La psicología individual en la teoría de las neurosis.1

Por el Dr. Alfred Adler, de Viena.

Nuestro pensamiento consciente comienza siempre, seguramente, con ocasión de una dificultad, con un acto de concentración. Con ello se dice al mismo tiempo: con un acto de eliminación de los detalles inesenciales o perturbadores que nos resultan un estorbo frente a la solución de tareas apremiantes. Ahora bien, estamos sin duda abundantemente bendecidos con dificultades de toda clase. De ahí la gran extensión de nuestro pensamiento consciente. Si alguien estuviera perfectamente adaptado en todos los sentidos a las exigencias de la vida —lo que el individuo humano es quizá menos que ningún otro ser vivo—, su vida podría transcurrir sin conciencia, como un proceso mecánico a imagen de el pleno valor logrado. Como, por fortuna, no es así, estamos siempre ante problemas que surgen como una prueba de examen. Mi respuesta muestra el grado de nuestra preparación, muestra nuestra habilidad adquirida, nuestra capacidad de rendimiento, nuestro valor, entendimiento, carácter y moral.

Por muchas que sean las cuestiones y dificultades que presenta la vida de cada cual, serían aparentemente fáciles de resolver si estuviéramos bien preparados. Entonces nuestras respuestas y soluciones resultarían también «correctas». La pregunta que se planteaba a la psicología individual era, pues, esta: 1.ª ¿De qué clase son los problemas de la vida? ¿No hay, en toda su diversidad, un presupuesto indispensable? 2.ª ¿Qué ocurre cuando en la disposición del individuo no se cumple este presupuesto principal?

Para la primera pregunta se obtuvo una solución sorprendente. No hay en nuestra vida otras cuestiones que las de la toma de posición social. Que alguien realice un trabajo valioso, haga un invento, lleve a cabo una obra científica: valiosa, buena, importante me parecerá aquella acción que sea útil a la generalidad. Cómo se sitúa uno frente al otro, en la camaradería, la amistad, la vida social, todo ello con todos los rasgos de carácter directamente ligados a ello, las virtudes, el amor a la verdad, la franqueza, el interés por el otro, por su pueblo, por la humanidad: en todas estas tomas de posición vibra el grado de su disposición a vincularse, de su preparación para la vida, para la comunidad. Nuestros órganos de los sentidos trabajan para la unión: los ojos, los oídos, el tacto. Su sentido, que a menudo se malogra, es la vinculación social, la disposición a acoger. El lenguaje, todos los movimientos expresivos, correctos e incorrectos, «sanos» y neuróticos, reflejan el grado de la disposición a vincularse. El entendimiento tiene validez universal; toda moral quiere dar reglas de juego en provecho de la comunidad; los sentimientos y juicios estéticos están impregnados de una mirada al futuro de la humanidad en su pleno valor de eternidad y tejen el sueño de un mundo más bello y más sano. La toma de posición política y religiosa mira al bien de la totalidad o de una parte de ella. El amor y el matrimonio son, en su despliegue natural y por eso más alto, vínculos sociales de los sexos con vistas a la felicidad de ambos y a la perpetuación del género humano. También en el sistema sexual de funciones de la bisexualidad2 interviene, ordenando y resolviendo, el sentimiento de comunidad con el fin de la utilidad para la generalidad, y proscribe el incesto y las perversiones sexuales.

La debilidad corporal del hombre aislado frente a la naturaleza y su limitación excesiva a esta pobre corteza terrestre presuponen el sentimiento de solidaridad con vistas a la conservación de la vida, y obligan a configurar la cultura y a organizar la división del trabajo. Este sentimiento de contacto se intensifica por la necesidad de cuidar de la mujer embarazada, del lactante, que crece lentamente, y por la larga dependencia del niño. Probablemente es la debilidad e inferioridad del hombre en general, su saber de la muerte y de los peligros que lo amenazan, lo que engendra el sentimiento de comunidad como complemento y liberación inevitables.

En este punto no puedo dejar de abordar la objeción, ociosa a mi juicio, de si el sentimiento de comunidad es innato. Muchos autores ven las mismas dificultades en la cuestión de las cualidades anímicas innatas en general. Me parece claro que nada podría desarrollarse en la vida anímica humana para lo que no existieran disposiciones, posibilidades, inclinaciones. El desarrollo de los rasgos de carácter, de las peculiaridades y de las capacidades depende seguramente, en primer lugar, de su cultivo, de su entrenamiento y del método.

El niño llega, en su esfera delimitada, ya desde el primer día a un entrenamiento de sus posibilidades anímicas. La relación con la madre, con los hermanos mayores y menores, con el padre y con los extraños, con las tareas de su vida, con lo que lo favorece y lo que lo impide, le inculca un entrenamiento que pronto madura en una mecanización de su forma de vida. En situaciones vitales más o menos parecidas, agradables o desagradables, se comportará siempre de modo parecido. Tengo que excluir aquí a los niños débiles mentales, es decir, enfermos del cerebro, porque su entrenamiento mental cuenta demasiado poco con los hechos. Pero, por lo demás, el entorno actúa marcando la dirección con sus enseñanzas, con sus ejemplos, y aún más con influencias más difíciles de captar. Si ya aquí tenemos que contar con posibilidades innatas y con el medio, nuestro campo se complica todavía mucho más, porque en la manera del entrenamiento hay una gran posibilidad de errores infantiles. Por esta última razón, el desarrollo defectuoso de un niño no es calculable de antemano. El problema del alma no puede resolverse matemáticamente ni desde el punto de vista causal.

Estas posibilidades de error en la construcción del estilo de vida están evidentemente en la base de los choques y tensiones mayores que más tarde en la vida, en cuanto sus tareas se hacen visibles o perceptibles, se convierten en fenómenos llamativos, en síntomas. Ya en este punto puede afirmarse: si en la vida solo hay cuestiones a cuya solución aproximada pertenece cierto grado de sentimiento de comunidad, si este grado del sentimiento de comunidad queda fijado ya tempranamente y se incorpora al estilo de vida mecanizado, entonces el choque de la forma de vida construida erróneamente, demasiado falta de sentimiento de comunidad, se producirá siempre ante las cuestiones apremiantes de la vida, que exigen precisamente ese grado de interés por los demás. Porque entonces este hombre no tiene con qué pagar.

En cambio, la cuestión de las cualidades anímicas innatas, de las variantes en más o en menos, de las peculiaridades de los instintos, de las pulsiones, de la herencia en general, parece ahora completamente carente de valor. Si está en nuestra mano —y según las experiencias educativas de la psicología individual es del todo seguro— desarrollar al niño en la dirección del semejante, entonces sería también fácil poner las disposiciones hereditarias al servicio del bien común, si es que de verdad desempeñan algún papel en la vida anímica: sublimarlas, como dice Nietzsche, configurarlas conforme a su fin, como lo describió Fourier en su sistema de los falansterios. Ambas cosas significarían llenarlas de sentimiento de comunidad.

Los hereditaristas y los psicólogos de los instintos y de las pulsiones se lo ponen demasiado fácil. Donde se hacen visibles los fracasos, buscan la componente hereditaria o instintiva. Ni unos ni otros notan que en su cuenta el papel principal lo desempeña siempre el sentimiento de comunidad que falta. Creen unos y otros investigar en la raíz del mal, en lo más hondo, sin ver que más tarde —ante las cuestiones sociales— no ocurre sino lo que sucede a consecuencia de la falta de interés humano, cuando todo toma un cariz «incorrecto», «insano», «anormal», «inmoral», y cuando, olvidando el factor principal, solo se ven instintos, herencia, fisiognomía, etc. Es como si, en una inundación, se quisiera culpar a las masas de hielo fundidas, a la fuerza de la corriente, a sus meandros, y no a la debilidad de sus diques.

Sapienti sat!3 Se comprenderá en este punto cuáles eran los nuevos puntos de vista con los que la psicología individual trataba de enriquecer el desarrollo de la psicología de las neurosis. La modestia puede nacer del interés personal por agradar, por llamar la atención, tanto como de la inclinación a un modo de ser social. El erotismo puede brotar tanto de una propensión egoísta como del afecto. La amistad puede fingirse para dominar a otros; la angustia y los sentimientos de debilidad pueden ejercitarse y entrenarse para forzar la asistencia de otros. Quien cree haber llegado bastante hondo cuando atrapa el «haz de instintos» sigue estando todavía en la superficie.

En todos los fracasos de la vida anímica humana, la raíz más profunda es siempre la falta de convivir, de jugar con los demás, de trabajar con los demás, de amar con los demás. La dificultad de educación, la neurosis, la neuropsicosis, el suicidio, las toxicomanías de toda clase, las perversiones sexuales, la prostitución: todas nos muestran cómo el río de la vida ha abandonado su lecho porque los diques eran demasiado débiles.

La psicología individual emprendió la tarea de reforzar los diques. No es, desde luego, un camino del todo nuevo. Quizá es el camino que la humanidad en su afán ha intentado siempre seguir en la religión, la educación, la política. Quizá hayamos visto ahora mejor las conexiones porque en la neurosis vimos, con un aumento inquietante, lo que la vida ofrece también por lo demás de perceptible. Y la terapia de la psicología individual exigía el refuerzo de los diques, la doma de las fuerzas elementales elevándolas a la utilidad general, allí donde otros consideraban en su mayoría inútil el dique o querían derribarlo abierta o secretamente, quizá de buena fe, creyendo que así movería mejor los molinos.

Solo vimos que más tarde se derrumba lo que originariamente era débil en su construcción: el hombre que aspira en el marco de la comunidad, pero sin comunidad. Lo que se muestra en el derrumbe merece sin duda consideración. Pero no tanto por el fenómeno mismo como porque sale a la luz por qué el sentimiento de comunidad no era de pleno valor. En los síntomas de angustia vemos el sentimiento de debilidad e inseguridad que, como en un estado de pánico, apenas permite un interés por el otro. En los fenómenos obsesivos encontramos el débil intento de llegar a la maestría en realizaciones inútiles (sin valor para la comunidad), porque la confianza en las realizaciones de utilidad general ha resultado demasiado débil. En la melancolía se muestra el terrible ataque contra el otro, que pasa por el desgarramiento de la propia persona, como en el suicidio. En la manía, el fuego de paja de una confianza en sí mismo apasionada y convulsiva, el grito de autoafirmación de quien se abandona. En la esquizofrenia, la eliminación del otro está llevada al extremo. La sociedad, la profesión, el amor, las tres grandes cuestiones de la vida, se eliminan con encono, y con ellas se pierde todo sentido para la vida en comunidad (véase arriba: lenguaje, entendimiento, moral, aspiración con sentido). Una y otra vez encontramos en estas enfermedades la expresión del desarraigo de la comunidad4, y con ello también la expresión del desaliento para una aspiración segura de sí.

El foco del incendio no se encuentra nunca en el pasado. La neurosis estalla siempre con vistas a una de las cuestiones sociales inminentes, que se refieren a la sociedad, la profesión o el amor. Los síntomas de la neurosis brotan siempre de la tensión en que cae el paciente insolvente. Las formas básicas más importantes de esta tensión, cuando se concreta, son: angustia, ira y tristeza. La exaltación de la manía es, como he indicado, el intento convulsivo de superar la angustia. También la dificultad de explicar las distintas formas de expresión neuróticas parecemos haberla superado en parte. En esta tensión, que se apodera del sistema vegetativo, los distintos tipos humanos reaccionan de modo distinto: unos más por el aparato gastrointestinal, otros con el sistema circulatorio, otros con la vejiga o con los órganos sexuales. La actitud anímica conmocionada del neurótico desalentado busca puntos de apoyo para su rechazo de las tareas de la comunidad, y sin duda también lo justifica hasta cierto punto (por ejemplo, el dominio sobre el otro en la agorafobia, la concentración desviada y los sentimientos obsesivos, las fobias para esquivar tareas, las perversiones con el mismo fin. En cuanto a la excitación del simpático y del parasimpático por las emociones, estamos aquí evidentemente ante una última cuestión insoluble. Sabemos que ocurre, pero nunca sabremos cómo ocurre. Aunque llegara a confirmarse que las emociones actúan sobre las glándulas endocrinas (suprarrenal, tiroides, glándulas sexuales, etc.), nunca sabremos más que su mayor vulnerabilidad, quizá a consecuencia de su inferioridad, quizá a consecuencia de una inferioridad de los cordones aferentes del sistema vegetativo.

Pero la mayor parte de los síntomas nerviosos que llegan a expresarse los encontramos enraizados, esbozados, en el temprano estilo de vida mecanizado. Fue uno de los primeros hallazgos de la psicología individual el comprobar con qué frecuencia se presentan trastornos nerviosos, neurosis funcionales, en el terreno de órganos y sistemas de órganos hereditariamente inferiores. A menudo pudimos mostrar que el cuadro de la neurosis se configura en la función neurótica del órgano originariamente débil, y llegamos así a la conclusión, justificada solo más tarde (véase Adler, Studie über Minderwertigkeit von Symptomen [sic], 1907)5, de que la posesión de órganos inferiores, también de glándulas endocrinas, crea una disposición a la neurosis. Una serie de hallazgos posteriores, también los de Kretschmer, apuntaron en la misma dirección. Pero pudimos comprobar algo más importante: que la posesión de órganos inferiores, por la sobrecarga a menudo grande y duradera del niño a consecuencia de enfermedades, padecimientos, debilidad e interés unilateral, obstaculiza el desarrollo del interés por los demás, del sentimiento de comunidad. Queremos, sin embargo, atenuar enseguida la importancia de la herencia que parece encerrarse en esta comprobación. Pues es fácil comprender que, por ejemplo, los zurdos sufren sin duda la misma carga, creada hereditariamente, y corren peligro en cuanto a su interés comunitario. Pero aplicando un método adecuado podemos evitar los peligros de esta carga. Lo mismo vale, hasta donde llegan nuestros conocimientos médicos actuales, para todos los demás órganos inferiores. Y queremos destacar además que un niño aproximadamente normal, con una alimentación inadecuada, vive la misma carga que uno con un tracto gastrointestinal inferior. Se muestra aquí de nuevo la concepción fundamental de la psicología individual, según la cual ni el órgano ni el medio por sí solos pueden ser causa de fracasos, sino que el factor esencial lo constituye la tensión que nace de ambos más los efectos anímicos erróneos.

Llegados aquí, el camino siguiente estaba dado. Teníamos que buscar la sobrecarga anímica de los neuróticos en su infancia también en otras situaciones que obstaculizan el desarrollo del sentimiento de comunidad. Y la encontramos, de manera muy variada, en los otros tipos: en los niños «mimados» y en los niños «odiados». Ni unos ni otros consiguen vincularse a la comunidad, y en su estilo de vida, mecanizado a partir del cuarto o quinto año de vida, no queda después sitio para ello. Solo la comprensión correcta de esta carencia puede permitir un nuevo entrenamiento del sentimiento de comunidad.

Siguiendo nuestro camino llegamos también al rechazo del trauma, y más aún del trauma sexual, tal como, según otras concepciones, habría de estar en la base de la neurosis. Todas las vivencias resultaron asimiladas por el estilo de vida mecanizado tempranamente. Donde encontramos vivencias afectivas fuertes en relación con la neurosis, nunca las encontramos como causas, sino puestas en esa funesta relación por el estilo de vida ya preformado. Por eso pudimos también restringir considerablemente la importancia del inconsciente para la neurosis. Todas las impresiones, estados de ánimo y tomas de posición reavivados —siempre visibles también en lo consciente— resultaron ser fragmentos de la construcción del estilo de vida, pertenecientes siempre al sentimiento acrecentado de inferioridad nacido de la inferioridad orgánica, del mimo y de la opresión. La aparente contradicción entre consciente e inconsciente, la aparente ambivalencia de sentimientos, tendencias y rasgos de carácter, resultaron inexistentes en cuanto se comprendió la unidad del estilo de vida.

Tanto en las manifestaciones conscientes como en los movimientos expresivos, vivencias, actitudes y tomas de posición «inconscientes», sacados de algún modo de la oscuridad del recuerdo o adivinados, se muestra siempre el mismo estilo de vida y —lo que importa en primer lugar— el mismo sentimiento de comunidad, fuertemente rebajado en la neurosis. Es este déficit el que —como se subrayó antes— constituye la aptitud deficiente para resolver las cuestiones de la vida, siempre sociales. Pero la aptitud deficiente se muestra en la tensión aumentada, que a su vez conduce a los «síntomas de tensión» corporales y anímicos. Estos síntomas van inmediatamente más allá y dan lugar a dispositivos de bloqueo a consecuencia de los cuales el paciente, como se lo ordena su estilo de vida, vacila (tartamudeo, angustia, fenómenos obsesivos, fobias, etc.), se queda atascado (eritrofobia, agorafobia, etc.) o se desvía hacia el lado inútil de la vida (perversiones sexuales, psicosis, suicidio, delito, etc.). Al mismo tiempo, en el cuadro de los fenómenos se ve el desaliento y la apelación a que se le concedan circunstancias atenuantes. En todos los casos de neurosis la «empatía» con la situación de enfermedad, como medio de la actitud vacilante, desempeña un papel al que se presta demasiado poca atención, y en distinto grado también la inteligencia privada sustraída al common sense (entendimiento de la comunidad). (Con especial claridad en la psicosis.)

Solo quiero rozar brevemente lo que hoy se reconoce casi en general como mérito de la psicología individual: su enérgico énfasis en el «modo de apercepción finalista». Con ello se quiere decir que todo individuo, a partir de un sentimiento de debilidad e inferioridad, como se muestra también en el desarrollo corporal, aspira a una meta de una «forma final ideal», es decir, a la superación de todas las dificultades de la vida. De manera satisfactoria y que conduzca al sentimiento de valía correcto, esto solo puede ocurrir en el lado útil, en el sentimiento de comunidad desarrollado, donde el individuo se siente valioso (lo que solo puede significar: valioso para la generalidad). Por eso en la neurosis se volverá a encontrar siempre el sentimiento de inferioridad acrecentado procedente de la primera infancia, a consecuencia del cual el paciente busca siempre facilidades (en lo social, en lo profesional, en la sexualidad), restringe considerablemente su círculo de acción y no pocas veces expresa en el deseo de muerte este anhelo de alivio. Pero también en el lado inútil de la vida, contrario a la comunidad, su sentimiento de inferioridad acrecentado lo azuza hacia una meta de superioridad, impersonal desde luego, o hacia la apariencia de una superioridad, que la mayoría de las veces se busca a costa de los demás. Los estados de ánimo y afectos más útiles para ello, como la angustia, la ira, la tristeza, los sentimientos de culpa, muestran en su propia dinámica, una vez más, el intento convulsivo de llegar de «abajo» a «arriba», de un sentimiento de inferioridad acrecentado a la superioridad sobre el otro, sobre el adversario. En todo movimiento expresivo anímico hay que comprobar, por tanto, junto al grado del sentimiento de comunidad, la aspiración individual a la superioridad, y confirmarla en otro lugar. Solo cerraremos tranquilos el expediente cuando hayamos visto actuar esta doble dinámica en el síntoma neurótico exactamente del mismo modo que en cualesquiera otras manifestaciones de la vida.

El asilo del «inconsciente» debería quedar notablemente conmovido por estas comprobaciones. Situar allí lo «instintivo» y desterrarlo de lo «consciente», poner lo «consciente» en contraposición con los «complejos» de lo «inconsciente», parece un extravío. Para el psicólogo individual esta diferencia no existe, porque tiene que comprender todo lo susceptible de conciencia en su conexión. Así se derrumba también la idea de la «ambivalencia», cuando se perciben las líneas paralelas y las formas de movimiento de su sentimiento de comunidad y de su aspiración a la superioridad en dos o más configuraciones. A lo sumo, la actitud vacilante encuentra su configuración en una contraposición o contradicción aparente (en la incapacidad de decisión, la duda o el querer sin resultado). El sentimiento de comunidad absorbe hasta tal punto toda la vida instintiva desde el primer día después del nacimiento, que una consideración aislada de la vida instintiva se convierte en un absurdo. Lo que de ella parece extraño, enfermizo, anormal, ha llegado a serlo por la falta de sentimiento de comunidad. Pero este y la aspiración inmanente a la forma final ideal son los resortes más profundos de la vida anímica humana.

Por eso, sin embargo, los importantes trabajos precursores de Freud no han perdido nada de su valor. Solo que lo que él encontró en el inconsciente no es un resorte, sino un afán de poder posterior y extraviado, asimilado por el estilo de vida defectuoso, situado más hondo. Si desde nuestro punto de vista se abordan las exposiciones más moderadas del complejo de Edipo, las teorías de la represión, de las transformaciones de los instintos, de la censura de los componentes sexuales, de la vivencia traumática, se encontrará sin gran esfuerzo que los presupuestos «inconscientes» de los autores en la concepción alegórica de sus ideas son siempre estos: sentimiento de inferioridad acrecentado, aspiración a la superioridad personal, falta de sentimiento de comunidad.

Tampoco la referencia a situaciones arcaicas puede justificar que se postule un «mal instintivo en el hombre». Todos los resultados de investigación dignos de crédito nos muestran la imagen del «salvaje» como un ser comunitario, atento a fortalecer la convivencia humana.

Para rozar también brevemente la aportación de la psicología individual a la comprensión del sueño, la resumimos así: el sueño tiene la tarea de debilitar o suprimir, mediante la producción de sentimientos, el influjo del common sense. Por eso tiene que ser «incomprensible» e imponer de manera tendenciosa el estilo de vida del soñador con ocasión de una tarea inminente, allí donde esto solo se consigue mediante el «engaño de los sentimientos» y no mediante una reflexión conforme al entendimiento.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de la Deutsche medizinische Wochenschrift 55 (1929), n.º 6, 8 de febrero de 1929, págs. 213-215 (ejemplar digitalizado por Google, archive.org), cotejada con la imagen. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan las cursivas (que reproducen el espaciado del original), la paginación y la nota de la redacción; se respeta también el paréntesis que el original deja sin cerrar. Las notas con «t» son del traductor.

  1. Conferencia pronunciada en la Sociedad de Medicina Interna y Pediatría (Verein für Innere Medizin und Kinderheilkunde) de Berlín, el 17 de diciembre de 1928. ↩

  2. Das sexuelle Berufssystem der Zweigeschlechtlichkeit: literalmente, «el sistema sexual de profesiones (o vocaciones) de la bisexualidad», es decir, de la existencia de dos sexos con funciones distintas. (N. del T.) ↩

  3. «Al sabio le basta» (con lo dicho): en latín en el original. (N. del T.) ↩

  4. Entgemeinschaftung: neologismo de Adler, «pérdida o ruptura de la comunidad». (N. del T.) ↩

  5. Así en el original; el título de la obra de Adler es Studie über Minderwertigkeit von Organen [Estudio sobre la inferioridad de los órganos] (1907). (N. del T.) ↩