Prólogo.
El presente volumen quisiera dar una imagen de la actividad de una comunidad de trabajo de médicos y pedagogos que se ha formado desde hace pocos años. El propósito de nuestra publicación es ganar para nuestros esfuerzos no solo lectores y espectadores, sino sobre todo colaboradores activos. Expongamos, pues, ante todo —en la medida en que pueda hacerse sin anticipar los trabajos que siguen— cuáles son las ideas fundamentales que nos guían en nuestra obra y qué nos parece lo nuevo y lo característico de este trabajo mano a mano del médico y del educador.
Pues que los consejos y las enseñanzas del médico son indispensables para el educador y que, a su vez, todo médico está llamado también a desplegar una actividad en cierto sentido educativa, no hacía falta descubrirlo. Y la actividad del psicoterapeuta en particular ha sido sin duda siempre, en su esencia más íntima, una actividad educadora, en unos con plena conciencia y en otros de manera más o menos inconsciente. Pero una colaboración como la que tenemos ante los ojos solo fue posible en el momento en que se desarrolló el método individualpsicológico en la psicoterapia.
Si se intenta separar lógicamente lo que en la realidad, desde luego, corre estrechamente unido, la tarea del médico de los nervios se divide según este método en una parte práctica y una parte teórica. Primero tiene que tratar de comprender la vida anímica de su paciente en su núcleo más íntimo, descubriendo el punto de mira oculto hacia el que se dirigen inconscientemente todas las acciones y manifestaciones psíquicas del paciente. Así irá apareciendo ante sus ojos, con contornos cada vez más claros, el ideal de la personalidad, cuya realización constituye el interés vital más profundo del paciente, y se le harán visibles las líneas directrices que determinan los caminos por los que el paciente tiende hacia esa meta final. Entonces tiene que rastrear qué hay de torcido e insostenible en ese plan de vida sólidamente trabado, qué es lo que tenía que poner al paciente en contradicción insoluble con la realidad y, por eso, lo empujaba a rodeos, de los cuales los más funestos son precisamente las neurosis y las psicosis. Para resolver esta tarea teórica tendrá que unir el don de la intuición psicológica con el manejo de una técnica individualpsicológica bien formada. La parte práctica del trabajo del psicoterapeuta estará cumplida cuando consiga que el paciente renuncie y ponga en lugar de su plan de vida irrealizable otro que le permita adaptarse a la realidad.
Esta parte del tratamiento se presenta, pues, como una actividad pedagógica especialmente profunda y que ha de llevarse a cabo en circunstancias especialmente difíciles. Y, sin embargo, lo esencial que une a los médicos y pedagogos de nuestro círculo radica sobre todo en el terreno teórico. El psicoterapeuta que quiere comprender la personalidad de su paciente tiene que estudiar la historia de esa personalidad. Tiene que aclararse, mirando hacia atrás, cómo la disposición corporal dada y las reacciones psíquicas que de ella brotan, cómo la posición ante los padres y los hermanos, ante los compañeros y los maestros, han empujado poco a poco al niño hacia una toma de posición ante el mundo cada vez más nítida y característica del individuo. Así se encuentran el psicoterapeuta y el pedagogo en el interés común por la psicología del niño.
Pero a este momento material se añade otro formal, de importancia quizá aún mayor. La creación del método individualpsicológico de la psicoterapia solo había sido posible porque el psicoterapeuta fue mucho más allá de los límites originarios de su campo de trabajo, porque sentó las bases de una psicología individual general. Si la psicología anterior se había ocupado preferentemente de los fenómenos anímicos situados en la periferia de la personalidad, y a lo sumo había emprendido, tímida y vacilante, el intento de acercarse un poco desde allí al centro, ahora se convirtió en principio metódico que hay que haberse adueñado primero del núcleo de la personalidad para poder siquiera comprender y valorar correctamente sus manifestaciones periféricas. Al psicólogo de escuela le ha de costar esfuerzo familiarizarse con esta concepción nueva, que pone literalmente cabeza abajo su manera habitual de trabajar. El pedagogo, en cambio, siempre había estado frente a las personalidades vivas de sus alumnos, siempre se había esforzado por no juzgar sus manifestaciones por separado, sino por referirlas al conjunto de su ser. Solo en la medida en que lo lograba podía realmente individualizar. Si acudía a la psicología en busca de consejo, podía aprender de ella una plenitud de cosas dignas de saberse; solo sobre lo que para él era el problema principal no encontraba nada: no se le conducía a las profundidades de la personalidad singular. Se comprende entonces qué alegre confianza, e incluso qué exaltación, ha de llenar al que busca en el momento en que se le presenta la posibilidad de una psicología individual científica. Así nace, tanto en el pedagogo como en el psicoterapeuta, a partir de necesidades prácticas, un nuevo interés teórico que los une. La psicología ya no se les aparece como una ciencia auxiliar ante la que se sitúan receptivamente, sino que se sienten llamados a colaborar productivamente en la construcción y el desarrollo ulterior de una psicología individual.
Con ello no quedan desatendidas las necesidades inmediatamente prácticas del pedagogo. Al aprender a comprender mejor al niño, aprende también a valorar mejor el influjo, a menudo en cierto modo subterráneo, de sus medidas educativas, tanto más cuanto que, por los historiales clínicos del psicoterapeuta y por su propia observación, se le abren los ojos para ver hasta qué punto y de qué manera tales intervenciones de los educadores siguen actuando en el adulto. Quizá se piense que en este volumen no se subraya lo bastante la toma de posición ante problemas educativos concretos. Ahora bien, al lector atento no se le escaparán las numerosas indicaciones y sugerencias pedagógicas esparcidas por el libro. Pero, desde luego, quien espere encontrar un programa educativo quedará decepcionado. Hemos prescindido de ello conscientemente, porque tales formulaciones generales inducen con demasiada facilidad a esquematizar. Nos contentamos con proseguir nuestro trabajo psicológico y con registrar las conclusiones pedagógicas que en él caen del árbol como frutos maduros. Pero el principal provecho que el pedagogo puede sacar de ocuparse de la psicología individual lo vemos en que acrecienta su interés humano por cada alumno, lo exhorta a la cautela crítica frente a su propia actividad, aguza su instinto psicológico y afina su tacto pedagógico.
Una ojeada rápida al índice de este volumen enseña ya que se divide en cierto modo en dos partes. La primera trae trabajos de Alfred Adler de los años 1904 a 1913 y da así una imagen completa del desarrollo del método individualpsicológico creado por él. La segunda parte muestra a miembros de nuestro círculo en la tarea de adueñarse, con ayuda de la psicología individual, de los problemas más diversos. Esperamos poder presentarnos de nuevo ante el público en un tiempo no muy lejano con un círculo de colaboradores considerablemente ampliado. No hace falta subrayar que la condición para colaborar no la vemos en compartir nuestras opiniones concretas, sino única y exclusivamente en la aplicación del punto de vista individualpsicológico.
Dr. Carl Furtmüller.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del ejemplar de la University of Wisconsin digitalizado en Internet Archive (Adler_Furtmueller_1914_Heilen_und_Bilden): Carl Furtmüller, «Geleitwort», en Heilen und Bilden. Ärztlich-pädagogische Arbeiten des Vereins für Individualpsychologie, ed. de Alfred Adler y Carl Furtmüller, Múnich, Ernst Reinhardt, 1914, págs. V-VIII. La portada y el índice del volumen están en el archivo de Adler («1914 Heilen und Bilden»). Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.
Traducción: traducción íntegra al español de la primera edición (1914), hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en párrafos, las cursivas (que reproducen el espaciado del original) y la paginación original. Las equivalencias fijas (ideal de la personalidad, línea directriz, plan de vida) se recogen en el glosario del archivo.