Sobre los celos como salvaguardia femenina

Por la Dra. Alice Rühle-Gerstel (Dresde)

Schleiermacher dice en una ocasión: «Los celos son una pasión que busca con celo lo que causa dolor».1 A primera vista parece como si el celoso actuara con cierta intención malévola. El psicólogo individual entenderá bien el dicho si se orienta por las palabras «buscar» y «dolor» y deja de lado, por el momento, toda valoración moral.

El «buscar» nos remite a la tendencia a una meta del síntoma: los celos no son una categoría fundamental del alma humana, sino un síntoma del plan de vida. Barruntamos que, en la planificación del curso de la vida, también este síntoma, como todos, ocupará un lugar muy determinado, a saber, el lugar «correcto». El «dolor» nos remite a lo patológico del síntoma; y en verdad encontramos en los celos los dos rasgos típicos de toda enfermedad: causan sufrimiento y reducen la capacidad de vivir y de trabajar. Un trozo de plan de vida y un trozo de enfermedad: eso significa para el psicólogo individual un trozo de neurosis.

Se levantarán objeciones contra esto, las mismas que suelen levantarse también contra la doctrina del afán de poder. Los celos serían algo natural; se encontrarían en todas partes y en todas las épocas, e incluso ya en los animales..., etc. Las alusiones a lo «natural» y a los animales las recibiremos con cierta desconfianza. Pues creemos haber reconocido que también la ciencia descubre solo lo que necesita, lo que, como dice Adler, «le viene bien». Podría resultar que lo que llamamos neurosis (con respecto a los celos) no sea más que la hipertrofia de un fenómeno «natural»; pero podría resultar también que la llamada naturalidad de los animales o de los hombres primitivos caiga bajo el amplio concepto general de neurosis (en el sentido de una superestructura sobre inseguridades fundamentales) y que sea todavía tarea del futuro formar seres vivos sin neurosis. Sea como fuere, los celos femeninos, sobre los que quisiera decir aquí algo, con toda modestia y sin pretensión de tratarlos de forma exhaustiva, se parecen en todas sus formas de manifestación a los síntomas nerviosos que describe la psicología individual, y quizá solo su difusión general y su relativa soportabilidad hayan hecho que todavía se los acepte como algo en cierto modo dado por el destino. Si aquí hablo solo de los celos femeninos, quizá me gane la enemistad de las mujeres a las que está dedicado este número. Quisiera indicar que los celos masculinos, que sin duda están también bastante extendidos, me parecen una cualidad «femenina» y que aparecerán siempre allí donde el hombre no esté seguro de su masculinidad. Por eso creo poder mantener mi restricción.

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Si queremos proceder catalogando con pedantería, tenemos que examinar los celos femeninos desde dos puntos de vista: según sus objetos y según sus formas de manifestación.

Entre los objetos ocupa el primer lugar la rival, real o supuesta, en el amor de la pareja sexual. (Por eso se ha cometido el error de tener los celos por un fenómeno sexual.) Estos celos salen al campo de batalla con artillería moral pesada: el deber, el derecho, la fidelidad y otros conceptos generales semejantes, no sometidos a control, son las balas de cañón. Son, por así decirlo, los celos legítimos, que el profano tiene por naturales e incluso por sanos mientras se mantengan dentro de ciertos límites. Y tienen, en efecto, una apariencia de naturalidad, porque hoy en día una infidelidad conyugal del marido puede acarrearle a la mujer toda clase de perjuicios materiales, anímicos y a menudo incluso de salud. Pero casi siempre, si se mira con más atención, se advierte que los celos no se limitan a ese único objeto. Entran en consideración otras personas que no son propiamente rivales en el sentido de un «derecho natural»: hijos, padres, hermanos, amigos, colegas de profesión, correligionarios. Una vez suelto el tornillo de los celos, todos van llegando a su turno, uno tras otro. Pero el círculo de las personas se amplía todavía con el círculo de las cosas: un perro, un gato, un canario, un libro favorito, la bicicleta, el escritorio, la colección de sellos, e incluso la predilección por una idea o por una concepción del mundo pueden convertirse en objeto de la pasión celosa. En una palabra, todo lo que es o parece valioso para el afectado. Cuando los celos se extienden a todos estos objetos, la risa resulta ya audible y la meta se hace evidente: se llama dominio exclusivo. Cuando solo uno de los objetos secundarios está «ocupado» por los celos, se ve con más dificultad; pero se encuentra que siempre se ha elegido precisamente al competidor «más peligroso» o al que parece más peligroso. A menudo esto se enmascara bajo toda clase de opiniones expuestas de buena fe: se quiere estar celosa solo de esa mujer porque no «merece» el afecto, supuesto o real, que se le dedica. Se apoyaría incluso otro deporte distinto del que el marido prefiere, si este no fuera precisamente perjudicial para la salud. No se tendría nada en contra de que fuera a un club, a una asociación, a una reunión del partido, si no gastara allí su dinero, no cayera en malas compañías, no se distrajera demasiado de su profesión... ¡Conocemos todos estos «si»! A los celos se les echa por encima el manto de la benevolencia, de la preocupación desinteresada. Casi siempre sin que la que los siente lo vea claro. Pues pertenece a menudo a la eficacia de las salvaguardias neuróticas que su sentido permanezca incomprendido.

Este sentido se llama dominio exclusivo sobre una persona, dominio exclusivo sobre su libertad de movimientos, de inclinaciones, de ocupaciones; significa rebajar al desdichado afectado a la falta de independencia, para que se eleve... el propio sentimiento de sí.

Sea cual sea el resultado de la conducta celosa, el plan de vida neurótico queda servido de un modo u otro. Si el marido se somete, se tiene la prueba del propio valor, que se busca una y otra vez. Si no se somete, si al final se ve empujado incluso a actos que de otro modo le habrían sido ajenos, se tiene la prueba de la propia falta de valor, que se busca en secreto, pero con la misma urgencia, porque sirve de certificado de exención ante las tareas de la vida y para justificar nuevos arreglos; pues una cosa está clara: la situación de los celos es siempre una situación arreglada, aunque exista un motivo real. Se acomodan los hechos cuando no existen y cuando existen; ¡la realidad del neurótico no es una realidad real!

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Los objetos de los celos nos han mostrado la meta, solo a grandes rasgos, como corresponde al espacio de este pequeño artículo. Las formas de manifestación nos mostrarán los medios. Tendremos que comprobar si es cierto el principio de la psicología individual: «Cuando dos no hacen lo mismo, sin embargo es lo mismo». Tendremos, pues, que entender las formas de manifestación de los celos como salvaguardias bien pensadas para alcanzar la meta del dominio exclusivo, y examinarlas en cuanto a su idoneidad. Están, en primer lugar, los celos tiránicos: al marido no se le permite hablar con otras mujeres, salir solo, etc. Hay continuamente escenas, catástrofes, ruido y alborotos. No es rara la amenaza de suicidio, de asesinato o de marcharse de casa. Sin esfuerzo clasificamos este tipo entre los neuróticos de conducta «directamente agresiva», tal como los ha descrito Adler. Luego está la forma llorosa, de mártir paciente, de los celos, en la que hay ojos llorosos, dientes apretados, mal humor, o también enfermedad, angustia, miedo a la soledad, quejas de que una se hace vieja, de que ya no resulta atractiva, etc. Esta forma cae casi con la misma claridad bajo la «agresión indirecta». Estos son los dos componentes de los celos vueltos hacia fuera (como casos límite; casi siempre aparecen mezclados). Podrían llamarse celos pseudosádicos. Pero hay también una forma pseudomasoquista, que consiste en estar celosa no estando (ostensiblemente) celosa. Para la mujer que lo siente es casi peor. Pues al tormento por el abandono real o supuesto se añade el tormento de estar celosa y no poder expresarlo. Aquí no se nota nada de tiranía directa o indirecta; al contrario, se conceden todas las libertades, hasta la libertad de ir a ver a otras mujeres con conocimiento de la propia; todas las libertades, salvo una: ¡tomarse uno mismo las libertades! Aquí se reconoce la tolerancia como unos celos disfrazados de heroísmo o de lo que pretende ser heroico. La intención es también aquí la misma: dominio exclusivo sobre el marido «propio», que a una le «pertenece». Esta conducta aparece casi siempre allí donde la agresión directa o indirecta amenaza con llevar a la pérdida del objeto; a veces también allí donde un sentimiento de sí delicado sentiría los celos sádicos como pérdida de ese sentimiento. Pero la libertad concedida sirve de nuevo de cadena. Sí, en efecto, puede despertar de forma refinada sentimientos de culpa en el marido, a quien se le sugiere tan claramente que abuse de ella. Y un hombre con sentimientos de culpa es mucho más fácilmente el perdedor que un hombre con mera culpa. Y lo que en última instancia importa también aquí es la inferioridad y la superioridad.

Pero de las protestas salen a menudo cosas buenas y útiles; también en los celos. Así, entre las consecuencias de los celos puede describirse, en última instancia, también el afán de convertirse para el marido en sustituto suficiente de todas las demás mujeres, personas y cosas, mejorándose y ennobleciéndose a sí misma en todos los aspectos. Un pequeño ejemplo: muchos hombres tienen la costumbre de leer el periódico mientras comen. No empecemos siquiera a preguntar por qué y para qué tienen esa costumbre. ¿Cómo se comportan ahora los distintos tipos de la mujer celosa de ese periódico? La directamente agresiva se pondrá a despotricar y enredará al marido en una pelea. La indirectamente agresiva intentará desviar la atención del periódico con una actitud mustia, con observaciones sobre lo mal que se siente, lo poco que le gusta la comida, etc. A la celosa replegada en sí misma la comida no le sabrá realmente a nada. Pero la celosa «con sentido de la realidad», como se la podría llamar, logrará, con una bonita disposición de los platos, un carácter alegre y una conversación interesante, que el marido deje el periódico por sí solo.

El impulso es en todas el mismo: una se siente desatendida. También la meta es la misma: se quiere ganar atención y superioridad. Pero el efecto de los medios es distinto: las directa e indirectamente agresivas atormentan a ambas partes, a sí mismas y a la pareja; las replegadas en sí mismas solo se atormentan a sí mismas; las «realistas» dan alegría a ambas partes. En un estudio psicológico de los celos no se trata de hacer aquí distinciones; todas las conductas brotan de la misma fuente, el sentimiento de inferioridad femenino, y tienden a la misma meta: la superioridad y el dominio. Pero si consideramos la cuestión de la vida en comunidad, no podemos prescindir de valoraciones y tenemos que decir: las formas de manifestación de los celos que (sin perjuicio de su origen y su meta neuróticos) reducen el sufrimiento propio y ajeno están más emparentadas con la formación de la comunidad y, por tanto, con el sentido de la vida, y son por ello preferibles. Aquí se plantea, en general, hasta qué punto la terapia individualpsicológica debería ante todo procurar eliminar los motivos de la tendencia a la compensación, y hasta qué punto tiene que conformarse por ahora, ante los límites que la sociedad impone a esa empresa, con señalar al afán de compensación un cauce lo más útil posible para la comunidad.

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En una revista leída solo por personas informadas, me parecía casi banal señalar la meta de dominio, que todo iniciado reconoce fácilmente por sí mismo. Más evidente todavía parece señalar el sentimiento de inferioridad femenino como raíz de los celos. Pero quizá sea necesario decir por qué he calificado los celos de salvaguardia específicamente femenina. Me parece que, a diferencia de otras formas de compensación (por ejemplo, el movimiento feminista o la prostitución; espero que se dé por supuesto que no emito aquí juicios de valor), en los celos como forma de compensación se advierte un repliegue más o menos consciente sobre el «destino» femenino. La mujer lleva siglos excluida de toda actividad social y pública, espiritual, cultural; con ello, a sus propios ojos y a los de los hombres, ha quedado marcada como mero ser sexual, y en parte también ha degenerado en ello. Sus posibilidades de valía se agotan —real o aparentemente; al neurótico todo eso le da igual— en la relación con la pareja sexual. Un hombre puede tener como meta de valía el poder, la fama, el dinero, los partidarios, el éxito ideal o material en el mundo. Pero la esfera de valía de la mujer ha estado hasta hace muy poco (y lo está todavía hoy para la mayoría de las mujeres) estrechamente limitada por las cuatro paredes de la casa, y a menudo por la cortina de la cama. Su meta de valía casi única nace de esta esfera suya; se llama: reconocimiento por parte del hombre, posesión y dominio del hombre. No nos extraña, pues, que todas las salvaguardias femeninas tomen el color de esta unilateralidad. Y no basta con que en el matrimonio y en la relación amorosa se acote el terreno de juego de los instintos de notoriedad; ya antes, en la elección amorosa, decide la perspectiva de la valía (más, a mi parecer, y en todo caso de modo más pronunciado que en el hombre). La elección depende en primer lugar de si el amado representa o puede procurar la valía que no se alcanza en ninguna otra parte. Que luego se retenga con todos los medios al que se ha «conquistado» como compensación y como proveedor de compensación es comprensible, y especialmente comprensible en el neurótico, que, una vez que ha agarrado algo, lo retiene convulsivamente. En este sentido los celos serían «naturales» en un sentido distinto del vulgar. Pero encontramos celos también respecto de hombres a los que no se ama ni se desea, probablemente no porque no satisfagan de algún modo la necesidad de hacerse valer de la mujer. La mujer se siente en todo caso postergada por el éxito de otra mujer, incluso cuando a ella misma ese éxito no le importa mucho. El sagaz George Meredith dice al respecto en su libro El egoísta, inagotable para el psicólogo individual: «Duele ceder algo a otros, aunque nosotros mismos renunciáramos a ello de buena gana».

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En los tipos de mujeres que se han descrito, es característica la actitud anímica: «No dejo que me disputen el rango». La relación entre semejantes está enteramente impregnada y falseada por el punto de vista de una jerarquía, que se introduce desde fuera, por analogía con las relaciones sociales. Y como servidores de esta vivencia deformada actúan entonces la memoria, la apercepción, la lógica, e incluso toda la ideología, al servicio del plan de valía. El espectador imparcial a menudo no sale de su asombro ante todo lo que se advierte, se retiene, se anota, se sospecha y se piensa. El peso de las ficciones celosas cae con más fuerza sobre las mujeres que, por alguna ambición, por una idea de sí mismas como mujeres «excepcionales» que no deben ser celosas como la «mujer corriente», se atormentan por dentro y no dicen nada. Falta ahí la corrección del entorno; así, una sospecha puede crecer sin contradicción hasta convertirse en probabilidad, y al cabo de un tiempo, madurada entretanto hasta la «certeza», sirve ya de base y justificación a una nueva sospecha. Cuando un día se corta el largo hilo, a menudo ya no se puede desenredar la madeja de las ficciones, ya no se puede establecer qué era realidad y qué imaginación. Pero la escasa realidad y la considerable imaginación, enmarañadas y enredadas entre sí, están tan cargadas de afecto que la corrección del mundo exterior casi nunca puede ya ser comprendida. Con bastante frecuencia aparecen entonces el crimen, la locura o la muerte como la única salida todavía posible.

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Junto al afán de dominio,2 en los celos salta a la vista especialmente el afán de posesión, y de una posesión lo más exclusiva posible. Muy comprensible en un mundo en el que todo —la cultura, la experiencia, la relación con las personas, incluso el sentimiento (compárense las expresiones «caudal de experiencia», «riqueza de sentimientos»)— está bajo el criterio de la posesión, del tener. El concepto de posesión aparece, en una interpretación sociológica, como fetiche social; en el lenguaje de la psicología individual, eso significa: ¡ficción neurótica! Que el amor a una persona y la posesión exclusiva de esa persona no van necesariamente unidos lo muestran las investigaciones sobre el matrimonio de grupo, la promiscuidad, etc., que sin duda todavía dicen demasiado poco, porque están vistas a través de las gafas de la posesión y de la monogamia. Pero también entendemos el acento puesto en el punto de vista de la posesión en el amor, como antes entendimos la elección de la esfera amorosa como esfera de lucha y de valía, a partir de la historia social de la mujer: la mujer estuvo durante siglos enteros excluida no solo del prestigio, de la actividad y de la participación en la cultura, es decir, de terrenos en los que se trata de dar, sino durante otro tanto y aún más tiempo excluida de toda posesión material (todavía en la legislación posrevolucionaria el marido tiene el derecho de disposición sobre los ingresos y el patrimonio de la mujer, si no se solicita expresamente la separación de bienes; en qué medida él, a la inversa, la hace partícipe de su patrimonio y de sus ingresos depende enteramente de su capricho), es decir, de la esfera pública del tomar. En un paralelo sociológico podría decirse: la mujer fue durante la mayor parte del tiempo productora solo en la esfera sexual; por eso crea activamente salvaguardias y posibilidades de valía sobre todo en esa esfera. Y la mujer fue consumidora solo por el rodeo del hombre individual; por eso transfiere a él todas sus pretensiones de posesión, como al único representante accesible para ella de lo «poseíble». Desde esta manera de ver recibimos la confirmación de que los celos son la salvaguardia femenina por excelencia. Donde aparecen en los hombres, podemos hablar, con la terminología de Adler, de una salvaguardia con medios femeninos. (Los celos de dominio que se encuentran en hombres aparentemente fuertes se distinguen de los femeninos en que nunca se dirigen a otras personas, y menos aún a cosas, sino solo al hombre rival. La mujer es objeto sexual del hombre, dicen estos celos; ¡ay de quien se meta ahí! Amigas, «compañeras de café», etc., puede tener todas las que quiera; esa es una esfera que no le importa al hombre. No podemos detenernos aquí en los celos de los hombres. Solo querríamos sugerir que se abordara alguna vez una psicología de los sexos en los celos y se desarrollara desde ahí. Quizá sería bastante fructífero.)

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El afán de posesión es, en última instancia, el afán de seguridad. Esta prima causa de la evolución humana, también a mi juicio, está en la base de todo acontecer, de toda formación social y psíquica. (Véase en el número anterior el artículo de Johannes Neumann y nuestra serie de escritos «Am anderen Ufer».3) El afán de seguridad —una de las banalidades por las que los «científicos» se burlan de nosotros— se encontrará con más fuerza en los más inseguros. Si consideramos las salvaguardias llamadas dominio y posesión, y entre ellas especialmente las del terreno de las relaciones sexuales, se sigue que los llamados celos naturales, tal como los encontramos, desde luego, también en los animales superiores y en los hombres primitivos, solo son «naturales» en un determinado grado de inseguridad vital. Que vayan a seguir siendo eternamente «naturales», es decir, un medio de aseguramiento necesario, no puede deducirse de ello. El dominio, la posesión y el afán de alcanzarlos, y por tanto también los celos, aparecen como salvaguardia mientras el miedo domine todavía la vida, mientras una gran incapacidad corporal, la falta de madurez productiva y la jerarquía de clase, de sexo o de edad sigan creando sentimientos de inseguridad y provocando afanes de aseguramiento. Con una seguridad creciente, la humanidad crecerá por encima de estas salvaguardias de dominio y de posesión. Estas salvaguardias quedarán liquidadas, no en el sentido del «reparto» de las cosas y de las personas (también este fetiche ha nacido solo del miedo a formas de aseguramiento nuevas, todavía desconocidas), sino en el reconocimiento y la vivencia profunda de la frase: ¡lo que se quiere poseer hay que merecerlo de nuevo cada día! Y los celos, como caso especial de las salvaguardias de esta fase de la humanidad: para que queden liquidados, para que pierdan su aguijón, las jerarquías sexuales tienen que estar desmontadas de hecho y en las ideas. Pero esto solo como condición previa; no es mediante la «libertad sin coacción» como sucede algo nuevo. No es dejando hacer (ni siquiera dejando hacer por ambas partes) como se superan los celos; solo mediante una configuración nueva, activa, libre y diaria de la relación amorosa humana, que entonces ya no será una salvaguardia en el sentido de un encadenamiento (¡el anillo como símbolo!). Solo entre personas libres puede nacer un vínculo no neurótico. Esta es la meta; el camino sigue siempre adelante. También el amor es una tarea infinita. El «dolor» desaparecerá; el «buscar», en el sentido de esta tarea infinita, permanecerá.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del número 6 (noviembre-diciembre de 1925, número especial «Psychologie der Frau») del tercer año de la Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie digitalizado en archive.org (izi-3-6), págs. 314-320. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en apartados (separados por asteriscos), las cursivas (que reproducen el espaciado del original) y la paginación original. Para Geltung y sus compuestos (Geltungsziel, Geltungssphäre, Geltungsmöglichkeiten) se sigue la equivalencia del glosario del archivo, «valía». Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.

  1. Juego de palabras intraducible: Eifersucht («celos») se descompone en mit Eifer sucht («busca con celo»), y Leidenschaft («pasión») en was Leiden schafft («lo que causa dolor»). La autora juega a continuación con suchen («buscar») y leiden («sufrir»), que se traducen «buscar» y «dolor» para conservar el hilo con la cita. (N. del T.) ↩

  2. Drang nach Herrschaft y Drang nach Besitz: literalmente «impulso de dominio» e «impulso de posesión»; se traducen con «afán», como Herrschsucht en el glosario del archivo. Sicherung se traduce «salvaguardia» cuando designa un recurso neurótico concreto y «aseguramiento» cuando designa el proceso o la tendencia. (N. del T.) ↩

  3. «En la otra orilla», serie de cuadernos de psicología individual y marxismo que editaban Otto Rühle y Alice Rühle-Gerstel en su editorial de Dresde. (N. del T.) ↩