Educación para el trabajo.
El subsidio de paro desalienta. Impresiones de viaje por América de un psicólogo individual.
Por el Dr. Alfred Adler.
De una conversación.
En estos días ha regresado a Viena, tras una estancia de nueve meses en los Estados Unidos de América, el conocido sabio vienés, creador de la psicología individual. Sus lecciones en la Universidad de Columbia tuvieron una asistencia récord, que le valió una honrosa invitación a dar nuevas conferencias el próximo curso académico. En conversación con nuestro corresponsal, el Dr. Adler intenta esbozar el carácter del hombre americano y cuenta detalles de gran interés de la vida económica americana.
«Si en Europa se quiere comprender el tipo del hombre americano, téngase presente el siguiente ejemplo: el europeo crece, por así decirlo, en una bañera. Sus posibilidades de desarrollo son limitadas; todo muchacho dice que algún día quiere ser funcionario o maestro, comerciante o artesano, y es consciente de que a su aspiración se le ponen límites estrictos. El americano, en cambio, vive en comparación en un océano, que le permite el más amplio radio de acción y le ofrece una plenitud de oportunidades que señalan el camino del éxito y la riqueza. Este entorno natural aumenta, como es comprensible, la confianza en sí mismo del hombre americano y se manifiesta en todas las cuestiones de la vida diaria. Allí se tiene más respeto por la dignidad de la persona; también al empleado se le trata como a un caballero, porque todos tienen el oscuro sentimiento de que cada cual tiene todavía la posibilidad de ocupar el puesto más alto que el país puede otorgar. El muchacho americano quiere ser presidente de los Estados Unidos, y nadie se reirá de él cuando anuncie su ingenua resolución. En consecuencia, también la educación general está allí orientada de otro modo que entre nosotros en Europa. El fomento de los dotados se cultiva de manera sobresaliente, sobre todo en las escuelas privadas, para poder asignar a cada individuo el lugar en la vida en el que sea capaz de alcanzar el máximo rendimiento.
Las muchachas tienen más oportunidades.
Henry Ford quiere fundar ahora toda una serie de escuelas en las que se prepare a los niños para la futura vida profesional. Quiere dar a la generación que crece la posibilidad de prepararse en la escuela para las exigencias prácticas de la vida: en lugar de asignaturas escolares se introducen materias profesionales. En mi opinión, también en este caso, como casi siempre, el término medio es el más transitable, y de hecho en Europa ya está bastante reconocido. De especial importancia, al considerar las condiciones culturales y económicas de América, es observar la posición de la mujer. A la muchacha americana se le ofrecen más oportunidades que a la europea, y en este factor se encuentra también la diferencia principal entre ambas. En lo psíquico, y también en lo erótico, las muchachas americanas tienen inhibiciones semejantes a las de sus coetáneas de Europa. Pero su posición destacada resulta del hecho de que en América las aspiraciones culturales las sostienen casi exclusivamente mujeres. Estas no solo son decisivas en lo educativo y lo caritativo, sino que también en la política tienen una influencia mucho mayor que sus colegas europeas. Por eso las mujeres gozan allí también de una protección legal y social especial. Esta alta estima de la mujer puede proceder todavía de la época en que América albergaba un número relativamente pequeño de mujeres, pero en todo caso se ha conservado hasta hoy. La idea del desarrollo personal de la libertad y la igualdad se ve muy favorecida por la mentalidad americana. Aun así, puede ser interesante que, por ejemplo, el cuarenta por ciento de las alumnas de las escuelas superiores femeninas hayan expresado, en una encuesta, el deseo de ser más bien hombres.
Ni siquiera las grandes pérdidas económicas pueden desalentar al americano del mismo modo que al europeo, porque a aquel le quedan todavía innumerables posibilidades nuevas de vida. Otra razón de la aptitud del americano para la vida puede ser la conciencia de que no puede contar con la ayuda del Estado, como le es posible al obrero europeo. En América se tiene el sentimiento de que la actividad caritativa es y debe seguir siendo un asunto absolutamente privado. Ame uno a su prójimo o no, considera la ayuda como una exigencia personal. Con ello se produce un aumento del sentimiento de comunidad que sin duda redundará en el futuro en provecho del pueblo. Un parado no se desespera. Va tirando como puede con ayudas hasta que puede volver a afianzarse y fundar una nueva existencia. El sentimiento de depender solo de sí mismo aumenta su fuerza y favorece el despliegue de sus capacidades.
En consonancia con ello florece allí también el negocio de los seguros, que, sin embargo, por su valiosa labor de divulgación para la prevención de accidentes, enfermedades y epidemias, realizada en el interés más genuino de la sociedad, tiene una importancia de largo alcance para la colectividad. Una de las mayores compañías de seguros organizó, bajo la dirección de su jefe, el Dr. Lee Frankl,1 amplias investigaciones científicas, cuyos resultados se envían en cientos de miles de ejemplares a todos los organismos competentes y contribuyen no poco al desarrollo sano del pueblo. Si el subsidio estatal de paro no es, al fin y al cabo, más que una especie de limosna, el método de fomento del trabajo que nace de la mentalidad del americano es sin duda mucho más provechoso para la economía en su conjunto.
—alz—
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de la imagen de página de ANNO (Österreichische Nationalbibliothek, nwj/19300622/5): Neues Wiener Journal, 22 de junio de 1930, pág. 5, firmado por el periodista «—alz—». Se traduce el artículo completo, incluida la introducción del periodista.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan las cursivas (que reproducen el espaciado del original). Las adiciones del traductor van entre corchetes.
Así en el original; se trata de Lee K. Frankel (1867-1931), vicepresidente de la Metropolitan Life Insurance Company de Nueva York y promotor de sus campañas de salud pública. (N. del T.) ↩