KARL SCHRATT:
Tareas culturales tras la caída de Hitler
Puede parecer prematuro, e incluso un ocioso pasatiempo de emigrados, ocuparse ya ahora de los problemas y tareas de nuestro trabajo cultural tras la caída del dominio de Hitler. Sería sin duda utópico querer elaborar un plan concreto y un sistema de medidas particulares mientras no se pueden prever las circunstancias del derrocamiento ni se sabe cómo se configurarán en ese momento las relaciones internas de fuerzas en los países liberados ni cuál será la situación general de Europa; pero es necesario hacerse ya ahora, en todos los terrenos, una idea de conjunto de las tareas que entonces se abalanzarán sobre nosotros con fuerza imperiosa, y buscar principios y directrices generales que nos faciliten, en el momento de actuar, encontrar la solución concreta.
Cabría pensar, ciertamente, que precisamente en las cuestiones culturales es donde más fácilmente podría prescindirse de esa preparación, porque al principio quedarían muy relegadas en importancia y urgencia; la abundancia y el peso de las tareas políticas y económicas serían tan enormes que a los nuevos depositarios del poder político no les quedaría mucho tiempo ni mucha fuerza, ni a las masas mucho interés, para cosas que —al menos en apariencia— no forman parte de las necesidades más inmediatas de la vida estatal y personal. En realidad, los problemas culturales, no menos que los políticos y los económicos, se harán sentir desde el primer minuto y exigirán decisiones rápidas y de graves consecuencias. Porque, ante todo, en la propaganda lo político y lo cultural no se pueden separar: la radio
alemana es un ejemplo repugnante, pero instructivo, de que a un determinado tipo de política corresponde un determinado tipo de cultura. Y además la evolución moderna ha llevado a una «empresa» cultural muy ramificada y organizada hasta el último detalle, que día tras día, en la radio y el cine, en el periódico y el libro, en el teatro y el concierto, y no en último lugar en las escuelas de todos los grados, produce automáticamente una cantidad enorme de «cultura» y la arroja a las masas. Solo tenemos, pues, una alternativa: dejar el contenido y la orientación de esa producción al azar, y con ello a nuestros adversarios, o intervenir nosotros mismos dirigiéndola y marcándole el rumbo. Naturalmente, el poder del Estado tiene también la posibilidad de paralizar por completo, durante más o menos tiempo, algunas ramas de la actividad cultural organizada: piénsese en el cierre de las escuelas superiores checas por Hitler.1 Pero también esa interrupción es una importante decisión cultural y política, y en los terrenos más importantes solo cabe, además, como medida de emergencia del todo pasajera. Las escuelas inferiores las necesitamos para atender directamente a nuestra juventud; las superiores, para asegurar la formación de quienes han de cubrir funciones sociales importantes; y de la radio ningún gobierno podría hoy prescindir ni un solo día.
Así pues, desde el primer momento tendremos que influir de modo decisivo también en la vida cultural del pueblo y, por tanto, asegurarnos el control de todas las instituciones correspondientes. Naturalmente, la reconstrucción completa del aparato cultural llevará tiempo, y su contenido vendrá determinado en gran parte por la acción de las fuerzas que despierte la liberación. Precisamente por eso será necesario al principio tener un pequeño número de puntos de vista rectores e insistir especialmente en ellos, para evitar los tanteos inseguros. Me parecen de particular importancia tres ámbitos de tareas:
I.
Ya desde 1934 el austriaco, si quería tener una imagen sin maquillar de la política interior y exterior, dependía de fuentes ilegales que, sin embargo, solo llegaban a una minoría. Con la anexión, ese aislamiento de la verdad se ha agravado infinitamente, y desde el comienzo de la guerra ha llegado a ser casi completo. De lo que ocurre en el propio país, incluso en la propia ciudad, se obtiene una imagen extraña e inquietantemente mezclada de las escasas percepciones propias, relatos de conocidos, rumores susurrados, comunicados oficiales y silencios oficiales. Escuchar de vez en cuando emisiones extranjeras puede corregir algunas noticias falsas de la propaganda nazi, pero no puede proporcionar una verdadera comprensión de la complicada situación europea. El sano sentido común, el instinto de clase, los frutos de una formación política anterior pueden permitir a algunos dar con los puntos esenciales. Pero esa formación política le falta a la juventud, que en parte no ha recibido nunca una enseñanza de la historia ni siquiera medianamente objetiva. Para llenar esas lagunas, para corregir los mil malentendidos, errores y deformaciones que se han producido necesariamente incluso en el adversario consciente de los nazis cuando dependía única y exclusivamente de fuentes nazis, no basta una información política breve, por enérgica que sea. Será necesario, en la radio y en la prensa, en la escuela y en el libro, de las maneras más diversas, unas veces en exposiciones breves y particulares, otras en un marco más amplio, mostrar la naturaleza del nacionalsocialismo y su evolución, exponer la historia de Alemania desde 1933 y la historia de Austria desde 1934, y en particular mostrar qué y quién tuvo la culpa de que Hitler pudiera apoderarse también de Austria. Habrá que situar los acontecimientos alemanes y austriacos en el contexto de la evolución europea en su conjunto y de la situación mundial, y mostrar, tras la diversidad de los hechos particulares, las fuerzas motrices de la fase actual de la evolución social. Donde se pueda ir más a fondo, habrá que discutir también los fundamentos pseudocientíficos del nacionalsocialismo, la teoría racial y la geopolítica. En la cuestión racial no se deberá poner en primer plano, ni mucho menos, el problema judío, sino que el peso principal habrá de recaer en demostrar cómo el nacionalsocialismo ha adaptado en todo momento, cínicamente, tanto sus principios científicos como los demás a sus necesidades políticas y propagandísticas del momento; cómo unas veces ha opuesto el hombre nórdico al flojo alemán del sur y al austriaco, otras ha insultado a los checos llamándolos mongoloides, para luego volver a dirigirse a todos los europeos, con excepción de los judíos y los gitanos, como «sangre afín»; cómo, ante el hecho de no poder negar a muchos adversarios de raza altura intelectual y ética, se refugia en la afirmación de que las diferencias raciales no residen en cualidades intelectuales o morales particulares, sino en misteriosas diferencias estructurales del carácter, para luego volver a insultar groseramente, también de manera «científica», a razas y pueblos extraños, y por turno prácticamente a todos los pueblos. Todas estas exposiciones, además de su tarea inmediata, habrán de perseguir el fin de volver a acostumbrar a las personas, tras años de envenenamiento por la propaganda nazi, a captar con claridad los hechos, a sopesar críticamente, a pensar con limpieza.
II.
También los ánimos tienen que ser liberados y purificados. A la barbarie y a la brutalidad hay que oponerles el llamamiento a la humanidad; al nacionalismo enloquecido, la idea de la solidaridad internacional y la idea de la humanidad. A lo que, bajo la impresión inmediata del gran giro histórico, se diga y se escriba en ese sentido se sumarán las palabras y los pensamientos de los filósofos alemanes y de nuestros grandes dirigentes socialistas. Pero sobre todo la poesía y la música cumplirán aquí una tarea sublime: contribuirán de verdad a la purificación de los corazones, a la educación moral de los hombres. Fidelio,2 que en los últimos años ha sido profanado desde más de un lado, se representará por fin ante aquellos y para aquellos que tienen derecho
a él. Pero no se trata solo de despertar esa mentalidad de humanidad en actos solemnes especiales: ha de percibirse, sin decirlo, detrás de todo el trabajo cultural. Así como en la radio de los nazis cada conferencia sobre la salud del pueblo o la ganadería, cada interpretación de canciones populares, cada programa infantil delataba de algún modo que allí sonaban voces del país de los bárbaros, así nuestra actividad cultural, incluso cuando trate con toda sencillez cuestiones objetivas muy alejadas, tendrá que estar sumergida en esa nueva atmósfera.
Puede surgir el temor de que aquí se esté abogando por una sensiblería humanitaria que tape las contradicciones en lugar de dirimirlas. Pero de la sensiblería nos preservará la dureza necesaria en la liquidación del nazismo, y en la construcción del nuevo Estado los antagonismos de clase se pondrán claramente de manifiesto. El ideal de humanidad no contradice la lucha de clases proletaria, sino que forma parte de su contenido espiritual. Es cierto que lo formularon primero pensadores burgueses, pero el orgulloso propósito del socialismo es llevarlo, mediante la superación de la sociedad burguesa, del reino del pensamiento al reino de la realidad.
III.
Al enorme esfuerzo que las masas habrán de realizar para superar el nazismo hay que darle una meta positiva: el socialismo. Y hay que mostrarlo con toda insistencia no solo como ideal político y económico. Sobre todo ante quienes nunca han recibido una formación socialista, se trata de limpiar el nombre y el concepto de socialismo de la ignominia y la deformación que les ha infligido el nacionalsocialismo. La orgullosa palabra «proletariado», que recuerda al obrero su pertenencia de clase y su tarea histórica, volvió a ser rebajada a insulto, y los bonzos nazis,3 pero también otros, creían halagar al obrero diciéndole que él no era en absoluto un proletario. Su conciencia de sí mismo ya no debía basarse en que estaba llamado a forjar el futuro, sino agotarse en no avergonzarse de su trabajo. Agitar la bolsa de mendigo para el Auxilio de Invierno4 se ensalzó como el verdadero socialismo; con el lema de la «comunidad del pueblo» (Volksgemeinschaft) se pretendía simular como ya realizada la solidaridad de todos los miembros del pueblo, que solo podría alcanzarse con la abolición de las clases, y arrancar con astucia a los dominados el consentimiento íntimo a la perpetuación de su servidumbre. Frente a ello hay que elaborar con toda nitidez y todo énfasis la idea de la sociedad socialista como comunidad de libres e iguales. A la conversión del hombre en rebaño, a la que aspira el nazismo con su propaganda dirigida a paralizar el pensamiento independiente y a producir un efecto de embriaguez, hay que oponer como meta socialista el libre desarrollo del individuo. Este énfasis en el contenido cultural del socialismo es tanto más importante cuanto que toca también el núcleo de nuestra oposición al bolchevismo. Para nosotros la socialización es la condición previa necesaria del socialismo, pero todavía no el socialismo mismo. Cierto que el marxista, en horas de amarga decepción, puede buscar consuelo en la idea de que una transformación de los fundamentos de la sociedad, en un desarrollo inmanente, tendrá que acarrear tarde o temprano también un cambio de la superestructura ideológica; pero precisamente a los discípulos de Lenin les sienta mal torcer la idea de la inmanencia hasta convertirla en la esperanza fatalista en un curso automático de los acontecimientos. Como los fundamentos económicos, también el contenido espiritual del socialismo tiene que conquistarse luchando, y a esa lucha tenemos que llamar a los obreros y a la juventud desde el primer momento en que podamos volver a hablarles.
Orientar según tales principios el esfuerzo que exija cada día, no dejarlo estancado en una generalidad abstracta, sino llenarlo de vida concreta: eso planteará a nuestro trabajo cultural una enorme tarea intelectual. Pero, además, para imponer las nuevas tendencias, e incluso solo para impedir que algunos sectores del terreno cultural se conviertan en nidos de resistencia y en avanzadillas de la contrarrevolución, tendrá que resolver multitud de problemas de organización y de cuestiones de personal. Las circunstancias serán distintas de un terreno a otro. Donde más rápidamente podrá encontrarse una solución suficiente y satisfactoria será probablemente en la prensa. Aquí el viejo núcleo de las redacciones, que se ha mantenido firme, será sin duda el punto de partida de la reorganización. En la radio podrá asumirse probablemente en su mayor parte la organización técnica creada por el adversario; la cuestión del personal, en cambio, ofrecerá enormes dificultades, ya que aquí tendrá que tratarse de una renovación al ciento por ciento. Muy complicadas serán las circunstancias en las escuelas de toda clase, donde lo organizativo y lo personal, lo político y lo cultural, lo social y lo puramente técnico se entrecruzan y se superponen de las maneras más diversas.
Especialmente importantes serán los problemas de la formación de un nuevo funcionariado con preparación especializada y de una nueva capa de intelectuales, las cuestiones de los fundamentos científicos de la nueva economía y de su progreso técnico, las cuestiones de la organización correcta, desde el punto de vista de la higiene social, de la salud del pueblo: es decir, el problema de las escuelas superiores.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del facsímil de Der sozialistische Kampf / La lutte socialiste (París, editado por la Representación en el Extranjero de los Socialistas Austriacos), 1940, n.º 2, 27 de enero de 1940, págs. 35-37, en ANNO, Österreichische Nationalbibliothek (aid dsk, 1940, imágenes 11-13). Firmado «Karl Schratt», seudónimo de Carl Furtmüller en el exilio de París (atribución según la bibliografía de psyalpha, Zaufarek 2010). Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en tres apartados numerados y en párrafos; las erratas del impreso se traducen por el sentido evidente. Hochschulen se traduce por «escuelas superiores» (universidades y demás centros de enseñanza superior). Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo. Las adiciones del traductor van entre corchetes.
Tras las manifestaciones estudiantiles de Praga, el 17 de noviembre de 1939 las autoridades de ocupación cerraron todas las universidades y escuelas superiores checas del Protectorado de Bohemia y Moravia. (N. del T.) ↩
La única ópera de Beethoven, un canto a la libertad frente a la tiranía, que la propaganda nazi había incorporado a sus celebraciones. (N. del T.) ↩
Bonze (plural Bonzen), «bonzo»: en el alemán político de la época, término despectivo para el funcionario de partido o de sindicato aferrado a su cargo y a sus privilegios; Bonzentum, «bonzismo», la actitud correspondiente. (N. del T.) ↩
Winterhilfe (Winterhilfswerk des deutschen Volkes): colecta anual del régimen nazi, con cuestaciones callejeras, presentada como expresión del «socialismo» nacionalsocialista. (N. del T.) ↩