Primeros recuerdos de la infancia
Por el Dr. Alfred Adler
Por poco que se sepa de la unidad del yo, uno no se libra de ella. Se puede descomponer la vida anímica unitaria desde distintos puntos de vista, más o menos carentes de valor; se pueden hacer entrar en escena dos, tres, cuatro concepciones espaciales distintas, unas con otras, unas contra otras, para tratar de comprender el yo unitario; se puede intentar desenrollarlo desde lo consciente, desde lo inconsciente, desde lo sexual, desde el mundo exterior: al final no habrá más remedio que volver a ponerlo, como al jinete sobre el caballo, en su eficacia omnímoda. Con todo, ya no puede desconocerse el progreso que ha iniciado la psicología individual. El «yo» ha impuesto su dignidad en la concepción de la psicología moderna, y tanto si se cree haberlo desalojado de lo inconsciente como del «ello», el «ello» acaba comportándose, con buenos o malos modales, como un «yo». También que lo llamado consciente, o el yo, está lleno de «inconsciente» o, como he mostrado, de no comprendido, y que presenta siempre distintos grados de sentimiento de comunidad, lo va comprendiendo cada vez más el psicoanálisis, que en la psicología individual «ha hecho un prisionero que ya no lo suelta», y lo incorpora a su sistema artificial.
Es comprensible que, ya muy pronto, en mis esfuerzos por aclarar la unidad indestructible de la vida anímica, tuviera que toparme con la función y la estructura de la memoria. Pude confirmar las constataciones de autores más antiguos de que la memoria no debe considerarse en modo alguno un depósito de impresiones y sensaciones, de que las impresiones no quedan adheridas como «mneme», sino que en esta función tenemos que habérnoslas con una fuerza parcial de la vida anímica unitaria, del yo, que tiene la tarea —como la tiene también la percepción— de adaptar las impresiones al estilo de vida ya formado y de utilizarlas en su sentido. Si se quisiera emplear un modo de expresión caníbal, podría decirse que la tarea de la memoria es devorar y digerir las impresiones. No necesito advertir especialmente a mis lectores que no por ello hay que creer en una inclinación sádica de la memoria. Pero el proceso de digestión incumbe al estilo de vida. Lo que no le gusta se rechaza, se olvida o se guarda como ejemplo de advertencia. El estilo de vida decide. Si es propenso a las advertencias, utiliza las impresiones indigestas para ese fin. Uno se acuerda aquí del rasgo de carácter de la prudencia. Algunas cosas se digieren a medias, en una cuarta parte, en una milésima. Pero el proceso de digestión puede ir también en la dirección de digerir solo los sentimientos o las tomas de posición adheridos a las impresiones, mezclados a veces con recuerdos de palabras o de conceptos, o con partes de ellos. Cuando olvido el nombre de una persona que por lo demás conozco —no tiene por qué ser siempre una persona antipática, no tiene por qué recordarme siempre algo desagradable; puede también, en lo que toca a su nombre o a su persona, quedar precisamente en ese momento, o siempre, fuera del interés que me impone mi estilo de vida—, a menudo sé todo lo que me parece importante de esa persona. La tengo delante. Puedo encontrarla, decir muchas cosas de ella. Precisamente porque no recuerdo el nombre, está plena y enteramente en el campo visual de mi conciencia. Es decir, mi memoria puede, con una de las intenciones descritas arriba, hacer desaparecer otras partes de la impresión total o la totalidad de la impresión. Una capacidad artística que corresponde al estilo de vida de una persona. La totalidad de la impresión abarca, pues, mucho más que la vivencia vestida de palabras. La apercepción individual suministra a la memoria la percepción de acuerdo con la peculiaridad del individuo. La peculiaridad del individuo recibe la impresión así formada y la dota de sentimientos y de una toma de posición. Ambos obedecen a su vez a la ley de movimiento del individuo. En este proceso de digestión queda lo que llamaremos recuerdo, ya se exprese en palabras, en sentimientos o en una toma de posición frente al mundo exterior. Este proceso abarca aproximadamente lo que entendemos por función de la memoria. No existe, por tanto, una reproducción ideal, objetiva, independiente de la peculiaridad del individuo. Por eso tenemos que contar con encontrar tantas formas de memoria como formas de estilo de vida reconocemos.
Uno de los ejemplos más frecuentes de una determinada forma de vida y de su memoria aclarará este hecho. Un hombre se queja, con enfado, de que su mujer lo olvida «todo». Como médico, uno pensará primero en una enfermedad orgánica del cerebro. Como en este caso estaba descartada, me puse, dejando provisionalmente de lado el síntoma —una necesidad que muchos psicoterapeutas no comprenden—, a ahondar en el estilo de vida de la paciente. Resultó ser una persona tranquila, amable, comprensiva, que había logrado imponer, entre dificultades por parte de sus suegros, su matrimonio con aquel hombre dominante. Durante el matrimonio él le hacía sentir a menudo su dependencia económica, y también su procedencia de una clase más baja. Ella soportaba casi siempre en silencio sus reprensiones aleccionadoras. De vez en cuando, por ambas partes, se planteaba la cuestión del divorcio. La posibilidad de un dominio intacto sobre la mujer retenía una y otra vez al hombre dominante.
Era la única hija de unos padres amables y cariñosos que nunca encontraron nada reprochable en su hija. Que desde niña prefiriera un juego, una ocupación sin otros, no les pareció un defecto, tanto menos cuanto que veían que la muchacha, cuando alguna vez entraba en una compañía amable, se comportaba de un modo intachable. Pero también en el matrimonio cuidaba de que ni el esposo ni la vida social le recortaran demasiado su soledad, sus horas de lectura, su ocio, como ella decía, mientras que su marido habría preferido tener más ocasiones de demostrarle su superioridad. Por lo demás, se notaba en ella un exceso de celo en el modo en que cumplía sus deberes de ama de casa. Solo que olvidaba con una frecuencia llamativa cumplir los encargos de su marido.
De sus recuerdos de infancia se desprendía que siempre había sentido una gran alegría cuando podía cumplir sola sus obligaciones.
El psicólogo individual formado ve a primera vista que su forma de vida era muy adecuada para tareas que podía cumplir sola. Pero no para una tarea de a dos, como el amor y el matrimonio. Su marido, por su propia peculiaridad, no era el indicado para enseñarle esa capacidad. Su meta de perfección estaba del lado del trabajo individual. Ahí se comportaba de modo intachable. Y quien solo hubiera considerado ese lado no habría podido descubrir en ella ningún defecto. Pero para el amor y para el matrimonio no estaba preparada. Ahí fallaba su capacidad de acompañar. Podemos, por destacar un solo detalle, adivinar también por ello la forma de su sexualidad: frigidez. Ahora podemos volver a considerar el síntoma, dejado de lado con razón. Sí, ya lo comprendemos. Su olvido era la forma poco agresiva de su protesta contra una colaboración impuesta, para la que no estaba preparada y que además quedaba fuera de su meta de perfección.
No todo el mundo será capaz de reconocer y comprender, a partir de descripciones tan breves, la complicada obra de arte de un individuo. Pero la enseñanza que Freud y sus discípulos, que tienen todos que estar psicoanalizados, tratan de sacar de la psicología individual, como si según nuestra exposición el paciente «solo» quisiera llamar la atención, ganar más interés, es más que inocua1 y se condena a sí misma.
Dicho sea de paso: a menudo se plantea la pregunta de si un caso debe considerarse leve o grave. Entendemos que la decisión depende por completo de la magnitud del sentimiento de comunidad existente. En el caso presente es fácil comprender que el error de esta mujer, su falta de preparación para colaborar y convivir, era más fácil de corregir, porque, por así decirlo, solo por olvido había dejado de hacer este desarrollo, el más importante. Cuando, convencida y en colaboración con el médico, en conversación amistosa y educando a su marido en conversaciones con el médico, hubo deshecho su círculo de bruja (Künkel lo llama, con una variante juguetona, círculo vicioso2; Freud, círculo mágico), desapareció también su olvido, porque se le había retirado el motivo.
Ahora estamos preparados, podría decir alguno, para comprender que todo recuerdo, en la medida en que una vivencia afecte siquiera al individuo y no sea rechazada a limine, representa el resultado de la elaboración de una impresión por el estilo de vida, por el yo. Esto vale no solo para los recuerdos más o menos retenidos, sino también para los defectuosos, para los difíciles de sacar a la luz, así como para aquellos cuya expresión verbal ha desaparecido y solo pueden constatarse como tono afectivo o como toma de posición. Llegamos así a una comprensión relativamente importante, según la cual todo proceso de movimiento anímico, en su dirección hacia la meta de la perfección, ha de acercarse a la comprensión del observador aclarando este el campo del pensamiento, el del sentimiento y el de la toma de posición en el recuerdo. Como ya sabemos, el yo no se expresa solo en el lenguaje, sino también en sus sentimientos y en su toma de posición, y la ciencia de la unidad del yo debe precisamente a la psicología individual la constatación del dialecto de los órganos. Mantenemos el contacto con el mundo exterior con todas las fibras de nuestro cuerpo y de nuestra alma. Lo que nos interesa en un libro es el modo, sobre todo el modo defectuoso, en que se mantiene ese contacto. Y por este camino llegué a la tarea encantadora y valiosa de encontrar y aprovechar los recuerdos de una persona, aparezcan como aparezcan, como partes interpretables de su estilo de vida. Que me interesaran en primer lugar los que se tienen por los recuerdos más antiguos se debe a que iluminan acontecimientos reales o fantaseados, exactos o alterados, que están más cerca de la construcción creadora del estilo de vida en los primeros años de la infancia, y que seguramente también delatan en gran parte la elaboración de los acontecimientos por el estilo de vida. Para ello, nuestra tarea consiste menos en atender al contenido, que como contenido cualquiera entiende sin más, que en calibrar su probable tono afectivo, la toma de posición resultante y la elaboración y selección del material de construcción; esto último, porque en ello descubrimos el interés principal del individuo, un componente esencial del estilo de vida. Para ello nos resulta extraordinariamente útil la pregunta principal de la psicología individual: ¿adónde quiere ir este individuo, qué opinión tiene de sí mismo y de la vida? Sin duda nos guían en esta consideración las firmes concepciones de la psicología individual acerca de la meta de la perfección, del sentimiento de inferioridad —cuyo conocimiento (por desgracia no su comprensión, como reconoce Freud) se ha extendido ya hoy por todo el mundo—, del complejo de inferioridad y del de superioridad, del sentimiento de comunidad y de los probables impedimentos de este; pero todas estas concepciones bien asentadas solo nos sirven para iluminar el campo visual en el que tenemos que establecer la ley de movimiento individual del individuo que tenemos delante.
En este trabajo se nos plantea la pregunta escéptica de si, en la interpretación de los recuerdos y de su relación con el estilo de vida, no podemos equivocarnos fácilmente, dada la ambigüedad de algunas formas de expresión. Ciertamente, a quien practica la psicología individual con verdadero arte no se le escapan los matices. Pero también él procurará eliminar errores de todo tipo. Posibilidades hay de sobra. Si ha encontrado en el recuerdo de un individuo su verdadera ley de movimiento, tiene que volver a encontrar esa misma ley de movimiento en todas las demás formas de expresión. En la medida en que se trate del tratamiento de fracasos de todo tipo, tendrá que aportar tantas confirmaciones como hagan falta para que también el paciente quede convencido de la exactitud de la demostración. El médico mismo, según su peculiaridad, quedará convencido antes o después. Pero no hay otra medida con la que pueda medir los errores, los síntomas y el curso de vida equivocado de una persona que la medida suficiente de un sentimiento de comunidad acertado.
Estamos ahora en condiciones —naturalmente, con la mayor cautela y provistos de la mayor experiencia— de descubrir casi siempre en los recuerdos más antiguos la dirección equivocada del camino de la vida, la falta de sentimiento de comunidad, o también lo contrario. Nos guía en ello sobre todo nuestro conocimiento de la falta de sentimiento de comunidad, de sus causas y de sus consecuencias. Mucho se desprende de la presentación en una situación de «nosotros» o de «yo». Mucho también de la mención de la madre. La comunicación de peligros o accidentes, y también de castigos y penas, revela la inclinación desmedida a tener especialmente presente lo hostil de la vida. El recuerdo del nacimiento de un hermano revela la situación del destronamiento; el de la primera visita al jardín de infancia o a la escuela, la gran impresión que causan las situaciones nuevas. El recuerdo de la enfermedad y de la muerte está a menudo ligado al miedo a ellas, y más a menudo aún a intentos de hacer frente a esos peligros mejor armado, por ejemplo como médico o como enfermero o algo semejante. Los recuerdos de estancias en el campo con la madre muestran a menudo, igual que las menciones de determinadas personas, como la madre, el padre o los abuelos, en una atmósfera amable, no solo la preferencia por esas personas, evidentemente mimadoras, sino también la exclusión de otras. Los recuerdos de fechorías cometidas, robos, incidentes sexuales, apuntan por lo general al gran esfuerzo por excluirlos en adelante de la vivencia. A veces se descubren también otras inclinaciones que, como una inclinación visual, acústica o motora, pueden dar muy buen pie para descubrir fracasos escolares y una elección profesional equivocada, así como para aconsejar una profesión que corresponda mejor a la mejor preparación para la vida.
Algunos ejemplos tratarán de mostrar la relación entre los recuerdos más antiguos y el plan de vida duradero.
Un hombre de unos 32 años, hijo mayor y mimado de una viuda, se muestra inadecuado para toda profesión, porque nada más empezar enferma de graves fenómenos de angustia, que mejoran enseguida en cuanto se lo lleva a casa. Es un hombre bonachón, pero que se une difícilmente a los demás. En la escuela se mostraba siempre desmesuradamente nervioso antes de cada examen y faltaba a menudo a la escuela alegando cansancio y agotamiento. Su madre lo cuidaba del modo más cariñoso. Como solo estaba bien preparado para esa solicitud materna, ya por ello podía adivinarse su meta de superioridad: esquivar en lo posible todas las cuestiones de la vida, y con ello también todo fracaso. Junto a la madre no había ninguno. Que se mantuviera en su método de ponerse bajo la protección de la madre le daba el sello de un hombre infantil, sin que se lo pudiera calificar de infantil en lo corporal. Sus medios de retirada hacia la madre, probados desde la infancia, experimentaron un refuerzo considerable cuando la primera muchacha por la que había sentido afecto lo rechazó. El choque que lo asaltó con este acontecimiento exógeno reforzó su retirada, de modo que ya no encontraba sosiego en ninguna parte salvo junto a su madre. Su recuerdo de infancia más antiguo decía: «Cuando tenía unos 4 años, estaba sentado junto a la ventana mientras mi madre tejía medias, y observaba a los obreros que construían una casa enfrente». Se dirá: bastante insignificante. De ningún modo. Su elección del primer recuerdo —(que sea o no el más antiguo no hace al caso)— nos prueba que en ello tuvo que guiarle algún interés. La acción de su actividad memorística, guiada por el estilo de vida, entresaca un suceso que delata con fuerza su peculiaridad. Que sea una situación junto a la madre solícita nos muestra al niño mimado. Pero nos delata algo más, importante. Mira cómo trabajan los demás. Su preparación para la vida es la de un espectador. No tiene mucho más. Si lo intenta en otra parte, se ve como ante un abismo y emprende la retirada bajo el efecto de un choque. Si se lo deja en casa con su madre, si se le deja mirar cómo trabajan los demás, parece que no le falta nada. Su línea de movimiento apunta al dominio sobre la madre como única meta de su superioridad. Por desgracia, hay pocas perspectivas para un espectador de la vida. No obstante, tras la curación de un paciente así, se buscará una ocupación en la que pueda aprovechar su mejor preparación para mirar y contemplar. Como nosotros lo entendemos mejor que el paciente, tenemos que intervenir activamente, hasta el punto de darle a entender: bien puedes salir adelante en cualquier profesión, pero si quieres aprovechar tu mejor preparación, búscate una profesión en la que la contemplación ocupe el primer plano. Emprendió con éxito un comercio de objetos de arte.
Freud, con una nomenclatura deformada, describe siempre los fracasos de los niños mimados, sin haber dado con este secreto. El niño lo quiere tener todo, se aviene con dificultad a ejecutar las funciones normales consolidadas por la evolución, desea a la madre en su complejo de Edipo (aunque de modo exagerado, comprensible, porque el niño mimado rechaza a cualquier otra persona), tiene más tarde toda clase de dificultades (no por la represión del complejo de Edipo, sino por el efecto de choque que le producen otras situaciones) y cae en éxtasis, incluso en deseos homicidas, frente a las personas que se oponen a sus deseos. Como se ve claramente, productos artificiales de una educación equivocada, mimadora, solo utilizables para comprender la vida anímica si se conocen y se tienen en cuenta las consecuencias del mimo. Pero la sexualidad es una tarea para dos personas y solo puede ejercerse correctamente cuando hay una medida suficiente de sentimiento de comunidad, que es lo que les falta a los niños mimados. En una burda generalización, Freud se ve ahora obligado a trasladar los deseos, fantasías y síntomas alimentados artificialmente, así como la lucha contra ellos por el resto que queda de sentimiento de comunidad, a unos instintos sádicos innatos que, como vemos, solo más tarde, como consecuencia del mimo, se le inculcan artificialmente al niño. De lo contrario sería fácil de entender que el primer acto del niño recién nacido, el beber del pecho materno, es cooperación —y no, como cree Freud en favor de su teoría preconcebida, canibalismo, testimonio del instinto sádico innato—, y que este acto beneficia a la madre tanto como al niño. La gran diversidad de las formas de vida de los hombres desaparece en la oscuridad de la concepción freudiana, en la que todos los gatos son pardos3. Un ejemplo de esta diversidad, que no se puede calcular con un esquema, se encuentra en el caso siguiente:
Un hombre de unos 50 años, de posición respetable, se queja de que desde que entró en su profesión siente, en cada visita a un piso alto, una fuerte inclinación a tirarse por la ventana. La primera impresión que se impone al observador imparcial es que este hombre vive, es decir, que ha vencido victoriosamente su obsesión. A muchos esta victoria no les parecerá precisamente una meta de superioridad. La cosa se vuelve un poco a nuestro favor cuando uno se entera de que este hombre es increíblemente ambicioso y está insatisfecho con todos sus éxitos. A quien vence en ello es a sí mismo. ¿Es realmente tan increíble que alguien viva un triunfo en la victoria sobre sus debilidades, sobre todo si no ha logrado vencer a otros en el sentido que él desea? Ciertamente, el hombre no sabe nada de su triunfo. Pero lo vive casi a diario. Su atención está dirigida a su obsesión; la nuestra, a su victoria. Ha vestido de palabras el hecho de la obsesión, y también los sentimientos que conscientemente experimenta en ella. Pero el hecho del triunfo se ha evaporado para su comprensión, y con razón. Si lo hubiera sabido, su comportamiento le habría parecido un juego pueril, algo que su ambicioso estilo de vida no permitía. Y aún más. Cuanto mayor le parece el peligro, tanto más alto hay que valorar la superación. Por eso se sumerge tanto en la simulación de un peligro que no se da cuenta de que lo supera. Que este caso se produzca regularmente al visitar a personas extrañas nos muestra de nuevo en juego el factor exógeno, increíblemente sobrestimado4, que, aunque está presente en todos los casos de fracaso, ha sido negado, al menos hasta ahora, por todos los demás psiquiatras. De ello podemos concluir un sentimiento de comunidad defectuoso y su causa, un mimo en la infancia. Pero ¿por qué precisamente una toma de posición en el sentido de la superación de una debilidad sentida personalmente? Salta a la vista que aquí está en juego una ambición exagerada que no puede desahogarse de otro modo que en su actividad profesional. Nos queda por explicar cómo llegó a este camino, cómo en interés de su ambición personal trató de combatir precisamente su propia debilidad.
Era el hijo menor de la familia y, en efecto, su madre lo mimó extraordinariamente. Junto a otras consecuencias de ese mimo, se muestra el síntoma quizá más común del mimo: la angustia. Miedo a la oscuridad, a estar solo, a los perros, a los chicos extraños y a los adultos, a las situaciones nuevas. Su recuerdo más antiguo era su primer camino a la escuela. Ya antes había estado expuesto a las burlas de sus hermanos mayores, porque mostraba tan claramente su miedo. Recordaba que siempre había querido ocultar su miedo a los hermanos. El primer día de escuela ocurrió que otro chico, mientras él esperaba a su madre delante de la escuela, quiso empezar a pelearse con él. Su miedo era desmedido. Pero al fin se sobrepuso, venció su miedo y se lanzó sobre el chico, al que derribó. No puede pasarse por alto que su temprano afán de superar su debilidad aparece en la elección de este recuerdo como el más antiguo y que perduró hasta su visita a mi consulta.
Su intenso interés por la propia persona, su actitud vacilante frente a las personas extrañas, su afán constante de superación ficticia de debilidades ficticias deberían aportar la prueba de su falta de sentimiento de comunidad. También su vida matrimonial muestra la misma carencia. Su mujer le está completamente sometida. Además padece una gonorrea crónica que se ha buscado por su ligereza en lances amorosos durante su matrimonio.
Un último ejemplo mostrará la utilidad de nuestra comprensión de los recuerdos de infancia más antiguos. Una muchacha de 18 años vive en constante riña con sus padres. Quieren que estudie, porque tiene muy buenos resultados escolares. Ella se niega, como se descubre, porque teme fracasos, temor que se funda en que no fue la primera en su examen final. Su recuerdo de infancia más antiguo era el siguiente: en una fiesta infantil, cuando tenía 4 años, había visto una enorme pelota infantil en manos de otro niño. Como niña muy mimada, hizo todo lo posible por conseguir también una pelota así. Su padre recorrió toda la ciudad para encontrar una, pero no lo logró. La muchacha rechazó entre gritos y llantos una pelota más pequeña. Solo cuando el padre le explicó que todo su esfuerzo había sido en vano se calmó y tomó la pelota más pequeña. De este recuerdo pude concluir que esta muchacha era accesible a explicaciones amables; se la podía convencer de su egoísmo ambicioso, y se tuvo éxito.
Lo oscuros que son a menudo los caminos del destino lo muestra el caso siguiente: un hombre de 42 años, tras un largo matrimonio con una mujer diez años mayor que él, se vuelve impotente. Desde hace dos años apenas habla con su mujer y con sus dos hijos. Antes bastante afortunado en su profesión, desde entonces descuida su negocio y lleva a la familia a una situación lamentable. Era el preferido de su madre y estaba muy mimado. Cuando tenía tres años llegó una hermana. Poco después —la llegada de la hermana es su recuerdo más antiguo— empezó a mojar la cama. También tuvo en su infancia sueños aterradores, como los encontramos a menudo en los niños mimados. No hay duda de que la enuresis y la angustia procedían de sus intentos de deshacer su destronamiento, sin que queramos pasar por alto que mojar la cama era también expresión de una acusación, quizá más, un acto de venganza contra su madre. En la escuela era un niño extraordinariamente bueno. Una sola vez se vio envuelto en una pelea con otro chico que lo había ofendido. El maestro expresó su asombro de que un chico tan bueno pudiera dejarse arrastrar así.
Podemos comprender que se había entrenado para un reconocimiento exclusivo y que veía su meta de superioridad en ser preferido a los demás. Si no ocurría así, recurría a medios que significaban en parte acusación, en parte venganza, sin que esta motivación se le hiciera clara a él ni a los demás. En su meta de perfección, de tinte egoísta, había entrado en gran parte el no aparecer hacia fuera como malo. Como él mismo subrayaba, se había casado con aquella mujer mayor porque lo trataba como su madre. Cuando ella pasó de los 50 años y se dedicó más al cuidado de los hijos, él rompió la relación con todos ellos de un modo aparentemente no agresivo. En esa ruptura estaba incluida también su impotencia como lenguaje de los órganos. Ya en sus años de niño cabía esperar que, al perder el mimo, como entonces cuando llegó la hermana, volvería a levantar una y otra vez su acusación poco clara, pero de efecto claro.
Un hombre de 30 años, el mayor de dos hijos, había cumplido una larga pena de presidio por repetidos robos. Sus recuerdos más antiguos proceden del tercer año de vida, de la época inmediatamente posterior a la llegada del hermano menor. Decían así: «Mi madre siempre prefirió a mi hermano. Ya de niño pequeño me escapaba siempre de casa. A veces, cuando me empujaba el hambre, cometía pequeños robos dentro y fuera de casa. Mi madre me castigaba del modo más cruel. Pero yo volvía a escaparme una y otra vez. En la escuela fui hasta los 14 años un alumno mediocre, pero no quise seguir estudiando y vagabundeaba solo por las calles. La casa se me había hecho odiosa. No tenía ningún amigo y nunca encontré una muchacha que me quisiera, lo que siempre anhelé. Quería ir a salones de baile para hacer amistades, pero no tenía dinero. Entonces robé un coche y lo vendí a bajo precio. A partir de entonces mis robos empezaron a tomar mayores proporciones, hasta que fui a parar a la cárcel. Quizá habría emprendido otra carrera si no se me hubiera hecho odiosa la casa, donde solo recibía reprimendas. Pero mis robos se vieron favorecidos porque caí en manos de un perista que siempre me ofrecía dinero por la mercancía robada y me incitaba a robar».
He llamado la atención sobre el hecho de que en la infancia de los delincuentes se encuentran, casi en la mayoría de los casos, niños antes mimados o que buscaban el mimo. Y, lo que es igual de importante, que ya en su infancia puede percibirse una actividad mayor, que sin embargo no debe confundirse con el valor. Que la madre era capaz de mimar a un hijo lo mostró con su segundo hijo. De la actitud exasperada de este hombre tras la llegada del hermano menor podemos concluir que también él había conocido antes el mimo. Su destino ulterior procedió de su exasperada acusación contra la madre y de aquella actividad para la que, a falta de un sentimiento de comunidad de grado suficiente —ni amigos, ni profesión, ni amor—, no encontró otro empleo que el delito. Que se pueda salir en público con la concepción de que el delito es un autocastigo, unido al deseo de ir a la cárcel, como hacen últimamente ciertos psiquiatras, delata en el fondo una falta de pudor intelectual, sobre todo cuando va unido a un abierto escarnio del common sense5 y a ataques ofensivos contra nuestras experiencias, profundamente fundadas. Si el nacimiento de tales concepciones no procede del espíritu de los niños mimados y no repercute sobre el espíritu de los niños mimados del público, lo dejo a la decisión del lector.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del volumen de 1933 de la Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie digitalizado en archive.org: Alfred Adler, «Erste Kindheitserinnerungen», Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie 11 (1933), págs. 81-90. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan las divisiones, las cursivas y la paginación del original. Bewegungsgesetz se traduce «ley de movimiento»; Stellungnahme, «toma de posición»; Verwöhnung, «mimo»; Organdialekt, «dialecto de los órganos». Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo; las adiciones del traductor van entre corchetes.
Así en el original («mehr als unbedenklich»); por el contexto quizá se esperaría «bedenklich» («más que dudosa»). (N. del T.) ↩
Juego de palabras con Hexenkreis («círculo de bruja»), Teufelskreis («círculo del diablo», el círculo vicioso de Fritz Künkel) y Zauberkreis («círculo mágico»). (N. del T.) ↩
Literalmente, «en la que todas las vacas son negras», giro de Hegel (Fenomenología del espíritu, prólogo); se traduce por el refrán castellano equivalente. (N. del T.) ↩
Así en el original («überschätzten», «sobrestimado»); el contexto, según el cual los demás psiquiatras niegan ese factor, haría esperar «subestimado». (N. del T.) ↩
En inglés en el original: «sentido común». (N. del T.) ↩