Descubrió el complejo de inferioridad
El Dr. Alfred Adler, psiquiatra vienés y autoridad internacional en la conducta humana, llama a Nueva York un «océano agitado»
Por Beatrice Oppenheim
HACE medio siglo, el neurótico era una especie prácticamente desconocida. Su sufrimiento no despertaba ninguna compasión y sus hazañas apenas las cantaba nadie. Desde aquellos tiempos bárbaros, sin embargo, la mirada del público se ha vuelto hacia él, y ha recibido una atención como nunca se había concedido a ninguna clase de dolencia.
El individuo que antes sufría simplemente «de los nervios», o al que los vecinos calificaban a la ligera de «no estar del todo en sus cabales», se ha convertido ahora en psicasténico, neurasténico, psicópata, maníaco-depresivo y en docenas de otras cosas igual de interesantes y altisonantes.
Psicólogos, patólogos, psiquiatras, psicoanalistas e higienistas mentales se están convirtiendo en los grandes hombres de nuestro tiempo. La neurastenia hace furor: es una moda del momento más popular que el bridge, los crucigramas, el ask-me-another1 o cualquier otro entretenimiento menos refinado.
Muy por encima de toda la ralea de psicólogos insignificantes, de psicólogos mediocres e incluso de grandes psicólogos se alza, sin embargo, el Dr. Alfred Adler, de Viena. El Dr. Adler es uno de los padres de la psiquiatría, el descubridor de las complicadas manifestaciones del complejo de inferioridad y una autoridad internacional en los tortuosos modos de la conducta humana. Gracias a sus escritos, hasta el profano ha aprendido a hablar con soltura de complejos de inferioridad, complejos de superioridad, sentimiento de comunidad, compensación, sublimación y todo el resto de la jerga científica.
Pese a su gran importancia en el campo de la psicología, el Dr. Adler es el más sencillo de los hombres. Es un caballero bajo, más bien grueso, con la cara más bonachona del mundo. Sus modales son cordiales, sencillos y sumamente encantadores.
Sentado en su apartamento de Nueva York, que da a Gramercy Park, nos contó algunas cosas sobre sí mismo y sobre su psicología. Hablaba despacio y pensativamente, con un agradable y leve acento vienés.
«Nací —nos dijo— hace muchísimo tiempo, en 1870, en Viena. La nuestra era la última casa en las afueras de la ciudad, y pasé la infancia correteando por los prados y el bosque de los alrededores con los niños del vecindario. Fue allí donde fundé mis ideas sobre la ciencia. Tenía muchísimo trato social, pero libertad absoluta. No teníamos jefe, y mis padres no me ponían trabas de ningún tipo.
»Naturalmente —prosiguió—, en Viena es más fácil dejar a un niño mucha libertad que en Nueva York. No hay tráfico, ni secuestradores, ni ninguna de las demás amenazas de las ciudades más grandes. La mayoría de los vieneses, sobre todo en las clases bajas, son gente de buenas intenciones y buen corazón.
»Fui un niño muy enfermizo y tuve que luchar mucho para alcanzar el equilibrio. Probablemente fue el correr al aire libre todo el día lo que me hizo mucho bien, me entrenó y me endureció. Tenía un gran sentimiento de comunidad y el impulso y la tendencia a luchar con empeño y a ser paciente. También influyó en mí el temor contemplativo que reinaba entonces en Viena».
Su propia enfermedad despertó pronto en Adler el interés por la medicina, y por ello decidió hacerse médico. Pero en la misma medida le interesaban la literatura y, más tarde, la filosofía y la psicología. Así que se dedicó a esos estudios en la Universidad de Viena. Tras recibir una formación completa en medicina, sobre todo en patología y diagnóstico, decidió hacerse neurólogo y psiquiatra.
«Nunca fui un erudito en el sentido estricto de la palabra —explicó—, pero siempre fui reflexivo, y aprendí de muchas maneras de los científicos del presente y del pasado. En psiquiatría me había encontrado con opiniones muy pesimistas, y cuando conocí los libros y el arte de Charcot y de Janet traté de encontrar un camino más optimista».
Fue por entonces cuando Freud invitó a Adler a ir a discutir con él y con sus discípulos analizados los problemas de las neurosis. Aunque nunca estuvo de acuerdo con las ideas de Freud sobre la libido sexual, Adler, según nos dijo, apreciaba al hombre, porque había buscado la coherencia y la unidad de la mente más que ningún otro.
El antagonismo científico entre los dos psicólogos se acentuó cuando Freud empezó a organizar círculos freudianos, limitados a sus seguidores. Adler empezó entonces a investigar con algunos de sus propios discípulos y seguidores, y en 1910 hizo públicos los resultados de sus estudios con el nombre de «psicología individual».
«Esta ciencia y este arte de comprender la mente y la psique en toda su coherencia están en correlación con las influencias corporales —explicó—. Sirve para comprender y tratar los patrones y estilos de vida equivocados, como los niños difíciles, los neuróticos y psicóticos, los delincuentes, los alcohólicos, los pervertidos, etcétera.
»La psicología individual sostiene, o al menos afirma —se corrigió—, que todos los movimientos de la mente y de la psique que podemos descubrir van unidos a cierto grado de adaptación social y de afán de completarse. Adiestrarse en medir ese grado basta para comprender al individuo.
»Y así, por ejemplo, hemos visto que el estilo de vida de un individuo queda fijado tras cuatro o cinco años de infancia y que la experiencia no puede cambiarlo, salvo si se comprenden los errores que contiene. También hemos descubierto que los errores en las actitudes mentales arraigan siempre en una falta de sentimiento de comunidad. De este modo, la psicología individual es también psicología social, y debe usarse para comprender no solo la conducta social de un individuo, sino también la de una masa».
Las actitudes sociales erróneas, según el Dr. Adler, nacen de un sentimiento de inferioridad debido a algún defecto mental o físico del individuo. El llamado complejo de inferioridad surge de la incapacidad de resolver los problemas sociales presentes a causa de ese defecto. El llamado complejo de superioridad surge del deseo de ocultar esa inferioridad en una mezquina imitación de la superioridad o del heroísmo.
Tanto el complejo de inferioridad como el complejo de superioridad que de él resulta se manifiestan de muchas maneras distintas: algunas triviales, otras importantes y algunas de lo más divertidas.
Los individuos cuya actitud es excesivamente impositiva o excesivamente sumisa sufren de un sentimiento de inferioridad. La persona atrevida y mandona que se empeña en dirigirlo todo se siente en realidad tan inferior como la persona tímida y apocada que no se atreve a dar su opinión sobre nada.
Las personas que sufren constantemente alguna enfermedad oscura y misteriosa que los médicos no saben diagnosticar pero que preocupa a familiares y amigos, las que reclaman atención constantemente, las que llegan tarde por costumbre, las que insisten en que uno se siente y luego se quedan de pie y le hablan desde arriba, todas sufren del complejo de inferioridad, y esas son sus maneras de colocarse en una posición superior que de otro modo se les negaría.
El «genio» es quizá el ejemplo más asombroso de lo que puede hacer un sentimiento de inferioridad. En este caso, el individuo se ve impulsado a compensar alguna dolencia o deformidad que encuentra en sí mismo, y en su afán pone todas sus energías en triunfar en el oficio que ha elegido. Y así vemos que algunos de los más grandes poetas, pintores, músicos e incluso científicos sufrían alguna debilidad particular o eran efectivamente deformes. Alexander Pope, Miguel Ángel, Beethoven y Steinmetz2 son ejemplos extraordinarios de esta teoría.
Sin embargo, el sentimiento de inferioridad tiene más a menudo un efecto nocivo que uno bueno, ya que, como subrayó cuidadosamente el Dr. Adler, suele ser antisocial. Por esta razón ha trabajado activamente para lograr curaciones, sobre todo entre los niños.
Es profesor del Instituto Pedagógico de Viena, y allí explica a los maestros de la ciudad cómo tratar a los niños difíciles. También ha fundado treinta consultorios de orientación educativa en diversos barrios de Viena. En ellos se discuten y tratan los problemas particulares de los niños en las escuelas.
«De este modo —explicó el Dr. Adler— entro también en contacto con los padres y, en la medida de lo posible, intento influir en ellos.
»Por lo que veo —prosiguió—, la mayor parte de los maestros de Viena, y muchos en Alemania y en Estados Unidos, sobre todo en Nueva York, se esfuerzan por aplicar las ideas de la psicología individual en sus escuelas. Las concepciones de la psicología individual han influido muchísimo en la psicología, la psiquiatría y la educación, y la psicología individual intenta también influir en la vida social del niño y del adulto».
La visita actual del Dr. Adler a Estados Unidos se debe a la invitación de varias universidades y sociedades científicas que deseaban intercambiar con él su propia experiencia y la de Estados Unidos. Durante su estancia, además, ha dado conferencias en la New School for Social Research de Nueva York y ha dirigido seminarios para discutir casos interesantes de niños difíciles.
Le gusta Nueva York y le encanta esa América que se esfuerza por resolver problemas fundamentales.
«Pero —declaró— la diferencia entre vivir en Viena y vivir en Nueva York es algo así como la diferencia entre vivir en una bañera tranquila y en un océano agitado. No puede ser de otro modo: en Nueva York tiene que haber más neurosis que en Viena.
»A la mayoría de los neoyorquinos —añadió sonriendo— les sentaría muy bien pasar dos meses tranquilos al año en nuestra "bañera"».
Aunque el Dr. Adler regresa a Viena para pasar el verano, tiene toda la intención de volver algún día para visitar de nuevo el «océano agitado». Nuestra prisa y nuestro ajetreo, nuestros metros y nuestros veloces medios de transporte pueden ser nocivos para los sistemas nerviosos sensibles, pero al Dr. Adler la sinceridad de nuestro afán le parece de veras muy loable.
Él mismo es un vienés típico, plácido, de hablar pausado y extraordinariamente cortés. Habla de sus propias ideas y de las de quienes se le oponen con el mismo aire desapasionado y sereno.
Quizá sean precisamente estas cualidades las que le hacen mirar con tanta indulgencia nuestra ciudad excitada y neurótica, donde tan raramente se ven sus propias cualidades y las de sus compatriotas vieneses. Observa sonriendo que las exigencias de nuestra civilización tan mercantilizada han hecho de la placidez continental algo muy poco rentable, si no del todo imposible, y es demasiado cortés para mencionar que hemos sustituido la cortesía por la prisa, y el verdadero humor que se encuentra entre sus compatriotas por un ingenio convencional.
Libre él mismo de neurosis, está dispuesto a perdonar la neurosis de toda nuestra civilización, y quizá sea esa una de las razones por las que se ha hecho tan extraordinariamente popular y tan de veras querido entre los norteamericanos que han encontrado tiempo para conocerlo.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha sobre la imagen de la página en Old Fulton NY Post Cards (fultonhistory.com): Beatrice Oppenheim, «Discovered Inferiority Complex. Dr. Alfred Adler, Viennese Psychiatrist, an International Authority on Human Behavior, Calls New York a "Ruffled Ocean"», The Brooklyn Daily Eagle (Brooklyn, Nueva York), sección de reportajes, 1929, p. 4. La página no lleva fecha; es probablemente de mediados de mayo de 1929.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026), con titular y subtítulo tal como se imprimieron. Social feeling y social interest se traducen «sentimiento de comunidad»; problem children, «niños difíciles»; educational stations, «consultorios de orientación educativa». Las erratas del impreso («psychothenic, neurathenic», etc.) se traducen por la palabra que se quiso decir.