EL PADRE DEL COMPLEJO DE INFERIORIDAD
Por WILLIAM LEON SMYSER
Una entrevista con el Dr. Alfred Adler, cuyas teorías psicológicas se basan en su propia vida: tuvo que vencer su propio complejo de inferioridad y desafiar las burlas de sus colegas para imponer sus doctrinas «heréticas».
Los científicos de hoy son o bien máquinas duras, frías y eficientes como Freud, o bien seres humanos palpitantes, no menos eficientes, como Adler. A los dos psicólogos de Viena hay que mencionarlos juntos. Su conflicto ha afectado a la carrera de ambos. Ninguno sería lo que es hoy sin el otro; pero como Adler es el más joven, y se rebeló contra su predecesor en lugar de desarrollarse a su lado, es natural que a Adler le interese más vitalmente la existencia del otro y le deba más. Adler es lo bastante humano como para disfrutar de una buena pelea por una buena causa. La ruptura con Freud le estimuló tanto que puede considerarse el punto crucial de su vida, hacia el que apuntaba toda su infancia y del que arranca su presente.
La versión del propio Adler es demasiado rápida e insuficiente.
«Encontré a Freud a la cabeza del campo en que yo quería entrar. Uní mis fuerzas a las suyas mientras nuestras reuniones me parecieron productivas. Cuando dejamos de estar de acuerdo y mi interés por el psicoanálisis decayó, lo dejé».
Ese escueto «lo dejé» pasa por encima, sin el debido énfasis, de meses de intentos de compromiso. En la época de su disputa, Adler y Freud se reunían con colegas, todos fieles discípulos de las teorías freudianas, en las famosas habitaciones del envejecido psicólogo. Entre ellos estaba Jung, y Stekel, que habrían de rebelarse los dos. En aquel momento, sin embargo, Freud seguía siendo el sumo sacerdote. Había recibido la revelación. No se toleraba la herejía.
Un hereje por naturaleza
Ahora bien, Adler es un hereje por naturaleza. Su certeza de la autoridad de la revelación individual es tan fuerte como la de Calvino. Con los años se sucedieron las escenas entre el científico mayor y él. Si Adler se contenía en muchas de las discusiones, no dejaba por eso de lanzar, aquí y allá, una sola pregunta, repetida monótonamente:
«¿Y qué hay de la inferioridad?»
Llegó a ser evidente que Adler estaba construyendo un sistema propio, un sistema que atribuía muchos estados nerviosos a simples órganos inferiores y no a complicaciones sexuales. Con tenacidad, con valor, ponía a Freud ante un dilema: o reconocer la validez de una teoría a medio formular que parecía negar la omnipotencia del sexo, o destituir a uno de sus lugartenientes más prometedores. El «Was ist as mit der Minderwertigheit»1 de Adler, como el «Delenda Carthage» de Catón el Viejo, solo admitía una respuesta. Freud acabó por pedirle que expusiera por extenso las ideas que parecían obsesionarlo. El grupo reservó tres veladas para la primera discusión del complejo de inferioridad.
Es significativo que todavía hoy, cuando habla de aquellos primeros años, Adler diga: «Cuando yo era un oponente en las discusiones del círculo de Freud», como si nueve años de asociación se hubieran borrado y solo las últimas veladas le hubieran dejado alguna impresión. La atmósfera de la pequeña habitación rectangular, con sus paredes de libros que se elevaban hasta perderse en la penumbra a través de densas nubes de humo de cigarro, debía de estar cargada de una influencia más sutil que la mera nicotina. Adler, con sus grandes ojos saltones, la cara redonda sudorosa y la recia mandíbula apretada, hablaba con fervor. Tiene una elocuencia que gana con su sinceridad innata. Nadie intentó ni quiso interrumpirle. Freud, hundido en su sillón, apuesto y desdeñoso, tomaba notas breves y concisas que luego resultaron ser un análisis de su propia réplica más que un extracto del discurso del otro.
La cuarta velada, terminada su exposición, los freudianos se lanzaron sobre Adler y lo aniquilaron lógicamente. Le atacaron seis. Él se mantuvo en su posición. Su mandíbula se endurecía y sus ojos se agrandaban. Se oponía a algo tanto más establecido y poderoso que él que no podía ceder. Su valor, o su terquedad, no se lo permitían. Al final habló el propio Freud: ¡el complejo de inferioridad era inadmisible!
En la reunión siguiente ocurrió lo inevitable: se pidió a Adler que se retirara. Fue un agravio añadido que la petición la hiciera uno de los hombres menos importantes del círculo exterior.
El «perdedor»
Esta escena la omite siempre Adler en cualquier relato de sus relaciones con Freud. Sin embargo, según su propia teoría, tuvo que influir en él enormemente. La humillación grabó en su mente, instintivamente, subconscientemente, el sentimiento de que, por lo que tocaba a aquel grupo de médicos, él era «el perdedor» (the under dog).
Ahora bien, es un postulado de la teoría del complejo de inferioridad que, cuando una persona tropieza con un obstáculo, cuanto más fuerte e inamovible resulta ser ese obstáculo, con más furia e ímpetu irresistible arremete contra él. Adler arremetió contra Freud, contra los freudianos y contra el psicoanálisis. Arremetió con todas sus fuerzas. Su vida fue durante muchos años la del profesor Hawley de H. G. Wells2, que descubrió especies nuevas, inventó teorías nuevas y se ganó una gran reputación, todo para fastidiar al pobre profesor Pawkins, que le había insultado.
Todavía hoy, dieciocho años después, los dos psicólogos vieneses andan a la greña. Adler afirma que toda la obra de Freud durante la década que siguió a la ruptura fue un intento de forzar el psicoanálisis hasta ponerlo de algún modo de acuerdo con el complejo de inferioridad y la psicología individual. Por otra parte, insiste en que su propia obra apenas ha recibido influencia del maestro. Intenta ser justo. Es, ante todo, escrupulosamente sincero.
«Freud fue el primer psicólogo —declara con mucha generosidad— que sacudió la neurología materialista y puso en su lugar algo sólido».
Luego Adler pasa a insistir en su completa independencia. La independencia es una parte tan necesaria del concepto adleriano del yo que está dispuesto a combatir con cualquiera a quien se asocie su nombre. Su propia teoría es tan sólida y floreciente que poca falta hace hurgar debajo para ver si las raíces están verdes. Y sin embargo Adler parece dolorosamente consciente de aquellos nueve años durante los cuales estuvo asociado a los freudianos.
«Nunca fui discípulo de Freud»
Estaba hablando con Adler de sus procedimientos de curación cuando, de buenas a primeras —como si hubiera esperado que yo le preguntara si se había sometido al tratamiento psicoanalítico que Freud impone a todos sus discípulos—, Adler exclamó:
«¿Sabe usted? Nunca fui discípulo de Freud y nunca me han psicoanalizado. Me gustaría enseñarle algo muy interesante y concluyente que, ya verá, acaba de un plumazo con la idea de que yo sea, como Jung, un simple estudiante rebelde».
Adler sacó de una cartera un papel viejo, muy doblado, con el membrete de la dirección particular de Freud y fechado el 2 de noviembre de 1902.
«Esta invitación —dijo— fue mi primera comunicación de Sigmund Freud. Puede ver que no es una invitación a inscribirse como estudiante, sino una carta de un profesional a otro».
La nota, escrita en un estilo bastante descuidado y amistoso, muy distinto de los rebuscados periodos de los numerosos libros de Freud, admite una traducción literal: «Muy honorable señor colega: Un pequeño círculo de colegas y seguidores va a darme el gran placer de reunirse en mi casa una vez por semana, por la noche, a las ocho y media, para discutir los temas que nos interesan, la psicología y la neuropatología. Sé de Reitler, Max Kahane y Stekel. ¿Tendrá usted la bondad de unirse? Hemos convenido el próximo jueves, y espero su amable respuesta sobre si querría venir y si le conviene esa noche. Con cordiales saludos, su colega».
La carta del maestro suena tan cordial, tan decente y amistosa, que haberla revelado parece, en el más joven, casi una traición. La guerra entre los dos científicos, sin embargo, agotó hace mucho su artillería pesada, y desde hace años emplea gases venenosos.
Es un hecho químico que muchas relaciones venenosas producen subproductos importantes. El valor, la terquedad y el orgullo que el conflicto con Freud exageró en Adler son característicos. No haría daño, y sin embargo intentaría destronar a un zar3. Es un iconoclasta. Todo se debe al complejo de inferioridad. Adler mismo es el complejo de inferioridad. Igual que la historia del dinosaurio puede reconstruirse a partir de sus vértebras, toda la carrera de Adler puede reconstruirse a partir de sus frases más casuales.
«Todos los que están en desventaja por un organismo inferior o por un entorno hostil desarrollan un mecanismo de defensa que puede llevarles a superar a otros mejor dotados, pero menos espoleados por sus aspiraciones sociales, sexuales o profesionales contrariadas».
Esta frase es la vértebra de Adler. Es también su epitafio, como podría haber sido el de Demóstenes, que aprendió a ser orador porque tartamudeaba, o el de lord Byron, que cruzó a nado el Helesponto porque tenía una pierna lisiada. Adler tuvo en sus años de madurez el entorno hostil de los freudianos. En su infancia decisiva tuvo su propia baja estatura, sus rasgos desproporcionados. Descubrió el complejo de inferioridad como Newton descubrió la ley de la gravitación: le cayó encima. En lugar de llevar un chichón en la cabeza donde le cayó la manzana, Adler llevaba un peso en lo hondo de sí mismo, donde se asentó por primera vez el sentimiento de inferioridad.
La enfermedad universal
Al establecer el complejo de inferioridad como la enfermedad universal, no ha hecho más que buscar una justificación para sí mismo. Es como el loco que descubre que todo el mundo está loco. Como él ha deseado el reconocimiento social, la eminencia profesional y la aprobación del bello sexo, atribuye esas tres ambiciones a todo el mundo (Jedermann). Probablemente tiene razón. ¡Suyo es el honor de haberlo descubierto y bautizado! La magnífica virtuosidad con que Adler cuelga la etiqueta de «complejo de inferioridad» a personas, clases, naciones y sexos da a su conversación un sabor muy personal. Con su característico sentido del humor, acusa a todos sus adversarios de ser víctimas de una «insinceridad transparente». Tienen que apreciar, argumenta, la superioridad de su teoría; pero el mismo proceso de pensamiento que esta atribuye a las personas que sienten su inferioridad les impide confesar que él tiene razón y les empuja, en cambio, a atacarle.
De la guerra entre médicos, Adler pasa a la guerra entre los sexos. Las sufragistas, diagnostica, se inspiran en el complejo de inferioridad secular de la mujer. Les concede la igualdad con los hombres. Pero el amor no debe descartarse porque las mujeres sean iguales a los hombres. «El amor es la base de toda nuestra cultura, y sin él nuestra civilización actual se derrumbaría. La monogamia es la forma más elevada del amor. No tengo paciencia con los movimientos que quieren hacer el amor más fácil. Si se hace demasiado fácil, degenera en placer barato».
El matrimonio de compañerismo, el matrimonio a prueba y todas las demás teorías nuevas se debaten en el foro de Adler. La consulta de Adler sirve para todo. Por la mañana temprano, mucho antes de que empiecen a llegar los pacientes, trabaja allí. A las once, amigos, visitantes y discípulos se reúnen alrededor de su escritorio de tablero plano para su charla diaria sobre lo que, en las últimas veinticuatro horas, más le ha interesado en la clínica, en la escuela o en la vida pública.
«No azoten al chico que hace novillos», dijo una mañana en que la conversación giró hacia la educación. «La culpa no es suya, sino de la escuela. No es malo: se aburre. Nuestro problema es conseguir que la escuela despierte su interés y responda a sus necesidades».
Ejercer «por diversión»
Después de la «hora de los niños», mientras Adler todavía está almorzando, la sala de espera empieza a llenarse, de modo que a las dos, la hora en que en Viena todos los médicos parecen recibir a sus pacientes, Adler encuentra una mezcla políglota de indigentes y millonarios esperando para verle. Los honorarios de Adler son tan bajos que uno acaba por convencerse de que ejerce por la pura diversión y el poder de su profesión. Convierte el trance de la consulta en una conversación nada temible. Probablemente en oposición a la costumbre freudiana de cerrar las persianas y tener al paciente tendido a oscuras mientras busca en su mente lo que pueda aflorar del subconsciente, Adler abre las ventanas a todo el sol que pueda entrar y relega el diván de consulta al desván.
«Les dejo moverse por la habitación —dice—; me gusta mirarles a los ojos. Siento un contacto cuando yo los veo y ellos pueden verme. Es más fácil curar cuando se ve a la persona».
El buen ánimo es el mejor género que Adler tiene en su tienda. De niño tuvo que luchar por él. No se libró de un temprano sentimiento de inferioridad. Sus padres no eran ricos. Era pequeño para su edad, nervioso. En la escuela había chicos mayores que le hacían de menos y chicos más crueles que se burlaban de él. Encontraba consuelo en el futuro, donde confundiría a todos sus atormentadores con su gran éxito como médico. Su propia enfermedad y su propio sentimiento de inferioridad frente a los demás, frente a la naturaleza y frente a la vida misma le instruyeron. Sería médico. El médico era la única persona a la que obedecían sus padres, sus maestros y los matones que le acosaban. Y su médico luchaba contra la enfermedad y la muerte, dos enemigos misteriosos. ¡Sería médico!
Hacía falta valor para que un muchacho pobre tomara semejante decisión: valor y, quizá, ignorancia del mundo. Pero a medida que crecía su conciencia de las dificultades, el valor de Adler crecía para hacerles frente. La ruptura con los freudianos eliminó el último obstáculo entre él y la independencia. A partir de su sentimiento inicial de inferioridad y de su lucha posterior con sus colegas, se forjó un saludable sentimiento de fuerza interior, de buen ánimo y de valor. Esas tres, las tres mejores medicinas de su propia historia, las ha introducido primero en su teoría y luego en su enseñanza y su trabajo prácticos.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha sobre la imagen de la página en Trove (National Library of Australia, nla.news-article73771016): William Leon Smyser, «Father of the Inferiority Complex», The Advertiser (Adelaida), 10 de agosto de 1929, p. 23. La pieza procede seguramente de un original estadounidense o británico no localizado.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026), con titular, entradilla y ladillos tal como se imprimieron. La carta de Freud se traduce de la versión inglesa que da el periodista, no del original alemán. Companionate marriage se traduce «matrimonio de compañerismo» (la propuesta del juez Ben Lindsey, 1927).
Así en el impreso, por «Was ist es mit der Minderwertigkeit?» («¿Qué hay de la inferioridad?»). (N. del T.) ↩
En el cuento de H. G. Wells «A Moth—Genus Novo» (1895) el rival del profesor Pawkins se llama Hapley. (N. del T.) ↩
Así en el original, que parece haber perdido algo («He wouldn't hurt [a fly], yet he'd try to dethrone a Czar»: «no haría daño [a una mosca], pero intentaría destronar a un zar»). (N. del T.) ↩