El suicidio.

Por ALFRED ADLER (Nueva York).

Para el observador sereno, un misterio casi incomprensible rodea el hecho frecuente del suicidio. Mientras no se vea afectado personalmente por un acto así de alguien cercano, suele arreglárselas con una explicación superficial que a veces le hace parecer comprensible el suicidio y, las más, incomprensible. Muchos intentos de explicación se apoyan en el hecho frecuente del suicidio entre los enfermos mentales, en especial entre los melancólicos, a todos los cuales el suicidio se les aparece como salida de su angustia, aun cuando por razones particulares parezcan rechazarlo con palabras y frases hechas. El hombre más o menos normal se inclina a considerar el suicidio como un fenómeno absolutamente patológico.

Pero hay también situaciones en las que incluso el hombre más o menos normal considera el suicidio como la única salida de una situación demasiado apremiante e inalterable en ese aspecto: tormentos sin fin, ataques inhumanamente crueles, el miedo a que se descubran actos ignominiosos o delictivos, el sufrimiento de enfermedades incurables y extremadamente dolorosas, etc. Es bastante llamativo que el número de suicidios por estos motivos no sea grande.

Si se prescinde de los suicidios de enfermos psíquicos, de los que hablaré más adelante, da que pensar el hecho de que las pérdidas de dinero y las deudas imposibles de saldar figuren en primer lugar como las llamadas causas, seguidas del desengaño amoroso y el amor desgraciado. Otro número considerable de las causas lo constituyen además el paro prolongado, culpable o no, y los reproches, justos o injustos.

Otro enigma lo plantea también la aparición, en ocasiones epidémica, del suicidio y la existencia, no solo legendaria, de epidemias de suicidios.

El harakiri de los japoneses, en vías de desaparición, merece asimismo una interpretación desde la psicología individual.

Con relativa frecuencia, en mujeres y muchachas, el momento del suicidio o de la tentativa de suicidio coincide con el de la menstruación.

También el hecho del aumento de la cifra de suicidios, que se hace notablemente mayor a partir de los 50 años, tiene que poder explicarse.

Menos importante nos parece la gran extrañeza e incomprensión de los círculos más o menos próximos al suicida ante lo «inexplicable» del suceso, ya que en general no se puede presuponer sin más en la gente conocimiento del hombre y reflexión preventiva.

No es de extrañar que círculos competentes e incompetentes se esfuercen a menudo por ocuparse del asunto para lograr una disminución del suicidio. Por lo que podemos ver, hasta ahora no puede hablarse de ningún éxito, puesto que a esas asociaciones de asistencia a los suicidas solo acuden en busca de ayuda aquellos individuos que todavía miran al futuro con alguna esperanza. Del número invariable de suicidas, quizá incluso mayor en nuestra época, no debe hacerse en modo alguno un reproche a esos esfuerzos.

Ante los duros ataques que la acumulación de suicidios inflige al (no demasiado grande) sentimiento de comunidad de la humanidad, es urgentemente necesaria una investigación de conjunto de este enigmático fenómeno. La psicología individual, que de las causas internas, endógenas, solo toma en consideración el estilo de vida afianzado a partir de la herencia y de las influencias del ambiente por la propia fuerza creadora, con una comprensión imperfecta y humanamente limitada, es decir, la concepción imperfecta de la vida, tiene que establecer siempre el motivo exógeno, exterior, que pone al descubierto la preparación deficiente del fracaso en cuestión para una situación dada y apremiante. En este choque entre el estilo de vida unitario y la situación de prueba exterior se muestra hasta qué punto el individuo se acredita en su convivencia con la comunidad de los seres humanos.

Las experiencias de la psicología individual han mostrado que todo camino que emprende el individuo en la concepción global de su unidad toma una dirección hacia la solución lograda de una tarea dada. Lo que el individuo siente como éxito nace siempre de su opinión subjetiva. Pero de nuestras experiencias se desprende también que todas las tareas que, sin excepción, se le plantean al individuo exigen para su solución correcta un sentimiento de comunidad suficiente. Como no puede encontrarse objeción contra este hecho establecido por la psicología individual, se sigue también que el suicidio solo significa una solución para aquel que, con ocasión de una cuestión apremiante, ha llegado al límite de su sentimiento de comunidad, más o menos insuficiente.

Esto se muestra en todos los fracasos de tipo activo y pasivo, en su forma de complejo de inferioridad.

Que el suicidio abandona la línea del sentimiento de comunidad salta a la vista. Faltan todas las formas de colaboración, de convivencia y de solidaridad humana. Tampoco el que este abandono se produzca de modo activo debería encontrar objeción. Lo único llamativo es la curva particular de la actividad, que discurre al margen de la vida en comunidad y contra ella, y daña al propio individuo, no sin sumir a otros en el dolor y el duelo.

La dificultad para una comprensión más honda, que reside en que el suicida apenas piensa, o no piensa en absoluto, en el golpe que asesta a los demás, puede por lo demás salvarse. ¿Y si tuviera que excluir primero al otro del círculo de sus pensamientos para poder suicidarse? Hasta ahí podría llegar su sentimiento de comunidad en algunos casos. Por lo demás, con bastante frecuencia se encuentra, en cambio, en las últimas cartas o palabras, una alusión a una petición de perdón por el dolor causado.

El movimiento y la dirección del suicidio no pueden, pues, eludir el dolor del otro. Y quizá muchos que se hallan en el camino del suicidio se ven retenidos por su mayor sentimiento de comunidad de causar dolor a los demás.

Y el otro no falta seguramente nunca. Casi siempre es el que más sufre con el suicidio.

Cada individuo está tan ligado a la comunidad que no puede hacer ningún movimiento, pensar ningún pensamiento, expresar ningún sentimiento que no dé testimonio del grado de su vinculación con la comunidad, de su sentimiento de comunidad.

En la búsqueda incesante de la psicología individual por comprender la unidad, su preparación y la prevención de los fracasos, siempre con la convicción de que el origen de una concepción errónea de la vida y su organización pueden rastrearse hasta la primera infancia, tenemos que intentar encontrar el tipo de niño que puede considerarse como tipo suicida potencial. Las indagaciones en la vida pasada de suicidas y de personas que han hecho una tentativa de suicidio fallida, y las investigaciones de los períodos infantiles de suicidas, muestran siempre rasgos que hemos encontrado en forma parecida en todos los fracasos que, junto a un escaso sentimiento de comunidad, muestran una actividad mayor. Casi siempre fueron niños difíciles, mimados al menos por una parte, dotados de mucha autocomplacencia y gran susceptibilidad. Con bastante frecuencia se mostraban sentimientos de agravio que excedían la medida habitual. En caso de pérdida o de derrota se mostraban malos perdedores. Rara vez se manifestaba un ataque directo contra otros. Siempre se mostraba un estilo de vida que permitía adivinar cómo trataban de influir en los demás mediante quejas, tristeza y sufrimientos exacerbados. Llamaba a menudo la atención una propensión a derrumbarse con dolores anímicos en las situaciones difíciles de la vida. Además, también una ambición y una vanidad exacerbadas y una conciencia ilusoria de su valor para los demás. Las fantasías en las que estaban enfermos o muertos, con lo que el dolor de los demás alcanzaba los grados más altos, corrían parejas con la firme creencia en su gran valor para los demás, que casi siempre habían adquirido en la situación de mimo de su infancia.

Cosas muy parecidas encontré en los antecedentes de los melancólicos, cuyo tipo linda con el de los suicidas.

Reducido a su forma más sencilla, el estilo de vida del suicida potencial, la constitución que adquirió en la infancia, se muestra en que golpea al otro o a los otros imaginándose dañado o dañándose a sí mismo. Encontramos en él el tipo que piensa demasiado en sí mismo y demasiado poco en los demás, que no es capaz de participar lo suficiente en el juego, en la acción, en la vida y en el esfuerzo comunes, sino que, en una conciencia exagerada de su valor, espera siempre, en gran tensión, resultados favorables.

Entre las manifestaciones de la primera infancia se encuentran una tristeza abismal por motivos a menudo insignificantes, fuertes deseos de enfermar o de morir cuando se sufren ofensas, arrebatos de cólera con autolesiones deliberadas y una actitud hacia los demás como si estos estuvieran obligados a cumplir todos sus deseos. Ocasionalmente salen a la luz tendencias a culparse a sí mismo que despiertan la compasión de los demás, temeridades muy exageradas que se llevan a cabo para asustar a los demás y, a veces, también obstinadas huelgas de hambre que desesperan a los padres.

A veces se encuentran formas astutas de un ataque directo o indirecto contra otros, actos de agresión seguidos de suicidio, o solo fantasías, deseos y sueños que apuntan a un ataque directo, mientras que más tarde sigue el suicidio.

Rara vez se errará al establecer contra quién va dirigido el ataque si se averigua quién resulta más afectado por él.

Los ejemplos de suicidio en la familia ejercen atracción sobre quienes tienen la misma orientación, y lo mismo el de amigos, de personas conocidas, y los lugares de suicidio particulares.

El psiquiatra hará bien en guardarse para sí su diagnóstico del suicida potencial, pero tomando todas las medidas de precaución necesarias. Tendrá también que hacer el esfuerzo de callar sobre ello ante los demás, pero dejando sentado que hay que hacer algo por el paciente para hacerle posible una actitud mejor, más independiente y más acorde con la comunidad ante la vida.

Quiero mencionar brevemente, además, que también en la vida de bebedores y morfinómanos he encontrado rasgos parecidos, aunque algo diferentes.

El estallido de la idea de suicidio, como el de todos los demás fracasos, se produce naturalmente siempre ante una cuestión exógena que confronta al individuo, ineludible,1 para la que el afectado posee un sentimiento de comunidad insuficiente. La mayor o menor actividad decide entonces la dirección y el desarrollo de los síntomas, que pueden suprimirse mediante la comprensión de la conexión.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha sobre el facsímil de la Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie, año 15, n.º 2 (1937), págs. 49-52 (Viena, Verlag Moritz Perles), digitalizado en Internet Archive. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan las divisiones y la paginación del original. Gemeinschaftsgefühl se traduce «sentimiento de comunidad»; Mitmenschlichkeit, «solidaridad humana»; Fehlschlag, «fracaso» (en el sentido adleriano de individuo fracasado: neuróticos, delincuentes, suicidas, etc.); verwöhnt, «mimado». Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.

  1. El original dice unbeweisbaren («indemostrable»), probable errata por unabweisbaren («ineludible», «imposible de rechazar»), que es lo que pide el sentido; se traduce así. (N. del T.) ↩