Una clínica para matrimonios enfermos1
Helena Huntington Smith
El siguiente artículo es una condensación de una entrevista con el doctor Alfred Adler en 1929. Es interesante tanto por su valor histórico como por su actualidad.
La Redacción
Hace poco me encontré con una amiga que acababa de volver de un viaje a Viena. Me dijo: «¿Has oído lo que está haciendo Adler? Ha abierto una clínica matrimonial (solo que él la llama de otro modo) para curar a las parejas que no se entienden. Dice que, mientras dos personas muestren el menor deseo de resolver sus problemas, hay un modo de hacer feliz su matrimonio. Al médico, y lejos del juzgado de divorcios. ¿Qué te parece?».
Me pareció mucho; de hecho, me fascinó. Uno puede ser partidario de las leyes de divorcio más liberales, como lo soy yo personalmente, porque no creo que la manera de curar la desdicha sea reprimirla. Pero esta convicción, por sensata que sea, no nos libra de una sensación de desaliento en ciertos momentos, cuando nos preguntamos adónde va a parar todo esto. Y nunca había oído hablar de nadie que propusiera hacer algo acerca de la cuestión del matrimonio, aparte de hablar de ella. Sabía que el doctor Adler iba a venir pronto a Nueva York a dar conferencias, y quise verlo y averiguar más sobre su plan.
Unas semanas después, sentada frente a frente con el doctor Adler, le pregunté por su clínica matrimonial. El doctor Adler me contó cómo, hacía un año, un grupo de médicos y psicólogos había creado en Viena un consultorio de orientación matrimonial. Era semejante, en cierto modo, a sus famosos consultorios de orientación educativa para niños difíciles, que se están copiando en varias ciudades norteamericanas.
La pareja angustiada cuenta sus cuitas a uno de los médicos, por separado. A cada uno de los cónyuges se le pide que relate la historia de su vida desde sus primeros recuerdos, diciendo sin reservas todo lo que le venga a la mente, un proceso que puede requerir bastantes sesiones. Describe también algunos de sus sueños. Sobre la base de este relato, el médico pregunta, interpreta, ahonda en los recuerdos inconscientes. Y allí, muy atrás en el pasado, da con los motivos infantiles de los actos adultos, de los que el paciente no es consciente.
«La desdicha en el matrimonio no es más que un error, un defecto en el patrón de vida de cada uno», explicó el doctor Adler. «Cuando dos personas riñen, no es por la
razón que ellas mismas suponen. La verdadera causa de las riñas hay que buscarla muy atrás, en los trastornos olvidados de la infancia. La tarea del consejero matrimonial es excavar hasta esas raíces venenosas y sacarlas a la luz del día, donde ya no harán más daño».
«¿Y siempre da resultado?».
«No diría que siempre, no. Pero sí en muchísimos casos». Y me explicó que hay ciertas personas que están realmente enfermas de los nervios, y otras que han elegido tan obstinadamente el camino del egoísmo que nada puede hacerlas cambiar.
Pero, al fin y al cabo, lo que nos interesa es la gran masa de personas corrientes, decentes y bienintencionadas, y dos cualesquiera de ellas, según el doctor Adler, pueden entenderse. Solo que necesitan ayuda. Hace falta algo más que buenas intenciones para vencer los hábitos equivocados de toda una vida.
Una de las causas más comunes del desastre matrimonial es el marido infiel. El doctor Adler me contó un caso de su propia consulta, el de una señora que acudió a la clínica porque tenía miedo de salir sola. «Era inteligente, guapa, joven, y llevaba un año casada. Su marido era bien parecido, inteligente y honrado; quería a su mujer y ella lo quería a él. Pronto supe por ella, sin embargo, que él andaba cortejando a otra joven.
»"Cuando nos casamos nos prometimos libertad", me dijo con orgullo. "Para nosotros los celos son degradantes; no creemos en reclamar un derecho de propiedad. Somos librepensadores", añadió.
»La infidelidad es más fácil para los hombres en la mayoría de las sociedades, y el marido había empezado. Ella había sonreído y se había mostrado serena, sin sentir más que orgullo (o eso me aseguraba) por el atractivo de su marido para las mujeres. Fiel a su código, también ella había mirado a su alrededor. De pronto empezaron sus miedos. Contrajo una agorafobia. Él tenía que acompañarla a todas partes. ¡Era un prisionero! El deseo de retener a su marido, en una muchacha excepcionalmente nerviosa, había producido los síntomas nerviosos.
»Un temperamento más estable habría reaccionado de otro modo, pero el resultado final habría sido el mismo. La esposa que cree ser librepensadora se engaña a sí misma.
»En cuanto al marido», prosiguió el doctor Adler, «el hombre que mira por encima del hombro a las mujeres, el hombre que las trata a la ligera, es en realidad el hombre que tiene miedo a las mujeres. Este hombre evita a menudo el matrimonio.
»Miremos ahora en su mente. De la literatura, de la actitud de la sociedad, ha sacado la idea de que la mujer es un ser inferior. Desde la primera infancia ha sentido que su destino, como varón, era estar encima», continuó el doctor Adler.
«Y sin embargo, aún hoy, cruza sus sueños la figura aterradora de una mujer gigante que se alza por encima de él y lo persigue. Es un vago recuerdo de sus días en el cuarto de los niños, cuando era realmente pequeño, y la mujer, representada por su madre, era una giganta que lo dominaba. Así, su pensamiento inconsciente discurre de este modo: "De niño me sometí por amor a esta figura. ¿No sería embarazoso que, en vez de dominarla ahora, como debo, descubriera que ella me sigue dominando a mí? ¡Si me casara, me pondría en su poder!".
»Ante este poder de la mujer, el hombre del que hablamos recurre a la huida o a la depreciación. Si no pone pies en polvorosa, se convierte en un tipo donjuanesco, porque tiene que menospreciar al sexo femenino. Si está casado, sigue con sus conquistas, porque lo que quiere es la sensación de una victoria pasajera que no entrañe ninguna obligación a cambio. Para expresarlo», dijo el doctor Adler, «uso una pequeña fórmula matemática: "Dos o más mujeres son menos que una"».
El marido en cuestión era un mujeriego porque le faltaba confianza en sí mismo, aunque no lo supiera; tenía que estar demostrando siempre su poder sobre el otro sexo. Así que, al casarse, se había propuesto asegurarse su libertad. Su mujer era la mayor de dos hermanas, y durante toda su infancia había visto a sus padres preferir a la menor; de ahí que tuviera un cruel complejo de inferioridad. Se sintió halagada cuando un joven tan atractivo la cortejó a ella, la menos deseable, y por eso estaba dispuesta a suscribir sus extraordinarias ideas sobre el matrimonio. Cuando la pareja se vio confrontada con la verdadera razón de aquella insensatez, pudo resolver sus problemas. Eran jóvenes inteligentes y de buen corazón, y la experiencia ha demostrado que, aun con algo tan grave como el donjuanismo o la agorafobia, el deseo mutuo de enmendar las cosas logra el cambio sin mayores complicaciones.
En el ejemplo que acabamos de ver, el doctor Adler es bastante duro con una vanidad masculina predilecta, la vanidad de las conquistas. Pero es igual de tajante con esa costumbre femenina favorita de felicitarse a sí misma por un despliegue excesivo de abnegación maternal. Entre las mujeres, salvo las extraordinariamente bien dotadas de sentido común, la madre empalagosa goza de bastante estima. Si se desvive por su retoño hasta echar a perder al niño, y empuja al padre aburrido a buscar distracción Dios sabe dónde, pues bien: «Yo no tengo tiempo para esas cosas», dicen las vecinas, «pero hay que reconocer que es una madre abnegada». El doctor Adler, sin embargo, despacha sin contemplaciones a esta señora martirizada.
Salió a relucir cuando le insté a que me contara otro caso.
«Hace varios años», dijo, «vino a pedirme consejo una pareja joven con una historia muy vieja. Llevaban tres años casados y habían sido muy felices hasta el nacimiento de un hijo, que tenía entonces un año.
Desde entonces su matrimonio había cambiado. La mujer, una joven atractiva e inteligente, ya no se preocupaba de estar guapa y había abandonado los deportes al aire libre que tanto le gustaban. Si su marido quería que saliera con él a divertirse, ella decía: "¿Cómo voy a dejar al niño?". Y se había vuelto frígida con su marido.
»Semejante actitud por parte de la esposa tiene un mal efecto en su compañero. Le hace sentir que la culpa es suya. Para convencerse de que no es así, cae en la costumbre, como cayó este marido, de salir con otras mujeres. Así se ensancha la brecha entre él y su mujer.
»La esposa», dijo el doctor Adler, «estaba enamorada de su marido, pero tenía contradicciones. De muchacha se había enamorado de uno de sus profesores, aunque sabía muy bien que por parte de él aquello nunca iría en serio. El profesor se había casado, y ella, persuadiéndose de que debía olvidarlo, se había casado también.
»En aquella época de su vida», prosiguió el doctor Adler, «había estado haciendo un trabajo de laboratorio que le interesaba mucho. Últimamente lo había dejado. No se sentía con fuerzas para ser esposa, ama de casa y científica. Aquí está la explicación de su caso. Se sentía agobiada por sus deberes de mujer, y su frigidez era una rebelión contra su papel femenino en la vida. Al mismo tiempo, la imagen de su antiguo amor volvió para mezclarse con su descontento y reforzarlo. "Todo habría sido distinto", le susurraban sus pensamientos, "si me hubiera casado con él"».
Llegados aquí, hemos de volver en nuestra exposición al hombre que crece con una convicción profundamente arraigada de la inferioridad de la mujer. Hasta ahora solo se ha oído la mitad de la historia; he aquí el resto. Toda mujer nacida ha recibido la misma convicción grabada en el alma en la primera infancia, lo sepa ahora o no. Le han dicho que los chicos pueden hacer cosas que ella no puede; se ha sentido coartada mientras sus hermanos iban libres. «Una mentira de nuestra cultura», llama el doctor Adler a esta discriminación, y nadie ha hecho más que él por señalar su estúpida falsedad.
Mientras dure, sin embargo, empujará a las mujeres a la rebelión, porque nadie soporta pasar la vida desempeñando un papel irremediablemente inferior. Adler llama a esta rebelión la protesta masculina. Adopta formas diversas, algunas sociales y constructivas, muchas que causan problemas. A menudo aparece como una rebelión contra lo más femenino, la maternidad, con sus dolores y sus cargas.
¿Y qué decir de nuestra madre demasiado amorosa, que hace de la maternidad no solo el primero, sino el único deber de la vida? ¿Aquí, seguro, no hay protesta masculina? ¡Ay, ay! «Con su abnegación maternal exageradamente ansiosa», dice el doctor Adler, «nos muestra que en su corazón no quiere más hijos. Día y noche se desvive por el niño, se agota sin necesidad cuidándolo, ¿por qué? Porque quiere oír a la gente decir: "¡Qué suerte que solo tenga uno!"».
La desvalorización de la mujer: he ahí, para el doctor Adler, un gran obstáculo para la armonía conyugal. Por una parte, el hombre que desvaloriza a la mujer intentará siempre demostrar lo que no puede ni debe demostrarse: que es un ser superior, con derecho a privilegios especiales. Esta es la razón de fondo de muchas riñas y antagonismos. Por otra parte, más de un cónyuge bueno y generoso, nada atormentado por ideas de dominio masculino, ve amargada su vida por la protesta masculina de su mujer.
Una muchacha educada, pongamos por caso, en una casa donde se prefiere a los chicos puede llegar a la edad adulta despreciando a las mujeres. De ahí que muestre una tendencia exagerada a parecerse a un hombre e intente dominar a su marido y a sus hijos para vencer su sentimiento de inferioridad. Del mismo modo, la esposa que sacrifica la comodidad de su marido a sus desmedidas ambiciones sociales busca un terreno en el que pueda ser la primera; la coqueta sin corazón se demuestra a sí misma, a su manera, que al fin y al cabo puede conquistar al sexo dominante, al enemigo. Todas ellas están en un error, porque es muy malo afilar el propio sentimiento de superioridad a costa de otro.
El doctor Adler me dijo que uno de los primeros objetivos de un consultorio de orientación matrimonial es educar a maridos y mujeres para que acudan a pedir orientación al principio de sus dificultades, antes de que se instale ese odio terrible. Quiere incluso que las parejas jóvenes acudan antes de casarse y averigüen de antemano si van a poder entenderse. Admitió que, cuando un matrimonio ha llegado muy lejos en la amargura, la tarea del psiquiatra es difícil. Pero el hecho mismo de que pidan su consejo es, admitió, «una señal muy, muy buena».
«¿Ha curado usted a muchas personas que estaban al borde mismo del divorcio?», le pregunté. «¿Y me contará su caso más difícil?».
«Ah, sí. Esta pareja estaba a punto de divorciarse y acudió a mí como último recurso. Antes, la muchacha había amenazado con suicidarse.
»Su marido era dueño de un restaurante, y su negocio exigía su presencia muchas horas del día y de la noche. Ella tenía celos de sus ausencias; cuando iba al restaurante y lo veía mostrarse cortés con las clientas, sus celos absurdos aumentaban, y si esas clientas venían con regularidad, estaba segura de que era para coquetear con él. Él, por su parte, estaba irritado de que ella se le pegara y sentía cercenada su libertad.
»Unos temores celosos tan extremados como los de esta esposa se extienden hasta el negocio del hombre. Con los hombres pasa a veces lo mismo. El cónyuge celoso siempre teme que se le infravalora, aunque su pareja no esté haciendo más que leer el periódico».
La esposa de este caso, según supe, había sido mimada en la infancia y quería que su marido continuara mimándola: así lo reveló su examen
psicológico. Y por eso, instintivamente, había elegido a un hombre mayor que ella. Pero el marido o la mujer que intenta librarse de su complejo de inferioridad casándose con una pareja más fuerte está casi siempre condenado al desastre, porque el más fuerte se sentirá abrumado por las exigencias del más débil.
«En estas elecciones se ve qué extraña y diversamente valora la gente la fuerza», dice el doctor Adler. «La pareja a la que se tiene por superior puede ser mayor o más joven, alta, musculosa o un donjuán. Al elegirla, el más débil puede equivocarse, porque algunos de estos pueden estar ocultando sentimientos de inferioridad».
«Los niños mimados», dijo, «son malos compañeros domésticos, a menos que los tome a su cargo un consejero competente. En casi todos los casos de matrimonios desgraciados se descubre algún mimo en la infancia».
«El marido o la esposa verdaderamente logrados», dice el doctor Adler, «se forman en los cuatro o cinco primeros años de la infancia. No debemos olvidar nunca que los pequeños errores cometidos en esos días pueden corregirse. Pero, cuando piden orientación matrimonial, marido y mujer deben contar con ayudarse el uno al otro. El matrimonio es una tarea de dos».
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha sobre las imágenes del PDF publicado en Adlerpedia (adlerpedia.org): Helena Huntington Smith, «A Clinic for Sick Marriages», entrevista con Alfred Adler publicada en The Delineator (Nueva York), octubre de 1929, págs. 12, 56 y 59. Es solo una versión condensada: la reimpresión abreviada que años después publicó una revista adleriana no identificada (págs. 6-11), con una nota de la redacción y una llamada al pie que lo declaran; el texto íntegro del Delineator no se ha podido consultar, y se ignora qué se suprimió. Los comentarios p. n marcan las páginas de la reimpresión. La entrevista está probablemente emparentada con el mecanoscrito «Any Marriage Can Succeed: An Interview with Dr. Alfred Adler», de Helena Huntington Smith (Library of Congress, Alfred Adler Papers, caja 2, rollo 2), no consultado. Casi todo es paráfrasis de la periodista; solo lo que va entre comillas se presenta como palabras de Adler.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Marriage clinic se traduce literalmente, «clínica matrimonial», cuando es la expresión de la periodista o de su amiga; marriage advice center, «consultorio de orientación matrimonial», y psychological guidance bureaus, «consultorios de orientación educativa»; problem children, «niños difíciles»; pampered, spoiled, «mimado», y pampering, indulgence, «mimo», «mimar»; masculine protest, «protesta masculina»; inferiority complex, «complejo de inferioridad»; philanderer, «mujeriego»; philandering, «donjuanismo»; life pattern, «patrón de vida».
Condensado de «A Clinic for Sick Marriages», Delineator, octubre de 1929. ↩