Más sobre la neurosis obsesiva.

Por ALFRED ADLER (Nueva York).

El trastorno principal en la vida anímica del neurótico obsesivo tiene lugar en los procesos del pensamiento, en lo intelectual. Al respecto hay que decir lo siguiente, según antiguas experiencias de la psicología individual: ninguna escuela psicológica ha subrayado tan pronto y con tanta fuerza como la psicología individual el carácter total e indivisible de la vida anímica. Pero también he mostrado que, dada la variedad y la singularidad de cada individuo, conforme a los distintos estilos de vida, se destacan con más fuerza la acentuación y el refuerzo de ciertas partes, artificialmente delimitables, dentro del todo —movimientos anímicos—: unas veces lo intelectual, otras lo afectivo, otras tomas de posición activas o pasivas. Entre todos estos movimientos, en la neurosis obsesiva se encuentra acentuado con mayor claridad lo intelectual, aunque de un modo contrario al sentimiento de comunidad y, por tanto, al common sense. Esto no solo en las ideas obsesivas, sino también en las demás manifestaciones vitales del enfermo. Tiene un fuerte sentimiento de las palabras, le gusta cavilar sobre pensamientos, le gusta desmenuzar sentencias, cree: «En el principio es la palabra».1 Hay que destacar especialmente que personas de orientación semejante, si se mueven por el camino del sentimiento de comunidad, pueden lograr con ello también grandes cosas. Si no se vuelve en provecho de la comunidad, queda mudo. Así ocurre con todas las frases de los neuróticos obsesivos, con sus rezos obsesivos y su culto de las fórmulas, con su prorrumpir en sonoras maldiciones e insultos, con su tomar en serio el peso de sus condenas. Lo mismo ocurre con actos que tan fácilmente se traducen en algo intelectual, como en la obsesión de lavado, que, más alto de lo que podrían decirlo las palabras, califica a todos los demás de cerdos. Con bastante frecuencia se tiene la clara impresión de que aquí las palabras y los pensamientos han llegado a gozar de una consideración especial porque ya muy pronto la capacidad de expresión verbal e intelectual se convirtió en el problema dominante, en un entorno que al niño, que se hace mimar, le parecía hostil, donde otros del entorno sabían arreglárselas mejor con palabras, pensamientos o maldiciones en perjuicio del niño. A veces es también la timidez y la reserva angustiada del niño lo que le da la impresión de que «con palabras se puede disputar con brillantez, con palabras se puede construir un sistema».2 También aquí se impone la comparación con la esquizofrenia, en cuya esencia el trastorno principal reside en el curso del pensamiento, y con extraordinaria frecuencia también la formación de nuevas palabras, frases, sentencias, pensamientos dichos en voz alta o callados.

Naturalmente, no faltan las demás partes de la vida anímica, separadas artificialmente. Pero parecen transcurrir en el séquito de la parte más fuerte. Así el acaloramiento de la vida afectiva, la angustia, la hipersensibilidad. Corresponden al choque provocado por las tareas inminentes de la vida, que se produce sin falta en cuanto la filosofía de la vida del niño, surgida de toda clase de causas aparentes, choca con la realidad distinta de la vida y obliga a la retirada. Esta retirada forzosa acrecienta la peculiaridad predominante del niño, elevada desde la infancia a problema principal, una peculiaridad que el individuo en cuestión ha estimado automáticamente como la nota más fuerte de su vida.

La peculiaridad innata de una capacidad para el desarrollo del pensamiento y del lenguaje es sin duda distinta en cada uno, hasta donde podemos descubrir los secretos de la naturaleza, y eso no es mucho. Cuán distinta, nadie puede decirlo hoy, porque todos los investigadores de la herencia deducen erróneamente, a partir de resultados acabados, la magnitud de las posibilidades innatas. Pero hay que suponer que una mayor posibilidad innata de desarrollo del lenguaje, igual que todas las demás posibilidades mayores que se presuponen, ofrece una ventaja si se aprovecha correctamente, es decir, si se desarrolla en la corriente de la evolución, del progreso humano, como aportación útil al bienestar de toda la humanidad. De lo contrario, encerradas en una concepción equivocada de la vida, quedan baldías, inútiles o dañinas. Así ocurre en la neurosis obsesiva y en la paranoia.

Pero es más que probable que el proceso del pensamiento y del lenguaje pase a primer plano y llegue a un desarrollo superior por la fuerza creadora del niño cuando el niño vive su propio desarrollo del lenguaje como una inferioridad, sea en su lucha con el entorno, sea porque el entorno, consciente o inconscientemente, le pone ese problema ante los ojos. Aquí el sentimiento de inferioridad se instala con tanta fuerza que al niño le toca llevar a cabo un entrenamiento más intenso y llegar a un éxito mayor, en el lado útil o en el lado inútil de la vida, o bien abandonar la lucha. Ambas cosas pueden darse con la posibilidad innata que presuponemos sin poder valorarla. En muchos casos de neurosis obsesiva he encontrado que las críticas mezquinas en el entorno del niño, las riñas, el burlarse del niño con palabras, el reprocharle siempre su comprensión y su manera de expresarse, etc., pueden actuar con tanta fuerza sobre un niño que este, sean cuales sean sus posibilidades innatas, trata con vehemencia de mejorar su modo de expresarse, se apropia de los mismos tonos, se vuelve rápido en la réplica o busca las palabras, renuncia a responder o cae en el «ingenio de escalera», es decir, solo encuentra la respuesta cuando ya es demasiado tarde. O bien se fabrica una consigna, casi siempre despectiva, que le viene una y otra vez a la mente cuando se hieren su orgullo y su vanidad. A este último tipo pertenece por lo general el neurótico obsesivo. Una de mis pacientes, que sufría obsesión de lavado y obsesión de orden, creció como la hija menor, bastante desvalida, en una familia en la que siempre se hablaba, se gritaba y se reñía, en la que a ella siempre la regañaban, se reían de ella y le tomaban el pelo por sus ocurrencias. Cuando, poco después de casarse, también su marido dio en hablar y criticar, ella empezó a llevar sin cesar la voz cantante y se sustrajo a él y a todas las demás obligaciones mediante una continua obsesión de lavado y un afán de orden, como si quisiera decir: «Tonto, ahora ves lo que pasa cuando cedo a tus deseos críticos de orden y limpieza». Si algo no parecía del todo conforme a su furia de limpieza, pronunciaba enseguida estas palabras, poco comprensibles para los demás: «¡Ayuda rápida!».

Una vez tuve el honor de exponer esta concepción ante una serie de médicos, entre los que había muchos psiquiatras. Uno de los psiquiatras empezó en la discusión a atacar mi exposición de manera que tomaba palabras sueltas y las malinterpretaba a su manera. En mi réplica traté de aclararle mi concepción de forma inofensiva, diciendo: «Mire usted, si con su inclinación a desmenuzar palabras y conceptos para atribuirles su propio sentido tuviera la desgracia de contraer una neurosis, caería usted en una neurosis obsesiva». No me asusté poco al advertir un efecto inesperado de mis palabras. Mi colega se quedó sin habla, palideció y pareció sumamente turbado. Me disculpé como pude, pero más tarde supe que este psiquiatra estaba desde hacía dos años en tratamiento, sin éxito, por una neurosis obsesiva.

Una maestra de treinta y seis años sufría, desde el comienzo de su matrimonio con un hombre al que infravaloraba constantemente, de una obsesión de comer; es decir, de vez en cuando le daba por comer sin parar hasta desplomarse agotada. Ella misma encontraba este hecho, como lo juzgaba como un detalle aislado, arrancado de su contexto, absurdo y antinatural, tanto más cuanto que, para mantenerse delgada y por consideración a su digestión, seguía por lo demás una dieta estricta. Esta dieta la vigilaba siempre su pedante marido, que también en otras cosas era aficionado a criticar y ajustaba su conducta en contra de los deseos de ella, para encontrar un asidero frente a la desvalorización por parte de su mujer y de su hijo. Ambos lo miraban constantemente con ojos críticos, aunque las amenazas de divorcio que surgían se aplazaban siempre de nuevo. Pronto pudo demostrarse que la obsesión de comer aparecía cada vez que la paciente se sumía en cavilaciones sobre cuánto había desperdiciado su vida con aquel hombre, al que, con todo, apreciaba por sus buenas cualidades. Su estilo de vida era desde la infancia «no dejarse decir nada», tener siempre la sartén por el mango y aleccionar a los demás.

Si ya hasta aquí se ve la apremiante inclinación a oponerse fuertemente a la vida con el pensamiento y la palabra, esta impresión se convierte en certeza cuando se ve cómo esta paciente se despliega ampliamente en el plano verbal. Así, exigía siempre «largas conversaciones», escribía cartas interminables y llevaba la casa hablando sin parar.

Estoy convencido de que algunos de mis lectores preguntarán con asombro cómo debería uno expresarse, entonces, y si la psicología individual ha caído en el irracionalismo y menosprecia el pensamiento. He de hacer notar que lo que importa es el matiz y que de los mejores dones puede abusarse. Cuando a una persona como esta se le niega el mayor éxito —aquí, el del hablar—, se produce lo que yo he llamado el dialecto de los órganos;3 aquí, la obsesión de comer como maldición y ataque expresados pantomímicamente, proferidos en secreto.

También puede responderse a la pregunta por una investigación más precisa de la elección del síntoma. Alguien podría preguntar, en efecto: ¿por qué no se manifiesta el ataque en otros síntomas obsesivos? ¿Por qué no en la obsesión de lavado, en querer matar, en prorrumpir en maldiciones? En la medida en que puedo responder a ello, debo a la paciente la solución de esta pregunta. Su acción debía producirse en el mayor secreto, sin que lo supiera su marido, que de otro modo, en la lucha de las lenguas, podía fácilmente llevar ventaja en este caso. Tampoco había llegado ella al punto de dejar que se produjera una ruptura abierta, sobre todo cuando sabía que no tenía razón. Pero resultó haber una determinación más. En su infancia hubo una situación que había sentido como sumamente humillante. Cuando tenía dos años, sus padres, antes acomodados, se empobrecieron tanto que la familia pasaba hambre a menudo. Cuando había algo de comer, nuestra paciente se abalanzaba sobre ello con voracidad. Pero nunca pudo perdonar a su padre que, por su ligereza, hubiera llegado a ponerla en una situación tan humillante. Su voracidad era ya entonces, al mismo tiempo, un reproche contra el padre expresado en dialecto de los órganos.

En este caso se trataba ante todo de la cuestión de mantener el matrimonio, que a la propia paciente le parecía importante, aunque lo veía inseguro. Yo mismo encontraba valioso mantener este matrimonio. En este caso puede mostrarse lo importante que es intervenir con prudencia y dar consejos, a diferencia de lo que reclaman algunos psiquiatras, que subrayan que nunca dan consejos. Al contrario, mientras uno no esté seguro de su paciente, tiene que intervenir amablemente, a veces en tono de duda, en ocasiones también, como con los psicóticos o los delincuentes, hasta el punto de que la situación no empeore por un fait accompli. En este caso propuse «quizá no reprochar nada durante un tiempo y hablar menos en general, y además hacerlo todo para alentar al marido "aparentemente" desalentado. Quizá incluso señalar en alguna ocasión cómo posiblemente se había llegado a dar la impresión "de que se le miraba por encima del hombro"».4 También esta vez encontré muy ventajosa esta conducta.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha sobre el facsímil de la Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie, año XIV, cuaderno 4 (octubre-diciembre de 1936), págs. 193-196 (Viena, Verlag Moritz Perles), digitalizado en Internet Archive. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan las divisiones en párrafos, las cursivas y la paginación del original. Zwangsneurose se traduce «neurosis obsesiva»; Waschzwang, Ordnungszwang y Eßzwang, «obsesión de lavado», «obsesión de orden» y «obsesión de comer»; Treppenwitz, «ingenio de escalera»; Gemeinschaftsgefühl, «sentimiento de comunidad». Common sense y fait accompli van en inglés y francés en el original.

  1. Variación sobre Juan 1, 1 («En el principio era el Verbo»), en presente: «Im Anfang ist das Wort». (N. del T.) ↩

  2. Cita del Fausto de Goethe (I, escena del estudiante, vv. 1997-1998): «Mit Worten läßt sich trefflich streiten, / Mit Worten ein System bereiten». (N. del T.) ↩

  3. Organdialekt, «dialecto de los órganos» o «jerga de los órganos»: expresión de Adler para el lenguaje corporal con que el síntoma dice lo que la persona no dice abiertamente. (N. del T.) ↩

  4. En el original, la comilla que abre el consejo no se cierra; se cierra aquí al final de la cita. (N. del T.) ↩