¿Es posible el progreso de la humanidad? ¿Probable? ¿Imposible? ¿Seguro?
Por ALFRED ADLER (Nueva York).
Hoy, más que nunca, esta pregunta preocupa a todo el mundo. Pero ni siquiera en la idea de lo que es el progreso hay acuerdo alguno. Esto se debe sin duda a que la gente se preocupa poco por las conexiones, y considera más bien todas las cuestiones, también las científicas, desde su perspectiva personal, casi siempre demasiado estrecha. Así ocurre también con la cuestión del progreso. Cada cual subordina todas las experiencias y cuestiones a su concepción, que casi siempre él mismo desconoce, y vive y muere por sus conclusiones. Es divertido y triste a la vez ver cómo también los científicos, en especial los filósofos, sociólogos y psicólogos, están metidos en esa trampa, solo para dar vueltas y más vueltas en ella trabajosamente.
Tampoco la psicología individual es una excepción. También esta ciencia tiene sus presupuestos, su concepción de la vida, su estilo de vida. Pero la psicología individual lo sabe. Y cuando enjuicia y valora a los individuos o un movimiento de masas, le viene en ayuda, como una bendición, el hecho de haber sido la primera escuela psicológica que rompió con la suposición de fuerzas interiores (instintos, pulsiones, lo inconsciente, etc.) como material irracional. La psicología individual ha establecido como presupuesto, contra el que no cabe encontrar razón en contrario, la unidad de la personalidad, y encuentra su campo seguro y racional en el modo en que el individuo, siempre distinto, se comporta ante las cambiantes cuestiones de la vida. Lo decisivo para su conducta es su opinión de sí mismo, su opinión del mundo exterior que le ha sido dado como tarea y un afán, anclado en la estructura de la vida, de alcanzar una solución lograda. También lo que sea el éxito queda reservado a la opinión del individuo.
Como medida para la variante particular del hombre y de la masa nos sirve la dirección hacia el desarrollo y el bienestar crecientes de la humanidad, es decir, el grado y el tipo de sentimiento de comunidad necesario para llegar a esa meta del bienestar general y del desarrollo superior. Como razón de más peso para esta suposición hemos comprobado que el individuo solo tropieza con cuestiones que únicamente pueden resolverse si posee o ha adquirido desde la infancia suficiente sentimiento de comunidad. Porque todas las cuestiones de la vida desembocan en estas tres: el amor al prójimo, la obra, el amor sexual. Como en todos los seres humanos se encuentra un grado, casi siempre demasiado escaso, de sentimiento de comunidad, excepto en los idiotas, pero incluso en los animales, está justificada la suposición de que el sentimiento de comunidad que se manifiesta en la vida arraiga como posibilidad en la célula germinal, pero, como todas las posibilidades innatas de índole humana, llega a desplegarse en correspondencia con el estilo de vida unitario que brota en el niño de su fuerza creadora, es decir, del modo en que ve el mundo y de lo que le parece un éxito.
Esta fundamentación de una psicología tiene la inestimable ventaja de que refuerza considerablemente la seguridad del observador. Este ya no está seguro solo porque conoce con exactitud sus presupuestos y puede controlarlos en todo momento, sino que está protegido de las conclusiones erróneas sobre todo porque, para no equivocarse en su estimación, tiene que encontrar el grado de sentimiento de comunidad de cada caso en todos los movimientos expresivos, caracteres y síntomas. Esta inestimable ventaja la debe a la concepción fundamental de la unidad de la personalidad en el pensar, el sentir, el querer y el obrar.
De ahí se sigue ahora otra importante conclusión. En efecto, el progreso humano depende del desarrollo superior del sentimiento de comunidad y es inevitable mientras exista la humanidad. Por sombríos que sean los tiempos, para una visión de largo alcance existe la certeza de un desarrollo superior del individuo y de la masa bajo la presión incesante del sentimiento de comunidad creciente. Expresiones como «¿por qué he de amar a mi prójimo?» o «después de nosotros, el diluvio» muestran todavía el nivel bajo del sentimiento de comunidad. Pero cómo actúa la evolución y cómo conduce al triunfo del sentimiento de comunidad, es decir, de lo justo, se mostrará en unas perspectivas muy breves. Aunque esta consideración solo valga a largo plazo, imprime sin embargo a la psicología individual el sello de una ciencia alegre y optimista.
La primera perspectiva parece una anécdota.
Un multimillonario que había pasado una juventud dura en la pobreza y la miseria pensó en proteger a sus descendientes de privaciones semejantes. Leí esta historia en un artículo norteamericano, pero por desgracia he olvidado el nombre del autor. Confieso que la perspectiva que sigue me impresionó extraordinariamente. El hombre rico fue a ver a un abogado para tratar el asunto con él y le indicó la cuantía de su gran fortuna. El abogado le preguntó hasta qué generación quería favorecer a sus descendientes en su testamento. El hombre rico respondió que hasta la décima generación, más o menos. El abogado tomó la pluma y se puso a calcular. Cuando terminó, se volvió hacia su cliente y le dijo: «Desde luego, su fortuna es tan grande que basta de sobra para mantener suficientemente a sus descendientes hasta la décima generación. Pero, ¿sabe usted?, si protege de este modo a uno de sus descendientes de la décima generación, protege a niños sobre los que más de 12.000 personas de la generación de usted tienen el mismo derecho hereditario que usted».
De esta consideración se sigue, si ampliamos la mirada a 100 generaciones y más, que todo lo que los seres humanos han aportado, aunque sea solo en el aparente interés de su propia familia, redunda irrevocablemente en beneficio de la humanidad entera. Este «proceso de compensación» puede frenarse sin duda temporalmente por falta de aportaciones útiles, pero no detenerse.
Otra consideración, tomada de mi libro Social interest — a challenge to mankind [El sentimiento de comunidad, un desafío a la humanidad], que aparecerá próximamente en inglés (editorial Lane, Londres) y que ha aparecido hasta ahora en seis lenguas,1 presenta brevemente la siguiente perspectiva, que completa la anterior. Planteo allí la pregunta: ¿qué encontramos al nacer en este mundo? La respuesta es: todas las aportaciones provisionalmente útiles que hicieron nuestros antepasados, seres humanos en su configuración corporal y anímica, instituciones sociales, arte, ciencia, tradiciones duraderas, relaciones sociales, valores, formación, etc. Las recibimos y construimos sobre ellas, fomentando, mejorando, transformando, siempre en el sentido de una mayor perdurabilidad. Esta es la herencia de nuestros antepasados, que se nos confía para que la administremos, su aportación, en la que su espíritu sigue viviendo inmortal cuando la envoltura corporal ha caído. ¿Qué fue entonces del paso por la tierra de los hombres que no aportaron nada o que intervinieron obstaculizando el proceso de desarrollo? La respuesta es: han desaparecido. Ya no puede encontrarse nada de su vida. Parece regir aquí una ley inquebrantable que se vuelve contra todos los que no suministran aportaciones a las generaciones posteriores. Su huella en la tierra se pierde para siempre.
El conocedor no puede pasar por alto que esta línea de pensamiento, contra la que difícilmente cabe aducir razón en contrario, está en estrechísima relación con mis descubrimientos de que la vida del individuo, como la de la masa, se presenta como un «proceso de compensación» que trata de superar en lo corporal y lo anímico «inferioridades» sentidas o supuestas. (Véase Studie über Minderwertigkeit von Organen [Estudio sobre la inferioridad de los órganos] y su compensación anímica.) Una de las metas de este afán de compensación es la cultura de la humanidad, en constante crecimiento, que reúne en sí y transmite todas las aportaciones útiles y aprovechables de las generaciones.
La fuerza del sentimiento de comunidad inherente a la vida de la humanidad, que como disposición heredada condiciona en gran parte el ser humano y solo falta a los débiles mentales, se vuelve viva y creadora por la fuerza creadora del niño. Aunque hoy no es lo bastante fuerte para resolver las dificultades humanas en favor de toda la familia humana, el sentimiento de comunidad existente es, con todo, tan poderoso que los individuos y las masas no tienen más remedio que invocarlo. El juicio humano solo puede llegar a considerar si la línea del movimiento proyectado desemboca finalmente en el bien de la colectividad. Las corrientes políticas, la utilización de los progresos de la ciencia y de la técnica, la legislación y las normas sociales no quedan excluidas de este enjuiciamiento. Las apelaciones al bien de la comunidad solo tienen fuerza duradera si pueden acreditar su concordancia con el bien de la colectividad.
Una tercera perspectiva tiene un trasfondo mucho más serio, pero conduce al mismo resultado: al progreso impuesto a los seres humanos. Es la finitud de la vida individual, que desemboca en el progreso de la humanidad. Por trágica que nos resulte la vida marchita o que se marchita pronto, el rejuvenecimiento en la generación siguiente, enriquecida por la anterior, obliga de nuevo a aportaciones y a progreso, plantea problemas nuevos y se topa con ellos, problemas para los que no ha madurado ninguna herencia, porque esta nunca se topó con ellos. Una y otra vez, la fuerza creadora del niño y del adulto se ve sometida a tensiones siempre nuevas, hasta que se crean soluciones nuevas y se eliminan las que han dejado de servir. Cada nueva generación lucha de nuevo con tareas viejas y nuevas y, puesta como un todo frente al mundo exterior, se ve obligada a mantener su equilibrio corporal y anímico con sentidos crecientes y comprensión creciente (Cannon).2 Este equilibrio solo puede alcanzarse si la suma de las energías de los individuos, fomentada por el crecimiento de una imagen racional del mundo, acerca con éxito el mundo exterior y sus tareas a una solución. En la relación de totalidad hombre-cosmos reina el progreso hasta el ocaso de la familia humana. «El entorno forma al hombre, pero el hombre forma el entorno» (Pestalozzi). En la limitación de nuestros sentidos y de nuestra comprensión de las cosas últimas, la ciencia racional dice la última palabra. Aquí la psicología individual, con su énfasis en la totalidad y en el sentimiento de comunidad, tiene algo importante que decir.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha sobre el facsímil de la Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie, año 15, n.º 1 (enero-marzo de 1937), págs. 1-4 (Viena, Verlag Moritz Perles), digitalizado en Internet Archive. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan las divisiones, las cursivas y la paginación del original. Gemeinschaftsgefühl se traduce «sentimiento de comunidad»; Ausblick, «perspectiva»; Ausgleichsprozeß, «proceso de compensación» (como Kompensationsprozeß, con el que Adler lo relaciona); Allgemeinheit, «colectividad». Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.
Se refiere a Der Sinn des Lebens (1933), que apareció en inglés en 1938 como Social Interest: A Challenge to Mankind (Londres, Faber and Faber; no en la editorial Lane que anuncia Adler). (N. del T.) ↩
Walter B. Cannon, The Wisdom of the Body (1932), sobre la homeostasis; Adler lo reseñó en la misma revista en 1933. (N. del T.) ↩