C. G. Jung, Versuch einer Darstellung der psychoanalytischen Theorie [Ensayo de exposición de la teoría psicoanalítica]. (Jahrbuch für psychoanalytische und psychopathologische Forschungen, vol. V, 1913, págs. 307-441.)

Un título del todo engañoso, pues no se trata de una exposición de la teoría existente, sino que el trabajo constituye en toda su extensión una polémica contra las concepciones teóricas de Freud y une a ella el intento de poner una teoría nueva en su lugar. A Jung se le ha hecho sofocante el aislamiento científico que las paradojas de Freud extendieron en torno a su escuela, y ahora quiere intentar hacer las paces con la ciencia (pág. 319). Sabe bien, desde luego, que una paz así hay que pagarla, y por eso evacúa prácticamente todas las posiciones de Freud y solo se reserva los honores militares de la retirada. Agitando la bandera de la «libido», trata de alcanzar una tierra nueva sin notar, o sin querer notar, que otro ha hecho pie firme en ella antes que él.

En su polémica contra Freud pueden distinguirse dos direcciones principales. Una se conoce ya por el último trabajo de Jung, «Wandlungen und Symbole der Libido» [Transformaciones y símbolos de la libido], y se dirige contra la concepción de la sexualidad de Freud. Solo que aquí entra más en detalle y desmenuza en particular el concepto de la nerviosidad polimorfa del lactante.1 Se niega al complejo de Edipo su significación central y, además, Jung califica este término de «lo más inadecuado posible» (pág. 368). Al más reciente hijo predilecto de Freud, el narcisismo, no le dedica ni una palabra de atención.

El otro lado de su crítica se reviste de una exposición del desarrollo histórico de la teoría de las neurosis de Freud. A la teoría del trauma, que Jung concibe, de modo extravagante, como una pura teoría de la disposición que no tendría en cuenta para nada la influencia del medio, le habría seguido una concepción en cierto modo «histórica» de la neurosis, que querría derivar la causa de una neurosis directamente de las influencias del medio infantil. Esta exposición de la evolución de Freud es sin duda incompleta e inexacta. Pasa por alto por completo qué extraordinaria importancia tiene para Freud, y cada vez más, la constitución sexual. Este descuido es tanto más llamativo cuanto que algunos de los críticos de fuera tan vilipendiados por Jung —como, por ejemplo, Isserlin— han reconocido muy bien la importancia de este punto. Pero Jung tiene buenas razones para proceder así. Le parece oportuno, en efecto, quitar importancia a las diferencias que existen entre él y Freud en la concepción de la sexualidad y presentar las cosas como si solo se tratara de una limpieza crítica de la terminología. Freud, «que sería cualquier cosa menos un teórico» (si esta observación es amistosa, recuerda la fábula del oso y el ermitaño),2 habría cometido unas cuantas torpezas teóricas y Jung tendría que acudir en su ayuda. Entrar más a fondo en el papel de la constitución sexual habría llevado, ciertamente, demasiado lejos. La crítica de Jung a la concepción histórica es muy certera. Viene a decir, en lo esencial, que el paciente tiende a atribuir su enfermedad a vivencias reales o fantaseadas de su juventud, y que la teoría histórica de la neurosis sigue en esto al paciente sin crítica alguna. Solo que Jung olvida por completo recordar que esta idea, mucho antes que él, fue uno de los pilares principales de la crítica que Alfred Adler dirigió contra la teoría de las neurosis de Freud3.

Un papel muy importante desempeñan en Jung los conceptos freudianos de transferencia y regresión, pero también ellos sufren una transformación profunda. La transferencia queda despojada de su carácter sexual, y el concepto de regresión experimenta en él una inversión completa. Ya no se trata en él, como antes, de un reflujo real de la libido a estadios anteriores de su desarrollo, aunque Jung había sido siempre hasta ahora un defensor de esta concepción; al contrario, ahora le parece que precisamente la regresión, tal como él la entiende, es lo que más habla en contra de la significación etiológica de las vivencias infantiles. Pues en la inmensa mayoría de los casos los recuerdos a que apela el paciente resultan estar alterados por la fantasía, o ser puras fantasías, de modo que todo estaría «escenificado» por el paciente (pág. 393). A menudo parecería como si el enfermo utilizara propiamente su prehistoria para demostrar que no puede obrar con sensatez (pág. 395). La regresión tendría, pues, una significación predominantemente formal; el aspecto dinámico de la neurosis no podría explicarse por ella. También en esta parte del nuevo mundo de ideas de Jung se encontrará enseguida a gusto quien conozca los escritos de Alfred Adler.

Cómo conserva Jung el término libido, pero despoja sistemáticamente al concepto de todo contenido, ya pudo verse en su último trabajo. Lo traté por extenso en mi reseña de él4 y, tras estudiar sus explicaciones más recientes, no tengo nada que retirar de mi crítica, del todo negativa. Precisamente una comparación de los dos estudios muestra con especial claridad la inseguridad y la falta de claridad de Jung. Le ha entrado miedo ante el deslizamiento hacia la metafísica que podía notarse en las «Transformaciones y símbolos de la libido»; trata de adornar sus explicaciones con teoría del conocimiento y busca apoyo, por un lado, en la teoría de la física y, por otro, en la doctrina del vitalismo, y la vaciedad del concepto ha de ser precisamente su fuerza. «Destruyo, por tanto, la ilusión de que toda la escuela psicoanalítica tuviera un concepto de libido bien entendido e intuitivo, y digo que la libido con que operamos no solo no es concreta ni conocida, sino que es directamente una x, una pura hipótesis, una imagen o una ficha de cálculo, tan poco aprehensible concretamente como la energía del mundo de representaciones de la física» (pág. 342). Ya la acumulación de predicados muestra la completa confusión. O una x, o una imagen, o una ficha de cálculo: pase; ¡pero todo a la vez! Lo más suave que habría que decir es que Jung no tenía motivo alguno para cambiar su antigua y sencilla expresión «energía psíquica» por el pomposo nombre de «libido». ¿Pero creerá en serio que el concepto de energía podría desempeñar en psicología el mismo papel que en la física? En la física se puede medir y calcular, y es precisamente como instrumento de cálculo como el concepto físico de energía acredita su utilidad científica. En psicología ocupa su lugar una estimación y un trasiego del todo arbitrarios y caprichosos de cantidades de libido que se retiran en un lugar y se añaden en otro, y este coqueteo con la energética puede, en el mejor de los casos, llevar a revestir con la engañosa apariencia de la exactitud conocimientos psicológicos obtenidos por un camino completamente distinto. A ello se añade que la energética física descansa en el principio de la conservación de la energía. Es cierto que Freud ha intentado trasladar también esta idea a la psicología («ley de la conservación de los afectos»), y Jung parece tender en la misma dirección. Pero este traslado de la ley de constancia del cosmos al organismo, condicionado y limitado por todos lados, tendría que llevar a conclusiones monstruosas si, en vez de jugar con él, se lo tomara uno realmente en serio.

Pero Jung nos da pruebas aún mejores de la claridad de su pensamiento filosófico. «No puede molestarnos que se nos reproche vitalismo. Estamos tan lejos de la creencia en una fuerza vital específica como de cualquier otra metafísica. Libido ha de ser el nombre de la energía que se manifiesta en el proceso vital y que se percibe subjetivamente como aspiración y deseo» (pág. 342). En una frase, pues, rechaza la metafísica, para hacerse metafísico él mismo en la siguiente. Pues ¿de qué otro modo podría resolverse positivamente el problema del cuerpo y el alma, sea en el sentido de un dualismo real, sea, como hace Jung, en el de un monismo real, sino haciendo metafísica? Ahora queda del todo claro, naturalmente, que en la psicología no hay sitio para la libido de Jung. Pues esta energía, que está detrás de lo fisiológico y de lo psíquico a la vez, que por un lado produce los millones de óvulos y semillas a partir de una pequeña criatura y por otro crea la obra de arte del poeta y lleva a cabo el trabajo intelectual del filósofo, no puede ser ella misma ni algo psíquico ni algo físico: representa la «cosa en sí» del organismo humano y no tiene sitio en una ciencia de la experiencia. En tales circunstancias no es de extrañar que Jung, al aplicar su concepto de libido, llegue a las inconsecuencias más disparatadas. A esta libido, en la que se agota sin embargo la esencia del hombre, se le enfrenta, en efecto, el individuo de forma independiente. La emplea (pág. 351), «se permite dejar que su libido retroceda ante tareas necesarias», e incluso puede, aunque «solo en medida muy limitada», «ponerle tareas conscientemente». En otros pasajes Jung ofrece amplias consideraciones psicológicas sobre las disposiciones sociales del hombre y sobre el carácter innato del imperativo moral sin recurrir para nada al concepto de libido, y demuestra así él mismo que es prescindible. Con esto, creo, puede uno despedirse definitivamente del concepto de libido.

Mucho más importante es su nueva concepción de la neurosis, que pone en lugar de la concepción «histórica» de Freud. Con gran energía pone en primer plano el motivo actual de la neurosis. «El conflicto patógeno está principalmente en el presente» (pág. 382). Si se quiere entender la neurosis, habría que preguntar ante todo: «¿qué tarea no quiere cumplir el paciente, qué dificultad de la vida trata de eludir?» (pág. 397). Retrocediendo ante un obstáculo, huye a la regresión, es decir, sustituye la adaptación que exigen las circunstancias reales por un «modo de adaptación del espíritu infantil» (pág. 386). Pero el paciente paga el alivio que obtiene con el empleo de esta «actitud infantil» volviéndose incapaz para la vida. La tarea de la cura consiste entonces en sacar al paciente de la regresión. Su momento más importante es el hallazgo de un nuevo plan de vida (pág. 396). Si se prescinde aquí de que conserva la única expresión freudiana «regresión», se encuentra una reproducción de un trozo de la teoría de las neurosis de Adler que llega a conservar literalmente algunos giros fundamentales; su espíritu, por lo demás, sale una y otra vez al encuentro en todo el trabajo: lo contrario de Banquo: visible para todos, y solo en apariencia no para Jung.5

Con este realce del conflicto actual, desde luego, el enigma de la neurosis no queda resuelto, sino propiamente planteado de nuevo. Pues ¿de dónde viene que uno huya a la enfermedad ante una dificultad, mientras que otro lucha o se resigna, pero sigue sano? Seguir seriamente esta pregunta lleva a la conclusión de que los dos caminos de vida tienen que haberse separado mucho antes del estallido de los síntomas de la enfermedad, y de que, por tanto, el estudio de la disposición neurótica es la parte más importante de la teoría de las neurosis. Aquí, ciertamente, Jung solo nos ofrece pobres generalidades. Habla en primer lugar de una sensibilidad innata en alto grado. Pero no quiere considerarla un componente eo ipso patológico de un carácter, porque entonces habría que considerar patológica «probablemente a una cuarta parte de la humanidad». Y así ve lo decisivo en la interacción entre esta sensibilidad innata y los acontecimientos de la vida: una cierta sensibilidad innata conduciría a una prehistoria particular, es decir, a una vivencia particular de los acontecimientos infantiles. Con ello, sin embargo, Jung se enreda en contradicciones. En la prehistoria de algunas neurosis admite, sí, acontecimientos de indudable posibilidad de efecto traumático, pero en la mayoría de los casos predominaría el mecanismo de regresión, es decir, el individuo daría a vivencias de la infancia significación traumática solo post festum. En estos casos, la vaga sensibilidad innata sigue siendo lo único positivo que Jung tiene que decirnos sobre la prehistoria de la neurosis. No le habría costado a Jung ser más profundo y extenso en este punto. Precisamente a la prehistoria de la neurosis ha dedicado Alfred Adler su atención especial. No se ha quedado en el cómodo expediente de la sensibilidad innata, sino que nos da la historia orgánica y psíquica de esta hipersensibilidad, nos muestra en detalle cómo influye en las vivencias posteriores, cómo se desarrolla a partir de ella la «actitud vacilante», de la que también habla Jung, y así sucesivamente. Estamos aquí ante un hecho psicológico sumamente interesante. Quien sigue a un autor en la mayor medida sin nombrarlo demuestra con ello, sin duda, su capacidad de pasar por encima de no pocos escrúpulos; pero al final tropieza con barreras que ya no puede salvar. Por eso, prescindiendo estrictamente de todos los factores personales, tendremos que rechazar con decisión semejante manera de trabajar desde el punto de vista de la conveniencia científica, porque conduce necesariamente a medias tintas y oscuridades. Jung se queda corto también cuando recuerda la significación teleológica de la neurosis y del sueño, porque le falta el sentido propio de su tendencia a una meta: el impulso a acercarse a un ideal de la personalidad que se tiene ante los ojos.

Por lo demás, a Jung le gusta el anonimato de los demás no solo allí donde aprende, sino también allí donde polemiza. El trabajo está plagado de ataques a los discípulos de Freud; ataques que se dirigen contra su teoría, contra su técnica, contra sus éxitos terapéuticos e incluso contra su carácter (págs. 410, 415), sin que se dé nunca un nombre («exempla sunt odiosa», opina Jung). Dudamos mucho de que Jung consiga de este modo hacer realmente las paces con la ciencia. El esfuerzo humano que valoramos y veneramos como ciencia es, ya en lo exterior, completamente distinto de los métodos que Jung ha empleado en este trabajo.

Dr. Carl Furtmüller.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del recorte (págs. 86-90) del Zentralblatt für Psychoanalyse und Psychotherapie 4 (1913/14), cuaderno 1/2, octubre de 1913, sección «Referate und Kritiken», digitalizado en Internet Archive (zb4191312) y cotejado con las imágenes de las páginas. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la paginación original y las cursivas, que reproducen el espaciado del original; las citas de Jung se traducen del alemán tal como las da Furtmüller. Las adiciones del traductor van entre corchetes. Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.

  1. Así en el original («polymorphen Nervosität»); probablemente errata por «perversidad polimorfa» (polymorphe Perversität), el concepto de Freud que Jung discute. (N. del T.) ↩

  2. Fábula de La Fontaine («L'ours et l'amateur des jardins»): el oso, por espantar una mosca de la cara de su amigo dormido, lo mata de una pedrada; proverbial para el amigo torpe que hace más daño que un enemigo. (N. del T.) ↩

  3. Dos pequeñas citas pueden ilustrar este «paralelismo» de las concepciones. Jung, pág. 411: «Si un psicoanalista llega a esta receta, es porque comparte el error del paciente, que cree que sus fantasías sexuales provienen de una sexualidad estancada ("reprimida")». Como no tengo a mano en este momento los escritos de Adler, para caracterizar su punto de vista elijo un pasaje de mi «Psychoanalyse und Ethik» [Psicoanálisis y ética], aparecido en la primavera de 1912 (pág. 31): «Habría que decidir, ante todo, si, con Freud y sus partidarios más próximos, hay que concebir lo que el análisis saca a la luz en representaciones sexuales de los neuróticos como manifestaciones reales de la sexualidad y formarse a partir de este punto también las propias ideas sobre la psique normal, o si, siguiendo a Alfred Adler, hay que proseguir aquí el análisis y desenmascarar estas representaciones de los pacientes como ilusiones neuróticas». ↩

  4. «Wandlungen in der Freud'schen Schule» [Transformaciones en la escuela de Freud], Zentralblatt für Psychoanalyse, vol. III, cuaderno IV. ↩

  5. Alusión al espectro de Banquo en Macbeth (acto III, escena 4), que solo Macbeth ve; aquí, al revés, todos ven el «espectro» de Adler y solo Jung finge no verlo. (N. del T.) ↩