Psicología individual y lucha de clases

Por la Dra. Alice Rühle-Gerstel (Dresde)

La psicología individual ha reconocido como conflicto fundamental del alma humana la oposición entre el afán de poder y el sentimiento de comunidad. Más allá de los límites del individuo, ve estas dos tendencias en lucha recíproca en toda nuestra cultura, e incluso en la dinámica de la vida anímica de la humanidad en general. El sentimiento de comunidad es para ella un instinto innato. El afán de poder surgió en una fase muy temprana de la evolución humana cuando, por un error, el poder, que en su origen (como también el placer) no era más que un fenómeno concomitante, un síntoma de un aseguramiento logrado, se independizó y se convirtió en meta. La psicología individual ve que el equilibrio entre ambas tendencias se desplaza cada vez más en perjuicio del sentimiento de comunidad. En la actualidad, el sentimiento de comunidad está tan amenazado por el afán de poder de los individuos y de los grupos que la comunidad que aún pueda existir será destruida por ese afán de poder, y la que haya de formarse de nuevo quedará ahogada en germen, si no se logra, en el último momento, hacer retroceder el afán de poder a sus límites de legítima confianza en sí mismo, de capacidad, de voluntad de perfeccionamiento, establecer a su costa un nuevo sentimiento de comunidad y realizar una nueva comunidad. La psicología individual quiere una liberación de esclavos: intenta liberar a la humanidad de la opresión de su sentimiento de inferioridad, quitarle con ello el impulso a la sobrecompensación, a la revuelta, al afán de poder, y dejarla libre para mantenerse erguida sin trabas. El método con que la psicología individual persigue su propósito es, en primer lugar, la influencia espiritual: la transmisión de conocimientos sobre los mecanismos anímicos, el descubrimiento de errores que violentan la lógica de la vida. Para ello tiene que presuponer cierta receptividad espiritual, y está así ligada a condiciones sociales también en la medida en que puede dar a quien se ha liberado del sentimiento de inferioridad un valor nuevo, pero no una comunidad de espíritu camaraderil en la que pueda ejercerlo con éxito.

A la inversa, la concepción materialista de la historia de Marx, que considera la evolución del trabajo y de la economía como base y toda evolución social, cultural y espiritual como su superestructura, choca con límites cuando el equilibrio psíquico dentro de los individuos y de los grupos se ha desplazado ya tanto que de los datos económicos se extraen conclusiones erróneas. La frase «el ser de los hombres determina su conciencia» nunca la tomó Marx al pie de la letra, y siempre tuvo en cuenta la importancia también del proceso inverso. («El hombre mismo es la base de su producción material, como de cualquier otra que realice… A este respecto puede demostrarse de hecho que todas las funciones y relaciones humanas, como y cuando quiera que se presenten, influyen en la producción material y actúan sobre ella de modo más o menos determinante.» Marx, Theorien über den Mehrwert [Teorías sobre la plusvalía].)

Psicología individual y marxismo no son, pues, incompatibles; antes bien, son aptos y están llamados a profundizarse y fecundarse mutuamente. El esquema hegeliano de tesis, antítesis y síntesis vale en la psicología individual para la vida anímica, como en el marxismo para la vida económica.

Donde el afán de poder y el sentimiento de comunidad se oponen entre sí, se encuentra, correspondientemente, en el terreno sociológico la oposición entre individuo y comunidad. Pero individuo y comunidad no son ajenos el uno al otro por esencia, opuestos a priori, en el sentido, por ejemplo, de que el individuo, por su esencia, fuera centrífugo respecto de la comunidad, mientras que las condiciones esenciales de la comunidad exigieran que el individuo adoptara una actitud centrífuga hacia ella.1 «Comunidad» e «individuo» no son opuestos polares como –a y +a; la comunidad es más bien una potenciación e intensificación del individuo, como an lo es de a. Si hoy puede comprobarse una oposición entre comunidad e individuo —y sin duda es así—, ello se debe a que el lugar de la comunidad lo ocupó hace ya mucho la sociedad (sobre esta cuestión véase Allers, en el primer cuaderno de esta revista) y a que tampoco existe ya un individuo en el sentido originario. La oposición es histórica, social, psicológica; en ningún caso natural, biológica.

El marxismo sitúa el nacimiento de esta oposición y, como consecuencia, el nacimiento de las clases en el momento de la historia en que la economía de los hombres se había desarrollado hasta el punto de que cada uno podía vivir del producto de su trabajo y ya no dependía de la economía colectiva y del comunismo primitivo; en que surgió la propiedad privada, con su distinción y valoración moral de fuertes y débiles; en que el individualismo, el egoísmo, el «afán de poder» empezaron a desmoronar la solidaridad originaria, el «sentimiento de comunidad». Los comportamientos económicos, como los anímico-espirituales, son siempre expresión de los instintos de aseguramiento de los hombres en cada momento. Estos instintos están por encima de toda evolución psicológica y social.

Y si se quiere decir algo sobre un fenómeno como la «lucha de clases», que puede captarse social y psicológicamente, hay que esforzarse por explicarlo a partir de su relación con los instintos de aseguramiento generales del ser humano.

Con este fin, permítaseme exponer lo siguiente sobre la naturaleza y la historia de los instintos de aseguramiento, con lo cual no se pretende ninguna verosimilitud biológica o psicológica, sino solo establecer una ficción útil.

El hombre, como todo ser diferenciado, se distingue de la nebulosa primitiva, del protoplasma, de la celulosa, etc., por estar delimitado frente al resto del mundo por una forma. Lo que hay dentro de esta forma de contenido físico y psíquico, lo individual en el sentido literal de la palabra, tiene su título de participación en el instinto vital general, que habita también en el protoplasma informe. Este instinto vital se manifiesta en el afán de un doble aseguramiento: 1.º, el individuo quiere conservarse como forma delimitada en el cosmos. Con este fin asegura sus límites, lo que le es propio, frente al cosmos: instinto individual de aseguramiento; 2.º, el individuo quiere conservarse como parte del cosmos, dentro del cosmos. Con este fin asegura el cosmos, al que pertenece: instinto cósmico o colectivo de aseguramiento.

Estos dos instintos están en equilibrio cuando, por una parte, al acentuar lo individual no se pone en peligro lo general (pues con el peligro de lo general peligraría también su parte, el individuo) y cuando, por otra, el instinto de conservar lo general no amenaza con destruir la forma individual. (Pues si eso ocurriera, se perdería lo esencial del individuo.) Al principio la raza humana era un gran individuo que tenía que defender y asegurar su forma contra las resistencias de la naturaleza, de índole distinta. Su egoísmo era social, y así se construyeron su economía y su cultura primitivas como comunidad comunista de trabajo y de vida. Más tarde, este individuo —la raza humana—, en el curso de su evolución orgánica (de la evolución de las necesidades y de la posibilidad de satisfacerlas, y de la evolución de las facultades espirituales), se diferenció en una formación compuesta de muchos individuos de grupo e individuos singulares de diversa índole. Una parte del instinto individual de aseguramiento se volvió entonces contra grupos o individuos de la propia raza humana. Comenzó una opresión de los poseedores sobre los desposeídos, de generación a generación, del hombre sobre la mujer. Los individuos ya no tenían que afirmarse solo contra la naturaleza exterior (la intemperie, las fieras, la falta de alimento natural) mediante la lucha común y el trabajo común, sino que tenían que afirmarse también contra sus semejantes, porque en la obtención diferenciada del sustento y en la creciente racionalización de las facultades anímicas empezaron a hacerse valer las diferencias naturales entre los más fuertes y los más débiles.

El egoísmo se convirtió en sentimiento de la personalidad, empezó a desahogarse a costa de otros, fue acentuado en exceso por un sentimiento de inferioridad que se le había impuesto a la raza humana como tal en su defensa contra una naturaleza prepotente, que pugnaba por compensarse y que experimentó su sobrecompensación en la voluntad de dominio y de notoriedad, en el afán de poder. La voluntad de afirmación individual y la colectiva entraron en oposición, y esta oposición se manifestó en el antagonismo: afán de poder, sentimiento de comunidad.

El instinto individual de aseguramiento, que se dirigía a conservar su forma dentro del cosmos, queda ahora reducido e invertido en otro instinto individual de aseguramiento, que se dirige a conservar la forma individual dentro de la comunidad humana, e incluso a costa de ella. La «personalidad» ha ocupado el lugar de la «persona», y visto desde este lado, la «suprema dicha de los hijos de la tierra»2 aparece como de valor discutible. En este punto, en efecto (es el que corresponde en el terreno económico al nacimiento de la propiedad privada), la raza humana ha conquistado aparentemente el dominio de la naturaleza circundante hasta tal punto que cree poder permitirse dividir dentro de sí misma sus instintos de aseguramiento. Diría, a modo de comparación: se retiran las tropas del frente, porque se cree tener ya segura la victoria, y se las emplea contra los civiles de la retaguardia. Un error funesto se convierte así en el punto de partida de los destinos ulteriores de la humanidad. (No hace falta decir que este cambio de dirección no debe imaginarse como algo repentino, sino solo como el resultado de una evolución de siglos o de milenios.) La oposición entre individuo y comunidad se presenta ahora como reflejo psicológico del antagonismo entre los dos instintos de aseguramiento que en su origen estaban en equilibrio: el individual y el colectivo. Este antagonismo de los instintos ha llevado a la raza humana al borde de su aniquilación. Se descuida la necesidad de la lucha contra lo extrahumano; los instintos de aseguramiento ya no se ejercen solo en la conservación, la reproducción y el perfeccionamiento de la humanidad, sino que se disipan en funciones fallidas. No se dan los supuestos sencillos y lógicos para que el estado actual sea posible y esté justificado: esta sociedad ya no puede alimentar a una gran parte de sus miembros, en Alemania a la mayoría. Obstaculizado por los intereses privados de lucro, que a su vez están relacionados con la independización de la meta de poder (y de su símbolo, la propiedad), el aprovechamiento de la tierra no ha ido al mismo paso que el aumento de los hombres y el crecimiento de sus necesidades. De nuevo, como en el estado primitivo, la humanidad se encuentra frente a la naturaleza, obligada a arrancarle lo que no da voluntariamente, obligada por el hambre a desarrollar métodos de trabajo, herramientas, técnica y una nueva orientación general hacia la vida, y a unirse con este fin. Pero la sociedad de hoy no está, como la comunidad de antaño, unida en sus tendencias de aseguramiento. Está escindida en clases.

Observator dice en su folleto sobre Die Nervosität im deutschen Charakter [La nerviosidad en el carácter alemán] (editorial Der neue Geist, pág. 38) que la lucha de clases del proletariado moderno no puede someterse a un análisis individualpsicológico, porque el sentimiento de inferioridad del proletario no se basa en una inferioridad ficticia, imaginaria, sino en una inferioridad real, tanto material como espiritual. Solo estoy de acuerdo con él en la medida en que creo que este sentimiento de inferioridad, fundado en la realidad, no puede abordarse terapéuticamente del mismo modo que el ficticio. Pero sí creo que la estructura espiritual y anímica típica del proletario revolucionario y con conciencia de clase puede investigarse y comprenderse desde la psicología individual.

Después de que la propiedad privada desplazara a la posesión común primitiva, y el afán de poder al sentimiento de comunidad originario, existía ya, ciertamente, el hecho de las clases. (Libres y esclavos, señores y siervos, nobles y burgueses.) Pero solo con la oposición de clases burguesía-proletariado se ha manifestado el fenómeno que designamos con la palabra (ya banalizada) de «conciencia de clase». Los desposeídos, los privados de derechos, los oprimidos de épocas anteriores vivían o bien bajo la sorda opresión de su inferioridad, sin reconocerla nunca ni querer remediarla, o bien elevaban su «protesta masculina» por su propia cuenta. La conciencia de clase, en cambio, se ciñe como un lazo en torno a todos los que tienen, para su sentimiento de inferioridad, los mismos supuestos sociales, económicos y espirituales. Es un aseguramiento del sentimiento de la personalidad de la clase; la expresión, por así decirlo, del impulso de compensación es la lucha de clases. Esta ha de verse desde un doble punto de vista: por una parte, como protesta de grupo contra un sentimiento de inferioridad de grupo. Esta protesta se eleva con todos los medios que conocemos por la doctrina adleriana de las neurosis. Su meta es la sobrecompensación. Se distingue poco del curso de una línea directriz individual que empuja desde el sentimiento de inferioridad hacia el poder. Todas las medidas que sirven a la sobrecompensación del sentimiento de inferioridad proletario están, sin duda, moralmente justificadas como salidas de emergencia y medios de la lucha por la existencia, pero no conducen a la meta, la construcción de una nueva comunidad, sino, en el mejor de los casos, a la implantación de una dictadura. Pero más allá del sentimiento de inferioridad y del afán de poder como tendencias psíquicas de la lucha de clases, advierto en la lucha de clases el despertar del nuevo sentimiento de comunidad. También los esclavos, los campesinos siervos, los obreros siervos en cuerpo y espíritu de la época del capitalismo temprano tenían un destino de clase común. Pero aún no habían llegado al conocimiento de su situación de clase, y sus sordas acciones defensivas tenían que fracasar por falta de claridad interior sobre la meta. Solo la conciencia de la clase proletaria moderna pudo recibir y elaborar, junto al deseo de compensar un sentimiento de inferioridad, también la grandiosa concepción de un nuevo sentimiento de comunidad. En la solidaridad de clase —que se practica en la mayor medida con una ejemplaridad inimaginable para el burgués— crea los fundamentos espirituales para construir una nueva comunidad sin opresión. La psicología individual ofrece así las más valiosas perspectivas sobre las complejas conexiones anímicas de un fenómeno social. Presta al proletariado una ayuda importante al enseñarle a separar, en su actitud ante las cuestiones de la revolución y ante su tarea histórica, lo que todavía es «neurosis de masas» heredada de lo que ya se manifiesta como signo de un nuevo sentimiento de comunidad, y al enseñarle a posponer lo negativo, lo propio de la protesta, a lo positivo, a lo solidario. La solidaridad de una clase dista mucho de ser la solidaridad de la humanidad. Pero es —puesto que esta clase abarca la mayor parte de la humanidad— una transición indispensable hacia la solidaridad de la humanidad. Con la conciencia de clase del proletariado se abre el camino a una conciencia de especie de la humanidad, que tenemos que volver a adquirir so pena de perecer. Con la lucha de clases se emprende el camino inevitable para imponer esta conciencia de especie también contra las resistencias. Con la solidaridad de clase se ponen los cimientos de una nueva solidaridad de especie; no solo de una sorda solidaridad de legítima defensa contra las fuerzas brutas de la naturaleza, como en el punto de partida de la evolución humana, sino de una solidaridad consciente, alegre, activa, que toma posesión de la tierra para arrancarle con el trabajo común todos los bienes y excedentes que han de garantizar a la humanidad una evolución común en línea siempre ascendente.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del número 5 (mayo de 1924) del segundo año de la Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie digitalizado en archive.org (IZI_II_1924_5), págs. 18-22. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en párrafos, las cursivas (que reproducen el espaciado del original) y la paginación original. Sicherungstrieb se traduce «instinto de aseguramiento», de acuerdo con la equivalencia Sicherung = «aseguramiento» del glosario del archivo; Gattungsbewußtsein, «conciencia de especie». Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.

  1. Así en el original («zentrifugal» las dos veces); el sentido pide en el segundo caso «centrípeta». (N. del T.) ↩

  2. Cita de Goethe, West-östlicher Divan («Höchstes Glück der Erdenkinder / Sei nur die Persönlichkeit»: «La suprema dicha de los hijos de la tierra sea solo la personalidad»). (N. del T.) ↩