente, antes o después, a un punto en que la realidad, es decir, el orden actual de las cosas, pone un límite a su afán de expansión. Pero como cree que no le está permitido renunciar al afán de valía personal, so pena de perder su equilibrio interior, lo desvía hacia otras metas más fáciles de alcanzar. Si, por ejemplo, quería llegar a ser un Stinnes7, o un genio, o miembro de la directiva de un partido, y ve que no lo consigue, entonces quizá se conforma con tener los hijos «mejor educados», la colección de mariposas más hermosa, con ser el hombre más ahorrador, el funcionario más competente, el camarada más fiable, etcétera; pero siempre es algo con «el más», un superlativo.

Los hombres que, a pesar de su situación social, de su pertenencia al proletariado, no ingresan en el movimiento obrero para conquistar allí un mundo nuevo y mejor, han de entenderse casi siempre a partir de tales metas secundarias y aparentes. Buscan un terreno de la vida donde puedan cosechar «laureles baratos»; son los prisioneros de su afán de notoriedad.

Pero también los muchos que sufren bajo el peso de su inferioridad de clase y se unen en una protesta de clase siguen siendo a menudo una legión de «inconscientes»; solo llegan a la verdadera conciencia de clase cuando no solo viven su sufrimiento y su rebeldía contra ese sufrimiento, sino que viven también el papel que todo ello desempeña en la gran conexión histórica. Y solo llegan a la verdadera conciencia individual —ahora ya podemos decir, sin peligro de malentendido: a la verdadera conciencia de sí— cuando han llegado más allá de su ambición privada, de su miedo privado, de su sentir privado, de su privado rehuir la responsabilidad. El materialismo histórico mal entendido conduce también aquí a una actitud hostil a la vida. En la conciencia de clase ya lo hemos visto: la «base material» en el capitalismo es el aislamiento en el proceso de producción, que no transcurre de forma planificada, sino anárquica. A ello corresponde en la «superestructura ideológica» un pensamiento cosificado, mercantil, en conceptos aislados, en ciencias aisladas, etc. En realidad —así tendría que decir el marxista dogmático— no es posible en absoluto salir psíquicamente de ese aislamiento y, a pesar de las circunstancias, pensar dialécticamente en conexión y contemplar así el presente. Y, sin embargo, es posible, y no a pesar de la base económica (de otra índole), sino precisamente a partir de ella: en el punto de la cosificación más completa, el principio se convierte en su contrario.

Lo mismo ocurre con la conciencia individual: ¿cómo puede surgir, dicen los fatalistas históricos, de este sistema económico con su explotación, de esta estructura social edificada sobre la autoridad, otra cosa que codicia de poder, egoísmo, delirio de grandeza, con su reverso de escurrir el bulto y de cobardía?

Aquí es donde tiene que intervenir el pensamiento dialéctico. La unión de sentimientos de inferioridad con un afán privado de compensación no es nada «universalmente humano», sino solo algo universalmente capitalista. Como hoy cada uno está solo y aislado con sus sentimientos de inferioridad, cree que solo puede recorrer el camino de la liberación solo y aislado.

Si creyéramos que dentro de la cultura actual pueden desaparecer los sentimientos de inferioridad, caeríamos en el utopismo. Habrá sentimientos de inferioridad mientras haya una sociedad de clases; y aun después, hasta que el hombre se haya liberado por completo de las coacciones de la naturaleza. Pero la manera de habérselas con esos sentimientos de inferioridad es para el capitalista de pura cepa algo distinto que para el hombre ya desarraigado de la época de transición. Si para el hombre capitalista (que puede encontrarse igualmente en el proletariado) se trata de ponerse en equilibrio consigo mismo, de volverse «armonioso», para el luchador de clase eso no importa tanto. Lo decisivo es que aprenda a incorporar su vida psíquica privada a la serie de las otras, de igual índole, y que, así como despoja del carácter fetichista el carácter mercantil de la sociedad capitalista, aprenda también a reconocer el aislamiento y el afán de notoriedad de todos los hombres actuales, y de sí mismo, como algo específicamente capitalista. Con ello se ha liberado de la univocidad de su voluntad de valía personal y puede compensar sus sentimientos de inferioridad —condicionados todavía por la naturaleza y por la situación de clase— en la dirección de la comunidad.

Con ello su destino privado deja de ser un obstáculo en la lucha de clases. Arreglárselas de algún modo con su destino privado ya no es solo una tarea indispensable, sino también una tarea que tiene solución. Reconocerse a sí mismo como una pieza del gran edificio del presente y del futuro confiere una conciencia de sí sin la cual no puede llegar a existir una verdadera conciencia de clase.

Hemos descrito el papel que la conciencia humana tiene que desempeñar en esta época de transición. Resumimos: la conciencia de clase tiene como condición previa de su nacimiento la personalidad liberada del aislamiento, llegada a la conciencia de sí. Y a la inversa: la conciencia de sí solo puede evitar los extravíos del multiforme afán de poder si ha encontrado en la conciencia de clase un campo de actividad. Conciencia de clase y conciencia individual no son opuestos, ni tampoco dominios distintos de la vida psíquica que nada tuvieran que ver entre sí. Están unidas dialécticamente, como las «circunstancias» y los «hombres que actúan», que también se condicionan y se transforman mutuamente.

Para llegar a la conciencia de clase hace falta comprender las conexiones de la vida económica y social. Pero el valor para esa comprensión solo nace de la auténtica conciencia de sí.

La comprensión sin el valor para realizarla sigue siendo teoría abstracta.

El valor sin comprensión de la meta sigue siendo un luchar a tontas y a locas, utópico. Solo en la síntesis se convierten el valor y la comprensión en motores de la historia; solo al fundirse y potenciarse mutuamente se hacen capaces de llevar a cabo la «práctica revolucionaria», el «paso de la necesidad a la libertad»8.

Este cuaderno cuesta 15 Pf.
Verlag Am andern Ufer, Dresde
(Buchholz-Friedewald)

Bibliografía

Para seguir ocupándose del problema tratado se recomiendan los siguientes libros:

  • Alice Rühle-Gerstel, Freud und Adler. Einführung in Psychoanalyse und Individualpsychologie [Freud y Adler. Introducción al psicoanálisis y a la psicología individual]. (Verlag Am andern Ufer, Dresden-Buchholz.)
  • Otto y Alice Rühle, Am andern Ufer. Grundlegung einer sozialistischen Pädagogik [En la otra orilla. Fundamentos de una pedagogía socialista]. (Verlag Am andern Ufer, Dresden-Buchholz.)
  • Max Adler, Marx als Denker [Marx como pensador]. (Verlag J. H. W. Dietz Nachf., Berlín.)
  • G. Lukacs, Geschichte und Klassenbewußtsein [Historia y conciencia de clase]. (Der Malik-Verlag, Berlín.)

En preparación:

  • Dra. Alice Rühle-Gerstel, Marxismus und Individualpsychologie. Versuch einer angewandten Dialektik [Marxismo y psicología individual. Ensayo de una dialéctica aplicada]. (Verlag Am andern Ufer, Dresden-Buchholz.)

Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de las imágenes del ejemplar de la Deutsche Bücherei de Leipzig digitalizado por la Deutsche Nationalbibliothek (https://d-nb.info/1053842775, urn:nbn:de:101:1-2014083121126): Selbstbewußtsein und Klassenbewußtsein, Dresde (Buchholz-Friedewald), Verlag Am andern Ufer, 1926, 15 págs. y una página sin numerar con la lista de lecturas. El cuaderno no lleva nombre de autor; la atribución a Alice Rühle-Gerstel es la del catálogo de la DNB y la confirma la lista de lecturas. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en párrafos, las cursivas (que reproducen el espaciado del original) y la paginación original. Selbstbewußtsein se traduce siempre «conciencia de sí» (véase la nota 1); Einzelbewußtsein, «conciencia individual»; Allgemeinbewußtsein, «conciencia general»; Gattungsbewußtsein, «conciencia de especie»; los términos de la psicología individual (Minderwertigkeitsgefühl, «sentimiento de inferioridad»; Kompensation, «compensación»; Machtstreben, «afán de poder»; Geltungsstreben y Geltungssucht, «afán de notoriedad»; Geltung, «valía»; Gemeinschaft, «comunidad»), como en el glosario del archivo. Las citas de Marx se traducen desde el texto de la autora. Las adiciones del traductor van entre corchetes.

  1. Selbstbewußtsein significa en el alemán corriente «seguridad en sí mismo, confianza en sí mismo», y en filosofía «conciencia de sí, autoconciencia». La autora juega con ambos sentidos al emparejarlo con Klassenbewußtsein («conciencia de clase») y con Einzelbewußtsein («conciencia individual»): la «falta de Selbstbewußtsein» del proletariado (p. 9) es a la vez falta de confianza en sí y de conciencia de sí, y al final del folleto de él nace el «valor» (Mut). Se traduce siempre «conciencia de sí» para conservar el paralelo del título. (N. del T.) ↩

  2. Cita libre del comienzo de El capital (1867): «La riqueza de las sociedades en que domina el modo de producción capitalista se presenta como un "enorme cúmulo de mercancías"». (N. del T.) ↩

  3. Dieselbigkeit der Interessen: «identidad de los intereses», expresión de Marx en El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte (1852), a propósito de los campesinos parcelarios, cuya «identidad de intereses» no basta para hacer de ellos una clase. (N. del T.) ↩

  4. Umwälzende Praxis: «práctica revolucionaria» (literalmente, «práctica que trastoca»), expresión de la tercera de las Tesis sobre Feuerbach de Marx (1845) en la versión que publicó Engels en 1888 (el manuscrito de Marx dice revolutionäre Praxis). (N. del T.) ↩

  5. El «carácter fetichista de la mercancía y su secreto» es el título del último apartado del capítulo primero de El capital. Sachlichkeit, literalmente «objetividad, carácter de cosa», se traduce aquí «cosificación» por el contexto. (N. del T.) ↩

  6. Marx y Engels, La sagrada familia (1845), cap. IV; el pasaje lo cita también Georg Lukács en Historia y conciencia de clase (1923). (N. del T.) ↩

  7. Hugo Stinnes (1870-1924), industrial y financiero alemán, el mayor magnate de la Alemania de la inflación. (N. del T.) ↩

  8. Alusión al «salto de la humanidad del reino de la necesidad al reino de la libertad» de Engels (Anti-Dühring, 1878; Del socialismo utópico al socialismo científico). La autora escribe «paso» (Schritt). (N. del T.) ↩