Sobre el tema: las perversiones sexuales12

Por el Dr. Alfred Adler

Espero que no se sientan decepcionados si sobre el tema que hoy quiero tratar solo doy una exposición esquemática. Puedo hacerlo con tanta más razón cuanto que la mayor parte de ustedes está familiarizada con las ideas fundamentales de la psicología individual, de modo que el mero apunte de un problema lo entenderán como si fuera un tratamiento detallado del mismo. Aquí se trata más bien de mostrarles la concordancia de nuestra concepción del mundo con la estructura de la perversión sexual. En nuestro tiempo no es asunto exento de peligro, porque precisamente hoy es abrumadora la corriente que atribuye las perversiones sexuales a factores innatos. Esto es tan importante que no se puede perder de vista este punto de vista, ya que, según nuestra concepción, se trata de productos artificiales que han entrado con la educación sin que el afectado lo sepa. Por ello ven ustedes la gran oposición en que nos hallamos respecto de otros, y las dificultades, que no se nos aligeran cuando otros, como por ejemplo Kraepelin, subrayan una concepción parecida.

Para ilustrar nuestra relación con los demás, quiero contar un caso que no se refiere a perversiones sexuales o que solo las roza de lejos. Se trata de una mujer que vive en un matrimonio feliz y tiene dos hijos. Desde hace seis años está en lucha con su entorno. El problema es el siguiente: afirma que una amiga de muchos años, a la que conoce desde la infancia y a la que había admirado por sus capacidades, se ha revelado desde hace seis años como una mujer dominante que siempre anda buscando atormentar. Ella misma es la que más sufre por ello, y aduce una serie de pruebas que los demás niegan. Afirma: puede ser que en algunas cosas haya ido demasiado lejos, pero en el fondo tengo razón. Hace seis años, esta amiga hizo comentarios despectivos sobre otra amiga en ausencia de esta, mientras que en su presencia siempre se hacía la amable. Ahora teme que la amiga pueda hacer comentarios parecidos sobre ella. Otra prueba: la amiga observó: «El perro es obediente, sí, pero tonto». Y al decirlo echó a nuestra paciente una mirada que quería decir: «Como tú». Pueden imaginarse que el entorno de la paciente estaba extraordinariamente indignado con esta exposición, a la que no daba ningún peso, y se ponía firmemente del lado de la acusada. Ante los demás, esta mujer se mostraba por su lado más hermoso. Para corroborar su opinión, la paciente decía: «Fijaos solo en cómo trata a su perro. Lo atormenta y le hace hacer gracias que al perro le cuestan muchísimo». El entorno opinaba: «No es más que un perro, eso no se puede comparar con el trato a las personas; con las personas es bondadosa». Los hijos de mi paciente estaban muy apegados a la amiga y se ponían en contra de la opinión de la madre. También el marido negaba que fuera posible otra interpretación. La paciente encontraba siempre nuevas pruebas del afán de dominio de la amiga, que se dirigía especialmente contra ella. No vacilé en declarar a la paciente que tenía la impresión de que ella tenía razón. Se entusiasmó. Luego salieron todavía algunas cosas que hablaban en favor del afán de dominio de aquella mujer, y finalmente el marido me confirmó mi impresión. Entonces se vio de golpe: la pobre mujer tiene razón, solo que hace mal uso de ella. En lugar de comprender que existe algo así como una tendencia encubierta a rebajar a los demás, y que a una persona hay que disculparle algo, se volvió por completo contra aquella mujer, lo encontraba todo censurable y se irritaba. Tenía una epidermis más fina; podía adivinar mejor, aunque no comprender, lo que pasaba dentro de la amiga.

Lo que con esto quiero decir es: a menudo lo más funesto del mundo es tener razón. Suena sorprendente; quizá encuentren en su propia vida que han tenido razón y que de ello ha surgido una desgracia. Basta con que piensen en lo que podría suceder si esta mujer cayera en manos de alguien que no tuviera una epidermis fina: hablaría de delirio querulante, de ideas paranoides, y la trataría de tal modo que se encontraría cada vez peor. Es difícil renunciar a la razón cuando se tiene. En este caso se hallan todos los investigadores que están convencidos de tener razón y que ahora tienen que defenderse. No debemos extrañarnos si también en torno a nuestras ideas se encienden grandes luchas. Solo tenemos que guardarnos de tener razón y hacer mal uso de ella: no queremos dejarnos irritar porque haya tantos investigadores que combaten nuestras ideas. En la ciencia hay que tener muchísima paciencia. Si hoy, respecto de las perversiones sexuales, predomina la idea de la herencia, ya se trate de hereditaristas simples que hablan del tercer sexo o de que el otro sexo es innato en uno, o de quienes hablan de que factores innatos llegan a desplegarse y de que ahí no se puede hacer nada, o ya se hable de componentes innatos, todos estos factores no pueden movernos a abandonar nuestra concepción. Se ve que a los organicistas, en su búsqueda de alteraciones orgánicas, de anomalías orgánicas, les va extraordinariamente mal.

Por lo que se refiere a la homosexualidad, quisiera presentarles una comunicación que apareció el año pasado y que afecta a aquel problema que se planteó en 1927, cuando Laqueur descubrió que en la orina de todas las personas se encuentran hormonas del otro sexo. A quien esté poco firme en nuestra concepción, este hecho le resultará sorprendente. Podría pensar que, si se desarrollan perversiones, proceden de la bisexualidad. Las investigaciones de Bran3 en nueve homosexuales han mostrado que en ellos se encontraron las mismas hormonas que en los no homosexuales. Es un paso adelante en nuestra dirección. La homosexualidad no depende de las hormonas.

Hoy quiero presentarles un esquema con el que pueden clasificar todas las corrientes de la psicología. Hay psicologías de la posesión, que se ocupan de establecer lo que una persona trae al mundo y posee, y que quieren derivar de esa posesión todo lo anímico. Desde el punto de vista del common sense4, es un asunto funesto. Por lo demás, en la vida no se suele sacar todas las consecuencias de lo que alguien posee, sino del uso que puede hacer de lo que posee. Nos interesa mucho más el uso que la posesión. Si alguien posee una espada, no por ello se ha dicho que haga de ella el uso adecuado; puede tirarla, puede repartir mandobles, afilarla, etc. Nos interesa el uso. Por eso quisiera decir: hay otras corrientes de la psicología que habría que considerar psicologías del uso. La psicología individual, que para comprender a una persona tiene en cuenta su toma de posición ante las cuestiones de la vida, tiene en cuenta el uso. A las personas que piensan correctamente no necesito añadirles que nadie puede hacer un uso que vaya más allá de sus capacidades, que siempre permanece dentro del marco de las capacidades humanas, sobre cuyo alcance no podemos decir nada definitivo.

Respecto del uso de las capacidades hay que decir: el paso más fuerte que ha dado la psicología individual ha sido, en realidad, declarar que la ley de movimiento en la vida anímica de una persona es lo decisivo para su peculiaridad. Aunque era necesario dejar congelarse el movimiento para verlo como forma, siempre lo hemos visto todo desde el punto de vista de que todo es movimiento, y hemos encontrado que así tiene que ser para llegar a la solución de cuestiones, a la superación de dificultades. No se puede decir que el principio del placer contradiría esto; también el afán de placer es la superación de una sensación de displacer. Si esto es correcto, tendremos que ver también las perversiones sexuales a esta luz. Así se ilumina en primer lugar el campo del movimiento, tal como lo exige la psicología individual. Quisiera subrayar que, si con ello llegamos a fórmulas, a ideas fundamentales sobre la estructura de la neurosis, para el caso individual no se ha hecho ni mucho menos bastante. Cada caso individual representa algo único, algo que nunca se repite. Cuando, por ejemplo, se emprende una terapia, es reprobable proceder con frases generales. Del hecho de la psicología del uso se sigue que el individuo, separado de la trabazón social normal, no podría revelar nada de su peculiaridad. Solo podremos decir algo sobre su peculiaridad cuando lo sometamos a una prueba y podamos observar entonces el uso que hace de sus capacidades. En este sentido, la psicología individual se aproxima a la psicología experimental, mucho más estrecha, solo que aquí es la vida la que hace los experimentos. Los factores exógenos que se le ponen delante al individuo son de la mayor importancia para nuestro examen; tenemos que aprender a comprender qué relación tiene precisamente este individuo único con el problema que tiene ante sí. Tenemos que considerar dos lados y aprender de qué manera se mueve este individuo frente al problema exterior. Buscamos cómo trata de hacerse dueño del problema. El modo de andar, la ley de movimiento del individuo frente a una tarea siempre social, es el campo de observación de la psicología individual. Nos encontramos aquí ante diferencias por millones. Solo es posible orientarse en esa enorme diversidad si provisionalmente se supone algo típico, con la conciencia segura de que lo que se supone típico presenta siempre variantes. La comprensión de lo típico solo ilumina el campo de investigación, y entonces empieza la difícil tarea de buscar lo individual. Para ello hace falta una epidermis fina; también se puede adquirir. En esta ley de movimiento que percibimos podemos distinguir cuatro formas típicas, que he descrito en mis dos últimos trabajos en esta revista.

Prescindiendo de las demás formas de movimiento frente a las tareas de la vida amorosa, en las perversiones encontramos de manera llamativa el frente de despliegue estrechado5. Se ve que la amplitud normal del despliegue no existe, que está extraordinariamente reducida, que solo se resuelve una parte del problema, como por ejemplo en el fetichismo. Es importante también comprender que todas estas formas de movimiento se dirigen a una meta de superación de los sentimientos de inferioridad. Si consideramos el movimiento, el uso que alguien hace de sus capacidades, guiado por su opinión, por el sentido que atribuye a la vida sin saberlo6, sin haberlo puesto en palabras y conceptos; si partimos de este punto de vista, podemos adivinar qué meta de superación ha de flotar ante sus ojos, qué satisfacción, que le parece superación, cuando no se entrega por entero al problema amoroso, se queda a distancia o avanza más despacio y deja pasar el tiempo. Se puede remitir aquí al ejemplo de Fabio Máximo Cunctator, que ganó la batalla porque vaciló largo tiempo. Esta meta de superación se ve clara también en las neurosis sexuales (frigidez, eyaculación precoz, etc.). El problema se toca, pero a distancia, en actitud vacilante, sin cooperación, lo cual no da lugar a la solución del problema. En esta forma de movimiento encontramos también la tendencia a la exclusión, que aparece con la máxima fuerza en la homosexualidad pura. También actúa en otros casos, como en el fetichismo y el sadismo. En este último encontramos una fuerte agresión que no conduce a la solución del problema, y podemos percibir una forma peculiar de vacilación, de exclusión, en la que una excitación sexual lleva a sojuzgar al otro, un fuerte asalto que da lugar a una solución deficiente de un problema. Lo mismo en el masoquismo, en el que la meta de superioridad ha de entenderse en dos direcciones. Está claro que el masoquista da órdenes a su pareja y que, a pesar de su sentimiento de debilidad, se siente como quien manda sobre el otro. Al mismo tiempo, excluye las posibilidades de una derrota con un frente de despliegue normal. Mediante un truco llega a superar la tensión angustiosa.

Si consideramos la toma de posición individual del individuo, encontramos lo siguiente: si alguien mantiene una determinada forma de movimiento, resulta por sí mismo que excluye otras formas de solución del problema. Esta exclusión no es casual; igual que este proceso de movimiento está entrenado, también la exclusión está entrenada. No hay perversión sexual sin entrenamiento. Claro que esto solo lo ve quien atiende al movimiento. Tendremos que destacar con nitidez aún un segundo punto de vista. El proceso normal de movimiento sería ir hacia un problema para resolverlo en su totalidad. Esta preparación no la encontramos en absoluto si consideramos el movimiento anterior del individuo. Ahí encontramos [esta falta de preparación]7 hasta los primeros años de la infancia, en los que se forma un prototipo a partir de capacidades y posibilidades innatas, estimulado por influencias de fuera. Pero lo que este niño hace de todas las influencias y de la vivencia de sus órganos no podemos saberlo. Aquí el niño trabaja en el reino de la libertad con fuerza creadora propia. Se encuentran probabilidades en abundancia; siempre me he esforzado por destacarlas y al mismo tiempo negar su condicionamiento causal. No es cierto que un niño que viene al mundo con una debilidad de los órganos endocrinos tenga que hacerse neurótico, pero hay cierta probabilidad de que, en general, determinadas vivencias actúen en una dirección aproximadamente parecida si no se hacen eficaces las influencias educativas adecuadas en favor del contacto social. Tampoco las influencias del medio son tales que pudiéramos predecir lo que el niño hará con ellas. Aquí hay mil posibilidades en el reino de la libertad y del error. Cada uno configurará un error, porque nadie puede apoderarse de la verdad absoluta. Se muestra lo siguiente: para llegar a ser una persona aproximadamente normal, el prototipo ha de estar provisto de cierto impulso a la colaboración. El desarrollo de una persona depende de cuánto sentimiento de contacto se haya desarrollado en su tercer, cuarto, quinto año de vida. Ya allí se muestra el grado de capacidad de vinculación. Si examinan desde este punto de vista los fracasos, verán que todas las formas de movimiento erróneas se explican por una falta de capacidad de contacto. Más aún: por su peculiaridad, el afectado se ve obligado a protestar contra cualquier otra forma para la que no está preparado. Tenemos que ser tolerantes en nuestro juicio sobre estas personas, porque no han aprendido a desarrollar la medida suficiente de sentimiento de comunidad8. Quien ha comprendido esto comprende también que el problema amoroso es un problema social, que no puede resolverlo quien muestra poco interés por el otro, ni puede resolverlo quien no lleva dentro de sí la conciencia de participar en el desarrollo de la humanidad. Este tendrá una ley de movimiento distinta de la de quien es apto para la solución de la cuestión amorosa. Así podemos comprobar de todos los perversos que no han llegado a ser de los que marchan con los demás.

Podemos encontrar también las fuentes de error que nos hacen comprender por qué el niño se ha quedado atascado en la falta de capacidad de contacto. El fenómeno de la vida social que da lugar con más fuerza a la deficiente capacidad de contacto es el mimo. Los niños mimados solo tienen contacto con la persona que los mima y, en consecuencia, se ven obligados a excluir a todas las demás personas. Para cada perversión en particular pueden demostrarse además otras influencias. Se puede decir: aquí esta vivencia ha actuado sobre el niño de tal modo que ha configurado su ley de movimiento de manera que ha llevado en esta dirección la cuestión de su relación con el otro sexo. Todas las perversiones muestran su ley de movimiento no solo frente al problema amoroso, sino en todas las pruebas para las que no están preparadas. Por eso encontramos en las perversiones sexuales todos los rasgos de carácter de la neurosis, como hipersensibilidad, impaciencia, tendencia a los arrebatos afectivos, la avidez, igual que todos los perversos se justifican diciendo que están como bajo una compulsión. Es una cierta avidez de posesión, que tiende a llevar a cabo el plan que les viene dado por su peculiaridad, de modo que la protesta contra otra forma se encuentra extraordinariamente fuerte, tan fuerte que tampoco quedan del todo excluidos peligros para el otro (asesinato sexual, sadismo).

Hoy quisiera mostrarles cómo puede averiguarse la observación del entrenamiento para una forma determinada de perversión sexual, cómo nos muestra que ciertas perversiones tienen que surgir sobre la base de tal entrenamiento. No hay que buscar el entrenamiento en lo material; hay que comprender que el entrenamiento puede realizarse también en el pensamiento y en el sueño. Es una indicación importante de la psicología individual, porque muchos creen que, por ejemplo, un sueño perverso es una prueba de homosexualidad innata, mientras que nosotros, por nuestra concepción de la vida onírica, podemos establecer que este sueño homosexual pertenece al entrenamiento, exactamente igual que pertenece a él desarrollar el interés por el mismo sexo y excluir al otro. Este entrenamiento quisiera mostrárselo hoy en una época en que todavía no puede hablarse de perversiones sexuales. Les presentaré dos sueños para mostrar que la ley de movimiento se encuentra también en la vida onírica. Cuando se está equipado con conocimientos de psicología individual, no se retrocederá ante la tarea de investigar en cada pequeño fragmento la forma de vida entera. Pero también en el contenido del sueño tenemos que encontrar la forma de vida entera. Quisiera expresar la idea de que nos pasa como en un trabajo de detective. No estamos bendecidos con todos los materiales que necesitamos para nuestra tarea; tenemos que aumentar extraordinariamente la capacidad de adivinar para establecer la unidad del individuo.

Primer sueño: «Me traslado a la futura época de guerra. Todos los hombres, incluso todos los muchachos de más de diez años, tienen que incorporarse a filas». . . .

De la primera frase el psicólogo individual puede deducir que se trata de un niño que dirige su atención a los peligros de la vida, a la falta de consideración de los demás.

. . . «Sucede entonces que una tarde, al despertar del sueño, veo que me encuentro en una cama de hospital. Junto a la cama están sentados mis padres».

En la elección de la imagen se ve el mimo.

«Les pregunté qué pasaba. Me dijeron que había guerra. Querían que la guerra no fuera tan dura para mí, y por eso me habían hecho operar para que me volviera niña».

De ahí pueden ver cuánto se preocupan por él los padres. Es decir: cuando estoy en peligro, me agarro a mis padres. Es la forma de expresión de un niño mimado. No daremos un paso más de lo que sea absolutamente posible. En nuestro trabajo tenemos la obligación de ser tan escépticos como podamos. Aparece el problema de la transformación. Si se prescinde de experimentos científicos que todavía son dudosos, hay que decir que es una idea de profano la de que un muchacho pueda transformarse en una niña. Aquí prueba la inseguridad respecto a la vida sexual; nos muestra que el soñador no está del todo seguro en su convicción acerca de su papel sexual. Más de uno se sorprenderá al oír que se trata de un muchacho de 12 años. Podrán observar cómo llega a esta concepción. La vida le parece inaceptable por tareas como la de la guerra; protesta contra ello.

«Las niñas no tienen que ir a la guerra. Si yo tuviera que incorporarme, no me podrían arrancar de un tiro el miembro, porque no tengo uno como los chicos».

En la guerra uno podría perder el miembro. Un argumento poco convincente en favor de la castración.

«Volví a casa, pero, como por milagro, la guerra había terminado».

Así que la operación era superflua. ¿Qué hará ahora?

«Quizá no sea necesario que me comporte como una niña; quizá no haya guerra».

Ya ven que no se separa del todo de su papel de muchacho. Esto tenemos que anotarlo en su ley de movimiento. Trata de seguir un trecho más por el lado masculino.

«En casa me puse muy triste y lloré mucho».

Los niños que lloran mucho son niños mimados.

«Cuando mis padres me preguntaron por qué lloraba, dije que tenía miedo de que, como pertenecía al sexo femenino, cuando fuera mayor tendría dolores de parto».

Con el papel femenino tampoco hay nada que hacer. Íbamos por buen camino al pensar que el muchacho quiere eludir todas las molestias. He encontrado en perversos sexuales que son niños mimados, a menudo mantenidos en la ignorancia. Puede ocurrir entonces que el niño no sepa si es un muchacho o una niña . . . ¿Qué ha de hacer? Del lado de los hombres no hay esperanza, del otro tampoco.

«Al día siguiente voy a mi asociación, porque en realidad estoy en una asociación de boy scouts».

Ya podemos imaginarnos cómo se comportará allí.

«Soñé que en nuestra asociación hay una sola niña. Estaba apartada de los chicos».

Búsqueda de la separación de los sexos.

«Los chicos me llamaron para que fuera con ellos. Dije que yo era una niña y me fui con la única niña. Me resultaba tan extraño no ser ya un chico, y me puse a pensar cómo tendría que comportarme como niña».

De pronto surge la concepción: cómo tendría que comportarme como niña.

Esto es el entrenamiento. Solo quien ha observado el entrenamiento en todas las perversiones sexuales, cómo se impone con exclusión de la norma, solo ese comprende que la perversión sexual es un producto artificial que cada uno crea por sí mismo, hacia el cual cada uno es guiado por su constitución psíquica.

«Mientras reflexionaba, me interrumpió un estrépito. Me desperté y noté que había dado con la cabeza contra la pared».

El soñador adopta también a menudo la postura que corresponde a su ley de movimiento. (Postura al dormir). Darse con la cabeza contra la pared es una expresión corriente. Su conducta nos da esa impresión.

«El sueño me dejó tal impresión». . . .

La intención del sueño es dejar una impresión.

. . . «que en la escuela todavía dudaba de si era un chico o una chica. En los recreos tenía que ir al retrete para comprobar si no sería de verdad una niña».

Segundo sueño: «Soñé que me encuentro con la única niña de nuestra clase. La misma niña con la que había soñado antes. Quería ir a pasear conmigo. Le contesté: ahora solo voy con chicos. Me dijo: yo también soy un chico. Como no me parecía creíble, le pedí que me lo demostrara. Entonces me enseñó que tenía un miembro como los chicos. Le pregunté cómo era posible. Me contó que la habían operado. A los chicos era más fácil transformarlos en niñas; al revés es más difícil, hubo que añadir algo. Así que le habían cosido un miembro de chico hecho de caucho. Pero justo entonces interrumpió nuestra discusión un fuerte "¡A levantarse!". Mis padres me habían despertado. Solo a duras penas pude conseguir 5 minutos más de holgazanear, pero, como no soy mago, no pude hacer volver el sueño».

En cierto tipo de niños mimados encontrarán la afición a los juegos de magia; la magia les parece lo más importante: quieren tenerlo todo sin esfuerzo ni trabajo.

Ahora oirán cómo intenta el muchacho explicarse este sueño:

«Había leído en descripciones de la guerra: miembros que vuelan por el aire. He oído que, si uno pierde el miembro, se muere».

Ya ven la importancia que el muchacho atribuye al miembro.

«En la primera plana de un periódico leí: Dos criadas transformadas en soldados en dos horas».

Debía de tratarse de una malformación de los órganos sexuales que no había sido reconocida.

Para terminar, quisiera expresar una idea que pone todas las discusiones sobre una base sencilla. Hay hermafroditas verdaderos en los que efectivamente resulta difícil decidir si se trata de niñas o de niños. Se les deja el uso que quieran hacer de su hermafroditismo. En los seudohermafroditas encontramos malformaciones que simulan semejanza con el otro sexo. Es un hecho que cada persona lleva en sí, en trazas, elementos del otro sexo, como también hormonas sexuales del otro sexo en la orina. Se llega así a una idea que parece audaz: que en cada persona se esconde un gemelo. Hay las más diversas formas de indicios de gemelaridad, y el problema de la simultaneidad de dos formas sexuales en el ser humano se resolverá en el futuro en el problema de los gemelos. Entendemos que cada persona nace de material masculino y femenino. No está excluido que en la investigación sobre gemelos topemos con problemas que nos den mayor claridad respecto del hermafroditismo que está insinuado en cada persona.

En cuanto al tratamiento: siempre oirán decir que una perversión es incurable. La curación no es imposible, pero sí difícil. La dificultad de la curación se explica porque se trata de personas que en el curso de su vida se han entrenado para la perversión, porque tienen una ley de movimiento estrechada que les prescribe el curso. Tienen que ir en esa dirección porque desde la primera juventud no han encontrado el contacto para hacer el uso adecuado del cuerpo y del alma. El uso adecuado solo puede hacerse presuponiendo un sentimiento de comunidad desarrollado.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del volumen de 1932 de la Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie (reimpresión Swets & Zeitlinger, Ámsterdam, 1968), digitalizado en archive.org: Alfred Adler, «Zum Thema: Sexuelle Perversionen», Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie 10 (1932), cuaderno 6, págs. 401-409. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan las divisiones, las cursivas y la paginación del original; las notas del autor van numeradas y las del traductor, con «t». Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo; las adiciones del traductor van entre corchetes.

  1. Conferencia pronunciada en la Asociación Académica de Psicología Médica (Akademischer Verein für medizinische Psychologie) de Viena. ↩

  2. Véase también Adler: Das Problem der Homosexualität [El problema de la homosexualidad]. Verlag S. Hirzel, Leipzig, 1930. ↩

  3. Así en el original («Bran»); no ha podido identificarse con seguridad a qué autor se refiere. Ernst Laqueur (1880-1947), farmacólogo de Ámsterdam, investigó desde 1927 las hormonas sexuales femeninas en la orina. (N. del T.) ↩

  4. En inglés en el original. (N. del T.) ↩

  5. Verengerte Aufmarschbreite: metáfora militar (el Aufmarsch es el despliegue de las tropas antes de la batalla) que Adler usa para la estrechez del campo en que el individuo acepta afrontar un problema. (N. del T.) ↩

  6. El original imprime «missen» (echar de menos), errata evidente por «wissen» (saber). (N. del T.) ↩

  7. El original dice solo «Da finden wir bis in die ersten Kinderjahre…», sin complemento directo; se suple entre corchetes por el sentido. (N. del T.) ↩

  8. En el original, soziales Interesse, expresión alemana que corresponde al inglés social interest de Adler; según el criterio del archivo se traduce «sentimiento de comunidad». (N. del T.) ↩