La significación psicológica del psicoanálisis.

Por el Dr. Carl Furtmüller.

I.

La psicología moderna ha recibido en repetidas ocasiones impulsos importantes a partir del estudio de la vida anímica anormal. Pero nunca fueron los puentes que conducían del examen de la psique enferma al de la sana tan numerosos y tan sólidos como los tendidos por el psicoanálisis, que, originariamente un método médico de curación para el tratamiento de enfermedades neuróticas, pretende hoy mostrarnos también el organismo psíquico del sano bajo una luz completamente nueva. Así, puede contar hoy sin duda con el interés, al menos examinador, de todo aquel que sea psicólogo en el sentido más profundo de anhelar el descubrimiento de la conexión interna de nuestra vida anímica. Si esto justifica el intento de una exposición de conjunto de los problemas del psicoanálisis, las dificultades que se oponen no son, sin embargo, pequeñas. Un trabajo así tiene que renunciar de antemano, por razón de su extensión, a una exposición detallada de casos determinados; pero sin ella no puede esperar transmitir una comprensión plena, y mucho menos producir un pleno convencimiento. A ello se añade que el psicoanálisis, como es natural en una ciencia tan joven, se halla en rápido desarrollo y en flujo constante, y en él se oponen a menudo con bastante aspereza concepciones contrarias. El autor daría, pues, por alcanzado su propósito si con las siguientes consideraciones convenciera al lector de que se trata de algo que merece ser examinado por uno mismo, si le incitara a seguir la literatura psicoanalítica, pero también a escrutar su propia vida anímica.

El descubrimiento fundamental del psicoanálisis lo logró primero el médico vienés Josef Breuer. En los años 1881-1882 trató a una muchacha que, en la época en que cuidaba abnegadamente a su querido padre en su enfermedad mortal, había enfermado de graves fenómenos histéricos, entre los que cabe destacar la parálisis de las extremidades del lado derecho, graves trastornos del habla, el rechazo de alimentos y la incapacidad temporal de beber. El tratamiento se prolongó durante meses y el médico no pudo lograr más que un alivio pasajero del estado haciéndose contar bajo hipnosis las fantasías que la atormentaban durante sus ataques. Pero luego consiguió llevar a la paciente, de nuevo bajo hipnosis, a reproducir los sucesos que habían ocasionado la primera aparición de cada uno de los síntomas. El recuerdo de estos acontecimientos, completamente olvidados en el estado de vigilia, se producía con gran excitación, y a partir de entonces el síntoma correspondiente desaparecía para siempre. Pero una comparación entre el suceso evocado en el recuerdo y el fenómeno patológico mostraba que entre ambos había existido una conexión interna. Así, la paciente había sorprendido una vez a la señorita de compañía inglesa, que le resultaba antipática, dejando beber a su perrito, «el animal asqueroso», de un vaso. Por cortesía reprimió entonces su enojo y su asco. El efecto neurótico de este motivo fue la incapacidad de beber.

Por más que la aclaración de este caso parezca necesitada de complemento desde el punto de vista actual del análisis, ya de él se desprendían, aparte de su importancia práctica para el médico, importantes conclusiones teóricas:

1. La paciente reaccionó con su modo de actuar a una imagen mnémica sin que esta estuviera presente en su conciencia. Del mismo modo, el psicoanálisis pudo mostrar después una y otra vez que ciertos modos de actuar y ciertos razonamientos del paciente (o también del normal) seguían siendo incomprensibles hasta que se llenaba una laguna de la conciencia. Entonces resultaba que las personas en cuestión ya antes habían actuado como si los recuerdos (fantasías, pensamientos) elevados solo ahora a la conciencia hubieran actuado ya de manera determinante. Para fijar este hecho, el psicoanálisis formó el concepto auxiliar de representación inconsciente. Con este término, tal como lo usa el psicoanálisis, no se trata, pues, de fenómenos psíquicos que quedan por debajo del umbral de la conciencia por ser de escasa importancia, sino de fuerzas psíquicas que, a pesar de su gran valencia, e incluso precisamente a causa de ella, quedan excluidas de la conciencia.

2. Si una representación inconsciente de este tipo se hace consciente, el individuo no solo aprende a comprender su estado, sino que cambia también su conducta; una parte nueva de las manifestaciones vitales de la persona queda sometida a su dirección consciente.

3. Para Breuer, la enfermedad psíquica surgía de que, a causa de la represión de la vivencia fuera de la conciencia, el afecto ligado a ella se veía impedido en su curso normal. La cura liberaba de nuevo, junto con el recuerdo, también el afecto y lo conducía a su descarga. Por eso llamó a su método «procedimiento catártico (purificador)». Aunque estos planteamientos hayan sufrido después múltiples correcciones, encierran en el fondo un conocimiento de gran alcance. Muestran que no se puede combatir eficazmente en uno mismo y en los demás los ataques psíquicos indeseados limitándose a cerrarles el camino hacia la expresión y la actividad; entonces actúan, sin ser reconocidos ni vigilados, de modo tanto más peligroso. Y así llegamos ya desde los comienzos del psicoanálisis al importante principio pedagógico, que está menos en contradicción con la teoría que con nuestra práctica en la casa y en la escuela: una educación moral fecunda solo es posible mediante la ampliación de la conciencia (¡no del saber!), no mediante su restricción.

Por importante que fuera lo ya alcanzado, el nuevo procedimiento no significaba en esta etapa más que un método médico de curación. La posibilidad de desarrollarse más allá, hasta convertirse en un medio de investigación nuevo e imprescindible de la psicología, la recibió solo gracias a un paso de Sigmund Freud, quien, discípulo y colaborador de Breuer, continuó pronto de manera independiente y genial lo comenzado por este. Consideraciones prácticas le movieron a buscar un camino que hiciera posible aplicar el nuevo procedimiento sin hipnosis. El razonamiento que guió a Freud puede formularse más o menos así: si de los contenidos psíquicos inconscientes del paciente parte tal energía que producen fenómenos patológicos penosos y tenaces, entonces cabe suponer que sus efectos se hacen sentir también en otros aspectos de la vida anímica del individuo, aunque de modo menos visible y solo en huellas; entonces cabe esperar poder demostrar su influencia allí donde afloja la dirección consciente de nuestras representaciones. Así llegó Freud, tras una fase de transición, al siguiente procedimiento: se invitaba al paciente a abandonarse al libre curso de sus representaciones y a decir lo que se le ocurriera. La condición era que comunicara realmente al médico todas sus ocurrencias, aunque le parecieran absurdas, ajenas al asunto o penosas. Ahora bien, teniendo presente el médico dónde parecían aproximarse diversas series de ocurrencias a un punto nodal común, pero sobre todo, ateniéndose a que la sucesión aparentemente casual de dos ocurrencias apuntaba a una conexión interna, podía adivinar en qué dirección tendían los razonamientos del paciente. Luego podía ayudarle en su reflexión sobre sí mismo mediante aclaraciones aisladas, en las que aprovechaba las experiencias adquiridas con otros pacientes, pero sobre todo procurando impedir que se desviara o se atascara. Porque en esencia el método psicoanalítico no es otra cosa que una exploración de sí mismo dirigida con arte.

Con este tipo de cura era necesario que con el tiempo —un tratamiento psicoanalítico dura a menudo muchos meses, a veces años— desfilara ante los ojos del médico toda la vida del paciente, desde la primera juventud hasta el presente, en sus grandes vivencias y en los detalles aparentemente más insignificantes, en sus acciones manifiestas como en sus deseos y temores más secretos. Obtenía así una biografía de su paciente, aumentada con lo que se suprime al poner por escrito una biografía; a ello se añadía lo que antes del tratamiento el paciente no podía ni quería confesarse ni siquiera a sí mismo. Aquí me parece que reside el momento por el que el nuevo procedimiento está destinado a intervenir más profundamente en el curso del desarrollo de la psicología. Al abrírsele al psicoanalista la vida anímica no de un hombre, sino de un gran número, con una amplitud y una profundidad como nunca antes a ningún otro psicólogo, tiene que surgir para la ciencia del alma una orientación completamente nueva, un problema nuevo por principio. La psicología anterior procede extrayendo de la conexión de la vida psíquica fenómenos aislados, o series y grupos de fenómenos. Al intentar descomponerlos luego más y compararlos entre sí, llega ciertamente a descripciones científicas y a la comprobación de procesos sujetos a ley; pero por la esencia misma de su procedimiento se ha puesto dos límites. Por una parte, su consideración se extiende siempre a lo formal del proceso psíquico: la materia de la vida anímica escapa, en cambio, a su investigación. En el juicio, por ejemplo, se ocupa del acto de juzgar; pero el contenido del juicio concreto, en su significación para el individuo, le es indiferente. En la asociación investiga la relación de los distintos miembros entre sí: estos miembros en sí mismos no le significan nada. Y con ello está luego en conexión interna una segunda cosa: a la psicología anterior le estaba vedado penetrar hasta la comprensión de la unidad viva de la vida anímica individual.1 La elaboración científica del contenido de la psique y la investigación de la personalidad son, pues, las dos nuevas tareas esenciales que plantea el psicoanálisis y cuya solución hace posible. Y puede apreciarse la importancia de un investigador psicoanalítico para la psicología por el grado de claridad con que reconoce estas tareas y por la intensidad con que se dedica a cumplirlas.

Este razonamiento general nos muestra ya que el psicoanálisis tenía que llegar a ampliar esencialmente su campo de trabajo originario, que ya no podía limitarse a la investigación de la vida anímica patológica, sino que se vio obligado a incluir en sus investigaciones también el estudio de la psique normal. Estaba en la naturaleza de las cosas que se volviera primero hacia aquellos fenómenos que ofrecen ya externamente cierto parentesco con los trastornos psíquicos considerados patológicos. Así, Freud investigó la «psicopatología de la vida cotidiana», aquellos casos de actos fallidos, equivocaciones al obrar, lapsus al hablar, al leer, al escribir, olvidos, en los que nuestro aparato anímico falla de manera llamativa en una operación que de ordinario realiza como jugando. Pudo demostrar que, al menos en muchísimos casos, este fallo no es «casual», sino que está exactamente determinado en lo psíquico, aunque de modo inconsciente.2 Se ocupó también de las fantasías a que se entregan los hombres en los momentos de ocio, los «sueños diurnos». Pero su realización más importante la llevó a cabo con el esclarecimiento de aquel terreno en el que la vida anímica del sano parece aproximarse más a la del perturbado psíquico: con su investigación de la vida onírica. En su Traumdeutung [La interpretación de los sueños] mostró que en todo sueño, a pesar de su aparente carácter enigmático, de su confusión y aun de su absurdidad, hay un sentido. Ciertamente, no encontramos este sentido de modo inmediato en las imágenes que nos muestra el sueño ni en lo que nos cuenta el soñante, sino que tenemos que retroceder más allá de este contenido manifiesto del sueño para llegar a los pensamientos oníricos ocultos en él. Este análisis psicológico nos lo hace posible el que el soñante nos comunique las ocurrencias que desencadenan en él los distintos fragmentos del sueño. En la interpretación de los sueños tenemos que estar preparados para que, en lugar de las asociaciones internas que caracterizan el pensamiento lógico del que está despierto, aparezcan otras completamente externas, y para que mucho de lo que nos muestra el sueño haya de entenderse como representación figurada, como símbolo. Semejante interpretación de los sueños nos muestra que lo que antes se consideraba a menudo decisivo para la formación del sueño, los estímulos corporales y las impresiones sensoriales durante el sueño, solo tiene importancia en la medida en que proporciona material al sueño. Un papel mucho más importante desempeñan ya pensamientos e impresiones del día que no han encontrado en la vida de vigilia una resolución psíquica. Pero el núcleo del sueño nos muestra al hombre ocupado, también mientras duerme, con problemas que constituyen el fondo más profundo de su personalidad. Y para Freud todo sueño, por más que su contenido parezca contradecirlo, representa una realización de deseo, y en su sentido más profundo la realización de un antiguo deseo infantil, reprimido hace mucho de la conciencia de vigilia en el curso del desarrollo del individuo.

El concepto de realización de deseo ocupa una posición dominante en el conjunto de las doctrinas freudianas. Desde aquí puede quizá abarcarse mejor el curso interno del desarrollo del psicoanálisis y reconocer hasta dónde ha avanzado Freud y dónde se ha detenido. El primer hecho que había sacado a la luz el psicoanálisis era que a recuerdos aparentemente olvidados puede corresponderles, sin embargo, una eficacia psíquica muy fuerte. Con ello pasó muy especialmente al primer plano la significación anímica del propio pasado, y se llegó a la fórmula: el histérico padece en gran parte de recuerdos oscuros. Así, al principio lo inconsciente pareció algo puramente retrospectivo, un lastre del pasado que se adhería al individuo sin finalidad y de modo perturbador y lo incapacitaba para su verdadera tarea, el dominio del futuro. Pero desde dos lados tenían que surgir dificultades contra esta concepción. Lo que era concebible mientras se entendía la existencia de representaciones inconscientes en sí como un trastorno patológico se hizo insostenible en el momento en que se reconoció el papel de lo inconsciente también en la psique del normal. No se podía hacer andar por la vida también al psíquicamente sano con los ojos vueltos hacia atrás. Y además tenía que surgir un conflicto con la esencia del propio método psicoanalítico, que tiene como presupuesto necesario la tendencia a una meta de la asociación, es decir, el empuje hacia delante de los pensamientos. En esta dificultad interviene ahora la teoría de Freud de los deseos inconscientes. Su importancia reside en que consigue unir pasado y futuro. Lo inconsciente retiene lo que fue, pero solo por amor de lo venidero, porque quisiera que lo que fue vuelva a ser.

A pesar de la gran importancia de la teoría del deseo, era imposible que el psicoanálisis pudiera haberse dado por satisfecho con ella de modo duradero. Si antes lo inconsciente era un profeta vuelto hacia atrás, ahora es un historiador vuelto hacia delante; el futuro no es para él más que un rodeo hacia el pasado. También ahora el pasado, aparte de su significación, por así decir, histórica —la de haber hecho del individuo lo que ahora es—, tiene una influencia tan decisiva que viste con sus colores el presente y el futuro. Si se investiga un destino humano según los puntos de vista freudianos, puede retrocederse cada vez más, hasta los primeros años de la infancia, y nunca se encuentra propiamente el momento en que el hombre quiere construir de modo independiente su futuro; siempre lo encontramos ocupado en restablecer el pasado.

En este punto del desarrollo, el psicoanálisis recibió de Alfred Adler un impulso decisivo. Adler ve el papel del pasado bajo otra luz, y así puede comprender también mejor la posición del individuo ante el futuro. Lo que hemos llamado la significación histórica del pasado psíquico lo estima por lo menos tanto como Freud, y precisamente aquí, por ejemplo en lo que se refiere a los efectos psíquicos ulteriores de las inferioridades infantiles, ha hecho avanzar mucho nuestro conocimiento. Pero su concepción del papel actual del pasado psíquico es completamente distinta. Para él lo esencial de lo inconsciente no son deseos y pensamientos concretos, sino el plan de vida inconsciente, una representación inconsciente del papel que se quiere desempeñar en el mundo. Este plan de vida provoca constantemente intentos de prepararse para todos los casos posibles, previniendo y pensando de antemano. En estos intentos a tientas, todo el pasado sirve de material. Como medio, pues, no como meta, aparece siempre allí donde nos ocupamos del futuro. Por eso, en muchos casos en que Freud ve un impulso de deseo objetivo lleno de nostalgia del pasado, Adler no ve más que una preparación simbólica para el futuro.

Así me parece que Adler ha resuelto el problema que se planteó desde el principio mismo del psicoanálisis, el problema del papel anímico de los recuerdos, siguiendo hasta el final el camino emprendido por Freud. Por eso considero una resistencia contra la lógica interna del curso del desarrollo del psicoanálisis que los autores completamente comprometidos con Freud adopten los hallazgos de Adler en muchos detalles, a menudo tácitamente, pero rechacen la gran conexión de sus investigaciones.3

Sin embargo, la diferencia entre estos dos puntos de vista solo podrá sernos del todo clara cuando por fin nos volvamos hacia la pregunta: ¿qué ha sacado a la luz el psicoanálisis sobre el contenido de la psique?

II.

Si este artículo se propone exponer brevemente lo que el psicoanálisis ha sacado a la luz sobre el contenido de la psique, no puede hacerlo —como ya se ha señalado— de una vez, sino solo contraponiendo los puntos de vista de Freud y de Adler. Cierto que el solo hecho de semejante escisión parece poner en manos de los adversarios un argumento muy eficaz. Si la aplicación del método psicoanalítico conduce a resultados tan distintos, podrían decir, eso demuestra que con este método no tenemos en modo alguno un camino nuevo para sacar a la luz hechos psíquicos —pues sobre hechos no podría haber disputa—, sino una serie de planteamientos quizá ingeniosos, pero en todo caso arbitrarios, ante los que serían igualmente posibles, desde luego, la ortodoxia dogmática y la oposición violenta. Exactamente la misma arma, solo que desde otro punto de vista, emplean por cierto algunos psicoanalistas al rechazar toda objeción alegando que lo que exponen no son teorías sobre las que quepa discutir, sino solo un resumen sobrio de los hechos psíquicos establecidos objetivamente con ayuda de su método. Lo insostenible de estas dos argumentaciones, de dirección opuesta y sin embargo coincidentes en el fondo, se ve enseguida si se tiene presente la esencia del trabajo científico en general y del psicológico en particular. Dejemos aquí completamente a un lado la cuestión de la comprobación de las observaciones aisladas. Pero aun admitida la exactitud de todas las observaciones aisladas, el material de hechos en que se apoya una ciencia no puede ser en sí otra cosa que una infinidad de hechos aislados e inconexos. Para que de este caos surja un conocimiento coherente y unitario, es necesario reunir los hechos aislados, ordenarlos, someterlos a puntos de vista directores. Así, en toda teoría científica se enfrenta al factor objetivo un momento en cierto sentido subjetivo. El conflicto entre dos teorías no habla, pues, en modo alguno contra la exactitud de su base objetiva común, y la exactitud de esta base por sí sola no habla todavía en favor de una teoría. El material de hechos sobre el que se construyen el sistema ptolemaico y el copernicano es el mismo; el modo de elaborarlo y de dominarlo es, desde luego, radicalmente distinto. Ciertamente, este factor subjetivo tiene que acreditarse a su vez ante los hechos. Pero precisamente la comprobación práctica solo se hace posible contraponiendo y ensayando diversas posibilidades.

Si, pues, siempre hay una parte subjetiva, esta tiene que desempeñar naturalmente un papel especial en una psicología verdaderamente psicológica. El investigador solo puede comprender la vida anímica ajena intentando revivirla; la empatía es presupuesto de todo trabajo psicológico. Aun atendiendo con la mayor exactitud a todos los hallazgos objetivos, la imagen de conjunto que resulte estará siempre esencialmente influida por la personalidad del psicólogo, por honradamente que se esfuerce en eliminar lo demasiado individual. La impersonalidad puede ser aquí la meta de la crítica que comprueba, pero no del investigador que construye. Así se nos presenta también en las teorías de Freud y de Adler una oposición de concepción del mundo que no surge solo de sus concepciones psicológicas, sino que está en su base.

Lo característico de la psicología freudiana reside, por una parte, en la posición dominante, más aún, exclusivamente dominante, que asigna a la sexualidad. Que a esta tenía que corresponderle un papel especial en una investigación más profunda de las neurosis estaba claro, desde luego. También antes se había advertido la conexión entre las neurosis y los trastornos sexuales, e incluso a veces se había afirmado una causación directamente sexual de ciertas enfermedades nerviosas. Y, por otra parte, la peculiaridad del tratamiento psicoanalítico, en el que el enfermo comunica al médico lo que de ordinario guarda como el secreto más personal, traía consigo que la vida sexual del paciente fuera objeto de una discusión detallada en toda cura. Freud resolvió el problema así planteado con el más extremo radicalismo. Según él, toda neurosis tiene en lo esencial una causa sexual. Esta tesis recibió todavía una determinación ulterior porque el psicoanálisis pudo mostrar concretamente algo que también antes se había creído de buen grado, sin prueba especial, como principio general de experiencia: la importancia decisiva de los años de la infancia para la vida psíquica del adulto. Así llegó Freud a la afirmación de que las neurosis —con excepción de la neurastenia y de la neurosis de angustia, que atribuía a daños actuales— se basaban en trastornos de la sexualidad infantil. Al principio supuso que se trataba de una vivencia aislada o de una serie de ellas que actuaban, por así decir, como heridas psíquicas (traumas). Pero a ello se oponía que, si bien la enfermedad efectivamente producida parecía garantizar la fuerza patógena de estas vivencias, a menudo bastante insignificantes en sí, pronto hubo que reconocer que numerosas personas sanas habían vivido cosas iguales o parecidas sin sufrir daño. Esto llevó a buscar en otra parte la verdadera raíz de la enfermedad, y Freud la encontró en la constitución sexual. Llegó así a establecer una teoría sexual que hacía aparecer bajo una luz completamente nueva la vida sexual no solo del enfermo, sino también del normal, y que asignaba a la sexualidad, en extensión e intensidad, un papel mucho más importante que nunca antes.

La diferencia que salta primero a la vista entre la concepción freudiana y la opinión corriente es que, según él, la sexualidad no entra en el hombre, «como el diablo en los cerdos», solo en la fase de la pubertad o de la prepubertad, sino que para él el niño es sexual desde el momento de su nacimiento, y en alto grado. De ello se desprende ya que [Freud] toma la expresión «sexual» en un sentido más amplio que el habitual.4 La obtención de placer al mamar, el gusto por chuparse el dedo, el interés por la defecación, el placer de columpiarse y de ir en coche le parecen tan sexuales como la ocupación del niño con sus genitales, que otros consideran a menudo un juego sin importancia.5 Así, al comienzo del desarrollo del individuo están juntas, con iguales derechos, diversas «zonas erógenas» (sobre todo la bucal, la anal y la genital), y solo en el curso de este desarrollo alcanza la zona genital, por así decir, la primacía, de modo que la importancia de las demás en parte retrocede del todo y en parte la obtención de placer procedente de ellas solo tiene el carácter de preparación o de sustitutivo.

Pero la sexualidad del niño tiene que pasar aún por otro desarrollo. Al principio le basta para obtener placer el propio cuerpo; junto a ello aparece luego la obtención de placer mediante la intervención de una segunda persona: así avanza del autoerotismo al amor de objeto. Los objetos sexuales, a su vez, los elige al principio indistintamente en ambos sexos; solo poco a poco se forma la elección de objeto del sexo contrario. Fiel a su concepción fundamental, Freud entiende todas las relaciones entre los hombres como sexuales. No solo en el amor, también en la amistad, en el amor de los padres, en el amor filial y en el amor entre hermanos reconoce el imperio de la libido.

El desarrollo que hemos descrito presupone que determinados componentes de la libido, determinadas formas de satisfacción pulsional, quedan borrados de la conciencia del individuo, «reprimidos», en parte por el desarrollo orgánico y en parte bajo la presión de nuestras concepciones éticas y culturales. Las energías psíquicas que se expresaban en ellos no pueden, naturalmente, desaparecer; han de ser conducidas a tareas culturales superiores, «sublimadas». En este proceso complicado son posibles trastornos del desarrollo. Si la represión deja de producirse en uno o varios puntos, tenemos ante nosotros al perverso sexual. Si la represión se lleva a cabo, pero no se consigue dar otro empleo a la energía implicada, estas fuerzas, que ahora actúan interiormente, pueden irrumpir en un momento dado como neurosis o psicosis. Es, pues, la represión fracasada de impulsos libidinosos lo que se expresa en la enfermedad anímica, y así pudo Freud llamar a la neurosis el negativo de la perversión.

Un papel especialmente importante en el desarrollo de la sexualidad infantil lo desempeña, según Freud, la relación del niño con los padres. Cuando nos dice que la inclinación, que al principio se dirige por igual al padre y a la madre, pronto se vuelve en especial medida hacia el progenitor del sexo contrario, parece ciertamente no apartarse todavía del terreno de observaciones anteriores. Pero, según él, el niño ama a la madre precisamente como amante y desea poseerla sexualmente conforme a las representaciones que su entendimiento infantil se ha hecho de las relaciones amorosas humanas. Aquí le sale al paso un obstáculo en la persona del padre, que ahora se le aparece como rival favorecido. Eliminado este, nada se opondría ya a su felicidad. Y como, según Freud, el niño todavía no tiene clara la significación de la muerte y para él estar muerto solo significa no volver más, puede surgir en el niño el deseo de que el padre muera y le deje el sitio. Así, Freud ve en todo niño, al menos en todo futuro neurótico, un pequeño Edipo que quisiera matar a su padre para casarse luego con la madre. Con el progresivo desarrollo ético del niño, estos dos impulsos, el odio y el deseo de muerte contra el padre y el amor sexual a la madre, sucumben luego a la represión y a menudo quedan incluso encubiertos por sentimientos opuestos. Pero su acción desde lo inconsciente y su papel en la enfermedad neurótica le parecen a Freud tan significativos que llamó al complejo de Edipo nada menos que el complejo nuclear de la neurosis.

Que la teoría de Freud aquí esbozada se basa en un gran número de observaciones nuevas y afortunadas, que da una significación nueva a mucho de lo que antes se había visto pero no tenido en cuenta, solo pueden negarlo quienes en el celo del rechazo pierden la mirada imparcial para los hechos. En otras observaciones de Freud se nota, desde luego, que la teoría ya hecha ha influido en el juicio. Esta teoría misma seducirá a quien haya vencido la resistencia inicial y se abandone de buen grado a ella, sobre todo por su grandiosa unidad. La sexualidad, la libido, es la raíz común de la que brotan todos los múltiples fenómenos de la vida psíquica. Pero en una comprobación científica detenida hay que reconocer, desde luego, que precisamente esta unidad encubre el punto más débil de todo el edificio de ideas. Freud ha ampliado la extensión del concepto de sexualidad, pero ha omitido determinar al mismo tiempo de nuevo su contenido. Por eso entra en todas las manifestaciones de la escuela freudiana sobre la sexualidad algo vago y tornasolado. Se mantienen abiertos dos caminos: unas veces se amplía del modo más radical la extensión del concepto de sexualidad, de modo que, por ejemplo, se equipara sin más el placer al placer sexual, y sin embargo se conserva el contenido del concepto en todo su alcance y riqueza originarios. Otras veces se evita este error; entonces, naturalmente, con la extensión del concepto se pierde cada vez más de su contenido, de modo que se acaba poniendo libido = afectividad o energía psíquica. La denominación «sexual» aparece entonces como una mera innovación terminológica sin valor de conocimiento. Esta tendencia a la simple equiparación de lo psíquico y lo sexual se ve especialmente favorecida por la teoría freudiana de la sublimación, que entiende todas las formaciones psíquicas superiores —ética, ciencia, arte— como productos de un cambio de dirección de la libido. Pero el mayor peligro reside en que las dos posibilidades opuestas que hemos señalado no se separan tan tajantemente como cabría pensar, sino que a menudo en un mismo trabajo se sigue primero un camino y luego el otro.

La ambigüedad de la concepción freudiana sufre todavía una agudización especial por el hecho de que Freud, después de haber reducido todo acontecer psíquico a la sexualidad, no puede prescindir, sin embargo, de un polo opuesto a la sexualidad. Los conflictos anímicos que conducen a la enfermedad solo son comprensibles desde su punto de vista porque a la libido se le enfrenta hostilmente otro poder. De ahí la represión, de ahí la oposición entre la libido inconsciente y la personalidad consciente. Y así, para él la neurosis se basa en una lucha de la sexualidad con las pulsiones del yo. Solo de paso observemos aquí que en esta contraposición se hacen notar sensiblemente las oscuridades del concepto freudiano de sexualidad. Desde la antigua concepción era, desde luego, perfectamente admisible contraponer el instinto sexual, como función de conservación de la especie, a los instintos de autoconservación,6 aunque también entonces hay que decir que esto está pensado biológica y no psicológicamente. Pero con la concepción tan ampliada que tiene Freud de la sexualidad, esta contraposición pierde toda justificación. No se ve qué tendría que ver con la conservación de la especie el placer del niño al chuparse el dedo o en sus funciones intestinales. En este punto del tan peculiar mundo de ideas de Freud nos encontramos con un resto no amalgamado de concepciones anteriores. Pero mucho más grave que este defecto estético lógico es que esta oposición entre sexualidad y pulsiones del yo, que en Freud se pone en paralelo con la oposición entre «consciente» e «inconsciente», amenaza con desviar de la meta más alta que podía proponerse el psicoanálisis. Este quería intentar, con ayuda de lo inconsciente, descubrir la vida anímica del individuo en una conexión sin lagunas. Pero ahora tenemos ante nosotros primero la personalidad consciente, que puede ser de algún modo éticamente valiosa o deficiente, bondadosa o egoísta, amable o repelente. Y en ella irrumpe luego desde la oscuridad de lo inconsciente un poder extraño que la altera o la destruye secundariamente. Así, estas ideas de Freud, mantenidas con consecuencia, tendrían que conducir a que, con la teoría de la raíz sexual de todas las formaciones psíquicas, se derrumbara al mismo tiempo la posibilidad misma de comprender la conexión interna de la personalidad.

Este es el punto desde el que el psicólogo puede apreciar mejor la importancia de la investigación de Alfred Adler. Para él la conexión unitaria de la personalidad total está siempre en el centro de la consideración. Para él lo consciente y lo inconsciente no son formaciones psíquicas de esencia completamente distinta, sino que para él en lo inconsciente solo se expresa con claridad y univocidad lo que también puede demostrarse en la conciencia, aunque oculto, deformado y falseado. Por eso la neurosis tampoco es para él una irrupción repentina de poderes oscuros en la personalidad, sino que brota del suelo de una personalidad conformada de modo completamente específico. Por eso para Adler la disposición neurótica es más importante que la neurosis. Aquella es el fundamento permanente; la enfermedad, en cambio, en ciertas circunstancias algo pasajero. Por eso la regresión de los síntomas patológicos no constituye en sí una verdadera curación, porque el paciente sigue llevando entonces en sí la gran probabilidad de una nueva enfermedad. La verdadera curación consiste solo en la eliminación o en la reducción importante de la disposición neurótica, es decir, en una transformación de la personalidad, en un cambio de su fijación de metas y de su carácter. Así como el conocimiento de la enfermedad se basa en la perspicacia psicológica del médico, sus éxitos curativos dependerán en no menor medida de sus capacidades pedagógicas.

Enseñarnos a comprender las múltiples y a menudo contradictorias manifestaciones vitales psíquicas de un individuo como las funciones conexas de una personalidad es, pues, la tarea que se plantea Adler. No puede tratarse con ello de reducir materialmente esta multiplicidad a una unidad. Porque acabamos de ver, en la crítica de las ideas freudianas, que semejante empresa tiene que fracasar. Lo que le importa a Adler es descubrir, por así decir, el punto de cristalización en torno al cual se ordena conforme a ley el material heterogéneo, mostrar una tendencia dominante a cuyo servicio se elabora la materia prima psíquica.

Este eje lo encuentra Adler en el sentimiento de inferioridad, que frente a las infinitas exigencias del mundo exterior y la compacta estructura de la sociedad tiene que hacerse valer aun en el individuo más fuerte, pero que normalmente aparecerá con la mayor intensidad en el niño a causa de su debilidad y falta de práctica naturales, sobre todo porque tiene siempre ante los ojos como punto de comparación las realizaciones superiores y la valoración social superior de los adultos. Este sentimiento de inferioridad adquiere una importancia extraordinaria para el fomento de la vida y del desarrollo por el hecho de que no permanece pasivo, sino que provoca un enérgico afán de compensación. Sobre todo en su Studie über die Minderwertigkeit von Organen [Estudio sobre la inferioridad de los órganos], Adler ha dado numerosos ejemplos, tanto de la casuística médica como de la biografía de hombres destacados, de cómo, sobre la base de una inferioridad orgánica y por la intervención de estos dos factores anímicos, se desarrollan rendimientos de valor superior que a menudo adquieren importancia no solo para el individuo, sino para toda nuestra cultura. Los casos de pintores con trastornos de la vista, de músicos con lesiones del órgano auditivo, de oradores célebres que tartamudean, son bien conocidos, aunque este material nunca se ha investigado sistemáticamente y por eso solo nos son accesibles los casos especialmente crasos que podían llamar la atención también del profano.7 Aquí vemos enseguida que el afán de compensación no se detiene en igualar de nuevo los platillos de la balanza, sino que empuja más allá, a una sobrecompensación. En ello reside la razón de que esta serie psíquica —sentimiento de inferioridad seguido de afán de compensación—, cuyo lado positivo hemos considerado hasta ahora, desempeñe también un papel muy peligroso, a veces funesto, en el desarrollo del individuo. Cuanto más vivo es el sentimiento de inferioridad, tanto más impetuoso será el afán de compensación. El individuo llegará entonces a exigencias para consigo mismo, para con su entorno, para con la vida, que su fuerza no basta para imponer, más aún, que van mucho más allá de la medida de lo humanamente alcanzable. Así se ve empujado a una senda que amenaza con llevarlo a una derrota segura, más aún, a una serie continuada de derrotas. Aquí se inicia un movimiento de retroceso. En lugar de las «líneas directrices» que entran demasiado en conflicto con la realidad aparecen otras, secundarias, que se ajustan mejor a ella. Allí donde la persecución directa de una meta hace temer una derrota se intercalan eslabones intermedios —«salvaguardias»— que permiten, por así decir, eludir la lucha sin abandonar por ello la posición de combate. La comprensión de este juego de fuerzas es el hilo de Ariadna que nos guía a través de la maraña, a menudo enredada, de los rasgos de carácter, fantasías y deseos del individuo y, más allá, también hasta la comprensión de los síntomas histéricos, las ideas obsesivas y los actos obsesivos del enfermo neurótico. Naturalmente, hay que tener presente que el relleno concreto de este esquema abstracto será de lo más variado, porque en ello son determinantes, por una parte, toda la disposición y toda la suma de experiencias de la personalidad y, por otra, el ambiente con sus influencias y relaciones. Hay que tener presente, además, que antes de la aclaración psicoanalítica el individuo no tiene ninguna comprensión, o a lo sumo una muy fragmentaria, de las relaciones de fuerzas que hemos expuesto. Son ellas precisamente las que constituyen para Adler lo inconsciente decisivo.

Un ejemplo trazado a grandes rasgos puede ilustrar en alguna medida lo dicho. En un niño con un sentimiento de inferioridad especialmente intenso —causado por una educación que hace al niño demasiado consciente de su debilidad, pero sobre todo por los efectos de inferioridades orgánicas (raquitismo, defectos infantiles8)— se desarrollarán de modo compensatorio ideas de grandeza. Querrá ser atendido siempre, ser en todas partes el primero, el más fuerte, el más grande, querrá tenerlo todo. Como este programa no puede realizarse en su generalidad, puede ocupar su lugar, como línea directriz secundaria, la competencia con una persona determinada, por ejemplo con el padre. Por un nuevo retroceso, la figura del padre puede ser sustituida luego por otra, una niñera, un hermano mayor. El carácter secundario de estas líneas directrices se ve claramente en que tampoco su imposición completa conduce a una satisfacción y una tranquilidad duraderas. En estos intentos de dominio, el niño chocará con la resistencia de su entorno. Y aquí se muestra claramente cómo semejante desarrollo psíquico no está determinado de manera unívoca desde el principio, sino cómo puede tenderse a la misma meta por vías aparentemente del todo opuestas. Porque el niño puede reaccionar a la resistencia del entorno con obstinación o con obediencia. Si en el primer caso el deseo de afirmarse frente a su entorno se muestra de manera completamente inmediata, en el tipo de niño descrito se delatará al observador más fino también en el segundo caso. Solo que ahora los medios serán indirectos: el niño acentuará y conservará especialmente su debilidad, su necesidad de ayuda, su torpeza, para obligar por este rodeo al entorno a ponerse a su servicio.

Pero aún nos queda por exponer un momento que agudiza extraordinariamente la tensión psíquica y complica todas las relaciones. El niño que está bajo la presión de un sentimiento de inferioridad extraordinario y del afán de compensación que de él se sigue busca convulsivamente medidas con cuya ayuda pueda estimar sus propias realizaciones y espolearse e impulsarse hacia delante. Entonces, en medio de nuestra cultura actual, se le hace clara en mil ejemplos pequeños y grandes la opinión general de la inferioridad de la mujer frente al hombre. Con la tendencia de estos niños a llevarlo todo al extremo, pronto elevarán esta diferencia de valoración hasta lo infinito. «Masculino» se convierte para ellos en expresión de todo lo fuerte, noble y verdadero; «femenino», en un predicado exclusivamente denigrante. Pero esta valoración solo se vuelve peligrosa y de graves consecuencias por desarrollarse en una época en que el niño aún no tiene clara la significación real de las diferencias entre los sexos, en que aún no comprende que la naturaleza le ha asignado de modo inalterable su papel sexual. A quien dude de que hay una época así en la vida infantil le remitimos a las experiencias del cuarto de los niños y a algunas bromas, por desgracia muy apreciadas, que se gastan a los niños. ¡Cuánto puede asustarse a veces a un niño diciéndole que se le vestirá de niña, que con eso le crecerá el pelo largo y entonces será una niña! Pero tampoco el conocimiento de la diferencia de los genitales da al niño una seguridad decisiva. Su fantasía pasa por encima de ella, a menudo también aquí incitada por estúpidas bromas de las niñeras, mediante la representación de un crecimiento posterior, por un lado, y de la castración, por otro. Así, la inseguridad infantil experimenta en un punto decisivo un aumento funesto, y el niño reacciona a ello con el deseo: «Quiero ser un hombre». Esta se convierte entonces en la línea directriz suprema del individuo, que recoge en sí todo su impetuoso anhelo de subir, todas sus exigencias a la naturaleza y a la sociedad. Pero con ello no se trata de un simple cambio de forma, sino que el campo en que se desarrollan los conflictos psíquicos, y con él su amplitud y profundidad, se amplía extraordinariamente. Toda la sexualidad y todas las relaciones humanas que se construyen sobre ella quedan ahora incluidas en el juego de fuerzas. Naturalmente, con el progresivo conocimiento de la realidad la fórmula «Quiero ser un hombre» no se mantiene en su ingenuidad originaria. Pero las líneas directrices secundarias que se intercalan en su lugar pueden ser, a su vez, de lo más diverso. Todas tienen en común que apartan al individuo de la actitud normal ante la sexualidad y ante la vida en general; en el trasfondo hay siempre una meta final irrealizable (irrealizable también en el hombre, pues el «hombre» que aquí se busca es un superhombre que no existe en la realidad9), y eso hace imposible conformarse con la vida y, cuando es necesario, resignarse. La variedad de las posibles líneas directrices secundarias se mostrará con algunos casos extremos. La muchacha que ha comprendido que no puede convertirse realmente en un hombre elevará, sin embargo, una «protesta masculina» contra su papel femenino. Puede hacerlo de modo puramente negativo, rechazando la sexualidad en absoluto, o positivo, queriendo vivir sexualmente tan libre y desligada como un hombre. Así se desarrollan de la misma raíz el ideal de la virginidad y el de la cortesana.10 Algo parecido ocurre en la psicología del hombre. Su inseguridad sobre si podrá estar plenamente a la altura como hombre, y lo insoportable de la idea de sucumbir quizá ante una mujer, pueden desarrollar en él un miedo a la mujer que lo empuje a la ascesis sexual; o puede querer demostrarse su masculinidad mediante la victoria siempre renovada sobre la mujer. Así, también don Juan y san Luis Gonzaga están interiormente mucho más emparentados de lo que puede parecer desde fuera.

Para la teoría de las neurosis, la doctrina de Adler de la protesta masculina tiene la importancia especial de que nos permite comprender el papel de la sexualidad en la enfermedad anímica sin detenerse por ello en la sexualidad como causa. Así puede Adler hacer también justicia a los hallazgos de Freud, solo que en él se sitúan en una conexión más amplia y adquieren con ello una significación nueva.

Las líneas fundamentales aquí trazadas solo pueden acreditarse, naturalmente, en una aplicación constante a la realidad concreta. Su valor quiere residir en que nos enseñan a rastrear la corriente unitaria de fuerza psíquica que atraviesa la personalidad multiforme. Y así cada nuevo caso particular, ya se trate de un enfermo, ya de la comprensión psicológica de una personalidad de artista o de pensador, ya de la penetración psicológica en una obra de arte, nos pone ante una tarea nueva. A la nueva ciencia del alma que aquí se abre paso, y para la que la investigación de la personalidad está en primer plano, no solo ha de abrirle lo particular el camino hacia lo general, sino también, del mismo modo, lo general el camino hacia lo particular. Haber dado expresión también en la exposición a esta viva compenetración de lo concreto y lo abstracto constituye un atractivo especial del libro de Adler Über den nervösen Charakter [El carácter nervioso], en el que ha expuesto de manera provisionalmente concluyente los resultados de sus investigaciones. En esta obra vemos la fundamentación de una psicología individual de amplio y profundo alcance.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del ejemplar de la University of Wisconsin digitalizado en Internet Archive (Adler_Furtmueller_1914_Heilen_und_Bilden): Carl Furtmüller, «Die psychologische Bedeutung der Psychoanalyse», en Alfred Adler y Carl Furtmüller (eds.), Heilen und Bilden. Ärztlich-pädagogische Arbeiten des Vereins für Individualpsychologie, Múnich, Ernst Reinhardt, 1914, págs. 168-186. Sin publicación previa conocida. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en partes y párrafos, las cursivas (que reproducen el espaciado del original), las notas del autor y la paginación original. Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo. Las adiciones del traductor van entre corchetes.

  1. De ahí que la psicología haya tenido hasta ahora tan poco que ver con el «conocimiento del hombre» y que no haya sido capaz de aprovechar sistemáticamente el autoconocimiento intuitivo tal como está depositado, por ejemplo, en las obras de los grandes poetas. ↩

  2. El original imprime «zuffällig», errata por zufällig. (N. del T.) ↩

  3. En las últimas publicaciones de la llamada escuela psicoanalítica de Zúrich (Jung, Maeder) se encuentran, desde luego, a cada paso claras huellas de la influencia de Adler. ↩

  4. El original dice literalmente «que la expresión "sexual" toma en un sentido más amplio», sin sujeto; se suple «[Freud]». (N. del T.) ↩

  5. También el placer de mirar de los niños, su gusto por desnudarse y por la suciedad valen para él como manifestaciones de la sexualidad infantil. ↩

  6. Siguiendo el criterio del glosario, Trieb se traduce «pulsión» en la exposición de Freud (pulsiones del yo, satisfacción pulsional) e «instinto» cuando el autor se refiere a la concepción biológica anterior (Geschlechtstrieb, Triebe der Selbsterhaltung). (N. del T.) ↩

  7. La influencia de estos factores en el desarrollo de algunos naturalistas destacados he intentado mostrarla en mi reseña de Große Männer [Grandes hombres] de Ostwald (Zentralblatt für Psychoanalyse, vol. 1). ↩

  8. Kinderfehler, término de la pedagogía terapéutica de la época para los defectos y anomalías del niño (tartamudeo, enuresis, etc.). (N. del T.) ↩

  9. En el original, Übermann, «super-varón», no el Übermensch nietzscheano. (N. del T.) ↩

  10. Esta última conexión se muestra con especial claridad en las cartas de Ninon de Lenclos. ↩