Prevención de la neurosis.

Por el prof. ALFRED ADLER (Nueva York).

Cabría pensar que el fundamento teórico de cualquier escuela psicológica podría combatirse con ecuanimidad científica y con el sentimiento de la propia y segura superioridad del crítico. Pero resulta que, desde que la psicología, con ayuda de Wundt, se desprendió del seno de la filosofía, han sido precisamente los fundamentos teóricos, los métodos de trabajo, el «sistema» de cada corriente psicológica, el blanco de los ataques más violentos y casi siempre personales, y mucho menos las consideraciones prácticas y el proceder práctico que se derivan del «sistema». Pasaremos por alto las disputas, a menudo repulsivas, que el entendido conoce bien, así como las falsedades y los silencios, no siempre nacidos de la mera incomprensión. Tampoco se le puede ocultar al entendido y al historiador de la psicología con qué frecuencia préstamos tomados de otro sistema han tenido que servir de apoyo a un edificio vacilante, sin que hubiera que cambiar, en realidad, más que un poquito el nombre.

En una ciencia tan joven, que muestra rasgos claramente divergentes, distintos puntos de ataque y también distintos fines, dentro de los cuales los discípulos que escuchan la palabra del maestro se ven inducidos a encerrarse frente a otros sistemas, no es de extrañar que sobre todo las disputas teóricas de fronteras degenerasen en invectivas personales; y menos de extrañar aún cuando se ha visto cuán a menudo el afán, siempre inacabado, de conocer «lo íntimo de la naturaleza» atrae precisamente también a las personas inseguras de sí mismas. A estas no les gusta que les quiten sus «defensas» (Sicherungen), y cuando se sienten amenazadas en ellas encuentran fácilmente el camino de las difamaciones personales sin fundamento. Por eso, para prevenir este desatino, he impuesto como obligación a los estudiantes de psicología individual que profundicen en los otros sistemas psicológicos. Jamás he prohibido a un paciente nervioso la lectura de otros psicoterapeutas ni que los escuchara. ¿Y precisamente yo no iba a comprender cómo el complejo de inferioridad trata de transformarse, injuriando, en un complejo de superioridad?

Si se añade a esto con cuánta frecuencia se trata, para quienes ejercen las ciencias psicológicas, de rentabilizar cuantiosas inversiones, de no perder el favor de maestros y sectas influyentes, y la lucha, a menudo encarnizada, por los puestos oficiales, se comprenderán fácilmente, sin aprobarlos, los excesos de esta joven ciencia. Consignas como «a la discusión científica de mi crítico solo responderé per- sonalmente», «declaramos patrimonio común sus resultados presentes y futuros», «quedan prohibidas las discusiones públicas con nuestro crítico» son acogidas y obedecidas de buena gana por los ánimos más débiles. Nunca he vacilado en reconocer el progreso de todos los sistemas psicológicos y científicos. Nunca me he propuesto negar la conexión profunda entre los campos de investigación de los distintos sistemas, antiguos y nuevos. Que la introspección, el psicoanálisis, el funcionalismo, el behaviorismo, el propositivismo (Purposivismus), la reflexología y la psicología de la forma han aportado valiosos sillares no puede negarlo ningún crítico imparcial. Lo mismo hemos de afirmar de la teoría de la psicología individual.

Con ello no abogamos en modo alguno por un endeble eclecticismo. Al fin y al cabo, todo psicólogo habla el lenguaje de su estilo de vida originario o modificado más tarde. Que este se muestre con más claridad en la lucha por afirmar la propia imagen del mundo merece también, por cierto, una consideración psicológica. Esto alcanza tanto al alumno del todo dependiente del maestro y falto de independencia como al escritor y orador que se congracia con él insultando a otros.

Ahora bien, me parece justificada una objeción contra una amplia serenidad científica. Un sistema psicológico está en relación indisoluble con la imagen del mundo de quien lo sostiene. Si este entrega su sistema al mundo, encontrará eco en personas de orientación parecida, legos y científicos, y proporcionará un fundamento científico a una actitud ante la vida ya consumada. Esta influencia sobre las personas, sobre la educación, sobre las actitudes religiosas y políticas y sobre otras cosas no puede negarse, como tampoco la influencia de la literatura y del arte, por ejemplo, sobre el desarrollo de la humanidad. Por mucho que otro fundamento distinto pueda sustentar el pensamiento y la acción de la humanidad, las impresiones que el individuo recibe de él, en su afán por superar las dificultades exteriores, son recogidas, tamizadas, configuradas o desfiguradas por su perspectiva preconcebida, por su imagen del mundo, terminada muy pronto. Así se explican las distintas orientaciones vitales y actitudes de los hombres aun en la mayor comunidad de condiciones. Y por lo general solo se comprende lo que uno ya sabía antes, dormido en él. (Quizá lo dijo Charcot.) ¿Qué ocurre, pues, si un sistema psicológico difunde por el mundo la concepción de una herencia absoluta, y además sin capacidad de desarrollo progresivo? ¿O si desplaza toda la culpa de los extravíos al sistema de las glándulas endocrinas? ¿O si trata de cargar al ambiente, casi siempre a la madre, con todos los defectos o virtudes de las generaciones posteriores, como si el niño fuera un puro nadie, como si no dependiera de su conducta que la madre resultara culpable o inocente? ¿O si el hecho del sentimiento de comunidad innato, su capacidad y su necesidad de desarrollo bajo la presión de la evolución y para el bien de la colectividad, se presenta como una frase hueca? ¿Qué ocurre si de un sistema se desprende: «¿por qué he de amar a mi prójimo? ¿Me ama él a mí?»? ¿O si se presenta como fundamento de la vida anímica humana un omnipotente instinto de destrucción, que solo se mitiga exteriormente por la astuta comprensión de lo fácilmente que uno puede salir perjudicado, o por las admoniciones morales de los padres, que (¡tantas veces!) faltan? ¿Qué ocurre si en la imagen del mundo, tantas veces ya dispuesta, de las personas dirigentes se insinúa la conclusión de que la humanidad, mala por naturaleza, solo puede entrar en razón mediante la opresión exterior? ¿O si el afán, hasta hoy sin éxito, de la mujer por la igualdad de valor con el hombre —la única prenda segura de un amor y un matrimonio felices— fuera un engaño, un extravío, defectuoso por la falta de cierto órgano?

La imagen del mundo de cada individuo, su vida en la sociedad, su manera de entender la profesión, el amor y el matrimonio, sus aspiraciones sociales, su solidaridad humana, su colaboración en el progreso humano: todo depende de su concepción psicológica fundamental de la vida anímica humana, por deficiente que esta sea. ¿Hay que dar por meros deslices pasajeros lo que tan visiblemente está sacado del mal espíritu de nuestro tiempo?

Entiéndase bien: se trata aquí de los efectos prácticos de principios inmaduros y carcomidos, de sistemas científicos, no de capas superficiales evitables y separables del conjunto. La unidad de la personalidad de sus autores, la coherencia, aunque trabajosa, de sus sistemas, induce una y otra vez a personas de orientación parecida —quizá sea la mayoría— a tener por orientadores sus propios desvíos sociales, conjurados por un sistema científico.

Después de que cayó el apoyo aparentemente más fuerte, la igualdad de los gemelos univitelinos, y de que ya nadie quiere haber sido quien afirmó la identidad anímica de los gemelos univitelinos, los hereditaristas siguen firmes en su fe y en sus consecuencias. El niño mismo, la persona que con su herencia se ve enfrentada, desde todas las formas de vida, a cuestiones siempre nuevas y cambiantes, no cuenta, queda olvidado. Cuando en 1907 publiqué un «Estudio sobre la inferioridad (heredada) de los órganos» (y su compensación psíquica), se tragaron, eso sí, la inferioridad hereditaria, pero se olvidó la peculiaridad individual del niño que vive esa inferioridad y elabora esa vivencia, con creación propia, en su actitud individual. Del mismo modo que, con excepción del funcionalismo, el behaviorismo, el propositivismo y la psicología de la forma, se ha olvidado que el material propio y seguro de la psicología es la relación en movimiento del individuo («peculiar», añadiría la psicología individual) con las tareas del mundo exterior (habría que mencionar también a Auguste Comte).

La herencia, desde luego la corporal, pero también las posibilidades hereditarias, peculiarmente humanas, no están sometidas a duda alguna. Solo que lo que el niño hace con ellas es su propio rendimiento creador. Los cromosomas humanos, la corporeidad, las glándulas endocrinas y la sangre ponen sin duda al hombre en situación de moverse humanamente, de modo que se hace visible su condición humana. Pero cómo y hacia qué meta configura él esas capacidades de obrar, solo lo muestran las millones de diferencias de las formas de vida individuales, que, por la pobreza de nuestro lenguaje, aparecen muy a menudo como desintegradas, mientras que en cada caso concreto pueden demostrarse como una variante unitaria, determinada por la meta vital (idéntica a la imagen del mundo del individuo).

Así, la herencia anímica puede concebirse como una suma de sillares con los que, por diferentes que sean, cada cual construye en la infancia su estilo de vida. Con frecuencia se pueden comprobar semejanzas, probabilidades estadísticas; igualdad, nunca. Para hacerme bien comprender, y pese a mi aversión a recurrir a comparaciones en las explicaciones científicas, quiero señalar cómo un martillo puede ser considerado por cualquiera una herramienta, dotada de la sabiduría heredada y acrecentada de la historia humana, hecha para clavar un clavo. Pero, llegado el caso, puede usarse como proyectil, como pisapapeles, como instrumento de asesinato. Es ambiente, hecho de experiencia y de vivencia, exactamente igual que el valor del cuerpo y las posibilidades hereditarias del hombre. Uno de mis críticos, a quien las obviedades le son tan ajenas que hay que decírselas, me acusó de negar la herencia, de modo que no se explicaba por qué un hijo de hombre no podría convertirse en un asno. Pues bien, a veces yo mismo me pregunto por qué no.

Un modo de consideración semejante al que se aplica a la herencia de la vida anímica —se trata sin duda de examinar la herencia de la relación social— procede también frente a los factores del ambiente. También ellos, como las disposiciones hereditarias, pueden constituir incitaciones, si la fuerza creadora del niño así lo quiere. Pero establecer las relaciones con las tareas del mundo exterior y configurarlas de acuerdo con el propio estilo es obra del niño («el niño, padre del hombre»)1, en un mundo siempre en movimiento y en transformación. De algún modo, esta intuición está presente en todos los investigadores serios que atribuyen al ambiente, a la educación, todas las consecuencias, casi siempre solo las malas. Ninguno de ellos ha afirmado todavía, y mucho menos demostrado, que el mismo ambiente, la misma educación puedan crear igualdad; esa igualdad que, como un fantasma espantoso, vuelve a asustar sin motivo a muchos. También los influjos del ambiente, la conducta ejemplar de personas cercanas, los influjos educativos, solo ejercen sobre el niño un atractivo para aceptarlos en el sentido del educador cuando su aceptación parece prometer al niño, como al adulto, un éxito de su estilo de vida. Este hecho debe oponerse también al behaviorismo y a la reflexología: nunca se logrará producir reflejos o «reflejos condicionados» («conditioned reflexes») que conduzcan a un sentimiento de derrota.

Estos hechos duros producen casi siempre el siguiente doble juego: lo que no puede valorarse como influjo del ambiente se valora como influjo hereditario; lo que no puede alegarse con la oscura referencia a la oscura herencia, que suele presentarse de manera generalizadora, se carga a la cuenta de la educación. Pero solo una cosa es segura: que la herencia y los influjos del ambiente son dirigidos por el niño, que tantea y busca en la oscuridad, hacia posibilidades de éxito; posibilidades de éxito que, examinadas con más madurez, a menudo no pueden juzgarse posibilidades de éxito en el verdadero sentido de la palabra. En trabajos anteriores, también en El sentido de la vida («Sinn des Lebens»), he señalado que por «éxito» puede entenderse, aunque no aprobarse, también la opresión de los más débiles, el apoyarse en otros, la eliminación de importantes cuestiones de la vida que hacen prever la posibilidad de una derrota.

Parece en general que hoy todavía hay que resignarse a entender, en la estructura heredada, humana y en movimiento de la vida, ante todo como certezas todos los rasgos que han de considerarse propios del hombre. Claro está que no hay que pensar en relaciones sociales, sino en las posibilidades y capacidades que les sirven de base, para las que ni siquiera tenemos nombre. Son, como hemos de suponer, regalos de la evolución, de billones de años de antigüedad, venga esta de donde venga. Que, a su vez, una concepción según la cual rendimientos notables, geniales —geniales porque enriquecen y guían a la humanidad de un modo nuevo—, como intensificaciones de la capacidad de rendimiento humana general, no tienen por qué arraigar precisamente en el terreno, para nosotros del todo oscuro, de la disposición germinal, no es todavía un sacrilegio, con toda nuestra veneración por lo genial, que es raro. Pero en lo que respecta a la concepción de los rasgos de carácter innatos, que a veces se disfraza de psicología de los instintos, su punto de vista es insostenible ya por el solo hecho de que los rasgos de carácter, como algo que es, como entidad, no existen en absoluto. Los rasgos de carácter son la apariencia externa de las relaciones sociales de una persona con las cuestiones de su entorno, y son en todo caso designaciones de cómo se expresa el estilo de vida de un individuo determinado ante un estímulo exterior, que también puede brotar de él mismo. Se llama «bueno» a un hombre cuando se relaciona con otros seres vivos de un modo útil para la colectividad, y «malo» cuando contradice el sentimiento de comunidad. Al educador, y sobre todo al psicoterapeuta, le resulta desproporcionadamente más fácil observar lo «malo», el «instinto de destrucción» en el hombre. Por eso se encuentra casi siempre en ellos la conclusión errónea de que el hombre es malo de nacimiento.

Pero resulta precisamente lo contrario. Creemos poder establecer que puede señalarse una segunda fuerza, demostrable en la estructura de la vida —junto a la primera, que aspira a la superación—: el sentimiento de comunidad. Ambas parecen ser, en el nivel actual, componentes y regalos de la evolución, la primera probablemente la más antigua. El concepto de vida, movimiento en el sentido más amplio, no puede pensarse sin la capacidad de una adaptación activa. Y todas sus funciones están desarrolladas correctamente con vistas a este contacto victorioso con el mundo exterior. Nuestras funciones corporales y anímicas solo se consideran correctas, sanas, normales cuando sirven para superar las resistencias exteriores normales. Pero solo se consideran razonables cuando están en armonía con la cultura en progreso. Y eso quiere decir: cuando tienen valor de eternidad, porque obran conforme al bienestar y de acuerdo con el desarrollo superior de la humanidad entera, porque contribuyen a la meta de la evolución de la humanidad.

Desde estos dos puntos de vista ha de considerarse la actitud de los individuos ante los problemas de la vida. Que cada uno de ellos aspira a posibilidades de éxito en su propio sentido puede darse por supuesto en la investigación. También el suicidio está en el camino de una posibilidad de éxito, contraria, eso sí, a la comunidad. Pero qué significa para él posibilidad de éxito necesita una determinación exacta. En cuanto esto se haya aclarado, se podrá observar también hasta qué punto su meta de superioridad es compatible con un sentimiento de comunidad desarrollado.

Pues bien, en la neurosis se encuentra siempre la meta, casi siempre muy alta, de una superioridad personal. La prueba puede aportarse siempre, según los principios de la psicología individual, a partir de todas las fases de la vida y todas las actitudes desde la primera infancia, y también ha de exponerse con cuidado y amabilidad en beneficio de la curación. Que a esta meta tan alta de una superioridad personal le falte la justa medida de sentimiento de comunidad, que no deje desarrollarse suficientemente el interés por los demás, es comprensible, y no es acaso un segundo error. Pero resulta además un tercer elemento, que se impone al investigador que individualiza: en los nerviosos se encuentra siempre que se trata de personas menos activas, que, naturalmente, en virtud del estilo de vida que permanece igual, ya en la infancia dejaban echar en falta una actividad deseada y deseable. Esta prueba de la actividad no puede establecerse numéricamente, como tampoco el grado del sentimiento de comunidad o el afán de poder personal. Todas sus medidas solo pueden obtenerse mediante la intuición empática artística y mediante la comprobación de su continuidad.

Pero ahora hemos de volver a nuestro punto de partida. Mientras se trate de crítica infundada o de difamación personal de la psicología individual, de silenciar su vigorosa vida, del ataque a las teorías, no nos parece que merezca el sudor tomar parte en esta pendencia alimentada por un sentimiento de debilidad. Pero tendremos que actuar con más fuerza en cuanto creamos estar en condiciones de prevenir la miseria que la neurosis carga sobre quienes la padecen, sobre su entorno, sobre la humanidad entera. Tampoco basta aquí con fruncir los labios: hay que silbar.2 ¿O debemos esperar a que las escuelas psicológicas en disputa se decidan a dar juntas el paso a la realidad, a colaborar en la prevención de la neurosis y a comprobar con los hechos si de verdad es exacta la tesis individualpsicológica de que la neurosis es el desarrollo natural y consecuente de un niño poco activo, lleno de afanes personales y egocéntricos y, por tanto, retrasado en el desarrollo del sentimiento de comunidad?

Se puede comprobar también fácilmente que el neurótico fue un niño para quien el apoyarse en otra persona aparecía como posibilidad de éxito. Este niño desarrolló durante algunos años su enriquecimiento de la vida de manera que podía conseguirlo todo fácilmente con la ayuda de los demás, o esperarlo todo de los demás. Así se llegó a la detención de su desarrollo del sentimiento de comunidad (soziales Interesse)3 y a una imagen del mundo que le prometía la rápida satisfacción de sus deseos. Desarrollar actividad no era, con ello, urgente. El neurótico muestra desde el comienzo de su vida el «estilo de vida mimado», que no está a la altura de las tareas sociales de la vida.

Pero ¿qué sucede con aquellos niños que presentan también el «estilo de vida mimado», pero tuvieron que conquistar sus posibilidades de éxito de un modo más activo? Tampoco ellos ven en los demás al semejante (Mitmensch). También ellos están bajo la coacción de una imagen del mundo según la cual tendrían que esperarlo todo de los demás y tomarlo en virtud de su actividad. También a ellos les falta el cultivo del sentimiento de comunidad innato. Pero corren mucho menos peligro de volverse neuróticos. En el momento dado, que es siempre una causa exógena, tienden a la criminalidad. De esto, en un artículo posterior.

En este tiempo en que la psicoterapia alemana se sitúa por completo en el punto de vista de la psicología individual y ha reconocido la falta de sentimiento de comunidad como causa de la neurosis —(solo la psicología hereditarista sigue mostrando, claro está, todo su disgusto)—, bastaría una comprobación cuidadosa para establecer el hecho de que la neurosis es el destino probable de los niños que se han creado el estilo de vida mimado, poseen un sentimiento de comunidad demasiado escaso y presentan el tipo menos activo. Estaría permitido andarse ordeñando palabras y conceptos. Pero entonces podría emprenderse una profilaxis de gran alcance para vaciar los sanatorios y manicomios y producir en masa, en su lugar, al semejante, al hombre que vive con los demás, y no al que vive junto a ellos o contra ellos (Neben- o Gegenmensch).4 Que también desde Hungría se deje oír ya una voz, la de un autor que trata de indagar la actividad mayor (criminalidad) y menor (neurosis y psicosis) de tales niños, es un paso más hacia delante por los cauces de la psicología individual.

Solo quisiera subrayar todavía una cosa, para preservar a quienes hagan la comprobación de un error que está muy a mano. El «estilo de vida mimado» no debe deducirse de la conducta de la madre o de la abuela. Es la creación del niño, que con frecuencia se impone aun allí donde no puede hablarse de mimo por parte de una segunda persona. Hay que captarlo en la conducta de la persona examinada.

Se comprenderá que a las exigencias de la psicología individual que de ello se derivan hay que darles un énfasis frente al cual torcer la nariz o andarse con sutilezas sería de todo punto desacertado.

Aquí va un ejemplo por todos:

Un joven de veinte años acude a la consulta quejándose de que es incapaz de vivir y de trabajar, porque en cada encuentro con personas extrañas sufre rubor y ataques de angustia. Este cuadro lo conoce el psiquiatra como eritrofobia. Si está solo o en el seno de su familia, se siente tranquilo y a gusto. Puede decirse, pues, que la «causa» de su ataque nervioso no está en él, sino en la aparición del otro, del extraño. Y también que la excitación emocional ligada a esta «causa» agita su sistema circulatorio, especialmente propenso a ello. Sin duda también otros sistemas de órganos y funciones psíquicas, como muestran los fenómenos de angustia que acompañan. El psicólogo individual, para quien lo importante como material de investigación son en primer lugar las relaciones sociales del paciente, en este caso la relación de trato social, llegará fácilmente a la conclusión de que el sentimiento de comunidad está restringido en este estilo de vida, de que el paciente vive su posibilidad de éxito en la retirada, iniciada por la angustia, frente a las exigencias de la comunidad (sin mostrarse, como tampoco otros psicólogos, conocedor de este hecho), y de que su actividad presenta un grado escaso. Estos son los tres factores que pueden demostrarse cada vez en la estructura de una neurosis. El factor exógeno, verse expuesto a los veinte años, con una preparación en general deficiente en sentimiento de comunidad, a las exigencias de la sociedad, de la profesión y del amor, salta a la vista, como también las situaciones especiales, ahora desencadenantes: cada encuentro con otros. La segunda comprobación consistiría ahora en aclarar por qué este paciente no ha desarrollado desde la primera infancia su sentimiento de comunidad innato. En esta investigación solo daremos, claro está, con circunstancias que lo indujeron a su actitud ante la vida, que él tuvo que sentir como «causa» y que para otros, como para su hermana menor por ejemplo, no habrían sido «causas» en absoluto; no para esta hermana, que vivió en la infancia aproximadamente lo mismo, pero sacó de ello otras consecuencias y se convirtió en una persona independiente y valerosa. El hecho que inhibía su sentimiento de comunidad era, pues, que creció bajo el dominio de una madre bondadosa, pero dominante, que quería tener siempre a sus hijos a su alrededor y que ordenaba y controlaba todos los movimientos de los niños. De sus recuerdos queremos destacar los siguientes: cuando un día de verano el padre fue de visita al campo, el paciente, que tenía entonces tres años, no lo reconoció. Esto puede entenderse sin duda en el sentido de que estaba ligado anímicamente solo a la madre y a la hermana. (Freud hablaría aquí del complejo de Edipo, que, sin embargo, aun en la deformación psicoanalítica no representa otra cosa que el producto artificial y fallido del estilo de vida mimado.) Además, en la escuela siempre procuraba quedarse en segundo plano y, a ser posible, no ser visto. Amigos no tenía. Cuando nació su hermana, sufrió durante algún tiempo de gritos nocturnos. Una habitación a oscuras o quedarse solo eran para él situaciones terribles. Todavía era ordenado y se mostraba obediente, porque con ello se ganaba el elogio de la madre. Con la hermana, aparte de pequeñas riñas, se llevaba bien, lo que apunta a su escasa actividad. Es más, más tarde se sometió también a ella.

Después de la primera entrevista me contó el siguiente sueño: llegaba a la consulta. El médico no estaba. Alguien le decía que el médico solo trataba a locos.

Si en la interpretación de un sueño se pone el acento, como hace la psicología individual, en atender al movimiento, o al movimiento esbozado, dentro del sueño y a su dirección, que apunta hacia el futuro, se llega al resultado de que el médico, es decir, mi persona, aparece eliminado, y probablemente también presentado, en tono de reproche, como desinteresado, como alguien que descuida su deber. Que solo trate a locos indica que el paciente no se siente en el lugar adecuado. Ambas indicaciones señalan la dirección de llegar incluso a interrumpir el tratamiento con pretextos. Una amable explicación de que su estilo de vida se expresaba muy claramente también en el sueño, y de que lo hacía, como siempre en el sueño, en oposición al common sense, a la razón, hizo avanzar rápidamente al paciente. Se le explicó que también en este sueño podía reconocerse su afán de posibilidad de éxito en la eliminación de personas extrañas, así como su restringido sentimiento de comunidad y su escasa actividad. En un tiempo relativamente breve el paciente estaba curado y aceptó un empleo en el que se encontraba a gusto.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del ejemplar digitalizado en Internet Archive: Alfred Adler, «Vorbeugung der Neurose», Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie, 13 (1935), n.º 3 (julio-septiembre), págs. 133-141. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en párrafos, las cursivas del original y la paginación original. Las construcciones a veces irregulares del alemán de Adler se han vertido de forma legible sin alterar el sentido. Las expresiones que el original da en inglés (common sense, conditioned reflexes) se dejan tal cual. Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo; las adiciones del traductor van entre corchetes.

  1. Verso de William Wordsworth, «The Child is father of the Man» («My heart leaps up», 1802), que Adler cita en alemán. (N. del T.) ↩

  2. «Auch Lippenspitzen hilft da nicht. Da muß gepfiffen werden»: alusión al dicho alemán «no basta con fruncir la boca, hay que silbar» (es ist nicht genug, den Mund zu spitzen, es muß auch gepfiffen werden), es decir, no bastan los gestos: hay que actuar. (N. del T.) ↩

  3. Soziales Interesse: término que Adler emplea en alemán en sus últimos años, calcado de su propio inglés social interest. Conforme al glosario del archivo, se traduce también «sentimiento de comunidad», como Gemeinschaftsgefühl, que aparece en el mismo texto; donde Adler usa soziales Interesse se indica la primera vez entre paréntesis. (N. del T.) ↩

  4. Juego de palabras con Mitmensch (literalmente «hombre-con», el semejante, el prójimo), Nebenmensch («hombre-junto a») y Gegenmensch («hombre-contra»). (N. del T.) ↩