El amor es un invento reciente
Para el psicoanalista, el amor es una diversión moderna que desconocían personajes como Antonio y Cleopatra
por el DR. ALFRED ADLER
—Johnny —dijo papá, algo azorado, a su vástago de diez años—, ¿te han explicado ya los hechos de la vida?
—Sí, papá —respondió el chico con solícita diligencia—, ¿qué es lo que quieres saber?
No cabe duda de que hoy sabemos más sobre el sexo que nuestros padres. Pero ¿sabemos más sobre el amor? A veces tendemos a confundir ambas cosas. Más de una señorita que viene a mi consulta trae una imponente lista de «complejos» y «deseos reprimidos». Jóvenes y viejos conocen la jerga del «psicoanálisis» y del «conductismo». Y saben un montón de cosas que no son ciertas. Un cuarenta por ciento o más tiene al menos una vaga idea de la técnica del sexo, pero apenas uno de cada cinco conoce el significado y la naturaleza del amor. Y no es de extrañar, porque el amor, en su sentido ideal, es un descubrimiento relativamente nuevo. O quizá debería llamarlo un invento o una evolución. Se ha desarrollado solo recientemente a partir de mucho fango y confusión. Lo cierto es que no existía para la generalidad de los seres humanos ni siquiera hace cien años.
Amor es una palabra que se maneja con demasiada ligereza. Enamorarse y desenamorarse es una experiencia corriente, pero ¿cuántos hombres y mujeres merecen el título de grandes amantes? ¿Cuántos aprobarían un examen de competencia amatoria? ¿Cuántos, aun en nuestros días, merecerían el grado de A. D., Amoris Doctor, doctor en amor? Poetas y filósofos han escrito muchos disparates sobre el amor. Pero el porcentaje de seres humanos capaces de un amor perfecto fue siempre insignificante. Sin embargo, es posible informar de «progresos». Quizá un veinte por ciento de los que hoy hablan de amor tengan derecho a llamarse amantes. No incluyo en esa cifra a los Benvenutos del automóvil ni a las vampiresas del campus.1 Ni siquiera un «ligue» o una «cita» cada noche les enseñan nada sobre el amor. Sus mayores, hombres y mujeres náufragos en los mares turbulentos del matrimonio, que piden al psicólogo que les eche un salvavidas, no son mucho más sabios.
Aquí el lector, frunciendo el ceño, puede preguntar con toda razón: «¿Qué entiende usted por amor?». No espere que un humilde psicólogo diga en una frase lo que diez mil poetas y rapsodas de todas las épocas no han sido capaces de exponer. Es más fácil decir lo que el amor no es que decir lo que es. El amor no es la glorificación del cuerpo que inspiró el Cantar de los Cantares del rey Salomón. La fascinación física es solo uno de sus elementos. No es el idilio de Antonio y Cleopatra. Cada uno de estos deslumbrantes amantes intentó seducir y dominar al otro. Eso no es amor. El amor no es la canción almibarada del trovador, cuya adoración unilateral se alimenta de su propia frustración lírica. Tannhäuser creía saber algo del amor. Pero ¿lo sabía? El amor no es la concupiscencia morbosa de los sentidos, la «oscura Venus de la colina hueca, la cosa transformada que fue la Citerea».2
El amor no es el impotente afán de conquista de don Juan. Recuerdo a un paciente que se jactaba de tener una aventura nueva cada semana. Le dije: «Usted es un coleccionista de cabelleras, no un amante». No es el hambre de placer de Casanova. El voluptuoso que busca una excitación sensual en cada movimiento, en cada frufrú de una falda, es un caso patológico. Es un enamoradizo, no un amante. Vienen a verme muchos neuróticos que han buscado en vano el amor. Están perdidos en callejones sin salida. El amor no es un callejón sin salida. No es el embeleso de Narciso con su propia hermosa imagen, ni la necia devoción de la ninfa Eco, que languidece en vano por el bello joven. He conocido a demasiados jóvenes y demasiadas muchachas que se imaginaban enamorados de otros cuando solo estaban enamorados de sí mismos; he conocido a demasiadas mujeres desdichadas que se aferran frenéticamente a una ilusión.
El otro día vino a verme una paciente que ensalzaba los «pozos de la soledad» en los que había buscado su estéril satisfacción.3 Le dije: «Querida, está usted completamente equivocada. En la casa del amor hay muchas moradas. Pero el otro nombre del amor no es perversión». La pasión de Adriano y Antínoo, el deseo de Safo por sus doncellas, pueden haber dado vida a la escultura y a la poesía, pero no eran amor. Todas las desviaciones del camino natural tienen por padre la neurosis y por madre el complejo de inferioridad. Violan la primera ley de la vida. La vida exige perpetuarse. He conocido a demasiados egoístas eróticos, a demasiados derrotistas del amor, que intentan en vano trasladar a Hollywood o a Broadway la Atenas de Platón o la Lesbos de Safo. Despojadas de pretensiones estéticas y de evasivas psicológicas, todas las desviaciones del cauce del amor normal están inspiradas por el miedo al otro sexo y por la negativa a hacer los sacrificios mutuos que el amor exige de ambas partes. Son huidas de la realidad o sucedáneos de ella.
Muchos de estos subterfugios se han tomado por amor, pero no eran amor. El ideal del amor moderno no nació hasta que la mujer se emancipó de sus cadenas sociales y económicas y la vida humana se situó en un plano más alto que la mera satisfacción del apetito físico. Venus, diosa del amor, según la leyenda, surgió de la blanca espuma del mar. Yo creo que el amor debe más a la aspiradora, a la nevera eléctrica y a la lavadora eléctrica que al piélago salado. Oscar Wilde dijo una vez que la civilización depende de la esclavitud de la máquina. Tenía razón. Solo la esclavización de la máquina dio al hombre medio y a la mujer media ocio suficiente para desarrollar las emociones más elevadas. En la medida en que nuestra civilización todavía no realiza estos elementos esenciales, todavía no alcanza el amor.
Siglo tras siglo, las energías vitales de hombres y mujeres fueron absorbidas por tareas agotadoras, antes de que se concibieran la jornada de ocho horas y la semana de cinco días. Las mujeres, por regla general, carecían de educación y no cuidaban su cuerpo con el esmero que llegó con la era de la fontanería. María Antonieta, con toda su delicadeza rococó, se descuidaba en el cepillado de los dientes. Lo sabemos por las cartas de su madre, María Teresa, a la reina de Francia. El baño se consideraba un lujo, incluso entre las damas de la realeza. La casa del campesino y del burgués, e incluso el castillo del señor feudal, era ante todo una fábrica. Eva cocinaba e hilaba; hacía jabón y velas y cuidaba de los niños, pero no iba al salón de belleza. Era ante todo ama de casa y madre. Adán araba el campo, cazaba y combatía
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y cumplía sus deberes conyugales con gran regularidad. La devoción a la madre de sus hijos no siempre excluía la seducción de las criadas. Era sexualmente activo, pero la actividad sexual no es amor. La devoción doméstica no es amor. El amor incluye ambas cosas, pero exige más.
Nosotros podemos satisfacer estas exigencias mejor que nuestros antepasados. El nuevo ocio nos ha permitido desarrollar una nueva concepción y un nuevo sentimiento del amor. El amor no es ni una apuesta ni un encaprichamiento unilateral. El amor, el amor moderno, se basa en la entrega mutua, física y espiritual. No somos amantes hasta que sabemos que para hacer el amor hacen falta dos. Cuando se lo expliqué a un paciente mío que, pese a sus innumerables amoríos, nunca encuentra la felicidad, se echó a reír. «¿Y a eso lo llama usted un descubrimiento? Lo sabía desde el día en que le eché el ojo a la hija del portero». Esa es, sin duda, la reacción media ante mi afirmación. Por paradójico que parezca, la persona media no se da cuenta de que el amor es una tarea para dos. «¿Una tarea?», dijo una joven y bonita amiga mía. «Creía que era un placer». Uso deliberadamente la palabra «tarea». El amor puede empezar con un súbito encaprichamiento, pero no madura, no merece el nombre de amor, sin trabajo y disciplina, sacrificio y cooperación.
En el pasado, como en el presente, el macho depredador se apoderaba de la hembra, y la hembra depredadora atrapaba y capturaba al macho. Semejante relación no implica ni reciprocidad ni sacrificio mutuo. El amor, como la danza, necesita la cooperación armoniosa de dos compañeros. Los campesinos alemanes imponen todavía hoy a una pareja recién prometida la tarea de talar un árbol con una sierra de dos mangos. De la manera en que realizan el trabajo, de su capacidad de cooperar, se sacan predicciones sobre su futuro y sus posibilidades de felicidad conyugal.
«Mi marido me quiere», me comentó una morena rolliza; «me da todo el dinero que quiero para ropa y no le importa que pierda su dinero, ganado con tanto esfuerzo, jugando al bridge». ¿Qué tienen que ver esas cosas con el amor? Muy poco. El marido en cuestión solo recibe a cambio caricias frías. Quizá incluso admirara a su mujer por ser una mujer «decente», demasiado decente para estremecerse de pasión. Es evidente que ninguno de los dos ha adivinado el secreto del amor, aunque consideren satisfactorio su matrimonio.
El amor no es una sociedad desigual, en la que uno lo da todo y el otro da poco o nada. El amor es la sociedad entre iguales de un hombre y una mujer, en la que dos se funden en uno, una díada humana, que concilia el impulso sexual del individuo con las necesidades biológicas de la especie y las exigencias de la sociedad. «Díada», me temo, es una palabra de diccionario. Vale la pena buscarla. La uso porque es la única palabra que expresa por completo lo que quiero decir. Significa el verdadero matrimonio, en pie de igualdad, de dos almas y dos cuerpos.
Para alcanzar la díada del amor perfecto, quizá convengan al lector las siguientes reglas:
1. No mires a tu pareja desde abajo ni desde arriba: acércate al amor como un igual.
2. No esperes de los demás una perfección imposible de la que tú mismo eres incapaz: ama a una mujer, no a un ángel; a un hombre, no a un ídolo.
3. No os consideréis uno ni dos, sino una pareja.
4. En el amor, no tomes sin dar ni des sin tomar.
5. No elijas una pareja que no te atraiga físicamente, pero no enredes tu destino con alguien que te atraiga solo en el plano fisiológico.
6. No dejes de cooperar con tu pareja en todos los planos: social, económico, intelectual, espiritual, emocional y biológico.
7. No te pierdas en desvíos y callejones sin salida: siempre hay una salida de los laberintos emocionales; en potencia, todos los seres humanos son fundamentalmente normales.
9. No seas esclavo de las convenciones ni de tus propias manías: recuerda que no eres solo un individuo, sino una unidad de tu grupo social y de la especie humana.4
Fue Leibniz, un gran filósofo alemán, quien dijo que el alma era una «casa sin ventanas». Todos los mortales eran, en su opinión, «mónadas», criaturas solitarias, incapaces de comunicarse. Pero no sabía que el amor abre las ventanas del alma. Cuando Juan y Juana encuentran el amor, dejan de ser mónadas. En lugar de la soledad, «la soledad de todas las cosas creadas», los amantes descubren un estado nuevo y bendito para el que Nietzsche acuñó el término Zweisamkeit, «dualidad compartida». «Aunque en verdad», como observa sir Thomas Browne en Religio Medici, «estén realmente divididos, están sin embargo tan unidos que parecen uno y forman más bien una dualidad que dos almas distintas». Bien podemos decir con Shakespeare de los amantes perfectos: «Una manzana partida en dos no es más gemela que estas criaturas».5
Shakespeare, si hemos de creer el testimonio de sus sonetos y el de sus biógrafos, Frank Harris entre ellos, no fue él mismo un amante afortunado. Pero dijo muchas cosas hermosas sobre el amor. Fue lo bastante grande y, perteneciendo a todos los tiempos, lo bastante moderno como para tener al menos una idea de la nueva concepción del amor. Romeo y Julieta es una hermosa versión temprana del amor moderno, un amor que desafía las convenciones familiares y sacrifica —si es necesario— incluso la vida. En los días en que vivieron Romeo y Julieta, y en los días de la reina Isabel, un amor así era raro, tan raro que inspiró al más grande de los dramaturgos. Hoy la historia de Romeo y Julieta ya no es excepcional. No hay día en que alguna muchacha del Bronx no desafíe a su familia por su amor. Apenas hay un estudiante de Harvard o de Princeton, o de la Universidad de Chicago, que no sea capaz de escribir cartas de amor tan apasionadas como las que llevaron a Romeo al balcón de Julieta.
En todas partes del mundo, en la URSS no menos que en los Estados Unidos, hay jóvenes que se acercan al amor y al matrimonio sobre la base de una igualdad completa y de una cooperación sin reservas. Pero no hace falta ser un Browning (no me refiero al protector de «Peaches», sino al poeta) para ser un gran amante.6 He conocido a muchas parejas en casas pequeñas y apartamentos liliputienses que viven en perfecta felicidad de dos. Sus nombres no resonarán a través de los siglos, pero son amantes satisfechos. La muchachita de la pluma en el sombrero que se sienta frente a usted en el metro, y el joven que la mira a los ojos, quizá sepan más del amor que todos los poetas juntos.
Los filósofos sabían aún menos que los poetas. Platón dedicó banquete tras banquete al amor. Pero el propio Platón fue un amante imperfecto, porque no pudo, o no quiso, encontrar una mujer que fuera su igual. Sin embargo, fue Platón quien originó una seductora teoría del amor. Según él, el varón y la hembra eran uno hasta que los dioses, celosos de la perfecta dicha del hombre, los partieron en dos. Desde entonces cada mitad busca para siempre su contraparte, y a menudo la busca en vano. Solo en nuestros días la búsqueda empieza a tener éxito.
Incluso los grandes amantes del pasado carecían, por regla general, de conciencia social. Los amantes perfectos están perfectamente ajustados, no solo el uno al otro, sino a su entorno social. Su ajuste personal ha de ser tanto físico como emocional. Hasta el amante más idealista debe comprender que el amor es un arte que requiere técnica. Tanto Occidente como Oriente nos han dado manuales del amor, libros de texto de la pasión. Algo puede decirse en favor del Kamasutra, de El jardín perfumado, incluso de El amante de lady Chatterley, y mucho puede decirse en favor de los libros de divulgación científica que intentan dar conocimientos expertos a los aficionados. Pero todo el saber y todo el arte son vanos si no los comparten ambos amantes en una entrega mutua.
No deberíamos, por falso pudor, cerrar los ojos a la verdad de que el amor, aun en su aspecto físico, es una tarea que implica la cooperación armoniosa y sincera de ambas partes. Don Juan ha de quedar siempre insatisfecho, porque para él la fornicación es una tarea para uno. El error fatal de que una relación carnal pueda ser una tarea para uno es la base sobre la que se erige la prostitución. De él brota no solo el barrio rojo, sino la enfermedad y la infección que se crían en su atmósfera malsana. Ningún joven que comprendiera el secreto de que la satisfacción sexual suprema requiere reciprocidad podría contentarse con el pobre sucedáneo (Ersatz) de las seductoras callejeras.
Dos escritores norteamericanos, Viereck y Eldridge, en Salomé, la judía errante, retratan a una mujer que busca en vano durante dos mil años la igualdad perfecta. Su heroína concede libremente sus favores a robustos gladiadores y esclavos nubios, pero se niega al único hombre al que ama porque no quiere aceptarlo sino sobre la base de una igualdad absoluta. Intenta lograr esa igualdad nivelando la diferencia entre su sexo y el de él. Salomé, o sus intérpretes, no comprenden que la igualdad en el amor no implica igualdad de función. Requiere, por el contrario, la diferenciación biológica.
El amor, aunque necesita la unión de los dos sexos, no se basa únicamente en la función sexual. El placer de la unión sexual es la prima que paga la naturaleza para asegurar la propagación. Pero ni el placer ni la propagación bastan por sí solos. El amor no es amor si su elevación no es espiritual además de física. Esta elevación no debe hacerse a costa de la sociedad ni de la especie; debe estar en armonía con la función biológica del hombre y con la conservación de la civilización.
El amor ha salido en nuestro siglo de su Edad Oscura. Muchos factores de la vida moderna son favorables al amor. Sin embargo, todavía hay muchos factores, nacidos de las imperfecciones de la sociedad humana, que militan contra el amor. Estos factores inspiran la «protesta masculina» en las mujeres y el desmesurado «miedo a la mujer» en el hombre. Ningún hombre es civilizado ni un amante perfecto hasta que sabe que solo puede encontrar su plena realización en lo que he llamado «la díada humana».
La mujer está aún más lastrada que el hombre por antiguos tabúes, sombríos vestigios de su pasado sexual. El propio lenguaje crea antagonismo entre el varón y la mujer al referirse a las hijas de Eva como «el sexo opuesto». El lenguaje niega a la mujer la igualdad completa esencial para el amor. Todavía decimos que un hombre «toma» esposa. Las palabras y los proverbios en los que perduran los viejos prejuicios son más poderosos de lo que la mayoría de los hombres cree. Mantienen vivas tradiciones falsas y corrompen sutilmente nuestro juicio. En el amor o en el matrimonio no debería haber «tomar», sino un mutuo «dar y tomar»; una «santa dualidad» (si se me permite acuñar una palabra), en la que ni el varón ni la mujer aspiren a dominar.7
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha sobre el facsímil de Esquire (Chicago), vol. 5, n.º 5, mayo de 1936, págs. 56-57 y 128-129, digitalizado en Internet Archive. Los comentarios p. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026), con el subtítulo de la redacción tal como se imprimió. Dyad se traduce «díada»; task for two, «tarea para dos»; masculine protest, «protesta masculina»; los títulos de obras citadas se dan en su forma española usual. Se conservan los errores del impreso señalados en la versión original.
Alusión probable a Benvenuto Cellini, cuyas memorias cuentan sus aventuras galantes: los donjuanes motorizados de la época. (N. del T.) ↩
Versos del poema «Laus Veneris» de Algernon Swinburne, sobre la leyenda de Tannhäuser en la montaña de Venus. (N. del T.) ↩
Alusión a la novela de Radclyffe Hall The Well of Loneliness (1928), sobre el amor entre mujeres. Las opiniones de Adler sobre la homosexualidad en este pasaje son las suyas y las de su tiempo; véase también su escrito Das Problem der Homosexualität. (N. del T.) ↩
En el impreso la lista salta de la regla 7 a la 9; no hay regla 8. (N. del T.) ↩
Las citas son de Thomas Browne, Religio Medici (1643), y de Shakespeare, Noche de reyes, V, 1. (N. del T.) ↩
Edward W. «Daddy» Browning, millonario neoyorquino cuyo matrimonio con la quinceañera Frances «Peaches» Heenan (1926) fue un escándalo de la prensa sensacionalista; el poeta es Robert Browning, célebre por su matrimonio con Elizabeth Barrett. (N. del T.) ↩
Holy Twinity: juego de palabras con Holy Trinity («Santísima Trinidad») y twin («gemelo»). (N. del T.) ↩