Esterilización

Un problema de política demográfica

La palabra «esterilización» procede del extranjerismo «estéril», que traducido al alemán significa «infecundo». Se habla de un matrimonio estéril, de mujeres estériles, de un campo estéril, de un árbol frutal estéril, y con ello se designa la incapacidad de dar fruto, de obtener descendencia. En sentido figurado se habla de un espíritu estéril, de artistas estériles, de un gobierno estéril, que no son capaces de producir ni ideas, ni obras de arte, ni hechos. Esterilizar (esterilización) significa volver infecundo algo fecundo, es decir, impedir la reproducción de un ser vivo. Los ganaderos practicaban desde antiguo la esterilización de los animales; se sabía que, además de la imposibilidad de tener descendencia, tras la esterilización aparecían regularmente cambios muy determinados en las propiedades del cuerpo: se mostraba sobre todo un mayor engorde, pero también un ablandamiento de la fibra de la carne, lo que aumenta el valor de los animales de matadero. La esterilización se practicaba casi siempre en animales machos, porque los órganos sexuales masculinos, situados en un lugar visible y no protegidos, como los femeninos, en lo profundo del cuerpo, son relativamente fáciles de extirpar. La sencilla «operación», realizada casi siempre por profanos y solo en los últimos tiempos por veterinarios, transcurría casi siempre sin causar daño a la salud o a la vida del animal. A esta intervención se la llamaba «capar» (verschneiden), que no hay que confundir con la «circuncisión» (beschneiden, extirpación del prepucio masculino), practicada todavía hoy por los judíos piadosos, o, con un extranjerismo, «castrar». El capador de cerdos es una figura conocida en el pueblo; en las cartas italianas se encuentra el asado de cerdo con el nombre de «castrato», que significa carne de un animal cebado mediante castración. Tampoco las gallinas escaparon a su destino: las aves de engorde que las amas de casa sirven con gusto en los días de fiesta son animales capados; el capón es un gallo castrado, la pularda de Estiria una gallina privada de sus órganos sexuales mediante una intervención mucho más difícil. También el buey de engorde debe su carne tierna y grasa a una operación que aumenta su capacidad de engordar. Si esta intervención podía practicarse con buen resultado en los animales, tampoco el ser humano estaba ya a salvo de ella. La castración del hombre se ha practicado por las causas más diversas, en tiempos antiguos casi siempre por profanos. El derecho exclusivo del hombre sobre su mujer se aseguraba mutilando a todos los demás hombres de su entorno; son conocidos los guardianes de harén de Oriente, los llamados eunucos o castrados. Igualmente conocido es que durante siglos los cantores de la capilla papal del Vaticano conservaron también en la edad adulta sus voces de soprano de la infancia a consecuencia de la esterilización que se les practicaba. La razón de esta rareza es que a las mujeres, cuyo timbre no se quería perder en el coro, no se les permitía residir en el territorio papal, y por eso se las sustituía por hombres castrados tempranamente.

Hay que mencionar también que ciertas sectas, por ejemplo los skoptsí1, practican la castración por motivos religiosos. En los países de nuestro grado de cultura, la castración la realizan hoy casi exclusivamente por razones médicas médicos con formación especializada (cirujanos). En los últimos años, la esterilización del hombre se ha puesto también al servicio de la regulación de la natalidad; sobre su conveniencia, su justificación y sus requisitos legales, la discusión aún no ha terminado.

También la esterilización de la mujer es un problema muy discutido; se considera que su fin exclusivo es evitar el embarazo. Como intervención médica solo entró en consideración en la era de la cirugía, es decir, más o menos en los últimos cinco decenios. Al principio solo se observó como efecto secundario de grandes operaciones en los órganos sexuales de mujeres enfermas. Tras la extirpación de los ovarios o del útero —practicada casi siempre para eliminar tumores benignos o malignos— las reglas no volvían a presentarse; aunque continuaran las relaciones sexuales, ya no se producía ningún embarazo.

Es cierto que, en cambio, tras la extirpación de los ovarios aparecían las molestias de la menopausia, de forma prematura y en mayor medida que cuando llega de modo natural. Operaciones tan graves y peligrosas, con sus molestas secuelas, no podían considerarse, por tanto, el medio adecuado para preservar a las mujeres del embarazo. Pronto se descubrió que basta, tras abrir la cavidad abdominal, cerrar al óvulo el paso por la trompa. Esto se hace mediante ligadura o, con más seguridad, recortando un trozo corto de la trompa. Si la operación sale bien, la mujer no tiene molestia alguna y queda protegida del embarazo. Pero, con todo, hacía falta una operación, con sus peligros. Entonces los radiólogos descubrieron que irradiando los ovarios se puede obtener el mismo resultado. Es más, con una dosificación adecuada de los rayos administrados es posible incluso que al cabo de un tiempo más o menos largo los ovarios vuelvan a funcionar y reaparezcan las reglas; en circunstancias favorables puede volver a producirse un embarazo. Pero los niños que nacen de embarazos posteriores a la irradiación muestran a veces graves trastornos en su desarrollo; en cambio, si la esterilización por rayos es completa, aparecen las mismas molestias menopáusicas prematuras e intensificadas que tras la extirpación quirúrgica de los ovarios. Por ambas razones, médicos de renombre desaconsejan la esterilización por rayos X. Se estudia si se puede provocar una esterilidad pasajera administrando preparados glandulares obtenidos de órganos animales; este método aún no ofrece un resultado seguro, pero quizá pueda desarrollarse. Vemos, pues, que hoy, en la práctica, solo la operación es aplicable como método de esterilización de la mujer. ¿A qué mujeres puede y debe someter el médico a la esterilización? Evidentemente, solo a aquellas en las que los peligros que acarrearían un embarazo o un parto son tan grandes o mayores que los peligros de la operación. A las mujeres que padecen enfermedades graves e incurables de los pulmones (tuberculosis en forma progresiva y maligna), del corazón, de los riñones, e incluso algunas enfermedades nerviosas y mentales, a las mujeres que por enfermedades o disposiciones morbosas hereditarias podrían dañar a su descendencia y, con ello, a la sociedad, a esas mujeres no se les debe negar el beneficio de la esterilización quirúrgica. Pero si se trata de estados patológicos pasajeros y curables que solo desaconsejan un embarazo durante poco tiempo; si se trata de que un embarazo no es deseado, de que se quiere evitar por razones económicas o sociales, entonces todo médico concienzudo recomendará las medidas preventivas de protección de la maternidad2, que ya hoy ofrecen una gran seguridad y se perfeccionan de año en año. Es más, incluso la interrupción del embarazo, practicada por médicos bien formados, es preferible en esos casos a la esterilización, que nunca puede repararse.

Dra. Margret Hilferding-Hönigsberg


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del facsímil de Die Frau (antes Arbeiterinnen-Zeitung) 41 (1932), n.º 12, págs. 11-12, en ANNO, Österreichische Nationalbibliothek (ANNOP abg19320112). Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Las adiciones del traductor van entre corchetes.

  1. Secta rusa de los skoptsí («castrados»), que practicaba la castración ritual. (N. del T.) ↩

  2. Mutterschutz: aquí, eufemismo de la época para los medios anticonceptivos. (N. del T.) ↩