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Dr. Alfred Adler.

«Médico de enfermedades nerviosas», dice la placa bajo el portal; ningún otro título académico, como Dozent o profesor, ni indicación alguna de colaboración con una clínica.1 Nada de eso ha alcanzado nunca el Dr. Alfred Adler; jamás se le ha ofrecido un cargo público, y quizá tampoco él lo haya solicitado con especial empeño. Así ha seguido siendo un simple médico de enfermedades nerviosas; pero dondequiera que en el mundo se cultiven profesionalmente la psicología, la psiquiatría o el tratamiento de los trastornos nerviosos de la vida anímica, se conoce el nombre de «Adler (Viena)», el creador de la psicología individual, que, además de cumplir otras tareas, ha abierto nuevos caminos también al sistema educativo moderno.

El profesor Freud ha reducido la neurastenia y la histeria, esos fuegos fatuos parpadeantes de la vida anímica, a causas primeras de índole sexual e instintiva, a deseos pasionales secretos que, reprimidos en el inconsciente, envían desde allí fuertes impulsos hacia la esfera consciente de la voluntad y provocan así desasosiego y discordia en el ánimo, irritan el sistema nervioso y producen esos fenómenos que, en el mal sentido de la palabra, se llaman «nerviosos».

El Dr. Adler concibe de otra manera las conexiones psicológicas. Cuando, a su regreso de América hace unos días, me siento frente a él y le pregunto por el estado de la ciencia del alma tal como se cultiva allá en los grandes centros de enseñanza psiquiátrica, el sabio responde: «La tesis del "sentimiento de inferioridad" como causa de los trastornos nerviosos del alma, que yo fui el primero en reconocer y que expuse en tratados científicos, ha entrado en todas partes en América en la enseñanza de la psiquiatría. Cuando hace unos meses viajé a América invitado por la célebre Harvard University para dar conferencias sobre mi doctrina en esa institución y demostrar en la práctica mis métodos de curación en las clínicas, encontré un auditorio científicamente bien preparado. Pude comprobar que el inferiority complex, el sentimiento subjetivo de inferioridad, se tomaba en casi todos los casos tratados como punto de partida del tratamiento anímico, y que se procuraba lograr la curación tratando de liberar al enfermo de esa presión de la propia estimación de inferioridad».

El Dr. Adler tiene el pelo ligeramente gris; su voz es de una calma y una uniformidad poco comunes; cuando habla con el paciente, permanece inquebrantablemente tranquilo y es de una paciencia infinita. El ánimo más revuelto por la tormenta llega enseguida a una región suave y apacible. Mientras el otro habla, solo de vez en cuando alza los grandes ojos grises, que saben leer en el alma. Cuando después habla él, se disipan todas las preocupaciones, cargas de quintales de peso son retiradas del alma, se abren ventanas, entra el sol; firme y de modo que se graba en la memoria, proclama la tesis: nadie es inferior. Quien ha sido puesto en esta gran trama de la naturaleza y del mundo tiene su finalidad; a cada cual le está asignada su tarea vital; nadie sobra.

—¿Cómo llegó usted, doctor, a su concepción de las conexiones anímicas?

—Yo había estudiado con Meynert y Krafft-Ebing. Por entonces, los padecimientos nerviosos en los que no se podía demostrar ningún defecto orgánico —y eso es precisamente lo que constituye la esencia de las neurosis— se trataban de manera puramente sintomática: con curas de agua fría, con medicamentos, enviando al paciente de viaje, prescribiéndole una dieta determinada. Sin duda se lograban también éxitos con estas curas, en la medida en que el paciente tenía una fe firme en el efecto curativo de las medidas prescritas. Pero todos estos métodos, entre los que figuraba también la hipnosis, no me parecían llegar a la raíz del problema ni ser, en el fondo, más que las curas milagrosas que a veces logran también curanderos y

fantasiosos, con tal de que el paciente aporte la fe adecuada. Procuré llegar cada vez más hondo al fondo de las conexiones psicológicas; los escritos de los franceses Charcot y Janet me animaron a seguir investigando en esa dirección. Entonces, en 1899, oí una conferencia del Dr. Freud, que, igual que yo, intentaba hallar conexiones psíquicas entre las distintas neurosis. Yo era médico de enfermedades nerviosas, tenía gran interés por la anatomía patológica y las enfermedades internas, cuyo reconocimiento previo es, a mi juicio, uno de los requisitos más importantes de todo método de tratamiento psíquico. En los años 1901 y 1902 fui invitado a discutir con Freud y algunos de sus discípulos los problemas de las neurosis.2

En el curso de mis trabajos en el campo de la investigación del alma, y en relación con las experiencias que había reunido en la práctica como médico de enfermedades nerviosas, llegué finalmente a reconocer que la mayor parte de las neurosis se deben a una educación defectuosa en los primeros años de la infancia, en la que el mimo desempeña el papel principal como causa de enfermedad.

—¿En qué años de la infancia se desarrolla el carácter?

—Hacia los cinco años de edad el estilo de vida está desarrollado; a esa edad ya está fijado cómo responderá una persona a las exigencias de la vida.

—Lo que en el sentido tradicional llamamos «alma», ¿no depende del desarrollo corporal que una persona siga después?

—Todo intento de interpretar el alma de manera puramente materialista ha fracasado por completo hasta ahora. Los psicólogos individuales la reconocemos como «una parte de la vida». Que el alma es en gran medida independiente de la constitución del cuerpo puede observarse a diario: una y otra vez se encuentra uno con personas que, pese a un cuerpo frágil y débil, despliegan unas fuerzas de voluntad enormes, mientras que personas rebosantes de fuerza y salud exterior pueden mostrar un carácter débil y vacilante y a menudo padecen todos los rasgos de la neurosis, hasta llegar a las ideas obsesivas. El fundamento de la neurosis está, como ya he dicho, en el sentimiento de inferioridad, en la sensación de no estar a la altura de las exigencias de la vida.

—¿Cómo se desarrolla el sentimiento de inferioridad?

—Ser hombre significa tener sentimientos de inferioridad. Uno reconoce la propia impotencia frente a la naturaleza, ve la muerte como consecuencia ineludible de la existencia. Pero en la persona anímicamente sana este sentimiento de inferioridad actúa como estímulo para crear, como motor de los intentos de superar obstáculos y de afirmarse en la vida. Solo el sentimiento de inferioridad desmesurado, que hay que considerar resultado de una educación equivocada, carga el carácter de hipersensibilidad, conduce a contemplaciones egoístas de uno mismo y a la complacencia en la propia imagen, y sienta las bases de la neurosis con todos sus síntomas conocidos, que convierten la vida en un tormento.

—¿Y en qué consiste el tratamiento?

—El auxiliar más importante del médico en la curación es siempre el propio paciente. En armoniosa colaboración con el médico hay que reconocer las fuentes de error de la educación equivocada y llevar al paciente a «sacarse a sí mismo del pantano tirándose de los pelos».3 Hay que guiarlo para que se aparte de sí mismo y se ponga a crear para los demás; hay que educarlo en el sentimiento de comunidad.4 Hay que sacarlo de su aislamiento del mundo y devolverlo a la existencia; hay que llevarlo al único reconocimiento acertado: que él es tan importante para la comunidad como cualquier otro; tiene que sentirse en casa en esta tierra.

—¿Puede confiarse el tratamiento psíquico también a legos, como se ha dicho a menudo últimamente?

—El enfermo debe ir al médico. Solo el médico puede establecer el diagnóstico previo de si no existe un padecimiento orgánico. Sin duda hay también legos que pueden hacer cosas muy provechosas en el tratamiento de neuróticos, mediante una hábil empatía con el mundo de representaciones del enfermo, mediante una feliz conducción fuera del laberinto anímico. Como colaboradores, su actividad puede ser deseable. Pero el tratamiento en su conjunto tiene que estar en todo caso bajo la dirección de un médico con formación científica y clínica.

—¿Cómo se puede prevenir el desarrollo de las neurosis?

—Mediante una educación acertada. Hemos implantado ahora en Viena 22 consultorios de orientación educativa. El nuevo sistema escolar ha aprovechado los conocimientos de nuestra doctrina. Lo más importante que ha de lograr la educación es educar a los niños para la independencia y formar en ellos tempranamente el sentimiento de comunidad. Si se consigue, los sentimientos de inferioridad no se convertirán en factores de peso excesivo, y con ello se habrá quitado a la neurastenia y a la histeria su principal caldo de cultivo. Esta consecuencia práctica es el éxito más valioso de la psicología individual.

¡Toda persona es valiosa, nadie tiene por qué desesperar! En ninguna otra época fue tan acertada una doctrina semejante como en nuestro sombrío presente, en el que parece haber estallado una verdadera manía suicida y la sombra del sentimiento de inferioridad pesa sobre todo un país. . .

Artur Ernst.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha sobre las imágenes del Neues Wiener Tagblatt (Viena), n.º 181, domingo 1 de julio de 1928, págs. 5–6 (ANNO / Österreichische Nationalbibliothek, nwg19280701). Entrevista firmada por Artur Ernst.

Traducción: traducción íntegra al español de la pieza tal como se publicó, incluidas las partes del periodista, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Las preguntas y respuestas, que el original da entre comillas, se presentan con raya. Las adiciones del traductor van entre corchetes.

  1. Dozent: Privatdozent, profesor universitario habilitado sin cátedra. A Adler se le había denegado la habilitación (venia legendi) en la Universidad de Viena en 1915. «Nervenarzt», que traducimos «médico de enfermedades nerviosas», era la denominación habitual del neurólogo y psiquiatra de consulta privada. (N. del T.) ↩

  2. La fecha de 1899 que da el texto para la conferencia de Freud y la de 1901-1902 para la invitación no coinciden con la versión más difundida, según la cual Freud invitó a Adler en noviembre de 1902 a las reuniones de los miércoles en su casa. (N. del T.) ↩

  3. Literalmente, «sacarse del pantano por el propio copete», alusión a la hazaña del barón de Münchhausen. (N. del T.) ↩

  4. El periódico imprime aquí y más abajo Gemeinschaftlichkeitsgefühl, variante de Gemeinschaftsgefühl, que traducimos siempre «sentimiento de comunidad». (N. del T.) ↩