Asamblea anual de la «Sociedad Internacional de Psicología Médica y Psicoterapia»1 en Viena, los días 19 y 20 de septiembre de 1913.

Las sesiones se celebraron en el aula de la Clínica Psiquiátrica y de Enfermedades Nerviosas del consejero áulico prof. Dr. J. v. Wagner-Jauregg.

I. Sesión, 19 de septiembre de 1913, por la mañana.

El Sr. Bleuler (Zúrich) saluda a los asistentes y deduce de la presencia de los numerosos invitados que el interés por la causa que defiende la Sociedad es grande y crece sin cesar. Las disciplinas cuya propagación y difusión procura han estado hasta ahora completamente desatendidas en la enseñanza universitaria, tanto en perjuicio de la psiquiatría como en perjuicio de las demás disciplinas médicas. En estas asambleas de la Sociedad han de tener la palabra todas las orientaciones, principio que la Sociedad siempre ha mantenido y cuya vigencia futura es necesaria ya por el solo hecho de que hoy existen a ojos vistas contradicciones en el terreno de la psicología médica. En todo el campo de trabajo queda mucho nuevo por hacer; se trata de ser objetivos e imparciales, aunque solo sea para prevenir todo anquilosamiento, que se produce con necesidad absoluta cuando se reconoce de antemano como verdadera una sola teoría, se permanece dentro de ella y se excluyen todas las demás opiniones.

Como presidente de la Sociedad, Bleuler da las gracias a los colegas de Viena que se han esforzado por hacer posible el congreso: a los señores prof. Raimann, prof. v. Wagner, que ha puesto a disposición de la Sociedad el aula de su clínica, y prof. Obersteiner, como presidente de la Sociedad Vienesa de Psiquiatría y Neurología. El presidente lamenta que los señores prof. Bernheim y prof. Forel no puedan estar presentes, y comunica que el Dr. Bonjour ha excusado su ausencia, por lo cual se suprime la conferencia anunciada por Bonjour.

Bleuler (Zúrich) pronuncia la conferencia inaugural:

La necesidad de una enseñanza de la psicología médica.

En la medicina ingenua la psicología desempeña un papel importante; los influjos psíquicos en la etiología de los síntomas y de los grupos de síntomas se dan por sentados. El hechicero de los «salvajes» y el curandero2 de la gran ciudad moderna están en este punto completamente de acuerdo, en oposición a la medicina académica, que solo conoce procesos químicos, físicos e infecciosos. La posibilidad de demostrar microbios y venenos, de estudiar y analizar experimentalmente sus efectos, ha conducido por una parte a una injusta sobreestimación de este lado de la medicina y, por otra, ha desacreditado la concepción psicológica. Las concepciones psicológicas de los síntomas son difíciles de probar; uno de los mejores métodos, si no el único, es la demostración del éxito del tratamiento psíquico. La medicina moderna procura excluir la intuición, y la manera de pensar del médico de hoy va en una dirección del todo distinta. Los enormes progresos en la técnica de la exploración y del tratamiento de los enfermos han dañado la comprensión instintiva de las enfermedades; se impone la comparación con el navegante que, en posesión de brújula y carta, navega excelentemente, pero sin estos recursos no es capaz de orientarse; del mismo modo, la medicina puede realizar grandes cosas en el ámbito de validez de sus métodos físicos, químicos y bacteriológicos, pero precisamente solo en él. Ciertamente hoy el diagnóstico bacteriológico del tifus está muy bien desarrollado; pero el diagnóstico del tifus era también muy posible antes del comienzo de la era bacteriológica. La función psíquica inconsciente es un subproducto del trato con los semejantes, del que se hace uso instructivo en la vida cotidiana; pero la «ciencia» no puede servirse de instintos, exige métodos «objetivos», no quiere saber nada de efectos psíquicos tampoco en la psiquiatría ni admitir las causas psíquicas de los trastornos mentales, cuando está claro que los efectos psíquicos pueden hacer manifiesta una psicosis latente. La medicina es un torso si se desatiende sistemáticamente el alma. La medicina no ha sustituido el instinto por nada; al contrario, ha creado incluso una psicofobia que puede conducir a graves daños. A una mujer que se ganaba la vida y padecía un tortícolis (de naturaleza nerviosa, por cierto) se le aplicó un vendaje de yeso; la paciente habría perdido su empleo si el ponente no hubiera hecho retirar el vendaje fijador una vez reconocida la naturaleza psíquica del padecimiento. De modo parecido supo de un caso en que un alumno de Gymnasium3 tenía dolores de espalda (de naturaleza nerviosa). En ambos casos un cirujano había diagnosticado caries vertebral, lo mismo que en otro caso en que un melancólico hipocondríaco se quejaba de dolores de rodilla y se consideró la operación. Los mecanismos psíquicos que condicionan la aparición de un paralizante miedo a la enfermedad son fáciles de reconocer una vez que se han comprendido. Muchos médicos observan también demasiado poco el influjo de sus palabras. Según la experiencia del ponente, el diagnóstico de «atrofia óptica» tiene una importancia especial; conoce un caso en el que este diagnóstico (hecho por un oftalmólogo) resultó falso. Uno no se hace fácilmente una idea de la desesperación del enfermo. En otro caso se produjo una mejoría tan amplia que el enfermo pudo realizar trabajos ligeros; el caso había sido calificado de desahuciado. Un esquizofrénico en cuyas representaciones desempeñaba un gran papel una fantasía de nacimiento se quejaba de dolores en la región epigástrica, que había que interpretar como un desplazamiento hacia arriba. El cirujano encontró una sombra en la región de la vesícula biliar y propuso la operación, cuando no cabía dudar de la génesis puramente psíquica de los dolores. El verdadero error no estaba en estos casos en los médicos, sino en sus maestros. Un capítulo aparte lo forma la miseria de las neurosis, en las que la voluntad de enfermedad es a menudo un motivo impulsor.

Es ciertamente muy ventajoso para el enfermo que se consiga fortalecer su constitución mediante la dietética y otros métodos curativos; el efecto real de todos estos procedimientos consiste en que dan al médico ocasión para el tratamiento psíquico, sea por psicoanálisis, sea por sugestión. Lo principal es dar al paciente una posibilidad de vida, crear una tarea vital posible. En este sentido se ve que los legos se comportan a menudo con los enfermos de manera mucho más adecuada que los médicos. No tiene ningún sentido someter a una cura de sobrealimentación a un paciente con el que no se tiene rapport. Solo se logra un éxito mediante el tratamiento psíquico. Muchos esquizofrénicos latentes se quejan de trastornos digestivos que el psicoanálisis permite reconocer como fantasías de nacimiento. Especialmente importante es tener en cuenta a la familia, que a menudo, por ejemplo, es atormentada terriblemente por los enfermos melancólicos; pero el entorno del enfermo también actúa con frecuencia, produce o refuerza manifestaciones morbosas, de modo que en ambos casos lo mejor es apartar al enfermo de la familia. Importante es también la profilaxis de los trastornos mentales mediante una educación y una elección de profesión acertadas. En estas cosas los curanderos han obtenido algunas ventajas, al atender a las necesidades del alma, cosa que, por ejemplo, a los párrocos les resulta especialmente fácil. No tiene ningún sentido acudir al juez por tales intromisiones; solo se pueden obtener éxitos ofreciendo más y mejor que la competencia; solo la psicología médica puede ofrecer ahí un contrapeso; la psicología que parte de estudios filosóficos es inservible para la medicina; también la «psicología fisiológica» carece de valor para la clínica. Por eso hay que crear para ella cátedras propias; pues el estudiante no puede procurarse por sí solo, sin guía, los conocimientos sobre la conexión entre alma y cuerpo que necesita para comprender los fenómenos psicopatológicos; la psicología médica ha de tratarse como asignatura propia.

La dirección está dada: la disposición y la ocasión para el desarrollo de las neurosis, las investigaciones sobre las circunstancias en que se desarrollan fenómenos psíquicos en las enfermedades del sistema nervioso así como en otras enfermedades, son temas de la psicología médica. Además debe exponer hasta qué punto y de qué manera las causas de las manifestaciones morbosas están condicionadas psíquicamente. Debe ocuparse ante todo de los afectos (pues el papel de la afectividad en la psicopatología es de la mayor importancia), y en particular de los negativos. Entre estos hay que nombrar como patógenos, en primer lugar, a los ambivalentes. Un material de observación importante lo proporciona la investigación de la mímica; el ponente remite brevemente a la importancia, destacada por Veraguth, de los pliegues del párpado superior. Solo en segundo lugar corresponde a la psicología médica el estudio de la esfera intelectual, que proporciona el suelo sobre el que se desenvuelven los afectos. Tampoco podrá descuidar las causas corporales de los trastornos anímicos; ha de tener en cuenta, por ejemplo, las enfermedades del estómago como causa de alteraciones del humor, y la tuberculosis como causa de una euforia objetivamente infundada. Debe reconocer la importancia de los efectos psíquicos para el diagnóstico, debe mostrar que los trastornos gástricos pueden no ser más que síntomas de procesos psíquicos, pero debe enseñar también que el onanismo solo daña por el rodeo de la psique, que la psique es un reactivo excelente para las hormonas, lo mismo que para los venenos nerviosos, en particular los narcóticos, y para otros fármacos, por ejemplo los purgantes. Es tarea de la psicología médica, además, dar al médico, que naturalmente no puede dominar todos los métodos de tratamiento, indicaciones sobre a qué especialista ha de remitir el caso: al analista, al hidroterapeuta, al persuaseur4, etc., etc. Además ha de exponer las causas de las enfermedades; no puede conformarse con el «agotamiento», debe señalar la disposición y los demás factores, debe estudiar el efecto del medio, debe practicar la higiene psíquica. Muchos matrimonios desgraciados podrían hacerse mejores y más soportables si los médicos reconocieran que en tantas mujeres no hay maldad ni insensatez, sino enfermedad (aquí entra en consideración sobre todo la esquizofrenia). Es tarea de la psicología médica poner la reflexión en lugar del instinto.

Una importancia especial corresponde a la educación: así, los padres anormales harán daño con su ejemplo. También los pedagogos tendrán que ocuparse de la psicología médica, pues sin observación científico-natural no se puede avanzar en este terreno. Debe evitarse en lo posible que los hombres geniales pasen inadvertidos en la escuela. Hay que hacer comprender a los pedagogos la importancia de la vida afectiva, hay que estudiar las cuestiones de la ilustración sexual y de la moral sexual, hay que lograr una mayor comprensión de la psiquiatría forense. También hay que estudiar la significación psicológica de los estimulantes. Hay que exponer las conexiones psíquicas en la vida social, en la poesía y la literatura, en la historia y la religión. El médico no debe permanecer ajeno a la materia psicológica que le ofrece la literatura; en todo caso no debe estar menos orientado que otros. La formación y la manera de pensar unilaterales deben completarse con una formación psicológica, de modo que las conexiones psíquicas lleguen a ser tan conocidas y familiares como las químicas y las físicas. Solo una formación psicológica general puede lograrlo; solo sobre esta base es posible un progreso. El comienzo ha de ser una enseñanza sistemática de la psicología médica.

Discusión: El Sr. Moll (Berlín) advierte contra una sobreestimación de la enseñanza de la psicología médica y señala la dificultad de llevarla a cabo. Las lecciones no encontrarán mucha acogida. Junto al lecho del enfermo no se puede enseñar en gran parte lo que Bleuler ha pedido. Y lo que puede enseñarse junto al lecho del enfermo habría que enseñarlo unas veces en una sala de medicina interna, por ejemplo a propósito de una atrofia óptica, otras en una sala de cirugía, etc.; eso supone una relación tan colegial como no existe en ninguna parte del continente, que él sepa. En lo esencial serán, con todo, psiquiatras quienes enseñen estas cosas. No quiere negar la importancia de la lección teórica, pero observa que el tacto y el conocimiento del hombre no se pueden enseñar, y que los éxitos de los curanderos no se deben ciertamente a la psicología médica. La psicoterapia puede ser de gran utilidad en las neurosis, pero a menudo es necesario también un tratamiento somático. Admite de buen grado la importancia del factor afectivo, pero precisamente por eso los familiares a menudo no son en absoluto influenciables, del mismo modo que los enamorados siempre quieren el consentimiento para casarse. En cuanto al lado práctico de la creación de lecciones de psicología médica, cree que los gobiernos no se decidirán fácilmente a ello.

El Sr. Ranschburg (Budapest) se adhiere a la propuesta de Bleuler, pero pide que se enseñe también la psicología normal. Esta debe precederla en la enseñanza, pues de lo contrario puede ocurrir que un estudiante oiga hablar de trastornos del sentimiento o de la voluntad sin saber nada de las propiedades psicológicas normales de estos psiquismos.

El Sr. v. Hattingberg (Múnich) subraya frente a Moll que la enseñanza de la psicología médica tiene el efecto de producir otra actitud en el médico. En aquello de lo que nada se sabe, no se piensa.

El Sr. Winkler (Viena) se adhiere a la petición de Bleuler y comunica que desde el verano de 1913 existe en la Facultad de Filosofía de Viena un instituto de psicología que se ocupa tanto de historia de la psicología como de psicología experimental. Para los pedagogos el estudio de la psicología es obligatorio y tienen que examinarse de ella; en opinión del orador, podría establecerse fácilmente una disposición correspondiente para los médicos, análoga a la relativa al estudio de la física y la química.

El Sr. Feri (Viena) lamenta tener que contradecir al Sr. Bleuler, pero no encuentra que la medicina como tal haya ganado mucho con la separación de las diversas especialidades. Se ha llegado, sin duda, a un refinamiento de la exploración y del tratamiento que antes quizá se habría tenido por imposible, pero de ello solo se han beneficiado órganos aislados, no el ser humano enfermo. La psicología médica, que tiene relaciones con las disciplinas más diversas, la medicina interna, la neurología, etc., no puede mostrar — de ello se sabe bastante especialmente en Viena — éxitos tan importantes en el terreno diagnóstico y terapéutico como para decidirse tan a la ligera a proponer un profesor especial para esta materia; y eso que en Viena trabajan en este terreno personalidades destacadas.

El Sr. Löwy (Múnich) considera la propuesta de Bleuler desde el punto de vista de la pedagogía universitaria. Solo una lección obligatoria podría ser útil, pues a una no obligatoria sobre psicología médica asistirían muy pocos. Por eso tendría que ser también materia de examen. Pero ni siquiera eso bastaría, pues una materia aprendida teóricamente y no ejercitada en la práctica se olvidaría pronto. Otro camino podría consistir en reformar los claustros de profesores; pero cómo habría de hacerse esto último no lo tenía claro ni él mismo. Consideraba utópica toda la propuesta.

El Sr. Kafka (Múnich) se adhiere a las observaciones de Ranschburg y declara que es necesario decir de una vez abiertamente que las doctrinas expuestas desde el lado filosófico, por ejemplo la empatía (Einfühlung) de Lipp5, carecen por completo de valor para la psicología práctica.

El Sr. Bleuler no se ha ocultado las dificultades de toda la cuestión, pero cediendo no mejoran las cosas, per analogiam. Si se siguiera a Moll, los niños no aprenderían alemán porque no aprenden también griego. Habría que emprender un ataque concéntrico contra todos los Estados de que se trata; quizá así se lograra algo.

El Sr. Ranschburg (Budapest): Métodos psicológicos para la investigación del curso de la excitación nerviosa en condiciones normales y patológicas.

Los efectos de los estímulos sobre el sistema nervioso central pueden dividirse adecuadamente, según Semon, en: 1.º excitaciones sincrónicas, que aparecen y se extinguen simultáneamente o casi simultáneamente con el estímulo, y a las que en las excitaciones centrales corresponde la sensación (o la percepción); 2.º efectos engráficos del estímulo, es decir, efectos posteriores del estímulo, a los que corresponden fisiológicamente una mayor capacidad de trabajo y psicológicamente el ejercicio, la capacidad de reconocer, de renovar por ecforia, es decir, las funciones de la memoria, de la reproducción. Entre la fase sincrónica y la fase engráfica propiamente dicha se intercala la llamada fase acoluta6; es decir, psicológicamente, con la extinción del estímulo se extingue casi a la vez también la vivencia, la sensación, pero fisiológicamente la onda de estímulo aún no se ha apagado, sino que necesita para ello un tiempo que — como puede probarse, por ejemplo, por las imágenes consecutivas — se extiende a segundos.

El curso de todas estas fases de la excitación es ahora accesible en altísimo grado a la investigación, mediante los métodos psicológicos de que disponemos, en el ser humano vivo, tanto en condiciones normales como patológicas. Entran en consideración dos métodos distintos por principio: el de las mediciones del tiempo de reacción y el del aprendizaje de series. El primero, empleado al principio por Wundt, Buccola, Kraepelin, etc., sirve para investigar la conducción de la excitación y determina en general la duración de los tiempos de asociación o de reproducción (Wund, Kraepelin, Ziehen, Sommer, Aschaffenburg, etc.), y en especial investiga el curso de la excitación bajo el efecto de influjos afectivos (Jung, la escuela de Bleuler, Moravcsik, etc.). El segundo, iniciado por Ebbinghaus, resulta adecuado para comprobar el efecto engráfico del estímulo y ha dado interesantes resultados en la parálisis progresiva, la demencia senil y la psicosis de Korsakoff. El ponente ha trabajado con paralíticos con este método — que, si bien no da resultados tan claros como el examen de los reflejos pupilares y tendinosos, proporciona resultados objetivos —, y concretamente según el método de los pares de palabras orgánicos. Se daban a reproducir a un paralítico dos palabras unidas entre sí asociativamente, y el ensayo se repetía hasta que el resultado de la reproducción igualaba al de una persona normal. Si este ensayo se repetía al cabo de 3 semanas, resultaba que tras 2 o 3 repeticiones el ensayo salía positivo, mientras que en el primer ensayo habían sido necesarias 9 repeticiones para lograr una reproducción; y el paciente no podía recordar en absoluto el examen anterior. Algo tenía, pues, que haber quedado; era posible, por tanto, medir la disposición engráfica. En la psicosis de Korsakoff, Brodmann y Gregor han trabajado con este método y hallado que al cabo de 5 segundos se reproducía el 43 % y al cabo de 3′ el 3,4 %. Resultaba, pues, una caída brusca de la retención al aplicar estos métodos. El conjunto de las experiencias obtenidas de este modo muestra que el curso temporal de los procesos ecfóricos cambia con la enfermedad y, dentro de ella, con sus distintos estadios. Con esta metodología es posible demostrar capacidad de retención allí donde todos los demás métodos fallan. Lo importantes que son los resultados de este tipo de examen funcional para el pronóstico está claro desde el principio, y no menos evidentes son sus ventajas en comparación con los demás métodos de exploración. Resultó, por ejemplo, como resultado general, que hacia los 50 años la capacidad de rendimiento empieza a disminuir en las personas sanas. El ponente muestra curvas que reflejan los resultados de sus investigaciones con esta metodología en los alumnos de las escuelas elementales de Budapest. Si en este tipo de aprendizaje de series se muestra al examinado el primer miembro de un par y se le pone la tarea de reproducir el segundo, se encuentran ya entre personas normales diferencias muy grandes; entre los factores que contribuyen a determinarlas hay que citar la inferioridad moral. Un método nuevo que el ponente ha elaborado poco a poco a lo largo de 13 años se ocupa de la actividad de los centros perceptivos y aprehensivos. La aprehensión de las impresiones sensoriales no es un proceso instantáneo, sino ondulatorio, pues el estímulo no desaparece en seguida, sino que sigue actuando todavía un tiempo. El método consiste en que en un campo visual delimitado por un pequeño sector de un círculo (por ejemplo, ¹/₄₈ de la circunferencia) aparecen letras, cifras, discos de colores, etc., que permanecen expuestos de ¹/₁₅ de segundo a 3 segundos, a voluntad del examinador. El ponente ha hecho imprimir, en discos circulares de papel que giran detrás o debajo de un disco opaco recortado en un sector, letras, etc. en algunos sectores sucesivos, dejando libres algunos sectores (para el descanso durante el ensayo). El ponente demuestra ahora con este aparato, con ayuda de letras, entre otras cosas, el hecho de que en la serie n r s r las dos r se funden, de modo que se lee la secuencia n r s o n s r; algo parecido se muestra también con series de discos de colores. Se manifiestan aquí inhibición y represión por fusión de impresiones de la misma clase, mientras que las impresiones de clase distinta no se influyen entre sí. La duración de la inhibición homogénea puede determinarse numéricamente con exactitud y está sin duda condicionada por el estado del sistema nervioso central; es posible, pues, obtener con este método información sobre el estado funcional de los centros de recepción y aprehensión, y de ahí la exigencia de examinar ante todo a personas normales con esta prueba taquistoscópica. Naturalmente, antes de la prueba se corrigieron las anomalías de refracción y solo se emplearon personas con agudeza visual normal (eventualmente normal solo tras la corrección).

Discusión: El Sr. Pötzl (Viena) señala el gran valor que tienen los exámenes de enfermos con trastornos anímicos parciales (alexia, agrafia, etc.) para orientarse con claridad sobre ciertas cuestiones psicológicas. En un caso de ceguera verbal pura observó que un enfermo podía leer letras sueltas, pero era incapaz de reunirlas en una palabra. Algo parecido le ocurría con la percepción de los colores. Ahora bien, en las personas normales, con una exposición demasiado breve, la formación de una percepción es también imposible; en este enfermo lo era incluso con una exposición de cualquier duración. La autopsia mostró en este caso una destrucción en la zona de la esfera visual izquierda y de la radiación callosa correspondiente. Se ve, pues, que el trastorno de una percepción simple no es un proceso tan simple, sino que se compone de un grupo de elementos. Hallazgos semejantes se obtienen al examinar enfermos con afasia sensorial en regresión, en los que el hablarles a menudo y en voz alta dificulta al principio más bien la comprensión, pero luego la favorece. Los resultados coinciden plenamente con los comunicados por Ranschburg.

El Sr. Feri (Viena) pregunta si Ranschburg ha examinado también a daltónicos.

El Sr. Ranschburg observa, a propósito de las explicaciones de Pötzl, que hay transiciones fluidas de lo normal a lo patológico. El método de demostración es nuevo; el fenómeno, antiguo. Las explicaciones dadas por la psicología de los afectos para la inhibición y facilitación de series homólogas y heterólogas son erróneas, en especial las de la psicopatología de la vida cotidiana (errores de lectura, etc.), puesto que, como se desprende claramente de su experimento, no intervienen en absoluto afectos negativos. De la misma clase que lo que Pötzl acaba de exponer serían la disartria y la disgrafía del paralítico. Hace muy poco ha aparecido un trabajo de Stoll, del instituto de Marbe, que ve en la inhibición homogénea la causa de la disgrafía. Los rendimientos erróneos del pensamiento y de los sentimientos mediadores, y las desviaciones en los casos patológicos, están en estrecha relación, si no causal, con esta ley de la inhibición homogénea.

Discusión sobre el tema Represión y conversión, introducida por la siguiente ponencia del Sr. Frank (Zúrich).

Ya repetidas veces se han hecho valer en la Sociedad de Psicología Médica y Psicoterapia esfuerzos por aclarar la terminología psicológica. Si hasta ahora todo se ha quedado en la sugerencia, la causa debe de haber estado únicamente en la dificultad de la tarea. — Puesto que en la terminología, tal como ha llegado a ser hasta hoy, ya no se podrá cambiar nada, convendría intervenir aclarando, o eventualmente marcando la dirección, en los conceptos nuevos que todavía están en proceso de formación. Partiendo de este punto de vista, consideramos que redundaría en interés del desarrollo de nuestra especialidad que aprovecháramos nuestra reunión de este año para un intercambio general de opiniones, en especial sobre dos conceptos que precisamente ahora desempeñan un papel esencial en nuestra literatura:

La represión y la conversión.

Estos conceptos fueron empleados y fijados por primera vez por Breuer y Freud. Para una parte de los investigadores se han convertido en conceptos completamente asentados y designan para ellos procesos muy determinados en ciertos afectos, mientras que otros los emplean de manera más general y en parte también los entienden de otro modo, mientras que a su vez una parte de los observadores los dan por buenos hasta el punto de admitir que algo habrá en ellos, que con tales conceptos se puede operar, pero el cómo y el qué no les resultan del todo claros, mientras que otros siguen el camino más cómodo, pero el más estéril para toda investigación, del rechazo directo, y no quieren tener nada que ver con todos estos conceptos porque designan procesos que no podemos controlar. Puesto que en nuestro campo de investigación tratamos de ayudarnos y nos ponemos a disposición unos de otros todas las observaciones pertinentes, queremos tratar de llegar, por medio de un intercambio de ideas basado en nuestras experiencias, a una claridad sobre estos procesos.

Originalmente Breuer y Freud emplearon el concepto en el sentido de que se trataba de una exclusión de representaciones penosas de la conciencia mediante la voluntad activa. Mediante la voluntad, una representación de tonalidad afectiva especialmente penosa podría ser desalojada de la conciencia hacia lo inconsciente. Con el desarrollo ulterior de la doctrina de Freud se llegó a que, finalmente, el concepto de represión coincidiera únicamente con la represión de representaciones de tonalidad sexual. Los afectos así reprimidos, se suponía, pueden almacenarse en lo subconsciente y luego emplearse para una nueva investidura7 de estados corporales morbosos vividos anteriormente. Esta nueva investidura se designó con la expresión de conversión a lo corporal. Se plantea la cuestión de si el concepto de conversión ha de emplearse únicamente cuando se trata de la transformación de un afecto determinado — el afecto sexual — en síntomas corporales determinados. Si queremos procurarnos claridad en este terreno, a mi juicio tenemos que tomar en consideración también otros fenómenos de la vida afectiva que pertenecen a él. Así pues, en lo que sigue tampoco hablaremos de un afecto en particular, sino de los afectos en general. Ahora bien, en cuanto hablamos de los afectos en general, surge desde el principio la dificultad de decir qué entendemos en absoluto por afecto y qué procesos psíquicos debemos contar todavía, o ya no, entre los afectos. Es imposible entrar aquí en las opiniones y teorías de los numerosos autores; no acabaríamos nunca si quisiéramos tomar posición frente a cada autor; para nuestro propósito puede bastar que, por razones puramente prácticas, digamos: los afectos son procesos psíquicos en los que se nos hacen conscientes sentimientos. Con ello se dice poco, ciertamente, pero lo suficiente para que podamos entendernos. Así, no puede haber duda de que a ellos pertenecen, por ejemplo, la alegría, la preocupación, la pena, la ira, la libido, los celos, también el sentimiento de cansancio. Pero al estudiar la represión podemos observar cómo también otros procesos psíquicos, como la voluntad o la atención, pueden actuar reprimiendo afectos. Bleuler incluye estos procesos psíquicos en el concepto general de afectividad que él ha establecido. Se puede compartir esta concepción si por afectividad no se entienden ya solo los afectos como tales, sino que se le asignan también estas funciones. Esto puede estar justificado también porque al querer, lo mismo que al dirigir y tensar nuestra atención, percibimos al fin y al cabo también un cierto sentimiento que acompaña a estos procesos. Y precisamente la interacción de estas dos funciones con los afectos propiamente dichos da alguna justificación a tal concepción. Pero es extraordinariamente difícil establecer definiciones y conceptos que no correspondan a nuestro uso lingüístico, y en toda nuestra literatura podemos observar que las terminologías no arraigaron cuando no se plegaron al uso lingüístico. No puede ser nuestra tarea procurar hoy claridad en esto mediante un acuerdo. Pero quien se haya ocupado a fondo de estas cuestiones psicológicas tendrá que admitir el hecho de que, por la acción recíproca de un afecto que llena la conciencia y de un segundo afecto que quiere hacerse consciente, tienen lugar en nuestra psique procesos que o bien conducen a que el afecto primeramente consciente sea desalojado de la conciencia por el segundo, o bien el afecto primeramente consciente era de tal intensidad que el segundo afecto, que pugna por salir de lo inconsciente, no puede hacerse consciente. Tales juegos alternos entre dos afectos podemos observarlos no pocas veces en nosotros mismos, pero también durante el análisis en nuestros pacientes, especialmente en el análisis en semisueño. En este vemos cómo, en la catarsis, primero tiene que haberse abreaccionado un afecto antes de que el otro pueda hacerse consciente. Con la mayor frecuencia tenemos ocasión de hacer tales observaciones en la acción conjunta de la libido con otros afectos, sobre todo la angustia, el enfado, la rabia y los celos. Con mucho, lo más frecuente es el juego alterno entre angustia y libido; luego también la acción de la voluntad y de la atención sobre la libido. Será superfluo aducir ejemplos de ello ante ustedes, que tienen todos ocasión de hacer observaciones al respecto. Por desgracia, nunca podrían ser pruebas objetivas, sino también, una y otra vez, solo descripciones de tales procesos. Antes de entrar a responder la pregunta de qué es de estos afectos reprimidos, queremos aclararnos todavía sobre si es posible en absoluto que un afecto hecho consciente impida, por su intensidad, que un segundo afecto se haga consciente. También esta pregunta se nos impone, aunque también en otros trastornos afectivos, sobre todo en el estudio de las anomalías sexuales. En un gran número de casos solo podemos explicarnos los fenómenos que salen a la luz suponiendo que un segundo afecto que quiere hacerse consciente queda sin efecto. Pienso aquí en los casos frecuentes en que, a causa de la angustia que llena la conciencia, la libido no puede hacerse consciente, pero en los que luego la mayor parte de los fenómenos solo puede explicarse por una excitación acumulada subconscientemente y procedente de la libido. Así, toda una serie de estados psiconeuróticos, desde los estados de angustia más simples hasta las neurosis obsesivas más complicadas, solo podemos comprenderlos — y su curación nos da la clave para comprenderlos — si suponemos que la libido, en muchos casos nunca hecha consciente, se ha acumulado y ha formado la fuerza impulsora de los fenómenos patológicos. En cuanto hemos logrado eliminar las inhibiciones del libre curso de la libido y llevar a la abreacción la libido convertida en angustia, desaparecen todos los fenómenos morbosos. Son casos completamente cotidianos, que tenemos ocasión de observar y tratar.

Hemos llegado así a la pregunta de qué ha sido de las excitaciones reprimidas de la conciencia o que nunca llegaron a la conciencia. Su existencia, naturalmente, no podemos demostrarla objetivamente, del mismo modo que no podemos observar a simple vista la batería eléctrica8 almacenada en una batería de acumuladores eléctricos. Por eso la cuestión solo puede plantearse para nosotros así: si disponemos de observaciones suficientes que nos autoricen a admitir una hipótesis de la acumulación de los afectos. Mis observaciones, que se extienden a lo largo de una serie de años, hablan incondicionalmente a su favor. No podría explicarme toda una serie de observaciones cotidianas si no recurriera a tal hipótesis. Pero no debemos en absoluto imaginarnos que la única fuente de la acumulación sea el afecto sexual. No puede haber la menor duda de que proporciona la fuente principal; esto es también fácilmente comprensible biológicamente. Pero en un número no pequeño de casos, en especial de neurosis de angustia, podemos excluir con seguridad la etiología sexual, y sin embargo tiene lugar una acumulación. Aquí se trata principalmente de los casos en que se produce una represión por la voluntad activa. Así en los numerosos estados de angustia en que el paciente, a quien el médico tiene por falto de voluntad, domina con la voluntad durante años y decenios la angustia que asciende en él, es decir, la reprime. Mis observaciones hablan sin duda alguna a favor de que ya solo por estos procesos tiene lugar una acumulación. Pero esto no ocurre solo con la angustia, sino también con otros afectos, como la rabia, el enfado, los celos, la inquietud interior, el cansancio, el apuro y la cohibición. A menudo, y aun en la mayoría de los casos, observamos en un mismo estado morboso la acción conjunta de varios afectos. Esta acumulación se nos muestra especialmente en la catarsis en estado de semisueño. Vemos cómo al comienzo de un tratamiento los afectos llegan a abreaccionarse con una fuerza avasalladora y cómo van disminuyendo poco a poco. Y luego podemos observar a su vez cómo se producen peculiares desplazamientos afectivos: los pacientes reviven a veces escenas y se asombran de que las emociones sean incomparablemente más fuertes al revivirlas que al vivirlas por primera vez. Tales procesos no podemos explicárnoslos si supusiéramos que cada vivencia se conserva en nuestro cerebro, con su afecto correspondiente, como un engrama inalterable. Quien haya realizado un análisis en estado de semisueño, y mejor aún una serie de ellos, se dará cuenta de que nuestras vivencias de tonalidad afectiva se conservan en nosotros de tal modo que están unidas entre sí tanto por su contenido como por su tonalidad afectiva. Solo así podemos comprender también que se hagan conscientes por la incitación asociativa, que puede producirse a través de cualquiera de los dos componentes. Por otra parte, podemos observar cómo a veces los afectos de vivencias anteriores conservadas en lo subconsciente eran más fuertes que en la vivencia primaria. Este refuerzo tiene que proceder de alguna otra fuente. Con la mayor frecuencia lo observamos precisamente, como ya se ha dicho, por la represión y el almacenamiento en especial de las excitaciones procedentes de la libido. Si Freud hablaba antes solo de una conversión a lo corporal, y entendía por ello la provocación, el despertar de síntomas exclusivamente corporales, nuevas observaciones deberían llevar a concebir este concepto de otro modo. Llegamos a suponer que todo afecto no consiste en otra cosa que en excitaciones, en dinamismos que pueden provocar y reforzar unas veces uno y otras otro afecto. Si tenemos que representarnos cómo precisamente los síntomas corporales pueden estar condicionados de modo puramente psíquico y volver a ser provocados solo por el hecho de que se estimulen de nuevo los engramas que localizan en consecuencia, no nos resulta difícil generalizar estos procesos y llegar así a una explicación sencilla de una serie de síntomas.

Algunos ejemplos pueden servir para hacerme más comprensible. Así, en pacientes que nos presentan los síntomas de un estado neurasténico podemos comprobar sentimientos de cansancio llamativamente fuertes. No pocas veces encontramos, en relación con estos sentimientos de cansancio, también estados de angustia y sus fenómenos concomitantes. Pero los sentimientos de cansancio están tan en primer plano que, por los síntomas, podríamos hablar más bien de una neurosis de cansancio que de una neurosis de angustia. Pero podemos observar cómo en tales casos los sentimientos de cansancio son más fuertes cuando los sentimientos de angustia son menores, y cómo los sentimientos de cansancio parecen haber desaparecido cuando, por unas u otras vivencias, se desencadenan asociativamente paroxismos de angustia más fuertes; o bien los sentimientos de cansancio y la abreacción deficiente o incluso imposible de la libido están en relación recíproca. Más aún, cuando tenemos ocasión de observar tales estados, por así decirlo, en su génesis, podemos observar directamente un aumento de los sentimientos de cansancio con la represión de la libido. De un modo casi experimental se presentan las observaciones correspondientes en las neurosis de celos. Lo mismo vale de las neurosis de enfado en relación con estados de angustia o en relación con libido reprimida. Un campo muy especial para tales observaciones lo encontramos en las neurosis que van acompañadas de sensaciones de dolor. Aquí podemos ver, y de nuevo observar experimentalmente, cómo puede tener lugar una suplencia directa de unos afectos por otros, de modo que uno puede aparecer en lugar del otro, o que, al excitarse una clase de afecto, el ya consciente puede intensificarse extraordinariamente.

Una vez que nos hayamos aclarado sobre estos procesos, podremos entendernos en adelante sobre otros conceptos a los que hoy no quisiera acercarme. Se trata del concepto de Freud de la nueva investidura afectiva, además del estancamiento retrógrado (Zurückstauung), la transferencia, la determinación, el anclaje de los sentimientos, la inversión de los sentimientos, etc. Por hoy les propongo que discutamos solo sobre los conceptos de represión y conversión. Ya correremos el peligro de no llegar al final ni siquiera en esta discusión.

El Sr. Bleuler (Zúrich) propone, para facilitar el desarrollo de la discusión, dividir el tema en una serie de cuestiones parciales y discutir primero la pregunta: ¿se reprime?

El Sr. v. Hattingberg (Múnich) expone que la represión no desempeña ningún papel en la histeria; en esta enfermedad se trata, si se quiere emplear la expresión de Vogt, de una disamnesia: los enfermos no pueden olvidar. Según una expresión empleada por el propio Freud, padecen de reminiscencias. No se puede negar bien el hecho de la represión, pero en ese caso sería imposible que fuera el factor patógeno.

El Sr. Winkler (Viena) se presenta como representante de la escuela representada, o más bien fundada, por el prof. Stöhr (Viena), y no está en condiciones de discutir puntos aislados, como ha propuesto el Sr. Bleuler, sino que quiere discutir todo el tema. Se pronuncia contra la opinión de que los afectos sean combatidos por afectos y califica de imposible la acumulación de afectos, puesto que los afectos no son sustancias. Tampoco puede admitir la doctrina de la pluralidad de los afectos, sino que, de acuerdo con el prof. Stöhr, sostiene la opinión de que los estados afectivos designados con los nombres más diversos (alegría, pena, ira, enfado, etc.) no son otra cosa que distintos estados del afecto, que se descarga de las maneras más diversas. Para citar una opinión semejante a su concepción, recuerda la teoría de los colores de Goethe, que también conoce una sola luz, pero que tiene muchos colores. Según que la conducción del estímulo se dirija a los vasos sanguíneos, o a los centros y vías vasomotores, o a los músculos o a las glándulas, el afecto se hace consciente de distinta manera; así, por ejemplo, un aumento de la presión sanguínea en los vasos cerebrales produce sensaciones de displacer. Lo esencial está, pues, en la vía de descarga en que se introduce el afecto. La actividad de los mecanismos de represión consiste en que una u otra vía de carga se vuelve impracticable. Según la concepción de Freud, las representaciones están en cierto modo aisladas en una isla, a la que solo se puede llegar por puentes levadizos, de los cuales unas veces uno y otras otro está bajado o levantado. Lo que tiene tonalidad de displacer no se reproduce porque su disposición a la descarga es demasiado pequeña, ya que se le opone una resistencia. El displacer condiciona la incapacidad de descarga; solo mediante la descarga es posible un alivio. Unas condiciones desfavorables en las vías por las que se produce la descarga conducen a un refuerzo del efecto del recuerdo, sin que se produzca la descarga; así como, por ejemplo, en la ceguera psíquica se produce carga, pero no descarga de los centros ópticos, así ocurre también en la represión. La descarga del afecto de modo centrífugo desde el cerebro hacia la periferia sensorial produce dolores. La parálisis histérica y la inhibición condicionada por el displacer son fenómenos de naturaleza central. La anomalía histérica característica es la incapacidad de la voluntad.

El Sr. Bleuler (Zúrich) ruega que no se presenten concepciones y teorías, sino hechos.

El Sr. Stekel (Viena) opina que precisamente las explicaciones de Winkler demuestran cuán necesaria sería la creación de cátedras de psicología médica, como ha propuesto Bleuler. Entre la psicología académica experimental oficial y la psicología práctica, tal como resulta de la observación diaria de los enfermos, no se puede tender ningún puente. Son dos mundos distintos. Pero todo caso práctico bien observado echa por tierra toda la teoría rebuscada. En los últimos años él ha cambiado considerablemente sus opiniones sobre lo inconsciente y la represión. Con Freud nos habíamos acostumbrado a suponer que las representaciones de tonalidad displacentera pueden ser reprimidas en lo inconsciente y convertirse luego en fuente de molestias neuróticas. La representación inconsciente significa, pues, según Freud, que al enfermo se le ha quitado la posibilidad de hacerse consciente esta representación a voluntad. Esto quisiera discutirlo. Cita a continuación dos casos de su experiencia. Un estudiante se queja de insomnio, de fatigabilidad muy fácil, de incapacidad para estudiar y de desaparición completa del instinto sexual. Mientras que antes tenía que cohabitar a intervalos regulares, esta necesidad desapareció por completo en los últimos meses. Stekel sospechó entonces que el estudiante había fijado su deseo en un objeto determinado, es decir, que estaba enamorado. El enfermo niega todo amor presente, pero admite haber estado enamorado.

Se trataba de una muchacha pobre. Su padre le había hecho ver que esa unión no tenía porvenir. Él era un estudiante muy pobre y anhelaba el bienestar y la riqueza. Su codicia venció a su amor, y se dijo: ¡No debes amar a esta muchacha! Y desde aquel día el amor había desaparecido por completo. Pero solo en apariencia. Pues perdió toda libido por otras mujeres porque deseaba a aquella con tanto mayor ardor. Admitió luego que en sueños con poluciones se ocupaba muy intensamente de la novia perdida. ¿Qué había ocurrido aquí? ¿Era inconsciente este amor? ¿Inconsciente en el sentido de una represión? ¡No! El enfermo no quería ver su amor. Se trata, pues, de un no-querer-ver. Pero este amor no le era inconsciente; era, por así decirlo, paraconsciente (nebenbewusst). El segundo caso se refiere a un hombre de 40 años que se volvió impotente de repente. La opinión de los médicos era que se trataba de una arteriosclerosis incipiente. Al cabo de un año en el que estuvo completamente impotente, se enamoró de una dama con la que en seguida tuvo violentas erecciones. Cayó en la cuenta de que amaba a esta dama desde hacía ya un año sin saberlo, es decir, inconscientemente. Pero interrogado con insistencia, admite que ya en el primer encuentro con la dama había pensado: de esta podrías enamorarte en seguida. Y al cabo de una semana se le había pasado por la cabeza el pensamiento: ¡Por Dios, no irás a enamorarte de esta mujer! Eso no puede ser. . . .

Vemos en ambos casos poderosos imperativos éticos que impiden el conocimiento claro de la representación del amor. Pero en ambos casos existe un conocimiento confuso de esta representación, que sin embargo queda tapado por representaciones contrarias. A este proceso se le podría llamar represión: es un acto de voluntad, el desenlace de una lucha entre instinto e inhibición.

El Sr. Schrecker (Viena) observa que las psicologías académicas de las distintas orientaciones tendrían que entenderse primero entre sí. Contra la ponencia de Frank tiene que tomar posición resueltamente: la psicología distingue con precisión entre afecto y sentimiento y no mezcla en absoluto ambas clases de estados psíquicos. Pero rechaza también las opiniones de Freud, porque no dan explicaciones; lo que ha expuesto Winkler es fisiología y no psicología.

El Sr. v. Hattingberg (Múnich) se opone a la teoría afectiva de la represión. Él tiene los afectos por instintos; Frank, por energía que se almacenaría en la represión. Pero muchos neuróticos tienen épocas completamente libres, durante las cuales la energía almacenada no actuaría; esto no le convence. Tras la descarga en el semisueño hay que hablar con el paciente, y las escenas tienen que repasarse detalladamente. Con la teoría afectiva tampoco concuerda que los neuróticos tengan miedo de una vivencia. En la represión solo se sofocarían las exteriorizaciones de los afectos; los afectos mismos los percibirían los de fuera por empatía. La dislexia y los fenómenos afines de la psicopatología de la vida cotidiana se pueden explicar bien según Freud, pero también según la concepción de Ranschburg.

El Sr. Feri (Viena) observa que los distintos oradores de la discusión no entienden evidentemente lo mismo por represión, y ruega al Sr. Stekel que dé una definición.

El Sr. Klages (Múnich) lamenta que la discusión se haya desviado. Se trata de fenómenos psíquicos con los que la medicina, que piensa etiológicamente, no puede hacer mucho. El hecho psíquico es desconocido para el médico. Hay que responder primero a las preguntas: ¿Es la represión algo no pensado o algo no sabido? ¿En qué se distingue el reprimir del sofocar y del dominar?

El Sr. v. Hattingberg (Múnich) opina que buscar una definición no es la tarea médica más urgente.

El Sr. Feri (Viena) declara que se conforma también con una exposición del contenido que no esté redactada con rigor académico.

El Sr. Barany (Viena) cree deber concluir de las manifestaciones expuestas que en la represión se sofoca un desarrollo afectivo, que un afecto que ya estaba ahí es inhibido en su desarrollo. La introspección es de la mayor importancia para estas relaciones.

El Sr. Stekel (Viena) declara que sabe muy bien lo que entiende por represión, pero que no puede dar una definición precisa. Admite de buen grado que el problema de la represión es muy importante y necesita aclaración.

El Sr. Pappenheim (Viena) señala la diferencia entre querer reprimir y dominar.

El Sr. Winkler (Viena) distingue una primera y una segunda parte de la represión. El reprimir se produce intencionadamente; lo reprimido no está en la conciencia principal, sino en la conciencia accesoria (Stöhr).

El Sr. Stekel (Viena) observa que hay que estar muy agradecido al Sr. Klages por haber hecho posible una definición con su precisa formulación de la pregunta. Preguntó: ¿Es la represión algo no pensado o algo no sabido? A ello el orador tiene que responder: según mi experiencia, solo algo no pensado. El orador quisiera proponer, por tanto, la definición: Por represión entendemos el fenómeno psíquico por el cual, por motivos de displacer, no queremos pensar una representación determinada.

Muy distinta es la cuestión de la conversión. Según Freud es una consecuencia de la investidura libidinal defectuosa. La libido se desvía hacia lo corporal. A esta concepción no puede adherirse. También la conversión es un proceso puramente psíquico. Una dama ha de acudir a una cita que le pide un admirador. Ha de visitar a un oficial en su casa. En la noche anterior al día crítico enfermó de una parálisis de ambas extremidades inferiores. La representación: «¡No me está permitido ir!» se había transformado en otra: «¡No puedo andar!»9 La parálisis es la expresión de este imperativo interior y no tiene nada que ver con un desplazamiento de la libido. Otro ejemplo: un hombre quiere apuñalar a su superior con un puñal. Enferma de una parálisis del brazo derecho. También aquí lo insuperable: «No puedo hacerlo», que, mediante la parálisis histérica, protege al enfermo del crimen.

El Sr. Bleuler (Zúrich) admite la diferencia entre dominio y represión; dónde existe lo reprimido es una cuestión aparte.

Se pone además a discusión la pregunta: ¿Desde qué esfera psíquica se reprime?

El Sr. v. Hattingberg (Múnich) expone que la cuestión es si se reprime lo pensado o lo no sabido. En la represión ha participado todo el yo; esto puede decidirse definitivamente con seguridad. El efecto de la represión se produce cuando lo reprimido nunca ha llegado a ser consciente. Con la represión está relacionado también el no advertir una complacencia somática en las cosas sexuales.

El Sr. Tauszk (Viena) observa que Freud ya habría respondido hace tiempo a la pregunta puesta a discusión. Lo reprimido no es patógeno de modo consciente; en parte nunca ha sido consciente. Estar reprimido significa una relación con la conciencia; la inconsciencia es una cualidad.

El Sr. Feri (Viena) pregunta por qué está definida esta cualidad.

El Sr. Tauszk (Viena) responde: «Precisamente por la no-conciencia».

El Sr. Löwy (Viena) se opone al esquema, no muy distinto de un elemento eléctrico, dibujado por Freud en la última edición de su libro La interpretación de los sueños, y expone que no es posible ninguna localización de los procesos psíquicos.

El Sr. Federn (Viena) rechaza que Freud haya pretendido tal cosa; se trata solo de una representación que facilita la exposición.

La discusión sobre la pregunta de mediante qué procesos psíquicos se reprime se aplaza.

II. Sesión, 19 de septiembre de 1913, por la tarde.

El Sr. G. Kafka (Múnich): Sobre la relación de la psicología animal con la fisiología y la biología.

La psicología es, según su definición más general y, precisamente por ello, naturalmente bastante tautológica, el análisis de los fenómenos psíquicos. ¿Puede haber en este sentido una psicología animal?

Que a los animales les corresponden capacidades psíquicas fue durante muchísimo tiempo, y es todavía hoy, cosa indudable para el observador ingenuo. La explicación de las acciones animales no es originalmente menos antropomorfista que la de los demás fenómenos naturales, es decir, la acción parece sin más «comprensible» en cuanto se logra reducirla a una actividad consciente con fines del ser que actúa. Esta tendencia antropomorfista, inmanente al instinto humano de explicar, se manifiesta en los comienzos de toda ciencia. No es de extrañar, pues, que la interpretación de los procesos vitales animales estuviera dominada asimismo durante muchísimo tiempo por representaciones antropomorfistas. Así, ya Teofrasto reprocha a los antiguos que intentaran explicar como acciones conscientes de su fin ciertas reacciones animales que tenían, sin embargo, un carácter puramente reflejo o «instintivo». La «envidia» debía inducir, por ejemplo, al erizo a vaciar su orina al ser capturado y quemar con ella su piel; la «envidia», al lince a enterrar su orina (como se puede observar a menudo algo parecido en los perros); envidia porque la piel de erizo y la orina de lince constituían importantes remedios simpáticos cuya virtud curativa los animales querían negar a los hombres. Por absurdas que suenen estas explicaciones antropomorfistas, hay que preguntarse, sin embargo, si tiene mayor valor explicativo la hipótesis de un naturalista moderno por lo demás meritorio (Romanes), según la cual muchos insectos vuelan de noche hacia una fuente de luz artificial, pero no hacia la luna, porque la luna les es «conocida», mientras que las luces excitan su «curiosidad».

Tales antropomorfismos no deben, naturalmente, esgrimirse contra la legitimidad de una psicología animal científica en general. Como reacción contra tales hipótesis es comprensible que la ciencia natural solo quiera admitir ya la suposición de un «alma animal» como prejuicio de tiempos pasados, que habría quedado definitivamente refutado sobre todo por la reducción de actos psíquicos aparentemente complicados a combinaciones de reflejos o incluso de simples procesos fisicoquímicos. Desde este punto de vista, objeto de la investigación científica es en todas partes solo el mecanismo y el quimismo, a lo sumo quizá todavía el condicionamiento teleológico de las reacciones con que el organismo responde a los estímulos del medio; los procesos de conciencia, en cambio, no son accesibles a la observación y han de excluirse por principio de la investigación. No se tendría esto por posible, puesto que ya Forel ha declarado que la disputa sobre la legitimidad de la psicología animal no tiene sentido, y puesto que las malas consecuencias de esta «psicología» en cuanto a la confusión del planteamiento de los problemas y al cercenamiento de campos del saber son manifiestas. Esta posición de rechazo es un proceso de represión y puede reducirse a motivos subjetivos infantiles.

Ahora bien, el encono con que los representantes de las ciencias «exactas» combaten la psicología animal, y el desdén con que pasan por alto toda interpretación «antropomorfista» de los hechos, no carecen ciertamente de toda justificación. El naturalista — hasta qué punto también el psicólogo puede valer como «naturalista» queda por el momento enteramente fuera de consideración — tiene que rechazar como del todo insuficiente toda «explicación» de procesos objetivos por percepciones, estados de ánimo, sentimientos o incluso por actos lógicos de pensamiento de los organismos. Su meta solo puede ser descomponer las reacciones animales en series continuas de acontecimientos naturales espaciales que, en el caso más complicado, parten de órganos sensoriales, se propagan por el órgano central y terminan finalmente en una excitación del aparato motor o secretor.

Si la fisiología no puede, pues, servirse nunca de una explicación psicológica, sigue abierta, sin embargo, la pregunta de si el análisis puramente fisiológico de las actividades vitales animales puede ser exhaustivo. Así, la experiencia inmediata muestra, al menos en el caso único de la autoobservación, que en este sentido también la separación de la psicología respecto de la fisiología es artificial, que las actividades vitales de al menos un organismo no se agotan en el funcionamiento reflejo de sus músculos y glándulas, sino que más bien sus acciones, aunque desde el punto de vista fisiológico no representen otra cosa que una serie de contracciones musculares, en parte «proceden» de percepciones o estados de ánimo, están «acompañadas» de sentimientos y «dominadas» por representaciones de fines. Que entre estos fenómenos psicológicos y aquellos fenómenos fisiológicos de la recepción, conducción y transmisión del estímulo no puede existir una relación causal de la misma clase que entre objetos físicos estaría claro ya por el hecho de que en la serie de los fenómenos fisiológicos no pueden intercalarse de pronto eslabones psíquicos, porque, dicho toscamente, el bisturí del anatomista del cerebro nunca puede cortar sensaciones o sentimientos. Pero como quiera que haya de pensarse la relación entre ambas series de fenómenos, lo cierto es que los fenómenos psíquicos que cada cual encuentra en su propia experiencia están en dependencia funcional de los procesos fisiológicos que en parte puede observar en su propio cuerpo y en parte inferir de observaciones en cuerpos ajenos. Contra la transferencia de tales observaciones de los cuerpos ajenos al propio no puede plantearse objeción alguna precisamente desde el punto de vista de la ciencia natural; solo el solipsismo rechaza esta transferencia, por lo demás con plena consecuencia lógica.

Con ello queda ya roto, sin embargo, el principio de la ciencia natural «objetiva» de reconocer solo hechos sometidos a la observación inmediata, pues los contenidos psíquicos de los semejantes no se sustraen menos a la observación directa que, por ejemplo, los de los protozoos. Si se quiere despachar, pues, la psicología animal con la afirmación de que no es posible ninguna experiencia sobre las capacidades psíquicas de los animales (v. Uexkuell), hay que rechazar consecuentemente también como no empírica toda la psicología humana, así como una gran parte de la fisiología de los sentidos y del cerebro. Nada cambia en ello el hecho de que, como ya subraya Descartes, entre los hombres sea posible hasta cierto grado un entendimiento lingüístico sobre sus vivencias, pues el entendimiento nunca puede referirse — y esto es lo único que aquí importa — al contenido inmediatamente dado, por ejemplo, a la percepción del color verde. Así pues, si cada cual infiere en sus semejantes, de la analogía de los procesos fisiológicos en el sentido más amplio, es decir, también de los movimientos expresivos mímicos, deícticos y fonéticos, la analogía de los fenómenos psíquicos, no tiene el menor motivo para negar la validez de esta inferencia, al menos de momento para los animales superiores, por la razón de que con ellos no sea posible un «entendimiento», es decir, porque no sea capaz de interpretar como tales ciertos movimientos expresivos, aunque su analogía con reacciones humanas salte a la vista.

Lo precipitadas que pueden ser tales afirmaciones generales se explica mejor con un ejemplo concreto. Nuel, que defiende el punto de vista antipsicológico más extremo, se declara dispuesto a reconocer conciencia a un mono al que se hubiera adiestrado para realizar la prueba de discriminación de colores de Holmgren. Pero no pasó mucho tiempo hasta que Hachet-Souplet y otros aportaron una prueba objetiva de la capacidad de discriminar colores de los animales superiores, que solo se distingue del experimento de Holmgren en que la reacción no consistía en entresacar un color determinado entre varios presentados a la vez, sino en que los animales habían sido acostumbrados a responder a la presentación de un color determinado con una reacción determinada, y ahora, por la unión unívoca de la reacción con el «color normal», dejaban ver que eran capaces de realizar con extraordinaria precisión la discriminación, mucho más difícil, de colores presentados sucesivamente. Este éxito de adiestramiento constituye, naturalmente, solo un argumentum ad hominem, pues la formación de una asociación semejante no prueba por sí misma la presencia de procesos psíquicos, del mismo modo que la falta de un «medio de entendimiento» sobre los procesos de conciencia animales tampoco podría aprovecharse como contraprueba.

Pero si el observador sin prejuicios no tiene motivo para dudar de las capacidades psíquicas de los animales superiores más que de las de sus semejantes, y por lo pronto al menos en la medida en que se basan en un sustrato somático que parece análogo al órgano del pensamiento del hombre, tiene que plantearse también la pregunta de hasta dónde puede llegar el aprovechamiento de las analogías anatómicas. Así, Fechner ha señalado lo equivocado que sería convertir la semejanza anatómica con el hombre en criterio decisivo de las capacidades psíquicas de los animales, al indicar que las lombrices se mueven a pesar de carecer de piernas, aunque el hombre y los animales superiores solo pueden desplazarse con piernas. Incluso allí donde ya no pueden descubrirse analogías anatómicas y fisiológicas, siguen existiendo analogías biológicas, puesto que toda la diversidad del comportamiento de todos los organismos animales puede subsumirse en tres categorías principales: por una parte, los actos de autoconservación, que condicionan una reacción negativa contra los influjos nocivos y una reacción positiva frente a los útiles (así, sobre todo, la búsqueda de alimento); por otra, los actos de reproducción necesarios para la conservación de la especie. Y como precisamente estas reacciones encuentran la resonancia más fuerte en la psique humana, las analogías objetivo-biológicas hablan también a favor de analogías subjetivo-psicológicas. Surge así la tarea de descubrir un criterio objetivo para la aparición de la conciencia en una especie animal determinada. No se entrará aquí en todos los intentos emprendidos con este fin. Solo se observará que parecen ya condenados al fracaso porque, como se ha objetado ya a menudo, buscan un criterio objetivo para fenómenos confesadamente del todo subjetivos, y porque, además, la idea de un surgimiento repentino de la conciencia en un punto determinado de la serie animal está en la más abrupta contradicción precisamente con el rasgo fundamental evolucionista de la biología moderna. Sin embargo, se destacarán en particular a continuación los más importantes de estos criterios de conciencia, porque quizá indican con la mayor claridad la confusión de conceptos a la que puede conducir un afán malentendido de «objetividad» absoluta.

Así, Loeb y Bethe, coincidiendo en lo principal a pesar de pequeñas diferencias, han establecido como criterio de la conciencia la actividad asociativa de la memoria. El error psicológico en que se basa esta concepción no debe imputarse con demasiada severidad a los dos fisiólogos. Es naturalmente cierto que la continuidad de la conciencia, y con ella la posesión de un contenido total de conciencia que vaya más allá de la impresión momentánea, depende del desarrollo de la memoria. Pero hay que considerar que las impresiones que la memoria enlaza en la unidad de un contenido total de conciencia comprensivo tienen que serle suministradas primero por la conciencia. Por eso, aunque una conciencia que solo fuera capaz de percibir la impresión que surge en cada momento, pero no de retenerla y unirla con las impresiones anteriores, no tendría ningún valor práctico para el individuo, precisamente tales «diferenciales de conciencia» deben considerarse como etapas previas de las formas superiores de conciencia, pero estas formas superiores de conciencia no deben considerarse como el tipo de la conciencia en general.

Si el psicólogo no puede adherirse, pues, a la concepción de que la conciencia solo ha de reconocerse allí donde hay actividad asociativa de la memoria, el fisiólogo, a la inversa, no reconocerá la afirmación de Driesch sobre la acción de un factor extrafisiológico, precisamente el «psicoide».

El fisiólogo, como «observador objetivo», no puede explicar nunca la conexión fisiológica entre la percepción del estímulo y la excitación del aparato motor o secretor intercalando eslabones psíquicos. Por eso, aunque por el momento solo en los casos más raros sea capaz de descomponer una reacción en sus componentes fisiológicos, tal análisis de todas las acciones animales tiene que parecerle la única meta de su ciencia, y precisamente como naturalista tiene que exigir que los procesos materiales de la actividad muscular y glandular, en los que en último término consisten todas las reacciones, puedan unirse mediante una serie sin lagunas de procesos materiales con el proceso material de la percepción del estímulo. Tampoco el químico puede indicar a menudo todos los eslabones de reacciones complicadas, por ejemplo de la catálisis, sin que por ello se vea movido a definir de otro modo las tareas de su ciencia. Pero también la prudente exigencia de que se prescinda de explicaciones psicológicas al menos mientras una explicación puramente fisiológica no esté excluida por principio resulta irrealizable tanto para el fisiólogo como para el psicólogo. Para el fisiólogo, porque tiene que insistir en todas partes en una explicación objetiva de los procesos objetivos y postularla como meta ideal incluso allí donde de momento no es capaz de darla; para el psicólogo, en cambio, porque su propia experiencia inmediata le enseña que la posibilidad de una explicación fisiológica de procesos psicofísicos no excluye en modo alguno su interpretación psicológica.

La investigación de las conexiones causales físicas, psíquicas y psicofísicas constituye tres tareas completamente separadas, cada una de las cuales solo puede resolverse satisfactoriamente respetando escrupulosamente su ámbito de validez.

Pero precisamente cuando el psicólogo reconoce sin reservas la exigencia de una explicación materialista de todos los procesos materiales, el hecho de que ya se haya logrado reducir ciertas reacciones a procesos fisicoquímicos no le impone la menor necesidad de abandonar por su parte la suposición de correlatos psíquicos de estos procesos. Pues precisamente entonces también el componente fisiológico de los procesos psicofísicos en su propio cuerpo tiene que ser accesible a una explicación materialista, sin que con ello pueda menoscabarse la realidad de los componentes psíquicos dados en su experiencia inmediata.

Así pues, del mismo modo que la reducción lograda de ciertas reacciones animales, por ejemplo de algunos tropismos auténticos, a procesos fisicoquímicos no excluye la presencia de fenómenos psíquicos concomitantes, la imposibilidad provisional de tal reducción tampoco obliga a suponer eslabones psicoides o psíquicos.

Ahora bien, aún podría objetarse que, si bien la suposición de una conciencia de los animales superiores puede apoyarse en la amplia analogía que muestran la estructura anatómica y la función fisiológica de su sistema nervioso con las del hombre, esta analogía disminuye tanto más cuanto más se desciende en la serie animal, y que con ello la presencia de fenómenos psíquicos se vuelve cada vez más improbable.

De la diversidad de la organización se sigue, a lo sumo, que también los correlatos psíquicos de los procesos fisiológicos que transcurren sobre bases anatómicas distintas pueden presentar diferencias considerables.

Que no sea posible ninguna experiencia sobre la cualidad de estos correlatos psíquicos no puede fundar, según lo dicho, ninguna objeción seria. Basta con que también el análisis objetivo de las reacciones animales permita derivar las combinaciones complicadas de mecanismos más simples, cuya continuidad no sufre interrupción en ningún punto de la serie animal. Por eso la psicología animal puede desatender la pregunta de hasta dónde llega en cada caso la semejanza cualitativa entre estos correlatos y los contenidos de conciencia humanos; tiene la tarea de descomponer analíticamente los fenómenos psíquicos complejos en sus componentes elementales y de seguirlos genéticamente hasta sus formas más simples.

No se encuentra en esto ni siquiera en una situación desfavorable, en la medida en que toda duda sobre su legitimidad debería enmudecer si se concede en absoluto la legitimidad del principio de inferir la naturaleza psicofísica de determinadas reacciones a partir de su analogía con acciones humanas que, según el testimonio de la experiencia inmediata, van acompañadas de conciencia. De hecho, todo el mundo reconoce la validez de este principio cuando atribuye conciencia a sus semejantes. Quien quisiera, pues, negar la aplicabilidad de este principio al mundo animal tendría que ser capaz por su parte de aportar, como prueba de su afirmación, criterios objetivos de que en el caso dado no hay conciencia, lo cual es imposible. La psicología animal no tiene, pues, en el fondo que conquistar su derecho a existir; puede más bien mantenerse a la defensiva y contentarse con descubrir los defectos de los criterios «objetivos» con que se pretende demostrar su inadmisibilidad.

Pero precisamente el hecho de que el reconocimiento de la psicología animal, a falta de criterios objetivos de conciencia, traiga consigo el reconocimiento de capacidades psíquicas ya en los animales inferiores despertará en muchos una desconfianza instintiva, puesto que está bastante extendida, sobre todo en los círculos de las ciencias naturales, la opinión de que con el reconocimiento de fenómenos psíquicos va unido inseparablemente — al menos en la cabeza de los psicólogos — el reconocimiento de una «sustancia anímica» metafísica; y así muchos preferirán decidirse por la inconsecuencia de declarar inválido, en su aplicación a las reacciones animales, el mismo principio según el cual juzgan las acciones de sus semejantes, con tal de evitar toda «metafísica» y apartarse de todas las analogías «lúdicas» y no confirmables por la experiencia.

Esta reserva parecerá tanto más justificada cuanto que la propia psicología animal tiene que admitir que los componentes psíquicos de los procesos psicofísicos solo pueden ser sometidos por cada cual a observación en un único caso, a saber, en la autoobservación, mientras que falta todo asidero para responder empíricamente a la pregunta de si también en otros organismos existe la misma dependencia funcional entre procesos físicos y psíquicos. Y como los datos empíricos que han de servir de fundamento a toda psicología animal constituyen a la vez el objeto de la fisiología o de la biología, y estas ciencias empíricas limitan su tarea a reducir los fenómenos vitales materiales a fundamentos materiales, sus representantes se inclinan con demasiada facilidad a negar a la psicología animal todo derecho a una existencia independiente y a considerarla un juego ocioso que no solo no puede enriquecer los resultados objetivos de la ciencia exacta, sino que no puede tener otro resultado que el de confundir los resultados objetivos de una laboriosa investigación empírica con postulados apriorísticos y construcciones fantásticas.

Un examen sin prejuicios de los fundamentos y de las metas posibles de una psicología animal científica llega, sin embargo, a un resultado esencialmente distinto. Pues el carácter de cientificidad no puede negarse sin más a la psicología animal por el hecho de que sus resultados no sean accesibles a una confirmación por la observación inmediata y estén por ello siempre sujetos a cierta inseguridad. En efecto, aunque esta imposibilidad haya de valorarse de otro modo desde el punto de vista de la teoría del conocimiento, existe en la práctica la misma imposibilidad de someter al control de la experiencia, por ejemplo, las hipótesis sobre el interior de la Tierra, la cara oculta de la Luna, etc. De esta inseguridad, en cambio, solo nace para la psicología animal la obligación de atenerse estrictamente a los resultados de la investigación objetiva como su único fundamento, sin dejarse inducir a hacer pasar interpretaciones psicológicas por explicaciones causales de los fenómenos físicos.

Pero precisamente por eso la comunidad del material empírico que elaboran la psicología animal y la fisiología comparada no hace que ninguna de las dos ciencias parezca prescindible. Pues los hechos admiten tanto una interpretación subjetiva como una objetiva, y la una no puede sustituirse por la otra, ni las dos ciencias, si delimitan con precisión sus campos de trabajo, pueden entrar nunca en conflictos de competencia.

El rechazo por principio de toda psicología animal conduce a una concepción del todo unilateral de los fenómenos vitales animales. Pues aun cuando se hubiera alcanzado la meta ideal de la ciencia «objetiva» de reducir todos estos fenómenos a procesos fisiológicos y derivarlos de causas fisicoquímicas, quizá con la cooperación de factores teleológicos objetivos, no estaría resuelta con ello la cuestión del origen y desarrollo filogenético de la conciencia, mientras que solo la más ciega parcialidad podría negar que aquí se plantean problemas de importancia fundamental.

Pero aquel rechazo implica a la vez una inconsecuencia consciente y arbitraria, al limitar sin razones objetivas suficientes el principio de la inferencia por analogía a la interpretación de las acciones humanas. En cambio, quien considere esta inconsecuencia y aquella renuncia por principio a toda psicología genética más inquietantes que la inseguridad relativa inherente a todas las hipótesis sobre la vida de conciencia ajena, encontrará en las inferencias que el comportamiento objetivo de los animales permite sacar sobre sus estados subjetivos el material para construir una ciencia del todo independiente e indispensable para la comprensión integral de los fenómenos vitales, que comparte con la psicología de los pueblos la tarea de investigar el origen y el desarrollo de la conciencia.

La decisión entre ambas alternativas dependerá, pues, en último término de la disposición subjetiva de cada cual; dicho de otro modo: el punto en que llega al reposo el afán de saber de cada uno quedará determinado también en este terreno por «qué clase de hombre es»10.

El Sr. Pötzl (Viena) señala la gran importancia que tiene la observación de los trastornos anímicos circunscritos. La actividad anímica se presenta en muchos aspectos como un proceso de integración, en especial el lenguaje; al eliminar los trastornos del habla mediante el ejercicio (según el método de Gutzmann o de Fröschels) se produce una reintegración. Importantes serían también para la psicología animal los estudios de adiestramiento, por ejemplo en perros, como los que se exponen en el libro de adiestramiento de Oberländer. La patología cerebral y la observación en animales dan resultados idénticos.

El Sr. Adler (Viena): Psicología infantil e investigación de las neurosis11.

Común al niño y al nervioso es el factor de una mayor falta de independencia, razón por la cual dependen en mayor medida de los servicios de otros; los niños recurren a la familia; los nerviosos, a su familia, a su médico y a su entorno más amplio. En la neurosis las personas del entorno son llamadas a tareas mayores y puestas ante exigencias acrecentadas. En la individualidad de un hombre se ve su pasado, su presente y su meta; en su modus vivendi reconocemos una compulsión a fijarse una meta. Carácter, voluntad y síntomas son solo manifestaciones parciales de un incentivo ininterrumpido hacia la tendencia a una meta, que se sirve de los medios más diversos, aun de los aparentemente más contradictorios, con tal de acercarse a la meta fijada. La inclinación del paciente hacia el médico, el confinamiento en casa, el salir de casa cuando al paciente le parece útil, todo ello no es más que un medio para un fin. De los neuróticos vale la frase: cuando dos no quieren lo mismo, es sin embargo lo mismo12. Todo lo individual planificado es preparación para el fenómeno, o es meta y está detrás del fenómeno. Toda la suma de los fenómenos que pertenecen a la neurosis está preparada directamente para que quede garantizado solo el desenlace querido por el paciente. La relación entre lo consciente y lo inconsciente es solo un medio al servicio de la personalidad total. Los factores constitucionales y el medio son los elementos dados por los que están condicionadas la fijación de la meta y la línea de vida de cada uno. Metas y rasgos de carácter se ajustan a la meta, y todos los fenómenos anímicos solo pueden entenderse y captarse como manifestaciones parciales de un plan de vida. Los hechos de la vida infantil han de considerarse como movimientos preparatorios con vistas a una meta. Los niños con disposición nerviosa persiguen la meta unas veces mediante la obstinación, otras mediante la sumisión; llegar a dominar, a ser atendido, ganar interés para sí, es el fin último. La rivalidad con el hermano menor, la obstinación, la indolencia, todo tiene que servir a esta meta; la enuresis nocturna y el rechazo del alimento se ponen a su servicio. La neurosis obsesiva y el fetichismo han surgido sobre esta base; por ejemplo, el miedo a no estar a la altura de la mujer puede conducir a intentos sistemáticos de desvalorizar a la mujer ante sí mismo. También la amabilidad, lo mismo que la tartamudez, se pone al servicio de la fijación de la meta. Un neurótico siempre quiere; sentir y pensar se compenetran siempre en el neurótico y, así como del sentimiento de inferioridad fundado en el niño se desarrollan tendencias a la compensación que buscan procurar valía al niño, del mismo modo el neurótico se arregla su sistema de vida sirviéndose de sus experiencias, que luego aprovecha tendenciosamente; nadie padece sus experiencias sin tendencia. Toda interpretación ha de introducirse en el fenómeno; está delante o detrás del fenómeno; este solo cobra interés cuando puede verse en él una línea directriz. Las líneas directrices más importantes son:

Actividad real.

a) Desarrollo de capacidades para llegar a la superioridad.
b) Medirse con el propio entorno,
c) reunir conocimientos,
d) percibir un carácter hostil del mundo,
e) empleo del amor y la obediencia, el odio y la obstinación.

Imaginación.

f) Desarrollo del «como si» (fantasía, éxitos simbólicos),
g) empleo de la debilidad,
h) aplazamiento de las decisiones, — cobertura.

Como presupuesto incondicionado de estas líneas de orientación se encuentra únicamente una meta muy alta, que tiene que permanecer en lo inconsciente para ser eficaz. Esta meta está revestida concretamente de múltiples maneras según la constitución y la experiencia, y bajo esta forma puede hacerse consciente, regularmente en la psicosis.

Exempli causa, el ponente desarrolla el análisis de la actitud defensiva de una paciente que temía siempre la infidelidad de su marido. De niña había sufrido un atentado sexual y había llegado al principio: yo (una muchacha) no debo estar nunca sola. Esta opinión es la acertada, y no la concepción de Breuer-Freud de que los pacientes padecen de reminiscencias; también la expresión «disposición de ánimo» dice demasiado poco. Los primeros recuerdos infantiles de la paciente son impulsos de rivalidad contra la hermana mayor, preferida por la madre, mientras que el padre (sin componente sexual) siempre estaba de su parte. Más tarde la paciente sufrió dolores de cabeza que aparecían en accesos en la época de la menstruación; en esa época alucinaba que la madre le tiraba del pelo, y una vez, en un ataque de rabia, se escapó para bañarse en el río. Ataques parecidos los había visto en dos hermanos. La paciente se rebelaba, pues, contra su naturaleza femenina, y su reflexión era más o menos la siguiente: los hermanos se rebelan y son los señores, mi hermana goza del favor de la madre, solo la muerte o la enfermedad pueden sacarme de mi humillación; entonces se acaba el estar sola. No es en absoluto necesario que tales razonamientos se hagan conscientes; al contrario, el hacerse conscientes pondría en peligro el éxito. Todo el plan de vida descansa sobre la inferioridad de la mujer, a la que por eso no se puede dejar sola. De este retrato se desprenden rasgos valiosos. Siente angustia cuando va sola en el coche; pierde la angustia cuando va sentada delante en el coche. Se angustiaba en cada curva del camino, lo mismo que al ir deprisa. Si en estas ocasiones empuñaba las riendas, no se angustiaba. No empuñaba las riendas para contener a los caballos, pues se sentía demasiado débil para ello, sino para elevarse por encima del hombre. Este plan de vida procedente de la infancia llevó a la paciente a hacer todo lo posible por pasar de abajo arriba, y determina su posición agresiva frente a su entorno, entre el cual y ella existe una tensión acrecentada. Quien se siente débil recurrirá al artificio de la neurosis, y sus medios proceden de la vida individual, sobre todo de la infancia; por eso se muestra tan claramente la línea de vida en la neurosis; por eso está uno autorizado a no dar por válido el fenómeno aislado como tal, sino a considerarlo siempre solo en la relación con la línea de vida en que un punto está con la línea. La vida es una lucha; toda derrota, todo miedo a la derrota, lo siente el neurótico con más fuerza que el sano. La aversión a la coacción es en él más fuerte que en el sano y le lleva a adoptar el punto de vista solipsista. De su actitud proceden también la creencia en la magia y las perversiones en el terreno sexual, siempre sobre la base de un desarrollo dificultado. La oposición poder — impotencia aparece en el esquema hombre — mujer, y las anomalías sexuales sirven a la tendencia a demostrar su superioridad sobre el elemento femenino. Unos coeficientes de seguridad deben hacer posible el camino hacia lo alto. Para despertar el interés se emplea la prueba de la enfermedad como legitimación y se sobreestiman nimiedades; el fanatismo del débil puede debilitar toda posición contraria. Por eso el pensamiento se vuelve cavilación, la pérdida del reposo cansancio diurno; se llega a la disfunción por atención y, en muchos casos, en particular a la disminución de la capacidad de amar.

El Sr. Häberlin (Basilea): Psicoanálisis y educación.

(Como el Sr. Häberlin no está presente, la conferencia fue leída por el señor Frank.)

Cuando se habla de psicoanálisis, se lo toma en el sentido de su fundador, Freud, y se deja de lado todo lo que otros han hecho o intentan hacer de él. La pregunta es qué tiene que ver el psicoanálisis en este sentido con la educación. De la respuesta quedará claro para el conocedor de los resultados psicoanalíticos cómo se comportan estos respecto de la educación.

Para agotar por completo la significación del psicoanálisis, hay que distinguir en él tres cosas. Es, en primer lugar, un método de investigación psicológica cuya meta es el conocimiento psicológico, sin limitación a las neurosis y sin consideración a la terapia. Las peculiaridades de este método son, en resumen, las siguientes. Se propone ante todo comprender a partir de raíces inconscientes hechos psíquicos que no pueden entenderse desde conexiones conscientes, y en ello se asigna un papel muy grande a la vida infantil como el caldo de cultivo más importante de lo inconsciente. A lo inconsciente mismo trata de acercarse atendiendo a manifestaciones y acciones sintomáticas, aclarando zonas más oscuras de la conciencia, teniendo especialmente en cuenta los indicios que se ven en los sueños, y por medios semejantes. Como una especie de principio heurístico sirve la convicción, nacida de las experiencias psicoanalíticas, de que a la sexualidad (en un sentido especialmente amplio) le corresponde una importancia asombrosa. El descubrimiento de lo inconsciente se produce mediante la superación de la «resistencia», es decir, de aquella potencia psíquica que, según la concepción psicoanalítica, ha producido la «represión» de hechos psíquicos incómodos en lo inconsciente y los retiene todavía en él. — Este «inconsciente» no se define más en su peculiaridad; es simplemente la expresión de que hay agentes psíquicamente eficaces de cuya existencia y eficacia el individuo no sabe nada o nada claro, o no quiere saberlo.

Pero psicoanálisis significa hoy en general no solo un método especial de investigación psicológica, sino también una suma o un complejo coherente de conocimientos, opiniones, teorías y supuestos psicológicos que en parte están en la base del procedimiento psicoanalítico y en parte derivan su origen de este procedimiento. El único supuesto admitido es el de que existe una causalidad psíquica, de que, por tanto, hay que buscar las condiciones de los hechos psíquicos el mayor tiempo posible en el terreno psíquico. Si no se encuentran en lo psíquico consciente, aún podría interrogarse a lo inconsciente, en oposición a otras orientaciones que están prontas a buscar las fuentes de lo psíquico manifiesto en el campo de lo anatómico y lo fisiológico. Por lo demás, esta oposición no es absoluta, pues sobre los orígenes últimos de lo psíquico el psicoanálisis calla hasta ahora; parece incluso, de acuerdo con el adversario, pensar en último término en trasfondos fisiológicos para los hechos psíquicos elementales. Toda la diferencia consistiría entonces en que el psicoanálisis no abandona tan deprisa la causalidad puramente psíquica en favor de la psicofísica y la física, o no cree tener que abandonarla. Pues también los adversarios admiten la causalidad psíquica hasta cierto límite. — La importancia de las tendencias y recuerdos inconscientes, la estimación de lo infantil, la teoría de los sueños, la represión y la resistencia, el papel de la sexualidad, etc., designan el círculo de opiniones que se sobrentiende cuando se habla de psicoanálisis.

Pero psicoanálisis significa o abarca, en tercer lugar, todavía otra cosa, a saber, un determinado procedimiento terapéutico, que por cierto en la práctica va de la mano con el método de investigación. La terapia no busca lo inconsciente por puro interés investigador, sino — precisamente como método terapéutico — también y sobre todo porque se atribuye a lo inconsciente una significación central para el origen y el contenido de las neurosis. Se considera especialmente importante aquella parte del material inconsciente que debe su exclusión de la conciencia a un acto de represión. La terapia se propone ante todo suprimir las represiones y hacer de nuevo posible la conciencia del material reprimido, porque como consciente es menos peligroso que como inconsciente, porque frente a hechos conscientes es más posible una elaboración no patógena, una paralización, una superación o un dominio — si es que tales cosas parecen en absoluto necesarias — que frente a un enemigo al que no se conoce.

¿Qué tiene que ver, pues, el psicoanálisis según estos tres aspectos con la educación? — Habrá que distinguir ante todo entre la meta y el método de la educación. Dos cosas que no deben confundirse. La meta educativa es siempre un ideal, que debe su existencia y su fuerza determinante a estimaciones de valor conscientes o inconscientes de carácter inmediato. El método, en cambio, es el conjunto del camino que se emprende para realizar el ideal. El método abarca la marcha y los medios de la educación, la técnica orientada enteramente a la meta. Esta depende, con todo, de las posibilidades que le dan la experiencia, el material y las circunstancias individuales. Así, el método de toda educación está siempre determinado por dos lados: por el ideal (meta) y por las circunstancias empíricas, que ofrecen y hacen necesarios los medios y los obstáculos, los caminos y los rodeos.

Que el psicoanálisis no tiene nada que ver con ninguna meta educativa como tal es evidente, al menos en tanto que significa un determinado tipo de investigación psicológica y en tanto que significa un complejo de opiniones psicológicas. Las metas últimas, los ideales, descansan siempre en valoraciones supremas inmediatas; expresan un deber-ser que todavía no es, que incluso puede ser desatendido y eludido, pero que vale porque precisamente debe ser. Y debe realizarse no por alguna razón, es decir, por mor de algún otro bien; pues de lo contrario no sería una meta última, no sería un ideal, sino que este papel lo asumiría aquel otro bien, y así sucesivamente, hasta llegar a uno supremo, inapelable y que ya no puede fundamentarse, que tiene su valor y su validez puramente en sí mismo, que es precisamente un ideal inmediato. Esta sería entonces la verdadera meta. — Si es así, las metas últimas de la educación (como en general de la acción) nunca pueden obtenerse, eliminarse o sustituirse por otras mediante alguna experiencia empírica, tampoco mediante la experiencia científica. La ciencia no tiene competencia respecto de las estimaciones de valor supremas. Así ocurre con las normas e ideales estéticos, éticos y pedagógicos. No pueden fundamentarse ni derivarse en modo alguno de la empiria. En todas las metas pedagógicas se trata en último término de la oposición entre bien y mal, justo e injusto, bello y feo. Pero todas las decisiones o tomas de posición de esta clase nunca pueden obtenerse o alterarse por vía de conocimiento. Por eso la investigación o el conocimiento psicoanalíticos, como cualquier otro, no pueden señalar metas educativas ni derribar las existentes. — Si a pesar de ello desde el lado psicoanalítico se plantean a veces pretensiones de esta clase, o si se intenta «explicar» psicoanalíticamente normas supremas éticas o pedagógicas, todos estos esfuerzos descansan en conocidos errores de teoría del conocimiento que en último término desembocan en autoengaños sobre la naturaleza de los «juicios de valor» y de lo normativo.

Otra cosa ocurre con la relación del psicoanálisis con los posibles métodos de la educación. Pues en todo método educativo ya no se trata de valoraciones supremas absolutas, sino de caminos para su realización.

Un recurso de los más importantes de toda educación es, naturalmente, la investigación individual-psicológica del educando13. Por eso, en la medida en que el psicoanálisis es en general un tipo nuevo de investigación psicológica — dejando de lado por ahora si se lo admite o no como método fecundo —, pretende prestar servicios también a la psicología pedagógica y, con ello, precisamente al método educativo. Tanto más cuanto que precisamente el individuo infantil cae especialmente en la dirección de su interés. Es cierto que las intuiciones individual-psicológicas que permite obtener no son quizá todas tan inauditamente nuevas ni van tan lejos más allá de lo alcanzable por otros medios como creen algunos entusiastas. Precisamente entre los pedagogos, gremiales o no, mucho de lo psicoanalítico se entiende más como confirmación que como descubrimiento nuevo. Con todo, es más. Proporciona decididamente visiones de constituciones y modos de reacción individuales que significan un enriquecimiento.

Esta toma de posición no significa todavía, sin embargo, una recomendación incondicional de este método de investigación a los pedagogos. Antes hay que decidir la pregunta de si la investigación psicoanalítica del educando es en conjunto recomendable para la educación o no, — siempre en el supuesto de que se trate de una orientación de investigación en sí y por sí provechosa. Pues podría ser que el psicoanálisis dañara al educando más de lo que la eventual ganancia de conocimiento fuera capaz de aprovechar a su educación. La decisión al respecto no es en absoluto fácil. La experiencia del ponente le hace pensar que la edad más favorable para el psicoanálisis empieza solo a los 17 o 18 años. Pero como a los 17 o 18 años la educación en sentido estricto se acerca ya a su término, y aun por regla general ha terminado ya, solo entra en consideración esencialmente la edad, menos favorable para el psicoanálisis, que llega hasta el final de la pubertad. Y en ello sostengo, desde luego, que una exploración propiamente psicoanalítica de gente tan joven tiene sus inconvenientes y puede de hecho hacer más daño que provecho. Importan en ello precisamente dos cosas: la naturaleza del educando y el modo de proceder, que a su vez está relacionado con el modo de ser del psicoanalista.

Está en la esencia de la educación que todo lo que se hace con el educando tiene que subordinarse a las metas últimas de la educación o armonizar con ellas; así, naturalmente, también la exploración individual-psicológica y el modo de llevarla a cabo. Con ello está relacionada la máxima metódica de limitar a lo necesario el trabajar y el investigar en torno al educando; todo lo que va más allá es nocivo. Ahora bien, no está fijado de antemano cuánto es necesario en cada caso. Sin embargo, todo educador mínimamente apto posee para ello un criterio seguro en el modo en que el educando reacciona a sus medidas educativas, si de modo «normal» o «inhibido». Si un modo de educar probado en otros casos no surte efecto sin que puedan descubrirse razones plausibles, ello no significa otra cosa sino que hay inhibiciones desconocidas.

Solo en tales casos está indicada una investigación más amplia del educando. Si los caminos habituales de la psicología de la conciencia no conducen entonces a la meta, habrá que investigar precisamente lo inconsciente, y aquí se ofrece por sí solo un proceder psicoanalítico. Los casos de esta clase no son en absoluto raros. No abarcan solo naturalezas declaradamente «enfermas». También en niños «sanos» se encuentran a menudo episodios o rasgos que apenas pueden abordarse sin investigar los motivos inconscientes (mentiras aparentemente inmotivadas, temerosidad, distracción, etc., etc.). Aquí un psicoanálisis correctamente practicado tiene ciertamente una tarea agradecida y meritoria, no solo una tarea que «responda a todas las reglas del arte», sino precisamente una tarea correcta desde el punto de vista pedagógico. Pues también en la ejecución, no solo con respecto a la indicación, toda investigación tiene que integrarse en el conjunto de la educación. La pregunta de cuándo el psicoanálisis está llevado a cabo de manera pedagógicamente correcta es, naturalmente, difícil de responder con precisión en términos tan generales, ya que tanto debe dejarse en cada caso al talento pedagógico y psicológico del educador. Con todo, son posibles algunas indicaciones. Ante todo, también en la ejecución es incondicionalmente recomendable la limitación a lo más necesario. El hurgar superfluo en la psique del educando no puede censurarse con suficiente dureza. Lo «inconsciente» (es decir, la no-conciencia de ciertas cosas) tiene ciertamente su significación positiva para la edad juvenil; pero en general habría que dejar inconsciente lo inconsciente mientras no vaya unido a perturbaciones e inhibiciones. — Que además tal investigación de jóvenes requiere una prudencia muy especial y un tacto especial, por así decirlo potenciado, es evidente. Cuanto más delicado y más plástico es todavía el material, tanto mayor es la responsabilidad del que lo modela y tanto más fácilmente puede vengarse su intervención con manos poco finas. Un psicoanálisis falto de tacto y pedagógicamente desconsiderado significa sin duda un daño para el educando que apenas puede compensarse con el éxito de la investigación. El psicoanálisis se parece en general a un cuchillo afilado de doble filo. Si se lleva de modo incorrecto, puede crear traumas. Por ello, naturalmente, no recae un reproche sobre él como tal, sino precisamente solo sobre el psicoanalista que es demasiado poco pedagogo. Un psicoanálisis como es debido dentro del conjunto del proceder pedagógico presupone algo más que el simple saber y poder psicoanalíticos habituales. Presupone ante todo seguridad y madurez éticas.

Pero presupone también que la personalidad que investiga y educa esté por encima de todo método particular y no se ate nunca servilmente a un proceder determinado. También el método de investigación es modificable, y es cosa del educador manejarlo precisamente como convenga al caso, aunque de ello resulte una modificación considerable o una combinación con otros métodos. Pues por encima de la «pureza» del método está la meta de la educación, y nunca un recurso debe volverse dominante, nunca la investigación (en el marco de la educación) fin en sí misma.

De lo expuesto se desprende por sí solo qué tienen que ver los otros dos aspectos del psicoanálisis con la educación. Aunque mucho de los resultados propagados hasta ahora sea erróneo, y otras cosas no estén todavía captadas de manera definitiva y suficientemente precisa y, sobre todo, no estén elaboradas de modo científicamente intachable, sería una injusticia rechazar por ello todas las opiniones psicoanalíticas. En opinión del ponente queda todavía bastante de intuiciones seguras y fecundas (si son absoluta o relativamente nuevas es una cuestión aparte). Será necesario examinar y separar críticamente lo acertado de los añadidos, las unilateralidades, etc., y luego hacer fecundo lo duradero para la teoría general de la educación, sobre todo también de modo profiláctico. Que en ello son obligadas la prudencia y más bien la reserva, antes que un ciego afán de novedad, como siempre en el aprovechamiento pedagógico de opiniones nuevas, es evidente.

¿Qué puede significar el psicoanálisis como terapia para el proceder del educador? Esta terapia está estrechamente unida a la investigación, pero no coincide con ella. Es un hecho, ante todo, que en muchísimos casos la curación, es decir, la meta de la terapia, no se alcanza en absoluto por el mero hacer consciente, sino que tiene que añadirse aún algo segundo, de cuyo éxito o fracaso depende solo el éxito de toda la terapia. Pero esto segundo no es otra cosa que un trozo de educación. Pues cuando lo reprimido ha sido devuelto a la actividad anímica consciente, el conflicto psíquico puede encontrar, bajo la dirección del médico, un desenlace mejor que el que ofrecía la represión. Según Freud hay varias soluciones adecuadas de esta clase. O se convence a la personalidad del enfermo de que ha rechazado sin razón el deseo patógeno y se la mueve a aceptarlo total o parcialmente, o este deseo mismo se dirige hacia una meta superior y por eso intachable (sublimación), o se reconoce su rechazo como justificado, pero se sustituye el mecanismo automático, y por eso insuficiente, de la represión por una condena con ayuda de los rendimientos espirituales más altos del hombre: se logra su dominio consciente. Todo esto va más allá de la mera investigación o descubrimiento: son medidas pedagógicas, es decir, es educación por el médico, que en casos favorables puede sustituirse por la autoeducación (a veces de manera muy repentina y espontánea), lo cual naturalmente no cambia nada de su carácter pedagógico.

Así pues, la terapia psicoanalítica consiste en el descubrimiento de conexiones psíquicas ocultas (investigación) y en educación. Pero esta educación está caracterizada además especialmente por su meta. Esta meta no es nunca otra que la «salud» psíquica del analizado. El paciente puede llegar a ser un canalla, un individuo socialmente dudoso, un Don Juan, un filisteo o un carácter noble, con tal de que se cure. A la salud se subordina en último término todo lo demás, y eventualmente se sacrifica.

De ello se ve que el psicoanálisis mismo no se las arregla sin educación; más aún, significa por su parte un trozo de educación. Pero también que este tipo de educación nunca puede sustituir a la educación en general, en cuanto la educación tiene otras metas más altas que la mera salud. Por otra parte, ciertamente, todo modo de educar mínimamente discutible incluirá en su meta la salud psíquica o al menos admitirá que es condición para la realización de su meta. Por tanto, la terapia psicoanalítica, allí donde es necesaria, puede ser una ayuda bienvenida del proceder educativo. Siempre, naturalmente, en el supuesto de que en su parte investigadora como en su parte educadora no cause, junto al éxito terapéutico, un daño pedagógico. En favor de su significación educativa puede destacarse aún que en no pocos casos la terapia psicoanalítica es capaz de eliminar inhibiciones de la educación que antes desafiaban todas las medidas pedagógicas posibles, o que en todo caso habrían sido mucho más difíciles de suprimir sin ella. Y además, un psicoanálisis llevado a cabo correctamente y con seriedad ética es también él mismo un trozo de educación de valor más que terapéutico, un trozo de educación para la sinceridad consigo mismo y para la entereza viril, por no hablar de otros posibles «éxitos accesorios». ¡Hay que prevenir contra que el psicoanálisis se convierta en campo de experimentación de semicultos o de ávidos de sensaciones! ¡Ojalá no se haga nunca de una cosa seria y, en más de un aspecto, «peligrosa» una simple moda!

El Sr. v. Hattingberg (Múnich): Sobre la psicología de la terquedad infantil.

El ponente no quiere tratar la metodología y tampoco se sitúa dogmáticamente en el terreno de una teoría determinada. La terquedad (Eigensinn) significa ante todo, tomada en sentido puramente lingüístico, un sentido propio, que es distinto del de los demás, que quiere otra cosa, que actúa de otro modo. Pero la palabra Eigensinn ha cambiado secundariamente su significado de manera esencial y designa un comportamiento típico cuyo núcleo es la voluntad de conseguir éxitos. Se habla de terquedad cuando alguien, a pesar de estar falto de preparación y sabiéndose desentrenado, emprende una excursión difícil por la montaña, cuando un muchacho intenta robar fruta aunque sus compañeros le hagan ver claramente el peligro de ser atrapado, del castigo por parte del dueño del huerto, el peligro de trepar. No se deja apartar de su propósito por las consideraciones del compañero y nota ya mientras trepa que ha sobreestimado sus fuerzas, que viene el dueño del huerto, etc., pero no se deja detener y sigue subiendo; su único motivo es su ambición, su deseo de impresionar. Surgen motivos contrarios de una fuerza tal que le habrían detenido si los hubiera conocido. Su energía procede de su decisión; toda su persona participa en la realización del propósito de ganarse la admiración de sus compañeros; la manzana se le ha vuelto del todo indiferente. Con el «yo quiero» entra en actividad el cambio de la persona. Solo por la decisión se moviliza la fuerza que ejerce la compulsión a mantenerse en su voluntad. En las personas de voluntad entra en juego un mecanismo de esta clase, sobre todo en aquellas que tienen que superar defectos graves. Con terquedad se mantiene lo una vez querido, porque un cambio de la decisión podría quizá menoscabar el respeto del entorno y con ello también la propia estimación. Esta última propiedad, la dependencia del juicio de los demás, la comparte el terco con el ambicioso; pero la ambición y la terquedad no se dan juntas a menudo: en el ambicioso se trata de la necesidad de reconocimiento; en el terco, de un defecto de la capacidad de aprehensión, de un error de adaptación. Se pone en juego todo el yo porque se le quiere preservar del peligro. Con la creciente capacidad de adaptación se pierde la terquedad. El ambicioso se adapta al deseo del espectador. El origen de la terquedad ha de buscarse en una inferioridad primaria en los niños neuróticos.

La ambición y la terquedad se muestran cuando todo el yo está interesado en una meta. Esto es característico en lo esencial de la terquedad activa (= Starrsinn, obcecación); en la dependencia del espectador hay un factor reactivo. El ponente llama reactiva a aquella terquedad en la que no actúa un sentido propio, sino solo la orientación contra la voluntad del otro, contra el deber, pero no contra el contenido del deber. Esta terquedad reactiva se manifiesta en los niños en el rechazo del biberón, en el «quedarse sin aliento»14, en los espasmos de rabia. De ahí se desarrolla una actitud agresiva obstinada contra las medidas del entorno. Se muestran en ello diferencias individuales. Los niños dispuestos a la ira tienden a la terquedad, que unas veces es ubicua y otras se extiende electivamente a los educadores. Además, la agresión puede estar condicionada también por el gusto por el poder, por la voluntad de poder. Frente al educador superior desaparece la terquedad, que aspira a una ampliación de los límites del yo. También puede haber una actitud contra la gran sugestibilidad propia de las personas tercas, lo mismo que contra el miedo a no poder imponerse, contra la falta de unidad de la vida instintiva. También el temor por la propia independencia puede conducir a la terquedad sin consideración a la situación momentánea. Puede ser electiva cuando se teme especialmente una influencia. También las tendencias amorosas, el deseo de que uno se ocupe del niño, pueden ser la causa de la terquedad. En un caso que se publicará in extenso, el niño no podía pronunciar palabras francesas; a la edad de 2½ años decía: «No quiero querer». A los 3 años mostraba una gran predilección por los procesos excrementicios. A su hermano Heinrich lo llamaba Helu, formado de He y Lu; lo primero procede del nombre; lo segundo, de la designación infantil de orinar. Llamaba así al hermano «porque lo quiero». Se avergonzaba fácilmente ante amigos y era fácilmente vulnerable; tenía angustia al orinar o defecar, pero al mismo tiempo erecciones. Estas se daban también con la necesidad de orinar y se producían también artificialmente. Todas las palabras recibían una terminación en -u, que se remonta a la palabra Lulu, la designación infantil de orinar, y se refiere a la orina o al pene. La sugestión solo puede excluirse de manera concluyente en algunos puntos. La comprensión del caso solo es posible por empatía. El éxito del análisis fue la desaparición de la evacuación anormal y la desaparición de la terquedad. Hay que recordar que Freud atribuye el orden, el ahorro y la terquedad al erotismo anal. El ponente no se adhiere a ello, porque la conexión genética no está demostrada, y lo mismo vale del erotismo uretral de Sadger. El análisis de niños enuréticos mostró que el estímulo de orinar y defecar provoca erecciones, y que también ambas funciones actúan como estímulos directos. La elevación general de la excitabilidad del sistema nervioso en estos casos está demostrada por el fenómeno del facial. Los fenómenos somáticos conducen a sensaciones de placer, pero la excitación sexual la desencadena el afecto de angustia, y así surge en los niños nerviosos el afecto del placer angustioso (Angstlust), en el que se dan a la vez un sentimiento agradable y uno desagradable. Así, el ponente ha observado dos veces poluciones durante los ejercicios escritos escolares. Quizá el placer angustioso se busca mediante la resistencia, en cuanto el castigo produce placer, pero también angustia. El placer angustioso está, pues, en relación con el masoquismo. Si no se abandona el placer angustioso, se desarrolla la terquedad pasiva, a la que falta toda reacción de cierre, y que a menudo está combinada también con la terquedad reactiva: en ella se encuentran con frecuencia anomalías de la defecación. El placer angustioso está también en relación con el gusto por los deportes peligrosos y los juegos de azar. La terquedad cesa en la vida posterior; el placer angustioso es sustituido. La suposición de Adler acerca de la importancia que corresponde a la duda sobre el papel sexual, al placer de ser pequeño, etc., no la comparte el ponente. Estos tipos pueden darse todos en caracteres distintos. El carácter terco solo puede concebirse según principios dinámicos.

El Sr. Schrecker (Viena): Sobre los primeros recuerdos de la infancia (aparecerá in extenso en esta revista).

Discusión sobre las conferencias de los señores Adler, v. Hattingberg y Schrecker.

El Sr. v. Hattingberg (Múnich) observa que las exposiciones de Adler pueden encajar en parte, pero que sus explicaciones son puramente intelectuales; no puede admitir que los fenómenos observados representen simplemente un punto en la línea de vida y tengan solo significación prospectiva o, respectivamente, retrospectiva. No encuentra exacta la manera de pensar de Adler y advierte contra el meter cosas diversas en el plan de vida. Pregunta si, en opinión de Adler, a los animales les corresponde un «plan de vida», y advierte contra la exclusividad de la doctrina de Adler.

El Sr. Bleuler (Zúrich) protesta contra el empleo del sentimiento de insuficiencia y opina que en el niño hay también otros motivos, que en modo alguno tienen que permanecer inconscientes, y advierte contra toda exageración.

El Sr. Neuer (Viena) observa que el Sr. v. Hattingberg no ha fundamentado suficientemente su afirmación de que la concepción de Adler es puramente intelectualista. En cuanto a la relación entre fenómeno y línea de vida, hay que hacer constar que la fenomenología no es idéntica a la ciencia natural.

El Sr. Furtmüller (Viena) expone que la objeción, presentada por v. Hattingberg, del carácter puramente intelectual de las exposiciones de Adler está sin duda fundada, pero que esta impresión se debe solo a la forma en que Adler ha presentado sus ideas. El carácter fundamental del sistema de Adler es puramente voluntarista, como se desprende de la alta valoración de la tendencia a una meta. La palabra plan de vida es solo una expresión para el conjunto de las tendencias, aun cuando no las sustente ningún pensamiento; es solo una fórmula. Renuncia a la exactitud; para la investigación individualpsicológica sería perjudicial caer en una exactitud aparente. Sería para ella tan funesto como este error lo fue para los escritos de Freud. Precisamente el tender a una meta es un signo de exactitud. Para la psicología animal, la concepción de Adler es de gran importancia. La resistencia que encuentra la teoría de Adler se debe a la imposibilidad, por principio, de recrear en uno mismo lo desacostumbrado.

El Sr. v. Hattingberg (Múnich) se opone a la exclusividad del sistema de Adler, que tampoco habría encontrado la piedra filosofal.

El Sr. Frank (Zúrich) admite que la concepción de Adler es acertada para una parte de los casos; pero eso no autoriza la exclusividad.

El Sr. Freschls (Viena) sostiene la opinión de que en psicología solo una teoría única, como la de Adler, presentaría una concepción unitaria de todo este campo del saber. Ciertamente, siempre quedará un resto sin explicar.

Aprecia en el sistema de Adler la unidad y la consecuencia en el desarrollo de la idea teleológica.

El Sr. Feri (Viena) observa que en la ciencia más exacta, la astronomía teórica, no es posible arreglarse con el único principio de la teoría newtoniana de la gravitación, y cree que un principio así no podrá aplicarse en la psicología, mucho más compleja. La observación de que el orador precedente haya calificado de antemano de insoluble un resto de los problemas es característica. Tras el ignoramus viene el ignorabimus15, y es bien sabido qué partido político está interesado en el ignorabimus. El orador pregunta al Sr. Schrecker qué entiende por intuición.

El Sr. Schrecker (Viena) responde que la intuición es la aprehensión del alma sin actividad del entendimiento.

El Sr. v. Hattingberg (Múnich) opina que traer a colación cuestiones políticas y de concepción del mundo no es en absoluto necesario ni tampoco provechoso.

El Sr. Feri (Viena) expone que de la historia de la ciencia puede demostrarse que los principios calificados de fundamentales están, por así decirlo, en el aire; esto es especialmente fácil de mostrar respecto del principio de la gravitación y de la teoría de la transmutación de los organismos. Así, también el freudismo le parece una manifestación del mismo principio que hace que en la literatura francesa al verista Zola le siga el místico Maeterlinck; en la literatura alemana, a Los tejedores de Hauptmann, las obras de Johannes Schlaf y Paul Scheerbart; en la zoología, a la orientación de Vogt-Haeckel, el vitalismo de Schneider, Wolff y Driesch. Señala que precisamente la lucha contra la teleología era uno de los puntos programáticos más importantes de la orientación de Vogt-Haeckel, y que precisamente el énfasis en la teleología es característico de la orientación aquí emprendida. No está dispuesto a atribuir a la casualidad que el auge de poderosos partidos políticos reaccionarios y el del psicoanálisis coincidan en una y la misma época, y a causa del predominio de factores teleológicos tiene a todo el psicoanálisis por una gran desgracia.

El Sr. Ranschberg (Budapest) se pronuncia contra la exclusividad de la doctrina de Adler.

El Sr. Adler (Viena) declara que el esquema que ha establecido no pretende validez exclusiva. Quería tratar lo que es aprendible; por lo demás, en la captación del plan de vida de un individuo se trata de una intuición artística. A él le importa el conocimiento de lo común en fenómenos distintos; las dudas las deja para más tarde. El alto valor de una teleología no mística no es ya para él cuestionable. Cree, en efecto, que también en un animal puede existir un plan de vida, principalmente a causa de la seguridad con que los animales persiguen su meta. Remite a la estrecha correspondencia, por ejemplo, entre la pata del gato y su función, así como en general entre la forma del órgano y su función. Frente a Bleuler observa que solo se hace consciente lo que el individuo necesita para realizar su plan de vida. Plan de vida y tendencia a una meta son idénticos.

El Sr. Wexberg (Viena) observa que la psicología intuitiva conduce a resultados que aportan una aclaración de cuestiones que la fisiología no puede resolver en modo alguno, ya por el hecho de que no existe una fisiología intuitiva. El placer en la excreción subraya estos procesos, que a priori no tienen acento, y por represión surge el placer angustioso; la excreción es un proceso cuya sensación tiene un carácter semejante al sexual. La relación entre placer angustioso y masoquismo carece de importancia. Para el masoquismo entra en consideración en primer lugar el sentimiento de inferioridad.

El Sr. Strasser (Zúrich) señala el origen anal-erótico de los actos de obstinación, así como el origen anal-erótico de pensamientos obsesivos al rezar.

El Sr. v. Hattingberg (Múnich), sobre el origen de la relación entre el placer angustioso, por excitación de sensaciones semejantes a las sexuales, y los procesos de excreción, señala la proximidad de los centros correspondientes en el segmento inferior de la médula espinal. La correspondencia no tiene un fundamento puramente psíquico.

III. Sesión, 20 de septiembre de 1913, por la mañana.

Continuación de la discusión sobre el tema Represión y conversión, en especial sobre las preguntas: ¿Cuál es el efecto de la represión, qué ha de entenderse por resistencia contra el volver a hacerse consciente, cuál es el efecto de la represión patógena?

El Sr. Bleuler (Zúrich) expone que el efecto de la represión patógena puede verse en sus efectos, a saber, cuando aparecen síntomas, en cuáles son los síntomas que se muestran. Las neurosis muestran a menudo una aparición en accesos, tics, etc. La represión se vuelve patógena cuando se trata de personas anormales, por ejemplo en la esquizofrenia latente. No se vuelve patógena por mecanismos, sino en virtud de una disposición.

El Sr. v. Hattingberg (Múnich) observa que la resistencia se muestra en que el paciente se defiende contra el análisis; así, por ejemplo, el paciente transfiere su complejo paterno al analizador. La resistencia aparece cuando al paciente no se le ocurre nada. La represión incompleta es patógena, pero del mismo modo actúan también escenas de la infancia totalmente olvidadas, en cuanto refuerzan, por ejemplo, el efecto principal de deseos sexuales. También está fundada la suposición de que los deseos reprimidos de modo incompleto son patógenos; así se encuentra en maridos homosexuales que hallan satisfacción en imágenes.

El Sr. Stekel (Viena) encuentra que la discusión es muy poco grata. La cuestión de la resistencia es complicada; en lo esencial se trata de un forcejeo entre médico y paciente por el dominio. Ya en los primeros sueños del análisis se muestra la resistencia, cuya simple tendencia apunta a mantener la enfermedad. El neurótico se retira a su enfermedad como a una concha de caracol. Sería recomendable prescindir de la discusión de la cuestión de la resistencia.

El Sr. Bleuler (Zúrich) no quisiera ver interrumpida la discusión. Según todo lo dicho en la discusión, la represión sería un producto de la voluntad de enfermedad. Pero esta no puede ser la única posibilidad; por ejemplo, en una contradicción con el sentimiento ético entra eso en consideración. Él tiene al respecto una opinión propia. Lo mismo que los afectos pueden sofocarse unos a otros, esto podría ocurrir con las ideas. Las ideas ambivalentes serían reprimidas, no podrían prosperar. Más tarde serían reprimidos también los afectos correspondientes.

El Sr. v. Hattingberg (Múnich) observa aún posteriormente que también lo plenamente consciente puede actuar de modo patógeno; así, en un caso de histeria observado por él, la paciente había realizado un coito con su hermano, pero era en todo momento plenamente consciente de este hecho. También se le hicieron conscientes sus antiguos deseos sexuales hacia el hermano. La enfermedad persistió a pesar de la clara conciencia de todos estos acontecimientos.

El Sr. Stekel (Viena) observa que en la histeria un trauma despierta el deseo de una repetición y los pacientes quieren rechazar este deseo. En este caso esto es especialmente claro.

El Sr. v. Hattingberg (Múnich) replica que su paciente era consciente de todo. Ve una analogía de este estado con la sugestión poshipnótica en que los pacientes no pueden defenderse.

El Sr. Tauszk (Viena) expone que las acciones realizadas en la sugestión poshipnótica se racionalizan después. Lo vivido en un estado hipnoide está asociado con el yo-continuo y lo domina todo por asociaciones. Señala que, como ha mostrado Semon, todo queda registrado, y así también lo vivido en el estado hipnoide está relacionado con los afectos simultáneos.

El Sr. Feri (Viena) observa que tiene la impresión de que los conflictos de los histéricos tienen una gran semejanza con la lucha entre determinismo e indeterminismo.

El Sr. Moll (Berlín) hace constar que la sugestión poshipnótica puede ser plenamente consciente.

El Sr. Winkler (Viena) muestra la escritura de un hombre al que se le prohibió hipnóticamente el empleo de la letra R. Está claro que no quería escribir esa letra.

El Sr. Stekel (Viena) observa que en uno de los casos mencionados por él ayer alternaban continuamente la conciencia y el soñar despierto. El campo visual espiritual no estaba, por así decirlo, concentrado como lo está de norma; había un cambio continuo en el foco de la conciencia. La educación del enfermo persigue la meta de llevarlo a un pensamiento abierto y claro y de poner fin a los estados de ensueño.

El Sr. Frank (Zúrich) observa que todo el debate y las exposiciones de Winkler muestran cuán necesaria sería una enseñanza de la psicología médica. La tarea de la discusión es aportar claridad, por ejemplo sobre el concepto de resistencia; pero a ello no contribuye que se mezclen la resistencia contra el médico y la resistencia contra el volver a hacerse consciente. La inconsciencia tiene una especie de conciencia propia, pretende estar enferma; esto no es nada nuevo. Pero en las publicaciones al respecto es necesaria gran prudencia, porque el público se interesa mucho por estas cosas a causa de lo sexual. Para la comprensión de la enfermedad, la vivencia alucinatoria aislada carece de valor mientras el paciente no aporte el conjunto, como observa el orador frente al Sr. v. Hattingberg. Una vivencia tiene que discutirse a fondo si ha de abreaccionarse; tiene que estar unida con lo vivido anteriormente. El análisis en semisueño, tal como lo practica el orador, muestra que existe precisamente una acumulación de los afectos, aun cuando los explorados no quieran admitirlo.

El Sr. Schrecker (Viena) declara inservible la definición del afecto dada por los psicólogos. Toda su conducta le recuerda el modo en que los vecinos de Schilda querían atrapar la luz del sol16.

El Sr. Stekel (Viena) quiere hablar ahora solo de la represión sexual, aunque también hay represión de afectos no sexuales, por ejemplo un afecto de valor17 que se acumula y que en el análisis puede llegar a ser tan fuerte que hay que dar al paciente algo que destruir. Que solo haya representaciones con afectos es cierto si se identifican los afectos y la afectividad de Bleuler. Bajo este supuesto habría que hablar de retención del afecto. En el conflicto de afectos el más débil no se pierde, sino que es desplazado, lo cual solo es posible porque existe una acumulación. Los afectos no están unidos con igual firmeza a la vivencia y a la mera representación.

El Sr. Klages (Múnich) expone que reprimido e inconsciente, sofocado y dominado no son idénticos. Solo puede reprimirse algo consciente. Una vivencia por sí sola no actúa, según la experiencia, de modo patógeno. Los detalles comunicados por el Sr. v. Hattingberg solo muestran que no hay sosiego mientras no se haya vaciado lo inconsciente. En lo inconsciente actúan determinantes con fuerte carga afectiva. Una vivencia fuerte es ecforizada en el ensueño diurno o en el sueño, como muestra el análisis en semisueño. En cada momento de este estado se estimularían innumerables cadenas de determinantes, especialmente en los artistas. En cuanto a la sugestión, opina que la sugestión poshipnótica puede ser consciente o no consciente, y la autosugestión solo inconsciente.

El Sr. Stekel (Viena): Sobre la psicología del fetichismo18.

El Sr. Frank (Zúrich) ha analizado varios casos y, basándose en su experiencia, nunca recomendaría el matrimonio a un fetichista. Los casos comunicados por el Sr. Stekel no son puros, sino que están combinados con neurosis, el segundo con dementia praecox. Una única vivencia nunca actúa de modo patógeno; solo forma el núcleo de determinantes posteriores. Los fetichistas son todos neuróticos o neuróticos de angustia. La superestructura de lo religioso no pertenece al fetichismo. A menudo los fetichistas son bisexuales, pero pueden alternar fases normales, homosexuales y fetichistas. La interpretación del fetichismo como neurosis de Cristo es muy arriesgada.

El Sr. Moll (Berlín) encuentra que los fetichistas austríacos y alemanes se diferencian al parecer mucho. Un factor etiológico importante está dado también en la fantasía, y por eso prohíbe a los pacientes sus fantasías correspondientes. Hay que aspirar a la satisfacción normal, eventualmente mediante imágenes. Los casos comunicados por Stekel huían de la mujer; los suyos, no. El fetichismo no es ciertamente un trastorno innato. Los fetichistas son polígamos, pero también los normales lo son bastante a menudo. Habría muchos que se meten con la imaginación en el terreno sexual; así, por ejemplo, muchachas que llevan ropa de hombre quieren imitar a sus amigos. En la cuestión del matrimonio se adhiere a Frank. En todo caso es necesario ilustrar previamente a la mujer. De neurosis de Cristo no ha podido encontrar nada en sus pacientes, en especial en las mujeres fetichistas.

El Sr. Winkler (Viena) observa que conoce a un músico polígamo que, por su peculiar fetichismo, es conocido en Viena como el «Federmann»19. De neurosis de Cristo no se le nota nada.

El Sr. Stekel: Palabras finales sobre la discusión acerca del fetichismo:

Con Frank difícilmente podrá entenderme nunca20. Habla todavía el lenguaje de la primera publicación de Breuer-Freud. Los progresos ulteriores del psicoanálisis no los tiene en cuenta en absoluto. Sus curaciones no son prueba de la exactitud de su método. No cura el método, sino el médico, y en las neurosis los procedimientos más extraños han tenido los éxitos curativos más maravillosos.

No le asombra que sus exposiciones hayan encontrado tan poca comprensión. Sus investigaciones van precisamente muy por delante de las de los demás. Pero tiene que protestar enérgicamente contra Moll, que le reprocha ligereza. Cuando aconseja el matrimonio a un fetichista, está ya seguro del éxito. Pero procede de modo que hace venir a la elegida — de acuerdo con el enfermo — y le comunica la anomalía del pretendiente. Ella tiene entonces libre elección. En algunos casos ha visto resultados realmente sorprendentes, aunque después del tratamiento. Es comprensible, dada la complicada estructura de estas neurosis, que con la hipnosis no se pueda obtener ningún éxito. La hipnosis solo cura un síntoma, nunca la neurosis como tal. Pero espera que sus sugerencias caigan en terreno fértil y que las investigaciones ulteriores confirmen sus hallazgos.

El Sr. Frank (Zúrich): Sobre el sueño y los trastornos del sueño.

El ponente quiere hablar de los procesos de los trastornos del sueño que se presentan en las neurosis, en especial en las psiconeurosis. En estas aparecen a menudo sentimientos de inquietud y de angustia en cuanto el paciente piensa en dormir, y toda perturbación de las acciones que preceden habitualmente al sueño perturba la sugestión del sueño. También el afecto de expectativa puede perturbar la sugestión del sueño. Este hecho se encuentra también en los normales; en los neuróticos obsesivos y otros neuróticos pueden producirse violentos estallidos afectivos cuando no pueden realizarse ciertas acciones. Estos sentimientos de angustia y de temor se refieren a menudo a los sueños o al despertar. Al dormirse pueden abrirse paso desde lo inconsciente efectos afectivos que despiertan la atención e impiden así conciliar el sueño. Especialmente la represión sexual ha de considerarse causa de afectos que surgen de pronto y actúan como trastorno del sueño; pero también la fatiga y el agotamiento pueden conducir a tales trastornos por la aparición de representaciones de tonalidad afectiva. Los neuróticos yacen a menudo durante horas en un sueño superficial en el que se suceden representaciones de tonalidad angustiosa y displacentera de los más diversos periodos de la vida. La vida onírica de estos pacientes es demasiado viva; el sueño, por eso, no es reparador; por la mañana están cansados. En el sueño desempeñan un papel especialmente llamativo efectos afectivos de la juventud. El análisis en semisueño muestra también la importancia decisiva de la tonalidad afectiva. Pero se muestra también que el trastorno del sueño condicionado por la tensión del afecto reprimido está ajustado a determinados momentos, es decir, a determinada profundidad del sueño, horas en que se presentan siempre los mismos sueños. A esto pertenece el pavor nocturnus. El sobresalto en el semisueño está condicionado por escenas de tonalidad angustiosa, tras cuya abreacción cesa el sobresalto o el pavor nocturnus. Se muestra siempre que es necesario un cierto número de sucesos para que se produzcan estos fenómenos. El cansancio al despertar, típico de los neurasténicos, es consecuencia de una intensa actividad onírica, como la que se encuentra también en los estados depresivos, en especial en la locura maníaco-depresiva. Pueden producirse con ello malhumores, incluso con impulsos suicidas. Estos estados de ánimo pueden desaparecer de nuevo en el estado de vigilia o ser desencadenados también asociativamente por vivencias inofensivas. El despertar del sueño está condicionado por los estímulos de nuestros sentidos, que son capaces de excitar de nuevo la atención supraconsciente. El sueño es el retroceso de la atención y el estado de reposo afectivo. Un sentimiento de fatiga excesivo puede conducir también al trastorno del sueño. El dormirse es al sueño lo que el crepúsculo a la noche.

El Sr. Winkler (Viena) señala la relación entre la caída de la presión sanguínea y el dormirse, y entre el aumento de la presión sanguínea y el despertar, así como la relación entre afectos y aumento de la presión sanguínea. La fatiga conduciría, según su intensidad, a un aumento o a un descenso de la presión sanguínea. El neurasténico no podría dormirse por otras razones que el psiconeurótico. Con bastante frecuencia entraban en consideración causas somáticas, por ejemplo el sentimiento de fatiga. Tampoco puede admitir que todos los hombres sueñen; él ciertamente no ha soñado en los últimos años.

El Sr. Frank (Zúrich) replica que, lo mismo que las variaciones de la presión sanguínea, se podrían designar también las oscilaciones de la temperatura como causas del sueño. Para la observación de los sueños hay que estar entrenado; de lo contrario no se puede observar nada. El orador se declara incapaz de separar con seguridad las psiconeurosis y la neurastenia.

El Sr. L. Klages (Múnich): Sobre la teoría y la sintomatología de la voluntad.

El ponente quiere tratar una cuestión de principio que le interesa mucho, puesto que se ocupa desde hace tiempo del problema del carácter y de la expresión del carácter, por ejemplo en la escritura. El yo es el punto de partida de los movimientos interiores o exteriores. Todas las teorías que se ocupan de este tema presentan una laguna, al tener en cuenta solo un lado de este hecho. En la opinión generalmente extendida, impregnada de la manera de pensar anatómico-fisiológica, la vivencia de la voluntad es un mero fenómeno concomitante. Si se concibe la voluntad como fuerza motriz, se la puede identificar con todas las fuerzas impulsoras, como lo han hecho Wundt y Schopenhauer. El afecto de la voluntad concluye entonces con un movimiento pantomímico. Una segunda concepción de la autovivencia se hace posible si se considera el yo como inmóvil. La reflexión sobre uno mismo confirma esta concepción, al mostrar que la voluntad es inmóvil. El lenguaje, para empezar, designa la voluntad como dura, inflexible, férrea, etc., expresiones todas que no tienen nada que ver con el movimiento. También la concepción popular ingenua confirma esta opinión, al oponer a los hombres de sentimiento y a los de voluntad, al hablar de movimientos del ánimo, pero no de movimientos de la voluntad. A la voluntad le corresponde una función directora; así como lo inconsciente dirige los pensamientos sin ser idéntico al pensar, del mismo modo la voluntad provoca movimientos sin ser ella misma movimiento. Hay que recordar aquí que los antiguos filósofos veían en la voluntad el fundamento primero del mundo, al proyectar hacia fuera una parte de su interior. En este sentido habla Aristóteles del πρῶτον κινοῦν ἀκίνητον [primer motor inmóvil]. El movimiento es transmisión; el fin está en reposo. Una ley general de la experiencia nos dice que el acto de voluntad actúa además de modo inhibidor sobre los movimientos reflejos (por ejemplo, el estornudo), pero también los no reflejos pueden ser perturbados considerablemente por el acto de voluntad; así se explica, por ejemplo, el apuro que se apodera de los jóvenes en sociedad cuando quieren mostrarse animados y divertidos. De todos estos detalles se sigue la conclusión: la voluntad no es lo determinante en el movimiento voluntario, sino que, dirigida al curso del movimiento, perturba el movimiento mismo. La palabra «fuerza de voluntad», que parece concebir la voluntad como causa del movimiento, no refuta esta concepción; las causas del movimiento son los instintos, que, actuando en el interior, cambian ciertamente de objeto, pero están ajustados a una categoría determinada. La meta está contenida en el instinto mismo, y solo por eso puede cumplirse. El querer puede extenderse al mismo objeto, puede tener siempre la misma meta; la voluntad está libre de instintos, es cualitativamente distinta del instinto. Puede perseguir cualquier meta hasta donde alcanza lo pensable; los instintos están dirigidos a priori. En cuanto a la opinión de que la voluntad se desarrolla a partir de la conciencia, recuérdese la distinción que se encuentra en la filosofía de los griegos, la diferencia entre νοῦς παθητικός y νοῦς ποιητικός [entendimiento pasivo y entendimiento activo], de los cuales el primero corresponde a los instintos y el segundo a la voluntad. Los hombres páticos son sensibles, producen sin cesar sentimientos; para ellos el espacio, la luz, la oscuridad, el frío, el calor no son siempre lo mismo; la diferencia reside en el sentimiento. La diferencia entre instinto y voluntad está dada por el acto espiritual que separa las cualidades y hace así el querer independiente de la cualidad de la meta. En el paso del instinto al querer solo queda el factor de la energía, el impulso a vencer obstáculos. De los instintos han salido intereses. La voluntad se parece a una fuerza motriz, pero no lo es, del mismo modo que la apercepción de un objeto es distinta de la sensación. Para que llegue a haber un objeto tiene que producirse un acto instantáneo. Sujeto y mundo de los objetos quedan así separados. El mismo acto espiritual de captar la realidad separa la esfera instintiva y la esfera volitiva. En el mundo de la captación hay metas, no una recepción de imágenes. El mismo acto espiritual crea la función específica de este estado, la capacidad de juicio. El querer está dirigido a objetos, no es un proceso fluctuante, sino que está ajustado a puntos comprensibles. El querer es rectilíneo. También nuestra ciencia se funda en el querer, que representa un proceso de abstracción y se refiere al mundo sujeto a leyes.

A partir de esta propiedad se comprende el querer como regulador de los movimientos involuntarios, y se comprende también la correspondencia entre voluntad y orden en el aspecto caracterológico. En este último aspecto es importante la posibilidad de escindir los instintos, que de otro modo harían imposible una tendencia a un fin. La vida instintiva transcurre de modo rítmico; la vida volitiva, de modo regular; el ritmo es el retorno de algo semejante, pero la euritmia tiene que estar interrumpida, porque de lo contrario el paso de desfile, en su absoluta regularidad, representaría un ideal, cosa que ciertamente nadie afirmará. Además, es importante el predominio de lo motor frente a lo sensorial, porque solo así puede realizarse el sistema. Por último, tiene que haber una monarquía de los intereses, porque de lo contrario la existencia de varios intereses hace imposible una decisión de la voluntad. No hay que confundir la capacidad de querer con la fuerza de voluntad. Nuestra época solo tiene la voluntad; también el neurótico la tiene, pero le falta fuerza de voluntad. El ponente ha estudiado los tipos de voluntad en los movimientos de la escritura, una clase especial de movimientos expresivos. Los resultados más importantes de estos estudios son que los hombres páticos escriben de modo rítmico y los hombres de voluntad de modo regular, y que el tamaño de los trazos y su rectitud son significativos. El ponente demostrará con proyecciones luminosas los fenómenos mencionados, así como los rasgos característicos de la escritura en el querer fácil y en el difícil, en el querer pleno y en el vacío (este último se da especialmente en la histeria y en la terquedad), en el querer espiritual (teórico, artístico) y en el material (práctico).

IV. Sesión.

El Sr. Klages (Múnich): Demostración con proyecciones luminosas.

El Sr. Winkler (Viena): Sobre las sensaciones concomitantes.

En relación con investigaciones que Bleuler publicó hace unos 30 años, el ponente informa sobre una teoría «sensorial» de las sensaciones concomitantes, por ejemplo de la audition colorée, que dice en lo esencial que las sensaciones concomitantes surgen porque desde el centro sensorial de la corteza cerebral, excitado por ejemplo por irradiación, un estímulo recorre retrógradamente el camino hasta el órgano sensorial, produce allí un estímulo que luego se percibe como fotisma. La retina no recibiría solo estímulos luminosos, sino también estímulos de movimiento, y lo mismo los demás órganos sensoriales. El aumento de la presión sanguínea produciría siempre una sensación de displacer.

El Sr. Feri (Viena) observa que el descenso de la presión sanguínea, así como la caída de la temperatura, los producirían los nervinos de acción sedante, del mismo modo que la excitación y el aumento de la temperatura y de la presión sanguínea los producirían otros preparados de acción antagónica. Sería mucho más adecuado decir que las alteraciones que conducen al sueño conducen también a descensos de la presión sanguínea y de la temperatura, que proclamar las alteraciones de la presión sanguínea como causa del sueño. También discute la relación entre aumento de la presión sanguínea y sentimientos de displacer, pues no en todos los hombres la actividad mental, que siempre va acompañada de un aumento de la presión sanguínea, está unida a sentimientos de displacer. Pregunta además qué ha entendido el ponente por estímulos de movimiento de la retina.

El Sr. Niessl v. Mayendorf (Leipzig) cree que las sensaciones concomitantes se producen por el salto del estímulo en los centros subcorticales. La cooperación de la corteza no sería en ello indispensable.

El Sr. Feri (Viena) no puede creer que los fantasmas musicales, en parte sumamente complicados, puedan surgir en centros subcorticales, y señala que la teoría de Winkler contiene un supuesto no apoyado ni experimental ni clínicamente, a saber, la capacidad de conducción de la excitación en ambos sentidos de las fibras centrales.

El Sr. Niessl v. Mayendorf (Leipzig) replica que su concepción está apoyada por un caso propio y por comunicaciones de Henschen.

El Sr. Winkler (Viena) responde que los estímulos de movimiento de la retina serían precisamente movimientos de las células de la retina.

La Sra. Eppelbaum (Zúrich): Sobre el experimento de asociación, con especial consideración de los alcohólicos.

La ponente intenta discutir los resultados de la escuela de Zúrich con el experimento de asociación desde el punto de vista de la psicología de la personalidad, y muestra que el experimento de asociación no es para el conjunto de la psique, con su actividad continua, otra cosa que un ejercicio (lo mecánico), una especie de inserción mecánica en el edificio total de una personalidad.

En los idiotas, imbéciles y epilépticos existe una superficialidad anormal de las asociaciones, que en lo esencial se reduce a una aclaración de la palabra estímulo. A los enfermos la ponente les parecía una maestra. El epiléptico está más diferenciado que el idiota. Su ideal de la personalidad es también el maestro; para asegurar su ideal recorre caminos más complicados. La dementia praecox tiene fragmentos de ideas y conceptos junto a los ejercitados y aprendidos. La personalidad, la línea directriz de la vida, aclara los complejos. El esquizofrénico huye de la realidad y afirma rígidamente su meta final. Las reacciones de complejo son artificios que exige el plan de vida y que buscan una elevación del sentimiento de la personalidad. A los enfermos no les queda otro remedio que delatar fragmentos de la meta de su vida ante las palabras estímulo. En los alcohólicos se encuentran asociaciones planas del tipo de la repetición, que en parte surgen durante el experimento, así como palabras compuestas surgidas del mismo modo, definiciones y preguntas como reacciones en el experimento de asociación. A menudo es determinante para el modo de asociar el deseo de alcanzar la libertad. Los complejos (incendio provocado, etc.) no actúan, contra las expectativas que podrían vincularse a los trabajos de la escuela de Zúrich. En sus asociaciones el alcohólico se parece al sano. En la infancia el alcohólico resulta irritable, colérico, pero su afecto es para él solo un medio para un fin, como para el carácter nervioso. La envidia, la maldad, el egoísmo, la agresividad por un lado, la bondad y la obediencia por otro, están al servicio de sus fines, de la voluntad de poder. El alcohol solo significa una eliminación de las inhibiciones que se le oponen, la obstinación frente a la realidad; en la embriaguez se libera la voluntad de poder. El alcohol está al servicio de una ficción y eleva el sentimiento de la personalidad, que padece bajo el sentimiento de una inferioridad constitucional, concepción que Adler ha expuesto por primera vez y que también los ensayos de la ponente han demostrado acertada.

El Sr. v. Hattingberg (Múnich) pregunta si Adler se identifica con estas exposiciones.

El Sr. Adler (Viena) responde que no ha trabajado en el campo de la teoría de la asociación, pero que considera plausibles las exposiciones de la ponente.

El Sr. v. Hattingberg (Múnich) comunica burlonamente que, si es así, espera que a nadie le choque que en la próxima asamblea de la Sociedad dé una conferencia sobre la línea de vida del paralítico y sobre la parálisis progresiva como artificio para realizarla.

El Sr. Adler (Viena) observa que esta broma muestra claramente cuán poco ha captado el Sr. v. Hattingberg lo esencial.

El Sr. Feri pregunta si la ponente ha examinado también psicosis alcohólicas típicas.

La Sra. Eppelbaum responde negativamente.

El Sr. Strasser (Zúrich): Carácter nervioso, disposición a la dipsomanía y educación.

Lo que se ha hecho hasta ahora contra el alcoholismo — y los grandes éxitos de este movimiento no deberían ponerse en duda — no llegó del todo al fondo porque se basaba en la concepción unilateral de que la dipsomanía ha de considerarse un cuadro morboso cerrado en sí mismo. Se pasaba por alto que la dipsomanía es un cuadro sintomático que ha de construirse a partir de la base continua de la vida anímica humana y que, por descansar sobre tal base, tiene que tener su pasado y su futuro, su actividad intuitiva. Ya esta consideración debería llevar a poner el tratamiento de los alcohólicos jóvenes en manos del pedagogo. De qué niños saldrán más tarde alcohólicos no puede determinarse, por cierto, sin más de antemano. Pero los historiales de los futuros bebedores nos muestran que sus rasgos de carácter en la edad adulta son refuerzos de los anteriores al abuso del alcohol, y como tales los mismos que los de un niño de disposición neurótica, e incluso de un niño propiamente sano. También en ellos se muestra el sentimiento de insuficiencia basado en una inferioridad orgánica. Así, un hombre de complexión gigantesca padecía una inferioridad gastrointestinal, se sentía poco viril y quería demostrarse bebiendo que era un hombre de verdad. En la embriaguez provocó a un hombre, tuvo luego que retractarse, volvió a emborracharse para levantarse el ánimo y cayó luego en ideas de suicidio que debían disimular su derrota; en conjunto se ve, pues, la tendencia a elevar el sentimiento de la personalidad eliminando el sentimiento de inferioridad. La lucha no debe dirigirse contra el alcoholismo, sino contra el fundamento, la disposición neurótica. Apartar al padre no lo es todo. El dispuesto al alcoholismo tiene la inclinación a emplear los mismos artificios que el neurótico o, respectivamente, que el niño neurótico. El educador tiene que captar al niño intuitivamente, puesto que la sugestión y el análisis, los únicos métodos todavía posibles, no son aplicables: la sugestión, porque requiere una personalidad de peso, mientras que en la educación el educador debe pasar a segundo plano tras su propósito; el análisis, porque no descubre todas las conexiones y explica siempre una cosa por lo que no es. Ambos procedimientos quieren convertir la vida anímica, en continuo movimiento, en algo inmóvil, para recorrer luego el camino inverso. La intuición, en cambio, evita imponer al niño la concepción del mundo del educador; la empatía intelectual es el único camino practicable.

Esta idea es tanto el fundamento de la filosofía de Bergson como, con independencia de ella, en el terreno terapéutico, la línea directriz de la caracterología, de la investigación individualpsicológica de Alfred Adler. Cuando el pedagogo pueda emprender este camino y se ponga en el lugar de las metas vitales del niño, cuando el educador sea capaz de actuar como si llevara en sí mismo la constitución infantil de que se trata, y de reconocer su tarea en querer educar no al semejante, sino al hombre, entonces logrará, con su colaboración, favorecer la transformación del plan de vida infantil, y quitar así a un niño dispuesto a la dipsomanía la posibilidad de emplear en el futuro el alcohol, como las demás formas de expresión de la neurosis, a modo de artificio.

La Sra. Stricker (Viena) señala la peligrosidad de la intuición.

El Sr. Löwy (Múnich) admite el valor de la intuición, pero advierte contra la introducción de este método en la solución de un problema eminentemente social.

El Sr. Frank (Zúrich) hace constar que las exposiciones del Sr. Strasser se han referido solo a determinados tipos de alcohólicos.

El Sr. v. Hattingberg (Múnich) observa que la conferencia de Strasser demuestra cuánta razón había tenido antes al calificar también la paralysis progressiva de artificio.

El Sr. Schrecker (Viena) observa que intuición e intuición no son lo mismo. El alto valor de la intuición está fuera de duda.

La Sra. Stricker (Viena) observa que sus reparos no han sido refutados.

El Sr. Strasser califica la intuición de actividad artística.

El Sr. Niessl v. Mayendorf (Leipzig): La esencia de la enfermedad mental.

El conocimiento de la esencia de una enfermedad trae consigo la explicación de sus manifestaciones, para las cuales la alteración tisular del órgano enfermo hace comprensible la alteración de su función. Los fenómenos psicopáticos necesitan, para ser valorados correctamente como tales, del análisis psicológico, cuyo resultado, en su relación con el órgano cerebral, solo puede entenderse como la laguna de un mecanismo.

Los cuadros de estado melancólicos y maníacos no ofrecen dificultades a quien investiga su génesis, ni por su raíz psicológica, como exageraciones patológicas de la altura y la duración del sentimiento, ni por su base física, como fases anormales de oxidación de la corteza cerebral — estén condicionadas primariamente por un metabolismo anormal, o secundariamente por una constitución y funciones anormales de los vasomotores —.

Otra cosa ocurre con las llamadas enfermedades del entendimiento, con aquella paralógica que en la formación delirante y en el engaño de los sentidos nos hace incomprensibles determinadas cadenas de pensamientos. Aquí se quiere buscar lagunas en el curso de las representaciones, en el enfermar del representar, y se olvida que la sucesión de representaciones dirigidas a una meta, lo mismo que su despertar y su contenido, dependen de sentimientos. La corrección deficiente se debe, como mostró el ponente en una conferencia en la asamblea anual de la Sociedad Alemana de Psiquiatría de 1911, a una tonalidad afectiva anormal de las cadenas de pensamientos que producen la corrección, pues la elección de lo único correcto, es decir, la determinación de su contenido, depende exclusivamente de la llegada del sentimiento normal. La aparición corporal del amigo que se creía muerto no convence al que está preso en la idea delirante de su muerte, porque para él no va unida a aquel sentimiento de alegre tranquilidad que tiene quien, con una vida mental sana, solo teme su muerte. Todo engaño de los sentidos de un enfermo mental encierra en sí una formación delirante. No solo el contenido de un engaño de los sentidos lo dicta el sentimiento dominante, no solo no se reconoce la imposibilidad de su existencia dentro de la imagen del mundo lógicamente ordenada, sino que desaparece también la diferencia entre la imagen perceptiva surgida endógenamente y la producida exógenamente. El mecanismo cerebral que explica la tonalidad afectiva alterada por una alteración de los procesos metabólicos, o más bien de las fases de oxidación de aquellas partes de los hemisferios que no son superficies de proyección de los órganos sensoriales, explica también que las reproducciones mentales se vuelvan sensorialmente perceptibles en los enfermos mentales, pues la relación entre las fases de oxidación de las superficies corticales de proyección y las de las zonas corticales mudas puede alterarse en el estado de enfermedad mental de tal modo que en el acto del recuerdo se parezca a la que se da en el acto de la percepción del sano mental, y dé así lugar al engaño.

La demencia no es pobreza de representaciones, sino un estado de incapacidad para despertar las representaciones y ordenarlas conforme a un fin. La demostración de la existencia de las representaciones aparentemente desaparecidas se logra cuando se las provoca sin meta para el individuo.

Todas las enfermedades mentales son enfermedades de los sentimientos, cuyo sustrato ha de buscarse en las fases de oxidación de la corteza del cerebro.

El Sr. Schmidt (Viena): Las figuras femeninas de Schiller.

El ponente muestra las líneas directrices de las figuras femeninas más importantes de los dramas de Schiller y demuestra en ellas los fines últimos que les marcan la dirección (en su mayoría, voluntad de poder, protesta masculina contra la función femenina). La explicación teleológica de las neurosis de Adler resuelve las contradicciones aparentes y hace comprensibles las singulares expansiones de las distintas mujeres como compensaciones de su sentimiento de inferioridad originario.

Dr. K. F. (Viena).


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del número doble del Zentralblatt für Psychoanalyse und Psychotherapie 4 (1913/14), H. 3/4 (diciembre de 1913/enero de 1914), págs. 193-233, digitalizado en Internet Archive (zb4191434). La crónica va firmada solo con las iniciales «Dr. K. F. (Wien)», que el índice del volumen resuelve como «F., K. Dr.»: la atribución a Carl Furtmüller es probable, no segura. Varios resúmenes de ponencias son autorresúmenes de los ponentes o textos leídos en su nombre (Häberlin), y en la discusión del 19 de septiembre por la tarde se resume una intervención del propio Furtmüller (pág. 222). La ponencia de Adler se publicó íntegra en otro lugar: véase en el archivo de Adler «Kinderpsychologie und Neurosenforschung» (1913). Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en sesiones y párrafos, las cursivas (que reproducen el espaciado del original), las negritas de los títulos de las ponencias y la paginación original. «Hr.» y «Fr.» se traducen «el Sr.» y «la Sra.», y Vortragender, «el ponente». Términos de la psicología individual según el glosario del archivo (sentimiento de inferioridad, sentimiento de la personalidad, línea directriz, plan de vida, protesta masculina, voluntad de poder, carácter nervioso); Eigensinn se traduce «terquedad» y Trotz, «obstinación»; Verdrängung, Konversion y Widerstand, «represión», «conversión» y «resistencia»; Halbschlaf, «semisueño»; Angstlust, «placer angustioso». Trieb se traduce «instinto». Se respetan las erratas e incoherencias del original y se señalan en nota cuando afectan al sentido. Las adiciones del traductor van entre corchetes.

  1. En el original, Internationaler Verein für medizinische Psychologie und Psychotherapie. En adelante, «la Sociedad». (N. del T.) ↩

  2. Pfuscher: el que ejerce la medicina sin título; más abajo Kurpfuscher, «curandero» (véase el glosario del archivo). (N. del T.) ↩

  3. Gymnasium (plural Gymnasien): centro de enseñanza media de tipo humanístico, con latín y griego, que conducía al examen de madurez (Matura) y daba acceso a la universidad. Se deja en alemán, como Realgymnasium y Realschule, porque ni «gimnasio» ni «instituto» le corresponden en español. (N. del T.) ↩

  4. En francés en el original: el médico que practica la terapia por persuasión (persuasion) a la manera de Paul Dubois. (N. del T.) ↩

  5. Así en el original («die Lipp'sche Einfühlung»), por Theodor Lipps, teórico de la empatía (Einfühlung). (N. del T.) ↩

  6. akolute Phase en el original: es la akoluthe Phase de Richard Semon (del griego ἀκόλουθος, «que sigue»), la fase de excitación que sigue a la sincrónica. (N. del T.) ↩

  7. Neubesetzung: «nueva investidura»; Besetzung se traduce «investidura», término habitual en las traducciones españolas de Freud. (N. del T.) ↩

  8. Así en el original («die … aufgespeicherte elektrische Batterie»), donde el sentido pide «energía eléctrica». (N. del T.) ↩

  9. Juego de palabras intraducible: gehen significa a la vez «ir» y «andar»: «Ich darf nicht gehen!» («¡No me está permitido ir!») se convierte en «Ich kann nicht gehen!» («¡No puedo andar!»). (N. del T.) ↩

  10. Alusión a la frase de Fichte: «Was für eine Philosophie man wähle, hängt davon ab, was für ein Mensch man ist» («Qué filosofía se elige depende de qué clase de hombre se es»). (N. del T.) ↩

  11. A las conferencias de Adler, Häberlin, Hattingberg y Schrecker estaba invitada la «Sociedad Alemana de Pediatría» (Deutsche Gesellschaft für Kinderheilkunde). ↩

  12. Inversión del dicho latino duo si faciunt idem, non est idem («si dos hacen lo mismo, no es lo mismo»), en alemán «Wenn zwei dasselbe tun, ist es nicht dasselbe». (N. del T.) ↩

  13. En Häberlin, individualpsychologisch no se refiere a la psicología individual de Adler, sino a la psicología del individuo concreto; de ahí la traducción «individual-psicológica». (N. del T.) ↩

  14. Wegbleiben: el espasmo del sollozo, en que el niño, llorando, se queda sin respiración. (N. del T.) ↩

  15. Alusión al lema de Emil du Bois-Reymond (1872), ignoramus et ignorabimus («no sabemos y no sabremos»), invocado en la época por los adversarios del materialismo científico. (N. del T.) ↩

  16. Los Schildbürger, vecinos de la villa de Schilda en un libro popular alemán del siglo XVI, quisieron llevar la luz del sol en sacos a su ayuntamiento, construido sin ventanas. (N. del T.) ↩

  17. Así en el original (Wertaffekt); quizá errata por Wutaffekt, «afecto de rabia», que encajaría mejor con lo que sigue. (N. del T.) ↩

  18. Aparecerá in extenso en esta revista. ↩

  19. Federmann, literalmente «hombre de las plumas»; el texto no dice en qué consistía ese fetichismo. (N. del T.) ↩

  20. El original mezcla aquí el estilo indirecto con la primera persona («werde er mich wohl kaum je verständigen können»); se conserva la vacilación. (N. del T.) ↩