Lo que dicen los alumnos del trabajo domiciliario del examen de madurez
Por Karl Furtmüller.
Conversando supe que varios colegas, profesores y profesoras, independientemente unos de otros, habían inducido a sus alumnos en los últimos meses, o les habían dado la posibilidad, de expresarse en forma de redacción alemana sobre sus experiencias con el trabajo domiciliario de la matura1. Esos colegas tuvieron la amabilidad de poner a mi disposición, a petición mía, los trabajos en cuestión —127 en total—. Su lectura me ha ofrecido una visión muy variada y casi siempre interesante de cómo se ve desde «el otro lado» este problema del que ahora tanto se habla; creo haber aprendido bastante de estos trabajos y quisiera dejar constancia aquí, también para un círculo más amplio, de algunas observaciones que me parecen especialmente importantes.
Naturalmente, la mayoría de estos trabajos toman también posición, a favor o en contra, con una argumentación más breve o más detallada, sobre la cuestión misma del trabajo domiciliario. Pero no me parece que eso sea lo fecundo en ellos. Se puede comprobar que también entre la juventud las opiniones están divididas. Que entre los trabajos examinados una mayoría considerable se haya pronunciado a favor del trabajo domiciliario no tiene importancia, dado el número relativamente pequeño de que disponía.
Más importante es ya que la toma de posición a favor o en contra se produzca en alto grado en bloque por clases. Cabe pensar en una influencia consciente o inconsciente de los adultos con los que esos grupos están en contacto directo. A ello corresponde también que los argumentos a favor y en contra sean en lo esencial los mismos que se oyen entre los profesores y entre los padres.
Lo instructivo de estas manifestaciones de los alumnos me parece estar, sin embargo, precisamente allí donde cada uno habla de sus experiencias puramente personales, sin pensar siquiera que de ellas pudieran sacarse conclusiones generales. Lo primero que se aprende de estos trabajos es la enorme importancia psicológica que tiene para los jóvenes este primer trabajo «independiente»: cómo en muchísimos casos ya en el penúltimo curso, a veces antes aún, sus pensamientos giran en torno a la elección del tema, y cómo para más de uno cada paso en el camino del trabajo domiciliario —la elección del tema, su delimitación más precisa, la fijación del plan, la redacción definitiva— representa una lucha interior verdaderamente seria y difícil. Especialmente característica es la manifestación de una muchacha que se había propuesto verter a un alemán congenial una obra de arte en lengua extranjera. Escribe: «A veces tengo la sensación de que este trabajo, si se me permite decirlo así, lo traigo en cierto modo al mundo. Lucho con él». Pero se ve también que más de una vacilación en la elección del tema, más de un abandono de la elección inicial, es decir, más de una cosa que desde fuera podría interpretarse quizá como veleidad y falta de seriedad, se vive desde dentro como una fase muy importante, ora atormentada, ora fecunda, del desarrollo interior.
La independencia del trabajo se siente, como queda dicho, como algo emocionantemente nuevo. En algunos casos se contrapone muy plásticamente al aprendizaje anterior de lección en lección, a la sujeción al libro de texto. Pero en muchos casos se sobrestima extraordinariamente, de un modo que podría llamarse infantil, si no fuera porque una exageración semejante de este mismo concepto no es rara tampoco entre los adultos. Así, se dice que esta exigencia es demasiado difícil para un alumno, que apenas podría planteársele a un catedrático o a un Privatdozent. Ya en la necesidad de servirse de libros, y más aún en la adopción de opiniones expresadas en libros, se ve una oposición a la independencia. Es cierto que en muchos casos se ve que los alumnos tropiezan aquí simplemente por primera vez con una de las dificultades que no se le pueden ahorrar a ningún principiante en el trabajo intelectual independiente: la presión de la opinión expuesta con una argumentación superior y manifestada por una autoridad reconocida, contra la que, sin embargo, se sienten resistencias interiores. Así, un alumno dice: «El alumno teme quizá entrar en contradicción con el profesor, o teme ponerse en ridículo si da su opinión, y no la reconocida, sobre un tema cualquiera». La cuestión de la independencia lleva, por lo demás, a un importante problema técnico. Se ve claramente cómo nuestros alumnos, casi sin excepción, carecen de formación para leer y utilizar con método las exposiciones especializadas, y tienen que adquirirla por sí mismos con ocasión del trabajo domiciliario. Sobre la diferencia entre el uso legítimo y adecuado de los medios bibliográficos y la copia más o menos encubierta hay muy poca claridad. Es grato a este respecto comprobar la fuerte resistencia interior contra esa copia encubierta que se hace valer en muchas manifestaciones; solo cabe esperar que esta actitud de la juventud se mantenga en los adultos. Repetidamente se señala que al preparar el trabajo de matura uno se vio por primera vez en la necesidad de tomar notas y extractos al leer libros, y se ve cuántas dificultades causa esto a los jóvenes, tanto psicológicas —como freno del impulso natural a avanzar deprisa en la lectura— como técnicas.
Con particular insistencia y carga emotiva, a veces en tono de broma amarga, a veces llenos de ardiente indignación, se describen las dificultades que causa procurarse la bibliografía necesaria. Sobre la organización de nuestras bibliotecas públicas y sobre la diligencia personal de sus empleados se dice más de una palabra amarga. La verdadera culpa no la tienen, evidentemente, en la mayoría de los casos, ni la organización ni los empleados de nuestras bibliotecas, sino la completa inexperiencia de los jóvenes estudiantes. Llama especialmente la atención que en algunos centros remitir a los alumnos a las bibliotecas públicas parece ser la regla general, y que además se ha descuidado dar a tiempo a los alumnos las instrucciones técnicas necesarias. Y no solo la obtención de los libros, sino incluso la localización de la bibliografía pertinente se deja en muchos casos a los alumnos sin guía alguna. Así, en un trabajo se describe de forma muy gráfica e impresionante el calvario de un alumno de octavo2 que se esforzaba en la Biblioteca de la Corte3 por encontrar la bibliografía de un tema filológico que no había elegido él mismo, sino que le había recomendado el profesor.
También en la elaboración del trabajo los candidatos tropiezan, naturalmente, con las dificultades que esperan a todo principiante. Así, una muchacha nos describe muy plásticamente la impresión abrumadora que le produjo ver cómo el plan de su trabajo, que llevaba —o creía llevar— claro en la cabeza con todos sus detalles, se le deshacía de repente en el momento de ponerlo por escrito. También aquí se muestra a menudo la falta de preparación técnica en cosas que el alumno del ciclo superior de la escuela media podría tener ya superadas al terminar sus estudios. Así, cuando se describe repetidamente la dificultad que causaban precisamente las frases introductorias, una dificultad que a menudo detenía a los candidatos días y semanas. En un trabajo se ve luego qué liberador fue el consejo de entrar directamente in medias res y escribir la introducción solo después de terminado el trabajo. Pero de toda una serie de manifestaciones se desprende también cuán fecundo resultó este esfuerzo de elaboración para los propios autores. Vemos cómo el tema solo se precisa del todo durante el trabajo. Vemos cómo la tarea, asumida al principio por razones externas, va ganándose poco a poco la participación interior de quien trabaja; vemos que el empeño por lograr la mejor ordenación y la mejor expresión llevó a más de un alumno a rehacer el trabajo varias veces. En algunos casos oímos que el trabajo domiciliario reafirmó a los candidatos en su predilección por la materia elegida, que ahora quieren seguir cultivando en la universidad. En un caso, el trabajo sobre un tema histórico lleva a la decisión negativa de abandonar el plan de estudiar la carrera de historia.
Casi todos los trabajos subrayan que el trabajo domiciliario impone una carga de trabajo extraordinaria tanto a los autores personalmente como a la mayoría de sus compañeros. Una muchacha llevó la cuenta y puede comprobar que dedicó 243 horas de trabajo. Que en muchos casos el trabajo haya ocupado una parte de las vacaciones de verano anteriores al año de la matura no sería de lamentar en sí, si no fuera porque precisamente ahí hay que ver en muchos casos que, a falta de una orientación previa adecuada por parte del profesor de la materia y a falta de los medios auxiliares necesarios, ese trabajo de verano, arrancado al gusto por las vacaciones, resultó poco fecundo.
A las dificultades internas del trabajo se suman las que derivan de la organización general del examen de madurez. La obligación del examen oral de una materia que solo guarda una relación laxa con el campo preferido del candidato, o que lo supera con mucho en extensión, resultó en algunos casos un obstáculo externo en la elección del tema. Así, una candidata renunció a un tema de historia del arte que le era muy querido, para eludir el examen de historia, y se decidió por las matemáticas. Una dificultad del todo externa, pero de la que a menudo se quejan, es la confección de la copia en limpio. Con todo, no pocas voces hablan a su vez de la ventaja que les supuso aprender por sí mismos, con esta ocasión, la técnica de la mecanografía. A muchos candidatos les agobia la idea de que un trabajo de matura que no tenga un número de páginas respetable sea de antemano inferior. Curiosamente, en otros casos parece fijarse en cambio una extensión máxima de unas 30 páginas, que en ningún caso puede rebasarse.
En general, en las manifestaciones de los candidatos se hace sentir con fuerza la alegría por la obra realizada. En varias redacciones se dice expresamente que el autor, mientras trabajaba, pasó de adversario a partidario del trabajo domiciliario. Una vez, ciertamente, ocupa el lugar de esa transformación interior un motivo externo. Un candidato confiesa que antes era adversario del trabajo de matura, pero que ahora, cuando ha terminado el suyo, es partidario, pues ¿por qué habrían de tenerlo más fácil que él las promociones siguientes? Mucho orgullo sienten los candidatos cuando ven ante sí su primer trabajo extenso pulcramente pasado a limpio y bien encuadernado. Por eso se lamenta también repetidamente tener que separarse para siempre del trabajo domiciliario de matura, justo en esa forma externa hermosa y solemne, en el momento de entregarlo.
Sin duda, el conocimiento más cercano de la relación de los alumnos con el trabajo domiciliario que se obtiene de la lectura de estos trabajos sugiere conclusiones prácticas, referidas en parte a la institución del trabajo domiciliario como tal, en parte al proceder metódico que habría que recomendar al profesor. Este artículo, sin embargo, se limita deliberadamente a comunicar los hechos y deja la valoración del material para otra ocasión.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del facsímil de Die Wiener Schule. Pädagogische Beilage zum Verordnungsblatt des Stadtschulrates für Wien [La escuela vienesa. Suplemento pedagógico del Boletín de disposiciones del Consejo Escolar de la Ciudad de Viena], número del 1 de abril de 1930, págs. 24-26, en ANNO, Österreichische Nationalbibliothek (aid=ssr, 19300401). Firmado «Karl Furtmüller». Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en párrafos y las citas de los alumnos. Los términos de la escuela austriaca se dan la primera vez en alemán, en cursiva, y se explican en notas del traductor; las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo. Las adiciones del traductor van entre corchetes.
Reifeprüfung o Matura: examen de madurez, que cerraba la escuela media austriaca y daba acceso a la universidad. Las nuevas normas del examen de finales de los años veinte introdujeron como parte de él un trabajo escrito elaborado en casa (Hausarbeit) sobre un tema elegido por el alumno, muy discutido en estos años; el mismo número de Die Wiener Schule le dedicaba varios artículos. (N. del T.) ↩
Oktavaner: alumno de la octava clase, el último curso del Gymnasium. (N. del T.) ↩
Hofbibliothek: la antigua biblioteca imperial, llamada desde 1920 Nationalbibliothek; Furtmüller usa el nombre tradicional. (N. del T.) ↩