Freud y Adler

Introducción elemental al psicoanálisis y a la psicología individual

por la Dra. Alice Rühle-Gerstel

Verlag Am anderen Ufer Dresde (Buchholz-Friedewald)

Querido y venerado Dr. Leonhard Seif
Usted fue el primero en abrirme los ojos
En agradecimiento le dedico este libro

Índice

  • Introducción, 5
  • Psicoanálisis, 10
  • Psicología individual, 35
  • Comparación y crítica, 67
  • La concepción del mundo, 93
  • Bibliografía, 101

Introducción

El estudio científico de los problemas de la vida psíquica estuvo hasta fecha muy reciente exclusivamente en manos de la psicología y de la psiquiatría.

La psicología es la doctrina de las leyes de la vida psíquica. Se divide en dos direcciones principales: psicología racional y psicología empírica. La psicología racional trabaja deductivamente, presupone un alma «en sí» y, prescindiendo de todo lo individual y de todo lo ligado a una época y a un medio, deriva de determinados conceptos lo que hay de sujeto a leyes en las funciones psíquicas. La psicología empírica se sirve del método inductivo; tiene en cuenta, ciertamente, lo individual, pero lo mide siempre con el postulado de lo «normal» y obtiene de muchos sujetos de experimentación, estudiados uno a uno experimentalmente, un promedio que convierte en fundamento de sus afirmaciones.

La insuficiencia del método deductivo, y también del inductivo, en las cuestiones de la vida psíquica está reconocida desde hace mucho, y algunos investigadores (Bergson, Jaspers) han hecho de la intuición el presupuesto indispensable de la psicología. Pues tanto la psicología racional como la empírica aparecen enseguida defectuosas y quebrantadas en su fiabilidad en cuanto se tiene presente que no existe ni un alma «en sí» ni un hombre normal. El «alma en sí» y el «hombre normal», en su origen simples recursos auxiliares del pensamiento científico, alejaron con el tiempo a la psicología de las exigencias que la vida viva plantea a la ciencia. Fue, desde luego, valiosa y fecunda en la obtención de principios abstractos, como suspendidos en el aire, y en la observación y descripción de fenómenos parciales aislados. Pero tenía que fracasar allí donde se enfrentaba a lo realmente dado, a lo individual. Porque el individuo nunca es algo abstracto, aprehensible en estado puro si se lo aísla de los demás individuos, sino algo concreto, fundido a partir de la diversidad de innumerables componentes imponderables, absolutamente único. A lo sumo, estas particularidades pueden reducirse a diversos tipos que se encuentran una y otra vez en el fondo, como el tipo motor y el tipo sensorial de la psicología experimental. (Un paso más allá de esta clase de agrupación supone la tipificación del realista, del romántico o del santo en la psicología «comprensiva» de Jaspers.) Toda la psicología tradicional, allí donde trataba del ser concreto, se contentó con describir fenómenos, con agruparlos desde uno u otro punto de vista o con establecer una relación de dependencia o de paralelismo entre cuerpo y alma (psicología fisiológica). Pero lo efectivamente observado se medía siempre con una norma ficticia.

La psiquiatría, la otra rama de la ciencia del alma, se mantiene con sus afirmaciones más en el terreno de la realidad. Como parte de la medicina, persigue sobre todo fines prácticos. Pero solo le importan el alma enferma y las funciones psíquicas perturbadas, y en su ámbito entran únicamente los individuos que se apartan de la norma de un modo particular, casi solo los que lo hacen de un modo antisocial.

Así pues, allí los normales, aquí los enfermos mentales. Es cierto que los límites entre psicología y psiquiatría no pueden trazarse con rigor. Hay también una psicología del delincuente, del débil mental, etc., y la psiquiatría, por su parte, con sus constantes comparaciones entre sanos y enfermos, ha logrado enriquecer también con rasgos esenciales el cuadro psicológico del «normal».

Queda excluida del alcance de la psicología o de la psiquiatría la constitución psíquica de todas aquellas personas que no pueden considerarse ni «normales» ni enfermas mentales. Todas aquellas que no presentan ningún defecto del sistema nervioso, o solo uno insignificante, ni síntomas psicopáticos, pero que tampoco muestran en absoluto, al ser observadas y sometidas a experimento, aquella estructura psíquica media aproximada que parece necesaria para obtener leyes psíquicas.

La gran masa de los nerviosos fue hasta hace poco empujada de una a otra de las dos disciplinas o simplemente abandonada a sí misma, sin que se la investigara a fondo ni se la tratara en la práctica con ningún método adaptado a ella. Si su particularidad psíquica llegaba a la conciencia de estos nerviosos hasta el punto de sentirla como un estorbo para vivir y buscaban curación, la medicina corriente no tenía para ellos más que curas de agua fría y el consejo de evitar las emociones fuertes; un consejo tan problemático como el de cuidarse en la guerra de que no le peguen a uno un tiro. Y la psicología no sabía en absoluto qué lugar dar a los nerviosos en su esquema.

La histeria, una enfermedad que por sus síntomas cae dentro del campo de la psiquiatría, pero que no deja reconocer causa corporal alguna, dio el impulso a una concepción radicalmente nueva de los procesos psíquicos y a la formación de una nueva ciencia del alma. Esta se desarrolló a partir de la hipnosis, como una combinación, por así decirlo, de psicología y psiquiatría, hasta convertirse en el psicoanálisis y la psicología individual. El impulso externo vino, por una parte, de la medicina, y, por otra, del aumento constante del número de los «ni normales ni enfermos», a los que se trataba de hacer justicia con métodos nuevos. Pero el impulso externo nunca basta para comprender la esencia de un fenómeno. La causa interna del nacimiento y el desarrollo tanto del psicoanálisis como de la psicología individual residía en una tendencia de la época que se proponía apartarse de la estrecha psicología experimental mecanicista, groseramente materialista, y de la psiquiatría académica, para alcanzar una visión más profunda de lo que acontece en el hombre.

Como pioneros de esta tendencia de la época, todavía hoy muchas veces velada y desconocida, algunos espíritus iluminados abrieron el camino a una reorientación inaudita en las cuestiones de la vida psíquica y conquistaron, en un puesto avanzado de la humanidad, los nuevos conocimientos de que quiere ocuparse este escrito.

Psicoanálisis

El fundador del psicoanálisis es Sigmund Freud. Cuando, en la década de 1880, salió a la arena científica, la medicina estaba todavía por completo bajo el hechizo de la concepción materialista de la naturaleza. Téngase presente que el materialismo de las ciencias naturales, apoyado en los descubrimientos de Darwin, desarrollado y formulado por Büchner, Moleschott, Haeckel y otros, acababa de romper las barreras del pensamiento medieval y había abierto a la investigación exacta campos nuevos, hasta entonces inaccesibles; se comprende fácilmente que la medicina se detuviera con orgullo y alegría en las conquistas de la anatomía, la histología, etc., y que todo paso más allá le pareciera precipitación, y aun blasfemia. En términos generales, se explicaban entonces las enfermedades nerviosas, como todas las demás enfermedades, por causas corporales, y para sus complejas manifestaciones no se conocía todavía otra respuesta que la remisión a la herencia, la tara hereditaria, la predisposición y la degeneración.

Un paso fuera de este estrecho círculo lo supuso primero la aplicación de la sugestión y de la hipnosis, tal como fue abriéndose camino poco a poco en Suiza y en Francia, entre las burlas y el escarnio de los especialistas.

Siendo un joven médico, Sigmund Freud trabajó en París con Charcot. Este investigador había hecho la sensacional observación de que en la hipnosis podían producirse síntomas patológicos histéricos. Mediante una orden dada al sujeto de experimentación dormido, provocaba artificialmente parálisis, mudez y hasta quemaduras, que persistían todavía algún tiempo después del despertar. (¡Muchos de los llamados milagros, como la estigmatización de los santos, adquirieron desde aquí un nuevo significado!)

La hipnosis es la transmisión de una voluntad y de unas representaciones ajenas a una persona sumida en un sueño artificial. Charcot había conseguido, pues, provocar o modificar estados corporales mediante representaciones, mediante algo espiritual. Con ello quedaba suprimido por principio, o al menos despojado de su validez general, el principio: «Todo lo que sucede en el hombre y con el hombre tiene en algún lugar su causa corporal». Hoy, treinta y cinco años después, nos inclinamos a encontrarlo evidente. Porque hoy entendemos el monismo como una concepción del mundo unitaria en todos sus aspectos y sabemos, en ese sentido, que lo espiritual y lo corporal no son más que dos funciones distintas de lo uno viviente. No nos asombra que estas funciones determinen con igual fuerza y con prioridad cambiante el curso de lo que acontece en el hombre. Pero entonces, cuando por monismo se entendía la reducción de todo lo viviente a lo corporal, la afirmación de la influencia de lo psíquico tenía que recibirse como una reacción dualista o como una audacia revolucionaria. Así, la atrevida afirmación de Charcot (y de otros): «La histeria es una enfermedad psicógena (es decir, que no se debe a causas corporales, sino psíquicas)» causó sensación en los círculos especializados y entre los profanos.

Bajo la impresión de sus experiencias de París, Freud regresó a Viena. Allí, ya antes, su amigo el Dr. Breuer había encontrado por casualidad un procedimiento para tratar con éxito a los histéricos. A sugerencia de una paciente, le hizo sacar a la luz desde lo inconsciente, en la hipnosis, recuerdos sobre la génesis de su enfermedad. Salieron así a la luz procesos psíquicos, sobre todo vivencias de la primera infancia y su elaboración, que en estado de vigilia ya no estaban presentes. Cada vez que la enferma devanaba hasta el final uno de esos hilos de recuerdos, desaparecía un síntoma. Freud aplicó entonces este procedimiento a sus pacientes y lo llamó método purificador o catártico. Por medio de la hipnosis despertaba recuerdos perdidos, significativos para la génesis de la enfermedad; volvía conscientes procesos psíquicos inconscientes.

Pero sus aspiraciones iban más lejos. Los resultados terapéuticos de este método eran incompletos o poco duraderos. Para obtener nuevos conocimientos, interrumpió su trabajo práctico y volvió a Francia, esta vez a Nancy, con Bernheim.

Si Charcot había producido en la hipnosis representaciones que se manifestaban en síntomas, Bernheim, a fuerza de insistir persuasivamente, hacía consciente al despierto lo que le había sucedido en la hipnosis. Hizo primero experimentos con personas sanas. Se las hipnotizaba y se les ordenaba que, al despertar, ejecutaran una acción determinada, quizá absurda. Obedecían la orden, pero, cuando se les preguntaba por el motivo de su acción, no daban ninguna explicación o daban una inexacta. Insistiendo con intensidad, se conseguía, sin embargo, despertar de nuevo el recuerdo de lo ocurrido en la hipnosis. Sin hipnosis, por la mera persuasión, una representación inconsciente se había vuelto, pues, consciente.

Freud sabía ya que se podía curar a los enfermos haciendo conscientes representaciones inconscientes. Ahora había aprendido que para ese fin la hipnosis era prescindible, que bastaba una persuasión apremiante y tenaz.

Aquí queda ya delimitado el campo de trabajo de Freud, desarrollado ya en germen su método: el campo de estudio es la vida psíquica inconsciente, y el método consiste en hacer consciente lo inconsciente mediante la persuasión.

El psicoanálisis fue, pues, en un principio —y sigue siendo principalmente hasta hoy— un método para curar las enfermedades nerviosas. Freud trató entonces a sus pacientes según este método, y de la práctica fue obteniendo poco a poco todos aquellos nuevos conocimientos particulares que forman el organismo pluricelular de su doctrina.

Primero hizo la experiencia de que los enfermos contaban espontáneamente muchas cosas de sí mismos, lo importante y lo nimio en una confusión interminable. Obligado a escuchar, Freud fue renunciando poco a poco a la persuasión intensiva y trató de entresacar de esas comunicaciones sin plan lo que para él era importante, lo que guardaba relación con la enfermedad. Pues lo que se contaba solo carecía de plan en apariencia. Estas «ocurrencias que surgen libremente» estaban, según descubrió Freud, rigurosamente determinadas y, desde lo inconsciente, se enlazaban unas con otras como los eslabones de una cadena. Freud partió del supuesto de que todo lo dicho tenía un sentido y de que, si las ocurrencias se iban encadenando, asociando, durante más tiempo y sin fin, acabaría por emerger de lo inconsciente lo esencial.

Ocupándose de estas series de asociaciones libres, Freud llegó a observar fenómenos que pueden atribuirse por igual a enfermos y a sanos. Son el olvido, el extravío de objetos, la equivocación al hablar, al escribir, al oír, la pérdida de objetos: todo lo que se designa como actos fallidos.

El niño que «pierde» su cuaderno de aritmética, el adulto que «olvida» devolver un libro prestado, no han sido llevados por el azar a perder y a olvidar. Detrás del aparente sinsentido se esconde un sentido: el niño tenía interés en perder su cuaderno de aritmética; el lector se habría quedado gustoso con el libro. Pero su conciencia no tenía noticia de ello; quizá hasta estaban disgustados por su contratiempo. Desde lo inconsciente actuaba una fuerza que les era desconocida.

Son cosas inofensivas, y si se le hace notar en broma al moroso prestatario el verdadero motivo de su desmemoria, no tendrá por qué avergonzarse mucho. Más desagradable es ya que a un profesor, en su discurso inaugural, se le escape el siguiente lapsus: «No estoy inclinado a apreciar los méritos de mi muy estimado predecesor».1 Quería decir «capacitado», y se indignará mucho si se le hace saber que con ese lapsus linguae ha traicionado su verdadero sentir. Pues así es: lo que ocupa el lugar de la acción que se pretendía, el acto fallido, no carece de sentido. Puede uno preguntarse con buen resultado de dónde viene y para qué sirve. Ahora bien, hay que dividir en dos grupos a las personas que cometen actos fallidos: unas, cuando se les hace notar el «sentido» de su acción, admiten que en alguna ocasión se agitaron en ellas deseos y sentimientos semejantes; las otras se niegan indignadas a creer que en su interior anden sueltas aspiraciones tan feas, mezquinas y egoístas. Sencillamente no saben nada de ello. Porque todo esto sucede en lo inconsciente y es rechazado en el umbral de la conciencia por un guardián o censor. O bien, si ya estuvo alguna vez en la conciencia, es expulsado de nuevo de ella. Hay, pues, en el alma representaciones reprimidas de las que la conciencia no tiene noticia, pero que, sin embargo, actúan desde lo inconsciente. Para comprenderlo mejor, puede uno representárselo en una imagen espacial: el alma, lo psíquico, como una vivienda; en ella, la conciencia como el salón de recibir y lo inconsciente como una antesala oscura y espaciosa. A los huéspedes no invitados, es decir, a todas las pulsiones, deseos y aspiraciones que no son gratos en el salón, no se les deja pasar, y a los que a pesar de todo se habían colado se los vuelve a echar, se los «reprime».

Como la represión desempeña un papel destacado en la teoría y en la práctica psicoanalíticas, parece obligado ocuparse de ella con algo más de detenimiento. Al hacerlo, se irán levantando ante nuestros ojos los demás pilares del psicoanálisis.

Una vez aceptado el hecho de la represión como un proceso psíquico de gran importancia (no descubierto hasta Freud), se plantean en primer lugar cuatro preguntas:

¿Qué se reprime?
¿Por qué se reprime?
¿Quién lo reprime? y
¿Qué es de lo reprimido?

Así pues, en primer lugar: ¿qué se reprime? Pongamos al principio el punto final de todas las explicaciones psicoanalíticas y hagamos constar: deseos sexuales. Es verdad que en lo inconsciente se encuentran también otras tendencias: egoístas, ávidas de poder y hasta de destrucción. Pero si se mira más de cerca (así lo enseña el psicoanálisis), todas proceden de algún modo de lo sexual. En lo inconsciente se encuentran todos los deseos sexuales que solemos calificar de perversos: deseos que se dirigen a personas del mismo sexo (homosexuales), los que buscan el tormento y el dolor del objeto amado (sádicos), los que esperan la satisfacción de la propia persona (autoeróticos u onanistas), los que anhelan el trato con parientes consanguíneos cercanos, padres, hijos, hermanos (incestuosos), y otros muchos.

Contra esta constatación desnuda se alzarán en el lector sentimientos de rechazo. No es agradable oír que uno debe de llevar dentro de sí, sin saberlo, todo aquello que en los demás suele condenar con indignación moral o, en el más benigno de los casos, disculpar como enfermedad y como excepción. El psicoanálisis dice: estos deseos son universalmente humanos. En el normal son elaborados, superados. En el perverso persiguen conscientemente su satisfacción y la disfrutan dondequiera que la encuentran. En el nervioso y en el enfermo son reprimidos en lo inconsciente. La existencia de tales deseos ilegítimos no es, pues, indicio de un carácter depravado ni de una disposición contra natura, sino un resto de la infancia. Freud dedujo la importancia de los deseos sexuales inconscientes de la semejanza entre los síntomas histéricos y los estados sexuales de tensión o de distensión. Pero, además, amplió extraordinariamente el concepto de «sexualidad» y comprende en él no solo el trato sexual ligado a la reproducción, sino todas las variedades de la pulsión dirigida al placer.

La sexualidad no se mete en los hombres solo al llegar la madurez, «como el diablo en los cerdos», sino que es innata y únicamente aparece en formas de expresión muy diversas. El niño pequeño es «perverso polimorfo»: obtiene sensaciones de placer de todo aquello de que puede apoderarse, principalmente de su propio cuerpo. Todos los procesos de la vida psíquica infantil que hasta entonces se habían considerado juegos sin importancia, inofensivos, o a los que no se había prestado ninguna atención, adquieren a la luz del psicoanálisis un significado sexual. Todo lo que en el propio cuerpo o en el de las personas del entorno se presta de algún modo a ser chupado o palpado es explotado como fuente de placer y se considera zona erógena. Así, la boca, el pecho y hasta la mucosa del ano son excitadores de sensaciones placenteras para el niño que todavía no ha madurado hasta el «primado genital», hasta el dominio de la vida sexual por la zona de los órganos genitales. En el sano, el proceso discurre de tal modo que, tras la pubertad, la sexualidad se vuelve «normal», es decir, entra en los cauces de la tendencia a la reproducción. El nervioso o el enfermo, en cambio, solo llega a esa meta por rodeos, o no llega en absoluto. En él, aquellos rasgos sexuales infantiles no han sido elaborados; como en la realidad no pueden salirse con la suya, son reprimidos. Esta es ya la respuesta a la segunda pregunta sobre la naturaleza de la represión, que decía: ¿por qué se reprime? Se reprime porque en la realidad ciertos deseos y pulsiones sexuales no pueden llegar a satisfacerse (o, en el mejor de los casos, solo a costa de la propia persona o de otra). La realidad, la vida, la sociedad, está ahí como una fuerza de defensa constante e inamovible. Las pulsiones que amenazan su existencia tienen que ser reprimidas. La realidad se defiende con ayuda de la represión.

La realidad (llamada así como representante provisional de fuerzas que se describirán enseguida con más detalle) puede valerse también de otro modo: elaborando los deseos sexuales sobrantes e integrándolos en sí. Solo allí donde esto ha fracasado (por razones que aún hay que examinar) se emplea la represión como arma.

Para encontrar un fundamento, en términos de concepción del mundo, al conflicto entre las pulsiones sexuales y la realidad, que tiene por consecuencia la represión, Freud se remontó con el pensamiento al comienzo de toda la historia humana y llegó a la conclusión de que en el principio era el principio de placer. Todas las pulsiones del hombre solo querían placer, placer sin límites, sin importar de dónde viniera ni qué consecuencias acarreara. En la exuberante vegetación de la época neolítica —en la que el hombre superó probablemente por vez primera el estadio de la animalidad— no había todavía penuria. En aquella época, en la que la humanidad, en la sobreabundancia de una naturaleza en flor incesante, no tenía que gastar ni una pizca de su energía en otra cosa que en obtener placer, el principio de placer no estaba todavía en oposición con la pulsión de autoconservación.

Solo con el aumento del número de los hombres, con el enfriamiento de la tierra y la consiguiente escasez de bienes para la vida, se presentó la necesidad ante el hombre con la orden categórica: adáptate o perecerás. Una parte de las pulsiones humanas se sometió al mandato y desarrolló poco a poco el lenguaje, el pensamiento, la razón, el trabajo, la economía y la cultura como salvaguardias de la vida. Este componente pulsional entró en razón, por así decirlo, y se sometió voluntariamente a la necesidad de la vida, y la aspiración al placer pasó, por el momento o también definitivamente, a un segundo plano detrás de la aspiración a la autoconservación. Al principio de placer se unió el principio de realidad, que influyó en el curso posterior de las cosas. Y solo una parte del alma humana siguió ocupada en adelante por pulsiones indómitas, que no querían pactar ningún compromiso con la realidad y que no aspiraban a otra cosa que a la satisfacción sin miramientos y sin límites de su placer. Fueron las pulsiones sexuales las que se sustrajeron así al mandato de la realidad y siguen hasta hoy bajo la dictadura del principio de placer.

Tenía que llegarse a la lucha. En nuestra vida dura, limitada y mezquina no pueden cumplirse siempre por igual las exigencias del placer y las exigencias de la necesidad. De ahí se desprende la respuesta a la tercera pregunta sobre la naturaleza de la represión, que decía: ¿quién es el autor de la represión? Todo lo que lucha por la conservación de la vida, sin consideración al placer o al displacer, lo ha llamado Freud, en conjunto, las pulsiones del yo. Están ancladas en su mayor parte en la conciencia y ejercen el control sobre las pulsiones rebeldes en la oscuridad del alma, en aquel gran espacio de lo inconsciente. Todas las pulsiones que no han querido someterse las ha reunido Freud bajo el nombre de libido. La libido (en latín: impulso, deseo) es para las pulsiones sexuales lo que el hambre para las pulsiones de nutrición: el camino del placer a la saciedad. La libido es la aspiración a la satisfacción sexual. Freud describe así el curso evolutivo de esta libido:

La libido nace con el hombre. Su primera y más temprana satisfacción la encuentra en la succión del pecho materno; también los procesos de la evacuación de la orina y de las heces despiertan en el niño sensaciones de placer. Dos experiencias terribles le trae ya al pequeño la realidad de la vida: se le retira el pecho materno y tiene que acostumbrarse a hacer sus necesidades a horas fijas y en el orinal. Por primera vez el principio de placer es aquí vencido por el principio de realidad. Entonces la libido es devuelta sobre la propia persona infantil: el niño se chupa y juega con su propio cuerpo, principalmente con los órganos genitales. Se ha vuelto autoerótico y se satisface a sí mismo. En una fase siguiente, la libido se dirige a las personas del entorno más próximo, sobre todo a los padres. Es la fase incestuosa, la del «comercio carnal entre consanguíneos».2 Aquí aparece ya en germen lo que se esconde tras el lema «complejo de Edipo». Edipo es aquel rey de la leyenda griega que, bajo una oscura compulsión, mata a su padre y toma por esposa a su madre. Todo muchacho, enseña Freud, desea a la madre para el trato sexual y quiere aniquilar al padre, que se interpone en la realización de sus deseos. En la niña, en cambio, existe el deseo de poseer al padre y, por eso, de quitar de en medio a la madre. A continuación viene la segunda fase autoerótica, que dura hasta la pubertad. Poco antes de la pubertad aparecen todavía inclinaciones homosexuales. Si el proceso transcurre normalmente, la libido, tras sus aventureros viajes, desemboca en el puerto de la llamada sexualidad normal. Busca y encuentra sus objetos en el otro sexo y se ejercita en sentido estricto, es decir, en un trato sexual unido interiormente a la tendencia a la reproducción. Pero la libido no siempre llega tan llanamente a su meta. Para representar de manera gráfica su curso anómalo, Freud da la siguiente comparación: antes de hacerse sedentaria, la humanidad recorría la tierra en grandes grupos. Supongamos ahora que una de esas columnas, procedente por ejemplo de Escandinavia, se haya fijado Italia como meta de su migración. En el camino, por diversas razones, ya sea por cansancio, por falta de fuerzas frente a las inclemencias del tiempo o por una especial predilección por una estación de descanso ya alcanzada, partes del grupo abandonarán la marcha y se asentarán, pongamos por caso, ya en el norte de Alemania, en el sur de Alemania o en Suiza. Si en lugar de grupo humano se pone la palabra «libido», se entiende el concepto freudiano de «fijación», es decir, la detención en un punto antes de la meta. La libido, por unas u otras razones, ha quedado fijada total o parcialmente, detenida, en uno u otro punto de su migración infantil: ya sea en el estadio de la llamada satisfacción sádico-anal, en la que las sensaciones de placer estuvieron un día ligadas a la actividad del intestino y de la vejiga y al daño causado a objetos ajenos, ya sea en el autoerotismo, la autosatisfacción, o en el amor sexual a la madre o al padre. Continuemos nuestra comparación: la otra parte de la tribu ha seguido su marcha y, en la Italia por fin alcanzada, tropieza con pueblos enemigos, o con una región estéril, o se encuentra con un terrible período de lluvias. Si se sustituye de nuevo «tribu» por «libido», se entiende lo que Freud quiere decir con la llamada frustración externa: la realidad no corresponde a las exigencias de la libido cuando esta ha llegado felizmente a ella. O bien el joven no encuentra mujer adecuada, o bien el trato sexual se hace imposible por circunstancias externas, y otras cosas por el estilo.

Tercera fase de la migración de pueblos (empleada como comparación): la tribu así obstaculizada emprende la retirada. Este camino de vuelta la llevará probablemente hacia aquellos compañeros de pueblo que en su día se quedaron más al norte, porque de ellos puede esperar ayuda o acogida en su asentamiento. Exactamente lo mismo le sucede a la libido: la retirada la conduce a los estadios ya abandonados de la sexualidad infantil, donde partes de la libido se habían fijado ya antes. El término técnico psicoanalítico llama a esta retirada «regresión». Por la unión, en un estadio sexual infantil, de la libido erróneamente fijada y de la que ha llegado en regresión a los puntos de fijación, explica pues Freud los deseos sexuales anormales, perversos (y las eventuales prácticas en ese sentido), y la incapacidad total o parcial para el trato sexual normal.

Si este estado de cosas penetra en la conciencia y se impone consecuencias efectivas, se produce lo que vulgarmente se entiende por un anormal sexual: un sádico, un onanista, un hombre que calma su deseo sexual mirando, tocando, palpando, un homosexual, un «Edipo» ligado al padre o a la madre, todas las muchas variedades hasta el fetichista y el necrófilo. Pero esta manifestación en los hechos de las pulsiones mal fijadas y reforzadas por la regresión de libidos parciales frustradas agota solo una posibilidad. Otra entra en consideración allí donde las pulsiones del yo niegan a aquella libido «degenerada» el acceso a la conciencia, la «reprimen». Entonces no surge un hombre perverso, sino un hombre nervioso, enfermo. Esta es la respuesta a la cuarta pregunta sobre la naturaleza de la represión: ¿qué es de lo reprimido? No está muerto, desde luego; solo se ha ido. Un ejemplo servirá de ilustración: supongamos que una corriente sulfurosa fluyera bajo tierra hacia el mar. En el camino la detendría una roca demasiado dura y la obligaría a estancarse. En ese estancamiento, las aguas detenidas formarían poco a poco, con las que siguen empujando detrás, un lago de azufre. De esto no se sabe nada al principio, porque todo sucede bajo tierra. Pero al cabo de mucho tiempo se nota que allá arriba ya no crece nada: ni hierba ni grano. Se cava y se encuentra el lago de azufre. De todos los procesos desconocidos, inconscientes, de flujo y de estancamiento de la libido (para cuya ilustración solo debía servir la comparación), no se percibe nada más que un indicio, un síntoma. A la investigación, al análisis, le incumbe rastrear los orígenes del síntoma, suprimirlos y borrar así el síntoma y la enfermedad, así como la posibilidad de que reaparezcan. Como respuesta a la pregunta sobre el destino ulterior de lo reprimido puede formularse, por tanto: de lo reprimido nacen los síntomas.

Para entenderlo mejor, téngase aquí presente que el psicoanálisis nació del tratamiento de los histéricos, es decir, de la ocupación con enfermos que presentan síntomas (sonambulismo, parálisis, trastornos del habla y de otras funciones), pero ningún agente patógeno. La investigación podía y debía, por tanto, partir del síntoma. Del estudio de los síntomas histéricos, el psicoanálisis llegó al conocimiento de que el síntoma es una satisfacción sustitutiva de un placer frustrado. A primera vista, esta afirmación no parece muy plausible. Los enfermos van al médico porque sufren, porque quieren librarse de su síntoma, ¿y ese síntoma ha de ser solo un objeto de placer enmascarado? Quizá un ejemplo aclare algo más el mecanismo pulsión-represión-síntoma. Un hombre ha reprimido de la conciencia sus inclinaciones homosexuales (fijación y regresión a estadios sexuales infantiles). Su deseo inconsciente aspira a verse libre de la mujer con la que vive y cuyo trato no le satisface, para poder entregarse luego sin trabas a la persecución de sus pulsiones. Hasta pensaría en asesinarla, si la censura dejara salir esos pensamientos de su inconsciente. Dentro de la conciencia solo encuentra una compulsión a matarse a sí mismo, y aprovecha para ello cualquier ocasión, de modo que sus parientes tienen que llevarlo al médico. El síntoma es, pues, una compulsión suicida (con el nombre de «neurosis obsesivas» se designan todas las enfermedades nerviosas que se manifiestan en un acto obsesivo o en una omisión obsesiva inexplicable para el propio enfermo, molesta y a menudo absurda). La causa es la homosexualidad reprimida. Desfigurada, retorcida y desplazada por las censoras pulsiones del yo (que no dejan pasar el umbral de la conciencia a una abominación como la intención de matar y la transforman en intención suicida), aparece así la satisfacción sexual en forma del síntoma neurótico. Todo síntoma patológico, un sustituto de una satisfacción pulsional malograda.

Solo desde este punto de vista puede entenderse también la resistencia que el enfermo opone al médico. Los enfermos quieren, ciertamente, que desaparezcan sus padecimientos, sus síntomas; para eso van al médico. Y, sin embargo, oponen siempre una resistencia a la marcha fluida del tratamiento: se niegan a dar explicaciones, a aceptar las interpretaciones y los consejos del médico que los analiza, ponen toda clase de dificultades llegando tarde, faltando a la consulta, interrumpiendo la cura o insultando al médico. Lógicamente, las pulsiones reprimidas tendrían todos los motivos para contribuir ellas mismas a su liberación. La culpa de la resistencia la tiene el otro contendiente, las pulsiones del yo. En su día lograron reprimir la libido, ofrecerle más tarde en el síntoma una posibilidad de satisfacción sin peligro, canalizar las pulsiones indómitas hacia el cauce trazado de la enfermedad. Pero en el síntoma también la libido se ha salido con la suya, porque encontró en él una satisfacción sustitutiva del placer frustrado. El síntoma es, pues, el resultado de un compromiso entre la libido y las pulsiones del yo. La resistencia, en cambio, procede únicamente del yo, que no quiere permitir que la libido canalizada quede de nuevo en libertad.

Con la doctrina de la resistencia se ha encontrado el paso de la teoría psicoanalítica a la práctica psicoanalítica. La terapia busca primero la represión, hace de nuevo (o por primera vez) consciente lo inconsciente. Se muestra al enfermo que la causa de sus padecimientos reside en un conflicto entre la libido, que fluye inconscientemente, y las pulsiones del yo, que dominan la conciencia. Mediante el análisis se hace consciente al enfermo la existencia y el curso de su libido, para que las dos fuerzas vuelvan a trabar combate en el mismo terreno, dentro de la conciencia, por así decirlo ante los ojos del enfermo, y concierten luego una paz honrosa. El proceso liquidado y reprimido es sometido a revisión. Como elemento nuevo se añaden la advertencia de que la solución del conflicto de entonces llevó a la enfermedad, el ánimo de que una nueva decisión traerá la curación y el recuerdo de que todas las circunstancias de la vida, como también las fuerzas del paciente, han cambiado sustancialmente a mejor desde el primer conflicto, de que ya no hay motivo para quedarse anclado en estadios infantiles de la sexualidad, de los que resultaron la represión, la enfermedad y toda clase de extravíos.

Contra una influencia así orientada, el paciente hace valer entonces la resistencia ya descrita. La segunda pieza fundamental de la cura psicoanalítica es, por tanto, desenmascarar esta resistencia como una finta del yo, interesado en mantener su obra. Se vence la resistencia insertándola en la serie de los medios neuróticos y remitiéndola a lo inconsciente, de donde ha brotado. Ahora la curación debería haberse logrado. Pero entonces se observa que, mientras se combatía la vieja neurosis, se ha instalado una neurosis nueva. Se la llama transferencia, y se entiende por ella la tendencia del paciente a aplicar a la persona del médico todos aquellos deseos sexuales hasta entonces inconscientes, reprimidos, y ahora liberados por la cura. El médico ocupa el lugar del padre o de la madre y, según el caso, es objeto de un amor apasionado o de un odio fanático. Si el tratamiento termina después de esclarecer la represión y la resistencia, pero antes de deshacer la transferencia, la cura ha fracasado o solo ha tenido éxito en apariencia. No se ha hecho más que dar al paciente una enfermedad nueva por la vieja. Porque, como no puede conquistar al médico, se ve en la necesidad de devolver otra vez a la represión la libido liberada. Hay que analizar, por tanto, la transferencia misma y hacer comprender al paciente que el vínculo con el médico no es una vivencia auténtica, sino un mero recalentamiento de viejos conflictos. Una vez descubierta, y con ello aniquilada, también esta segunda neurosis artificial, la transferencia, la libido liberada tiene que buscar ahora su camino. Un medio preferente para colocar la libido de modo que no vuelva a entrar en conflicto con las pulsiones del yo es la sublimación. Esta es la desexualización de la sexualidad, el hallazgo de objetos en los campos del arte, la cultura, la ciencia, la filantropía. Toda cultura, en rigor, ha nacido, según la concepción del psicoanálisis, de libido reprimida y luego sublimada.


Expuestos los conocimientos teóricos y las posibilidades de aplicación práctica del psicoanálisis, queda todavía la tarea de describir el camino por el que se obtuvieron esos conocimientos y se puso a prueba su aplicabilidad.

De la práctica médica, del trato con sus pacientes, se le había revelado a Freud la importancia de las ocurrencias que surgen libremente, de las series de asociaciones libres. Igualmente desde la práctica llegó Freud a apreciar los sueños y a comprender el papel que el sueño desempeña en la vida de enfermos y sanos. Como toda ocurrencia aparentemente casual, como todo acto fallido, también todo sueño tiene un sentido determinado desde lo inconsciente. Expuesta ya la teoría del psicoanálisis, el complemento se desprende sin más: un sentido sexual. Los síntomas han sido reconocidos como sustitutos desfigurados de una satisfacción pulsional frustrada. Lo que el síntoma es para la vigilia, eso es el sueño para el dormir: un guardián, una solución del conflicto, una realización de deseos. Todo sueño, la realización de un deseo inconsciente, sustituto de una privación en la vida real.

Para comprenderlo mejor, el proceso del sueño se descompone en tres partes: pensamientos latentes del sueño, trabajo del sueño y sueño manifiesto. En los pensamientos latentes del sueño se encuentran fragmentos de recuerdos de vivencias anteriores, los llamados «restos diurnos», y deseos sexuales reprimidos de la infancia. Estos deseos no son gratos a la conciencia y, por eso, no pueden expresarse abiertamente en el sueño. Desfigurarlos es la tarea del trabajo del sueño.

Los pensamientos latentes del sueño se vuelven irreconocibles por el desplazamiento del acento de un pensamiento onírico importante a otro sin importancia, por el desplazamiento de todo el pensamiento a una de sus partes, por la alusión lógica o verbal a lo que contienen los pensamientos latentes del sueño, por la representación simbólica de los deseos censurados, por la sustitución de un significado abstracto de una palabra por uno concreto, etc. Así velados y transformados aparecen el deseo y la realización alucinada del deseo en el sueño manifiesto, es decir, en lo que realmente soñamos y también recordamos, y que nos parece tan absurdo e incoherente como cualquier síntoma histérico. Tanto en el síntoma como en el sueño (como en la neurosis en general) la angustia desempeña un gran papel. Se desarrolla siempre allí donde la desfiguración de los deseos prohibidos no se ha logrado del todo, y tiene la función de ocultar a la conciencia censora, mediante sentimientos de culpa y de displacer, la ganancia de placer. La angustia es siempre disposición frente a un peligro amenazante. La angustia real, la angustia comprensible, está ligada a un peligro exterior. La angustia neurótica es disposición frente a un peligro interior, baluarte contra el asalto de la libido, y solo le parece infundada al observador mientras no tiene noticia de la existencia de un inconsciente y de lo que este oculta en sus profundidades.

Como las asociaciones libres y los actos fallidos, que no parten de nada determinado, el psicoanalista emplea también la interpretación de los sueños y las ocurrencias del soñante relacionadas con ellos como asideros para penetrar en lo inconsciente y sacar a la luz del día de la conciencia los conflictos que allí se debaten con furia o que han recibido una solución errónea.


En una introducción elemental es imposible tratar la multiplicidad de resultados de la investigación y de caminos del conocimiento de otro modo que muy sumariamente, e inevitable que alguna pieza de la teoría y de la práctica quede corta o desaparezca por completo. Quien desee una exposición exhaustiva de todos los problemas psicoanalíticos y de sus soluciones puede informarse con más detalle en la bibliografía indicada al final del libro. Aquí solo podía tratarse de dar una visión de conjunto, de modo que el lector todavía no iniciado oyera lo esencial sin verse confundido por la multitud de conceptos y términos técnicos nuevos.

Se ha intentado mostrar la dinámica interna del psicoanálisis, que conduce de la práctica del caso particular a la constatación de hechos generales, a su interpretación y a la construcción de una nueva imagen del mundo, para volver luego, con el instrumental de los nuevos conocimientos, al caso particular. La crítica de los puntos concretos queda reservada al último capítulo.

Psicología individual

Toda la ciencia moderna está construida sobre el principio de causalidad. Cuando se han rastreado las causas que provocan un fenómeno y se han llegado a conocer las condiciones en que se produce, se cree poder explicar los fenómenos por completo. Este modo causal de considerar las cosas, habitual desde siempre en la física y en las matemáticas, ha sido aplicado ahora por la ciencia también al ser y al acontecer humanos (desde las teorías de Darwin sobre la descendencia y la evolución). Más allá de la consideración causal del cuerpo, también la psicología ha adoptado un enfoque causal en la investigación de los procesos psíquicos.

Alfred Adler, el fundador de la psicología individual, llegó –como Freud– a los resultados de sus investigaciones a partir del tratamiento médico de las enfermedades nerviosas. Muy pronto se dio cuenta de que una consideración puramente causal de las enfermedades nerviosas no le ofrecía un asidero suficiente para curarlas. Comprobó lo siguiente: naturalmente, es cierto que las enfermedades proceden de alteraciones nocivas en el cuerpo –o también en el alma–. Pero con eso, con ese «de dónde», no puedo hacer nada, puesto que no estoy en condiciones de suprimir la causa de cada enfermedad ni de hacer ineficaz una causa futura. Además de por las causas, por el «de dónde» de una enfermedad, tengo que informarme también de sus metas, de su «adónde». Adler llama causal-final al modo de considerar que intenta explicar los fenómenos por sus causas y por sus metas. Finis significa en latín lo mismo que telos en griego: fin, término. El modo de considerar teleológico, en cambio, ve el curso de todo acontecer ligado a un fin que se le impone al hombre desde fuera (por Dios, la necesidad, la moralidad, etc. En este sentido, una enfermedad le parecería una purificación, una prueba, un castigo, y hallaría también en tal fin su explicación suficiente); está orientado hacia un «para qué», mientras que el modo de considerar final supone que el curso de los acontecimientos se dirige hacia un fin (o, más bien, una meta) que el propio hombre se ha puesto delante, hacia un «adónde».

Según la tesis de Adler, por tanto, no se trata solo de conocer las causas de una enfermedad –y, en un sentido más amplio, de cualquier proceso que se dé en el hombre–, sino que hay que entender las metas. También para comprender a los nerviosos hace falta familiarizarse con toda la dirección de su vida.

El hombre, puesto en medio de un mundo y una naturaleza prepotentes, de una multitud de cosas y acontecimientos, tiene que procurarse, so pena de perecer, una visión de conjunto de esa diversidad, tiene que orientarse en ella. A esa orientación sirve la psique humana, es decir, el conjunto de todos los contenidos y procesos psíquicos y espirituales, como un órgano de aseguramiento. Con esta psique se piensa por adelantado, se trabaja por adelantado, se abren caminos hacia la vida. Ahora bien, para obtener en esos caminos algunos puntos de apoyo, la psique se crea ciertas ficciones, suposiciones útiles. Ficciones de esa clase del pensamiento normal son, por ejemplo, el espacio, el tiempo, la libertad, la perfección, el ideal; que a estas representaciones les corresponda algo real es indiferente y le incumbe a la filosofía. Lo principal es que presten buenos servicios para orientarse en la diversidad de la vida, que ayuden a que, en medio de peligros y extrañezas, uno pueda dirigir, ordenar y calcular de antemano un poco la vida. Con ayuda de estas ficciones se hace posible abrirse a través de la vida un camino que discurre en una dirección determinada, con la vista puesta en una meta determinada; condicionado causalmente, sí, pero orientado de modo final. La dirección de la vida y la meta de la vida son, así, contenidos psíquicos (aunque a menudo no conscientes) comunes a todos los hombres. Aquello en que el nervioso y el enfermo se diferencian del sano es la configuración de su meta vital y de su imagen directriz, y de las líneas directrices que conducen a ella.

Como hemos procedido con el psicoanálisis, así queremos proceder también con la psicología individual, poniendo apodícticamente al principio la pieza principal de su doctrina, obtenida de la experiencia: la meta de los nerviosos es ser poderosos, grandes, superiores, dominantes, ser un héroe. El neurótico quiere convertir en realidad con sus esfuerzos un ideal que se ha formado de su propia persona, la ficción del todopoderoso, del superior a todos, del enteramente libre, del héroe sin miedo y sin tacha. En los casos graves de neurosis toma su ficción al pie de la letra, está convencido de que sus ideales pueden realizarse. En casos menos crasos que estas formas de «delirio», el nervioso actúa «como si» su ideal pudiera hacerse realidad. En todo caso pierde de vista el verdadero sentido de su ficción, como de toda ficción: el de ser punto de apoyo y asidero en la orientación vital, sin pretensión de validez real. A esta meta vital e imagen directriz le corresponde una dirección de la vida, una línea directriz que discurre hacia la meta. Esta parte de un estado del alma del que ahora tenemos que ocuparnos más de cerca, a saber, del sentimiento de inferioridad.

El hombre entra en el mundo como niño: pequeño, débil, desvalido, ignorante, desorientado. Comparado con los adultos de su entorno, se encuentra en desventaja en todos los aspectos. Ya la mera circunstancia de ser pequeño en relación con la estatura y la fuerza de los adultos, el hecho de que la conducta infantil esté regulada por mandatos y prohibiciones, mientras que los adultos, vistos desde la perspectiva infantil, parecen poder obrar con libertad y a su antojo, basta para despertar en el niño un sentimiento de postergación, de hallarse en una posición vital peor. A ello se añaden debilidades y defectos heredados de determinados órganos, como la debilidad e inferioridad del estómago y del aparato intestinal, de los órganos de los sentidos, de las vías respiratorias, el raquitismo y otros. Estas debilidades congénitas imponen a la vida del niño una mayor necesidad de protección, la privación de placeres y libertades de que disponen los adultos y otros niños sanos. Si a esta desventaja natural se suma la desventaja, por así decir, artificial –mejor dicho, sociológica– de una educación autoritaria e incomprensiva, con órdenes, castigos, exigencias, amenazas y prohibiciones, y una situación económica desfavorable, se dan todas las condiciones para que surja en el niño una estimación completamente errónea de sus fuerzas. Empezando por su propio cuerpo en todos los aspectos, pasando por la relación con los padres y educadores, hasta llegar a su situación social general, el niño se siente «no a la altura». Se cree inepto, incapaz de hacer frente a las exigencias de la vida, inferior a los padres, a los hermanos, a todo su entorno. Y, como contrapartida, siente a los adultos, más aún, a todos los hombres, al mundo entero, como poderosos, fuertes, hostiles, amenazadores, superiores. De esta estimación de sí mismo y del mundo circundante, falsa porque exagera mucho los hechos, se desarrolla así en el niño un sentimiento de inferioridad más o menos claro.

En su primera obra («Studie über die Minderwertigkeit von Organen» [Estudio sobre la inferioridad de los órganos], véase el apéndice), Adler mostró que todo órgano inferior por naturaleza tiene en el terreno biológico la tendencia a compensar esa inferioridad, a compensarla mediante un rendimiento aumentado. El sistema nervioso central se encarga de llevar a cabo esa compensación cuando las condiciones naturales del órgano no bastan. Así vemos al tartamudo Demóstenes convertirse en el mayor orador de Grecia, al paralítico Estilicón en poderoso general, a Beethoven, enfermo del oído y más tarde sordo, en el músico más importante. La compensación tiene lugar en el terreno en que radica la inferioridad, y la capacidad, naturalmente débil, es espoleada a un rendimiento artificialmente aumentado.

Lo mismo ocurre ahora en el niño, solo que su sentimiento de inferioridad no se deriva, o no exclusivamente, de un defecto orgánico, sino que procede de toda su situación psíquica, de su debilidad, pequeñez, postergación, enfermedad. Del sentimiento de inferioridad resulta el afán de compensación. Pero el sentimiento de sí mismo, quebrantado, no se contenta con volver a equilibrar los platillos de la balanza de los valores, aparentemente desnivelados; aspira a una sobrecompensación. «Soy el más débil: quiero llegar a ser el más fuerte.» «Soy inferior a todos: así que quiero ser superior a todos.»

La percepción y el pensamiento del niño que se siente inferior se mueven en extremos simplificadores. Como el contraste más fuerte con su propia persona real, la que valora en lo más bajo, se crea una imagen directriz ideal. Por lo general es el padre u otra personalidad destacada en el horizonte infantil, un héroe del libro de cuentos o incluso Dios Nuestro Señor, cuyos rasgos se atribuyen a la imagen directriz. Esa imagen directriz es la quintaesencia de todo lo que el niño espera, desea y anhela de sí en el futuro. Para superar su sentimiento de inferioridad se crea la ficción de una superioridad futura que ha de elevarlo por encima de todos, y en adelante tiende con todas sus fuerzas hacia la meta de la superioridad. Ya en el niño empieza a formarse una línea directriz que lo lleva de la supuesta inferioridad a la superioridad deseada; y para poder seguir esa línea directriz en la realidad, para poder abrirse de su mano un camino a través del caos de la vida, el niño se crea su plan de vida. La meta a la que se ajusta ese plan de vida la reduce el niño a una fórmula sencilla, por estar a mano, que dice: «¡Quiero llegar a ser un hombre!». El modelo del padre, del hermano mayor, del maestro, del médico de la familia se vuelve determinante. La fijación en un modelo así tiene su fundamento en nuestra cultura, orientada unilateralmente hacia lo masculino, en la posición privilegiada del hombre tanto en la sociedad como en la familia. Sobre todo en las niñas, la pertenencia al propio sexo, congénita, se siente como una tacha y una falta de valor, a lo que contribuyen considerablemente expresiones como «¡si no eres más que una niña!», «¡ojalá hubieras nacido chico!». Pero también el niño varón se orienta por el ideal de llegar a ser un hombre completo, cabal, un gran hombre, sobre lo cual pueden ejercer a su vez una influencia reforzadora amenazas insensatas como «si no obedeces, te convertirás en una niña», etc. La inseguridad infantil, muy extendida, sobre el propio papel sexual, que la mayoría de los niños durante mucho tiempo no reconocen con claridad ni conciben y aceptan como inalterable, actúa como un acicate en el sentido del «hacerse hombre». Así, el par de contrarios masculino-femenino se convierte en un esquema cómodo para fijar en él el contraste entre la inferioridad sentida y el poder y la grandeza anhelados. Un esquema extremo semejante es el par de contrarios arriba-abajo. A medida que crece, el niño se vuelve más independiente de la gravedad, aprende a estar de pie y a andar erguido y se acerca así al «arriba» espacial de los adultos. En sentido figurado, todo lo malo y desagradable se equipara así a «femenino» y «abajo», todo lo deseado y bueno a «masculino» y «arriba»; una concepción en imágenes que parece admisible dentro de los límites de las facultades intelectuales del niño, pero que se vuelve peligrosa cuando, más allá de ellos, anida en el plan de vida como esquema aperceptivo y encaja también en lo sucesivo experiencias y vivencias en el lecho de Procusto de esta contraposición. Adler llama protesta masculina al afán de salir de la inferioridad hacia el poder (o, por lo menos, hacia la apariencia del poder). Esta protesta masculina la elevan tanto los niños como las niñas.

Para alcanzar con certeza la meta de la superioridad y asegurar debidamente contra los ataques de fuera el camino de la vida que lleva hasta ella, se prueban entonces, primero en la familia, toda una serie de modos de conducta que resultan eficaces, como la obstinación o la obediencia, la franqueza excesiva o la mentira burda, la acometida brusca o la condescendencia zalamera, y se forman todas aquellas disposiciones que pueden prestar servicios útiles en la línea hacia la anhelada meta de poder. Así se forma el carácter.

Se suele opinar que el carácter es algo innato, inalterable dentro de ciertos límites, que hay que aceptar como dado. Pero Adler, en el sentido de la palabra (de charasso, grabar), entiende por carácter la suma de las disposiciones, modos de conducta y capacidades que el niño desarrolla en sí con la vista puesta en su meta y para cubrir su plan de vida. Esa meta se llama: elevación de la personalidad, poder, dominio, superioridad, semejanza con Dios.

No hay, pues, ningún niño obstinado «por naturaleza», sino que el niño es obstinado porque ha probado (o cree saber) que así es como mejor tiene en vilo a los padres y al entorno, como se pone en el centro del interés, como obtiene bienes reales o, por lo menos, atención para su persona. Tampoco hay niños tímidos o «buenos» «por naturaleza», sino que los niños que así parecen han dado el rodeo por la bondad y la timidez porque creían alcanzar así mejor su meta que, por ejemplo, el hermano con su obstinación sin rodeos. La obstinación y la obediencia, como los dos rasgos de carácter predominantes en todos los niños, son especialmente adecuadas para señalar ya ahora lo que en la psicología individual se llama el cambio de forma de la protesta masculina. Quiere decir que los diversos modos de conducta humanos expresan en el fondo todos lo mismo, solo que con medios distintos. (Esto resulta muy plausible si se lo pone, por ejemplo, en paralelo con procesos biológicos: el ojo agudo del águila, las garras del león, la trompa del elefante y el aguijón de la avispa, ¡qué órganos tan distintos! Y, sin embargo, bajo formas múltiples son siempre medios para buscar alimento y para defenderse.) Todas las manifestaciones del alma humana y todos los rasgos de carácter sirven de órganos de aseguramiento de la vida que miran y construyen por adelantado. Y en una vida que, desde la perspectiva infantil del sentimiento de inferioridad, se concibe como una maquinaria permanente de violencia, se convierten en medios para elevar el sentimiento de la personalidad. El cambio de forma de la línea directriz aparece cada vez que un obstáculo se cruza en el camino. La protesta masculina, que en el niño se manifiesta en desenfreno, indocilidad, obstinación, se desvía (por miedo al ridículo, a la vergüenza, al castigo, por ejemplo) hacia el camino de menor riesgo, y prefiere ahora durante un tiempo –quizá para siempre– seguir persiguiendo su meta masculina con medios femeninos. Y mientras que en el adulto sano los diversos rasgos de carácter y modos de conducta se mantienen aproximadamente en equilibrio (lo que nuestro arrogante entendimiento llama entonces «término medio»), en los niños, y sobre todo en los niños enclenques, educados con especial severidad o especialmente mimados, se ven siempre algunos rasgos de carácter en su extremo; eso se debe a que todas las disposiciones y rasgos de carácter formados sirven para conjurar el sentimiento de inseguridad, que se creó su imagen del mundo en la contraposición masculino-femenino, arriba-abajo. Así, el mundo entero queda encajonado en un o lo uno o lo otro, en un todo o nada, y vemos que los niños con un plan de vida formado de este modo exhiben siempre rasgos extremos: son o completamente obstinados o completamente dóciles, escrupulosamente limpios o desordenados con ostentación, extraordinariamente aplicados o llamativamente perezosos, de la mayor ambición o de una indolencia singular, y según convenga se prefieren también alternativamente ambos modos de conducta. Como la obstinación o la obediencia, el desenfreno o la mansedumbre, también el propio defecto orgánico es solo un medio para llegar a la meta de superioridad. La inferioridad corporal realmente existente de uno u otro órgano, una vez reconocida, el niño la retiene tendenciosamente, aunque haya de pagarlo con dolores o renuncias, para poder blandir la enfermedad como un cetro sobre la casa y la familia, para poder convertirse, en virtud de la enfermedad, en el centro. (Así se explica la persistencia de estados corporales infantiles, también de defectos infantiles3 no peligrosos, aunque molestos, como chuparse el dedo o mojar la cama, incluso en niños ya mayores.)

Así pues, según la situación en la familia y en el entorno más próximo, la protesta masculina se crea la forma que le es adecuada, prefiriendo cualidades marcadamente agresivas o marcadamente sumisas. No siempre es fácil distinguir, bajo el múltiple cambio de forma, el punto desde el cual se puede curar todo. Pues la formación de estos rasgos de carácter se lleva a cabo, es cierto, con la vista puesta en la misma meta de dominio y superioridad, pero hay para ello dos caminos: 1. hacerse uno mismo superior a todos, elevarse por encima de todos. Y 2. hacer a todos los demás inferiores a uno, desvalorizarlos. Un ejemplo de esta tendencia a la desvalorización lo ofrecen los niños modelo, cuya ejemplaridad y santurronería delatan, de forma más o menos clara, el ardiente deseo de poder tener en menos a todos los demás y ponerse a sí mismos en lo más alto, y que además están condicionadas por las tentadoras ventajas reales de una recompensa, un elogio y una posición privilegiada entre los compañeros de escuela y los hermanos. Siempre se manifiesta en ello una profunda inseguridad que se esfuerza por llegar a la seguridad, un sentimiento de inferioridad arraigado que empuja a la compensación, un carácter neurótico en camino hacia la meta de la superioridad.

Hemos partido de la dirección vital y de la meta vital de los neuróticos, de las personas nerviosas, enfermas de los nervios, y hemos conocido como su imagen directriz la ficción de la superioridad y como su dirección vital la protesta masculina surgida de un sentimiento de inferioridad.

El origen del sentimiento de inferioridad, la formación del plan de vida y de sus salvaguardias, la más predominante de las cuales es el carácter –«para no errar el camino hacia la cumbre, para hacer perfecto el aseguramiento, el nervioso traza en los vastos y caóticos campos de su alma, en forma de rasgos de carácter, líneas directrices de acción constante para su querer, su obrar y su pensar», dice Adler (Der nervöse Charakter [El carácter nervioso], pág. 55)–, ha ocupado mucho espacio, pero no se piense que con ello nos hemos apartado del tema. Partimos del propósito de comprender al nervioso y hemos pasado la mayor parte del tiempo en el cuarto de los niños. Lo característico del plan de vida y del modo de vivir del neurótico es que en la vida, en realidad, no hace más que lo que hacía en el cuarto de los niños, que vive «como si» todavía fuera un niño, enclenque e inferior, y «como si» el mundo entero le fuera hostil y superior. Y la propia neurosis, la enfermedad de la que partió la psicología individual, resulta ser una pieza del plan de vida del nervioso: la neurosis no es una enfermedad, sino un modo de vivir.

El niño trajo a la vida un sentimiento de inferioridad e inseguridad adquirido por debilidad orgánica, un medio desfavorable o una educación equivocada; como compensación, se formó una meta ideal que trató de imponer preparando disposiciones, empleando artificios que cambian de forma y formando determinados rasgos de carácter típicos. Ahora el niño así dispuesto sale de la familia a la vida. Ese es el escenario donde han de librarse las batallas, el teatro donde ha de representarse el papel de héroe. Pero resulta que la vida no necesita estrellas, sino buenos actores de conjunto. Todo el plan de vida, sin embargo, está cortado a la medida del heroísmo, y el futuro neurótico siente como una ofensa personal que para ello no haya sitio en la vida. Los obstáculos que se interponen en el camino de su exigencia ideal, contraria a la vida, son capaces de desalentarlo cada vez más, pues desde la perspectiva infantil se había imaginado la vida como el escenario de triunfos constantes. Y como su agresión choca ahora con una resistencia, se retrae como la florecilla no-me-toques y se convierte en su contrario: en una cautela excesiva y en falta de valor.

Para prevenir un nuevo menoscabo de su sentimiento de la personalidad, el nervioso se esfuerza en adelante por esquivar toda decisión, por eliminar toda crítica sobre su persona. No querrá someterse a ninguna prueba de sus fuerzas, de la índole que sea; ante la elección de profesión, el matrimonio, un examen, la integración en la sociedad, retrocederá asustado. No hay que entenderlo como si todo nervioso, predispuesto desde el cuarto de los niños a la hipersensibilidad por una parte y a la soberbia por otra, se lanzara a la vida con ímpetu, recibiera un golpe en la cabeza y entonces se volviera listo y sensato. Sino que, según la peculiaridad individual y las circunstancias, en el nervioso, como en el niño, predominan los rasgos de carácter agresivos o los cautelosos, y se manifiestan, según la situación, ora más acentuados unos, ora otros. Un extremo, en el que solo destacan ya rasgos agresivos, se caracteriza especialmente en el caso de la manía; el otro extremo, en el que reinan solos los rasgos de cautela y falta de valor, halla su efecto más fuerte en la melancolía y la depresión. Entre ambos se mueve la gran multitud, multiforme, de los neuróticos, en cada uno de los cuales percibimos, sin embargo, dos cualidades sobresalientes, aunque mezcladas en proporciones distintas: una ambición llamativa, que es la protesta masculina, la cual trata de imponerse con medios masculinos y femeninos, directa o indirectamente, y una cautela igualmente llamativa, que aparece como medio de aseguramiento, ha de prevenir el peligro en los puntos decisivos, y con vacilaciones, dudas, titubeos y toda clase de pretextos esquiva toda decisión. Esta tendencia a la seguridad se sirve de la memoria, que tendenciosamente solo ha retenido las vivencias apropiadas para confirmar el plan de vida, para legitimar la vacilación, la infravaloración y la sobrevaloración de sí mismo. A los recuerdos de la infancia, falseados tendenciosamente en este sentido, se suman las experiencias, reunidas siempre de nuevo. Parecen confirmar lo que el neurótico ya cree saber y quiere saber siempre de nuevo: que siempre tiene mala suerte, desgracias, que todo el mundo le quiere mal, que nadie le cree capaz de nada ni le es fiel. Estas experiencias las tiene efectivamente todo neurótico, y parecen darle la razón a su pesimismo vital. Pero él «tiene» precisamente las experiencias, es decir, las fabrica, arregla las situaciones y su papel en ellas según lo que exige su plan de vida, escenifica disputas y conflictos, provoca la ruptura sin ser, sin embargo, manifiestamente culpable; en suma, sabe procurarse todas aquellas experiencias que luego se entregan a la memoria como un memento admonitorio y se vuelven a sacar en la próxima ocasión de actuar, para justificar una nueva evasiva.

Así vemos, junto a las diversas formas de la protesta masculina, como el afán de dominio, la ambición, el ansia de saber, la tiranía, la cólera, etc., otras tantas formas del aseguramiento: cautela, temerosidad, vacilación, manía de dudar y de cavilar, escrupulosidad excesiva, y, por otra parte, también un interés ardiente por muchas cosas, de modo que para ninguna queda verdaderamente tiempo y uno no necesita concentrarse, con lo que quizá saldría a la luz la propia insuficiencia. El nervioso, en efecto, cree tener puestos sobre sí los ojos del mundo entero, piensa que todos esperan de él una hazaña y acechan a la vez una derrota que él teme más que a la muerte; así, todo medio le es bienvenido para esquivar una tarea o una decisión; aprovecha cualquier pretexto para aplazar algo, para demorarlo, para esquivar una acción mediante objeciones y dudas, mediante una crítica –paradójicamente dicho– acrítica (por desmedida); y en lugar de hacer frente con valor al adversario supuesto o también real, la vida, de arriesgarse a una prueba de sus fuerzas, que siempre infravalora o sobrevalora, prefiere trasladar su actividad a un escenario de guerra secundario, antepone la «ocupación» al trabajo, el círculo familiar al mundo, y es en todos los sentidos un derrochador de tiempo. Así, la imagen del carácter del nervioso aparece como una extraña mezcla de rasgos provocadores y temerosos, una combinación de temeridad y retraimiento; el ánimo oscila entre el entusiasmo más radiante y el abatimiento más sombrío, y en el juicio sobre la propia persona y sobre las demás reina o un optimismo sin límites o el pesimismo más negro, a menudo también ambos alternativamente. Estos rasgos aparentemente contradictorios se vuelven comprensibles si se los refiere al doble papel que el nervioso desempeña en la vida: representa alternativamente su yo «real», es decir, al hombre al que infravalora como inferior, débil y miserable, y al héroe que se ha erigido como ideal y modelo, al que dota de todas las excelencias propias de tal y en el que se sobrevalora enormemente a sí mismo y a las posibilidades de su futuro. También la estimación de los demás hombres da testimonio de una profunda inseguridad interior y es tan ambivalente, tan ambigua, como la de la propia persona; la tendencia a la desvalorización, con la compulsión a condenarlo todo, a ponerle reparos a todo y a criticarlo todo, brota del exagerado sentimiento de sí mismo en el que el futuro héroe se eleva por encima de todos sus semejantes; y la inclinación a adorarlo todo, a venerar por doquier a seres superiores y grandes, brota del sentimiento de inferioridad, que en la grandeza querida de la pareja se pone ante los ojos su propia pequeñez. En esta elevación de otras personas interviene todavía otro factor, a saber, la intención inconsciente de elevarse a sí mismo con el amigo, con la amada. Si uno mismo no puede ser un héroe, quiere al menos tener héroes por amigos y, por eso, con un hábil quid pro quo, convierte a los amigos en héroes. ¡Pero ay si se salen del papel que se les ha atribuido! Entonces son derribados de su trono y junto a su caída se coloca un letrero de advertencia: ¡No te fíes de nadie, todo es pura apariencia! Y el nervioso sufrirá un desengaño con cada persona, aun con la más excelente y la más fiel, porque se acerca a cada una con expectativas y exigencias desmesuradas. Ni la vida ni los hombres son capaces de cumplir tales condiciones. Y así, la mala suerte del neurótico, los desengaños y fracasos que vive con las personas, su pobreza de relaciones y su abandono, que quisiera atribuir a la falta de conocimiento del hombre y del mundo, no son por lo general más que un arreglo, ensamblado con hechos precarios, al servicio de su plan de vida. Más aún, esta misma falta de conocimiento del hombre [es] a su vez un arreglo para proporcionar la legitimación de sus errores vitales cuando no puede justificarlos por falta de instrucción o de entendimiento.

En todo caso, el nervioso, bajo la coacción de prejuicios esquematizadores formados en la infancia, se engaña sobre la constitución real de su entorno. Todos los juicios equivocados, emitidos por lo demás casi siempre de la mejor fe, tienen la finalidad oculta de justificar las salvaguardias del nervioso frente a la vida, su vacilación, su falta de valor y su incapacidad. Con ello no puede dejar de ocurrir que el propio nervioso sufra por la distancia respecto de la vida creada voluntariamente, y que por su falta de valor y de resolución, que según la conocida manera extremista siente como una cobardía despreciable, se colme de reproches. Estos reproches a sí mismo, a solas en su cuartito, lo empujan una y otra vez al desaliento. Las autoacusaciones ante oyentes, en cambio, no son por lo general más que invitaciones disimuladas a una contradicción que las atenúe; uno dice de sí mismo lo peor de lo peor, ¡para que luego los demás no puedan decir más que cosas mejores! Los reproches que el nervioso se hace a sí mismo nunca van en serio. Pues el nervioso no quiere asumir ninguna responsabilidad. Siempre la descarga en otros, en otras cosas. «Si no… me hubieran tratado así o asá el padre, la madre, el maestro, el superior, si yo no fuera miope, ni débil, ni pobre, si no fuera mujer…»: ¡sí, si…! Mediante estas condiciones, a las que se somete el pasado, que ya no se puede deshacer, el nervioso se libra de responsabilidad y de culpa, y gana, se agencia con astucia, en lugar del perdido laurel del héroe, al menos la corona del mártir.

Por analogía con los conceptos que adquirió en la infancia, el neurótico ve así el mundo y a los hombres con una figura deformada. Pero el mundo y los hombres no son ni tan paradisíacos ni tan espantosos como se los imagina el nervioso, que en realidad nunca llega a desprenderse del todo de los restos del cascarón. Es cierto que la vida ofrece suficientes tareas y dificultades, no insuperables, pero sí inevitables, que exigen ser resueltas y dominadas, o por lo menos abordadas con valor. Aquí es donde el nervioso flaquea: es un remolón, un mal compañero de juego, al que el papel de simple miembro del conjunto le parece una humillación de su sentimiento de la personalidad, y que por eso prefiere no salir en absoluto de entre bastidores o, al oír su pie, desaparecer a toda prisa del escenario.

La cautela exagerada, la temerosidad o la pedantería excesivas, la manía de dudar y de criticarlo todo, el desgarrarse a sí mismo y la desvalorización de los demás ya se han mencionado como distintas variantes de esta táctica evasiva. Otro medio excelente de escapatoria es ahora la propia enfermedad neurótica. La neurosis no es otra cosa que una de las muchas salvaguardias que el nervioso necesita para llevar a cabo su plan de vida. No es, como nunca se insistirá bastante, en el sentido de la psicología individual una enfermedad aguda, sino un modo de vivir crónico, y solo ciertos síntomas (como el insomnio, las palpitaciones, las parálisis, los trastornos del habla, los temblores, la impotencia sexual o representaciones obsesivas de diversa índole) se manifiestan solo en determinados momentos, aparentemente de repente. La aparición de la enfermedad, o más bien de los síntomas morbosos mencionados (pues nunca un hombre hasta entonces completamente sano es atacado por ellos de repente), coincide infaliblemente con la época de la vida en que hay que tomar alguna decisión importante o en que alguna no ha salido como se deseaba. En este caso, la enfermedad sirve de recuerdo del fracaso, al que la memoria la liga indisolublemente con el fin de advertir en lo sucesivo. «Aquella vez, cuando me casé, cuando hice el examen y tuve tan mala suerte, también me puse enfermo…» Para el nervioso, «decisión» significa siempre «posible derrota inminente», y «derrota» significa pérdida de su sentimiento de la personalidad, de su amor propio, que teme más que nada en el mundo. Para no encontrarse con ella, huye, pues, a la enfermedad.

Hay todavía otros refugios para el desertor de la vida: la perversión, el delito, el suicidio. (¿Quién querría dudar de que la mayoría de los suicidas sienten aún el triunfo de la venganza que desean tomar con su muerte sobre los supuestos culpables, los responsables de su destino?) Parece paradójico que los hombres se causen sufrimientos para ahorrarse sufrimientos. Pero este error lógico le resulta opaco al nervioso. Y aunque lo descubriera, «está ya demasiado preso en las mallas de su ficción».

También el sano4 tiene una ficción semejante, la de «llegar a ser algo», la de «aspirar a ideales», etc. Pero es consciente de que esos ideales nunca puede tomarlos al pie de la letra, sino siempre solo como imágenes; cuenta con la realidad, acepta compromisos, no se impone a sí mismo ni al mundo exigencias imposibles de cumplir, y no siente los obstáculos inevitables como mala suerte personal ni las eventuales derrotas como un ridículo personal. No así el neurótico. Toma sus metas al pie de la letra y los obstáculos de su camino como algo personal. Ningún medio es demasiado malo, ninguno tampoco demasiado penoso y doloroso como para no poder emplearse en el camino hacia esa meta ficticia, hacia el ideal de la personalidad. En esta estrecha limitación de su campo visual, siempre estorbado por los anteojos de sus prejuicios esquemáticos, el nervioso pierde así poco a poco de vista la realidad. Ya no le importa en ninguna parte la cosa, siempre solo la persona, cuya protección contra el menoscabo se convierte en su tarea principal en la vida. Así pierde poco a poco toda naturalidad, se acerca a los hombres y a los acontecimientos solo con la abrazadera bien ajustada de su esquema calculado de antemano, impulsado por su afán de poder, que lo invade todo, vive con ello desengaño tras desengaño y acaba convirtiéndose en un misántropo apartado del mundo o en un querellante insoportable. Y la enfermedad no es más que un último indicio de lo lejos que se ha alejado del mundo. El grado más fuerte de las enfermedades nerviosas (que ya no se registran como tales, como neurosis, sino ya como enfermedades mentales, psicosis), la locura, ofrece también la imagen más clara de ello: el loco está tan completamente enajenado del mundo que ya no entiende en absoluto lo que ocurre en él, y ya no posee ninguna posibilidad de recibir comunicaciones de ese mundo. Los grados menos fuertes de la enfermedad, como precisamente las neurosis, tienen todavía, es cierto, una cierta relación con la realidad; los neuróticos poseen todavía una determinada capacidad lógica (que no es, como quiere el prejuicio científico, una facultad abstracta del entendimiento, sino la función de un órgano de orientación, nuestra psique), pero esa capacidad lógica está siempre ya estorbada por el enredo de la ficción neurótica.

La raya entre sanos y enfermos no puede, pues, trazarse con rigor. La obligación de estar sano, en el sentido de una lógica de la vida de validez general, existe para todos, igual que la ocasión de enfermar. Todo el mundo fue niño alguna vez; y aun el niño que nació y creció sin ningún defecto orgánico, social ni educativo, aun esta excepción, la más favorecida, puede siempre encontrar en la distancia natural entre «pequeño» y «grande», «débil» y «fuerte», «limitado» y «libre», «ser individual» y «colectividad» motivo para una falsa estimación de sí mismo y para la adquisición de un sentimiento de inferioridad. Motivo suficiente. Pero ninguna coacción. Hay una disposición a la neurosis; una obligación de neurosis no la hay. Omnia ex opinione suspensa sunt: todo depende de la actitud. Con sus condiciones orgánicas y sociales, cada cual puede lograr algo distinto. No tiene por qué adquirir forzosamente, a partir de la distancia entre el niño y el mundo circundante, un sentimiento de inseguridad y de inferioridad. Puede también –y entonces es precisamente «sano»– configurar la relación entre sí mismo y sus semejantes como una relación productiva y en modo alguno hostil. El factor de cuya presencia más fuerte o más débil depende que se forme un carácter nervioso y, como consecuencia de él, una enfermedad nerviosa es el sentimiento de comunidad.

El hombre es un animal gregario, zoon politikon. El lenguaje, el entendimiento, el espíritu, el trabajo, la economía, la cultura, el amor, la reproducción están todos ligados en sus condiciones de existencia a la comunidad y solo prosperan en la comunidad y con ella. Por eso es también innato en el hombre un instinto de comunidad, de adaptación a sus semejantes (un «instinto gregario», W. Trotter, «instincts of the herd in peace and war», Londres, 19165). El hombre lleno de sentimiento de comunidad –en la civilización actual, por cierto, una rareza, cuyas razones habrá que dejar para otro libro– vive su vida con ánimo desenvuelto, ni abatido ni altanero, haciendo valer su derecho a la vida sin mermar el de sus semejantes. Se acerca al mundo con la pregunta: «¿qué tengo yo que dar?», mientras que el neurótico pregunta siempre: «¿qué tengo yo que recibir?». El hombre de comunidad deja a cada uno lo suyo sin perderse por ello a sí mismo, es servicial y activo, aunque no sea fanático del «sacrificio en sí» (un ardid neurótico muy socorrido). El neurótico quiere acaparar constantemente a todo el mundo para sí sin obligarse a ninguna contrapartida, y al final, enfermando, se concede al menos en el círculo pequeño la posición privilegiada que el gran círculo de la vida le ha negado. Pero, a pesar de esta contraposición, hay que tener presente que el sano y el enfermo no son más que casos límite ideales. No hay sano que no deje ver en algún sitio, de algún modo, su parte de «voluntad de poder», ni neurótico al que no se pueda asir todavía, en algún rincón de su yo, por el sentimiento de comunidad que nos une a todos.

Y ese es el punto al que se vincula la terapia individualpsicológica y en el que pone sus esperanzas. Al enfermo, que, como hemos oído, según la concepción de la psicología individual no es más que alguien que vive equivocadamente, el tratamiento le desenmascara todo su plan de vida, construido de forma errónea, y se lo hace consciente. (Pues la formulación y la ejecución del plan de vida neurótico se realizan por lo general en lo inconsciente. Aspiraciones asociales, ávidas de poder y eminentemente egoístas, como las que se encuentran en el camino hacia la ficción directriz del neurótico, no podrían imponerse a la vista de la conciencia. El sentimiento de comunidad protestaría contra esa violación del mundo por el pensamiento y por la acción, y con ello el plan de vida parecería amenazado. Se produce, pues, una represión, y lo inconsciente se encarga de cubrir los movimientos secretos de las tropas. En la concepción de la psicología individual, que un proceso psíquico se vuelva inconsciente no es un cambio de cualidad, sino una función de mimetismo.)

En el tratamiento se le levanta claramente al enfermo el edificio de su plan de vida con las piezas que se encuentran en la conciencia y con las que se sacan de lo inconsciente. Se le demuestra que toda su vida está orientada hacia una meta directriz ficticia y que la línea directriz que conduce a ella parte de un sentimiento de inferioridad adquirido en la infancia sobre presupuestos falsos. Se le hace notar al enfermo que la perspectiva infantil violenta la vida presente del adulto –en su propio perjuicio– con analogías y esquematizaciones falsas, y que los recuerdos y experiencias existentes que se refieren a ella no son fiables ni determinantes, porque se han formado y retenido tendenciosamente. Se le muestra al enfermo cómo sus representaciones de la vida, unas veces como el lugar para el cumplimiento de sueños fantásticos y otras como un asunto peligroso y hostil, construidas sobre presupuestos falsos, no corresponden a los hechos de la vida. Se le remite a su tarea, que es esta: ser un buen compañero de juego, resolver con objetividad, pero con tolerancia, las cuestiones generales de su vida y hacer a cada semejante la justicia que reclama para sí mismo. En el tratamiento, el psicólogo individual tropieza siempre con una resistencia del paciente. Se revela fácilmente como una pieza de la tendencia neurótica general a la desvalorización, que apunta la cura lograda como un triunfo del médico y como una derrota propia y, por eso, la frustra. El neurótico, en efecto, ve en el médico, como en todo hombre, ante todo un adversario con el que ha de medirse. Su comportamiento es, por consiguiente, el mismo que exhibe ante todos los hombres. El médico tiene así la posibilidad de leer, como en un termómetro, en el estado de la relación entre el paciente y él mismo, la capacidad de relación y la posibilidad de adaptación que faltan o que –en el curso del tratamiento– despiertan lentamente, el sentimiento de comunidad más débil o que se va haciendo más fuerte (en sus formas de expresión: tolerancia en el trato, sociabilidad, interés también por otras cosas que la propia persona, tolerancia y alegría); y la relación con el médico, al principio en forma de una lucha violenta del enfermo por su sentimiento de sí mismo y más tarde con una figura más suave y más solidaria, ha de ser para el tratado una escuela de las relaciones humanas en general. Medios del tratamiento, de la penetración en las regiones oscurecidas de lo preconsciente y lo inconsciente, son el dejar correr las series libres de representaciones (véase el capítulo 1, pág. 12) y la interpretación de los sueños, y además una comprensión del médico, apoyada en el conocimiento general de los hombres y de las neurosis, del comportamiento, la manera de hablar, la actitud exterior, etc., del paciente.

En la concepción de Adler, el sueño es un reflejo o una huella de tentativas previas con las que el soñante se atreve con los problemas más inmediatos. En el sueño se toma posición ante el futuro inmediato, se infunde valor o también se disuade, se anticipa una situación para desvalorizarse en ella a sí mismo y a los demás, según convenga. Y todo esto se desarrolla en un lenguaje y unas imágenes a menudo del todo incomprensibles. La deformación onírica se debe a que la conciencia no dejaba pasar sin deformar pensamientos demasiado manifiestamente ávidos de poder, brutalmente egoístas. El sueño es, pues, una confrontación con el futuro inmediato hecha incomprensible, un intento de solución con ayuda de una imagen del recuerdo de la infancia, en la que aparentemente «ya fue así una vez». En el lenguaje simbólico simplificador del sueño se aplica –significativamente– el esquema aperceptivo infantil «masculino-femenino», «arriba-abajo». De ahí el tinte sexual de tantos sueños. En opinión de Adler, en efecto, lo sexual se utiliza, no solo en el sueño, sino también en la vida despierta, predominantemente como imagen, por ejemplo para llevar a cabo salvaguardias frente al amor y el matrimonio y sus consecuencias, declarándose uno sometido al «destino» de una potencia sexual demasiado grande o demasiado escasa, de la homosexualidad, la poligamia, la frigidez, la perversión. (En el capítulo tercero, más sobre ello.)

Después de que el psicólogo individual ha mostrado al enfermo el mecanismo de su línea directriz, que conduce del sentimiento de inferioridad al poder, y la significación de la enfermedad como una más entre otras salvaguardias de esa línea directriz, intenta fortalecer su sentimiento de comunidad y devolverlo a la vida con fuerzas acrecentadas y pretensiones disminuidas. En el tratamiento, fiel a las constataciones teóricas, la enfermedad no se aísla nunca, sino que se aprehende en el contexto de toda la personalidad –¡de ahí el nombre de psicología individual!–; no se hace desaparecer síntomas, sino que se modifica una dirección de la vida. Se pone al hombre por encima del paciente, no al paciente por encima del hombre, y se hace de la curación, no solo una posibilidad individual, sino un deber de solidaridad humana, la meta de la acción terapéutica.

La incompletitud señalada al final del primer capítulo no puede dejar de mencionarse tampoco respecto al contenido del segundo capítulo. Solo que aquí y allí es de distinta clase. El edificio doctrinal de Freud está tan finamente articulado y tan ramificado que en una primera introducción sumaria se podían y se debían pasar por alto algunos puntos de la teoría, en la medida en que no fueran de importancia fundamental. La teoría de Adler es relativamente sencilla, y todos sus componentes se han tenido en cuenta en el capítulo dedicado a ella. Pero esta teoría solo cobra vida y pierde su carácter un tanto generalizador cuando se aportan, en una gran cantidad de casos prácticos, ejemplos del múltiple cambio de forma de la protesta masculina, de las posibilidades de una compensación lograda o fallida, etc. Para suplir esto, remitimos de nuevo al lector a la bibliografía (véase el apéndice).

Comparación y crítica

Para mayor claridad, resumamos una vez más brevemente lo expuesto en los dos capítulos precedentes. Se trataba de la teoría y la práctica de las nuevas doctrinas psicoterapéuticas y psicológicas, el psicoanálisis y la psicología individual. Freud y Adler llegaron ambos a nuevos conocimientos a partir de su práctica de médicos de enfermedades nerviosas, los formularon en una teoría científica y, desde la teoría, encontraron a su vez el camino de vuelta a la práctica. Freud partió de la medicina académica tradicional, de la que, sin embargo, se apartó ya por su relación con la doctrina francesa de la hipnosis. Desde la hipnosis llegó a su nuevo método, el catártico, al pasar a curar enfermedades nerviosas sin hipnosis mediante la interpretación de los sueños y de las ocurrencias que surgen libremente. Descubrió así que el contenido de lo inconsciente es eminentemente sexual o libidinoso, e investigó la verdadera naturaleza de las pulsiones inconscientes al indagar la sexualidad infantil, sobre la que levantó su teoría de la libido. Obligado a ello por el fenómeno de la represión, elaboró su doctrina del conflicto entre el principio de placer y el principio de realidad, principios ambos que halló manifestados en la libido y en las pulsiones del yo. Como resultado de un compromiso entre estas dos pulsiones se le presentaron entonces los síntomas neuróticos. Estos son para la vigilia lo que el sueño es para el dormir: satisfacción sustitutiva de deseos frustrados. Para restablecer el equilibrio psíquico perturbado por la represión, el médico deshace mediante el análisis esa represión, hace consciente lo inconsciente, elimina luego la resistencia y, finalmente, tras disolver la transferencia, devuelve al curado a sus tareas vitales. –

Adler, con su modo de consideración causal-final, descubrió, a la luz de la interpretación de los sueños y del análisis de las ocurrencias que surgen libremente, la voluntad de poder como fuerza motriz de la neurosis. La meta de la superioridad es la ficción directriz del nervioso, y a ella conduce una línea directriz que, partiendo de un sentimiento de inferioridad provocado en la primera infancia por la inferioridad orgánica, el medio y la educación, empuja por vía compensatoria a la elevación del sentimiento de la personalidad. Para imponer esta meta se forma un plan de vida en el que se insertan como salvaguardias todos los recuerdos y experiencias tendenciosamente coloreados, bajo la etiqueta de masculino-femenino, arriba-abajo. Las disposiciones y modos de conducta probados se reúnen en el carácter nervioso, el cual, compuesto de rasgos aparentemente contradictorios, lleva a cabo una múltiple transformación de formas de la ficción directriz y de la protesta masculina que aspira a ella. Un medio de aseguramiento y de huida neurótica de la vida es también la enfermedad misma. Que llegue a producirse depende de la fuerza del sentimiento de comunidad. En la cura se descubre el plan de vida inconsciente, se afloja la resistencia, se despoja de su aureola a las falsas ficciones, como el sentimiento de inferioridad, la meta de poder, etc. La relación del individuo con la vida se restablece mediante el desmontaje del afán de poder y el fortalecimiento del sentimiento de comunidad.

El punto central de ambas doctrinas puede resumirse en dos consignas. Freud enseña: todo procede de lo sexual. Adler enseña: todo procede de la voluntad de poder. O más bien: todo tiende a la superioridad. En Freud es la pregunta por el «de dónde»; en Adler, por el «adónde». Freud tiene una orientación causal; Adler, final. No hay que desconocer, desde luego, que también en Freud desempeña un papel un momento final, la aspiración al placer. Pero queda en segundo plano tras el momento causal. Freud se vuelve preferentemente hacia el punto de partida de los fenómenos psíquicos; Adler, hacia su punto de llegada.

Lo primero que llama la atención como común a ambas doctrinas es la comprobación de que los fenómenos y enfermedades nerviosos no tienen una causa corporal —o no solo corporal—, sino que están condicionados psicógenamente. De ahí se deriva la importancia de lo inconsciente como receptáculo de las causas psíquicas. En lo inconsciente se encuentran en el análisis, sobre todo, vivencias infantiles olvidadas o reprimidas, que ambos investigadores conciben como determinantes del curso de los sucesos psíquicos y a las que reconocen gran importancia. Medio del análisis es la interpretación de los actos fallidos, de las ocurrencias que surgen libremente y de los sueños, que son como los diccionarios en los que se puede consultar lo que sucede en lo inconsciente.

Freud y Adler no llegaron por separado, cada uno por su cuenta, a resultados que, aunque diferentes en su actitud de principio y también en sus efectos, están sin embargo, en comparación con el resto de la psicología y la psiquiatría, en estrecha relación mutua. Adler fue, por el contrario, durante un tiempo colaborador de Freud en el círculo psicoanalítico. Poco a poco se revelaron a su conocimiento contradicciones, insuficiencias e incongruencias en el edificio doctrinal freudiano; de la discusión sobre ellas surgió para él una concepción completamente nueva de los fenómenos psíquicos, y obtuvo ideas que, una vez separado del círculo psicoanalítico por diferencias científicas demasiado grandes, reunió en su psicología individual. La psicología individual fue, pues, en un principio una corrección del psicoanálisis, pero luego se desarrolló hasta convertirse en una teoría independiente que, apoyada en otro fundamento de concepción del mundo, llegó a resultados de investigación completamente nuevos y los aprovechó en una práctica distinta de la psicoanalítica.

Para llegar a una comprensión clara de la diferencia entre ambas doctrinas, parece lo mejor recorrer de nuevo con Adler el camino que lo sacó del psicoanálisis. El mejor punto de enlace lo ofrece ahí el núcleo de la doctrina psicoanalítica: la apreciación y concepción de los procesos sexuales. Freud, como ya se ha dicho, apoyó su teoría de las neurosis en el descubrimiento de la sexualidad infantil. Todos los deseos sexuales, enseña, que ya existían en la infancia pero no pudieron llegar a satisfacerse siguen actuando en la vida del adulto. Pero como tampoco aquí encuentran cumplimiento, son reprimidos en lo inconsciente y desde allí se manifiestan en síntomas, en enfermedades nerviosas. La libido, el hambre sexual, es la fuerza motriz de la vida psíquica.

Sin rechazar sin más como «inexistentes», con la indignación incomprensiva de los médicos y pedagogos de gremio, los nuevos y sensacionales descubrimientos sobre la vida psíquica infantil, Adler sacó, no obstante, de las comprobaciones de Freud otras conclusiones, les dio otro sentido. Se preguntó: ¿Es auténtico lo que los niños, y aun en general las personas nerviosas, muestran de sexualidad? ¿Brota realmente de una pulsión? ¿Con qué se podría medir entonces la fuerza de esa pulsión, apreciar correctamente su fuerza y su índole en distintas personas? La teoría freudiana de la sexualidad se basa en el supuesto de una constitución sexual innata. Adler le replica que la «constitución sexual» es modificable en grandísima medida bajo la influencia de otros poderes, que puede aumentarse o disminuirse según convenga. Puesto que, según la doctrina de Adler, formulada precisamente entonces, todos los rasgos de carácter, acciones y actitudes se orientan por el modelo directriz de la superioridad, tampoco la sexualidad, su modo y su intensidad de expresión, serán una excepción, sino que estarán igualmente subordinados a la primacía de la voluntad de poder. Como el niño fija ya todas o la mayoría de sus vivencias en una imagen sexual —«masculino-femenino»—, parece obvio que los niños con sentimientos de inferioridad se ocupen muy pronto de las cuestiones de la vida sexual y, por este énfasis de la atención, provoquen o al menos favorezcan una precocidad sexual. En analogía con la coloración sexual de tantísimos fenómenos naturales y culturales, el niño y futuro neurótico elige de preferencia la sexualidad como esfera de expresión de la protesta masculina y la maneja como una de sus salvaguardias más excelentes. Los puntos centrales de la teoría sexual freudiana, el complejo de Edipo y las fantasías incestuosas, aparecen así bajo una luz nueva: el niño, desde la posición de su debilidad, ha intentado apegar especialmente a sí a los padres, como las personas más a su alcance, ponerlos a su servicio, ejercer tiranía sobre ellos. Por eso tiene celos del padre, que parece disputarle la posesión de la madre (y a la inversa en las niñas). Su posterior incapacidad para desprenderse de la madre y llegar a una actividad sexual normal se revela como un apocamiento desmesurado ante la vida que, nacido de un sentimiento de inferioridad excesivo, busca apoyo y protección en la madre contra el mundo aparentemente hostil, también mucho más allá de la infancia. Ya en la casa paterna se impone a menudo al niño la idea de que la relación entre hombre y mujer es predominantemente una relación de lucha. Toda actividad sexual anormal, como el onanismo, la homosexualidad, las perversiones de todo tipo, no está, pues, condicionada constitucionalmente, sino que se explica como una huida ante la vida: en las muchachas, como una huida de su papel femenino, en el que ven una humillación; en los muchachos, como una huida de la mujer, ante la que temen ser inferiores. (Para entender bien este miedo, tan antinatural, a la pareja sexual natural, téngase presente que la muchacha recibe de la educación, las costumbres y la civilización una idea exagerada del valor de la castidad, de las dificultades y sufrimientos del matrimonio, del parto, de la lactancia, etc.; el muchacho, en cambio, al iniciar una primera relación sexual cae en la mayoría de los casos realmente en manos de una mujer mayor, más experimentada, «superior», a cuya imagen se forma, por pensamiento analógico, la idea de una compañera sexual superior y peligrosa en todos los casos.)

En todo caso, es siempre el planteamiento «¿inferior?», «¿superior?» el que influye en el neurótico en la decisión también en las cosas sexuales. En el nervioso, todo lo sexual no es más que un símil. El modo de vida sexual —exactamente igual que la conducta agresiva, impetuosa o bien tímida, cautelosa en otras cuestiones de la vida— no es más que un indicio de cómo la persona en cuestión construye su plan de vida y se esfuerza por asegurarlo.

En el ambicioso y en el apocado se obtuvieron en el análisis tan solo dos variantes distintas del mismo carácter nervioso. Trasladados al terreno sexual, a estos tipos les corresponden el don Juan y el misógino: el don Juan, que quiere documentar su poder tomando posesión de cuantas más mujeres mejor, y el misógino y asceta, que esquiva en todo caso una derrota que cabe esperar de la mujer.

Adler no niega, pues, en modo alguno la gran importancia y el amplio desarrollo de la sexualidad en el adulto y en el niño; solo le atribuye un sentido nuevo, la inserta en el gran conjunto del acontecer psíquico. En Adler, la sexualidad no es causante de modos de conducta y conflictos psíquicos, sino solo un medio de expresión —aunque el utilizado con preferencia— de otros procesos psíquicos.

Con su nuevo modo de consideración, Adler sacudió así el fundamento de la doctrina freudiana, la primacía de la sexualidad. Sobre este pilar principal había levantado Freud su teoría de la libido. Esta exponía que la sexualidad, que pugna por satisfacerse, recorre desde el nacimiento hasta la madurez distintas fases, va ligada a objetos y zonas erógenas de diversa índole, hasta que normalmente, tras la pubertad, se fija en la zona genital y en la pareja del otro sexo. En caso de un curso no normal, la libido queda adherida a una fase que atravesó antes de la madurez o, reprimida a consecuencia de una frustración exterior, regresa a tales fases infantiles. (Como símil, Freud utilizó el curso de la migración de los pueblos; véase el primer capítulo.) Con la libido se cuenta en el psicoanálisis como con algo dado constitucionalmente; se la describe como correlato psíquico de algo biológico (que todavía no se ha reconocido). Freud dice en un pasaje que el psicoanálisis no es en realidad más que una superestructura, algo sobrepuesto, y que aún está a la espera del descubrimiento de ese «algo» sobre el que está puesto. Esto quiere decir, sin duda, que esta teoría solo tendrá fuerza probatoria cuando, por ejemplo, la sexualidad que vaga por el cuerpo se haya vuelto demostrable y mensurable. Esté la biología cerca de resolver semejante tarea o quede para siempre incapaz de ello, ya se puede demostrar en otros procesos orgánicos que en la naturaleza física no se encuentra en ninguna parte una involución y que la «regresión» freudiana no tiene modelo en el terreno biológico. Con una manera de pensar biológica no se puede suponer que, en caso de una frustración exterior en la zona sexual normal, la libido regrese a los puntos donde antes quedaron prendidas partes de ella; tanto más cuanto que en estas «zonas erógenas secundarias» tiene tan poca posibilidad de efecto como en la zona primaria bloqueada, sino que la alcanza el destino de la represión. Habría que suponer más bien que la libido llamaría en su ayuda, desde sus fijaciones, a todas aquellas libidos parciales dispersas y prendidas, para intentarlo con renovado empuje en el lugar de la frustración.

Hay aquí, pues, una incongruencia, por seductor que pueda parecer a primera vista el ejemplo de la migración de los pueblos. Mucho más convincente es la teoría de Adler también desde el punto de vista biológico, puesto que reconduce hechos psicológicos, como la compulsión de compensación, la protesta masculina, etc., a la inferioridad orgánica o a una debilidad general constitucional. Adler explica todos los modos de conducta sexuales, así pues también la «fijación» y la «regresión», como medios de aseguramiento para esquivar el camino recto, que supone un riesgo, exige valor y quizá conduce a la derrota.

Así se enfrentó la psicología individual con los errores lógicos de la teoría de la libido. Cuál es su postura ante sus errores prácticos se mostrará en cuanto la exposición haya avanzado hasta la comparación de ambas terapias.

En la teoría psicoanalítica se describe la represión como causa de las neurosis. Se la tiene por la solución fallida de un conflicto entre el yo y la libido. A la libido indómita se le impide la entrada en la conciencia y la realización en la realidad, y por el mecanismo de la represión es relegada a lo inconsciente. Allí sigue actuando, y desde allí causa su daño. Ahora bien, hay numerosos casos de neurosis en los que la libido, los deseos sexuales inadmisibles, no están en absoluto reprimidos, sino que están a plena luz de la conciencia. Y, sin embargo, hay una neurosis. No puede, pues, estar condicionada por la represión, y no es lícito hacer de la represión la causante exclusiva de los padecimientos neuróticos. Tampoco puede sostenerse la separación estricta entre lo consciente y lo inconsciente como esferas de acción de las tendencias que sostienen la cultura y, respectivamente, de las hostiles a la cultura. El propio Freud, en una de sus últimas obras (Das Ich und das Es [El yo y el ello]), ha modificado algo su opinión sobre este problema y ha establecido entre consciencia e inconsciencia una relación más fluida. La concepción de Adler, según la cual lo inconsciente no es una cualidad especial inherente a los procesos psíquicos, sino que el alma lo lleva o no lo lleva, por así decir, como una máscara, según lo necesite, es apta para explicar más que la concepción de Freud. La tesis adleriana abre además muchas posibilidades terapéuticas, de las que aún se hablará.

Freud pone, pues, la represión como causa de la neurosis. Adler, en cambio, opina: el presupuesto y la causa indirecta de la neurosis es el plan de vida erróneo, que no puede realizarse en el mundo y que acarrea graves desengaños a su defensor, el fanático del poder y buscador de superioridad. Este plan de vida está protegido por toda clase de salvaguardias, una de las cuales es también el volver inconsciente, la represión. La represión puede, pues, influir en el curso ulterior, en el agravamiento de la neurosis. Cuando algo ha sido relegado a lo inconsciente, ya no se lo tiene bajo control. Si, por ejemplo, el deseo: «quiero arrollar a todos, quiero pasar por encima de cadáveres para alcanzar la victoria» hubiera permanecido en la conciencia, entonces el fanático del poder quizá se habría detenido y, movido por el resto de su sentimiento de comunidad, se habría convertido a un modo de vida más amistoso con el mundo y con los hombres que la neurosis. Así, todas las tendencias de poder y de violencia quedan relegadas a lo inconsciente, y la neurosis sigue su curso sin estorbo. De ningún modo puede, pues, concebirse la represión como la causa de una neurosis; allí donde existe innegablemente, ha de concebirse más bien como su consecuencia.

Una vez que Adler ha sometido así a crítica los conceptos capitales freudianos, como la sexualidad, la teoría de la libido, lo inconsciente y la represión, y los ha iluminado desde su punto de vista, examina también el significado de las dos reacciones psíquicas ante el médico que aparecen en la cura: la resistencia y la transferencia.

Freud reconduce la resistencia a una renitencia del yo, que en su día llevó a cabo la represión y ahora no tiene interés alguno en que el análisis la suprima. En Adler, en cambio, la resistencia no está condicionada por los elementos favorables a la vida (las pulsiones del yo freudianas), sino por los elementos hostiles a la vida del alma, y se presenta como una parte de la tendencia general a la desvalorización, que concibe la cura lograda como triunfo del médico y como derrota propia. Drásticamente podría expresarse así: la censura freudiana (las pulsiones del yo) dice: «¡No, médico, no te acerques a mi reprimido; quién sabe para qué lo liberas!». La censura adleriana dice: «¡No, médico, no te acerques a mi reprimido, porque es mi arma más fuerte y sé que quieres arrancármela de la mano!».

La transferencia aparece en Freud como expresión de un nuevo intento, erróneo, de hallar un objeto para la libido reprimida y liberada por la cura: en las mujeres, como el deseo de tomar por fin posesión del padre en el médico (identificado con el padre); en los hombres, como inclinación homosexual o (en el caso de la transferencia negativa, es decir, la que se manifiesta por odio en lugar de enamoramiento) como el apetito de aniquilar en el médico al padre, el viejo rival en el amor de la madre. En todo caso, un complejo de Edipo recalentado. En Adler, en cambio, la transferencia es, dicho más sencillamente, el interés apasionado, cargado de amor o de odio, por la persona del médico; una prueba de que el nervioso «mide a todos los hombres por el mismo rasero» y de que en el médico, como en todos los hombres, solo es capaz de ver un objetivo de su conquista o un enemigo amenazador.

Tanto Freud como Adler han dirigido su atención al síntoma nervioso y a los sueños nerviosos, y ambos han constatado entre estos dos fenómenos cierta semejanza: el sueño significa para ellos, en el dormir, lo que el síntoma es en la vigilia. Para la concepción del psicoanálisis, tanto el síntoma como el sueño son una realización deformada de deseos. El nervioso se vuelve hacia atrás, hacia el pasado perdido, y en el sueño como en el síntoma se procura una satisfacción sustitutiva por lo que la vida le negó. Para la concepción individualpsicológica, en cambio, en el sueño y en el síntoma solo se refleja lo que el nervioso vive constantemente: ambos son salvaguardias de la línea directriz que tiende a la meta de la superioridad, caracterizadas por los rasgos de la cautela, la reserva y la evasión; son advertencias de no aventurarse demasiado, medidas destinadas a prevenir una temida derrota del sentimiento de la personalidad. Síntoma y sueño trabajan con impresiones y recuerdos infantiles como con un material de comparación adecuado. Pero el pasado perdido no es para ellos meta real de la añoranza. No tienden hacia atrás, sino hacia delante, hacia un futuro ficticio, ideal, y el pasado no es para ellos una realidad deseada, sino solo un símil aprovechable.

La crítica de la psicología individual al psicoanálisis se ha referido hasta aquí siempre a la concepción cognoscitiva de la esencia y el sentido de los fenómenos psíquicos. De su postura ante las cuestiones teóricas fundamentales se seguía naturalmente para ambas ciencias una aplicación práctica distinta. La terapia psicoanalítica se divide en tres fases: hacer consciente lo inconsciente (esclarecimiento de la represión), vencimiento de la resistencia y eliminación de la transferencia. Como el psicoanálisis parte del supuesto de hechos constitucionales, de cantidades de libido dadas, no puede perseguir con el tratamiento otra cosa que trasladar la libido, presente de una vez por todas e inalterable, de una función equivocada a otra más acertada, es decir, procurarle una posibilidad de acción donde no vuelva a entrar en conflicto con el yo. Además, mediante el esclarecimiento de lo inconsciente, puede poner ante la razón del nervioso el proceso de la represión con sus efectos nocivos, para que aprenda a prevenir un nuevo peligro de represión. Pero con la libido misma hay que contar; el psicoanálisis no puede extinguir, exterminar esta pulsión que él mismo califica de hostil a la cultura. Puede, en el mejor de los casos, domarla y canalizarla. Remite, pues, la libido liberada de la represión y desprendida de las fases infantiles a la sublimación, es decir, exige que la satisfacción deseada se produzca, en lugar de por el camino directo, dando un rodeo a través de realizaciones espirituales y culturales. Tales metas de sublimación son, entre otras, el arte, la ciencia, la filantropía, la amistad. O bien la libido liberada se dirige sencillamente (esto no vale, ciertamente, como consejo del psicoanálisis, pero sí de la mayoría de los psicoanalistas prácticos) hacia objetos más fácilmente alcanzables y culturalmente admisibles, como son el cónyuge o, a lo sumo, las «relaciones». Ambas posibilidades son, sin embargo, limitadas. Ni hay siempre ocasión para una unión sexual adecuada, ni el curado está siempre en condiciones, por sus presupuestos económicos o intelectuales, de sublimar su libido sin objeto, es decir, de dirigir su sexualidad a metas no sexuales. Por eso la curación puede ser también a menudo solo provisional y estar ligada a la condición de un feliz hallazgo de objeto. Como la libido misma no ha sido tocada, sino que solo se ha modificado su curso y transformado su forma, existe siempre la posibilidad de una nueva enfermedad, aunque en una medida restringida por la ampliación de la conciencia. En la cura se apela, por así decir, a las pulsiones del yo: «¡Vosotras, pulsiones del yo, tenéis que tratar ahora con algo más de cuidado a vuestra libido!, no debéis reprimirla, debéis colocarla de modo inofensivo y razonable». Hasta qué punto se logra, esa es justamente la cuestión.

Hay que objetar además: el médico empuja la libido, casi como un cuerpo físico, de acá para allá; de lo inconsciente a lo consciente, de un objeto a otro (la disolución de la transferencia no es tampoco otra cosa que un desplazamiento semejante de la libido). La libido fijada inconscientemente a la propia madre, por ejemplo, es liberada de su «complejo de Edipo» y transferida a la esposa hasta entonces descuidada. Parece, pues, quedar bastante al arbitrio del yo qué objetos son finalmente investidos libidinosamente. Podría hablarse de una sexualidad o un amor autógenos (creados por el yo), que pueden vagar así de objeto en objeto. El verdadero amor es impotente para abandonar a voluntad el objeto hallado y prenderse a un objeto sustitutivo. Es heterógeno, está condicionado por otro yo. Si se observan los desplazamientos y transferencias de una libido, surgirá sin duda la sospecha de que aquí no se trata en absoluto de una libido auténtica, de un verdadero impulso amoroso, sino de que la libido, bajo la presión de un fin superior, funciona solo como medio. Este fin superior es, según Alfred Adler, precisamente la conquista del poder, el ser superior, meta a la que se adaptan y subordinan todos los instintos. Otro obstáculo para el éxito de la práctica psicoanalítica es la separación estricta entre lo consciente y lo inconsciente. Lo consciente es el reino del yo, el campo de juego de la personalidad, sea cual sea su índole. Lo inconsciente es el reino de la libido, el campo de juego de pulsiones asociales. En el individuo, que mediante el esclarecimiento analítico de lo inconsciente debía quedar abierto como unidad, siguen subsistiendo, pues, dos reinos uno junto al otro; de lo inconsciente puede brotar en cualquier momento, de nuevo, una oscura corriente de libido aún desconocida e inundar y arrastrar los diques culturales del yo levantados con esfuerzo.

Esta crítica se refiere a la eficacia posible del psicoanálisis. Otra restricción se la impone esta disciplina a sí misma al recortar voluntariamente su esfera de acción y excluir de su ámbito los casos demasiado leves y demasiado graves, los simplemente nerviosos y los locos crónicos. Su terapia se dirige solo a los casos de grado intermedio, a saber, a los histéricos y a los neuróticos obsesivos. La nerviosidad común, la llamada neurosis actual, que se manifiesta en inquietud, angustia, dolor de cabeza, temblor, etc., la describe Freud como consecuencia directa de un comercio sexual insuficiente, excesivo o practicado de modo equivocado, como un asunto puramente corporal que nada tendría que ver con la represión, lo inconsciente, etc., y que, por tanto, no ofrecería puntos de ataque a una psicoterapia. Aquí Freud se suma a la medicina puramente materialista y causal, con la novedad, eso sí, de describir las anomalías de la vida sexual como causa de enfermedad. Igualmente inaccesibles son, en opinión del psicoanálisis, las psicosis, a saber, la paranoia (el delirio) y la dementia praecox (la locura juvenil). En estas enfermedades, en efecto, la libido carece de la capacidad de transferencia, que sería el presupuesto para que el médico pudiera ejercer influencia. La libido no está fijada aquí a un objeto de fases infantiles, sino a su propio yo; es narcisista, está completamente apartada del mundo exterior y encapsulada en su delirio, de modo que el médico no dispone de ninguna posibilidad de enlazar con la vida psíquica del enfermo. Así pues, el campo del tratamiento psicoanalítico no es demasiado amplio. También sus posibilidades de éxito parecen problemáticas tras lo expuesto. Todo su planteamiento no es acertado. Pues «la tarea no es transferir cantidades de libido que han quedado libres, sino ayudar a un hombre en discordia consigo mismo y con el mundo». (Wexberg-Furtmüller.)6

A esta tarea intenta hacer justicia la terapia individualpsicológica. Así, para enlazar con lo último que se ha dicho, no hace ninguna diferencia entre neurosis actual, histeria y locura. Para ella no son más que distintos estadios del mismo modo de vida neurótico. De las condiciones fisiológicas y sociales, pero sobre todo de la fuerza del sentimiento de comunidad, depende qué estadio alcanza un nervioso. La neurosis vale siempre como modo de vida, no como enfermedad. Y sus síntomas, leves o graves, no son nunca más que medios de aseguramiento al servicio del plan de vida neurótico.

Por eso solo se puede ayudar si se capta en su conjunto la personalidad entera, su afán de compensación nacido de un sentimiento de inferioridad, el plan de vida que ha de conducir a la superioridad, las tendencias inconscientes a la seguridad, en suma, todo el edificio de las ficciones neuróticas, y se lo hace surgir ante los ojos del paciente en toda su artificiosidad. Y si, además, se consigue despertar el sentimiento de comunidad dormido y fortalecerlo de tal modo que la persona ya no se sustraiga en adelante a las tareas humanas que, sin resolver, tiene ante sí. No cuando hayan desaparecido sus síntomas morbosos más llamativos, sino solo cuando aborde con valor y desenvoltura sus problemas, como la elección de profesión, el casarse o la vida conyugal, la inserción en una determinada asociación social, cuando su sentimiento de la personalidad ya no sea para él el centro de todas las cosas, podrá considerársele curado.

La terapia de Adler no parte nunca del supuesto de un natural innato, sexual o de otra índole, de una constitución dada e inmutable, sino que, aun teniendo en cuenta los defectos orgánicos hereditarios y las desventajas sociales y culturales, se atiene a la sentencia: «Omnia ex opinione suspensa sunt. Tam miser est quisque, quam credidit» («Todo depende de la actitud. Cada cual es tan desdichado como cree serlo». Séneca).7 Y al liberar al enfermo de su encapsulamiento en pensamientos egoístas de poder, la psicología individual no solo lo hace libre de algo, sino también libre para algo: libre no solo de su enfermedad, de su miedo, de su desconfianza, sino también libre para la desenvoltura, la solidaridad humana y el rendimiento. Como, además, no reconoce una división de la psique en un consciente y un inconsciente rigurosamente separados, sino que solo ve en ello dos formas de manifestación de un mismo plan de vida, permite al sentimiento de comunidad, nuevamente fortalecido, convertirse en pleno dueño de todos los instintos y tendencias psíquicos.8

También la psicología individual ve un conflicto como causa última de la neurosis. Pero no son dos pulsiones enemigas desde el origen, como la libido y el yo, representantes del placer de vivir y de la necesidad de la vida, las que luchan en el alma, amenazándose mutuamente con el exterminio, sino que dos instintos que en el fondo tendían a lo mismo, a saber, al aseguramiento de la existencia, quisieron ponerse de acuerdo y no lo lograron.

Así pues, parece que la terapia individualpsicológica podría ayudar a más personas, y ayudarlas mejor, que la psicoanalítica. Hay que tener en cuenta, naturalmente, que lo más depende de la persona del médico, que siempre ha de ser a la vez un buen pedagogo y una persona compasiva, con un sentimiento de comunidad muy desarrollado. Según lo dicho, parece como si la terapia freudiana pudiera trasladar al enfermo de una habitación oscura y sofocante a otra clara y acogedora, mientras que la terapia adleriana abre de par en par las puertas con este aliento: ¡todo el hermoso mundo está abierto ante ti!


Hasta aquí hemos mirado las investigaciones freudianas, por así decir, con las gafas de Adler. Para no ser acusada de parcialidad unilateral, la exposición debe recorrer ahora también el camino inverso: a saber, contemplar las investigaciones adlerianas con las gafas de Freud.

Se ha dicho: Adler admite los conocimientos de Freud sobre la importancia de la sexualidad; solo dice que detrás de la sexualidad se esconde otra cosa, a saber, la voluntad de poder.

Ahora hay que añadir: Freud admite igualmente los conocimientos de Adler sobre la importancia de la voluntad de poder; solo dice que detrás de la voluntad de poder se esconde otra cosa, a saber, la sexualidad.

Por eso Freud ha sustituido los dos conceptos más importantes de la teoría adleriana por conceptos sexuales, y ha creído despacharlos con ello: al sentimiento de inferioridad adleriano corresponde en el psicoanálisis el complejo de castración. Es decir: todas las niñas se sienten mermadas, inferiores, porque no tienen miembro masculino, y todos los niños padecen el miedo de que se lo puedan cortar. La inseguridad, el miedo, la cautela, pero también el afán de dominio y la obstinación, que en Adler son formas de expresión del sentimiento de inferioridad y de la protesta masculina que de él brota, no son en Freud más que símbolos de la envidia del pene y de la angustia por el pene.

No podrá uno menos de encontrar algo forzada esta interpretación. El procedimiento de la castración (emasculación) se da en nuestra época y en nuestra esfera cultural con suma rareza. Incluso una amenaza de castración (que en Freud desempeña un papel causante en lugar de la castración real) es tan rara que apenas cabe concebirla como causa de la intimidación y el desaliento tan generalmente extendidos. Para apoyar su hipótesis, Freud invoca la filogénesis, es decir, la repetición individual inconsciente de vivencias que tuvieron generaciones anteriores. Opina que, así como en el lenguaje simbólico del sueño se delata el conocimiento de significados de palabras perdidos hace mucho, de tiempos arcaicos, así en el complejo de castración se delata el recuerdo de agravios sufridos por generaciones anteriores. En los tiempos primitivos (y todavía hoy entre los pueblos salvajes) la castración es, en efecto, una medida de castigo muy practicada. Aun así, no parece que esta relación apoye suficientemente la tesis de la importancia fundamental del complejo de castración.

Un segundo punto central de la teoría individualpsicológica, el afán de elevar la propia personalidad, el ponerse en el centro y el desatender la objetividad del mundo, lo explica Freud con el concepto del narcisismo. Toda la libido está vuelta hacia el propio yo y ha tomado posesión sexualmente de la persona de su portador. De ahí el egoísmo, el delirio heroico, el apartamiento de los deberes y relaciones con los semejantes, que en Freud se fundamentan a su vez solo sexualmente y pueden interpretarse como actos simbólicos de procesos libidinosos. Mediante el concepto del narcisismo, las pulsiones del yo, que hasta entonces formaban el contrapeso asexual de la libido, quedan sexualizadas a posteriori. Esto es, sin duda, una ventaja en lo que respecta a la unidad de la teoría, pero trae consigo nuevas confusiones conceptuales. Pues si las pulsiones del yo pueden, según las circunstancias, quedar también sometidas al poder de la libido, volverse igualmente libidinosas, se pone en cuestión el conflicto originario entre tendencias opuestas y, además, la validez general de la represión como causa de enfermedad; el psicoanálisis sale del paso separando las enfermedades narcisistas de las llamadas neurosis de transferencia y considerándolas desde un ángulo completamente distinto.

Cuando Adler formuló su doctrina del sentimiento de inferioridad y del afán de poder, los conceptos «complejo de castración» y «narcisismo» todavía no se habían elaborado en la teoría psicoanalítica. Así como el establecimiento de las pulsiones del yo significó en su origen una concesión al «sentimiento de comunidad» adleriano, en una época en que Adler era todavía colaborador de Freud y se deseaba llegar a un acuerdo con él, así se puede quizá llamar al complejo de castración y al narcisismo armas que el psicoanálisis forjó contra la psicología individual cuando un acuerdo se había vuelto imposible y Adler había salido del grupo de trabajo psicoanalítico.

La concepción del mundo

Los psicoanalistas han reprochado a la psicología individual que se dirige demasiado al sentido común vulgar, que con conocimientos superficiales recoge laureles baratos entre el público profano en lugar de descender con rigor científico a regiones más profundas de la investigación. Este desprecio del sano sentido común y de su capacidad de juicio, y la concepción de la ciencia como coto reservado a iniciados y a especialmente dotados, nacen a su vez de una valoración de la «personalidad» y del «hombre medio» que solo puede entenderse, una vez más, desde la psicología individual. La sobrevaloración de la personalidad se explica por una cultura individualista milenaria, así como por una ficción falsa igualmente antigua, que pone al individuo y su perfeccionamiento supremo en el centro de todos los afanes espirituales. Lo que distingue a un hombre de sus semejantes, lo que presenta como particularidad en calidad y cantidad, se le anota como un plus; y esta sobrevaloración llega tan lejos que incluso los casos límite del concepto de personalidad, el excéntrico o el original, son dignos de una atención relativamente mayor que el simple semejante. La expresión «hombre medio» se ha convertido tanto más en reproche y en señal de desprecio cuanto más se subrayaba la personalidad, la individualidad. El sentido propio, no valorativo, del concepto dice sencillamente que el hombre medio ha desarrollado, a costa de su particularidad personal, sus dotes de solidaridad humana con vistas a la comunidad, y lo despreciable que hoy se adhiere al concepto solo puede entenderse como emanación de un hábito de juicio orientado por la meta del poder. Así pues, aun cuando la psicología individual se dirigiera preferentemente a hombres medios, no podría derivarse de ello ninguna tacha. Pero en esta crítica interviene también un afán, propio de la ciencia actual, de diferenciación por la diferenciación misma, un brillante indicio de cuánto se ha apartado la psique humana de su función originaria —ser órgano de orientación y de aseguramiento— y se ha constituido a sí misma y a su actividad en fin en sí. El dualismo, que todavía hoy domina la mayoría de las ciencias del espíritu, es el método de pensamiento más adecuado para descomponer los fenómenos en sus partes y analizarlos; para hacer aprovechables los conocimientos así obtenidos se requiere una síntesis que comprenda la vida y el proceder espiritual-psíquico de los hombres desde un punto de vista unitario; se requiere una concepción monista del mundo que sintetice, sin declarar inválido lo ganado por la diferenciación anterior, pero que, yendo más allá, muestre caminos nuevos.

De esta oposición entre consideración analítica y sintética del mundo, entre dualismo y monismo, se desprende la diferencia entre el psicoanálisis y la psicología individual como métodos de investigación y como concepciones del mundo. Enumeremos aún algunos puntos en los que esta diferencia se muestra con mayor claridad.

Freud se ocupa exclusivamente del «caso». Los hechos sociológicos le interesan a lo sumo en la medida en que entran en consideración para la historia clínica. Adler, en cambio, ve siempre el caso particular en relación con la totalidad.

Freud despide al curado con una conciencia ampliada y una visión recién adquirida de las conexiones psíquicas de su pasado. Acepta la sociedad existente en cada momento, con sus formas estatales, sociales y culturales, como algo irrefutable en lo que el hombre, con fuerzas ahora mejores, ha de esforzarse por integrarse. Adler despide al curado —no puede hacer otra cosa— igualmente al mismo mundo del que este adquirió en su día el sentimiento de inferioridad, el afán de poder y la enfermedad. Pero tiene claro que, aun con una conciencia ampliada y una mejor comprensión de los mecanismos de su vida psíquica, el hombre podría recibir muy fácilmente en el mundo (no tocado, en general, por su enfermedad o su curación) motivos de nuevo desaliento, de nueva evasión, y por eso se esfuerza por despertar y fortalecer en el neurótico fuerzas para una nueva comunidad, para su construcción y su organización. El entorno no es para Adler nada irrefutable, y al liberar a los hombres de su presunción individual, al enseñarles a valorar a los demás como sus iguales, a convertirse en buenos compañeros de juego y semejantes activos, obra con su psicología individual de un modo verdaderamente democratizador y como precursor espiritual del socialismo.

Freud ve la época de la evolución de la humanidad en que el principio de placer aún podía reinar solo, sin estar limitado por ninguna necesidad de la vida, como el paraíso perdido de la humanidad. El paraíso perdido del hombre individual es para él la infancia; todo lo que vino y viene después, en la humanidad como en el individuo, es para él «un resto terrenal, penoso de llevar».9 En una de sus últimas obras (Jenseits des Lustprinzips [Más allá del principio de placer]) ha modificado como hipótesis el reinado exclusivo del principio de placer y le ha puesto al lado el principio de constancia, que se manifiesta en la «compulsión de repetición», en la aspiración al eterno retorno de lo igual. Así como la libido, como representante del principio de placer, apunta en última instancia a una satisfacción sexual de cualquier índole y, encontrando en la reproducción su más amplia esfera de efecto, sirve a la conservación de la vida, así la compulsión de repetición, como representante del principio de constancia, apunta en última instancia al retorno a la quietud originaria, a la reconversión en materia inerte, y sirve así a la aniquilación de la vida (de ahí que se la llame también pulsión de muerte). Así, para Freud, todo el acontecer vivo aparece finalmente descompuesto en dos impulsos que corren en sentidos opuestos, y en su vuelta atrás hacia una quietud poseída originariamente y luego perdida sin remedio se revela un profundo pesimismo. Adler valora la importancia de la infancia de la humanidad y del individuo solo como impulso y factor que da la dirección, como esfera de la que se extrae material de comparación; ve a la humanidad, como al individuo, en una línea progresiva de maduración; no lamenta ningún paraíso perdido ni anhela ninguno futuro. Pero cree en la evolución y es optimista. El principio de placer y el principio de constancia no son corrientes opuestas e incompatibles, sino que ambos están subordinados al afán de poder. Este afán de poder es característico del neurótico y aparece, menos claramente y mantenido a raya por el sentimiento de comunidad, en todos los hombres. Pero el afán de poder no es más que una variedad del afán de seguridad, que es común a todos los seres vivos. El aseguramiento logrado va acompañado de sentimientos de poder que, de su papel sintomático de acompañantes, se han elevado poco a poco a meta instintiva autónoma, a menudo incluso descuidando la meta instintiva originaria, el aseguramiento. Así hay que entender que Adler diga que mucho en el hombre y en la cultura descansa en un error: el poder, signo del éxito alcanzado, se toma erróneamente por el fin de ese éxito y se independiza. Lo mismo ocurre con el placer, que, originariamente solo un fenómeno concomitante del aseguramiento logrado, ha sido hipostasiado y convertido en meta instintiva autónoma.

Pero la compulsión de repetición se presenta como un intento de dominar los problemas de la vida con medios más adecuados, y en modo alguno como impulso hacia la muerte o hacia la quietud originaria.10

Por su vuelta hacia el pasado se explica que Freud solo se proponga curar a quienes han enfermado del pasado. Adler, en cambio, quiere formar a los hombres para el futuro. Así, la actividad de los psicoanalistas se sitúa más en el terreno médico-investigador, y la de los psicólogos individuales, más en el pedagógico-constructivo.


Como representantes de una época de cambio, no solo en la ciencia, se han expuesto aquí de la manera más elemental las doctrinas de Freud y de Adler. La profunda diferencia, puesta en claro en una confrontación de la teoría, la práctica y la concepción del mundo de ambos investigadores, se reconoce sintomáticamente en una diversidad de la orientación fundamental. Freud está con el rostro vuelto hacia el pasado, mientras que la mirada de Adler abarca ya el futuro. Ambos han contribuido de manera eminente a la investigación teórica y a la ampliación práctica de la conciencia humana, y no cabe imaginar sin ellos una historia del espíritu humano.

Esto solo ya es obligación suficiente para dedicarles al menos tanto interés como exige la lectura de este pequeño escrito. Prescindiendo de esta actitud histórica, que ha de valorar por igual a Freud y a Adler, la psicología individual ofrece, desde el punto de vista práctico, seguramente las mejores posibilidades de mirar con ojos nuevos la educación, el conocimiento del hombre, el trabajo y aun la cultura entera, y de penetrarlos con un espíritu nuevo.


La psique humana es un órgano de aseguramiento y de orientación. Solo a consecuencia de errores culturales se ha independizado en el pensar por el pensar.

Si se ve el psicoanálisis como la última estribación de una tendencia milenaria a poner el conocimiento de la vida por encima de la configuración de la vida, la psicología individual aparece, por el contrario, como una vuelta a la función originaria del espíritu: como este en la primera época del desarrollo humano, quiere ser, en nuestro tiempo complicado y descarrilado, guía a través del laberinto de la existencia.

Bibliografía

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– Die Traumdeutung [La interpretación de los sueños]. (Sexta edición, Viena 1922.)

– Psychopathologie des Alltagslebens [Psicopatología de la vida cotidiana]. (Primera edición, Viena 1900.)11

– Totem und Tabu [Tótem y tabú]. (Internationaler Psychoanalytischer Verlag, 1922.)

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Hesnard, A.: La Psychanalyse. (París, Librairie Stock, 1924.)

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Tansley A. G.: Die neue Psychologie [La nueva psicología]. (Drei Masken Verlag, Múnich 1923.)

Wittels, Fritz: Sigmund Freud. (E. P. Tal-Verlag, Leipzig-Viena-Zúrich 1924.)

Wilken, Folkert: Die inneren Widersprüche der Freudschen Neurosenlehre [Las contradicciones internas de la doctrina freudiana de las neurosis]. (Conferencia pronunciada en el Congreso Internacional de Psicología Individual, Múnich, diciembre de 1922.)


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del ejemplar de la Humboldt-Universität zu Berlin digitalizado para Internet Archive (archive.org, Ruehle_Gerstel_1924_Freud_und_Adler_k): Alice Rühle-Gerstel, Freud und Adler. Elementare Einführung in Psychoanalyse und Individualpsychologie, Dresde (Buchholz-Friedewald), Verlag Am anderen Ufer, [1924], 101 págs., cotejado página a página con las imágenes. En la p. 22 se sigue la fe de erratas del impreso. Se omiten el sello de la biblioteca y los anuncios editoriales finales. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español de la primera edición (1924), hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Existe una traducción española de 1941 (ARG1941-02), que no se ha utilizado. Se conservan los capítulos, los párrafos, los blancos de separación (* * *) y la paginación original. En la exposición de Freud se usa la terminología psicoanalítica española habitual: Trieb, «pulsión» (pulsiones sexuales, pulsiones del yo, pulsión de muerte); Verdrängung, «represión»; das Unbewußte, «lo inconsciente»; Übertragung, «transferencia»; Widerstand, «resistencia»; Fehlleistung, «acto fallido»; Lustprinzip / Realitätsprinzip, «principio de placer» / «de realidad». En la de Adler, la del glosario del archivo: Trieb, «instinto»; Gemeinschaftsgefühl, siempre «sentimiento de comunidad»; Minderwertigkeitsgefühl, «sentimiento de inferioridad»; Organminderwertigkeit, «inferioridad orgánica»; Machtstreben / Wille zur Macht, «afán de poder» / «voluntad de poder»; Geltungsstreben, «afán de notoriedad»; Leitlinie, «línea directriz»; leitende Fiktion, «ficción directriz»; Sicherung, «aseguramiento» o «salvaguardia»; männlicher Protest, «protesta masculina»; Arrangement, «arreglo». Seelenleben se traduce «vida psíquica»; Weltanschauung, «concepción del mundo». Las adiciones del traductor van entre corchetes.

  1. El juego de palabras alemán se pierde: el profesor dice geneigt («inclinado, dispuesto») en lugar de geeignet («apto, capacitado»), dos palabras que solo se diferencian por el orden de dos letras. (N. del T.) ↩

  2. El original yuxtapone el término culto inzestuös y el alemán castizo blutschänderisch (de Blutschande, literalmente «deshonra de la sangre»), entre comillas. (N. del T.) ↩

  3. Kinderfehler: término de la época para los malos hábitos y trastornos menores de la infancia (chuparse el dedo, enuresis, morderse las uñas, etc.), que Adler trata en sus escritos educativos. (N. del T.) ↩

  4. Cuando se habla del sano, hay que señalar siempre que solo hay sanos aproximadamente. No tipos, sino casos límite. ↩

  5. Wilfred Trotter, Instincts of the Herd in Peace and War, Londres, T. Fisher Unwin, 1916; la autora cita el título en minúsculas. (N. del T.) ↩

  6. Erwin Wexberg y Carl Furtmüller, colaboradores de Adler y coautores de Heilen und Bilden (véase la bibliografía). No se ha localizado el pasaje citado. (N. del T.) ↩

  7. Séneca, Epistulae morales ad Lucilium, 78, 13. La traducción alemana que da la autora es libre: opinio («opinión») la vierte como Einstellung («actitud»), término clave de la psicología individual. (N. del T.) ↩

  8. En la exposición de la psicología individual, Trieb se traduce «instinto», según el uso de las traducciones de Adler; cuando se refiere a la teoría de Freud, «pulsión», según la terminología psicoanalítica española. En el párrafo siguiente la autora contrapone ambas concepciones con la misma palabra alemana, Triebe. Strebungen se traduce «tendencias». (N. del T.) ↩

  9. Goethe, Fausto, segunda parte, acto V, escena final («Uns bleibt ein Erdenrest / Zu tragen peinlich»), palabras de los ángeles que llevan al cielo la parte inmortal de Fausto. (N. del T.) ↩

  10. Para ello el propio Freud ofrece un asidero muy adecuado: tras una conmoción o lesión por un susto exterior, por un «trauma», aparecen con frecuencia sueños que repiten la vivencia. Freud aduce estos sueños como ejemplo de la compulsión de repetición. Pero él mismo observa que a estos sueños se une, como momento nuevo, la angustia. La angustia es preparación para un peligro, y los efectos del susto se caracterizan precisamente porque ninguna angustia ha preparado el peligro. ¡Los sueños son, pues, intentos de hacer frente a una situación semejante con medios más adecuados, a saber, desarrollando angustia! ↩

  11. La Psicopatología de la vida cotidiana apareció primero en la revista Monatsschrift für Psychiatrie und Neurologie en 1901 y como libro en 1904; la fecha de 1900 es la que da la autora. (N. del T.) ↩