Niños problema

Las conferencias de Alfred Adler en Berlín

El médico vienés de enfermedades nerviosas Alfred Adler figura, junto con su compatriota, colega y maestro Siegmund Freud,1 entre los investigadores del alma más importantes, pero también más combatidos, de nuestro tiempo. Su ciencia del alma no es una sabiduría de cátedra, sino una ciencia de la vida para todo el que trata con personas abatidas y dolientes en su alma; sobre todo, pues, para el médico y el educador, y por tanto también para los padres, y por último para el asistente social. Por eso no hay país civilizado que no conozca sus escritos y no practique sus métodos o, por lo menos, no los discuta. No es de extrañar, pues, que el aula de la Lessing-Hochschule estuviera llena hasta el último asiento cuando Alfred Adler expuso su doctrina en ocho veladas, en cursos dobles, ante profanos y especialistas.

Freud y Adler parten de una base común: el cuerpo y el alma llevan una vida unitaria;

no hay padecimiento corporal sin causa anímica, ni a la inversa.

Quien quiera averiguar esas causas tiene que mirar entre bastidores de los procesos y hechos anímicos, tiene que adivinar, interpretar su sentido, su significado. Pero en cómo ha de hacerse esto divergen sus opiniones, y en este punto se separan el psicoanálisis de Freud y la psicología individual de Adler. Adler llama así a su doctrina del alma porque la práctica del médico del alma consiste en derivar en cada caso los conceptos y principios fundamentales de la teoría del estado del individuo singular y en aplicarlos de acuerdo con ese estado.

La psicología individual desarrolla una teoría muy particular de la naturaleza de las personas nerviosas (neuróticos) y un método muy particular para su curación. Pero sobre todo se ha convertido en un tratamiento para los niños difíciles de educar.

Adler distingue tres grupos de estos niños problema: el mimado, el que padece una inferioridad orgánica y, por último, el educado sin amor, el niño odiado. El más frecuente es sin duda el mimado; suele ser el hijo único o el nacido mucho después que sus hermanos. Un niño, por ejemplo, crece durante dos años como hijo único. Está en el centro de la familia, su voluntad es ley suprema. Entonces llega un hermanito. Se acabó el papel principal. Se siente relegado, y nace en él un sentimiento de debilidad; Adler lo llama sentimiento de inferioridad. Pero el niño no se resigna a quedar relegado frente al «intruso»; quiere hacerse valer, quiere volver a estar en primer plano. ¿Cómo lo consigue? Se convierte en un niño «malcriado», maltrata al hermanito; en una palabra: se hace el tirano de la familia. Así que hay que ocuparse de él, se quiera o no. Ninguna medida educativa, ningún castigo lo aparta de su actitud, hasta que el psicólogo individual aclara a los padres: mientras el niño consiga con su mala conducta su propósito, que todos se ocupen de él, no tiene ningún motivo para portarse bien. Por tanto, tiene que comprobar que con su método no logra nada. Sencillamente, no se le haga caso. — Un rasgo de carácter esencial de los niños mimados es que no saben desenvolverse en ninguna comunidad, salvo en la que los mima. No saben cooperar, como dice Adler; por eso tratan por todos los medios de sustraerse a la vida en comunidad, que no les conviene. Un ejemplo: una niña de diez años vomita regularmente antes de ir a la escuela o en la escuela. El médico escolar, formado en la psicología individual, investiga el asunto y averigua que en casa la miman mucho. Es fácil suponer, pues, que busca crearse una posibilidad de librarse de la escuela. Cuando la niña acaba de vomitar otra vez, el médico la encara: «Hija mía, mañana te traes una pala y una bayeta y limpias tú misma la suciedad». — Desde ese día y esa hora la niña no ha vuelto a vomitar. ¿Por qué no? Porque se vio descubierta y su recurso se había vuelto inútil.

El niño aquejado de cualquier debilidad siente el sentimiento de inferioridad porque se cree incapaz de ciertas tareas: en la escuela, en la vida diaria y, más tarde, también en la profesión. Esto puede llevarle unas veces al desaliento, y otras a tratar de compensar su carencia con su afán de notoriedad, e incluso de ir más allá; sobrecompensa su inferioridad. Así, Adler ha comprobado que los niños con un oído especialmente fino no pocas veces padecen de los oídos. A este grupo pertenece también el fanfarrón, que trata de ocultar con discursos jactanciosos su debilidad de voluntad o su cobardía; y además la persona vanidosa, como por ejemplo la muchacha o el muchacho que, precisamente porque todavía no se los toma en serio, quieren forzar la atención imitando a los adultos en el vestir y en los modales hasta el ridículo. Con ello no solo quieren engañar a su entorno, sino sobre todo a sí mismos. Casi siempre de forma completamente inconsciente; como, en general, cuando en este contexto se habla de querer, no siempre hay que pensar ni mucho menos en la voluntad consciente. En el primer caso se trata de fortalecer el valor; desalentar a un niño es para el psicólogo individual el peor crimen pedagógico. Animarlo y convencerlo hacen mucho. A Adler le viene bien para ello su opinión de que no existe en absoluto el talento, es decir, una disposición fija que condicione el rendimiento; todo es entrenamiento. En el otro caso hay que desengañar: arrancar, por así decirlo, la máscara de la cara al que se engaña, mostrarle que se le ha descubierto y que se reconocen los verdaderos motivos de su conducta, como por ejemplo la cobardía. La niña de los vómitos que hemos descrito más arriba es un ejemplo de este tipo de tratamiento.

El tipo más difícil de niño difícil de educar es, naturalmente, el niño odiado. Los otros dos grupos tenían al menos una comunidad con la que se entendían y cooperaban. Pero este niño desdichado, que por lo general ha crecido en las condiciones más tristes, ve naturalmente en cada persona a un enemigo; su sentimiento de comunidad está ahogado, y por eso no se desenvuelve en ningún ambiente. Antes de poder pensar en la educación para la comunidad —la verdadera meta educativa para Adler— hay que hacer desaparecer, naturalmente, las viejas vivencias y los viejos recuerdos. Es evidente que esto solo puede lograrse en un ambiente completamente distinto y con un trabajo largo.

Pero la labor educativa tiene en todo caso un requisito: el educador tiene que ganarse al niño para su lado, tiene que ser su aliado; al menos con el educador tiene que «cooperar» el niño. Pero esto rara vez lo consigue el educador que, por así decirlo, ha echado a perder al niño. Así que en muchos casos será necesario librar al niño de la influencia de su entorno anterior. Esto suele afectar a la madre. La «mamaíta» no tiene, en general, buena fama en la psicología individual; a veces es también la abuela o la tía.

Sin duda la psicología individual ha contribuido extraordinariamente a la comprensión del niño difícil y ha abierto nuevos caminos a su tratamiento. Esto han de reconocerlo sobre todo los educadores, con profunda gratitud hacia Alfred Adler, y por eso solo cabe desear que su doctrina llegue a ser también patrimonio común de los padres que educan. Pero este reconocimiento agradecido no tiene por qué llevar a considerar su sistema como el único que salva, como el remedio mágico que va a resolver ahora todas las dificultades de la educación. La vida anímica del niño no es tan simple como para encajarla en el juego del sentimiento de inferioridad y el afán de notoriedad. La interpretación de los sueños, que desempeña un gran papel en la psicología individual, provoca con razón escepticismo, y algún detalle, como por ejemplo la mencionada teoría del talento y el entrenamiento, ha de rechazarse. Aquí ocurre como en todas partes donde unas personas actúan sobre otras: mucho del éxito que se atribuye al sistema es efecto de la personalidad. Eso vale sin duda también para Alfred Adler. Y, sin embargo, uno quisiera decir a todo el que tenga vocación para ello: ¡Ve y aprende!

Dr. H. Stern.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de la imagen de la página en el portal de prensa de la Deutsche Digitale Bibliothek: Dr. H. Stern, «Sorgenkinder. Die Vorträge Alfred Adlers in Berlin», Vorwärts (Berlín), edición vespertina «Der Abend», suplemento, lunes 23 de septiembre de 1929, p. 5, cols. 2-3.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). El espaciado del original se da en cursiva. Sorgenkinder se traduce «niños problema» y schwererziehbare Kinder «niños difíciles de educar». La conjetura del margen cortado («harmonierte[n und] kooperierten») se traduce «se entendían y cooperaban».

  1. Así en el original: Freud no fue maestro de Adler en sentido estricto. Adler formó parte del círculo de Freud en Viena de 1902 a 1911, año en que rompió con él. (N. del T.) ↩