¿Gobiernan nuestras vidas las represiones de la infancia?
Los tres grandes problemas de la humanidad pueden resolverse, afirma el sabio de Viena
Sigmund Freud (arriba) creía que el problema sexual era la base de todos los trastornos. Esta teoría la refuta el Dr. Adler, que afirma que tales problemas no son más que productos artificiales.
Arriba, el Dr. Adler con un grupo de alumnos en el Williams Institute de Berkeley (California), donde expuso recientemente sus nuevas teorías, declarando que durante toda nuestra vida adulta nos mueven y gobiernan complejos derivados de represiones de la primera infancia y la niñez.1
Al Dr. Alfred Adler (arriba) se le ha llamado a menudo el Confucio del mundo occidental. Se dice que sus enseñanzas han ejercido una influencia notable en las tendencias y los métodos de la educación moderna.
¿Representaban Romeo y Julieta, los amantes inmortales, la pareja ideal? El Dr. Adler sostiene que ciertas pruebas revelan si las parejas que piensan casarse son adecuadas la una para la otra. La foto de arriba muestra a Norma Shearer y Leslie Howard en la escena del altar durante el rodaje de «Romeo y Julieta».
Por Louis DeJean
CUANDO Albert Einstein, el descubridor de la relatividad, buscó refugio en los Estados Unidos para librarse de la persecución política y de las trabas a su enseñanza, fue noticia de primera página.
Cuando el Dr. Alfred Adler, psiquiatra y médico de fama mundial, en busca de cuyo consejo miles de estadounidenses han viajado a Viena, decide establecerse en este país, por razones muy parecidas a las de Einstein, también eso es una noticia de primerísima importancia. Porque Alfred Adler, a quien se ha llamado el Confucio del mundo occidental, ha tenido y está teniendo una enorme influencia en las tendencias y los métodos de la educación moderna.
¿Por qué la influencia del Dr. Adler ha ido creciendo sin cesar con los años, mientras que los Freud, los Jung, los Watson y otros maestros del pensamiento del mundo psicológico han ocupado el centro de la estima científica y del aplauso popular durante meses o años, solo para desvanecerse, poco a poco o de golpe, en la penumbra de los bastidores?
¿Por qué los libros escritos por Adler, «The Science of Living» [La ciencia de vivir], «Understanding Human Nature» [Conocimiento del hombre], «What Life Should Mean to You» [El sentido de la vida] y su nuevo volumen, «My Challenge to You» [Mi desafío a usted], tienen más demanda que las obras de todos los demás psicólogos juntos?2
Si ha leído usted sus libros y sus artículos en revistas, si ha consultado o conversado en persona con el famoso psiquiatra, quizá haya adivinado la respuesta.
ALFRED ADLER es un optimista. Un apóstol de la esperanza, del final feliz. No un utopista sanguíneo y soñador, ciego ante las trágicas torpezas y las tercas extravagancias de la conducta humana, sino un científico sereno y clarividente que sabe, por largos años de rescatar y prevenir, que el caso no es desesperado; que a la humanidad se le puede enseñar, mediante una educación paciente y perseverante, a afrontar y resolver los tres grandes problemas de la existencia humana.
¿Solo tres? Sí, declara el Dr. Adler. Todo problema de la vida tiene que ver con el trabajo o la ocupación de cada uno; con su relación y su responsabilidad respecto de la sociedad, y con su actitud ante el amor y el matrimonio y la solución que les dé.
La escuela conductista de psicología ha proclamado: «Somos producto de la herencia y víctimas del ambiente. No hay nada que podamos hacer».
Y los psicoanalistas se han lamentado: «Durante toda nuestra vida adulta nos mueven y gobiernan complejos derivados de represiones, por lo general de carácter sexual, de la primera infancia y la niñez. La única solución es desenterrar nuestros recuerdos podridos y nauseabundos y exponerlos a la luz del sol de la atención y a los rayos X de la identificación.
«No», dice el Dr. Adler, con dulzura pero con una seguridad convincente. «El pasado ha pasado. Empecemos desde ahora. Las limitaciones son un mito. El cociente intelectual puede elevarse. La herencia no es ni de lejos tan importante como el ambiente y la educación. Una deficiencia es a menudo una bendición, porque es un estímulo para el logro. La meta lo es todo.
AL DR. ADLER no le gusta que se asocien su nombre y su obra con los de Freud. Eso causa confusión, dice, en la idea que el público se hace de su propia obra. En una conferencia reciente en el Williams Institute de Berkeley (California), donde imparte un seminario cada otoño, Adler habló de su relación con Freud en Viena y de su desacuerdo:
«Entré en contacto con Freud y trabajé con él durante un tiempo, e incluso lo defendí en público. Aunque no podía estar de acuerdo con él en todo, me quedé con él a petición suya. Me estaba agradecido porque yo era el único médico que había defendido sus teorías».
En otra conferencia, el Dr. Adler dijo: «Freud solo vio al niño psicótico —él mismo lo era— y por eso desarrolló esa actitud ante la vida. Creía que el problema sexual era la base de todos los trastornos. Eso no es natural. Es un producto artificial».
En su libro «What Life Should Mean to You», Adler muestra que la concepción freudiana de los sueños no es científica, porque, si fuera correcta, los sueños estarían separados de los afanes y actividades ordinarios de la vida y tendrían un significado como expresión de solo una parte de la personalidad. Los propios freudianos, señala, encontraron insuficiente la interpretación sexual de los sueños.
¿QUÉ es la «psicología individual», el método de abordar los problemas humanos fundado y desarrollado por el Dr. Adler? ¿Pretende que puede ignorarse la herencia? ¿Que todos los niños tienen las mismas oportunidades en la vida? ¿Que el pequeño Johnny Kitelpanz, cuyo padre es traficante de drogas y cuya madre es una borracha desastrada que dejó caer a Johnny de cabeza tres veces durante su primera semana en este terrenal valle de lágrimas, temores y burlas, tiene las mismas posibilidades de llegar a presidente del Tribunal Supremo que John Marshall Hughes Randolph Quincy, cuya madre era una Cabot y cuyos antepasados paternos llevan jugando a las canicas con la Constitución desde 1778?
Sí y no. Si se le coge lo bastante pronto —y con eso el Dr. Adler quiere decir no más tarde de los tres años— y se le educa bien, se pueden hacer maravillas, incluso con el niño desnutrido de los barrios bajos que tiene una mala herencia. Por otra parte, señala Adler, un gran porcentaje de niños cuya herencia y cuyo ambiente son los mejores que puede comprar el dinero pueden quedar arruinados por el mimo.
¿Y las deficiencias físicas heredadas?
«Desdeñables», declara el gran psiquiatra. «De hecho, a menudo resultan ser un estímulo para lograr mucho más de lo normal. El ochenta por ciento de los grandes pintores de la historia tenía defectos de la vista: miopía, astigmatismo, incluso daltonismo. He hablado con muchos campeones del deporte, como boxeadores, corredores y nadadores. La mayoría me dijo que de niños eran unos enclenques y que, entrenándose sin cesar para superar sus deficiencias, llegaron más lejos que sus compañeros de juego normales, que no tenían el mismo estímulo para lograrlo.
»¿QUIÉN puede decir cuáles son las posibilidades de un niño? Piensen en Beethoven, cuyo padre dijo antes de que naciera: "¡Si es un niño, será un segundo Mozart!". Supongamos que Beethoven, de niño, hubiera caído en manos de algunos de nuestros actuales expertos en orientación profesional. Se le habría hecho un reconocimiento médico. Se habría descubierto que Beethoven tenía una enfermedad hereditaria del oído que lo dejaría sordo a los veinte años.
»"¿Compositor? ¡Imposible!", habría sentenciado el experto. "Haremos de este muchacho un vendedor de zapatos". Y cuando Beethoven, ya mayor, se hubiera convertido en un vendedor de zapatos de éxito, el experto se habría jactado: "¿Ven? Yo tenía razón. Estaba hecho para vender zapatos"».
«La meta», repite el Dr. Adler, «lo es todo. Para el psiquiatra, para el maestro, es bueno conocer el pasado, pero no hay nada que podamos hacer con él. Solo podemos usar nuestro conocimiento como ayuda para comprender los problemas que hay que resolver, para que el niño, o el adulto, pueda encaminarse a una vida útil. ¿Capacidad heredada? El martillo está hecho para clavar clavos. ¡Pero puede usarse para golpear a alguien en la cabeza! Debemos medir por los resultados, por el uso que se hace de la capacidad».
En los últimos años hemos oído hablar mucho del complejo de inferioridad. El sentimiento de inferioridad, dice el Dr. Adler, es universal y normal. Es ese sentimiento el que nos hace anhelar una compensación y nos empuja hacia nuestra meta. A menudo no sabemos por qué nos sentimos inferiores. Por ejemplo, los zurdos tienen que adaptarse a un mundo de diestros. Cuando no están bien orientados, esto les causa a menudo un sentimiento de inferioridad.
EL CUARENTA por ciento de las personas son zurdas por naturaleza. Muchos no lo sabemos, porque se nos ha adiestrado u obligado a ser diestros. Hay ochenta pruebas para detectar la zurdera. ¿Tiene usted alta la ceja izquierda? ¿Se le desvía la nariz ligeramente hacia la izquierda? Cuando junta las manos entrelazando los dedos, ¿queda encima el pulgar izquierdo? Pues entonces probablemente es usted zurdo.
¿Y el complejo de superioridad? Este, dice Adler, es el último recurso de la persona con un fuerte sentimiento de inferioridad. Es una sobrecompensación. Quien lo padece se vuelve arrogante, cruel, criticón. Trata de dominar a los demás. Un ejemplo es la madre que exige que toda la familia guarde silencio porque ella tiene una jaqueca nerviosa. Y el niño que siempre elige compañeros de juego más débiles para poder mandar o sentirse superior.
Los antiguos griegos llamaban «políticos» a los que se interesaban por el bienestar cívico. Los que no se interesaban por el bienestar de la ciudad eran «idiotas».3
Sin la necesidad de trabajar, dice el Dr. Adler, pereceríamos. El trabajo es la salvación y el medio del progreso. El trabajo en equipo desarrolla el sentimiento de comunidad. Los que no saben perder y los malos perdedores no tienen éxito. Quienes solo quieren brillar por el éxito personal establecen malas relaciones sociales.
«A veces», comenta el docto Doctor, «un alto grado de vanidad vive en una ratonera y solo se asoma».
EL SENTIMIENTO de comunidad, cree el Dr. Adler, debe desarrollarse desde la primera infancia. No hay que dejar solo al bebé durante largos ratos, salvo cuando duerme. El carácter tiende a quedar fijado a los tres años. Aconseja a los padres que adopten la sencilla consigna: «¡Haz del niño una ayuda!».
La mayoría de las neurosis del adulto, afirma Adler, empiezan con una infancia mimada. Al niño mimado se le adiestra para esperar que sus deseos se traten como leyes. En consecuencia, cuando se encuentra en circunstancias en las que no es el centro de atención y en las que los demás no tienen como objetivo principal atender a sus sentimientos, se siente muy desconcertado y piensa que el mundo le ha fallado.
«Estos niños mimados ya crecidos», dice el Dr. Adler, «son quizá la clase más peligrosa de nuestra comunidad. Están en huelga contra la cooperación, como seres humanos corrientes, en nuestras tareas humanas corrientes.
Dos síntomas comunes de esta actitud en los niños, dice el Dr. Adler, son el desorden y los caprichos con la comida. Al niño desordenado lo sigue siempre la sombra de alguien que recogerá lo que él deje, y esperará ese apoyo toda la vida. Al niño melindroso lo sigue del mismo modo la sombra del padre o la madre angustiados en exceso, que le hacen comer a la fuerza, nerviosos, por miedo a que pierda peso.
«Fíjense», dice el Doctor, «en que a estos niños melindrosos no hay que convencerlos de que coman cuando están en otro ambiente. Por lo general es un caso de "demasiada madre"».
EL DR. ADLER cree que hay que observar a los niños en busca de indicios de una preferencia profesional. Por ejemplo, dice, un niño quiere ser maestro. Lo vemos reunir a otros niños y jugar con ellos a la escuela. Una niña que desea ser madre jugará con muñecas y se ejercitará en un mayor interés por los bebés. Muchos niños muestran un gran interés mecánico y técnico. Todo ello es promesa de una ocupación fructífera en la vida posterior, y debe fomentarse, afirma el célebre psicólogo.
«En cierta comarca de Alemania», escribe el Dr. Adler en su libro «What Life Should Mean to You», «existe una vieja costumbre para comprobar si una pareja de novios es adecuada para la vida matrimonial en común. Antes de la ceremonia nupcial, se lleva a la novia y al novio a un claro donde se ha talado un árbol. Allí se les da una sierra de dos mangos y se les pone a serrar el tronco de un lado a otro. Con esta prueba se averigua hasta qué punto están dispuestos a cooperar. Si no hay confianza entre ellos, tirarán cada uno en sentido contrario y no conseguirán nada. Si uno de ellos quiere llevar la iniciativa y hacerlo todo él solo, entonces, aunque el otro ceda, la tarea llevará el doble de tiempo. Ambos han de tener iniciativa, pero sus iniciativas tienen que combinarse».
En una de sus charlas, el Dr. Adler expresó su impaciencia ante la idea popular de que el matrimonio es comparable a una sociedad mercantil.
«Una pareja», dice, «que inicia la relación matrimonial con la actitud de que se trata de un contrato o un arreglo temporal no puede esperar que su matrimonio salga bien. El amor, con su cumplimiento, el matrimonio, es la entrega más íntima a una pareja del otro sexo, expresada en la atracción física, en la camaradería y en la decisión de tener hijos. El amor y el matrimonio exigen cooperación; no una cooperación para el bienestar de dos personas solamente, sino una cooperación para el bienestar de la humanidad».
ALFRED ADLER no es una persona pretenciosa ni imponente. Es apacible, amable y de buen humor.
Hay una solución, declara el Dr. Adler, para todos nuestros problemas de conducta humana. Podemos alcanzarla por medio de las escuelas. Los maestros tienen a mano a todos los niños. Son los instrumentos evidentes para salvar a las generaciones venideras. Hay que formar a los maestros para que reconozcan al niño potencialmente delincuente y le den una concepción mejor de la vida. Esa formación costará dinero. Pero costará mucho menos, dice el hombre que ha formado a mil maestros en psicología infantil, que los miles de millones que el gobierno se ve hoy obligado a asignar a la lucha contra el delito.
La propia familia del Dr. Adler es un espléndido testimonio de su saber y de su habilidad para llevar a la práctica lo que enseña. Durante su reciente viaje a California, su hijo Kurt y su hija Alexandra lo acompañaron y asistieron a su curso de conferencias de principio a fin. Ambos son doctores en psicología, y Alexandra es profesora en la Facultad de Medicina de Harvard.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha sobre la imagen de la página en la California Digital Newspaper Collection (CDNC, CC19361003.2.72): «Do Childhood Repressions Control Our Lives? Three Great Problems Of Mankind Can Be Solved, Asserts Sage Of Vienna», por Louis DeJean, Calexico Chronicle, Calexico (California), 3 de octubre de 1936, suplemento ilustrado, p. 3.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026), con los titulares, los pies de foto y la composición del original (párrafos en negrita, palabras iniciales en mayúsculas donde el original lleva capitular). Social interest se traduce «sentimiento de comunidad»; pampering, «mimo». Se mantienen las comillas sin cerrar del original.
Así en el original: el pie de foto atribuye a Adler la tesis psicoanalítica que el artículo le hace rechazar. (N. del T.) ↩
The Science of Living (1929), Understanding Human Nature (1927, trad. de Menschenkenntnis), What Life Should Mean to You (1931) y, con toda probabilidad, la traducción inglesa de Der Sinn des Lebens (1933), que apareció en 1938 como Social Interest: A Challenge to Mankind. Los títulos españoles entre corchetes son orientativos. (N. del T.) ↩
Juego con el griego idiṓtēs, el particular que no participa en los asuntos públicos. (N. del T.) ↩