La imagen neurótica del mundo.
Por ALFRED ADLER.
Si la aspiración del psicólogo individual es obtener el conocimiento de la personalidad nerviosa a partir de sus relaciones fallidas con el mundo real, tal como corresponde a la mirada orientada socialmente, para convencer a su paciente se esfuerza en exponerle con claridad su imagen del mundo incorrecta y ficticia, la filosofía inconsistente de su vida. El neurótico está tan enredado, como un sonámbulo, en el mundo creado en su infancia, que solo es capaz de seguirnos en las condiciones favorables de una discusión dirigida según la psicología individual y con la escasa parte de su sentimiento de comunidad y, por tanto, con la medida reducida de su common sense. La curación se produce mediante la destrucción de la imagen del mundo falsa y el reconocimiento sin reservas de la imagen del mundo madura, lo cual ocurre siempre en esas formas que solo podemos expresar de manera aforística como aumento de su sentimiento de comunidad, aliento, renuncia a la grandeza aparente y mayor independencia de la opinión de los demás. La imagen del mundo más madura plantea esta tarea, en cuya solución no puede entenderse en modo alguno una adaptación, como la del gusano en una manzana, sino verdades que deberían valer para todos y para una eternidad que hay que presuponer.
Sin duda, la imagen incorrecta del mundo del neurótico se ve sacudida constantemente por la realidad con tanta fuerza que el neurótico se siente amenazado por muchos lados, estrecha su campo de acción, expresa pedantemente las mismas tomas de posición, muestra un complejo de inferioridad con todas sus consecuencias, para escapar del cual, ya que entonces amenaza el problema de la muerte, construye convulsivamente un complejo de superioridad. El desaliento, la duda, la hipersensibilidad, la impaciencia, la afectividad exacerbada y los fenómenos de retirada, los trastornos corporales y anímicos con todos los signos de la debilidad y de la necesidad de apoyo, demuestran una y otra vez que nunca ha abandonado el «estilo de vida mimado» adquirido tempranamente. Que, dotado de escasa actividad, sin suficiente sentimiento de comunidad, se había forjado la ilusión de un mundo en el que tendría derecho a ser en todas partes el primero, sin tener preparada, en caso negativo, otra respuesta que acusar de manera más o menos rencorosa a los demás, a la vida, a los padres. Este estrechamiento a un pequeño círculo de referencia trae consigo que deje sin resolver cuestiones necesarias, que, puesto ante ellas, responda con un efecto de choque y que en esta situación desencadenada exógenamente desarrolle síntomas de choque que corresponden a su corporalidad y a su estilo de vida, pero que acentúe sobre todo aquellos que parecen autorizarle a esquivar la cuestión presente, que amenaza con una derrota.
La variedad de los síntomas que entonces aparecen puede comprenderse de manera bastante completa, como he mostrado en mi artículo «Sobre la elección de síntoma», aparecido en el cuaderno anterior de esta revista. Claro que hay que haber entendido que las relaciones anímicas no se crean en el sentido del observador, sino en el sentido del paciente; que en los síntomas neuróticos no tenemos que ver con la «cosa en sí», ni con factores causales, sino con la opinión y la concepción, con la imagen del mundo errónea del paciente.
Quizá pueda explicar estos hechos con más detalle en el caso siguiente.
Un estudiante de antropología de Chicago, de veintiún años, se queja de falta de capacidad de concentración, de pérdida de memoria y de fuertes fenómenos de angustia. Estamos seguros de que encontraremos toda una serie de otros síntomas nerviosos.
Su madre murió de una enfermedad cardíaca. Ya antes de su muerte el paciente sufría fuertes palpitaciones, que después de su muerte se intensificaron llamativamente.
Más de uno dirá: «¡Ajá, se identifica con la madre!». El psicólogo individual objetaría: «Llegas a esta conclusión porque miras fijamente en una sola dirección. Y encuentras lo que ya sabes de antemano. Ahora, obligado por tu esquema de orientación, te fijarás con atención en si encuentras indicios de la inclinación homosexual de este paciente, que quiere sustituir a la madre para el padre. Frente a esto hay que decir: nadie valora más el papel de la identificación que el psicólogo individual. Y si aquí hay realmente una identificación con la madre, ¿por qué habría de extenderse esta identificación solo o especialmente a la libido sexual? ¿No hay en la personalidad de la madre ninguna otra cosa, su trabajo doméstico, su posición ante las cuestiones sociales, todo el modo de ser de su personalidad, que pudiera dar lugar a la identificación? ¿No podría ser que este hijo valore por encima de todo precisamente la exención de tareas que se concedía a la mujer enferma? No queremos caer nosotros también en el error de conjeturar precipitadamente según lo que nos ofrece la dirección de nuestra mirada, aunque las quejas del paciente arriba mencionadas reclamen la exención.
Aquí se plantea también otra cuestión. Tenemos que rechazar todas esas exposiciones según las cuales los síntomas neuróticos podrían «fabricarse». Son más bien las últimas ramificaciones automáticas de excitaciones anímicas más profundas. Una inclinación a identificarse con la madre, a imitar síntomas, nunca podría producir palpitaciones. Pero que la angustia de la que se queja el paciente pueda provocar palpitaciones apenas puede discutirse. Quizá el psicólogo individual formado en medicina se decida también, por prudencia, a la suposición provisional de que quizá el paciente tenga una inferioridad orgánica del corazón heredada de la madre, suposición que no parece demasiado arriesgada porque probablemente toda la generación actual presenta una inferioridad relativa del corazón, lo cual parece probado por el número abrumador de muertes por causa cardíaca.
Como otra queja del paciente nos enteramos de que sufre una debilidad de acomodación de los ojos (debilidad de los musculi interni), que impide leer al estudiante, ligeramente miope.
Si reunimos entre sus síntomas la falta de capacidad de concentración, la falta de memoria y la incapacidad para leer, tenemos que reconocer que en su vida profesional de estudiante está al borde del naufragio. Los fenómenos de angustia aclaran el cuadro cuando nos enteramos de que está ante un examen para el que no se siente a la altura. Esta relación solo nos parecerá convincente a nosotros y, lo que es mucho más importante, al paciente, si podemos demostrar que el paciente, en virtud de su estilo de vida, respondía siempre con angustia cuando un éxito parecía excluido, cuando la vanidad complaciente consigo misma del estilo de vida mimado se sentía amenazada.
Entre otras cosas mencionó también un síntoma frecuente en los neuróticos, que aparecía siempre que cruzaba un puente. Temía caerse o arrojarse él mismo al vacío.
Como ya expliqué con ocasión de la interpretación de los sueños de caída, la impresión de caer presupone que uno se siente «arriba», pero no está seguro de ello. Y que, de manera desalentada o de advertencia, despierta el estado de ánimo y los sentimientos de como si la desgracia ya hubiera ocurrido. La idea del suicidio, el problema de la muerte, aparece siempre, como he mostrado, cuando el individuo encuentra cortada la estructura de la aspiración al éxito, incorporada a la vida. Encontramos aquí la expresión simbólica, condensada, de la desesperación del paciente respecto de su éxito.
Recuerda que todos sus síntomas alcanzaron su punto culminante cuando, poco antes de un examen, escuchó una lección sobre Napoleón. La descripción de este hombre de fuerza casi siempre victorioso y su caída lo conmovieron extraordinariamente. Encontramos en esta conmoción la misma fuerza de identificación que lleva a muchos estudiantes de medicina a descubrir en sí mismos todos los síntomas de enfermedad de los que tienen noticia en la clínica. Esta identificación con Napoleón le resulta a nuestro paciente sin duda más fácil porque evidentemente se ha creado una imagen del mundo en la que, como un Napoleón, sobresale por encima de los demás.
Describe a su padre como un hombre sin valor que no se ocupaba de la familia.
Esta observación es de la mayor importancia porque muestra —cosa que el paciente desconoce por completo, que no comprende y que en modo alguno está en lo «inconsciente»— que su lugar en la primera infancia era demasiado estrecho para dejarle llegar a desplegar su capacidad innata de sentimiento de comunidad. Su interés por los demás se detuvo sin duda en la madre.
Su madre era una mujer bondadosísima que se consagró por entero al cuidado de él, que de niño padeció tuberculosis, y lo mimó en grado extremo. Lo mismo hizo también una abuela. A una amiga de la madre que se oponía al mimo la rechazaba por completo. Era hijo único.
Hemos aportado ya tanto material para hacer comprensible a todo el mundo que la neurosis es la toma de posición del «estilo de vida mimado», que no quiero volver a detenerme en ello. El «complejo de Edipo» y sus consecuencias no son otra cosa que las formas de manifestación del «estilo de vida mimado». Solo quiero señalar una vez más el punto, demostrado repetidamente y con insistencia, de que el «estilo de vida mimado», en su configuración viva, es creación del niño, que, desde luego, recibe a menudo estímulo desde fuera. De modo que a veces este estilo de vida se encuentra también allí donde en justicia no podría hablarse de mimo, sino más bien de abandono.
Pero hay algo que me parece importante mencionar en este lugar. Cuando el niño, en su estilo de vida mimado, ha configurado su imagen del mundo errando y casi como en sueños, entonces toda vivencia se ve, se siente y se responde en el sentido de su actitud ante la vida. No actúan entonces las vivencias como tales, su significado más propio, sino la concepción, la valoración y el significado que el estilo de vida existente da a la vivencia. Al parecer, todavía hay algunos psiquiatras y psicólogos que presentan las vivencias descubiertas como «psicología profunda». ¡Cuánto más hondo llega la interpretación de la psicología individual, que en las vivencias pone en claro el estilo de vida, que está mucho más hondo! Tampoco el resentimiento, descrito por algunos como instinto primario sádico, es ni mucho menos profundidad, sino que se encuentra regularmente como reacción posterior, sobre todo en el estilo de vida mimado, en cuanto el mundo exterior deja de conceder lo que la imagen del mundo erróneamente creada de tales niños parece prometer. Los defectos infantiles de cualquier tipo, afecten a la boca o a otras partes del cuerpo, muestran claramente la temprana rebelión de estos niños contra las exigencias del sentimiento de comunidad, contra su integración en una vida social. Así aparecen ya tempranamente como una carga para los demás y no como una ayuda.
Así cuenta también nuestro paciente que con los años, cuando, como es natural, ya no podía vivir su mundo de mimo, se volvió obstinado e irascible, cosa que solo se ponía de manifiesto en situaciones en las que, sintiéndose libre de toda responsabilidad, tenía la sartén por el mango, como en casa y en la escuela. Aquí sobre todo, donde no podía ser el único, ni el primero, se manifestaba su hostilidad hacia la escuela en continuos intentos de perturbar. Ante los extraños se mostraba tímido y reservado. Tampoco le era posible hacer amistades. En estas formas de vida se manifestaba claramente su tendencia a la exclusión, que ya en sus primeros años aparecía allí donde no se sentía dueño de la situación.
Sobre la «tendencia a la exclusión» y su importancia he dicho a menudo lo necesario. Se hace valer como abstracción. En cuanto se adopta un camino, una actitud, una relación con los problemas del mundo exterior —del mundo exterior, al que pertenecen también la vivencia de la corporalidad y las impresiones de la vida anímica—, todo lo que no pertenece al camino elegido queda más o menos excluido. O se le despoja total o parcialmente de su contenido intelectual. Lo mismo ocurre con los momentos afectivos indisolublemente unidos a él y con la toma de posición que de ello resulta. Solo queda la dirección elegida por el estilo de vida, en el pensamiento, en el sentimiento y en la toma de posición. Lo que el estilo de vida deja en pie en esta exclusión permanece en la vida anímica y actúa —«inconscientemente», como suelen decir los autores; mejor, no comprendido, porque el estilo de vida en cuestión sustrae cuidadosamente a una crítica ulterior las impresiones moldeadas por él—. El neurótico solo puede mantener su imagen del mundo con ayuda de tales fuerzas auxiliares sustraídas a la crítica. La actitud de nuestro paciente muestra, pues, cómo trataba de mantener su círculo neurótico de referencia excluyendo a otros, cómo lo reducía hasta el punto de poder conservar la ficción de su singularidad.
Cuando pasó a cursos superiores, en la High School, se encontró con maestros amables y benévolos como no los había tenido antes. Entonces se convirtió en uno de los mejores y más obedientes alumnos. Solo las matemáticas le causaban dificultades, como tantas veces a los niños mimados, que, dejados solos en el vasto campo de esta ciencia, y a menudo también sin éxito al principio, se ponen límites demasiado estrechos, se retiran tras la creencia en una falta de dotes y excluyen todo pensamiento e impulso de mejora.
La enseñanza religiosa le causó una impresión extraordinariamente fuerte. La omnipotencia de Dios lo fascinaba. Durante varios años vivió en fervor religioso y fue a la iglesia con regularidad. La participación en la grandeza de Dios, la conciencia de estar unido al ser supremo, estaba dentro del ámbito de su imagen del mundo. Pero su entrega al ser supremo empezó a resultarle demasiado fuerte. Entonces se apartó de la religión y evitó ir a la iglesia.
Sus maestros le auguraban un gran porvenir. Antes de ir a la universidad se le ofreció un puesto de preceptor. La subordinación a la voluntad de una madre que mimaba y de un niño mimado era demasiado para su imagen del mundo. Apenas aguantó dos semanas. En un segundo puesto se quedó cinco días. Luego abandonó por completo las clases particulares y se hizo estudiante de antropología.
Pero también aquí le estorbaba su imagen infantil del mundo. En la universidad le tocó sentarse junto a una estudiante de diecisiete años. Le asaltó entonces el temor de que esta situación pudiera excitarlo sexualmente. Como le resultaba insoportable la posibilidad de ser puesto a prueba ante una muchacha y quizá postergado, y como él solo podía seguir en todas las circunstancias caminos de éxito seguro, excluyó por completo de su vida al otro sexo y se recreaba en la idea de llevar una vida pura. Que esta pureza estuviera algo menoscabada por la masturbación no le molestaba, pues su estilo de vida estrechado era accesible a la masturbación, pues la masturbación era la expresión sexual adecuada de un estilo de vida que, por falta de un desarrollo suficiente del sentimiento de comunidad, no tenía sitio para una tarea en la que dos personas, en entrega mutua y con el sentimiento de su igual valor, deciden su unión definitiva. Su estilo de vida vanidoso y ambicioso podía configurar también la función sexual a su manera, allí donde el sentimiento de una derrota quedaba prácticamente excluido si la opinión del paciente así lo quería. Así permaneció, porque su función sexual no empujaba en la dirección del sentimiento de comunidad, en la línea de la exclusión de la sexualidad normal y del amor, y solo se preocupaba de proteger su prestigio. La consecuencia fue que no pudo encontrar el camino para salir de la configuración infantil de la función sexual, la autosatisfacción. Con esta ocasión quiero destacar también que esta falta de una función sexual orientada socialmente desempeña el papel principal en todas las perversiones y en todos los trastornos psíquicos de la sexualidad.
Estaríamos ya en condiciones de circunscribir sin contradicción la esfera de su actividad, el espacio de referencia que se ha creado espontáneamente en virtud de su imagen del mundo y conforme a su opinión sobre la vida. Con ello estamos en condiciones de predecir también, con cierta seguridad, todos sus movimientos expresivos, su manera de resolver o de excluir los problemas de la vida. Solo con cierta seguridad, ya que nadie puede ponerse del todo en el lugar del otro y, sobre todo, porque existen muchísimas posibilidades de evasión. Podríamos, por ejemplo, indicar aproximadamente lo que el paciente nos revelará como su recuerdo infantil más antiguo. Probablemente describirá una situación o un suceso en el que se represente, literal o simbólicamente, su imagen del mundo. Su recuerdo más antiguo dice: «Miraba desde una ventana alta a un patio en el que hacían instrucción soldados de uniforme». Quizá solo el psicólogo individual tome más en serio el pequeño detalle de que miraba desde arriba, y encuentre que este mirar muestra poca actividad y que al mismo tiempo guarda relación con su miopía, ya que los niños con defectos visuales leves desarrollan muy a menudo un interés mayor por lo visible. Tampoco sería difícil predecir su temprana elección de profesión: quería ser piloto, orador, dirigente político (desde arriba) o maquinista de locomotora.
Otra de sus quejas se refiere a que es extraordinariamente sugestionable. Entre los fracasos, como la neurosis, la psicosis, la delincuencia, etc., muy rara vez encontramos una sugestionabilidad en la dirección de la colaboración y la solidaridad humana. Cuando la encontramos, casi siempre en niños difíciles de educar de escasa actividad, va siempre seguida de resentimiento y rebelión secreta, a veces de tal modo, también durante un tratamiento, que el paciente parece asentir sin llevar a cabo una mejora de su comportamiento. Por lo demás, encontramos esta queja y otras semejantes allí donde en realidad podemos comprobar lo contrario, de modo que parece justificada la suposición de que el paciente hace tales afirmaciones para defenderse de ello. En general puede decirse que la sugestionabilidad aparece siempre allí donde está adaptada al estilo de vida. Así evidentemente también aquí, cuando el paciente asiente fácilmente a otros porque teme ir al encuentro de una derrota si los contradice. Su sugestionabilidad está, pues, directamente emparentada con su timidez.
Este síntoma lo relaciona directamente con la actitud de la ya mencionada amiga de su madre, que no solo para él era la persona más importante de su entorno inmediato. Para visitarla tenía que vestirse lo más bonito posible, y sus reproches le afectaban durísimamente. Poco a poco llegó a considerarla su peor enemiga, porque ella hería siempre su vanidad.
Visitaba a menudo la tumba de su madre, cuya relación con él se había convertido en el núcleo de su imagen del mundo mimadora, y allí se preguntaba a menudo qué sería de él sin ella. Sus pensamientos se dirigían entonces regularmente a la lesión cardíaca que ningún médico pudo confirmar. Aquí le abandonó la sugestionabilidad de la que se quejaba.
Acudió a psiquiatras y psicólogos. Uno de ellos le preguntó si se sentía observado por la calle. El paciente adivinó que el médico tenía en mente el diagnóstico de paranoia. Nunca antes había tenido una idea semejante. Pero desde esta pregunta miraba a menudo a su alrededor por la calle, sospechando que alguien lo seguía.
Otro psiquiatra le preguntó si oía voces. También de esta pregunta dedujo el paciente que se le consideraba sospechoso de esquizofrenia. Lo negó, pero desde esta observación creía sentir siempre ruidos y zumbidos en el oído. Este síntoma se reforzó todavía más cuando la mencionada amiga de la madre, ante una pregunta suya en apariencia ingenua, declaró que eso eran signos de locura. Una noche, este zumbido en el oído apareció con extraordinaria fuerza. Gritó y lloró tan alto que su padre tuvo que acudir y lo tranquilizó; luego cesaron los ruidos en el oído, pero reaparecían una y otra vez cuando visitaba a la amiga de la madre.
¿Hemos de negar el hecho de los ruidos en el oído? ¿O hemos de suponer, como otros, que el paciente los producía a voluntad? No creo que nadie pueda producirlos, y supongo más bien que poseía un órgano auditivo sensible, una inferioridad orgánica que se hacía valer en las emociones, quizá también antes, sin que el paciente le hubiera dado importancia antes de su consulta con el psiquiatra.
Pero ahora vemos cómo, para asegurar su imagen del mundo, es decir, para proteger su vanidad, había levantado un muro contra las exigencias de la vida real. Sin aclararse sobre ello, podía excluir o aplazar todas las cuestiones de la vida entregándose por completo a la contemplación y a los sentimientos de sus síntomas, que eran el resultado del choque que vivió al sentirse demasiado débil para alcanzar la meta de su vanidad, para desempeñar, fiel a su imagen del mundo, un papel sobresaliente. Con ello podía esquivar el choque que le causaban los problemas presentes, relegarlos a un segundo plano, cosa que de dos males tenía que parecerle el menor.
Críticos sutiles de la psicología individual tendrían que preguntar aquí: si la psicología individual encuentra la aspiración al éxito indisolublemente inserta en la estructura de la vida, si esta ciencia afirma que nadie cambia su estilo de vida sin cambiar su imagen del mundo, ¿está justificado suponer 1.º que la aspiración al éxito se encuentra también en la mísera actitud de este paciente, 2.º que la personalidad del paciente no ha cambiado?
Quien pueda identificarse con este paciente encontrará fácilmente que su actitud actual corresponde a su imagen del mundo, que solo admite situaciones en las que el paciente encuentra satisfecha su vanidad. Pues bien, de todas las situaciones que aquí serían concebibles, solo queda como adecuada una: sustraerse a toda derrota, aportar para ello una coartada sostenible y obligar a su familia a ponerse a su servicio. Con ello el paciente obtiene la ventaja de poder permanecer en su imagen ideal del mundo, como si pudiera ser el vencedor de todos con tal de que se superase el obstáculo de su enfermedad. Y esto es, desde luego, deber del médico y no suyo.
De aquí se desprende también que la personalidad del paciente no ha cambiado. También ahora vive conforme a su imagen del mundo. Ahora da la respuesta que podíamos esperar de antes en virtud de su estilo de vida, en cuanto, con ocasión de una derrota amenazadora, se desarrolla su complejo de inferioridad.
La elección de sus síntomas neuróticos, desarrollados automáticamente, es del todo comprensible. En el fondo de todos ellos está la profunda conmoción de no poder vivir conforme a su vanidosa imagen del mundo. Esta conmoción, por ser continua, como los peligrosos problemas exógenos, sumió al cuerpo y al alma en un tumulto afectivo. Las inferioridades corporales, ojo, oído y corazón, fueron las primeras en ceder. Se añadió la angustia como forma de manifestación de un sentimiento de inferioridad grave y que parece desamparado. El miedo a caer o a arrojarse al vacío indica, en un disfraz simbólico, la irrupción del problema de la muerte. Los rasgos aparentemente paranoides eran consecuencias logradas de una inducción no comprendida por parte de los médicos.
Su vida onírica corresponde enteramente a su imagen del mundo. Sus sueños sexuales muestran que aún no ha superado la fase masturbatoria de la función sexual, una tarea para una sola persona. Los sueños de persecución le hacen creer que está rodeado de peligros y que tiene que ser prudente. Uno de sus sueños contiene una escena en la que está de pie en la cima de una montaña y mira hacia abajo a las personas pequeñas, una imagen que corresponde por completo a su recuerdo infantil más antiguo. Otra vez se ve en lo alto de la aguja de un campanario, desde donde se desliza hacia abajo para aterrizar en el país de los comunistas. «Comunismo», para él, equivale a los peores males.
Le han quitado por completo las ganas de estudiar. Sueña que su profesor sube las escaleras y él espera que quiera hablar con él. Cuando el profesor se acerca, se aparta y dice que se ha equivocado, y se dirige a otro alumno. Abandonado, pues, también por su maestro, que significa para él más que sus estudios, da la espalda a la ciencia.
Acecha cualquier palabra que favorezca su retirada, que pueda servirle de coartada. Su mirada solo está puesta en sustraerse a las tareas que le amenazan. La amiga de la madre le habla de un hombre que a los cuarenta años sufrió una apoplejía; añade que debió de tener un presentimiento de su destino posterior, puesto que no quería casarse. Enseguida se le ocurre que también él sufrirá el mismo destino.
Le ha quedado un consuelo. Ese consuelo que lleva a tantas personas a transformar, mediante una compensación, su complejo de inferioridad en un complejo de superioridad; también aquí, de nuevo, la tendencia a llevar adelante una vida al menos aparentemente exitosa: encuentra que su frente ha crecido enormemente y está convencido de que eso lo capacita para ser un «dirigente político». Esto, desde luego, para tiempos venideros.
El camino de la curación se ve con claridad. Su estilo de vida y su imagen del mundo son un único sistema de referencia. Lo ve todo solo con sus ojos vanidosos y complacientes consigo mismos. Se sitúa ante cada cuestión de la vida con la expectativa angustiada de si estará asegurado también su prestigio, rara vez lo encuentra así y se ve obligado entonces a retirarse de las tareas vitales aferrándose a los efectos del choque. Mientras no comprenda este error, mientras encuentre que su mundo es el correcto, y el mundo correcto insoportable para su vanidad, seguirá siendo un neurótico. Si se disuelve su sueño de un mundo que su vanidad ha engendrado y que justifica su vanidad, si empieza a sentirse cada vez más como un igual entre iguales, independientemente de la opinión de los demás, crecerá también su valor, y su razón obtendrá el control sobre relaciones no comprendidas. Pero de todas las vivencias, y de todas las posibilidades innatas, hay que decir que no tienen un valor de mercado universalmente válido como una mercancía, sino que tienen tanto efecto como permite el estilo de vida. Solo quien ha comprendido este punto puede hablar de la altura o la profundidad de la ciencia psicológica.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha sobre el facsímil de la Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie, año XIV, cuaderno 3 (julio-septiembre de 1936), págs. 129-137 (Viena, Verlag Moritz Perles), digitalizado en Internet Archive. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan las divisiones en párrafos, las cursivas y la paginación del original. Weltbild se traduce «imagen del mundo»; verwöhnt y verzärtelt, que Adler alterna aquí, «mimado»; Ausschaltungstendenz, «tendencia a la exclusión»; Bezugskreis y Bezugsraum, «círculo» y «espacio de referencia»; Gemeinschaftsgefühl, «sentimiento de comunidad». Common sense va en inglés en el original.