Hay que atajar el crimen cuando los muchachos están en la escuela

(Por el Dr. Alfred Adler, el famoso psicólogo. Por correo aéreo)

LONDRES, 2 de julio

En un grupo de muchachos, el observador preparado puede descubrir enseguida al delincuente en potencia. Si todos los maestros estuvieran preparados para reconocer a esos muchachos y ocuparse de ellos, la delincuencia juvenil se reduciría enormemente.

No hay nada misterioso en los factores que hacen a un muchacho así. Ningún niño está condenado desde su nacimiento a la criminalidad.

Naturalmente, la herencia y un mal hogar son factores que influyen, pero los niños utilizan esas desventajas, y a menudo triunfan sobre ellas, y llegan a ser ciudadanos de provecho. Otros no tienen esa suerte si no se les ayuda.

Un rasgo que todos los delincuentes en potencia tienen en común es la falta de sentimiento de comunidad.1 Con ello me refiero a la incapacidad de cooperar con los demás para aportar algo a la vida. El desarrollo del sentimiento de comunidad es absolutamente indispensable para que un ser humano esté sano y sea feliz.

EL MIMO, por un lado, y el abandono, por otro, pueden inhibir en un niño el desarrollo de este sentimiento de comunidad tan importante.

No quiero que deduzcan de esto que todo niño mimado o abandonado sea un delincuente en potencia. Un niño así empieza peor, pero puede llegar a ser no delincuente, sino a veces neurótico.

Tanto los delincuentes como los neuróticos se caracterizan por una incapacidad de cooperar en la vida. No comprenden los principios del dar y recibir en que se basan todas las relaciones humanas.

Esperan que la vida lo haga todo por ellos. No desean —o no se sienten capaces de— aportar nada a cambio.

En el niño abandonado, esta actitud la causa el miedo a la vida, que siente como hostil.

En el niño mimado, la causa la expectativa de que todo se le ponga a sus pies.

En ambos casos se convierten en «los que obtienen» y no en «los que dan». En el neurótico, esta actitud de tomar es más pasiva. Se lamenta para conseguir lo que quiere.2 Tiene miedo de valerse por sí mismo. Se aferra. Al crecer sabe que algo va mal y se siente desdichado.

No niega la necesidad del sentimiento de comunidad, pero siempre siente que hay una dificultad insuperable. Si se elimina una dificultad, descubre otra. Su respuesta a las exigencias de la vida es invariablemente: «Sí… pero…».

El delincuente en potencia, en cambio, se niega a reconocer el sentimiento de comunidad. Su respuesta a las exigencias sociales de la vida no es «Sí… pero…», sino «No».

A su «obtener» le sigue el «tomar». Se distingue del neurótico en potencia por su mayor actividad. Mientras el neurótico se lamenta para que la vida le traiga las cosas, el delincuente hace caso omiso por completo de los derechos de los demás y se lanza a servirse por su cuenta.

Es fácil descubrir al tipo con esta tendencia en cualquier grupo de muchachos, y se puede profetizar sin temor que tarde o temprano, cuando la presión sea lo bastante fuerte o la ocasión lo bastante tentadora, se convertirá en delincuente.

Todo grupo de delincuentes juveniles contiene niños abandonados o mimados con un alto grado de actividad. Se ha observado a menudo que esos grupos contienen una elevada proporción de muchachos de aspecto especialmente desagradable, y también de muchachos físicamente deformes.

Esto se ha tomado como indicio de un tipo criminal hereditario. No significa nada semejante. Sencillamente, esos muchachos tienden a ser abandonados y por eso no desarrollan fácilmente una medida normal de sentimiento de comunidad.

Un observador advertirá también, en un grupo de jóvenes delincuentes, algunos muchachos excepcionalmente guapos. Probablemente son los que han sido mimados.

Una cara bonita puede ser la ruina de un muchacho si lleva a sus parientes y amigos a hacerle tanto caso que llegue a creer que tiene una especie de derecho predestinado a lo mejor de todo.

Un muchacho así (o una muchacha), cuando descubre que el gran mundo no se ajusta al patrón al que estaba acostumbrado, se inclina a creerse con derecho a salir a tomar lo que se le antoje.

La vanidad es otro rasgo. El verdadero delincuente casi siempre se cree demasiado listo para que lo atrapen.

Es muy excepcional que a un infractor de la ley lo atrapen en su primer delito.

Esto, naturalmente, refuerza su fe en sí mismo.

El delincuente típico nunca va por mal camino: simplemente, por una vez ha cometido un pequeño error. Ni siquiera tras repetidos fracasos admite que sus cimientos están equivocados.

Sigue buscando su «pequeño error». Es probable que el último pensamiento de un hombre al que van a ahorcar no sea «Ojalá no lo hubiera intentado», sino «si hubiera hecho tal cosa en lugar de tal otra, todo habría salido bien».

Quienes visitaron a Napoleón en el exilio contaron que su comentario constante era: «Si hubiera ido a España en vez de ir primero a Rusia, todo habría salido bien».

Cuando se comprende la mente del delincuente, se ve qué inútil es mandarlo a una cárcel corriente.

No pasa allí el tiempo arrepintiéndose de sus extravíos y decidiendo enmendarse en adelante. Lo pasa buscando su «pequeño error» y jurando ser más listo la próxima vez. Está deseando salir y volver a intentarlo para recobrar el respeto por sí mismo.

Intercambia experiencias con los demás presos, cada uno de los cuales busca también su «pequeño error». Ponen en común sus experiencias y se animan a intentarlo de nuevo a la luz de sus mayores conocimientos. Las cárceles, tal como están constituidas hoy, no son una influencia regeneradora, sino un caldo de cultivo de más delincuencia.

El preso sale seguro de que esta vez dominará la situación, y con el motivo añadido del deseo de vengarse de la sociedad que lo ha humillado.

El verdadero delincuente no se enmienda nunca mientras conserve la confianza en su capacidad. Este es el factor decisivo. Cuando esa confianza se tambalea, muchos delincuentes se retiran voluntariamente.

La actitud del delincuente ante su trabajo se parece bastante a la del campeón deportivo ante su juego. Es cosa sabida que muchos atletas se retiran cuando empiezan a notar que sus fuerzas menguan.

Del mismo modo, los ladrones de casas se retiran con frecuencia pasados los treinta. La vanidad del ladrón no le permite seguir cuando se está volviendo demasiado pesado y rígido para mantenerse a la cabeza de su profesión.

Así que lo deja y se dedica a algún oficio en el que sus dedos ágiles y su destreza técnica lo llevan rápidamente a lo más alto.

El hecho de que los delincuentes retirados lleguen a menudo a ser artesanos de primera muestra lo que pierde la sociedad porque tanto de su material humano actúe, en la plenitud de sus fuerzas, como enemigo y no como amigo. La pérdida es tanto peor cuanto que es innecesaria.

No hay razón para que, ahora que la comprendemos, la delincuencia en potencia no se cure en la juventud.

El remedio es desarrollar el sentimiento de comunidad proporcionando una actividad creadora en lugar de destructiva.

En los Estados Unidos se gastan dieciocho mil millones de dólares al año en hacer frente al crimen. ¡Imagínense a cuántos fines útiles podría dedicarse ese dinero si se eliminara de la comunidad el elemento criminal!

Creo que en un año podrían darse grandes pasos. Yo no dejaría que ningún niño saliera de la escuela hasta tener un certificado de un psicólogo que acreditara que es normal.

Creo que si maestros y psicólogos pudieran cooperar en las escuelas con ese fin, podríamos detener la delincuencia en su origen y encauzar lo que hoy es una fuerza destructiva, que se alimenta de la sociedad, hacia una poderosa influencia de construcción y de bien.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha sobre la imagen de la página en Trove (National Library of Australia, nla.news-article166561621): Alfred Adler, «Crime Must Be Tackled When Boys Are at School», The Newcastle Sun, Newcastle (Nueva Gales del Sur), 20 de julio de 1936, p. 6, fechado en Londres el 2 de julio. El original londinense, probablemente en el Daily Herald a fines de junio de 1936 («Crime Can Be Stopped in the Schoolroom»), no se ha cotejado.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026), con el titular tal como se imprimió. Social interest se traduce «sentimiento de comunidad»; pampering, pampered, «mimo», «mimado»; getters y getting, «los que obtienen» y «obtener» (como el getting type, «tipo que obtiene», del glosario), frente a taking, «tomar»; burglars, «ladrones de casas». Los cuatro primeros párrafos van en cursiva, como en el impreso.

  1. Social interest: el término inglés de Adler para Gemeinschaftsgefühl, que se traduce siempre «sentimiento de comunidad». (N. del T.) ↩

  2. En el original, He wails for what he wants y, más abajo, the neurotic wails for life to bring him things. Wails («se lamenta») puede ser errata por waits («espera»), que encajaría con la «actitud más pasiva» del neurótico; se traduce lo impreso. (N. del T.) ↩