La estructura de la neurosis1
Por el Dr. ALFRED ADLER
Por difícil que sea tratar con detalle en tan poco tiempo un capítulo de la psicología individual, quisiera escoger lo más difícil y exponer la estructura de la neurosis.
Diría que en la neurosis apenas encontramos un fenómeno que, en una consideración psicológica que no haya captado la concordancia del fenómeno particular con la totalidad, no se encuentre también fuera de la neurosis en menor grado. Es comprensible que puedan observarse fenómenos de angustia sin que pueda hablarse de neurosis; también las fijaciones intelectuales se encuentran en la mayoría de las personas que conceden un valor especial a las reglas y a las fórmulas. Lo mismo ocurre con todos los demás fenómenos neuróticos, por ejemplo los fenómenos de fatiga, como en la neurastenia, etc. También en los fenómenos de las neurosis funcionales vemos lo mismo. Cada persona reaccionará a las tensiones anímicas según su tipo particular. En la angustia podrán observarse los efectos más diversos, como palpitaciones y dificultades respiratorias, etc. Todo eso puede quedar aún fuera de la neurosis. Las dificultades para tragar aparecen en el estadio de la inseguridad. Otros presentarán, en caso de un afecto de angustia, fenómenos del aparato gastrointestinal o fenómenos vesicales; hay un gran número de personas en las que el afecto de angustia se pone en relación con el órgano sexual. Es un tipo especial de personas en las que la angustia provoca una excitación sexual, y todas ellas juran que tiene que ser así en todo el mundo, y a veces hasta construyen una teoría sobre ello. Dejemos sentado que los fenómenos que quedan fuera de la vida anímica humana y de sus irradiaciones tampoco se presentan en la neurosis.
Tengo que tocar brevemente las concepciones fundamentales de la psicología individual, en particular el concepto de alma. Está muy claro que entramos aquí en un terreno trascendental. Watson y otros no quieren saber nada del alma; igualmente prescinden de la vida anímica quienes profesan una concepción puramente mecanicista. El psicólogo no puede hacerlo; supone que su idea de la vida anímica, como idea subyacente, une todos los fenómenos que han de ordenarse en una dirección determinada. No hay ninguna prueba contra la existencia de una vida anímica. Pero se impone la necesidad de una comprensión especulativa de las conexiones, que nos lleva fuera del terreno de la experiencia. Tampoco aquí surge contradicción alguna si suponemos que hay una vida anímica. El alma es una parte de la vida. El carácter más importante de la vida es el movimiento. Esto no quiere decir que el ser vivo no pueda estar en reposo, pero la capacidad de movimiento es propia de la vida. También la vida anímica solo podemos constatarla como movimiento. Todos los fenómenos que referimos a la vida anímica podemos considerarlos así según la intuición del espacio y del tiempo. Captamos el movimiento, lo vemos como si fuera movimiento coagulado, forma, en estado de reposo. Solo cuando hemos entendido la forma de expresión anímica como movimiento nos acercamos a la comprensión. El rasgo más llamativo de todo movimiento es que no puede producirse sin una meta. Tendremos que suponer que toda forma de expresión anímica está dirigida hacia una meta. Esta meta no podría existir si toda la vida anímica no tuviera una meta. En general se acepta este hecho, aunque no se exprese con tanta precisión como nosotros. La meta tiene que poder caracterizarse, aunque el individuo no la haya formulado en palabras. Es seguro que llevamos en la conciencia un sinnúmero de impresiones que no están formuladas conceptualmente. En ciertas circunstancias podemos formularlas conceptualmente. Si se cuenta con ello como con una oposición, se cree que, al revestir de palabras hechos no conceptuales, se ha elevado algo de lo inconsciente a lo consciente. Ciertamente no es así.
He dicho que todo movimiento tiene una meta. «Instinto» y «disposición» carecen de dirección y por eso no pueden servir para comprender los procesos anímicos. Este movimiento hacia una meta se nos muestra como un estilo unitario. Solo la fijación de la meta de la vida anímica pone toda la vida anímica en una unidad. De ello se sigue que cada parte del movimiento lleva en sí esta meta, es decir, es una parte de la unidad. Para nosotros se sigue que solo hemos comprendido una parte de la vida anímica cuando establecemos que es una parte de la unidad, recorrida por la misma corriente de los acontecimientos. En la práctica de la psicología individual este punto de vista es de la mayor importancia. Será necesario aclarar cómo se forma la meta.
La tendencia a una meta se encuentra en todas partes en la vida. Todo crece como si tuviera ante sí la meta de la perfección. A la meta de la perfección la llamamos la meta de la superación. El lenguaje es pobre, y así el concepto de superación dice algo distinto a cada cual. La meta de cada individuo es distinta de la de cualquier otro. Cuando decimos «poder», «fuerza», «eludir los problemas de la vida», hemos dicho algo típico que en el caso concreto no aporta una comprensión clara, pero algo hemos ganado: iluminamos el campo visual, y así conseguimos establecer movimientos concretos. Para ello hacen falta experiencia, sagacidad, un examen sin prejuicios y escéptico del caso concreto. Todos los fenómenos llevan en sí a la vez una situación de menos y una situación de más (sentimiento de inferioridad — afán de superioridad). El sentimiento de inferioridad puede mostrarse en miles de variantes, igual que el afán de superio-ridad. Surge la pregunta: ¿quién levanta el edificio, distinto para cada cual, en el curso de la vida? Si la naturaleza actúa así, ¿por qué no crea individuos iguales? No necesito subrayar ante médicos el hecho de que cada niño viene al mundo con posibilidades distintas. Nuestra objeción contra la importancia de la doctrina de la herencia y de toda «psicología de la posesión» dice, en el sentido de una «psicología del uso»: lo que importa no es lo que uno trae consigo, sino lo que hace con ello. ¿Y quién lo hace? ¿Las influencias del entorno? ¿Quién nos dice que influencias iguales se captan, se elaboran, se digieren y se responden de igual manera? No podemos renunciar a suponer una fuerza más, con lo que la insostenibilidad de la concepción de quienes creen en la herencia o de quienes creen en el medio aumenta hasta una inseguridad aún mayor: la fuerza creadora del niño. No podemos dejar de atribuir al niño una fuerza creadora que ordena todas estas influencias, todas las posibilidades, para configurar un movimiento que conduzca a la superación, en una forma que el niño siente como superación que da dirección. Pero no hay duda de que todos los fenómenos de movimiento en la vida anímica de un niño empujan hacia la superación. Esto vale para todos los movimientos expresivos que pueden captarse inmediatamente y también para todo lo que, en una consideración trascendental, se tiene por instinto. Pues el instinto no está dirigido mientras el niño mismo no le dé una meta. El instinto carece de dirección; por eso es inútil construir una psicología sobre los instintos sin tener en cuenta la peculiaridad creadora del niño. Pero hay, no como elemento causal, sino como ocasión tentadora, una serie de factores en la primera infancia que actúan sobre el niño y le sugieren de qué manera debe configurar su vida. Esto lo responden de manera distinta los distintos niños. No hay ninguna regla matemática según la cual de la «posesión» pueda hacerse el «uso» correcto. Lo que podemos observar es el uso, no la posesión. Esta serie de factores aparece como ocasiones tentadoras, no son causales, sino que se presentan como probabilidad estadística.2 Pueden ser «comprendidos» por nosotros. Comprendemos, según nuestra experiencia humana, que los niños con órganos inferiores se sentirán más débiles con respecto a las tareas de la vida, que esta situación de menos puede ser sentida por un niño así con más fuerza que por el término medio. Esto significa mucho, pues de nuevo coincide con nuestra experiencia que allí donde una situación se siente como especialmente insegura, también son llamativas las consecuencias que de ella derivan, en particular el empuje hacia una situación de más. Esto afecta a los niños que vienen al mundo con órganos inferiores, que tienen órganos de los sentidos inferiores, quizá una estructura cerebral inferior, glándulas endocrinas inferiores. Todo esto no tiene por qué hacerse valer como situación orgánica de menos, pero el niño vive la debilidad de su constitución orgánica y tiene que arreglárselas con ella. Hay un sinnúmero de formas en las que podemos constatar el empuje hacia la superación. Unos buscan la superación tratando de eliminar problemas; se han librado de un problema y se sienten por ello aliviados. Otros luchan y se esfuerzan (el zurdo, por ejemplo); se incorporan influencias exteriores, la realización depende de la fuerza creadora del niño, que se extiende sin reglas, pero siempre busca el éxito. Pasado el tercer o cuarto año de vida, un niño así ha terminado su forma de vida, ha configurado concretamente la meta de la superación. En su actitud puede percibirse el resultado del proceso. Entre los extremos hay millones de variantes, que difieren según el grado, el matiz, el ritmo.
La segunda ocasión que tienta hacia una forma de vida determinada, aproximadamente semejante, viene de fuera. Se refiere al mimo. Cuanto más he profundizado en la materia, más claramente he podido ver que no hay ninguna neurosis en la que no pueda constatarse el hecho del mimo. La dependencia de una segunda persona para la solución de las tareas desempeña un papel llamativamente grande. Por mimo no entendemos que se bese y acaricie al niño, sino que la madre se mueva siempre en torno a él y le quite sus tareas. Aquí la vida transcurre como en una simbiosis; el niño crece como un parásito. De ahí se desarrollan un sinnúmero de variantes. O bien crecen personas que más tarde tienen una inclinación exagerada a rechazar estrictamente toda influencia, o bien personas que siempre miran a su alrededor buscando ayuda. Entre ambas, mil variantes.
Una tercera forma es el abandono de los niños (niños ilegítimos, no deseados, feos). Las influencias exteriores pueden reforzar el abandono. Todo niño mimado cae más tarde automáticamente en una situación en la que se siente abandonado.
Busquemos la línea unificadora subyacente que une todos estos tipos. Los tres tipos se encuentran inseguros ante la vida. Esto parece ser una característica de todos los fracasos. Por sus respuestas veremos hasta qué punto están preparados para la solución de las tareas. Las tareas son siempre de naturaleza social. No hay otras (sociedad, profesión, amor). La solución de estas tareas depende de hasta qué punto se está preparado socialmente. Lo contrario vale para todos los fracasos —niños difíciles, delincuentes, suicidas, neuróticos, psicóticos, bebedores, pervertidos sexuales, etc.—: ninguno de ellos es un colaborador, un semejante; más bien son hombres al margen de los demás, cuando no contra los demás.3 ¿Qué significa este punto de vista, que empieza ahora a convertir la psicología individual en una psicología de los valores? Solo puede resolver las tareas que plantea nuestra vida social quien está preparado socialmente para ir con los demás. Es decir, en la forma de vida, en la ley de movimiento de un ser humano tiene que encontrarse un determinado grado de sentimiento de contacto, de afán de cooperación. Ya he mostrado antes en qué niños no se desarrolla correctamente la inclinación al rendimiento: en los que se sienten inseguros. Ahí se forma un estilo de vida que muestra falta de sentimiento de comunidad,4 porque el ser humano inseguro piensa más en sí mismo que en los demás, no puede desprenderse de sí.
Constataremos en el neurótico que hay en él una falta de sentimiento de comunidad. No nos dejaremos confundir por el hecho de que algunos neuróticos se presenten como bienhechores de la humanidad. La situación de menos es fuerte; su afán de superación es igualmente fuerte, como se muestra también en lo orgánico. Donde un obstáculo es grande, también es grande la tensión. La meta de la superación está puesta muy alta; se refiere, como en el normal, al sentimiento personal de valía que fluye de la superación. En la ley de movimiento del neurótico domina una falta de sentimiento social. La falta no es tan grande como en el delincuente, que conoce la solidaridad humana pero la rechaza. El neurótico no la rechaza, pero sus esfuerzos van dirigidos a poner a prueba el sentimiento de comunidad de los demás, a aprovecharlo. Esto vale para todas las neurosis, de modo que de la estructura de la neurosis podemos retener el punto de vista general: el aprovechamiento del sentimiento de comunidad de los demás, el impedimento del propio rendimiento cooperativo mediante un «pero» que caracteriza todos los síntomas neuróticos. El neurótico vive bajo la consigna: «Sí, pero». En ello encontramos todos los síntomas que estorban. Deriva su sentimiento de valía de cuánto contribuye otro a su sentimiento de valía. En cuanto a las neurosis funcionales, están bajo el mismo punto de vista. Se trata del arreglo de un afecto (angustia, inseguridad, hipersensibilidad, ira, impaciencia, avidez) que surge más allá de la colaboración. La tensión en que se encuentra el neurótico le facilita caer en el afecto. Esto actúa en el locus minoris resistentiae, y aparece con claridad la peculiaridad familiar de la que he hablado antes (estómago, vejiga, etc.). Así podemos entender que una neurosis funcional solo será comprensible cuando hayamos reconocido como unidad al individuo que, puesto ante una prueba, no trata de resolver las cuestiones de manera independiente y yendo con los demás, en provecho de la comunidad, sino en interés de su ambición personal. Lo mismo vale para otras neurosis. Todas las neurosis surgen de la tensión anímica de una persona mal preparada socialmente con ocasión de una tarea que exige para su solución más sentimiento de comunidad del que el interesado lleva en sí. Lo que se llama factores endógenos se hace patente cuando el individuo está ante una prueba. Aquí desempeña un gran papel la «opinión5» del individuo. No pensamos que el neurótico no pueda resolver las cuestiones en las que fracasa, pero todavía no lleva en sí lo que hace falta para una solución aproximadamente correcta: no posee la capacidad de vincularse. Se desarrolla entonces esa tensión anímica, como en todo el que está inseguro. Esta tensión se apodera de todo el cuerpo y de toda la vida anímica. En distintas personas, siempre de manera distinta. Hay personas en las que la tensión actúa intelectualmente, en el pensamiento, en los conceptos, como podemos observarlo con la mayor claridad en la neurosis obsesiva o en la paranoia. En otras se pone en movimiento otra esfera de la vida anímica: lo afectivo, por ejemplo la angustia en la neurosis de angustia, la fobia. Quiero subrayar la importancia de los factores exógenos. No hay ningún síntoma neurótico sin factores endógenos y exógenos. Lo exógeno solo puede comprenderse en su peso examinando a fondo al individuo entero, en conexión con el estilo de vida. El investigador tiene que identificarse con la opinión del paciente para comprender que para esta persona una situación determinada aparece como demasiado difícil. Por ejemplo, vino a verme estos días un paciente que ya antes había sido tratado con éxito por un individualpsicólogo. Entonces solo tenía impulsos sexuales cuando veía animales (de manera platónica). Sin duda es interesante investigar por qué había elegido animales. Pero tengo que pasar por alto esta parte de su estilo de vida. Había eliminado la parte con mucho más importante de la relación amorosa, en un fuerte sentimiento de inferioridad, como lo he demostrado como característico de todas las perversiones.6 Ahora está a punto de casarse. Dijo: «Quisiera casarme, pero ahora estoy ante la cuestión de que tengo que confesar a mi futura mujer lo que hubo antes. Si lo hago, estoy seguro de que se apartará de mí». Así pues, intenta una vez más, con otro giro, escapar a la solución del problema del amor. Le dije: «No puede usted confesarse ante todo el mundo de todos los hechos desagradables de los que es inocente. No es decoroso hablar de ciertas cosas. Era solo el mísero resto que había quedado a consecuencia de su cobardía ante la vida. Además, puede usted esperar que el otro entienda de manera muy distinta lo que usted le comunique». Esto le convenció. Espero que haya desaparecido el último resto de su miedo al problema del amor.
Si se comprende la ley del movimiento de la neurosis, se encuentran siempre pacientes en los que pasa a primer plano unas veces lo intelectual, otras lo afectivo, otras la actitud, mientras que el resto del proceso anímico, siempre presente dinámicamente, no se manifiesta. (Neurastenia, histeria, catatonia.) En el tratamiento hay que poner claramente de relieve todo el proceso psíquico. No hay casos puros, solo casos mixtos, de los que solo podemos decir que unas veces pasa a primer plano una parte del proceso y otras veces otra, lo que suele inducir a los no iniciados a hablar de lo inconsciente donde casi siempre solo hay lo no conceptual.
Si se dirige la atención al movimiento, que es lo único que da la verdadera explicación, se encuentran distintos tipos de movimiento entre los neuróticos, tal como los he descrito brevemente en el cuaderno anterior de esta revista:
Primero: el problema de la distancia. Hay neuróticos que muestran una distancia llamativa respecto de la solución del problema (desmayo histérico, indecisión, manía de la duda, que no significa más que estancamiento). Cuando alguien no sabe si debe hacer esto o aquello, solo hay una cosa segura: que no se mueve. También la neurosis de angustia puede expresar muy claramente la distancia. Lo mismo vale para las neurosis funcionales. También ellas son capaces de impedir al ser humano resolver el problema social (por ejemplo, la necesidad urgente de orinar cuando alguien tiene que ir a una reunión). También en la neurosis obsesiva puede llegarse al estancamiento cuando el interesado tiene que llevar algo a cabo.
La segunda manera de andar es la actitud vacilante. El neurótico avanza, sí, pero vacilando. Un ejemplo es la tartamudez. El problema se aborda tartamudeando. Esta vacilación puede llevar a aplazar la solución (agripnia).7 La persona está tan cansada que solo puede resolver la tarea vacilando. También en la neurastenia se llega a fenómenos de fatiga. En la agorafobia se hace patente que otro tiene que prestar ayuda.
La tercera forma de movimiento, que vale para todos los síntomas neuróticos, es la desviación ante el problema, la búsqueda de un escenario bélico secundario. Esto es muy claro en la neurosis obsesiva. El interesado opone una contracoacción a la coacción de las cuestiones sociales. Con ello aplaza esta última (obsesión de lavarse).
La cuarta forma de movimiento es la más complicada y llamativa: la amplitud de despliegue disminuida. Alguien no se entrega a todo el problema, solo escoge una parte (perversiones). También, desde luego, la creación artística.
La meta de la superación se presenta de manera distinta en cada ser humano. Si se procede de manera general, como en el diagnóstico general, se encuentran rasgos de un afán de dominio sin disimulo, de modo que el otro es el esclavo (neurosis de angustia). Son personas que en la infancia han aprendido a obligar a otros, despertándoles angustia, a acudir en su ayuda. En otros, lo más importante para llegar a la meta de la superación es tener una excusa. Su corriente ambiciosa se hace muy patente cuando los pacientes sostienen: si pudiera dormir, sería el primero. Le basta con tener esta excusa. No todos lo expresarán conceptualmente; por eso habrá que referirse a su vida interior. En una tercera forma se trata del sentimiento del valor ficticio que los pacientes generan en sí mismos. Consiste en lo que han conseguido a pesar de la neurosis. Encontraremos a tales pacientes con extraordinaria frecuencia.
Una cosa más: en la vida anímica las distintas esferas no están tan separadas como en la psicología de escuela. No hay ningún lugar donde solo transcurra lo emocional, la acción, la voluntad; el proceso anímico lo abarca todo. Cuando percibimos una parte, estamos obligados a preguntar por las demás. Cuando alguien nos trae su primer recuerdo de infancia, extraeremos de él lo intelectual, lo afectivo y la actitud, y solo entonces llegaremos a captar la personalidad unitaria. Sobre la base de nuestra experiencia nos es posible, con la mayor cautela desde luego, establecer lo intelectual, lo emocional y la actitud.
Llegaremos a esta concepción: todos los síntomas neuróticos son salvaguardias de personas que se sienten demasiado débiles frente a las cuestiones de la vida, pero que sin embargo llevan en sí cierta estima, más bien platónica, del sentimiento social, a menudo visible solo en que cuentan con el sentimiento de comunidad de los demás para reclamarlo para sí. Una vez reconocida esta conexión tras largo esfuerzo y gran experiencia, al verdadero conocedor se le presenta como por sí sola la comprensión de que en la neurosis se trata siempre del tipo del mimo, del tipo de un ser humano que no se ha convertido en compañero de juego porque en su primera infancia fue entrenado para recurrir a otros para la solución de sus tareas. Esto se muestra muy a menudo ya en la dificultad para dar a las funciones primitivas de la alimentación, la limpieza y las excreciones su dirección cultural, social, es decir, independiente, en el sentido de la cooperación.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de la Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie 10 (1932), cuaderno 5, pp. 321-328 (reimpresión de Swets & Zeitlinger, 1968, en archive.org), cotejada con la imagen de las páginas.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Überwindung, «superación»; verlockende Gelegenheit, «ocasión tentadora»; Minus-/Plussituation, «situación de menos/de más»; Verwöhnung, «mimo»; Vernachlässigung, «abandono»; Fehlschläge, «fracasos»; Arrangement, «arreglo»; Sicherungen, «salvaguardias»; Stellungsmäßige, «la actitud»; Anschlußfähigkeit, «capacidad de vincularse»; Mitmenschlichkeit, «solidaridad humana». Las cursivas son del original.
Conferencia pronunciada en el grupo de trabajo médico de psicología individual (ärztliche Arbeitsgemeinschaft für Individualpsychologie), Viena. ↩
Cf. las concepciones paralelas de la física moderna, que, en lo que respecta a la causalidad y a la dirección, muestran la misma concepción independientemente de nosotros. ↩
Juego de palabras con Mitmenschen («semejantes», literalmente «hombres-con»), Nebenmenschen («hombres-al-lado») y Gegenmenschen («hombres-contra»). (N. del T.) ↩
Sozialem Interesse: Adler usa aquí y en el párrafo siguiente la expresión correspondiente al inglés social interest; conforme al glosario del archivo se traduce «sentimiento de comunidad». Soziales Gefühl y Sozialgefühl se traducen «sentimiento social». (N. del T.) ↩
No hay que pensar aquí en modo alguno en una opinión concreta, formulada conceptualmente, sino en lo que, a partir de la actitud del individuo, tendríamos que construir como su opinión formulable conceptualmente. Esta construcción nos lleva a la comprensión del «sentido» de una manifestación y es indispensable en el tratamiento. ↩
Adler: Das Problem der Homosexualität (und anderer Perversionen). Leipzig, S. Hirzel, 1930. ↩
Agrypnie: insomnio. (N. del T.) ↩