La ciencia de vivir

Por Alfred Adler

Garden City Publishing Company Garden City, Nueva York

Índice

Capítulo primero: La ciencia de vivir

SOLO una ciencia que guarda relación directa con la vida, dijo el gran filósofo William James, es de verdad una ciencia. Podría decirse también que en una ciencia directamente relacionada con la vida la teoría y la práctica llegan a ser casi inseparables. La ciencia de la vida, precisamente porque se modela directamente sobre el movimiento de la vida, se convierte en una ciencia de vivir. Estas consideraciones se aplican con especial fuerza a la ciencia de la psicología individual. La psicología individual intenta ver las vidas individuales como un todo y considera cada reacción aislada, cada movimiento e impulso, como parte articulada de una actitud individual ante la vida. Una ciencia así está orientada por necesidad en un sentido práctico, pues con ayuda del conocimiento podemos corregir y modificar nuestras actitudes. La psicología individual es, pues, profética en un doble sentido: no solo predice lo que va a suceder, sino que, como el profeta Jonás, predice lo que va a suceder para que no suceda.

La ciencia de la psicología individual nació del esfuerzo por comprender esa misteriosa fuerza creadora de la vida, esa fuerza que se expresa en el deseo de desarrollarse, de esforzarse y de lograr, e incluso de compensar las derrotas en una dirección esforzándose por triunfar en otra. Esta fuerza es teleológica: se expresa en el esfuerzo hacia una meta, y en ese esfuerzo todo movimiento corporal y psíquico es puesto a cooperar. Es absurdo, por tanto, estudiar los movimientos corporales y los estados mentales en abstracto, sin relación con un todo individual. Es absurdo, por ejemplo, que en psicología criminal prestemos mucha más atención al delito que al delincuente. Lo que cuenta es el delincuente, no el delito, y por mucho que contemplemos el acto delictivo nunca comprenderemos su carácter criminal si no lo vemos como un episodio en la vida de un individuo determinado. Un mismo acto exterior puede ser delictivo en un caso y no serlo en otro. Lo importante es comprender el contexto individual: la meta de la vida de un individuo, que marca la línea de dirección de todos sus actos y movimientos. Esta meta nos permite comprender el sentido oculto que hay detrás de los distintos actos aislados: los vemos como partes de un todo. A la inversa, cuando estudiamos las partes, siempre que las estudiemos como partes de un todo, obtenemos una idea más cabal del todo.

En el caso del propio autor, el interés por la psicología nació de la práctica de la medicina. La práctica de la medicina le proporcionó el punto de vista teleológico o finalista que es necesario para comprender los hechos psicológicos. En medicina vemos que todos los órganos se esfuerzan por desarrollarse hacia metas definidas. Tienen formas definidas que alcanzan al llegar a la madurez. Además, en los casos en que hay defectos orgánicos encontramos siempre que la naturaleza hace esfuerzos especiales para superar la deficiencia, o bien para compensarla desarrollando otro órgano que asuma las funciones del defectuoso. La vida busca siempre continuar, y la fuerza vital nunca cede ante los obstáculos externos sin lucha.

Pues bien, el movimiento de la psique es análogo al movimiento de la vida orgánica. En toda mente existe la concepción de una meta o ideal para ir más allá del estado presente y superar las deficiencias y dificultades presentes postulando un fin concreto para el futuro. Por medio de este fin o meta concretos, el individuo puede pensarse y sentirse superior a las dificultades del presente, porque tiene en la mente su éxito futuro. Sin la noción de una meta, la actividad individual dejaría de tener sentido alguno.

Todos los indicios apuntan a que la fijación de esta meta, el darle una forma concreta, ha de producirse temprano en la vida, durante el período formativo de la infancia. En ese momento empieza a desarrollarse una especie de prototipo o modelo de la personalidad madura. Podemos imaginar cómo tiene lugar el proceso. Un niño, por ser débil, se siente inferior y se encuentra en una situación que no puede soportar. De ahí que se esfuerce por desarrollarse, y se esfuerza por desarrollarse siguiendo una línea de dirección fijada por la meta que él mismo elige. El material empleado para el desarrollo en esta fase es menos importante que la meta, que decide la línea de dirección. Es difícil decir cómo se fija esta meta, pero es evidente que tal meta existe y que domina cada movimiento del niño. Es poco, en efecto, lo que se comprende de las fuerzas, impulsos, razones, capacidades o incapacidades en este período temprano. Todavía no hay en realidad ninguna clave, pues la dirección no queda definitivamente establecida hasta que el niño ha fijado su meta. Solo cuando vemos la dirección hacia la que tiende una vida podemos adivinar qué pasos se darán en el futuro.

Cuando se ha formado el prototipo, esa personalidad temprana que encarna la meta, la línea de dirección queda establecida y el individuo adquiere una orientación definida. Es este hecho el que nos permite predecir lo que sucederá más adelante en la vida. Las apercepciones del individuo quedan desde entonces obligadas a seguir el surco trazado por la línea de dirección. El niño no percibirá las situaciones dadas tal como existen realmente, sino según un esquema personal de apercepción; es decir, percibirá las situaciones bajo el prejuicio de sus propios intereses.

Un hecho interesante que se ha descubierto a este respecto es que los niños con defectos orgánicos relacionan todas sus experiencias con la función del órgano defectuoso. Por ejemplo, un niño que padece del estómago muestra un interés anormal por la comida, mientras que uno que ve mal está más preocupado por las cosas visibles. Esta preocupación concuerda con el esquema privado de apercepción que, según hemos dicho, caracteriza a todas las personas. Podría sugerirse, por tanto, que para averiguar dónde reside el interés de un niño basta con determinar qué órgano es defectuoso. Pero las cosas no resultan tan sencillas. El niño no vive el hecho de la inferioridad orgánica tal como lo ve un observador externo, sino modificado por su propio esquema de apercepción. Por eso, aunque el hecho de la inferioridad orgánica cuenta como un elemento en el esquema de apercepción del niño, la observación externa de la inferioridad no da necesariamente la clave del esquema de apercepción.

El niño está inmerso en un esquema de relatividad, y en esto se parece, desde luego, al resto de nosotros: ninguno de nosotros goza del conocimiento de la verdad absoluta. Ni siquiera nuestra ciencia goza de la verdad absoluta. Se basa en el sentido común, lo que equivale a decir que cambia sin cesar y que se contenta con ir sustituyendo poco a poco grandes errores por otros más pequeños. Todos cometemos errores, pero lo importante es que podemos corregirlos. Tal corrección es más fácil en la época de la formación del prototipo. Y cuando no los corregimos en esa época, podemos corregir los errores más tarde evocando toda la situación de aquel período. Así, si nos enfrentamos a la tarea de tratar a un paciente neurótico, nuestro problema consiste en descubrir, no los errores corrientes que comete en su vida posterior, sino los errores fundamentalísimos cometidos al principio de su vida, en el curso de la constitución de su prototipo. Si descubrimos estos errores, es posible corregirlos mediante un tratamiento adecuado.

A la luz de la psicología individual, el problema de la herencia pierde, pues, importancia. Lo importante no es lo que uno ha heredado, sino lo que hace con su herencia en los primeros años, es decir, el prototipo que se construye en el ambiente de la infancia. La herencia es responsable, desde luego, de los defectos orgánicos heredados, pero nuestro problema en ese caso consiste simplemente en aliviar la dificultad concreta y colocar al niño en una situación favorable. De hecho, tenemos aquí incluso una gran ventaja, ya que, cuando vemos el defecto, sabemos cómo actuar en consecuencia. Muchas veces un niño sano, sin ningún defecto heredado, puede salir peor parado a causa de la desnutrición o de cualquiera de los muchos errores de crianza.

En el caso de los niños nacidos con órganos imperfectos, lo que importa por encima de todo es la situación psicológica. Como estos niños se encuentran en una situación más difícil, muestran signos marcados de un sentimiento de inferioridad exagerado. En la época en que se está formando el prototipo están ya más interesados en sí mismos que en los demás, y tienden a seguir así más adelante en la vida. La inferioridad orgánica no es la única causa de errores en el prototipo: otras situaciones pueden causar también los mismos errores; por ejemplo, las situaciones de los niños mimados y de los niños odiados. Más adelante tendremos ocasión de describir estas situaciones con más detalle y de presentar historias clínicas reales que ilustran las tres situaciones particularmente desfavorables: la de los niños con órganos imperfectos, la de los niños consentidos y la de los niños odiados. Por ahora basta con señalar que estos niños crecen en desventaja y que temen constantemente ser atacados, ya que han crecido en un ambiente en el que nunca aprendieron a ser independientes.


Es necesario comprender el sentimiento de comunidad desde el principio mismo, ya que es la parte más importante de nuestra educación, de nuestro tratamiento y de nuestra curación. Solo las personas valerosas, seguras de sí mismas y que se sienten en el mundo como en su casa pueden sacar provecho tanto de las dificultades como de las ventajas de la vida. Nunca tienen miedo. Saben que hay dificultades, pero saben también que pueden superarlas. Están preparadas para todos los problemas de la vida, que son invariablemente problemas sociales. Desde un punto de vista humano es necesario estar preparado para la conducta social. Los tres tipos de niños que hemos mencionado desarrollan un prototipo con un grado menor de sentimiento de comunidad. No tienen la actitud mental que favorece la realización de lo que es necesario en la vida o la solución de sus dificultades. Al sentirse derrotado, el prototipo adopta una actitud equivocada ante los problemas de la vida y tiende a desarrollar la personalidad en el lado inútil de la vida. Por otra parte, nuestra tarea al tratar a estos pacientes consiste en desarrollar la conducta en el lado útil y en establecer, en general, una actitud útil ante la vida y la sociedad.

La falta de sentimiento de comunidad equivale a estar orientado hacia el lado inútil de la vida. Los individuos que carecen de sentimiento de comunidad son los que forman los grupos de los niños difíciles, los delincuentes, los dementes y los borrachos. Nuestro problema en su caso consiste en encontrar medios de influir en ellos para que vuelvan al lado útil de la vida y para que se interesen por los demás. En este sentido puede decirse que nuestra llamada psicología individual es en realidad una psicología social.


Después del sentimiento de comunidad, nuestra tarea siguiente es averiguar las dificultades con que se enfrenta el individuo en su desarrollo. Esta tarea resulta algo más confusa a primera vista, pero en realidad no es muy complicada. Sabemos que todo niño consentido se convierte en un niño odiado. Nuestra civilización es tal que ni la sociedad ni la familia desean prolongar indefinidamente el proceso de mimarlo. Un niño mimado se enfrenta muy pronto a los problemas de la vida. En la escuela se encuentra en una nueva institución social, con un nuevo problema social. No quiere escribir ni jugar con sus compañeros, pues su experiencia no le ha preparado para la vida en común de la escuela. De hecho, sus experiencias, tal como las vivió en la fase del prototipo, le hacen temer tales situaciones y buscar más mimos. Ahora bien, las características de un individuo así no son heredadas, ni mucho menos, pues podemos deducirlas del conocimiento de la naturaleza de su prototipo y de su meta. Como tiene las características particulares que favorecen su movimiento en la dirección de su meta, no le es posible tener características que tiendan en ninguna otra dirección.

El paso siguiente en la ciencia de vivir consiste en el estudio de los sentimientos. La línea axial, la línea de dirección que postula la meta, no solo afecta a las características individuales, a los movimientos físicos, a las expresiones y a los síntomas exteriores en general, sino que domina también la vida de los sentimientos. Es notable que los individuos intenten siempre justificar sus actitudes mediante sentimientos. Así, si un hombre quiere hacer un buen trabajo, encontraremos esta idea agrandada y dominando toda su vida emocional. Podemos concluir que los sentimientos están siempre de acuerdo con el punto de vista del individuo sobre su tarea: refuerzan al individuo en su inclinación a la actividad. Siempre hacemos lo que haríamos aun sin los sentimientos, y los sentimientos son simplemente un acompañamiento de nuestros actos.

Podemos ver este hecho con toda claridad en los sueños, cuyo propósito fue descubierto quizá como una de las conquistas más recientes de la psicología individual. Todo sueño tiene, desde luego, un propósito, aunque esto nunca se había comprendido claramente hasta ahora. El propósito de un sueño, expresado en términos generales y no específicos, es crear un determinado movimiento del sentimiento o de la emoción, movimiento emocional que a su vez favorece el movimiento del sueño. Es un comentario interesante a la vieja idea de que un sueño es siempre un engaño. Soñamos del modo en que quisiéramos comportarnos. Los sueños son un ensayo emocional de planes y actitudes para la conducta en la vigilia; un ensayo, sin embargo, cuya función real puede no llegar a representarse nunca. En este sentido los sueños son engañosos: la imaginación emocional nos da la emoción de la acción sin la acción.

Esta característica de los sueños se encuentra también en nuestra vida de vigilia. Tenemos siempre una fuerte inclinación a engañarnos emocionalmente: queremos siempre persuadirnos de seguir el camino de nuestros prototipos tal como se formaron en el cuarto o quinto año de vida.

El análisis del prototipo es lo que viene a continuación en nuestro esquema de la ciencia. Como hemos dicho, a los cuatro o cinco años el prototipo ya está construido, de modo que tenemos que buscar las impresiones que recibió el niño antes de esa época o en ella. Estas impresiones pueden ser muy variadas, mucho más de lo que imaginamos desde el punto de vista de un adulto normal. Una de las influencias más comunes sobre la mente de un niño es el sentimiento de opresión que provocan los castigos o malos tratos excesivos de un padre o de una madre. Esta influencia hace que el niño se esfuerce por liberarse, y a veces esto se expresa en una actitud de exclusión psicológica. Así, encontramos que algunas niñas que tienen padres de mal genio tienen prototipos que excluyen a los hombres porque son de mal genio. O bien los niños oprimidos por madres severas pueden excluir a las mujeres. Esta actitud excluyente puede expresarse, desde luego, de diversas maneras1: por ejemplo, el niño puede volverse tímido o, por otro lado, puede pervertirse sexualmente (lo cual no es más que otra manera de excluir a las mujeres). Tales perversiones no son heredadas, sino que surgen del ambiente que rodea al niño en esos años.

Los primeros errores del niño cuestan caros. Y a pesar de ello el niño recibe poca orientación. Los padres no conocen los resultados de sus experiencias, o no quieren confesárselos al niño, y el niño tiene que seguir así su propia línea.

Curiosamente, veremos que no hay dos niños, ni siquiera los nacidos en la misma familia, que crezcan en la misma situación. Aun dentro de la misma familia, la atmósfera que rodea a cada niño es muy particular. Así, el primer hijo se encuentra notoriamente en circunstancias distintas de las de los demás hijos. El primer hijo está al principio solo y es, por tanto, el centro de atención. En cuanto nace el segundo, se encuentra destronado, y no le gusta el cambio de situación. De hecho, es toda una tragedia en su vida haber tenido el poder y ya no tenerlo. Este sentimiento de tragedia entra en la formación de su prototipo y aflorará en sus características de adulto. De hecho, las historias clínicas muestran que tales niños sufren siempre una caída.

Otra diferencia de ambiente dentro de la familia se encuentra en el trato distinto que se da a los niños y a las niñas. Lo habitual es que se sobrevalore a los niños y que se trate a las niñas como si no pudieran lograr nada. Estas niñas crecerán siempre vacilantes y llenas de dudas. Durante toda la vida vacilarán demasiado, siempre con la impresión de que solo los hombres son realmente capaces de lograr algo.

La posición del segundo hijo es también característica e individual. Se encuentra en una posición enteramente distinta de la del primero, ya que para él hay siempre alguien que le marca el paso y que avanza paralelamente a él. Por lo general, el segundo hijo supera al que le marca el paso, y si buscamos la causa encontraremos sencillamente que al hijo mayor le molestó tener semejante competidor y que esa molestia acabó por afectar a su posición en la familia. El mayor se asusta ante la competencia y no le va tan bien. Cae cada vez más en la estima de sus padres, que empiezan a apreciar al segundo. Por otra parte, el segundo hijo tiene siempre delante al que le marca el paso, y está así siempre en una carrera. Todas sus características reflejarán esta posición peculiar en la constelación familiar. Muestra rebeldía y no reconoce el poder ni la autoridad.

La historia y la leyenda cuentan numerosos casos de hijos menores poderosos. José es un ejemplo: quería superar a todos los demás. El hecho de que naciera en la familia un hermano menor, sin él saberlo, años después de que se fuera de casa no altera evidentemente la situación. Su posición era la del menor. Encontramos también la misma descripción en todos los cuentos de hadas, en los que el hijo menor desempeña el papel principal. Podemos ver cómo estas características se originan realmente en la primera infancia y no pueden cambiar hasta que se ha ampliado la comprensión del individuo. Para readaptar a un niño hay que hacerle comprender lo que sucedió en su primera infancia. Hay que hacerle comprender que su prototipo influye erróneamente en todas las situaciones de su vida.


Un instrumento valioso para comprender el prototipo, y por tanto la naturaleza del individuo, es el estudio de los recuerdos antiguos. Todo nuestro conocimiento y nuestra observación nos obligan a concluir que nuestros recuerdos pertenecen al prototipo. Un ejemplo aclarará lo que queremos decir. Consideremos a un niño del primer tipo, uno con órganos imperfectos; con un estómago débil, digamos. Si recuerda haber visto u oído algo, probablemente se referirá de algún modo a cosas de comer. O tomemos a un niño zurdo: el ser zurdo afectará igualmente a su punto de vista. Una persona puede hablarnos de su madre, que la mimaba, o del nacimiento de un hermano menor. Puede contarnos cómo le pegaban, si tuvo un padre de mal genio, o cómo le atacaban, si era un niño odiado en la escuela. Todos estos indicios son muy valiosos, siempre que aprendamos el arte de leer su significado.

El arte de comprender los recuerdos antiguos supone un altísimo poder de simpatía, la capacidad de identificarse con el niño en su situación infantil. Solo mediante ese poder de simpatía somos capaces de comprender el significado íntimo que tiene en la vida de un niño la llegada de un hermano menor a la familia, o la impresión que dejan en la mente de un niño los malos tratos de un padre de mal genio.

Y ya que tratamos este asunto, nunca se insistirá lo bastante en que nada se gana castigando, amonestando y sermoneando. Nada se consigue cuando ni el niño ni el adulto saben en qué punto ha de hacerse el cambio. Cuando el niño no comprende, se vuelve más astuto y más cobarde. Su prototipo, sin embargo, no puede cambiarse con tales castigos y sermones. No puede cambiarse por la mera experiencia de la vida, pues la experiencia de la vida está ya de acuerdo con el esquema personal de apercepción del individuo. Solo cuando llegamos a la personalidad básica logramos algún cambio.

Si observamos una familia con hijos mal desarrollados, veremos que, aunque todos parecen inteligentes (en el sentido de que, si se les hace una pregunta, dan la respuesta correcta), cuando buscamos síntomas y expresiones tienen un gran sentimiento de inferioridad. La inteligencia, desde luego, no es necesariamente sentido común. Estos niños tienen una actitud mental enteramente personal, lo que podríamos llamar privada, del tipo que se encuentra en las personas neuróticas. En una neurosis obsesiva, por ejemplo, el paciente se da cuenta de la inutilidad de contar siempre las ventanas, pero no puede dejar de hacerlo. Alguien interesado en cosas útiles nunca actuaría así. La comprensión y el lenguaje privados son también característicos de los dementes. Los dementes nunca hablan en el lenguaje del sentido común, que representa la cumbre del sentimiento de comunidad.

Si contrastamos el juicio del sentido común con el juicio privado, veremos que el juicio del sentido común suele ser casi acertado. Por el sentido común distinguimos entre lo bueno y lo malo, y aunque en una situación complicada solemos cometer errores, los errores tienden a corregirse por el movimiento mismo del sentido común. Pero quienes están siempre atentos a sus propios intereses privados no pueden distinguir entre el bien y el mal con la misma facilidad que los demás. De hecho, más bien delatan su incapacidad, ya que todos sus movimientos son transparentes para el observador.

Consideremos, por ejemplo, la comisión de delitos. Si indagamos la inteligencia, la comprensión y el motivo de un delincuente, encontraremos que el delincuente considera siempre sus delitos a la vez inteligentes y heroicos. Cree haber alcanzado una meta de superioridad, a saber, haberse vuelto más listo que la policía y ser capaz de vencer a los demás. Es así un héroe a sus propios ojos, y no ve que sus acciones indican algo muy distinto, algo muy alejado del heroísmo. Su falta de sentimiento de comunidad, que sitúa su actividad en el lado inútil de la vida, va unida a una falta de valor, a la cobardía, pero él no lo sabe. Quienes se vuelven hacia el lado inútil de las cosas suelen tener miedo de la oscuridad y del aislamiento; desean estar con otros. Esto es cobardía y debería llamarse así. De hecho, la mejor manera de acabar con el delito sería convencer a todo el mundo de que el delito no es más que una expresión de cobardía.

Es bien sabido que algunos delincuentes, al acercarse a los treinta años, aceptan un empleo, se casan y se convierten en buenos ciudadanos en su vida posterior. ¿Qué sucede? Consideremos a un ladrón con fractura. ¿Cómo puede competir un ladrón de treinta años con uno de veinte? Este último es más listo y más fuerte. Además, a los treinta años el delincuente se ve obligado a vivir de otro modo que antes. En consecuencia, la profesión del delito ya no le compensa al delincuente, y le conviene retirarse.

Otro hecho que hay que tener presente en relación con los delincuentes es que, si aumentamos los castigos, lejos de atemorizar al delincuente individual, no hacemos más que ayudar a reforzar su creencia de que es un héroe. No debemos olvidar que el delincuente vive en un mundo centrado en sí mismo, un mundo en el que nunca se encontrará verdadero valor, confianza en sí mismo, sentimiento de comunidad ni comprensión de los valores comunes. A tales personas no les es posible incorporarse a una sociedad. Los neuróticos rara vez fundan un club, y para las personas que padecen agorafobia o para los dementes es una hazaña imposible. Los niños difíciles o las personas que se suicidan nunca hacen amigos, hecho cuya razón no se da nunca. Hay una razón, sin embargo: nunca hacen amigos porque su vida temprana tomó una dirección centrada en sí mismos. Sus prototipos estaban orientados hacia metas falsas y seguían líneas de dirección en el lado inútil de la vida.


Consideremos ahora el programa que ofrece la psicología individual para la educación y el adiestramiento de las personas neuróticas: niños neuróticos, delincuentes y personas que son borrachos y desean escapar por tales medios del lado útil de la vida.

Para comprender fácil y rápidamente qué es lo que falla, empezamos preguntando en qué momento se originó el trastorno. Por lo general se echa la culpa a alguna situación nueva. Pero esto es un error, pues antes de este suceso concreto nuestro paciente, como descubriremos al investigar, no estaba bien preparado para la situación. Mientras se encontraba en una situación favorable, los errores de su prototipo no eran visibles, pues cada situación nueva es una especie de experimento al que reacciona según el esquema de apercepción creado por su prototipo. Sus respuestas no son meras reacciones; son creadoras y coherentes con su meta, que domina a lo largo de toda su vida. La experiencia nos enseñó pronto, en nuestros estudios de psicología individual, que podíamos excluir la importancia de la herencia, así como la importancia de una parte aislada. Vemos que el prototipo responde a las experiencias de acuerdo con su propio esquema de apercepción. Y es sobre este esquema de apercepción sobre el que debemos trabajar para obtener algún resultado.


Esto resume el enfoque de la psicología individual, que se ha desarrollado en los últimos veinticinco años. Como puede verse, la psicología individual ha recorrido un largo camino en una dirección nueva. Existen muchas psicologías y psiquiatrías. Un psicólogo toma una dirección, otro toma otra, y nadie cree que los demás tengan razón. Quizá tampoco el lector deba fiarse de la creencia y de la fe. Que compare. Verá que no podemos estar de acuerdo con la llamada psicología de los «impulsos» (drive psychology; McDougall es quien mejor representa esta tendencia en América), porque en sus «impulsos» se reserva un lugar demasiado grande a las tendencias heredadas. Tampoco podemos estar de acuerdo con el «condicionamiento» y las «reacciones» del conductismo. Es inútil construir el destino y el carácter de un individuo a partir de «impulsos» y «reacciones» si no comprendemos la meta hacia la que se dirigen tales movimientos. Ninguna de estas dos psicologías piensa en términos de metas individuales.

Es cierto que, cuando se menciona la palabra «meta», el lector suele tener una impresión vaga. La idea necesita concretarse. Pues bien, en último análisis, tener una meta es aspirar a ser como Dios. Pero ser como Dios es, desde luego, la meta última, la meta de las metas, si se nos permite la expresión. Los educadores deberían ser cautos al intentar educarse a sí mismos y a sus hijos para ser como Dios. De hecho, encontramos que el niño, en su desarrollo, la sustituye por una meta más concreta e inmediata. Los niños buscan a la persona más fuerte de su entorno y la convierten en su modelo o en su meta. Puede ser el padre, o quizá la madre, pues encontramos que incluso un niño varón puede verse inducido a imitar a su madre si esta le parece la persona más fuerte. Más tarde quieren ser cocheros, porque creen que el cochero es la persona más fuerte.

Cuando los niños conciben por primera vez una meta así, se comportan, sienten y visten como el cochero, y adoptan todas las características coherentes con esa meta. Pero basta con que el policía levante un dedo para que el cochero quede reducido a nada... Más tarde el ideal puede pasar a ser el médico o el maestro. Pues el maestro puede castigar al niño, y así se gana su respeto como persona fuerte.

El niño dispone de una variedad de símbolos concretos para elegir su meta, y encontramos que la meta que elige es en realidad un índice de su sentimiento de comunidad2. Un niño a quien se le preguntó qué quería ser de mayor dijo: «Quiero ser verdugo». Esto revela una falta de sentimiento de comunidad. El niño deseaba ser el amo de la vida y de la muerte, un papel que corresponde a Dios. Deseaba ser más poderoso que la sociedad, y se encaminaba así hacia la vida inútil. La meta de ser médico se forja también en torno al deseo, semejante al de Dios, de ser amo de la vida y de la muerte, pero aquí la meta se realiza mediante el servicio social.

Capítulo segundo: El complejo de inferioridad

EL uso de los términos «consciencia» e «inconsciencia» para designar factores distintos es incorrecto en la práctica de la psicología individual. La consciencia y la inconsciencia se mueven juntas en la misma dirección y no son contradicciones, como tan a menudo se cree. Más aún, no hay entre ellas una línea de demarcación definida. Se trata simplemente de descubrir el propósito de su movimiento conjunto. Es imposible decidir qué es consciente y qué no lo es mientras no se haya obtenido toda la conexión. Esta conexión se revela en el prototipo, ese patrón de vida que analizamos en el capítulo anterior.

Una historia clínica servirá para ilustrar la íntima conexión entre la vida consciente y la inconsciente. Un hombre casado, de cuarenta años, padecía una única angustia: el deseo de tirarse por la ventana. Luchaba siempre contra este deseo, pero, aparte de eso, se encontraba muy bien. Tenía amigos, una buena posición y vivía felizmente con su mujer. Su caso es inexplicable si no es en términos de la colaboración de la consciencia y la inconsciencia. Conscientemente tenía la sensación de que debía tirarse por una ventana. Sin embargo, siguió viviendo, y de hecho ni siquiera intentó nunca tirarse por una ventana. La razón es que había otro lado de su vida, un lado en el que desempeñaba un papel importante la lucha contra su deseo de suicidarse. Como resultado de la colaboración de este lado inconsciente de su ser con su consciencia, salió victorioso. De hecho, en su «estilo de vida» (por usar un término del que hablaremos más en un capítulo posterior) era un conquistador que había alcanzado la meta de superioridad. El lector podría preguntar cómo podía sentirse superior este hombre cuando tenía esa tendencia consciente a suicidarse. La respuesta es que había algo en su ser que libraba su batalla contra su tendencia suicida. Es su éxito en esta batalla lo que le convirtió en un conquistador y en un ser superior. Objetivamente, su lucha por la superioridad estaba condicionada por su propia debilidad, como ocurre muy a menudo en las personas que de un modo u otro se sienten inferiores. Pero lo importante es que en su propia batalla privada su afán de superioridad, su afán de vivir y de vencer, se impuso a su sentimiento de inferioridad y a su deseo de morir, y ello a pesar de que este último se expresaba en su vida consciente y el primero en su vida inconsciente.

Veamos si el desarrollo del prototipo de este hombre confirma nuestra teoría. Analicemos sus recuerdos de infancia. A temprana edad, según nos enteramos, tuvo problemas en la escuela. No le gustaban los otros niños y quería huir de ellos. Sin embargo, reunió todas sus fuerzas para quedarse y hacerles frente. En otras palabras, podemos percibir ya un esfuerzo por su parte para superar su debilidad. Se enfrentó a su problema y venció.

Si analizamos el carácter de nuestro paciente, veremos que su único fin en la vida era superar el miedo y la angustia. En este fin sus ideas conscientes cooperaban con las inconscientes y formaban una unidad. Ahora bien, una persona que no ve al ser humano como una unidad podría creer que este paciente no era superior ni había triunfado. Podría considerarlo únicamente una persona ambiciosa, alguien que quería luchar y pelear pero que en el fondo era un cobarde. Tal opinión sería errónea, sin embargo, ya que no tendría en cuenta todos los hechos del caso ni los interpretaría en relación con la unidad de una vida humana. Toda nuestra psicología, toda nuestra comprensión o nuestro esfuerzo por comprender a los individuos sería vano e inútil si no pudiéramos estar seguros de que el ser humano es una unidad. Si presupusiéramos dos lados sin relación entre sí, sería imposible ver la vida como una entidad completa.

Además de considerar la vida de un individuo como una unidad, debemos tomarla también junto con su contexto de relaciones sociales. Así, los niños, cuando acaban de nacer, son débiles, y su debilidad hace necesario que otras personas los cuiden. Pues bien, el estilo o el patrón de la vida de un niño no puede comprenderse sin referencia a las personas que lo cuidan y que suplen su inferioridad. El niño tiene con la madre y la familia relaciones entrelazadas que nunca podrían comprenderse si limitáramos nuestro análisis a la periferia del ser físico del niño en el espacio. La individualidad del niño va más allá de su individualidad física; abarca todo un contexto de relaciones sociales.

Lo que vale para el niño vale también, hasta cierto punto, para los hombres en su conjunto. La debilidad que explica que el niño viva en un grupo familiar tiene su paralelo en la debilidad que impulsa a los hombres a vivir en sociedad. Todas las personas se sienten insuficientes en ciertas situaciones. Se sienten abrumadas por las dificultades de la vida e incapaces de afrontarlas por sí solas. De ahí que una de las tendencias más fuertes del hombre haya sido formar grupos, para poder vivir como miembro de una sociedad y no como individuo aislado. Esta vida social le ha sido sin duda de gran ayuda para superar su sentimiento de insuficiencia y de inferioridad. Sabemos que así ocurre con los animales, entre los cuales las especies más débiles viven siempre en grupos para que sus fuerzas combinadas ayuden a satisfacer sus necesidades individuales. Así, una manada de búfalos puede defenderse de los lobos. Un búfalo solo lo encontraría imposible, pero en grupo juntan las cabezas y luchan con las patas hasta que se salvan. En cambio, los gorilas, los leones y los tigres pueden vivir aislados porque la naturaleza les ha dado los medios para protegerse. El ser humano no tiene su gran fuerza, ni sus garras, ni sus dientes, y por eso no puede vivir apartado. Encontramos así que el origen de la vida social está en la debilidad del individuo.

Por este hecho no podemos esperar encontrar que las capacidades y facultades de todos los seres humanos en sociedad sean iguales. Pero una sociedad bien ajustada no se quedará atrás en apoyar las capacidades de los individuos que la componen. Es este un punto importante que hay que captar, ya que de otro modo nos veríamos llevados a suponer que hay que juzgar a los individuos enteramente por sus capacidades heredadas. En realidad, un individuo que podría ser deficiente en ciertas facultades si viviera aislado bien podría compensar sus carencias en una sociedad bien organizada.

Supongamos que nuestras insuficiencias individuales son heredadas. En tal caso, el fin de la psicología pasa a ser adiestrar a las personas para vivir bien con los demás, a fin de ayudar a disminuir el efecto de sus incapacidades naturales. La historia del progreso social cuenta cómo los hombres cooperaron para superar deficiencias y carencias. Todo el mundo sabe que el lenguaje es una invención social, pero poca gente se da cuenta de que la deficiencia individual fue la madre de esa invención. Esta verdad, sin embargo, se ilustra en la conducta temprana de los niños. Cuando sus deseos no se ven satisfechos, quieren atraer la atención e intentan hacerlo mediante algún tipo de lenguaje. Pero si un niño no necesitara atraer la atención, no intentaría hablar en absoluto. Así ocurre en los primeros meses, cuando la madre le procura al niño todo lo que desea antes de que hable. Se conocen casos de niños que no hablaron hasta los seis años porque nunca les había hecho falta. La misma verdad se ilustra en el caso de un niño concreto, hijo de padres sordomudos. Cuando se caía y se hacía daño, lloraba, pero lloraba sin ruido. Sabía que el ruido sería inútil, pues sus padres no podían oírle. Por eso hacía el gesto de llorar para atraer la atención de sus padres, pero sin ruido.

Vemos, por tanto, que debemos considerar siempre todo el contexto social de los hechos que estudiamos. Debemos mirar el ambiente social para comprender la «meta de superioridad» concreta que elige un individuo. Debemos mirar también la situación social para comprender una inadaptación concreta. Así, muchas personas están inadaptadas porque les resulta imposible establecer el contacto normal con los demás por medio del lenguaje. El tartamudo es un ejemplo. Si examinamos al tartamudo, veremos que desde el comienzo de su vida nunca estuvo bien adaptado socialmente. No quería participar en actividades, ni quería amigos ni compañeros. Su desarrollo del lenguaje necesitaba el trato con los demás, pero él no quería tratarse con nadie. Por eso continuó su tartamudeo. En los tartamudos hay realmente dos tendencias: una a tratarse con los demás y otra que les hace buscar el aislamiento.

Más adelante en la vida, entre las personas adultas que no llevan una vida social, encontramos que no pueden hablar en público y que tienden a padecer miedo escénico. Esto se debe a que consideran a su auditorio como un enemigo. Tienen un sentimiento de inferioridad cuando se enfrentan a un auditorio que les parece hostil y dominante. Lo cierto es que solo cuando una persona confía en sí misma y en su auditorio puede hablar bien, y solo entonces no tendrá miedo escénico.

El sentimiento de inferioridad y el problema de la educación social están, pues, íntimamente relacionados. Así como el sentimiento de inferioridad surge de una inadaptación social, así también la educación social es el método básico por el que todos podemos superar nuestros sentimientos de inferioridad.

Hay una relación directa entre la educación social y el sentido común. Cuando decimos que la gente resuelve sus dificultades con sentido común, pensamos en la inteligencia reunida del grupo social. Por otra parte, como indicamos en el capítulo anterior, las personas que actúan con un lenguaje privado y una comprensión privada manifiestan una anormalidad. Los dementes, los neuróticos y los delincuentes son de este tipo. Encontramos que ciertas cosas no les interesan: las personas, las instituciones, las normas sociales no les atraen. Y sin embargo es a través de estas cosas por donde pasa el camino de su salvación.

Al trabajar con tales personas, nuestra tarea consiste en hacer que los hechos sociales les atraigan. Las personas nerviosas se sienten siempre justificadas si muestran buena voluntad. Pero hace falta algo más que buena voluntad. Debemos enseñarles que lo que importa en la sociedad es lo que realmente realizan, lo que realmente dan.

Aunque el sentimiento de inferioridad y el afán de superioridad son universales, sería un error considerar que este hecho indica que todos los hombres son iguales. La inferioridad y la superioridad son las condiciones generales que rigen la conducta de los hombres, pero además de estas condiciones hay diferencias de fuerza física, de salud y de ambiente. Por esa razón los individuos cometen errores distintos en las mismas condiciones dadas. Si examinamos a los niños, veremos que no hay una única manera absolutamente fija y correcta de responder. Responden cada uno a su manera individual. Se esfuerzan por alcanzar un estilo de vida mejor, pero todos se esfuerzan a su manera, cometiendo sus propios errores y con su propio tipo de aproximaciones al éxito.

Analicemos algunas de las variaciones y peculiaridades de los individuos. Tomemos, por ejemplo, a los niños zurdos. Hay niños que quizá nunca sepan que son zurdos porque se les ha adiestrado con tanto cuidado en el uso de la mano derecha. Al principio son torpes e imperfectos con la mano derecha, y se les riñe, se les critica y se les ridiculiza. Es un error ridiculizarlos, pero deben adiestrarse ambas manos. Un niño zurdo puede reconocerse en la cuna porque mueve más la mano izquierda que la derecha. Más adelante en la vida puede sentirse agobiado por la imperfección de su mano derecha. Por otra parte, a menudo desarrolla un mayor interés por la mano y el brazo derechos, interés que se manifiesta, por ejemplo, en el dibujo, la escritura, etc. De hecho, no es sorprendente encontrar que más adelante en la vida un niño así esté mejor adiestrado que un niño normal. Como ha tenido que interesarse, se ha levantado más temprano, por así decirlo, y así su imperfección le ha llevado a un adiestramiento más cuidadoso. Esto es a menudo una gran ventaja para desarrollar el talento y la capacidad artísticos. Un niño en esa posición suele ser ambicioso y lucha por superar sus limitaciones. A veces, sin embargo, si la lucha es dura, puede volverse envidioso o celoso de los demás y desarrollar así un sentimiento de inferioridad mayor, más difícil de superar que en los casos normales. A fuerza de luchar constantemente, un niño puede convertirse en un niño luchador o en un adulto luchador, que se esfuerza siempre con la idea fija de que no debe ser torpe ni deficiente. Un individuo así está más agobiado que los demás.

Los niños se esfuerzan, cometen errores y se desarrollan de diversas maneras según los prototipos que formaron en los primeros cuatro o cinco años de vida. La meta de cada uno es distinta. Un niño puede querer ser pintor, mientras que otro puede desear verse fuera de este mundo en el que no encaja. Nosotros podemos saber cómo puede superar su imperfección, pero él no lo sabe, y con demasiada frecuencia no se le explican los hechos de la manera adecuada.

Muchos niños tienen imperfectos los ojos, los oídos, los pulmones o el estómago, y encontramos que su interés se ve estimulado en la dirección de la imperfección. Un ejemplo curioso de ello se revela en el caso de un hombre que sufría ataques de asma solo cuando volvía a casa de la oficina por la noche. Era un hombre de cuarenta y cinco años, casado y con una buena posición. Se le preguntó por qué los ataques se producían siempre después de volver a casa de la oficina. Explicó: «Verá usted, mi mujer es muy materialista y yo soy idealista, de modo que no nos entendemos. Cuando llego a casa me gustaría estar tranquilo, disfrutar en casa, pero mi mujer quiere salir a sociedad, y así se queja de tener que quedarse en casa. Entonces me pongo de mal humor y empiezo a ahogarme».

¿Por qué se ahogaba este hombre? ¿Por qué no vomitaba? El hecho es que no hacía sino ser fiel a su prototipo. Al parecer, de niño tuvieron que vendarlo por alguna debilidad, y ese vendaje apretado le afectaba la respiración y le hacía sentirse muy incómodo. Tenía, sin embargo, una criada que lo quería y que se sentaba a su lado y lo consolaba. Todo su interés estaba en él y no en ella misma. Le dio así la impresión de que siempre lo entretendrían y consolarían. Cuando él tenía cuatro años, la niñera se marchó a una boda y él la acompañó a la estación llorando muy amargamente. Cuando la niñera se hubo marchado, le dijo a su madre: «El mundo ya no tiene ningún interés para mí ahora que se ha ido mi niñera».

Así pues, lo vemos en la edad adulta, como en los años de su prototipo, buscando una persona ideal que siempre lo entretuviera, lo consolara y se interesara solo por él. El problema no era la falta de aire, sino el hecho de que no lo entretenían ni lo consolaban en todo momento. Naturalmente, no es fácil encontrar a una persona que lo entretenga a uno siempre. Él quería dominar siempre toda la situación, y hasta cierto punto le servía de algo cuando lo conseguía. Así, cuando se puso a ahogarse, su mujer dejó de querer ir al teatro o salir a sociedad. Había obtenido entonces su «meta de superioridad».

Conscientemente, este hombre era siempre correcto y formal, pero en su mente tenía el deseo de ser el conquistador. Quería hacer de su mujer lo que él llamaba una idealista en vez de una materialista. Deberíamos sospechar que un hombre así tiene motivos distintos de los que aparecen en la superficie...

A menudo vemos que los niños con ojos imperfectos se interesan más por las cosas visuales. Desarrollan de este modo una facultad aguda. Vemos a Gustav Freitag3, un gran poeta que tenía unos ojos deficientes, astigmáticos, realizar mucho. Los poetas y los pintores tienen a menudo problemas con los ojos. Pero esto mismo crea a menudo un interés mayor. Freitag decía de sí mismo: «Como mis ojos eran distintos de los de otras personas, parece que me vi obligado a usar y adiestrar mi fantasía. No sé si esto me ha ayudado a ser un gran escritor, pero en todo caso, a consecuencia de mi vista, ha sucedido que veo mejor en la fantasía que otros en la realidad».

Si examinamos la personalidad de los genios, encontraremos a menudo ojos deficientes o alguna otra deficiencia. En la historia de todas las épocas, hasta los dioses han tenido alguna deficiencia, como la ceguera de uno o de ambos ojos. El hecho de que haya genios que, aun estando casi ciegos, son capaces de comprender mejor que otros las diferencias de líneas, sombras y colores muestra lo que puede hacerse con los niños afligidos de algún defecto si se comprenden debidamente sus problemas.

Algunas personas se interesan por la comida más que otras. Por eso están siempre discutiendo lo que pueden y lo que no pueden comer. Por lo general, estas personas lo han pasado mal al comienzo de la vida en materia de comida, y por eso han desarrollado por ella más interés que los demás. Probablemente una madre vigilante les decía constantemente lo que podían y lo que no podían comer. Estas personas tienen que adiestrarse para superar las imperfecciones de su estómago, y llegan a interesarse vivamente por lo que tendrán para el almuerzo, la cena o el desayuno. Como resultado de su constante pensar en la comida, a veces desarrollan el arte culinario o se convierten en expertos en cuestiones de dieta.

A veces, sin embargo, una debilidad del estómago o de los intestinos lleva a las personas a buscar un sustituto de la comida. A veces este sustituto es el dinero, y tales personas se vuelven avaras o grandes banqueros que hacen fortuna. A menudo se esfuerzan extremadamente por reunir dinero, adiestrándose para este fin día y noche. Nunca dejan de pensar en sus negocios, hecho que a veces puede darles una gran ventaja sobre otros que están en situaciones parecidas. Y es interesante observar que a menudo oímos hablar de hombres ricos que padecen del estómago.

Recordemos en este punto la relación que se establece con frecuencia entre el cuerpo y la mente. Un defecto dado no conduce siempre al mismo resultado. No hay una relación necesaria de causa y efecto entre una imperfección física y un mal estilo de vida. Para la imperfección física podemos a menudo dar un buen tratamiento en forma de una nutrición adecuada y obviar así en parte la situación física. Pero no es el defecto físico lo que causa los malos resultados: es la actitud del paciente la responsable. Por eso para el psicólogo individual no existen meros defectos físicos ni una causalidad exclusivamente física, sino solo actitudes equivocadas ante las situaciones físicas. Y por eso también el psicólogo individual procura fomentar, durante el desarrollo del prototipo, un esfuerzo contra el sentimiento de inferioridad.


A veces vemos a una persona impaciente porque no puede esperar a superar las dificultades. Siempre que vemos personas en constante movimiento, de genio fuerte y pasiones vivas, podemos concluir siempre que son personas con un gran sentimiento de inferioridad. Una persona que sabe que puede superar sus dificultades no será impaciente. Por otra parte, puede que no siempre realice lo que es necesario. Los niños arrogantes, impertinentes y peleones indican también un gran sentimiento de inferioridad. Nuestra tarea en su caso es buscar las razones, las dificultades que tienen, para prescribir el tratamiento. Nunca deberíamos criticar ni castigar los errores del estilo de vida del prototipo.

Podemos reconocer estos rasgos del prototipo entre los niños de maneras muy peculiares: en sus intereses insólitos, en sus maquinaciones y en su afán de superar a los demás, y en su construcción con vistas a la meta de superioridad. Hay un tipo que no confía en sí mismo en el movimiento y la expresión. Prefiere excluir a los demás en la medida de lo posible. Prefiere no ir adonde tenga que enfrentarse a situaciones nuevas, sino quedarse en el pequeño círculo en el que se siente seguro. En la escuela, en la vida, en la sociedad, en el matrimonio hace lo mismo. Espera siempre lograr mucho en su pequeño rincón para llegar a una meta de superioridad. Encontramos este rasgo en muchos seres humanos. Todos olvidan que, para lograr resultados, uno debe estar preparado para afrontar todas las situaciones. Hay que hacer frente a todo. Si uno elimina ciertas situaciones y ciertas personas, solo tiene la inteligencia privada para justificarse, y eso no basta. Uno necesita todos los vientos renovadores del contacto social y del sentido común.

Si un filósofo quiere realizar su obra, no puede ir siempre a almorzar o a cenar con otros, pues necesita estar solo durante largos períodos para ordenar sus ideas y emplear el método adecuado. Pero después debe crecer mediante el contacto con la sociedad. Este contacto es una parte importante de su desarrollo. Y así, cuando nos encontramos con una persona así, debemos recordar sus dos necesidades. Debemos recordar también que puede ser útil o inútil, y por eso debemos buscar con cuidado la diferencia entre la conducta útil y la inútil.

La clave de todo el proceso social se encuentra en el hecho de que las personas se esfuerzan siempre por encontrar una situación en la que sobresalgan. Así, los niños que tienen un gran sentimiento de inferioridad quieren excluir a los niños más fuertes y jugar con niños más débiles a los que puedan mandar y dominar. Esta es una expresión anormal y patológica del sentimiento de inferioridad, pues es importante darse cuenta de que lo que importa no es el sentimiento de inferioridad, sino su grado y su carácter.

El sentimiento de inferioridad anormal ha recibido el nombre de «complejo de inferioridad». Pero complejo no es la palabra correcta para este sentimiento de inferioridad que impregna toda la personalidad. Es más que un complejo; es casi una enfermedad cuyos estragos varían según las circunstancias. Así, a veces no notamos el sentimiento de inferioridad cuando una persona está en su trabajo, porque se siente segura de lo que hace. En cambio, puede no estar segura de sí misma en sociedad o en sus relaciones con el otro sexo, y de este modo podemos descubrir su verdadera situación psicológica.

Notamos los errores en mayor grado en una situación tensa o difícil. Es en la situación difícil o nueva donde el prototipo aparece tal cual es, y de hecho la situación difícil es casi siempre la nueva. Por eso, como dijimos en el primer capítulo, la expresión del grado de sentimiento de comunidad aparece en una situación social nueva.

Si mandamos a un niño a la escuela, podemos observar allí su sentimiento de comunidad igual que en la vida social en general. Podemos ver si se mezcla con sus compañeros o si los evita. Si vemos niños hiperactivos, astutos, listos, debemos mirar dentro de su mente para encontrar las razones. Y si vemos que algunos avanzan solo con condiciones o vacilando, debemos estar atentos a que las mismas características se revelen más tarde en la sociedad, en la vida y en el matrimonio.

Siempre encontramos personas que dicen: «Yo haría esto de esta manera», «Yo aceptaría ese empleo», «Yo me pelearía con ese hombre, ... pero ... !». Todas estas afirmaciones son señal de un gran sentimiento de inferioridad, y de hecho, si las leemos de este modo, obtenemos una nueva luz sobre ciertas emociones, como la duda. Reconocemos que una persona que duda suele seguir dudando y no logra nada. En cambio, cuando una persona dice «No quiero», probablemente actuará en consecuencia.

El psicólogo, si mira con atención, puede ver a menudo contradicciones en los hombres. Tales contradicciones pueden considerarse un signo de sentimiento de inferioridad. Pero debemos observar también los movimientos de la persona que constituye el problema que tenemos entre manos. Así, su manera de acercarse, su manera de tratar a la gente, puede ser deficiente, y debemos observar si se dirige hacia las personas con paso y actitud corporal vacilantes. Esta vacilación se expresará a menudo en otras situaciones de la vida. Hay muchas personas que dan un paso adelante y otro atrás, signo de un gran sentimiento de inferioridad.

Toda nuestra tarea consiste en desacostumbrar a tales personas de su actitud vacilante. El tratamiento adecuado para ellas es alentarlas, nunca desalentarlas. Debemos hacerles comprender que son capaces de hacer frente a las dificultades y de resolver los problemas de la vida. Es la única manera de crear confianza en sí mismo, y es la única manera en que debería tratarse el sentimiento de inferioridad.

Capítulo tercero: El complejo de superioridad

En el capítulo anterior tratamos del complejo de inferioridad y de su relación con el sentimiento general de inferioridad que todos compartimos y contra el que todos luchamos. Ahora hemos de pasar al tema inverso, el complejo de superioridad.

Hemos visto cómo cada síntoma de la vida de un individuo se expresa en un movimiento, en un progreso. Puede decirse, pues, que el síntoma tiene un pasado y un futuro. Ahora bien, el futuro está ligado a nuestro afán y a nuestra meta, mientras que el pasado representa el estado de inferioridad o de insuficiencia que intentamos superar. Por eso en un complejo de inferioridad nos interesa el comienzo, mientras que en un complejo de superioridad nos interesa más la continuidad, la progresión del movimiento mismo. Además, los dos complejos están naturalmente emparentados. No debe asombrarnos que en los casos en que vemos un complejo de inferioridad encontremos un complejo de superioridad más o menos oculto. Y, a la inversa, si indagamos un complejo de superioridad y estudiamos su continuidad, siempre podemos encontrar un complejo de inferioridad más o menos oculto.

Hemos de tener presente, desde luego, que la palabra «complejo», unida a inferioridad y a superioridad, no representa más que un estado exagerado del sentimiento de inferioridad y del afán de superioridad. Si miramos así las cosas, desaparece la aparente paradoja de que dos tendencias contradictorias, el complejo de inferioridad y el complejo de superioridad, existan en el mismo individuo. Porque es evidente que, como sentimientos normales, el afán de superioridad y el sentimiento de inferioridad son naturalmente complementarios. No aspiraríamos a ser superiores y a triunfar si no sintiéramos cierta carencia en nuestra condición presente. Y, puesto que los llamados complejos se desarrollan a partir de los sentimientos naturales, no hay en ellos más contradicción que en los sentimientos.

El afán de superioridad no cesa nunca. Constituye, de hecho, la mente, la psique del individuo. Como hemos dicho, la vida es la consecución de una meta o de una forma, y es el afán de superioridad lo que pone en movimiento la consecución de la forma. Es como una corriente que arrastra todo el material que encuentra. Si miramos a los niños perezosos y vemos su falta de actividad, su falta de interés por todo, diríamos que no parecen moverse. Pero, con todo, encontramos en ellos un deseo de ser superiores, un deseo que les hace decir: «Si no fuera tan perezoso, podría ser presidente». Se mueven y aspiran condicionalmente, por así decirlo. Tienen un alto concepto de sí mismos y opinan que podrían lograr mucho en el lado útil de la vida, si... Esto es mentir, por supuesto, es ficción; pero, como todos sabemos, la humanidad se contenta muy a menudo con la ficción. Y esto vale sobre todo para las personas a las que les falta valor. Se conforman muy bien con la ficción. No se sienten muy fuertes y por eso dan siempre rodeos: siempre quieren escapar de las dificultades. Con esa huida, con ese rehuir la batalla, adquieren la sensación de ser mucho más fuertes y más listos de lo que en realidad son.

Vemos a niños que empiezan a robar y que padecen de sentimiento de superioridad. Creen que engañan a los demás, que los demás no saben que roban. Así son más ricos con poco esfuerzo. Este mismo sentimiento es muy marcado en los delincuentes que tienen la idea de que son héroes superiores.

Ya hemos hablado de este rasgo desde otro punto de vista, como manifestación de inteligencia privada. No es sentido común ni social. Si un asesino se cree un héroe, es una idea privada. Le falta valor, puesto que quiere arreglar las cosas de modo que escapa a la solución de los problemas de la vida. La delincuencia es, pues, resultado de un complejo de superioridad, y no la expresión de una perversidad fundamental y originaria.

Vemos aparecer síntomas parecidos en las personas neuróticas. Padecen, por ejemplo, de insomnio, y así no tienen fuerza suficiente al día siguiente para cumplir con las exigencias de su ocupación. A causa del insomnio sienten que no se les puede exigir que trabajen, porque no están en condiciones de hacer lo que podrían realizar. Se lamentan: «¡Qué no podría hacer yo si pudiera dormir!».

Lo vemos también en las personas deprimidas que padecen de angustia. Su angustia las convierte en tiranos de los demás. De hecho, usan su angustia para dominar a los demás, porque siempre han de tener gente consigo, han de ir acompañadas adondequiera que vayan, etc. A los acompañantes se les obliga a vivir su vida conforme a las exigencias de la persona deprimida.

Los melancólicos y los enajenados son siempre el centro de atención de la familia. En ellos vemos el poder que ejerce el complejo de inferioridad. Se quejan de que se sienten débiles y pierden peso, etc., pero, con todo, son los más fuertes de todos. Dominan a las personas sanas. Este hecho no debe sorprendernos, porque en nuestra cultura la debilidad puede ser muy fuerte y poderosa. (De hecho, si nos preguntáramos quién es la persona más fuerte de nuestra cultura, la respuesta lógica sería: el bebé. El bebé manda y no puede ser dominado.)

Estudiemos la relación entre el complejo de superioridad y la inferioridad. Tomemos, por ejemplo, un niño difícil con complejo de superioridad, un niño impertinente, arrogante y pendenciero. Encontraremos que siempre quiere parecer más grande de lo que en realidad es. Todos sabemos cómo los niños que tienen rabietas quieren dominar a los demás con un ataque repentino. ¿Por qué son tan impacientes? Porque no están seguros de ser lo bastante fuertes para alcanzar su meta. Se sienten inferiores. En los niños peleones y agresivos descubriremos siempre un complejo de inferioridad y un deseo de superarlo. Es como si intentaran ponerse de puntillas para parecer más grandes y conseguir por este método fácil éxito, orgullo y superioridad.

Hemos de encontrar métodos de tratamiento para estos niños. Obran así porque no ven la coherencia de la vida. No ven el orden natural de las cosas. No debemos censurarlos porque no quieran verlo, porque, si los ponemos ante la cuestión, insistirán siempre en que no se sienten inferiores, sino superiores. Por eso debemos explicarles amistosamente nuestro punto de vista y llevarlos poco a poco a comprenderlo.

Si una persona es un fanfarrón, es solo porque se siente inferior, porque no se siente lo bastante fuerte para competir con los demás en el lado útil de la vida. Por eso se queda en el lado inútil. No está en armonía con la sociedad. No está socialmente adaptado y no sabe resolver los problemas sociales de la vida. Y así encontramos siempre, durante su infancia, una lucha entre él y sus padres y maestros. En tales casos hay que comprender la situación y también hacérsela comprensible a los niños.

Vemos la misma combinación de complejos de inferioridad y de superioridad en las enfermedades neuróticas. El neurótico expresa con frecuencia su complejo de superioridad, pero no ve su complejo de inferioridad. El historial de una neurótica obsesiva es muy ilustrativo a este respecto. Había una muchacha que vivía en estrecha relación con una hermana mayor muy encantadora y muy estimada. Este hecho es significativo desde el principio, porque, si una persona de una familia sobresale más que las demás, estas sufrirán. Siempre es así, ya sea el preferido el padre, uno de los hijos o la madre. Se crea una situación muy difícil para los demás miembros de la familia, y a veces sienten que no pueden soportarla.

Pues bien, encontraremos entre estos otros hijos que todos tienen un complejo de inferioridad y aspiran a un complejo de superioridad. Mientras se interesen no solo por sí mismos, sino también por los demás, resolverán sus problemas de la vida satisfactoriamente. Pero si su complejo de inferioridad está claramente marcado, se encuentran viviendo, por así decirlo, en un país enemigo, siempre atentos a sus propios intereses más que a los de los demás, y sin tener, por tanto, la debida medida de sentimiento de comunidad. Abordan las cuestiones sociales de la vida con un sentimiento que no favorece su solución. Y así, buscando alivio, se pasan al lado inútil de la vida. Sabemos que eso no es un verdadero alivio, pero parece un alivio no resolver las cuestiones y ser mantenido por otros. Son como mendigos a quienes mantienen los demás y que se sienten cómodos explotando neuróticamente su debilidad.

Parece un rasgo de la naturaleza humana que, cuando los individuos —niños y adultos— se sienten débiles, dejan de interesarse por los demás y aspiran a la superioridad. Quieren resolver los problemas de la vida de tal modo que obtengan una superioridad personal sin mezcla alguna de sentimiento de comunidad. Mientras una persona aspira a la superioridad y la templa con sentimiento de comunidad, está en el lado útil de la vida y puede hacer el bien. Pero si le falta el sentimiento de comunidad, no está realmente preparada para resolver los problemas de la vida. En esta categoría deben ponerse, como ya hemos dicho, los niños difíciles, los enajenados, los delincuentes, los suicidas, etc.

Pues bien, esta muchacha de la que empezamos a hablar creció fuera de un círculo favorable y se sentía coartada. Si hubiera tenido sentimiento de comunidad y hubiera comprendido lo que nosotros comprendemos, habría podido desarrollarse en otra dirección. Empezó a estudiar para ser música, pero siempre estaba en tal tensión, debida al complejo de inferioridad que le causaba pensar siempre en su hermana preferida, que también aquí se quedó bloqueada. Cuando ella tenía veinte años, su hermana se casó, y entonces empezó a buscar marido para competir con su hermana. De este modo se iba hundiendo más y alejándose cada vez más del lado sano y útil de la vida. Llegó a la idea de que era una muchacha mala, muy mala, y de que poseía un poder mágico capaz de mandar a una persona al infierno.

Vemos en ese poder mágico un complejo de superioridad; pero ella, por su parte, se quejaba, igual que a veces oímos a los ricos quejarse de lo mala que es su suerte de ser ricos. No solo sentía que tenía el poder divino de mandar a la gente al infierno, sino que a veces tenía la impresión de que podía y debía salvar a esas personas. Por supuesto, ambas pretensiones eran ridículas, pero mediante este sistema de ficción se aseguraba de poseer un poder más alto que el de su hermana preferida. Solo con este juego podía superar a su hermana. Y por eso se quejaba de tener ese poder, porque cuanto más se quejaba de él, más verosímil era que lo poseyera de verdad. Si se hubiera reído de ello, la pretensión de poder habría resultado dudosa. Solo quejándose podía sentirse contenta con su suerte. Vemos aquí cómo un complejo de superioridad puede a veces estar oculto, sin que se reconozca su presencia, y existir, sin embargo, de hecho como compensación del complejo de inferioridad.


La hermana mayor —de la que hablaremos ahora— era muy preferida, porque durante un tiempo fue hija única, muy mimada y el centro de atención de la familia. Tres años después llegó una hermana menor, hecho que cambió toda la situación para la mayor. Antes siempre había estado sola, como centro de atención. Ahora se vio de pronto expulsada de esa posición. A consecuencia de ello se volvió una niña peleona. Pero solo puede haber pelea donde hay compañeros más débiles. Un niño peleón no es realmente valiente: solo pelea contra personas más débiles. Si el ambiente es fuerte, entonces, en vez de volverse pendenciero, el niño se vuelve malhumorado o deprimido, y es probable que por esa razón se le aprecie menos en el círculo familiar.

En tales casos la hija mayor siente que no la quieren tanto como antes, y ve en las manifestaciones de la actitud cambiada una confirmación de su opinión. Considera a su madre la principal culpable, puesto que es ella quien ha traído a casa a esa otra niña. Así podemos entender que dirija sus ataques contra su madre.

La pequeña, en cambio, tiene que ser vigilada, observada y mimada, como todos los bebés, y está así en una posición favorable. Por eso no necesita esforzarse, no necesita pelear. Se desarrolla como una criatura muy dulce, muy suave y muy querida: el centro de la familia. ¡A veces la virtud en forma de obediencia puede vencer!

Examinemos ahora si esta dulzura, esta suavidad y esta bondad estaban o no en el lado útil de la vida. Podemos presuponer que era tan dócil y manejable solo porque estaba tan mimada. Pero nuestra civilización no mira con buenos ojos a los niños mimados. A veces el padre se da cuenta y quiere acabar con ese estado de cosas. A veces interviene la escuela. La posición de un niño así está siempre en peligro, y por eso el niño mimado se siente inferior. No notamos este sentimiento de inferioridad en los niños mimados mientras están en una situación favorable, pero en cuanto surge una situación desfavorable vemos a estos niños o bien venirse abajo y deprimirse, o bien desarrollar un complejo de superioridad.

El complejo de superioridad y el complejo de inferioridad coinciden en un punto, a saber, en que están siempre en el lado inútil. Nunca encontraremos en el lado útil de la vida a un niño arrogante e impertinente, a un niño con complejo de superioridad.

Cuando estos niños mimados van a la escuela, ya no están en una situación favorable. Desde ese momento los vemos adoptar una actitud vacilante en la vida y no terminar nunca nada. Así ocurrió con la hermana menor de la que hablamos primero. Empezó a aprender a coser, a tocar el piano, etc., pero al poco tiempo lo dejó. Al mismo tiempo perdió el interés por la sociedad, ya no le gustaba salir y se sentía deprimida. Se sentía eclipsada por su hermana, con sus cualidades más agradables. Su actitud vacilante la debilitó y le deterioró el carácter.

Más adelante vaciló en materia de ocupación y nunca terminó nada. Vaciló también en el amor y el matrimonio, pese a su deseo de competir con su hermana. Cuando llegó a los treinta años, miró a su alrededor y encontró a un hombre que padecía tuberculosis. Por supuesto, es fácil ver que sus padres se opondrían a esa elección. En este caso no fue necesario que ella detuviera la acción, porque la detuvieron sus padres, y la boda no se celebró. Un año después se casó con un hombre treinta y cinco años mayor que ella. Ahora bien, como de un hombre así ya no se piensa que sea un hombre, este matrimonio, que no era un matrimonio, parecía inútil. A menudo encontramos una expresión de un complejo de inferioridad en la elección de una persona mucho mayor para casarse, o en la elección de una persona con la que no es posible casarse, por ejemplo, un hombre o una mujer casados. Siempre hay sospecha de cobardía cuando hay impedimentos. Como esta muchacha no justificó en el matrimonio su sentimiento de superioridad, encontró otro modo de adquirir un complejo de superioridad.

Sostenía que lo más importante de este mundo es el deber. Tenía que lavarse todo el tiempo. Si alguien o algo la tocaba, tenía que lavarse otra vez. De este modo quedó completamente aislada. En realidad, sus manos estaban de lo más sucias. La razón era evidente: a fuerza de lavarse continuamente se le había puesto una piel muy áspera que recogía suciedad en grandes cantidades.

Pues bien, todo esto parece un complejo de inferioridad, pero ella se sentía la única persona pura del mundo y criticaba y acusaba continuamente a los demás porque no tenían su manía de lavarse. Así representaba su papel como en una pantomima. Siempre había querido ser superior, y ahora, de un modo ficticio, lo era. Era la persona más pura del mundo. Vemos, pues, que su complejo de inferioridad se había convertido en un complejo de superioridad, expresado con toda claridad.

Vemos el mismo fenómeno en los megalómanos que se creen Jesucristo o un emperador. Una persona así está en el lado inútil de la vida y representa su papel casi como si fuera verdad. Está aislada en la vida, y si nos remontamos a su pasado encontraremos que se sentía inferior y que, de un modo sin valor, desarrolló un complejo de superioridad.

Está el caso de un muchacho de quince años que ingresó en un manicomio a causa de sus alucinaciones. En aquel tiempo, que era antes de la guerra, se le metió en la cabeza que el emperador de Austria había muerto. No era verdad, pero él afirmaba que el emperador se le había aparecido en sueños y le había exigido que condujera al ejército austriaco contra el enemigo. ¡Y él, un muchachito menudo! No había forma de convencerlo cuando se le mostraban los periódicos, que informaban de que el emperador se encontraba en su palacio o de que había salido a pasear en su coche. Insistía en que el emperador estaba muerto y se le había aparecido en sueños.

En aquel tiempo la psicología individual trataba de averiguar la importancia de las posturas durante el sueño como indicio del sentimiento de superioridad o de inferioridad de una persona. Se comprende que esa información pudiera resultar útil. Algunas personas se acuestan en la cama encogidas como un erizo, tapándose la cabeza con las sábanas. Esto expresa un complejo de inferioridad. ¿Podemos creer que una persona así sea valiente? O, si vemos a una persona tendida bien estirada, ¿podemos creerla débil o encorvada en la vida? Tanto en sentido literal como metafórico parecerá grande, como lo parece en el sueño. Se ha observado que las personas que duermen boca abajo son tercas y pendencieras.

Se examinó a este muchacho para intentar encontrar correlaciones entre su conducta en vigilia y sus posturas durante el sueño. Se halló que dormía con los brazos cruzados sobre el pecho, como Napoleón. Como todos sabemos, los cuadros muestran a Napoleón con los brazos en esa posición. Al día siguiente se le preguntó al muchacho: «¿Conoces a alguien que te recuerde esta postura?». Contestó: «Sí, mi maestro». El descubrimiento resultó algo desconcertante, hasta que se sugirió que el maestro podía parecerse a Napoleón. Así resultó ser. Además, el muchacho había querido a este maestro y deseaba ser maestro como él. Pero por falta de medios para asegurarle una educación, su familia tuvo que ponerlo a trabajar en un restaurante, donde todos los clientes se burlaban de él porque era menudo. No podía soportarlo y quería escapar de ese sentimiento de humillación. Pero escapó al lado inútil de la vida.

Podemos entender lo que ocurrió en el caso de este muchacho. Al principio tenía un complejo de inferioridad porque era menudo y por eso se burlaban de él los clientes del restaurante. Pero aspiraba constantemente a la superioridad. Quería ser maestro. Pero como se le cerró el paso a esa ocupación, encontró otra meta de superioridad dando un rodeo hacia el lado inútil de la vida. Se hizo superior en el sueño y en los sueños.


Vemos, pues, que la meta de superioridad puede estar en el lado inútil o en el lado útil de la vida. Si una persona es benévola, por ejemplo, eso puede significar una de dos cosas: puede significar que está socialmente adaptada y quiere ayudar, o bien puede significar sencillamente que quiere presumir. El psicólogo se encuentra con muchos cuya meta principal es presumir. Está el caso de un muchacho que no era muy aplicado en la escuela; de hecho, era tan malo que hacía novillos y robaba cosas, pero siempre era jactancioso. Hacía estas cosas a causa de su complejo de inferioridad. Quería obtener resultados en algún terreno, aunque solo fuera en el de la vanidad barata. Así, robaba dinero y obsequiaba a prostitutas con flores y otros regalos. Un día se fue en coche lejos, a un pueblecito, y allí pidió un carruaje con seis caballos. Recorrió todo el pueblo con gran pompa hasta que lo detuvieron. En toda su conducta su gran afán era parecer más grande que los demás, y más grande de lo que en realidad era.

Una tendencia parecida puede observarse en la conducta de los delincuentes: la tendencia a pretender un éxito fácil, de la que ya hemos hablado en otro contexto. Los periódicos de Nueva York contaron hace algún tiempo cómo un ladrón entró en casa de unas maestras y mantuvo una discusión con ellas. El ladrón les dijo a las mujeres que no sabían cuántas fatigas había en las ocupaciones honradas corrientes. Era mucho más fácil ser ladrón que trabajar. Este hombre había escapado al lado inútil de la vida. Pero, tomando ese camino, había desarrollado cierto complejo de superioridad. Se sentía más fuerte que las mujeres, sobre todo porque él iba armado y ellas no. Pero ¿se daba cuenta de que era un cobarde? Nosotros sabemos que lo es, porque lo vemos como una persona que había escapado de su complejo de inferioridad pasándose al lado inútil de la vida. Él, sin embargo, se creía un héroe y no un cobarde.

Algunos tipos recurren al suicidio y quieren de este modo sacudirse el mundo entero con sus dificultades. Parece que no les importa la vida y así se sienten superiores, aunque en realidad son cobardes. Vemos que un complejo de superioridad es una segunda fase. Es una compensación del complejo de inferioridad. Hemos de intentar siempre encontrar la conexión orgánica, la conexión que puede parecer una contradicción, pero que está muy en el curso de la naturaleza humana, como ya hemos mostrado. Una vez encontrada esta conexión, estamos en condiciones de tratar tanto el complejo de inferioridad como el de superioridad.


No debemos concluir el tema general de los complejos de inferioridad y de superioridad sin decir unas palabras sobre la relación de estos complejos con las personas normales. Todo el mundo, como hemos dicho, tiene un sentimiento de inferioridad. Pero el sentimiento de inferioridad no es una enfermedad; es más bien un estímulo para un afán y un desarrollo sanos y normales. Solo se convierte en un estado patológico cuando el sentimiento de insuficiencia abruma al individuo y, lejos de estimularlo a una actividad útil, lo deprime y lo incapacita para desarrollarse. Ahora bien, el complejo de superioridad es una de las vías que una persona con complejo de inferioridad puede usar como método para escapar de sus dificultades. Supone que es superior cuando no lo es, y ese falso éxito le compensa del estado de inferioridad que no puede soportar. La persona normal no tiene complejo de superioridad; ni siquiera tiene sentimiento de superioridad. Tiene el afán de ser superior en el sentido en que todos tenemos la ambición de triunfar, pero mientras ese afán se exprese en el trabajo no conduce a valoraciones falsas, que es lo que está en la raíz de la enfermedad mental.

Capítulo cuarto: El estilo de vida

Si miramos un pino que crece en el valle, notaremos que crece de otro modo que uno situado en la cima de una montaña. Es la misma clase de árbol, un pino, pero hay dos estilos de vida distintos. Su estilo en la cima de la montaña es diferente de su estilo cuando crece en el valle. El estilo de vida de un árbol es la individualidad de un árbol que se expresa y se moldea en un ambiente. Reconocemos un estilo cuando lo vemos sobre el fondo de un ambiente distinto del que esperamos, porque entonces nos damos cuenta de que cada árbol tiene un patrón de vida y no es una mera reacción mecánica al ambiente.

Con los seres humanos ocurre algo muy parecido. Vemos el estilo de vida en determinadas condiciones ambientales, y nuestra tarea es analizar su relación exacta con las circunstancias existentes, puesto que la mente cambia cuando se altera el ambiente. Mientras una persona está en una situación favorable, no podemos ver con claridad su estilo de vida. En situaciones nuevas, en cambio, cuando se enfrenta a dificultades, el estilo de vida aparece clara y nítidamente. Un psicólogo experimentado quizá podría comprender el estilo de vida de un ser humano incluso en una situación favorable, pero se hace patente para todo el mundo cuando el sujeto humano se ve en situaciones desfavorables o difíciles.

Ahora bien, la vida, que es algo más que un juego, no carece de dificultades. Siempre hay situaciones en que los seres humanos se ven enfrentados a dificultades. Es mientras el sujeto se enfrenta a esas dificultades cuando hemos de estudiarlo y descubrir sus diferentes movimientos y sus rasgos distintivos característicos. Como ya hemos dicho, el estilo de vida es una unidad, porque ha nacido de las dificultades de los primeros años y del afán de alcanzar una meta.

Pero no nos interesa tanto el pasado como el futuro. Y para comprender el futuro de una persona hemos de comprender su estilo de vida. Aunque comprendamos los instintos, los estímulos, los impulsos, etc., no podemos predecir lo que ha de ocurrir. Algunos psicólogos tratan, en efecto, de llegar a conclusiones fijándose en ciertos instintos, impresiones o traumas, pero, examinándolo de cerca, se verá que todos estos elementos presuponen un estilo de vida coherente. Así pues, todo lo que estimula, estimula solo para salvar y fijar un estilo de vida.

¿Cómo se relaciona la noción de estilo de vida con lo que hemos tratado en los capítulos anteriores? Hemos visto cómo los seres humanos con órganos débiles, porque se enfrentan a dificultades y se sienten inseguros, padecen un sentimiento o complejo de inferioridad. Pero, como los seres humanos no pueden soportarlo mucho tiempo, el sentimiento de inferioridad los estimula, como hemos visto, al movimiento y a la acción. De ahí resulta que la persona tiene una meta. La psicología individual ha llamado desde hace tiempo plan de vida al movimiento coherente hacia esta meta. Pero como ese nombre ha dado lugar a veces a errores entre los estudiosos, ahora se llama estilo de vida.

Como un individuo tiene un estilo de vida, es posible predecir su futuro, a veces solo con hablar con él y hacer que responda a unas preguntas. Es como mirar el quinto acto de un drama, donde se resuelven todos los misterios. Podemos hacer predicciones de este modo porque conocemos las fases, las dificultades y las cuestiones de la vida. Así, por la experiencia y por el conocimiento de unos pocos hechos, podemos decir lo que les ocurrirá a los niños que se apartan siempre de los demás, que buscan apoyo, que están mimados y que vacilan al abordar las situaciones. ¿Qué ocurre en el caso de una persona cuya meta es ser mantenida por los demás? Vacilando, se detiene o escapa a la solución de las cuestiones de la vida. Sabemos cómo puede vacilar, detenerse o escapar, porque hemos visto ocurrir lo mismo mil veces. Sabemos que no quiere avanzar sola, sino que quiere que la mimen. Quiere mantenerse muy lejos de los grandes problemas de la vida, y se ocupa de cosas inútiles en vez de luchar con las útiles. Le falta sentimiento de comunidad, y a consecuencia de ello puede llegar a ser un niño difícil, un neurótico, un delincuente o un suicida: esa huida final. Todas estas cosas se comprenden hoy mejor que antes.

Nos damos cuenta, por ejemplo, de que, al buscar el estilo de vida de un ser humano, podemos usar como base de medida el estilo de vida normal. Usamos como patrón al ser humano socialmente adaptado, y podemos medir las desviaciones respecto de lo normal.


Llegados aquí, quizá sería útil mostrar cómo determinamos el estilo de vida normal y cómo, sobre esa base, comprendemos los errores y las peculiaridades. Pero antes de tratarlo conviene mencionar que en estos estudios no contamos con tipos. No consideramos a los seres humanos como tipos, porque cada ser humano tiene un estilo de vida individual. Así como no se pueden encontrar dos hojas de un árbol absolutamente idénticas, tampoco se pueden encontrar dos seres humanos absolutamente iguales. La naturaleza es tan rica y las posibilidades de estímulos, instintos y errores son tan numerosas, que no es posible que dos personas sean exactamente idénticas. Si hablamos de tipos, pues, es solo como recurso intelectual para hacer más comprensibles las semejanzas entre los individuos. Podemos juzgar mejor si postulamos una clasificación intelectual como un tipo y estudiamos sus peculiaridades particulares. Sin embargo, al hacerlo no nos comprometemos a usar siempre la misma clasificación; usamos la clasificación que resulta más útil para poner de relieve una semejanza determinada. Quienes toman en serio los tipos y las clasificaciones, una vez que han metido a una persona en un casillero, no ven cómo podría ponérsela en ninguna otra clasificación.

Un ejemplo aclarará lo que queremos decir. Cuando hablamos, por ejemplo, de un tipo de individuo no adaptado socialmente, nos referimos a uno que lleva una vida estéril, sin ningún sentimiento de comunidad. Este es un modo de clasificar a los individuos, y quizá el más importante. Pero consideremos al individuo cuyo interés, por limitado que sea, se centra en las cosas visuales. Una persona así difiere por completo de otra cuyos intereses se concentran sobre todo en las cosas orales, pero ambas pueden estar socialmente inadaptadas y tener dificultades para establecer contacto con sus semejantes. La clasificación por tipos puede ser, pues, fuente de confusión si no nos damos cuenta de que los tipos no son más que abstracciones cómodas.

Volvamos ahora al hombre normal, que es nuestro patrón para medir las desviaciones. El hombre normal es un individuo que vive en sociedad y cuyo modo de vida está tan adaptado que, quiéralo o no, la sociedad obtiene cierto provecho de su trabajo. Además, desde el punto de vista psicológico, tiene energía y valor suficientes para afrontar los problemas y las dificultades según se presentan. Ambas cualidades faltan en el caso de las personas psicopáticas: ni están socialmente adaptadas ni están psicológicamente adaptadas a las tareas diarias de la vida. Como ejemplo podemos tomar el caso de cierto individuo, un hombre de treinta años que siempre, en el último momento, escapaba a la solución de sus problemas. Tenía un amigo, pero desconfiaba mucho de él, y a consecuencia de ello esa amistad nunca prosperó. La amistad no puede crecer en tales condiciones, porque el otro siente la tensión en la relación. Es fácil ver cómo este hombre no tenía en realidad amigos, a pesar de que se trataba con un gran número de personas. No estaba lo bastante interesado ni adaptado socialmente para hacer amigos. De hecho, no le gustaba la vida social y siempre estaba callado en compañía. Lo explicaba diciendo que en compañía nunca se le ocurría nada y que por eso no tenía nada que decir.

Además, aquel hombre era tímido. Tenía la piel sonrosada y de vez en cuando se ruborizaba al hablar. Cuando lograba vencer esa timidez, hablaba bastante bien. Lo que de verdad necesitaba era que se le ayudara en este sentido sin críticas. Por supuesto, cuando estaba en ese estado no ofrecía una imagen agradable y no le querían mucho sus vecinos. Él lo notaba, y a consecuencia de ello aumentó su aversión a hablar. Podría decirse que su estilo de vida era tal que, si se acercaba a otras personas en sociedad, llamaba la atención sobre sí mismo.

Después de la vida social y del arte de llevarse bien con los amigos viene la cuestión de la ocupación. Pues bien, nuestro paciente tenía siempre miedo de fracasar en su ocupación, y por eso estudiaba día y noche. Trabajaba en exceso y se sobreexigía. Y, porque se sobreexigía, se dejaba fuera de combate para resolver la cuestión de la ocupación.

Si comparamos el modo en que nuestro paciente abordaba la primera y la segunda cuestión de su vida, vemos que estaba siempre en una tensión excesiva. Esto es señal de que tenía un gran sentimiento de inferioridad. Se infravaloraba y veía a los demás y las situaciones nuevas como cosas que le eran hostiles. Se comportaba como si estuviera en un país enemigo.

Tenemos ya datos suficientes para trazar el estilo de vida de este hombre. Vemos que quiere avanzar, pero que al mismo tiempo se queda bloqueado porque teme la derrota. Es como si estuviera ante un abismo, en tensión y siempre crispado. Consigue avanzar, pero solo condicionalmente, y preferiría quedarse en casa y no mezclarse con los demás.

La tercera cuestión ante la que se encontraba este hombre —y es una cuestión para la que la mayoría de las personas no está muy bien preparada— es la cuestión del amor. Vacilaba en acercarse al otro sexo. Notaba que quería amar y casarse, pero, a causa de su gran sentimiento de inferioridad, estaba demasiado asustado para afrontar esa perspectiva. No podía lograr lo que quería, y así vemos toda su conducta y su actitud resumidas en las palabras: «Sí..., ¡pero!». Lo vemos enamorado de una muchacha y luego enamorado de otra. Esto es frecuente, por supuesto, en las personas neuróticas, porque en cierto sentido dos muchachas son menos que una. Esta verdad explica a veces una tendencia a la poligamia.

Y ahora examinemos las razones de este estilo de vida. La psicología individual se propone analizar las causas de un estilo de vida. Este hombre estableció su estilo de vida durante los primeros cuatro o cinco años. En aquel tiempo ocurrió alguna tragedia que lo moldeó y lo formó, y por eso hemos de buscar esa tragedia. Vemos que algo le hizo perder su interés normal por los demás y le dio la impresión de que la vida es simplemente una gran dificultad y de que es mejor no avanzar en absoluto que estar siempre enfrentándose a situaciones difíciles. Por eso se volvió cauteloso, vacilante y buscador de escapatorias.

Hemos de mencionar el hecho de que era el primer hijo. Ya hemos hablado de la gran importancia de esta posición. Hemos mostrado cómo el problema principal en el caso de un primer hijo surge del hecho de que durante años es el centro de atención, solo para verse desplazado de su gloria y para que se prefiera a otro. En muchísimos casos en que una persona es tímida y teme avanzar, encontramos que la razón es que se ha preferido a otra persona. De ahí que en este caso no sea difícil descubrir dónde está el problema.

En muchos casos basta con preguntarle al paciente: ¿Es usted el primero, el segundo o el tercer hijo? Con eso tenemos todo lo que necesitamos. También podemos usar un método completamente distinto: podemos preguntar por los recuerdos antiguos, de los que trataremos con cierta extensión en el capítulo siguiente. Este método vale la pena, porque estos recuerdos o primeras imágenes forman parte de la construcción del estilo de vida temprano, al que hemos llamado prototipo. Se da con una parte real del prototipo cuando una persona cuenta sus primeros recuerdos. Mirando hacia atrás, todo el mundo recuerda ciertas cosas importantes, y, en efecto, lo que queda fijado en la memoria es siempre importante. Hay escuelas de psicología que parten del supuesto contrario. Creen que lo que una persona ha olvidado es lo más importante, pero en realidad no hay gran diferencia entre las dos ideas. Quizá una persona pueda contarnos sus recuerdos conscientes, pero no sabe lo que significan. No ve su relación con sus actos. De ahí que el resultado sea el mismo, ya pongamos el acento en el significado oculto u olvidado de los recuerdos conscientes o en la importancia de los recuerdos olvidados.

Las pequeñas descripciones de los recuerdos antiguos son sumamente reveladoras. Así, un hombre puede contarle a uno que, cuando era pequeño, su madre lo llevó con su hermano menor al mercado. Con eso basta. Podemos entonces descubrir su estilo de vida. Se representa a sí mismo y a un hermano menor. Vemos, por tanto, que debió de ser importante para él haber tenido un hermano menor. Llévesele más lejos y quizá se encuentre una situación parecida a otra en la que un hombre recordaba que aquel día empezó a llover. Su madre lo tomó en brazos, pero, cuando vio al hermano menor, lo dejó en el suelo para llevar al pequeño. Así podemos trazar su estilo de vida. Siempre espera que se prefiera a otra persona. Y así podemos entender por qué no puede hablar en sociedad, pues siempre está mirando a su alrededor para ver si no se preferirá a otro. Lo mismo ocurre con la amistad. Siempre está pensando que su amigo prefiere a otro, y a consecuencia de ello nunca puede tener un verdadero amigo. Desconfía constantemente y está al acecho de pequeñas cosas que perturban la amistad.

Podemos ver también cómo la tragedia que ha vivido ha estorbado el desarrollo de su sentimiento de comunidad. Recuerda que su madre tomó en brazos al hermano menor, y vemos que siente que aquel bebé se llevó más atención de su madre que él. Siente que se prefiere al hermano menor y busca constantemente la confirmación de esta idea. Está completamente convencido de que tiene razón, y por eso está siempre en tensión, siempre bajo la gran dificultad de intentar lograr cosas cuando se prefiere a otro.

Ahora bien, la única solución para una persona tan desconfiada es el aislamiento completo, de modo que no tuviera que competir en absoluto con los demás y fuera, por así decirlo, el único ser humano sobre la corteza terrestre. A veces, en efecto, un niño así fantasea que el mundo entero se ha derrumbado, que él es la única persona que queda y que, por tanto, no se puede preferir a nadie más. Vemos cómo explora todas las posibilidades para salvarse. Pero no va por la senda de la lógica, del sentido común o de la verdad, sino más bien por la de la desconfianza. Vive en un mundo limitado y tiene una idea privada de escapatoria. No tiene absolutamente ninguna relación con los demás ni ningún interés por los demás. Pero no hay que culparlo, porque sabemos que no es realmente normal.

Nuestra tarea es dar a una persona así el sentimiento de comunidad que se exige de un ser humano bien adaptado. ¿Cómo hacerlo? La gran dificultad con las personas educadas de este modo es que están sobreexcitadas y buscan siempre la confirmación de sus ideas fijas. Resulta así imposible cambiar sus ideas, a menos que de algún modo penetremos en su personalidad de una manera que desarme sus prejuicios. Para conseguirlo hace falta emplear cierto arte y cierto tacto. Y lo mejor es que el consejero no tenga un parentesco cercano con el paciente ni un interés en él. Porque, si uno está directamente interesado en el caso, se encontrará actuando en su propio interés y no en interés del paciente. El paciente no dejará de notarlo y se volverá desconfiado.

Lo importante es disminuir el sentimiento de inferioridad del paciente. No se puede extirpar del todo, y de hecho no queremos extirparlo, porque un sentimiento de inferioridad puede servir de fundamento útil sobre el que construir. Lo que tenemos que hacer es cambiar la meta. Hemos visto que su meta ha sido la huida, justamente porque se prefiere a otro, y es en torno a este complejo de ideas donde hemos de trabajar. Hemos de disminuir su sentimiento de inferioridad mostrándole que en realidad se infravalora. Podemos mostrarle lo que falla en sus movimientos y explicarle su tendencia a estar demasiado tenso, como si estuviera ante un gran abismo o como si viviera en un país enemigo y siempre en peligro. Podemos indicarle cómo su temor de que se prefiera a otros le impide hacer su mejor trabajo y causar la mejor impresión espontánea.

Si una persona así pudiera hacer de anfitrión en sociedad, procurando que sus amigos lo pasaran bien, mostrándose amable con ellos y pensando en sus intereses, mejoraría enormemente. Pero en la vida social corriente vemos que no disfruta, que no se le ocurre nada y que, a consecuencia de ello, dice: «Gente estúpida: no saben apreciarme, no me interesan».

El problema de estas personas es que no comprenden la situación a causa de su inteligencia privada y de su falta de sentido común. Como hemos dicho, es como si estuvieran siempre frente a enemigos y llevaran la vida de un lobo solitario. En la condición humana, una vida así es una anomalía trágica.


Veamos ahora otro caso concreto: el de un hombre aquejado de melancolía. Es una enfermedad muy común, pero puede curarse. Estas personas se distinguen muy pronto en la vida. De hecho, observamos muchos niños que, al abordar una situación nueva, muestran signos de padecer melancolía. Este melancólico del que hablamos había sufrido unos diez ataques, y se producían siempre cuando entraba en un empleo nuevo. Mientras estaba en su antiguo empleo era casi normal. Pero no quería salir a la vida social y quería dominar a los demás. En consecuencia, no tenía amigos, y a los cincuenta años no se había casado.

Veamos su infancia para estudiar su estilo de vida. Había sido muy susceptible y pendenciero, y siempre dominaba a sus hermanos y hermanas mayores haciendo hincapié en sus dolores y debilidades. Un día, jugando en un sofá, los empujó a todos al suelo. Cuando su tía se lo reprochó, dijo: «¡Ahora toda mi vida está arruinada, porque me has reñido!». Y entonces solo tenía cuatro o cinco años.

Tal era su estilo de vida: tratar siempre de dominar a los demás, quejarse siempre de su debilidad y de lo que sufría. Este rasgo lo llevó en su vida posterior a la melancolía, que en sí misma no es más que una expresión de debilidad. Todo paciente con melancolía usa casi las mismas palabras: «Toda mi vida está arruinada. Lo he perdido todo». Con frecuencia una persona así ha sido mimada y ya no lo es, y esto influye en su estilo de vida.


Los seres humanos, en sus reacciones ante las situaciones, se parecen mucho a las diferentes especies de animales. Una liebre reacciona ante la misma situación de modo distinto que un lobo o un tigre. Así ocurre también con los individuos humanos. Se hizo una vez el experimento de llevar a tres tipos distintos de muchachos ante la jaula de un león, para ver cómo se comportaban al ver por primera vez a ese animal terrible. El primer muchacho se dio la vuelta y dijo: «Vámonos a casa». El segundo dijo: «¡Qué bonito!». Quería parecer valiente, pero temblaba al decirlo. Era un cobarde. El tercero dijo: «¿Puedo escupirle?». Vemos aquí, pues, tres reacciones distintas, tres modos distintos de vivir la misma situación. Vemos también que, en su mayoría, los seres humanos tienen tendencia a sentir miedo.

Esta timidez, cuando se expresa en una situación social, es una de las causas más frecuentes de inadaptación. Había un hombre de familia de alcurnia que nunca quería esforzarse, sino que siempre deseaba que lo mantuvieran. Parecía débil y, por supuesto, no encontraba empleo. Cuando la situación en casa empeoró, sus hermanos la tomaron con él, diciéndole: «Eres tan estúpido que no puedes encontrar un empleo. No entiendes nada». Así que aquel hombre se dio a la bebida. Al cabo de unos meses era un borracho empedernido y lo internaron dos años en un sanatorio. Le sirvió de ayuda, pero no le benefició de forma duradera, porque lo devolvieron a la sociedad sin preparación. No encontraba más trabajo que el de peón, aunque era vástago de aquella conocida familia. Pronto empezó a tener alucinaciones. Creía que se le aparecía un hombre para atormentarlo de modo que no pudiera trabajar. Primero no podía trabajar porque era un borracho, y luego porque tenía alucinaciones. Y así vemos que no es el tratamiento adecuado limitarse a hacer que un borracho deje de beber; hemos de encontrar y corregir su estilo de vida.

Al investigar descubrimos que este hombre había sido un niño mimado, que siempre quería que lo ayudaran. No estaba preparado para trabajar solo, y vemos los resultados. Hemos de hacer independientes a todos los niños, y esto solo puede lograrse si conseguimos que comprendan los errores de su estilo de vida. A este niño se le debería haber enseñado a hacer algo, y entonces no habría tenido que avergonzarse ante sus hermanos y hermanas.

Capítulo quinto: Recuerdos antiguos

Una vez analizado el significado del estilo de vida de un individuo, pasamos ahora al tema de los recuerdos antiguos, que son quizá el medio más importante para llegar a conocer un estilo de vida. Volviendo la mirada a los recuerdos de la infancia podemos descubrir el prototipo —el núcleo del estilo de vida— mejor que con cualquier otro método.

Si queremos averiguar el estilo de vida de una persona —niño o adulto—, debemos, después de haber escuchado un poco sus quejas, pedirle recuerdos antiguos y compararlos luego con los demás datos que nos ha dado. En la mayoría de los casos el estilo de vida no cambia nunca. Es siempre la misma persona, con la misma personalidad, la misma unidad. Un estilo de vida, como hemos mostrado, se construye mediante el afán de alcanzar una meta de superioridad determinada, y por eso hemos de esperar que toda palabra, todo acto y todo sentimiento sean parte orgánica de la «línea de acción» entera. Ahora bien, en algunos puntos esta «línea de acción» se expresa con más claridad. Esto ocurre sobre todo en los recuerdos antiguos.

No debemos, sin embargo, distinguir de un modo demasiado tajante entre recuerdos antiguos y recientes, pues también en los recuerdos recientes interviene la línea de acción. Es más fácil y más esclarecedor hallar la línea de acción en el comienzo, porque entonces descubrimos el tema y podemos comprender que el estilo de vida de una persona no cambia en realidad. En el estilo de vida formado a los cuatro o cinco años encontramos la conexión entre los recuerdos del pasado y los actos del presente. Y así, tras muchas observaciones de este tipo, podemos atenernos firmemente a la teoría de que en estos recuerdos antiguos siempre podemos encontrar una parte real del prototipo del paciente.

Cuando un paciente vuelve la mirada a su pasado, podemos estar seguros de que todo lo que su memoria saque a la luz tendrá para él un interés emocional, y así encontraremos una clave de su personalidad. No hay que negar que también las experiencias olvidadas son importantes para el estilo de vida y para el prototipo, pero muchas veces es más difícil descubrir los recuerdos olvidados o, como se les llama, los recuerdos inconscientes. Los recuerdos conscientes y los inconscientes tienen en común que corren hacia la misma meta de superioridad. Unos y otros son parte del prototipo completo. Conviene, por tanto, hallar si es posible tanto los recuerdos conscientes como los inconscientes. Los recuerdos conscientes y los inconscientes son al final más o menos igual de importantes, y el propio individuo, por lo general, no comprende ni unos ni otros. Corresponde al observador de fuera comprender e interpretar ambos.

Empecemos por los recuerdos conscientes. Algunas personas, cuando se les piden recuerdos antiguos, contestan: «No tengo ninguno». Hemos de pedir a esas personas que se concentren y traten de recordar. Tras algún esfuerzo veremos que recuerdan algo. Pero esta vacilación puede considerarse una señal de que no quieren mirar muy atrás en su infancia, y podemos llegar entonces a la conclusión de que su infancia no ha sido agradable. A esas personas hay que guiarlas. Hemos de darles indicaciones para averiguar lo que queremos. Al final siempre recuerdan algo.

Algunas personas afirman que pueden recordar hasta su primer año. Esto apenas es posible, y lo más probable es que se trate de recuerdos imaginados, no de recuerdos verdaderos. Pero no importa que sean imaginados o verdaderos, puesto que forman parte de la personalidad. Algunas personas insisten en que no están seguras de si recuerdan una cosa o si se la han contado sus padres. Tampoco esto tiene en realidad importancia, porque, aunque se la hayan contado sus padres, la han fijado en su mente y, por tanto, nos ayuda a saber dónde está su interés.


Como explicamos en el capítulo anterior, para ciertos fines es cómodo clasificar a los individuos en tipos. Pues bien, los recuerdos antiguos se ajustan a los tipos y revelan lo que cabe esperar de la conducta de un tipo determinado. Tomemos, por ejemplo, el caso de una persona que recuerda haber visto un maravilloso árbol de Navidad, lleno de luces, regalos y dulces de fiesta. ¿Qué es lo más interesante de este relato? Que vio. ¿Por qué nos cuenta que ha visto? Porque siempre le interesan las cosas visuales. Ha luchado contra algunas dificultades de la vista y, al haberse ejercitado, siempre se ha interesado por ver y ha estado atento a ello. Quizá no sea este el elemento más importante de su estilo de vida, pero es una parte interesante e importante. Indica que, si hemos de darle una ocupación, debería ser una en la que use los ojos.

En la escuela, la educación de los niños descuida con demasiada frecuencia este principio de los tipos. Podemos encontrar a un niño interesado por la vista que no escucha porque siempre quiere estar mirando algo. Con un niño así deberíamos tener paciencia para educarlo a oír. A muchos niños se les enseña en la escuela de una sola manera porque disfrutan con un solo sentido. Puede que solo sean buenos escuchando o buenos mirando. A algunos les gusta siempre moverse y trabajar. No podemos esperar los mismos resultados de los tres tipos de niños, sobre todo si el maestro prefiere un método, por ejemplo el método para los niños que escuchan. Cuando se emplea ese método, los que miran y los que hacen saldrán perjudicados y se verán estorbados en su desarrollo.

Consideremos el caso de un joven de veinticuatro años que sufría desmayos. Cuando se le pidieron sus recuerdos, recordó que a los cuatro años se desmayó al oír el silbato de una locomotora. Dicho de otro modo, era un hombre que había oído, y por eso estaba interesado en oír. No es necesario explicar aquí cómo llegó este joven más tarde a padecer desmayos; basta con señalar que desde la infancia era muy sensible a los sonidos. Era muy musical, pues no soportaba los ruidos, las disonancias ni los tonos estridentes. No nos sorprende, por tanto, que le afectara tanto el sonido de un silbato. A menudo hay cosas por las que niños o adultos se interesan porque han sufrido a causa de ellas. El lector recordará el caso del hombre con asma mencionado en un capítulo anterior. De niño le habían vendado con fuerza el pecho por algún trastorno, y a consecuencia de ello había desarrollado un interés extraordinario por las maneras de respirar.

Uno se encuentra con personas cuyo interés entero parece estar en las cosas de comer. Sus primeros recuerdos tienen que ver con la comida. Para ellas parece lo más importante del mundo: cómo comer, qué comer y qué no comer. A menudo veremos que las dificultades relacionadas con la comida en los primeros años de la vida han acrecentado la importancia de la comida para un individuo así.


Pasamos ahora a un caso de recuerdo que tiene que ver con el movimiento y el andar. Hemos visto cuántos niños no pueden moverse muy bien al comienzo de la vida porque son débiles o padecen raquitismo. Se interesan de un modo anormal por el movimiento y siempre quieren darse prisa. El caso siguiente ilustra este hecho. Un hombre de cincuenta años acudió a un médico quejándose de que, siempre que acompañaba a alguien a cruzar la calle, sufría un miedo terrible a que los atropellaran a los dos. Cuando iba solo nunca le molestaba ese miedo, y de hecho cruzaba la calle con mucha serenidad. Solo cuando iba otro con él quería salvar a esa persona. Entonces agarraba del brazo a su acompañante, lo empujaba ahora a la derecha, ahora a la izquierda, y en general lo importunaba. De vez en cuando, aunque no con frecuencia, nos encontramos con personas así. Analicemos las razones de sus estúpidos actos.

Preguntado por sus recuerdos antiguos, explicó que a los tres años no podía moverse muy bien y padecía raquitismo. Lo atropellaron dos veces al cruzar una calle. Y así, ahora que era un hombre, le importaba demostrar que había superado esa debilidad. Quería mostrar, por así decirlo, que él era el único hombre capaz de cruzar una calle. Siempre buscaba la ocasión de demostrarlo cuando iba con un acompañante. Desde luego, poder cruzar una calle sin peligro no es algo de lo que la mayoría de la gente se enorgullecería ni por lo que competiría con los demás. Pero en personas como nuestro paciente, el deseo de moverse y de presumir de la capacidad de moverse puede ser muy vivo.


Pasamos ahora a otro caso: el de un muchacho que iba camino de convertirse en delincuente. Robaba, hacía novillos, etc., hasta el punto de que sus padres estaban desesperados. Sus primeros recuerdos eran de cómo siempre había querido moverse de un lado a otro y darse prisa. Ahora trabajaba con su padre y estaba sentado e inmóvil todo el día. Dada la naturaleza del caso, parte del tratamiento prescrito fue hacerlo vendedor: viajante del negocio de su padre.

Uno de los tipos más significativos de recuerdos antiguos es el recuerdo de una muerte durante la infancia. Cuando los niños ven morir a una persona de un modo súbito y repentino, el efecto sobre su mente es muy marcado. A veces esos niños se vuelven morbosos. A veces, sin volverse morbosos, dedican su vida entera al problema de la muerte y están siempre ocupados en luchar contra la enfermedad y la muerte de una u otra forma. Podemos encontrar a muchos de estos niños interesados más tarde por la medicina, y pueden llegar a ser médicos o químicos. Una meta así está, desde luego, en el lado útil de la vida. No solo luchan contra la muerte, sino que ayudan a otros a hacerlo. A veces, sin embargo, el prototipo desarrolla un punto de vista muy egoísta. A un niño muy afectado por la muerte de una hermana mayor le preguntaron qué quería ser. Se esperaba que respondiera que médico; en cambio contestó: «Sepulturero». Le preguntaron por qué quería dedicarse a ese oficio, y respondió: «Porque quiero ser el que entierra a los demás y no el enterrado». Esta meta, como vemos, está en el lado inútil de la vida, pues el niño solo se interesa por sí mismo.

Pasemos ahora a considerar los recuerdos antiguos de personas que fueron niños mimados. Los recuerdos antiguos reflejan con mucha claridad las características de esta clase. Un niño de este tipo menciona a menudo a su madre. Quizá esto sea natural, pero es una señal de que ha tenido que luchar por una situación favorable. A veces los recuerdos antiguos parecen del todo inocuos, pero merece la pena analizarlos. Por ejemplo, un hombre os dice: «Estaba sentado en mi cuarto y mi madre estaba de pie junto al armario». Esto parece insignificante, pero que mencione a su madre es una señal de que eso ha sido para él una cuestión de interés. A veces la madre está más oculta y el estudio es más complicado. Tenemos que adivinar a la madre. Así, el hombre en cuestión puede deciros: «Recuerdo que hice un viaje». Si le preguntáis quién lo acompañaba, descubriréis que era su madre. O, si los niños nos dicen: «Recuerdo que un verano estuve en el campo, en cierto lugar», podemos presuponer que el padre estaba trabajando en la ciudad y la madre estaba con los niños. Podemos preguntar: «¿Quién estaba contigo?». De este modo vemos a menudo la influencia oculta de la madre.

Del estudio de estos recuerdos podemos ver una lucha por ser preferido. Podemos ver cómo un niño, en el curso de su desarrollo, empieza a valorar los mimos que le da su madre. Esto es importante para nuestra comprensión, porque, si niños o adultos nos cuentan recuerdos así, podemos estar seguros de que esas personas sienten siempre que están en peligro o que se va a preferir a otro antes que a ellas. Vemos que la tensión aumenta y se hace cada vez más evidente, y vemos que su mente está fuertemente centrada en esa idea. Es un hecho importante: indica que en su vida posterior esas personas serán celosas.

A veces las personas expresan interés por un punto por encima de todos los demás. Por ejemplo, una niña puede decir: «Un día tuve que cuidar de mi hermanita y quería protegerla muy bien. La puse a la mesa, pero el mantel se enganchó y mi hermanita se cayó». Esta niña tenía solo cuatro años. Es, desde luego, una edad temprana para permitir que una niña mayor cuide de una más pequeña. Podemos ver qué tragedia es en la vida de la niña mayor, que hacía todo lo posible por proteger a la pequeña. Esta niña mayor en particular creció y se casó con un marido bondadoso —casi podríamos decir obediente—. Pero era siempre celosa y criticona, siempre temerosa de que su marido prefiriera a otra. Podemos comprender fácilmente que el marido se cansara de ella y se volcara en los hijos.

A veces la tensión se expresa con más claridad y las personas recuerdan que de verdad querían hacer daño a otros miembros de su familia, e incluso matarlos. Son personas que se interesan exclusivamente por sus propios asuntos. No les gustan los demás. Sienten cierta rivalidad hacia ellos. Este sentimiento existe ya en el prototipo.

Tenemos aquí el tipo de persona que nunca puede terminar nada porque teme que se prefiera a otro en la amistad y el compañerismo, o porque sospecha que la gente siempre intenta superarlo. Nunca puede llegar a formar parte de verdad de la sociedad por la idea de que otro podría eclipsarlo y ser preferido. En toda ocupación está sumamente tenso. Esta actitud aparece especialmente en relación con el amor y el matrimonio.

Aunque no podamos curar por completo a esas personas, podemos, con cierto arte en el estudio de los recuerdos antiguos, hacer que mejoren.

Uno de los sujetos de nuestros métodos de tratamiento fue el niño del que contamos en otro capítulo que un día había ido al mercado con su madre y su hermano menor. Cuando empezó a llover, la madre lo tomó en brazos, pero, al reparar en el hermano menor, lo bajó y tomó en brazos al pequeño. De ahí que sintiera que su hermano menor era el preferido.


Si podemos obtener recuerdos antiguos así, podemos predecir, como hemos dicho, lo que ocurrirá más tarde en la vida de nuestros pacientes. Sin embargo, hay que recordar que los recuerdos antiguos no son razones, sino indicios. Son señales de lo que sucedió y de cómo tuvo lugar el desarrollo. Indican el movimiento hacia una meta y qué obstáculos hubo que vencer. Muestran cómo una persona llega a interesarse más por un lado de la vida que por otro. Vemos que puede tener lo que llamamos un trauma, en el terreno sexual, por ejemplo; es decir, que puede interesarse más por esas cuestiones que por otras. No puede sorprendernos que, cuando pedimos recuerdos antiguos, oigamos algunas experiencias sexuales. Algunas personas se interesan a una edad temprana por los aspectos sexuales más que por otros. Interesarse por el sexo forma parte de la conducta humana habitual, pero, como he dicho antes, hay muchas variedades y grados de interés. A menudo vemos que, en un caso en que una persona nos cuenta recuerdos sexuales, más tarde se desarrolla en esa dirección. La vida resultante no es armoniosa, porque se sobrevalora este único lado de la vida humana. Hay personas que insisten en que todo tiene una base sexual. Por otra parte, hay otras que insisten en que el estómago es el órgano más importante, y veremos que también en esos casos los recuerdos antiguos se corresponden con las características posteriores.

Había un muchacho cuyo ingreso en la escuela secundaria fue siempre un enigma. Quería estar en constante movimiento y nunca se ponía a estudiar en serio. Siempre estaba pensando en otra cosa, frecuentando cafés y visitando a amigos en sus casas, todo ello cuando debería haber estado estudiando. Por eso era interesante examinar sus recuerdos antiguos. Dijo: «Recuerdo que estaba acostado en mi cuna mirando la pared. Me fijaba en el papel de la pared, con todas sus flores, figuras, etc.». Esta persona estaba preparada solo para estar acostada en una cuna, no para examinarse. No podía concentrarse en sus estudios porque siempre estaba pensando en otras cosas e intentando perseguir dos liebres a la vez, cosa que no puede hacerse. Podemos ver que este hombre era un niño mimado y no podía trabajar solo.


Llegamos ahora al niño odiado. Este tipo es raro y representa casos extremos. Si un niño es odiado de verdad desde el comienzo de la vida, no puede vivir. Un niño así perecería. Por lo general los niños tienen padres o una niñera que los mima hasta cierto punto y satisface sus deseos. A los niños odiados los encontramos entre los ilegítimos, los hijos de delincuentes y los no deseados, y a menudo vemos que estos niños se vuelven depresivos. Con frecuencia encontramos en sus recuerdos este sentimiento de ser odiados. Por ejemplo, estaba el caso de un hombre que decía: «Recuerdo que me pegaban; mi madre me reñía y me criticaba hasta que me escapé». Al escaparse estuvo a punto de ahogarse.

Este hombre acudió a un psicólogo porque no podía salir de su casa. Por sus recuerdos antiguos vemos que una vez salió y se encontró con un gran peligro. Esto se le quedó grabado en la memoria, y cada vez que salía buscaba el peligro. Era un niño inteligente, pero siempre temía no obtener el primer puesto en los exámenes. Así que vacilaba y no podía seguir adelante. Cuando por fin llegó a la universidad, temió no poder competir del modo prescrito. Vemos cómo todo esto puede remontarse a sus recuerdos antiguos de peligro.

Otro caso que puede tomarse como ilustración es el de un huérfano cuyos padres murieron cuando él tenía solo un año, más o menos. Tenía raquitismo y, como estaba en un asilo, no lo cuidaron debidamente. Nadie se ocupaba de él, y en su vida posterior le resultó muy difícil hacer amigos o camaradas. Volviendo a sus recuerdos, vemos que siempre sintió que se prefería a otros. Este sentimiento desempeñó un papel importante en su desarrollo. Se sentía siempre odiado, y esto le estorbaba para acercarse a todos los problemas. Quedaba excluido de todas las cuestiones y situaciones de la vida, como el amor, el matrimonio, la amistad, los negocios —todas esas situaciones que exigían el contacto con sus semejantes—, a causa de su sentimiento de inferioridad.

Otro caso interesante es el de un hombre de mediana edad que siempre se quejaba de insomnio. Tenía 46 o 48 años, estaba casado y tenía hijos. Era muy crítico con todo el mundo y siempre intentaba tiranizar, sobre todo a los miembros de su familia. Su conducta hacía que todos se sintieran desgraciados.

Cuando se le pidieron sus recuerdos antiguos, explicó que se había criado en un hogar con padres pendencieros, que siempre estaban peleando y amenazándose, de modo que les tenía miedo a los dos. Iba a la escuela sucio y desatendido. Un día faltó su maestra habitual y ocupó su lugar una suplente. Esta suplente se interesaba por su tarea y por sus posibilidades. Veía que era una obra buena y noble. Vio posibilidades en aquel niño descuidado y se dedicó a animarlo. Era la primera vez en su vida que recibía un trato así. Desde entonces empezó a desarrollarse, pero siempre como si lo empujaran desde atrás. No creía de verdad que fuera capaz de ser superior, y por eso trabajaba todo el día y media noche. De este modo creció acostumbrado a dedicar media noche a su trabajo, o bien a no dormir en absoluto y pasar el tiempo pensando en lo que tenía que hacer. A consecuencia de ello llegó a pensar que era necesario estar despierto casi toda la noche para obtener resultados.

Más tarde vemos su deseo de ser superior expresado en su actitud hacia su familia y en su conducta hacia los demás. Como su familia era más débil que él, podía aparecer ante ella en el papel de conquistador. Su mujer y sus hijos sufrieron por este tipo de conducta, como era inevitable.

Resumiendo el carácter de este hombre como un todo, podemos decir que tenía una meta de superioridad y que era la meta de una persona con un gran sentimiento de inferioridad. Esto lo encontramos a menudo en las personas sobreexcitadas. Su tensión es una señal de que dudan de su propio éxito, y esa duda queda a su vez encubierta por un complejo de superioridad que en realidad es una pose de superioridad. El estudio de los recuerdos antiguos muestra la situación a su verdadera luz.

Capítulo sexto: Actitudes y movimientos

En el capítulo anterior tratamos de describir de qué manera pueden emplearse los recuerdos antiguos y las fantasías para iluminar el estilo de vida oculto de un individuo. Ahora bien, el estudio de los recuerdos antiguos es solo un recurso de toda una clase de recursos para el estudio de la personalidad. Todos se basan en el principio de servirse de partes aisladas para interpretar el todo. Además de los recuerdos antiguos podemos observar los movimientos y las actitudes. Los movimientos mismos se expresan o están insertos en actitudes, y las actitudes son expresión de esa actitud total ante la vida que constituye lo que llamamos el estilo de vida.

Hablemos primero de los movimientos del cuerpo. Todo el mundo sabe que juzgamos a una persona por su manera de estar de pie, de andar, de moverse, de expresarse, etc. No siempre juzgamos conscientemente, pero estas impresiones siempre crean un sentimiento de simpatía o de antipatía.

Consideremos, por ejemplo, las actitudes al estar de pie. Advertimos enseguida si un niño o un adulto se mantiene erguido o si está torcido o encorvado. Esto no es muy difícil. Hemos de estar especialmente atentos a las exageraciones. Una persona que se mantiene demasiado derecha, en una posición estirada, nos hace sospechar que emplea demasiada fuerza para adoptar esa postura. Podemos suponer que esa persona se siente mucho menos grande de lo que quiere aparentar. En este pequeño detalle podemos ver cómo refleja lo que hemos llamado el complejo de superioridad. Quiere parecer más valiente; quiere expresarse más como sería si no estuviera tan tenso.

Por otra parte vemos personas con la postura justamente opuesta: personas que parecen encorvadas y que van siempre agachadas. Tal postura indica en cierta medida que son cobardes. Pero es una regla de nuestro arte y de nuestra ciencia que hemos de ser siempre cautos, buscar otros puntos y no juzgar nunca por una sola consideración. A veces sentimos que estamos casi seguros de acertar, pero aun así queremos verificar nuestro juicio con otros puntos. Nos preguntamos: «¿Tenemos razón al sostener que las personas que van agachadas son siempre cobardes? ¿Qué podemos esperar de ellas en una situación difícil?».

Si examinamos otro punto a este respecto, notaremos cómo una persona así intenta siempre apoyarse en algo, recostarse en una mesa o en una silla, por ejemplo. No confía en su propia fuerza, sino que quiere que la sostengan. Esto refleja la misma actitud de ánimo que el estar torcido, y así, cuando encontramos presentes ambos tipos de conducta, nuestro juicio queda en cierto modo confirmado.

Veremos que los niños que siempre quieren que los sostengan no tienen la misma postura que los niños independientes. Podemos conocer el grado de independencia por cómo está de pie un niño, por cómo se acerca a otras personas. En estos casos no necesitamos dudar, pues tenemos muchas posibilidades de confirmar nuestra conclusión. Y una vez confirmada nuestra conclusión, podemos tomar medidas para remediar la situación y poner al niño en el buen camino.

Así, podemos hacer un experimento con un niño de esos que quieren que los sostengan. Sentemos a su madre en una silla y dejemos luego que el niño entre en la habitación. Veremos que no mira a ninguna otra persona, sino que va derecho hacia su madre y se apoya en la silla o en su madre. Esto confirma lo que esperábamos: que el niño quiere que lo sostengan.

Es interesante también observar cómo se acerca el niño, porque muestra el grado de sentimiento de comunidad y de adaptación. Expresa la confianza del niño en los demás. Veremos que una persona que no quiere acercarse a los demás y que se queda siempre lejos es reservada también en otros aspectos. Veremos que no habla lo suficiente y que es extraordinariamente callada.

Podemos ver cómo todas estas cosas apuntan en la misma dirección, porque todo ser humano es una unidad y reacciona como tal ante las cuestiones de la vida. Como ilustración, tomemos el caso de una mujer que acudió a un médico para tratarse. El médico esperaba que se sentara cerca de él, pero, cuando se le ofreció una silla, miró a su alrededor y se sentó lejos. Solo cabía concluir que era una persona que quería estar vinculada a una sola persona. Dijo que estaba casada, y a partir de ahí podía adivinarse toda la historia. Podía adivinarse que quería estar vinculada solo a su marido. Podía adivinarse también que quería que la mimaran, que es la clase de persona que exigiría a su marido que fuera muy puntual y llegara siempre a su hora a casa. Si se quedaba sola sufriría una gran angustia, y nunca querría salir sola de casa ni disfrutaría tratando con otras personas. En suma, por un solo movimiento físico suyo podíamos adivinar toda la historia. Pero tenemos también maneras de confirmar nuestra teoría.

Puede que nos diga: «Sufro de angustia». Pues bien, nadie entendería qué significa esto si no supiera que la angustia puede usarse como arma para dominar a otra persona. Si una persona o un adulto sufre de angustia, podemos adivinar que hay otra persona que sostiene a ese niño o adulto.4

Hubo una vez un matrimonio que afirmaba ser librepensador. Esta gente cree que en el matrimonio cada uno puede hacer lo que quiera, con tal de que cada cual cuente al otro lo que sucede. La consecuencia fue que el marido tuvo algunas aventuras amorosas y se las contó todas a su mujer. Ella parecía perfectamente contenta. Pero más tarde empezó a sufrir de angustia. No quería salir sola. Su marido tenía que acompañarla siempre. Vemos entonces cómo este librepensamiento quedó modificado por la angustia o la fobia.

Algunas personas se quedan siempre cerca de la pared de una casa y se apoyan en ella. Es una señal de que no son lo bastante valientes, lo bastante independientes. Analicemos el prototipo de una persona tímida y vacilante de esta clase. Había un niño que llegaba a la escuela con aire muy tímido. Esta es una señal importante de que no quiere estar vinculado a los demás. No tenía amigos y estaba siempre esperando a que terminara la escuela. Se movía muy despacio, y bajaba las escaleras pegado a la pared, miraba calle abajo y echaba a correr hacia su casa. No era buen alumno, y de hecho era muy flojo en sus tareas escolares, porque no se sentía a gusto entre las paredes de la escuela. Siempre quería volver a casa con su madre, una viuda débil que lo mimaba mucho.

Para comprender mejor el caso, el médico fue a hablar con su madre. Le preguntó: «¿Quiere irse a la cama?». Ella dijo: «Sí». «¿Grita por la noche?». «No». «¿Moja la cama?». «No».

El médico pensó que o bien él se había equivocado o bien se había equivocado el niño. Luego concluyó que el niño debía de dormir en la cama con su madre. ¿Cómo se llegó a esta conclusión? Pues bien, gritar por la noche es reclamar la atención de la madre. Si dormía en su cama, esto no sería necesario. Del mismo modo, mojar la cama es también reclamar la atención de la madre. La conclusión del médico se verificó: el niño dormía en la cama con su madre.

Si miramos con atención, veremos que todas las pequeñas cosas a las que presta atención el psicólogo forman parte de un plan de vida coherente. Por eso, cuando podemos ver la meta —en el caso del niño, estar siempre atado a su madre—, podemos concluir muchísimas cosas. Por este medio podemos concluir si un niño es débil mental o no. Un niño débil mental no sería capaz de establecer un plan de vida tan inteligente.

Pasemos ahora a las actitudes mentales que pueden distinguirse en las personas. Algunas personas son más o menos combativas. Otras, en cambio, quieren abandonar el barco. Sin embargo, nunca vemos a una persona que de verdad se rinda. No es posible, porque está más allá de la naturaleza humana. El ser normal no puede rendirse. Si parece hacerlo, eso indica una lucha todavía mayor por seguir adelante que en otro caso.

Hay un tipo de niño que siempre quiere rendirse. Suele ser el centro de atención en la familia. Todos tienen que cuidar de él, empujarlo hacia adelante y amonestarlo. Hay que sostenerlo en la vida y es siempre una carga para los demás. Esta es su meta de superioridad: de este modo expresa su deseo de dominar a los demás. Tal meta de superioridad es, desde luego, el resultado de un complejo de inferioridad, como ya hemos mostrado. Si no hubiera dudado de sus propias fuerzas, no tomaría este camino fácil para alcanzar el éxito.

Había un muchacho de 17 años que ilustraba este rasgo. Era el mayor de la familia. Ya hemos visto cómo el hijo mayor suele vivir una tragedia cuando la llegada de otro hijo lo destrona de su lugar en el centro del afecto familiar. Así ocurrió con este muchacho. Estaba muy deprimido y malhumorado y no tenía ninguna ocupación. Un día intentó suicidarse. Poco después acudió a un médico y le explicó que antes de su intento de suicidio había tenido un sueño. Soñó que había matado a tiros a su padre. Vemos cómo una persona así —deprimida, perezosa e inmóvil— tiene todo el tiempo presente en la mente la posibilidad del movimiento. Vemos también cómo todos esos niños que son indolentes en la escuela, y todos esos adultos indolentes que parecen incapaces de hacer nada, pueden estar al borde del peligro. Muchas veces esta indolencia está solo en la superficie. Luego ocurre algo, y tenemos un intento de suicidio, o bien puede aparecer un estado neurótico o la locura. Averiguar la actitud mental de tales personas es a veces una tarea científica difícil.

La timidez en un niño es otra cosa llena de peligros. A un niño tímido hay que tratarlo con cuidado. Hay que corregir la timidez, o le arruinará la vida entera. Tendrá siempre grandes dificultades si no se corrige su timidez, pues en nuestra cultura las cosas están establecidas de tal modo que solo las personas valientes obtienen buenos resultados y las ventajas de la vida. Si una persona es valiente y sufre una derrota, no sale tan dañada; pero una persona tímida escapa al lado inútil de la vida en cuanto ve dificultades por delante. Tales niños se volverán neuróticos o locos en su vida posterior.

Vemos a esas personas andar con aire abatido, y cuando están con otros tartamudean y no quieren hablar, o bien evitan por completo a la gente.


Las características que hemos venido describiendo son actitudes mentales. No son innatas ni heredadas, sino simplemente reacciones ante una situación. Una característica dada es la respuesta que mi estilo de vida da a mi apercepción de un problema que se me plantea. Desde luego, no es siempre la respuesta lógica que esperaría el filósofo. Es la respuesta que mis experiencias y errores de la infancia me han acostumbrado a dar.

Podemos ver el funcionamiento de estas actitudes, así como el modo en que se han formado, mejor en los niños o en las personas anormales que en los adultos normales. La fase del prototipo del estilo de vida, como hemos visto, es mucho más clara y sencilla que el estilo posterior. De hecho, puede compararse el funcionamiento del prototipo con una fruta verde que asimila todo lo que le llega: estiércol, agua, alimento, aire. Todas estas cosas se incorporan a su desarrollo. La diferencia entre un prototipo y el estilo de vida es como la diferencia entre una fruta verde y una fruta madura. La fase de fruta verde en los seres humanos es mucho más fácil de abrir y examinar, pero lo que revela es en gran medida válido para la fase de fruta madura.

Podemos ver, por ejemplo, cómo un niño que es cobarde al comienzo de la vida expresa esa cobardía en todas sus actitudes. Un mundo de diferencias separa al niño cobarde del niño agresivo y luchador. El niño luchador tiene siempre cierto grado de valor, que es el fruto natural de lo que hemos llamado sentido común. A veces, sin embargo, un niño muy cobarde puede parecer un héroe en una situación determinada. Esto sucede siempre que intenta deliberadamente alcanzar el primer puesto. Lo ilustra claramente el caso de un muchacho que no sabía nadar. Un día fue a bañarse con otros muchachos que le habían pedido que los acompañara. El agua era muy profunda, y el muchacho, que no sabía nadar, estuvo a punto de ahogarse. Esto, desde luego, no es valor verdadero, y está enteramente en el lado inútil de la vida. El muchacho hizo lo que hizo solo porque quería que lo admiraran. No hizo caso del peligro en que se hallaba y esperaba que los otros lo salvaran.


La cuestión del valor y de la timidez está psicológicamente muy relacionada con la creencia en la predestinación. La creencia en la predestinación afecta a nuestra capacidad de acción útil. Hay personas que tienen tal sentimiento de superioridad que creen que pueden conseguir cualquier cosa. Lo saben todo y no quieren aprender nada. Todos conocemos el resultado de tales ideas. Los niños que sienten así en la escuela suelen sacar malas notas. Hay otras personas que siempre quieren intentar las cosas más peligrosas: sienten que nada puede pasarles, que no pueden sufrir una derrota. Muy a menudo el resultado es malo.

Encontramos este sentimiento de predestinación en las personas siempre que en su vida ha ocurrido algo terrible y han salido ilesas. Por ejemplo, puede que se hayan visto en un accidente grave y no hayan muerto. A consecuencia de ello sienten que están destinadas a fines más altos. Hubo una vez un hombre que tenía ese sentimiento, pero, tras pasar por una experiencia que resultó de otro modo de lo que esperaba, perdió el valor y se volvió depresivo y melancólico. Su apoyo más importante se había venido abajo.

Cuando se le pidieron sus primeros recuerdos, contó una experiencia muy significativa. Dijo que una vez estaba a punto de ir a un teatro en Viena, pero antes tuvo que ocuparse de algo. Cuando por fin llegó al teatro, este se había incendiado. Todo había terminado, pero él se había salvado. Se comprende bien que una persona así se sintiera destinada a cosas más altas. Todo fue bien hasta que sufrió una derrota en sus relaciones con su mujer. Entonces se vino abajo.

Mucho podría decirse y escribirse sobre el significado de la creencia en el fatalismo. Afecta a pueblos y civilizaciones enteros tanto como a los individuos, pero por nuestra parte solo queremos señalar su relación con los resortes de la actividad psicológica y con el estilo de vida. La creencia en la predestinación es en muchos sentidos una huida cobarde ante la tarea de esforzarse y desarrollar actividad en la línea útil. Por esa razón resultará un falso apoyo.


Una de las actitudes de ánimo fundamentales que afectan a nuestras relaciones con nuestros semejantes es la actitud de envidia. Pues bien, ser envidioso es una señal de inferioridad. Cierto que todos tenemos en nuestra constitución cierta cantidad de envidia. Una pequeña cantidad no hace daño y es muy común. Debemos, sin embargo, exigir que la envidia sea útil. Debe traducirse en trabajo, en un seguir adelante y en un hacer frente a los problemas. En tales casos no es inútil. Por esa razón debemos perdonar la pizca de envidia que se encuentra en todos nosotros.

Los celos, en cambio, son una actitud mental mucho más difícil y peligrosa, porque no pueden hacerse útiles. No hay una sola manera en que una persona celosa pueda ser útil.

Además, vemos en los celos el resultado de un sentimiento de inferioridad grande y profundo. Una persona celosa teme ser incapaz de retener a su pareja. Y así, en el mismo momento en que quiere influir de algún modo en su pareja, delata su debilidad con sus manifestaciones de celos. Si miramos en el prototipo de una persona así, veremos una sensación de haber sido postergada. De hecho, siempre que nos encontramos con personas celosas conviene volver la mirada a su pasado y ver si no estamos ante una persona destronada que espera ser destronada de nuevo.


Del problema general de la envidia y los celos podemos pasar a considerar un tipo muy peculiar de envidia: la envidia por parte del sexo femenino de la posición social superior del sexo masculino. Encontramos muchas mujeres y niñas que quieren ser varones. Esta actitud es muy comprensible, pues, si miramos las cosas con imparcialidad, podemos ver que en nuestra cultura los hombres van siempre a la cabeza; siempre son más apreciados, valorados y estimados que las mujeres. Moralmente esto no es justo y debería corregirse. Ahora bien, las niñas ven que en la familia los hombres y los chicos están mucho más cómodos y no tienen que ocuparse de las cosas menudas. Ven que son más libres en muchos sentidos, y esta libertad superior del sexo masculino las hace estar descontentas con su propio papel. Por eso intentan comportarse como chicos. Esta imitación de los chicos puede aparecer de varias maneras. Las vemos, por ejemplo, tratar de vestirse como chicos, y en esto a veces las apoyan sus padres, puesto que la ropa de chico es, como se reconoce, más cómoda. Pues bien, algunos de estos actos son útiles y no hace falta desalentarlos. Pero hay algunas actitudes inútiles, como cuando una niña quiere que la llamen por un nombre de chico y no por un nombre de niña. Esas niñas se enfadan mucho si los demás no las llaman por el nombre de chico que han elegido. Esta actitud es muy peligrosa si refleja algo que está bajo la superficie y no es una simple travesura. En tal caso puede aparecer más tarde en la vida como descontento con el papel sexual y aversión al matrimonio o, una vez casadas, aversión al papel sexual de la mujer.

No hay que reprochar a las mujeres que lleven faldas cortas, porque es una ventaja. También es oportuno que se desarrollen como los hombres en muchos sentidos y que tengan un empleo como los hombres. Pero es peligroso que estén descontentas con su papel femenino y traten de adoptar los vicios de los hombres.

Esta tendencia peligrosa hace su aparición en la adolescencia, porque es entonces cuando el prototipo se envenena. La mente inmadura de las muchachas siente celos de los privilegios de los muchachos. Reacciona con el deseo de imitar a los muchachos. Ahora bien, esto es un complejo de superioridad: es una huida del desarrollo adecuado.

Como hemos dicho, esto puede llevar a una gran aversión al amor y al matrimonio. No quiere decir que las muchachas que tienen esta aversión no quieran casarse, pues en nuestra cultura no estar casada se toma como señal de derrota. Incluso las muchachas que no se interesan por el matrimonio quieren casarse.

Quien crea en regular la base de las relaciones entre los sexos según el principio de igualdad no debería fomentar esta «protesta masculina» de las mujeres. La igualdad de los sexos debe encajar en el orden natural de las cosas, mientras que la protesta masculina es una rebelión ciega contra la realidad y es, por tanto, un complejo de superioridad. De hecho, a través de esta protesta masculina pueden verse perturbadas y afectadas todas las funciones sexuales. Pueden producirse muchos síntomas graves, y si los rastreamos hacia atrás veremos que esos estados empezaron en la infancia.


Con menos frecuencia que en el caso de las niñas que quieren ser chicos, nos encontramos también con el chico que quiere ser como una niña. No quiere imitar a la muchacha corriente, sino al tipo de muchacha que coquetea de un modo exagerado. Estos chicos usan polvos para la cara, llevan flores e intentan comportarse a la manera de una muchacha frívola. También esto es una forma de complejo de superioridad.

De hecho, encontramos que en muchos de estos casos el chico se había criado en un ambiente en el que una mujer estaba a la cabeza. Así, el chico creció imitando los rasgos de la madre, no los del padre.

Hubo un muchacho que acudió a consulta por ciertos trastornos sexuales. Contó que siempre estaba con su madre. El padre era casi una nulidad en la casa. Ahora bien, su madre había sido modista antes de casarse y siguió ejerciendo algo su oficio después del matrimonio. El chico, como estaba siempre a su lado, llegó a interesarse por las cosas que ella hacía. Empezó a coser y a dibujar vestidos de mujer, etc. Puede juzgarse cuánto le interesaba su madre por el hecho de que a los cuatro años había aprendido a leer la hora porque su madre salía siempre a las cuatro y volvía a las cinco. Impulsado por el placer de verla volver, aprendió a leer el reloj.

Más tarde, cuando fue a la escuela, se comportaba como una niña. No tomaba parte en los deportes ni en los juegos. Los chicos se burlaban de él, y a veces incluso lo besaban, como hacen con frecuencia en tales casos. Un día tuvieron que representar una obra de teatro y, como podemos imaginar, a este chico le tocó el papel de una muchacha. Lo representó tan bien que muchos espectadores creyeron de verdad que era una muchacha. Un hombre del público llegó a enamorarse de él. De este modo el chico llegó a ver que, aunque no pudiera ser muy apreciado como hombre, podía ser muy apreciado como mujer. Esta fue la génesis de sus trastornos sexuales posteriores.

Capítulo séptimo: Los sueños y su interpretación

Para la psicología individual, la conciencia y el inconsciente forman una sola unidad, como ya hemos explicado en diversos contextos. En los dos últimos capítulos hemos interpretado partes conscientes —recuerdos, actitudes, movimientos— en función del todo individual. Ahora aplicaremos el mismo método de interpretación a nuestra vida inconsciente o semiconsciente: la vida de nuestros sueños. Lo que justifica este método es que nuestra vida onírica es tan parte del todo como nuestra vida de vigilia, ni más ni menos. Los seguidores de otras escuelas psicológicas andan siempre tratando de encontrar nuevos puntos de vista acerca de los sueños, pero nuestra comprensión de los sueños se ha desarrollado en la misma línea que nuestra comprensión de todas las partes integrantes que se manifiestan en las expresiones y los movimientos de la psique.

Pues bien, así como nuestra vida de vigilia, según hemos visto, está determinada por la meta de superioridad, así también podemos ver que los sueños están determinados por la meta individual de superioridad. Un sueño es siempre una parte del estilo de vida, y en él encontramos siempre implicado el prototipo. De hecho, solo cuando se ve cómo el prototipo está ligado a un sueño determinado puede uno estar seguro de haber comprendido realmente el sueño. Además, si se conoce bien a una persona, se puede adivinar casi con exactitud el carácter de sus sueños.

Tomemos, por ejemplo, lo que sabemos de que la humanidad en su conjunto es en realidad cobarde. A partir de este hecho general podemos presuponer que la mayor parte de los sueños serán sueños de miedo, de peligro o de angustia. Y así, si conocemos a una persona y vemos que su meta es eludir la solución de los problemas de la vida, podemos adivinar que sueña a menudo que se cae. Un sueño así es como una advertencia que se hace a sí mismo: «No sigas adelante; serás derrotado». De este modo expresa su visión del futuro: cayéndose. La gran mayoría de los hombres tienen estos sueños de caída.

Un caso concreto es el de un estudiante en vísperas de un examen, un estudiante del que sabemos que es de los que abandonan. Podemos adivinar lo que le sucederá. Está preocupado todo el día, no puede concentrarse y acaba diciéndose: «El tiempo es demasiado corto». Quiere aplazar el examen. Su sueño será un sueño de caída. Y esto expresa su estilo de vida, pues para alcanzar su meta tiene que soñar de ese modo.

Tomemos otro estudiante que progresa en sus estudios, que es valeroso y no tiene miedo, y que nunca recurre a subterfugios. También podemos adivinar sus sueños. Antes de un examen soñará que sube a una alta montaña, que se queda encantado con la vista desde la cumbre, y así se despierta. Esta es una expresión de su corriente vital, y podemos ver cómo refleja su meta de realización.

Está luego la persona limitada, la persona que solo puede avanzar hasta cierto punto. Una persona así sueña con límites y con no poder escapar de personas y dificultades. A menudo tiene sueños en los que la persiguen y le dan caza.

Antes de pasar al siguiente tipo de sueño, quizá convenga observar que el psicólogo nunca se desanima si alguien le dice: «No le contaré ningún sueño, porque no los recuerdo. Pero me inventaré algunos». El psicólogo sabe que su fantasía no puede crear nada distinto de lo que su estilo de vida le dicta. Sus sueños inventados valen tanto como los que recuerda de verdad, pues su imaginación y su fantasía serán también una expresión de su estilo de vida.

La fantasía no necesita copiar literalmente los movimientos reales de un hombre para ser una expresión de su estilo de vida. Encontramos, por ejemplo, el tipo de persona que vive más en las fantasías que en la realidad. Es el tipo que de día es muy cobarde, pero bastante valeroso en sueños. Siempre encontraremos, sin embargo, algunas manifestaciones que indican que no quiere terminar su tarea. Tales manifestaciones serán bien evidentes aun en sus sueños valerosos.


El propósito de un sueño es siempre allanar el camino hacia la meta de superioridad, es decir, hacia la meta privada de superioridad del individuo. Todos los síntomas, movimientos y sueños de una persona son una forma de entrenamiento que le permite encontrar esa meta dominante, sea esta la de ser el centro de atención, la de dominar o la de huir.

El propósito de un sueño no se expresa ni lógica ni verazmente. El sueño existe para crear un determinado sentimiento, estado de ánimo o emoción, y es imposible desentrañar del todo sus oscuridades. Pero en esto se diferencia de la vida de vigilia y de los movimientos de la vida de vigilia solo en grado, no en naturaleza. Hemos visto que las respuestas de la psique a los problemas de la vida son relativas al esquema individual de vida: no encajan en un marco lógico preestablecido, aunque nuestro propósito, en aras del trato social, sea hacer que encajen cada vez más. Ahora bien, en cuanto abandonamos el punto de vista absoluto respecto de la vida de vigilia, la vida onírica pierde su misterio. Se convierte en una expresión más de la misma relatividad y de la misma mezcla de hechos y emociones que encontramos en la vida de vigilia.

Históricamente, los sueños han parecido siempre muy misteriosos a los pueblos primitivos, que por lo general han recurrido a la interpretación profética. Los sueños se consideraban profecías de acontecimientos futuros. En esto había una media verdad. Es cierto que un sueño es un puente que une el problema que tiene ante sí el soñador con su meta de realización. De este modo, un sueño se cumplirá a menudo, porque el soñador estará ensayando su papel durante el sueño y preparándose así para que se cumpla.

Otra manera de decir lo mismo es que en los sueños se revela la misma interconexión que en nuestra vida de vigilia. Si una persona es perspicaz e inteligente, puede prever el futuro, ya analice su vida de vigilia, ya su vida onírica. Lo que hace es diagnosticar. Por ejemplo, si alguien sueña que ha muerto un conocido y esa persona muere en efecto, eso tal vez no sea más de lo que un médico o un pariente cercano podrían prever. Lo que hace el soñador es pensar durante el sueño en lugar de hacerlo en la vida de vigilia.

La concepción profética de los sueños, precisamente porque contiene una cierta media verdad, es una superstición. Por lo general se aferran a ella personas que creen en otras supersticiones. O bien la defienden hombres que buscan importancia dando la impresión de que son profetas.

Para disipar la superstición profética y el misterio que rodea a los sueños tenemos que explicar, desde luego, por qué la mayoría de la gente no entiende sus propios sueños. La explicación se encuentra en el hecho de que pocas personas se conocen a sí mismas, incluso en la vida de vigilia. Pocos tienen la capacidad de autoanálisis reflexivo que les permita ver adónde se dirigen, y el análisis de los sueños es, como hemos dicho, un asunto más complicado y oscuro que el análisis de la conducta de vigilia. No es de extrañar, pues, que el análisis de los sueños quede fuera del alcance de la mayoría, ni tampoco que, en su ignorancia de lo que está en juego, recurran a charlatanes.


Nos ayudará a comprender la lógica de los sueños compararla, no directamente con los movimientos de la vida normal de vigilia, sino con el tipo de fenómenos que en capítulos anteriores hemos descrito como manifestación de la inteligencia privada. El lector recordará cómo describimos las actitudes de los criminales, de los niños difíciles y de los neuróticos: cómo crean un determinado sentimiento, humor o estado de ánimo para convencerse de un hecho dado. Así, el asesino se justifica diciendo: «En la vida no hay sitio para este hombre; por lo tanto, tengo que matarlo». Al recalcar en su propia mente la idea de que no hay sitio suficiente en la tierra, crea un determinado sentimiento que lo prepara para el asesinato.

Una persona así puede razonar también que fulano tiene unos pantalones bonitos y él no. Atribuye tanto valor a esta circunstancia que se vuelve envidioso. Su meta de superioridad pasa a ser tener unos pantalones bonitos, y así podemos encontrarlo soñando un sueño que crea una determinada emoción que lo llevará a alcanzar esa meta. De hecho, vemos esto ilustrado en sueños muy conocidos. Están, por ejemplo, los sueños de José en la Biblia. Soñó que todos los demás se inclinaban ante él. Ahora podemos ver cómo encajaba este sueño en todo el episodio de la túnica de muchos colores, y en su destierro por obra de sus hermanos.

Otro sueño muy conocido es el del poeta griego Simónides, a quien invitaron a ir a Asia Menor a dar conferencias. Vacilaba y aplazaba continuamente el viaje, pese a que el barco lo esperaba en el puerto. Sus amigos intentaron hacerle partir, pero en vano. Entonces tuvo un sueño. Soñó que un muerto al que había encontrado una vez en un bosque se le aparecía y le decía: «Porque fuiste tan piadoso y te ocupaste de mí en el bosque, te advierto ahora que no vayas a Asia Menor». Simónides se levantó y dijo: «No iré». Pero ya estaba inclinado a no ir antes de tener el sueño. Simplemente había creado un determinado sentimiento o emoción para respaldar una conclusión a la que ya había llegado, aunque no entendía su propio sueño.

Si se entiende esto, está claro que uno crea una determinada fantasía con fines de autoengaño, de la que resulta el sentimiento o la emoción deseados. Con frecuencia, esto es todo lo que se recuerda del sueño.

Al considerar este sueño de Simónides llegamos a otro punto: cuál debe ser el procedimiento para interpretar los sueños. En primer lugar, debemos tener presente que un sueño es parte de la fuerza creadora de una persona. Simónides, al soñar, utilizó su fantasía y construyó una secuencia. Eligió el incidente del muerto. ¿Por qué había de escoger este poeta la experiencia del muerto entre todas sus experiencias? Evidentemente, porque estaba muy preocupado por ideas de muerte, debido a que le aterraba la idea de navegar en un barco. En aquellos tiempos un viaje por mar suponía un peligro real, y por eso vacilaba. Es señal de que probablemente no solo temía marearse, sino también que el barco se hundiera. Como resultado de esta preocupación por la idea de la muerte, su sueño eligió el episodio del muerto.

Si consideramos los sueños de esta manera, la tarea de interpretarlos no resulta demasiado difícil. Debemos recordar que la selección de imágenes, recuerdos y fantasías es un indicio de la dirección en que se mueve la mente. Nos muestra la tendencia del soñador, y finalmente podemos ver la meta a la que quiere llegar.


Consideremos, por ejemplo, el sueño de cierto hombre casado. No estaba contento con su vida familiar. Tenía dos hijos, pero siempre estaba preocupado, pensando que su mujer no los cuidaba y se interesaba demasiado por otras cosas. Siempre estaba criticando a su mujer por estas cosas e intentaba corregirla. Una noche soñó que tenía un tercer hijo. Este niño se perdía y no había manera de encontrarlo. Él le reprochaba a su mujer que no lo hubiera cuidado.

Aquí vemos su tendencia: tenía en la mente la idea de que uno de sus dos hijos podía perderse, pero no tenía valor suficiente para que fuera uno de ellos en su sueño. Y así inventó un tercer hijo e hizo que se perdiera.

Otro punto que hay que observar es que quería a sus hijos y no deseaba que se perdieran. Y también que sentía que su mujer estaba sobrecargada con dos hijos y no podría cuidar de tres. Ese tercer hijo perecería. De ahí que encontremos otro aspecto del sueño, que, interpretado, dice: «¿Debo tener un tercer hijo o no?».

El resultado real del sueño fue que había creado una emoción contra su mujer. Ningún niño se había perdido en realidad, pero él se levantó por la mañana criticándola y con un sentimiento hostil hacia ella. Así, la gente se levanta con frecuencia por la mañana discutidora y criticona como resultado de una emoción creada por el sueño de la noche. Es como un estado de embriaguez, no muy distinto del que se encuentra en la melancolía, donde el paciente se embriaga con ideas de derrota, de muerte y de que todo está perdido.

Podemos ver también que este hombre eligió cosas en las que estaba seguro de ser superior, como, por ejemplo, el sentimiento: «Yo cuido de los niños, pero mi mujer no, y por eso se ha perdido uno». Así se revela en su sueño su tendencia a dominar.


La interpretación moderna de los sueños tiene unos veinticinco años. Freud consideró primero los sueños como la realización de deseos sexuales infantiles. No podemos estar de acuerdo con esto, ya que, si los sueños son una realización de ese tipo, entonces todo puede expresarse en términos de realización. Toda idea se comporta de este modo, yendo desde las profundidades del subconsciente hasta la conciencia. La fórmula de la realización sexual, por tanto, no explica nada en particular.

Más tarde Freud sugirió que intervenía el deseo de muerte. Pero es seguro que este último sueño no podría explicarse muy bien de ese modo, pues no podemos decir que el padre quisiera que el niño se perdiera y muriera.

La verdad es que no hay ninguna fórmula específica que explique los sueños, salvo los postulados generales que hemos expuesto sobre la unidad de la vida psíquica y sobre el carácter afectivo especial de la vida onírica. Este carácter afectivo, con el autoengaño que lo acompaña, es un tema con muchas variaciones. Así, se expresa en la preferencia por las comparaciones y las metáforas. El uso de comparaciones es uno de los mejores medios de engañarse a uno mismo y a los demás. Pues podemos estar seguros de que, si una persona recurre a comparaciones, no se siente segura de poder convencernos con la realidad y la lógica. Siempre quiere influir en nosotros por medio de comparaciones inútiles y rebuscadas.

También los poetas engañan, pero agradablemente, y nos gusta que nos entretengan con sus metáforas y comparaciones poéticas. Podemos estar seguros, sin embargo, de que están hechas para influir en nosotros más de lo que nos influirían las palabras corrientes. Si Homero, por ejemplo, habla de un ejército de soldados griegos que invade un campo como leones, la metáfora no nos engañará cuando pensemos con agudeza, pero sin duda nos embriagará cuando estemos en un estado de ánimo poético. El autor nos hace creer que posee un poder maravilloso. No podría hacerlo si se limitara a describir la ropa que llevaban los soldados y las armas que portaban, etc.

Vemos lo mismo en el caso de una persona que tiene dificultades para explicar las cosas: si ve que no puede convencernos, recurrirá a comparaciones. Este uso de comparaciones, como hemos dicho, es autoengañoso, y esta es la razón por la que se manifiesta de forma tan destacada en los sueños, en la selección de cuadros, imágenes, etc. Es una manera artística de embriagarse.


El hecho de que los sueños sean emocionalmente embriagadores ofrece, curiosamente, un método para impedir los sueños. Si una persona comprende lo que ha estado soñando y se da cuenta de que se ha estado embriagando, dejará de soñar. Soñar ya no tendrá ningún propósito para ella. Por lo menos así ha ocurrido con el autor de estas páginas, que dejó de soñar en cuanto comprendió lo que significaba soñar.

Dicho sea de paso, esta comprensión, para ser eficaz, ha de tener los rasgos de una conversión emocional profunda. En el caso del autor, la produjo su último sueño. El sueño tuvo lugar en tiempo de guerra. En el desempeño de sus funciones, se esforzaba mucho por impedir que cierto hombre fuera enviado al frente, a un lugar de peligro. En el sueño le vino la idea de que había asesinado a alguien, pero no sabía a quién. Se puso en un estado lamentable preguntándose: «¿A quién he asesinado?». Lo cierto es que simplemente estaba embriagado con la idea de hacer el mayor esfuerzo posible por colocar al soldado en la situación más favorable para evitar la muerte. La emoción del sueño estaba destinada a favorecer esta idea, pero, cuando comprendió el subterfugio del sueño, dejó por completo de soñar, ya que no necesitaba engañarse a sí mismo para hacer las cosas que, por razones lógicas, pudiera querer hacer o dejar de hacer.


Lo que hemos dicho puede tomarse como respuesta a la pregunta que se hace con frecuencia: «¿Por qué algunas personas no sueñan nunca?». Son personas que no quieren engañarse a sí mismas. Están demasiado ligadas al movimiento y a la lógica, y quieren hacer frente a los problemas. Las personas de este tipo, si sueñan, a menudo olvidan sus sueños muy pronto. Los olvidan tan deprisa que creen no haber soñado.

Esto plantea la teoría de que siempre soñamos y de que olvidamos la mayor parte de nuestros sueños. Si aceptáramos esa teoría, el hecho de que algunas personas no sueñen nunca se interpretaría de otro modo: pasarían a ser personas que sueñan, pero que siempre olvidan sus sueños. El autor no acepta esta teoría. Cree más bien que hay personas que nunca sueñan y que hay también soñadores que a veces olvidan sus sueños. Por la naturaleza del caso, tal teoría es difícil de refutar, pero quizá la carga de la prueba debería recaer sobre quienes la proponen.


¿Por qué tenemos repetidamente el mismo sueño? Es un hecho curioso para el que no puede darse una explicación definitiva. Sin embargo, en esos sueños repetidos podemos encontrar el estilo de vida expresado con mucha más claridad. Un sueño repetido así nos da una indicación precisa e inequívoca de dónde reside la meta individual de superioridad.

En el caso de los sueños largos y extensos, hemos de creer que el soñador no está del todo preparado. Busca el puente que lleva del problema a la consecución de la meta. Por esta razón, los sueños que mejor pueden entenderse son los sueños cortos. A veces un sueño consiste en una sola imagen, en unas pocas palabras, y muestra cómo el soñador intenta realmente encontrar un camino corto para engañarse.


Podemos cerrar nuestra exposición con la cuestión del sueño [sleep]. Muchísimas personas se plantean preguntas innecesarias acerca del dormir. Se imaginan que el sueño es lo contrario de la vigilia y que es el «hermano de la muerte». Pero tales opiniones son erróneas. El sueño no es lo contrario de la vigilia, sino más bien un grado de vigilia. Durmiendo no estamos separados de la vida. Al contrario, mientras dormimos pensamos y oímos. En el sueño se expresan por lo general las mismas tendencias que en la vida de vigilia. Así, hay madres a las que no despierta ninguno de los ruidos de la calle, pero que, si los niños se mueven lo más mínimo, se levantan de un salto inmediatamente. Vemos cómo su interés está realmente despierto. También por el hecho de que no nos caemos de la cama podemos ver que en el sueño percibimos los límites.

La personalidad entera se expresa de noche y de día. Esto explica los fenómenos del hipnotismo. Lo que la superstición ha hecho aparecer como un poder mágico no es, en la mayoría de los casos, más que una variedad del sueño. Pero es una variedad en la que una persona quiere obedecer a otra y sabe que esa segunda persona quiere hacerla dormir. Una forma sencilla de lo mismo se da cuando los padres dicen: «¡Basta ya, a dormir!», y los niños obedecen. También en el hipnotismo los resultados se producen porque la persona es obediente. Y la facilidad con que puede ser hipnotizada está en proporción con su obediencia.

En el hipnotismo tenemos la oportunidad de hacer que una persona cree imágenes, ideas, recuerdos, cosa que no haría con sus inhibiciones de vigilia. El único requisito es la obediencia. Con este método podemos encontrar algunas soluciones, algunos recuerdos antiguos, que tal vez se habían olvidado antes.

Como método de tratamiento y curación, sin embargo, el hipnotismo tiene sus peligros. Al autor no le gusta el hipnotismo, y solo lo utiliza cuando un paciente no confía en ningún otro método. Se verá que las personas hipnotizadas son más bien vengativas. Al principio superan sus dificultades, pero en realidad no cambian su estilo de vida. Es como una droga o un medio mecánico: la verdadera naturaleza de la persona no ha sido tocada. Lo que tenemos que hacer, si de verdad queremos ayudar a una persona, es darle valor, confianza en sí misma y una mejor comprensión de sus errores. El hipnotismo no hace esto, y no debería emplearse salvo en casos raros.

Capítulo octavo: Los niños difíciles y su educación

¿Cómo hemos de educar a nuestros hijos? Esta es quizá la cuestión más importante de nuestra vida social actual. Es una cuestión a la que la psicología individual tiene mucho que aportar. La educación, ya se imparta en el hogar o en la escuela, es un intento de sacar a la luz y dirigir la personalidad de los individuos. La ciencia psicológica es, pues, una base necesaria para una técnica educativa adecuada; o, si se quiere, podemos considerar toda educación como una rama de ese vasto arte psicológico de vivir.


Empecemos por ciertos preliminares. El principio más general de la educación es que debe ser coherente con la vida posterior que los individuos tendrán que afrontar. Esto significa que debe ser coherente con los ideales de la nación. Si no educamos a los niños con los ideales de la nación a la vista, es probable que esos niños tropiecen con dificultades más adelante en la vida. No encajarán como miembros de la sociedad.

Es cierto que los ideales de una nación pueden cambiar: pueden cambiar de repente, como tras una revolución, o gradualmente, en el proceso de la evolución. Pero esto solo significa que el educador debe tener presente un ideal muy amplio. Ha de ser un ideal que tenga siempre su lugar y que enseñe al individuo a adaptarse debidamente a las circunstancias cambiantes.


La conexión de las escuelas con los ideales sociales se debe, desde luego, a su conexión con el gobierno. Es la influencia del gobierno la que hace que los ideales nacionales se reflejen en el sistema escolar. El gobierno no llega fácilmente a los padres ni a la familia, pero vigila las escuelas en su propio interés.

Históricamente, las escuelas han reflejado ideales distintos en distintas épocas. En Europa, las escuelas se fundaron originariamente para las familias aristocráticas. Las escuelas eran aristocráticas de espíritu, y en ellas solo se instruía a los aristócratas. Más tarde, las escuelas pasaron a manos de las iglesias y aparecieron como escuelas religiosas. Solo los sacerdotes eran maestros. Luego empezaron a aumentar las demandas de la nación de más conocimientos. Se pedían más materias, y se necesitaba un número de maestros mayor del que la iglesia podía proporcionar. De este modo entraron en la profesión otras personas además de los sacerdotes y los clérigos.

Hasta tiempos bastante recientes, los maestros nunca eran exclusivamente maestros. Ejercían otros muchos oficios, como los de zapatero, sastre, etc. Es evidente que solo sabían enseñar valiéndose de la vara. Sus escuelas no eran de las que podían resolver los problemas psicológicos de los niños.

El espíritu moderno en la educación comenzó en Europa en tiempos de Pestalozzi. Pestalozzi fue el primer maestro que encontró otros métodos de enseñanza además de la vara y el castigo.

Pestalozzi es valioso para nosotros porque mostró la gran importancia de los métodos en las escuelas. Con métodos correctos, todo niño —a menos que sea débil mental— puede aprender a leer, a escribir, a cantar y a hacer cuentas. No podemos decir que hayamos descubierto ya los mejores métodos; están en continuo proceso de desarrollo. Como es justo y debido, siempre andamos buscando métodos nuevos y mejores.

Volviendo a la historia de las escuelas europeas, cabe señalar que, justo cuando la técnica pedagógica se había desarrollado en cierta medida, surgió una gran necesidad de obreros que supieran leer, escribir, contar y ser en general independientes sin necesitar una dirección constante. Fue entonces cuando apareció la consigna «una escuela para cada niño». Hoy todo niño está obligado a ir a la escuela. Esta evolución se debe a las condiciones de nuestra vida económica y a los ideales que reflejan esas condiciones.

Antiguamente, en Europa, solo los aristócratas tenían influencia, y solo había demanda de funcionarios y de trabajadores. Quienes tenían que prepararse para posiciones más elevadas iban a escuelas superiores; los demás no iban en absoluto a la escuela. El sistema educativo reflejaba los ideales nacionales de la época. Hoy el sistema escolar corresponde a otro conjunto de ideales nacionales. Ya no tenemos escuelas en las que los niños tengan que estar sentados en silencio, con las manos cruzadas sobre el regazo y sin permiso para moverse. Tenemos ahora escuelas en las que los niños son amigos del maestro. Ya no se les obliga por la autoridad, ya no se les obliga simplemente a obedecer, sino que se les permite desarrollarse con más independencia. Naturalmente, hay muchas escuelas de este tipo en los democráticos Estados Unidos, ya que las escuelas se desarrollan siempre con los ideales de un país tal como cristalizan en las normas del gobierno.


La conexión del sistema escolar con los ideales nacionales y sociales es orgánica —se debe a su origen y organización, como hemos visto—, pero desde un punto de vista psicológico le da una gran ventaja como agente educativo. Desde un punto de vista psicológico, el fin principal de la educación es la adaptación social. Ahora bien, la escuela puede guiar la corriente de sociabilidad en cada niño con más facilidad que la familia, porque está mucho más cerca de las exigencias de la nación y es más independiente de la crítica de los niños. No mima a los niños y, en general, tiene una actitud mucho más desapasionada.

Por otra parte, la familia no siempre está impregnada del ideal social. Con demasiada frecuencia encontramos que en ella dominan ideas tradicionales. Solo cuando los padres están ellos mismos socialmente adaptados y comprenden que el fin de la educación ha de ser social puede haber progreso. Allí donde los padres saben y comprenden estas cosas encontraremos niños bien educados y preparados para la escuela, del mismo modo que en la escuela se les prepara bien para su lugar particular en la vida. Este debería ser el desarrollo ideal del niño en el hogar y en la escuela, con la escuela situada a medio camino entre la familia y la nación.


Hemos deducido de exposiciones anteriores que el estilo de vida de un niño en una familia queda fijado a partir de los cuatro o cinco años y no puede cambiarse directamente. Esto indica el camino que debe seguir la escuela moderna. No debe criticar ni castigar, sino tratar de moldear, educar y desarrollar el sentimiento de comunidad de los niños. La escuela moderna no puede trabajar según el principio de la represión y la censura, sino más bien según la idea de tratar de comprender y resolver los problemas personales del niño.

Por otra parte, al estar padres e hijos tan estrechamente unidos en la familia, a menudo es difícil para los primeros educar a los segundos para la sociedad. Prefieren educar a los hijos para sí mismos, y con ello crean una tendencia que entrará en conflicto con la situación del niño en su vida posterior. Esos niños están condenados a encontrar grandes dificultades. Ya se enfrentan a ellas en el momento en que entran en la escuela, y los problemas se vuelven aún más difíciles en la vida después de la escuela.

Para remediar esta situación es necesario, desde luego, educar a los padres. A menudo no es fácil, pues no siempre podemos echar mano de los mayores como lo hacemos con los niños. Y aun cuando llegamos hasta los padres, podemos encontrarnos con que no les interesan mucho los ideales de la nación. Están tan anclados en la tradición que no quieren entender.

Como no podemos hacer gran cosa con los padres, no nos queda más remedio que conformarnos con difundir una mayor comprensión por todas partes. El mejor punto de ataque son nuestras escuelas. Esto es así, en primer lugar, porque allí se reúnen grandes cantidades de niños; en segundo lugar, porque los errores del estilo de vida se manifiestan allí mejor que en la familia; y, en tercer lugar, porque se supone que el maestro es una persona que entiende los problemas de los niños.

Los niños normales, si es que los hay, no nos conciernen. No los tocaríamos. Si vemos niños plenamente desarrollados y socialmente adaptados, lo mejor es no reprimirlos. Deben seguir su propio camino, porque se puede confiar en que tales niños busquen una meta en el lado útil para desarrollar el sentido de superioridad. Su sentimiento de superioridad, precisamente porque está en el lado útil, no es un complejo de superioridad.

En cambio, tanto el sentimiento de superioridad como el sentimiento de inferioridad existen en el lado inútil entre los niños difíciles, los neuróticos, los criminales, etc. Estas personas expresan un complejo de superioridad como compensación de su complejo de inferioridad. El sentimiento de inferioridad, como hemos mostrado, existe en todo ser humano, pero este sentimiento solo se convierte en complejo cuando lo desalienta hasta el punto de estimular un entrenamiento en el lado inútil de la vida.

Todos estos problemas de inferioridad y superioridad tienen su raíz en la vida familiar durante el período anterior a la entrada del niño en la escuela. Es durante este período cuando construye su estilo de vida, que, en contraste con el estilo de vida adulto, hemos designado como prototipo. Este prototipo es el fruto verde, y, como un fruto verde, si tiene algún defecto, si tiene un gusano, cuanto más se desarrolla y madura, más grande se hace el gusano.

Como hemos visto, el gusano o la dificultad se desarrolla a partir de problemas derivados de órganos imperfectos. La dificultad con órganos imperfectos es la raíz habitual del sentimiento de inferioridad, y aquí debemos recordar una vez más que no es la inferioridad orgánica la que causa el problema, sino las inadaptaciones sociales que trae consigo. Esto es lo que brinda la oportunidad educativa. Entrenad a una persona para que se adapte socialmente, y las inferioridades orgánicas, lejos de ser un lastre, pueden convertirse en una ventaja. Pues, como hemos visto, una inferioridad orgánica puede ser el origen de un interés muy marcado, desarrollado mediante el entrenamiento, que puede regir toda la vida del individuo, y, siempre que ese interés discurra por un cauce útil, puede significar mucho para el individuo.

Todo depende de la manera en que la dificultad orgánica encaje en la adaptación social. Así, en el caso de un niño que solo quiere ver, o solo oír, corresponde al maestro desarrollar su interés por el uso de todos sus órganos de los sentidos. De lo contrario, quedará descolocado respecto del resto de los alumnos.

Todos conocemos el caso del niño zurdo que crece torpe. Por lo general nadie se da cuenta de que ese niño es zurdo y de que eso explica su torpeza. Por ser zurdo está constantemente en desacuerdo con la familia. Encontramos que tales niños o bien se convierten en niños combativos o agresivos —lo cual es una ventaja—, o bien se vuelven deprimidos y malhumorados. Cuando un niño así va a la escuela con sus problemas, lo encontraremos o combativo, o bien abatido, irritable y falto de valor.

Además de los niños con órganos imperfectos, plantea un problema el gran número de niños mimados que llegan a la escuela. Ahora bien, tal como están organizadas las escuelas, es físicamente imposible que un solo niño siga siendo siempre el centro de atención. Puede suceder, desde luego, que alguna vez una maestra sea tan bondadosa y blanda de corazón que tenga favoritos, pero a medida que el niño pasa de un curso a otro pierde su posición de favorito. Más tarde, en la vida, es aún peor, pues en nuestra civilización no se considera apropiado que una persona sea siempre el centro de atención sin hacer nada para merecerlo.

Todos estos niños difíciles tienen ciertas características definidas. No están bien preparados para los problemas de la vida; son muy ambiciosos y quieren mandar personalmente, no en beneficio de la sociedad. Además, son siempre pendencieros y están enemistados con los demás. Suelen ser cobardes, puesto que les falta interés por todos los problemas de la vida. Una infancia mimada no los ha preparado para los problemas de la vida.

Otras características que descubrimos en tales niños son que son cautelosos y vacilan continuamente. Aplazan la solución de los problemas que la vida les plantea. O bien se detienen del todo ante los problemas, se van por las ramas con distracciones y nunca terminan nada.

Estas características salen a la luz con más claridad en la escuela que en la familia. La escuela es como un experimento o una prueba de fuego, pues allí se hace evidente si un niño está o no adaptado a la sociedad y a sus problemas. Un estilo de vida equivocado escapa a menudo sin ser reconocido en el hogar, pero sale a relucir en la escuela.

Tanto el tipo del niño mimado como el del niño con inferioridad orgánica quieren siempre «excluir» las dificultades de la vida a causa de su gran sentimiento de inferioridad, que les roba las fuerzas para hacerles frente. Sin embargo, en la escuela podemos controlar las dificultades y ponerlos así poco a poco en situación de resolver problemas. La escuela se convierte así en un lugar donde realmente educamos, y no nos limitamos a instruir.

Además de estos dos tipos, tenemos que considerar al niño odiado. El niño odiado suele ser feo, equivocado, lisiado, y no está preparado en modo alguno para la vida social. Es, quizá, el que tiene mayores dificultades de los tres tipos al entrar en la escuela.

Vemos, pues, que, les guste o no a los maestros y a las autoridades, la comprensión de todos estos problemas y de los mejores métodos para tratarlos ha de desarrollarse como parte de la administración escolar.

Además de estos niños específicamente difíciles, están también los niños a los que se tiene por prodigios, los niños excepcionalmente inteligentes. A veces, como van adelantados en algunas materias, les resulta fácil parecer brillantes en otras. Son sensibles, ambiciosos y, por lo general, no muy queridos por sus compañeros. Los niños parecen percibir inmediatamente si uno de ellos está socialmente adaptado o no. Tales prodigios son admirados, pero no queridos.

Podemos comprender que muchos de estos prodigios pasen satisfactoriamente por la escuela. Pero cuando entran en la vida social no tienen un plan de vida adecuado. Cuando abordan los tres grandes problemas de la vida —la sociedad, la ocupación, y el amor y el matrimonio—, sus dificultades salen a relucir. Lo que ocurrió en los años de su prototipo se hace evidente, y vemos el efecto de no haber estado bien adaptados en la familia. Allí se encontraban continuamente en situaciones favorables, que no ponían de manifiesto los errores de su estilo de vida. Pero en el momento en que se les presenta una situación nueva, los errores aparecen.

Es interesante observar que los poetas han visto la conexión entre estas cosas. Muchísimos poetas y dramaturgos han descrito, en sus dramas y novelas, la complicadísima corriente vital que se observa en tales personas. Está, por ejemplo, el personaje de Shakespeare, Northumberland. Shakespeare, que era un maestro de la psicología, presenta a Northumberland como completamente leal a su rey hasta que llegó el verdadero peligro. Entonces lo traicionó. Shakespeare comprendía que el verdadero estilo de vida de una persona se hace patente en circunstancias muy difíciles. Pero no son las circunstancias difíciles las que producen el estilo: este se ha construido antes.

La solución que ofrece la psicología individual para los problemas de los prodigios es la misma que para los demás niños difíciles. El psicólogo individual dice: «Todo el mundo puede conseguirlo todo». Es una máxima democrática que quita el filo a los prodigios, quienes siempre van cargados de expectativas, siempre son empujados hacia delante y acaban demasiado interesados en su propia persona. Las personas que adoptan esta máxima pueden tener hijos muy brillantes, y esos hijos no tienen por qué volverse engreídos ni demasiado ambiciosos. Comprenden que lo que han conseguido ha sido resultado del entrenamiento y de la buena fortuna. Si continúa su buen entrenamiento, pueden conseguir lo que consigan los demás. Pero otros niños, menos favorecidos por las influencias recibidas y no tan bien entrenados y educados, pueden también conseguir cosas buenas si su maestro sabe hacerles comprender el método.

Estos últimos niños pueden haber perdido el valor. Por eso hay que protegerlos contra su acusado sentimiento de inferioridad, un sentimiento que ninguno de nosotros puede soportar mucho tiempo. Al principio, esos niños no se enfrentaban a tantas dificultades como las que ahora encuentran en la escuela. Se comprende que se sientan abrumados por estas dificultades y quieran hacer novillos o no ir en absoluto a la escuela. Creen que en la escuela no hay esperanza para ellos, y si esta creencia fuera cierta tendríamos que admitir que actúan de manera coherente y racional. Pero la psicología individual no acepta la creencia de que su caso no tenga remedio en la escuela. Cree que todo el mundo puede realizar obras útiles. Siempre hay errores, pero pueden corregirse, y el niño puede seguir adelante.

En las circunstancias habituales, sin embargo, la situación no se maneja debidamente. Precisamente cuando el niño se siente abrumado por las nuevas dificultades de la escuela, la madre adopta una actitud vigilante y angustiada. Las notas escolares, las críticas y regañinas que el niño recibe en la escuela se agrandan con las repercusiones en el hogar. Muy a menudo, un niño que ha sido un niño bueno en casa, porque lo han mimado, se vuelve muy malo en la escuela, porque su complejo de inferioridad latente aflora en el momento en que pierde el contacto con la familia. Es entonces cuando ese niño odiará a la madre que lo mimaba, porque siente que ella lo ha engañado. Ya no aparece a la misma luz que antes. Todo su antiguo comportamiento y sus mimos quedan olvidados en la angustia de la nueva situación.

Encontramos muy a menudo que un niño que en casa es un niño combativo es tranquilo, sosegado y hasta apocado en la escuela. A veces la madre viene a la escuela y dice: «Este niño me tiene ocupada todo el día. Siempre está peleando». La maestra dice: «Se pasa el día sentado tranquilamente y no se mueve». Y a veces ocurre al revés. Es decir, la madre viene y dice: «Este niño es muy tranquilo y dulce en casa», mientras que la maestra dice: «Me corrompe toda la clase». Podemos entender fácilmente esta última situación. El niño es el centro de atención en casa y por eso es tranquilo y modesto. En la escuela no es el centro de atención, y por eso pelea. O puede ser al revés.

Está, por ejemplo, el caso de una niña de ocho años, muy querida por sus compañeras de escuela y primera de su clase. Su padre acudió al médico diciendo: «Esta niña es muy sádica, una verdadera tirana. Ya no podemos soportarla». ¿Cuál era la razón? Era la primera hija de una familia débil. Solo una familia débil podía dejarse torturar así por una niña. Cuando nació otro hijo, esta niña se sintió en peligro y, como seguía queriendo ser el centro de atención como antes, empezó a pelear. En la escuela la apreciaban mucho y, al no tener ningún motivo para pelear, se desarrollaba bien.

Algunos niños tienen dificultades tanto en casa como en la escuela. Se quejan la familia y la escuela, y el resultado es que los errores de los niños aumentan. Algunos son desaseados en casa y en la escuela. Ahora bien, si el comportamiento es el mismo dentro de la familia y en la escuela, debemos buscar la causa en cosas que han sucedido antes. En cualquier caso, siempre debemos considerar a la vez las acciones en la familia y en la escuela para formarnos un juicio sobre los problemas de un niño. Cada parte se vuelve importante para nosotros si queremos comprender correctamente su estilo de vida y la dirección en que se esfuerza.

Sucede a veces que un niño bastante bien adaptado, cuando se encuentra con las nuevas situaciones de la escuela, puede no parecer adaptado. Esto suele ocurrir cuando un niño llega a una escuela donde el maestro y los alumnos están muy en contra de él. Por tomar un ejemplo de la experiencia europea, un niño que no es aristócrata llega a una escuela aristocrática, adonde lo envían porque sus padres son muy ricos y vanidosos. Como no es de familia aristocrática, sus compañeros están todos en contra de él. He aquí un niño, antes mimado o al menos cómodamente adaptado, que de pronto se encuentra en una atmósfera muy hostil. A veces la crueldad de tales compañeros puede llegar a tal punto que es realmente asombroso que un niño sea capaz de soportarla. En la mayoría de los casos el niño no dice ni una palabra de ello en casa, porque se avergüenza. Sufre su terrible prueba en silencio.

A menudo, cuando estos niños llegan a los dieciséis o dieciocho años —la edad en que tienen que comportarse ante la sociedad como adultos y afrontar de lleno los problemas de la vida—, se detienen en seco porque han perdido el valor y la esperanza. Y junto con sus obstáculos sociales van sus obstáculos en el amor y el matrimonio, porque no pueden seguir adelante.

¿Qué hemos de hacer con estos casos? No tienen salida para sus energías. Están separados, o se sienten separados, del mundo entero. El tipo de persona que quiere hacerse daño a sí misma para hacer daño a los demás puede suicidarse. Por otra parte, está el tipo que quiere desaparecer. Desaparece en un manicomio. Pierde incluso las pocas aptitudes sociales que tenía antes. No habla de la manera común, no se acerca a la gente y está siempre en actitud hostil hacia el mundo entero. A este estado lo llamamos dementia praecox, locura. Si hemos de ayudar a alguno de ellos, debemos encontrar la manera de reconstruir su valor. Son casos muy difíciles, pero pueden curarse.

Puesto que el tratamiento y la curación de los problemas educativos de los niños dependen ante todo del diagnóstico de su estilo de vida, conviene repasar aquí los métodos que la psicología individual ha desarrollado para ese diagnóstico. El diagnóstico del estilo de vida es útil, desde luego, para otras muchas cosas además de la educación, pero es del todo esencial en la práctica educativa.

Además del estudio directo del niño durante sus años formativos, la psicología individual emplea los métodos de preguntar por los recuerdos antiguos y por las fantasías sobre ocupaciones futuras, la observación de la postura y de los movimientos corporales, y ciertas inferencias a partir del lugar del niño en el orden de la familia. Ya hemos expuesto todos estos métodos, pero quizá sea necesario recalcar de nuevo la posición del niño en la familia, pues está más estrechamente relacionada con el desarrollo educativo que los demás métodos.

Lo importante del orden de los hijos en la familia es, como hemos visto, que el primer hijo está durante un tiempo en la posición de hijo único y más tarde es destronado de esa posición. Disfruta así de un gran poder durante un tiempo, solo para perderlo. En cambio, la psicología de los demás hijos queda fijada y determinada por el hecho de que no son primogénitos.

Entre los hijos mayores encontramos a menudo que predomina una visión conservadora. Tienen el sentimiento de que quienes están en el poder deben seguir en el poder. Solo por un accidente han perdido su poder, y sienten una gran admiración por él.

El segundo hijo está en una situación completamente distinta. Avanza, no como centro de atención, sino con alguien que le marca el paso corriendo delante de él. Siempre quiere igualarlo. No reconoce el poder, sino que quiere que el poder cambie de manos. Siente un impulso hacia delante, como en una carrera. Todos sus movimientos muestran que mira hacia un punto situado delante para darle alcance. Siempre está tratando de cambiar las leyes de la ciencia y de la naturaleza. Es realmente revolucionario, no tanto en política como en la vida social y en su actitud hacia sus semejantes. Tenemos un buen ejemplo en la historia bíblica de Jacob y Esaú.

En el caso de que haya varios hijos casi crecidos antes de que nazca otro, este último se encuentra en una situación parecida a la de un primogénito.

La posición del menor en la familia es de notable interés desde un punto de vista psicológico. Por menor entendemos, desde luego, el hijo que es siempre el menor y nunca tiene sucesores. Un hijo así está en una posición ventajosa, puesto que nunca puede ser destronado. El segundo hijo puede ser destronado, y a veces vive la tragedia del primero, pero esto nunca puede suceder en la vida del menor. Está, por tanto, en la situación más favorable y, en igualdad de las demás circunstancias, encontramos que el hijo menor es el que mejor se desarrolla. Se parece al segundo hijo en que es muy enérgico y trata de superar a los demás. También él tiene quienes le marcan el paso y a los que dejar atrás. Pero, en general, toma un camino completamente distinto del resto de la familia. Si la familia es de científicos, el menor será probablemente músico o comerciante. Si la familia es de comerciantes, el menor quizá sea poeta. Siempre tiene que ser distinto. Pues es más fácil no tener que competir en el mismo campo, sino trabajar en otro, y por esa razón le gusta seguir una línea distinta de la de los demás. Evidentemente, esto es señal de que le falta un poco de valor, pues, si un niño así fuera valeroso, competiría en el mismo campo.

Merece señalarse que nuestras predicciones basadas en la posición de los hijos se expresan en forma de tendencias; no hay en ellas necesidad alguna. Y, de hecho, si un primogénito es inteligente, puede no ser en absoluto vencido por el segundo, y entonces no sufrirá ninguna tragedia. Un niño así está socialmente bien adaptado, y es probable que su madre haya extendido su interés hacia los demás, incluido el recién nacido. En cambio, si a este primogénito no se le puede vencer realmente, la dificultad es mayor para el segundo, y este segundo hijo puede convertirse en un problema. Esos segundos hijos dan los peores tipos, porque a menudo pierden el valor y la esperanza. Sabemos que los niños que compiten en una carrera han de tener siempre la esperanza de ganar; y cuando esa esperanza se pierde, todo está perdido.

El hijo único también tiene su tragedia, pues ha sido el centro de atención en la familia durante toda su infancia, y su meta en la vida es siempre ser el centro. No razona según las líneas de la lógica, sino según las de su propio estilo de vida.

La posición de un único varón en una familia de niñas también es difícil y plantea un problema. Se suele suponer que un chico así se comporta de manera afeminada, pero esta opinión es bastante exagerada. Al fin y al cabo, todos somos educados por mujeres. Sin embargo, hay cierta dificultad, ya que en tal caso toda la familia está organizada para mujeres. Al entrar en una casa se puede saber inmediatamente si la familia tiene más chicos o más chicas. Los muebles son distintos, hay más o menos ruido, y el orden es distinto. Hay más cosas rotas donde hay más chicos, y todo está mucho más limpio donde hay más chicas en la familia.

Un chico en semejante ambiente puede esforzarse por parecer más hombre y exagerar este rasgo de su carácter; o bien puede, en efecto, volverse afeminado como el resto de la casa. En resumen, encontraremos que un chico así o es blando y apacible, o es muy salvaje. En este último caso parecería que está siempre tratando de demostrar y recalcar el hecho de que es un hombre.

La única niña entre chicos está en una situación igualmente difícil. O es muy callada y se desarrolla de manera muy femenina, o bien quiere hacer todo lo que hacen los chicos y desarrollarse como ellos. El sentimiento de inferioridad es bien patente en tal caso, puesto que es la única niña en una situación en que los chicos son superiores. El complejo de inferioridad reside en el sentimiento de que solo es una niña. En esta palabra, «solo», se expresa todo el complejo de inferioridad. Vemos el desarrollo de un complejo de superioridad compensatorio cuando trata de vestirse como los chicos y cuando, más adelante en la vida, quiere tener las relaciones sexuales que, según entiende, tienen los hombres.


Podemos concluir nuestra exposición sobre la posición del niño en la familia con el caso peculiar en que el primer hijo es un chico y el segundo una chica. En este caso hay siempre una competencia encarnizada entre los dos. La chica se ve empujada hacia delante no solo porque es la segunda, sino también porque es chica. Se entrena más, y así se convierte en un tipo muy marcado de segundo hijo. Es muy enérgica y muy independiente, y el chico nota cómo ella se le acerca más y más en la carrera. Como sabemos, es un hecho que las chicas se desarrollan más rápidamente, física y mentalmente, que los chicos: una niña de doce años, por ejemplo, está mucho más desarrollada que un chico de la misma edad. El chico lo ve y no puede explicárselo. Por eso se siente inferior y siente el anhelo de abandonar. Ya no progresa. En lugar de ello, empieza a buscar escapatorias. A veces desarrolla vías de escape en la dirección del arte. Otras veces se vuelve neurótico, criminal o loco. No se siente lo bastante fuerte para seguir en la carrera.

Este tipo de situación es difícil de resolver incluso con el punto de vista de que «todo el mundo puede conseguirlo todo». Lo principal que podemos hacer es mostrar al chico que, si la chica parece ir por delante, es solo porque practica más y, practicando, encuentra mejores métodos para desarrollarse. Podemos también tratar de orientar a la chica y al chico hacia campos en los que no compitan, en la medida de lo posible, para disminuir la atmósfera de carrera.

Capítulo noveno: Problemas sociales y adaptación social

La meta de la psicología individual es la adaptación social. Esto puede parecer una paradoja, pero, si es una paradoja, lo es solo de palabra. Lo cierto es que solo cuando prestamos atención a la vida psicológica concreta del individuo llegamos a darnos cuenta de la importancia capital del elemento social. El individuo solo llega a ser individuo en un contexto social. Otros sistemas de psicología distinguen entre lo que llaman psicología individual y psicología social, pero para nosotros no existe tal distinción. Nuestras exposiciones han intentado hasta aquí analizar el estilo de vida individual, pero el análisis se ha hecho siempre desde un punto de vista social y con miras a una aplicación social.

Proseguimos ahora nuestro análisis poniendo más el acento en los problemas de la adaptación social. Las realidades que vamos a tratar son las mismas, pero en lugar de concentrar nuestra atención en el diagnóstico de los estilos de vida, examinaremos los estilos de vida en acción y los métodos para favorecer una acción adecuada.

El análisis de los problemas sociales continúa directamente nuestro análisis de los problemas de la educación, que fue el tema del capítulo anterior. La escuela y el jardín de infancia son instituciones sociales en miniatura, y en ellos podemos estudiar en forma simplificada los problemas de la inadaptación social.

Tomemos los problemas de conducta de un niño de cinco años. Una madre acudió al médico quejándose de que su hijo era inquieto, hiperactivo y muy molesto. Estaba siempre ocupada con él y al final del día se encontraba agotada. Decía que ya no podía soportar al niño y que estaba dispuesta a que se lo llevaran de casa si tal tratamiento era aconsejable.

A partir de estos detalles de conducta podemos fácilmente «identificarnos» con el niño: podemos ponernos fácilmente en su lugar. Si oímos que un niño de cinco años es hiperactivo, podemos imaginar sin dificultad cuál será su línea de conducta. ¿Qué haría cualquiera que tuviera esa edad y fuese hiperactivo? Se subiría a la mesa con sus pesados zapatos. Le gustaría andar siempre sucio. Y si la madre quisiera leer, jugaría con las luces y las encendería y apagaría. O bien, si la madre y el padre quisieran tocar el piano o cantar juntos, ¿qué haría un niño así? Gritaría. O se taparía los oídos e insistiría en que no le gustaba aquel ruido. Tendría siempre rabietas si no conseguía lo que quería, y siempre querría algo.

Si observamos esa conducta en el jardín de infancia, podemos estar seguros de que el niño quiere pelear y de que todo lo que hace lo hace para provocar una pelea. Está inquieto día y noche, mientras que su padre y su madre están siempre cansados. El niño nunca está cansado porque, a diferencia de sus padres, no tiene que hacer lo que no quiere. Sencillamente quiere estar inquieto y tener ocupados a los demás.

Un incidente concreto ilustra bien cómo luchaba este niño por ser el centro de atención. Un día lo llevaron a un concierto en el que su madre y su padre tocaban y cantaban. En mitad de una canción, el niño gritó: «¡Hola, papá!», y se puso a recorrer toda la sala. Podía haberse previsto esto, pero la madre y el padre no comprendían la razón de semejante conducta. Lo consideraban un niño normal, a pesar de que no se comportaba normalmente.

Hasta cierto punto era, sin embargo, normal: tenía un plan de vida inteligente. Lo que hacía estaba bien hecho, de acuerdo con su plan. Y si vemos el plan, podemos adivinar las acciones que de él resultan. De ahí que podamos concluir que no es débil mental, pues un débil mental nunca tiene un plan de vida inteligente.

Cuando su madre tenía visitas y quería disfrutar de la reunión, él empujaba a los invitados para que se levantaran de las sillas y siempre quería precisamente la silla en que alguien iba a sentarse. Vemos cómo también esto concuerda con su meta y con su prototipo. Su meta es ser superior y dominar a los demás, y tener siempre ocupada la atención de su padre y de su madre.

Podemos juzgar que había sido un niño mimado y que, si volvieran a mimarlo, no pelearía. Dicho de otro modo, es un niño que ha perdido su situación favorable.

¿Cómo perdió su situación favorable? La respuesta es que debe de haber tenido un hermano o una hermana menor. Es, pues, un niño de cinco años en una situación nueva, que se siente destronado y lucha por conservar la posición central e importante que cree haber perdido. Por eso tiene siempre a su padre y a su madre ocupados con él. Y hay además otra razón. Se ve que el niño no ha sido preparado para la nueva situación y que en su posición de niño mimado nunca desarrolló ningún sentimiento de comunidad. Por eso no está socialmente adaptado. Solo se interesa por sí mismo y solo se ocupa de su propio bienestar.

Cuando se le preguntó a la madre cómo se portaba el niño con el hermano menor, aseguró que lo quería, pero que siempre que jugaba con él lo derribaba. Se nos perdonará que supongamos que tales acciones no indican un cariño muy señalado.


Para comprender del todo el significado de esta conducta, deberíamos compararla con los casos, frecuentes, de niños peleones que no pelean continuamente. Estos niños son demasiado inteligentes para pelear sin descanso, pues saben que el padre y la madre pondrían fin a sus peleas. De ahí que, de vez en cuando, interrumpan sus peleas y se porten bien. Pero el antiguo movimiento reaparece, como ocurre en este caso cuando, mientras juega con el hermano menor, lo derriba. Su meta al jugar es, de hecho, derribarlo.

Ahora bien, ¿cómo se comporta el niño con su madre? Si ella intenta darle unos azotes, o se ríe y asegura que no le duelen, o bien, si ella le pega un poco más fuerte, se queda quieto un rato, para volver a empezar sus peleas un poco más tarde. Obsérvese cómo toda la conducta del niño está condicionada por su meta y cómo todo lo que hace va correctamente dirigido hacia ella, tanto que podemos predecir sus acciones. No podríamos predecirlas si el prototipo no fuera una unidad, o si no conociéramos la meta del movimiento del prototipo.

Imaginemos a este niño cuando empiece a vivir. Va al jardín de infancia, y podemos predecir lo que ocurrirá allí. Podíamos haber predicho lo que ocurriría si llevaban al niño a un concierto, como efectivamente ocurrió. En general, dominará en un ambiente débil o, en uno más difícil, luchará por dominar. Y así, es probable que su estancia en el jardín de infancia se acorte si la maestra es severa. En ese caso, el niño podría intentar buscar subterfugios. Viviría en una tensión constante, y esa tensión podría hacerle padecer dolores de cabeza, inquietud, etc. Los síntomas aparecerían como los primeros indicios de una neurosis.


Si, por el contrario, el ambiente fuera blando y agradable, podría sentirse el centro de atención. En tales circunstancias podría llegar incluso a ser el jefe de la escuela, el campeón absoluto.

El jardín de infancia, como vemos, es una institución social con problemas sociales. El individuo debe estar preparado para tales problemas, porque tiene que seguir las leyes de la comunidad. El niño debe ser capaz de hacerse útil a esa pequeña comunidad, y no puede ser útil si no se interesa más por los demás que por sí mismo.

En la escuela pública se repite la misma situación, y podemos imaginar lo que le ocurriría a un niño de esta clase. Las cosas podrían ser algo más fáciles en una escuela privada, ya que en esas escuelas suele haber menos alumnos, a los que se puede prestar más atención. Quizá en un ambiente así nadie notaría que era un niño difícil. Quizá dirían incluso: «Es nuestro chico más brillante, nuestro mejor alumno». También es posible que, si fuera el primero de la clase, su conducta en casa cambiara. Podría darse por satisfecho con ser superior en un solo aspecto.

En los casos en que la conducta de un niño mejora después de entrar en la escuela, puede darse por sentado que tiene en su clase una situación favorable y se siente superior allí. Por lo general, sin embargo, ocurre lo contrario. Los niños muy queridos y muy obedientes en casa corrompen a menudo la clase en la escuela.

Hemos hablado en el capítulo anterior de la escuela como algo situado a medio camino entre el hogar y la vida en sociedad. Si aplicamos esa fórmula, podemos comprender lo que le ocurre a un niño de nuestro tipo cuando sale a la vida. La vida no le ofrecerá la situación favorable que a veces puede encontrar en la escuela. A menudo la gente se sorprende y no comprende cómo niños brillantes en casa y brillantes en la escuela pueden resultar inútiles en la vida posterior. Tenemos aquí adultos difíciles con una neurosis que puede convertirse más tarde en locura. Nadie comprende estos casos, porque el prototipo ha quedado encubierto por situaciones favorables hasta la edad adulta.


Por eso debemos aprender a comprender el prototipo equivocado en la situación favorable, o al menos a darnos cuenta de que puede existir, pues es muy difícil reconocerlo en ella. Hay unos cuantos signos que pueden tomarse como indicios seguros de un prototipo equivocado. Un niño que quiere llamar la atención y al que le falta sentimiento de comunidad será a menudo desaseado. Siendo desaseado ocupa el tiempo de los demás. Tampoco querrá irse a dormir, y gritará de noche o mojará la cama. Juega a tener miedo porque ha advertido que el miedo es un arma con la que puede obligar a los demás a obedecer. Todos estos signos aparecen en situaciones favorables, y buscándolos es probable llegar a una conclusión acertada.


Veamos a este niño con el prototipo equivocado más adelante en la vida, cuando está en el umbral de la madurez, digamos a los 17 o 18 años. Tiene a sus espaldas un gran hinterland de vida, un trasfondo que no es fácil de evaluar porque no es muy nítido. No es fácil ver la meta y el estilo de vida. Pero al enfrentarse con la vida tiene que afrontar lo que hemos llamado las tres grandes cuestiones de la vida: la cuestión social, la cuestión de la ocupación y la del amor y el matrimonio. Estas cuestiones nacen de las relaciones ligadas a nuestra existencia misma. La cuestión social abarca nuestra conducta con las demás personas, nuestra actitud ante la humanidad y ante el futuro de la humanidad. Esta cuestión abarca la conservación y la salvación del hombre. Pues la vida humana es tan limitada que solo podemos seguir adelante si nos mantenemos unidos.

En cuanto a la ocupación, podemos juzgar por lo que hemos visto de la conducta del niño en la escuela. Podemos estar seguros de que, si el muchacho busca una ocupación con la idea de ser superior, tendrá dificultades para conseguir tal puesto. Es difícil encontrar un puesto en el que uno no esté subordinado o en el que no tenga que trabajar con otros. Pero como este muchacho solo se interesa por su propio bienestar, nunca se encontrará a gusto en un puesto subordinado. Además, una persona así no resulta muy digna de confianza en los negocios. Nunca es capaz de subordinar su propio interés al interés de la empresa.

En general, podemos decir que el éxito en una ocupación depende de la adaptación social. En los negocios es una gran ventaja ser capaz de comprender las necesidades de los vecinos y de los clientes, ver con sus ojos, oír con sus oídos y sentir como ellos sienten. Las personas así saldrán adelante, pero este muchacho que estamos estudiando no puede hacerlo, porque siempre está pendiente de sus propios intereses. Solo puede desarrollar una parte de lo que hace falta para progresar. De ahí que a menudo fracase en su ocupación.

En la mayoría de los casos se verá que estas personas nunca terminan su preparación para una ocupación o, por lo menos, que tardan en emprender una. Tienen quizá treinta años y no saben lo que se proponen hacer en la vida. Cambian con frecuencia de unos estudios a otros, o de un tipo de empleo a otro. Es una señal de que no hay manera de contentarlas.


A veces encontramos a un joven de 17 o 18 años que se esfuerza, pero no sabe qué hacer. Es importante saber comprender a una persona así y aconsejarla en la elección de una profesión. Todavía puede interesarse por algo desde el principio y prepararse como es debido.

Por otra parte, resulta bastante inquietante encontrar a un muchacho de esta edad que no sabe lo que quiere hacer en la vida. Con demasiada frecuencia es del tipo que no consigue gran cosa. Tanto en casa como en la escuela habría que esforzarse por interesar los pensamientos de los muchachos en sus futuras ocupaciones antes de que lleguen a esa edad. En la escuela podría hacerse encargando redacciones sobre temas como «Lo que quiero ser de mayor». Si se les pide que escriban sobre un tema así, se ven claramente enfrentados con la cuestión, a la que de otro modo quizá no se enfrentarían hasta que fuera demasiado tarde.


La última cuestión que nuestro joven tiene que afrontar es la del amor y el matrimonio. Puesto que vivimos divididos en dos sexos distintos, es una cuestión de la mayor importancia. Sería muy distinto si todos fuéramos de un solo sexo. Tal como son las cosas, tenemos que ejercitarnos en las maneras de comportarnos con el otro sexo. Trataremos detenidamente la cuestión del amor y el matrimonio en un capítulo posterior; aquí solo es necesario mostrar su relación con los problemas de la adaptación social. La misma falta de sentimiento de comunidad que es responsable de las inadaptaciones sociales y profesionales lo es también de la frecuente incapacidad de tratar como es debido con el otro sexo. Una persona exclusivamente centrada en sí misma no tiene la preparación adecuada para un manage a deux5. De hecho, parecería que uno de los fines principales del instinto sexual es sacar al individuo de su estrecho caparazón y prepararlo para la vida social. Pero psicológicamente tenemos que salir al encuentro del instinto sexual a mitad de camino: no puede cumplir bien su función si no estamos ya predispuestos a olvidar nuestro propio yo y fundirlo en una vida más amplia.

Podemos sacar ahora algunas conclusiones sobre este muchacho que hemos venido estudiando. Lo hemos visto ante las tres grandes cuestiones de la vida, desesperado y temeroso de la derrota. Lo hemos visto con su meta personal de superioridad, excluyendo en lo posible todas las cuestiones de la vida. ¿Qué le queda entonces? No se integrará en la sociedad, es hostil a los demás, muy suspicaz y retraído. Y como ya no se interesa por los demás, no le importa cómo aparece ante ellos, de modo que a menudo irá andrajoso y sucio, con toda la apariencia de un demente. El lenguaje, sabemos, es una necesidad social, pero nuestro sujeto no quiere usarlo. No habla en absoluto, rasgo que puede observarse en la demencia precoz.

Cerrado por un bloqueo que él mismo se ha impuesto frente a todas las cuestiones de la vida, el camino de nuestro sujeto lleva derecho al manicomio. Su meta de superioridad provoca un aislamiento hermético respecto de los demás y transforma sus impulsos sexuales de modo que deja de ser una persona normal. Lo encontramos a veces intentando volar al cielo, o creyéndose Jesucristo o el emperador de la China. De este modo consigue expresar su meta de superioridad.

Como hemos dicho muchas veces, todos los problemas de la vida son en el fondo problemas sociales. Vemos problemas sociales que se manifiestan en el jardín de infancia, en la escuela pública, en la amistad, en la política, en la vida económica, etc. Es evidente que todas nuestras capacidades están orientadas socialmente y dirigidas al servicio de la humanidad.

Sabemos que la falta de adaptación social empieza en el prototipo. La cuestión es cómo corregir esa falta antes de que sea demasiado tarde. Si pudiera decirse a los padres no solo cómo evitar los grandes errores, sino también cómo diagnosticar las pequeñas manifestaciones de los errores en el prototipo y cómo corregirlas, sería una gran ventaja. Pero la verdad es que por este camino no se puede conseguir mucho. Pocos padres están dispuestos a aprender y a evitar errores. No les interesan las cuestiones de psicología y de educación. O miman a los hijos y son hostiles a cualquiera que no los considere joyas perfectas, o bien no se interesan en absoluto. Así pues, no se puede conseguir mucho por medio de ellos. Además, es imposible hacérselo comprender bien en poco tiempo. Haría falta muchísimo tiempo para explicar a los padres y aconsejarles lo que deberían saber. Por eso es mucho mejor llamar a un médico o a un psicólogo.

Fuera del trabajo individual del médico y del psicólogo, los mejores resultados solo pueden obtenerse por medio de las escuelas y de la educación. Los errores del prototipo a menudo no aparecen hasta que el niño entra en la escuela. Una maestra conocedora de los métodos de la psicología individual advertirá en poco tiempo un prototipo equivocado. Puede ver si un niño se une a los demás o quiere ser el centro de atención abriéndose paso a empujones. Ve también qué niños tienen valor y cuáles carecen de él. Una maestra bien formada podría comprender los errores de un prototipo en la primera semana.

Los maestros, por la naturaleza misma de su función social, están mejor preparados para corregir los errores de los niños. La humanidad creó las escuelas porque la familia no era capaz de educar a los niños adecuadamente para las exigencias sociales de la vida. La escuela es la mano prolongada de la familia, y es en ella donde en gran medida se forma el carácter del niño y donde se le enseña a afrontar los problemas de la vida.

Lo único que hace falta es que las escuelas y los maestros estén dotados de una comprensión psicológica que les permita cumplir bien su tarea. En el futuro las escuelas se regirán sin duda más conforme a las líneas de la psicología individual, pues el verdadero fin de la escuela es formar el carácter.

Capítulo décimo: Sentimiento de comunidad, sentido común y complejo de inferioridad

Hemos visto que las inadaptaciones sociales se deben a las consecuencias sociales del sentimiento de inferioridad y del afán de superioridad. Los términos complejo de inferioridad y complejo de superioridad expresan ya el resultado, una vez que se ha producido la inadaptación. Estos complejos no están en el plasma germinal, no están en la sangre: simplemente se producen en el curso de la interacción entre el individuo y su ambiente social. ¿Por qué no les ocurren a todos los individuos? Todos los individuos tienen un sentimiento de inferioridad y un afán de éxito y de superioridad que constituye la vida misma de la psique. La razón de que no todos los individuos tengan complejos es que su sentimiento de inferioridad y de superioridad está encauzado por un mecanismo psicológico hacia vías socialmente útiles. Los resortes de este mecanismo son el sentimiento de comunidad, el valor y el espíritu de comunidad, o sea, la lógica del sentido común.

Estudiemos tanto el funcionamiento como el no funcionamiento de este mecanismo. Mientras el sentimiento de inferioridad no sea demasiado grande, sabemos que el niño se esforzará siempre por valer algo y por estar en el lado útil de la vida. Un niño así, para alcanzar su fin, se interesa por los demás. El sentimiento de comunidad y la adaptación social son las compensaciones correctas y normales, y en cierto sentido es casi imposible encontrar a nadie, niño o adulto, en quien el afán de superioridad no haya dado lugar a tal desarrollo. Nunca encontraremos a nadie que pueda decir con verdad: «No me intereso por los demás». Puede actuar así, puede actuar como si no le interesara el mundo, pero no puede justificarse. Antes bien, afirma interesarse por los demás para ocultar su falta de adaptación social. Esto es un testimonio mudo de la universalidad del sentimiento de comunidad.

No obstante, las inadaptaciones se producen. Podemos estudiar su génesis considerando casos límite: casos en que existe un complejo de inferioridad, pero no se manifiesta abiertamente gracias a un ambiente favorable. El complejo queda entonces oculto, o al menos se muestra una tendencia a ocultarlo. Así, si una persona no se enfrenta con ninguna dificultad, puede parecer del todo satisfecha. Pero si miramos de cerca, veremos cómo expresa en realidad, si no en palabras u opiniones, al menos en actitudes, el hecho de que se siente inferior. Esto es un complejo de inferioridad y es el resultado de un sentimiento de inferioridad exagerado. Las personas que padecen un complejo así buscan siempre alivio de las cargas que ellas mismas se han impuesto por estar centradas en sí mismas.

Es bastante interesante observar cómo algunas personas ocultan su complejo de inferioridad, mientras que otras confiesan: «Padezco un complejo de inferioridad». Los que confiesan están siempre exultantes por su confesión. Se sienten más grandes que los demás porque ellos se han confesado y los demás no son capaces. Se dicen: «Soy sincero. No miento sobre la causa de mi sufrimiento». Pero en el momento mismo en que confiesan su complejo de inferioridad, aluden a ciertas dificultades de su vida o a otras circunstancias que serían responsables de su situación. Pueden hablar de sus padres o de su familia, de no haber recibido una buena educación, o de algún accidente, cortapisa, opresión u otras cosas.

A menudo el complejo de inferioridad puede estar oculto por un complejo de superioridad, que sirve de compensación. Estas personas son arrogantes, impertinentes, engreídas y esnobs. Dan más peso a las apariencias que a los actos.

En los primeros esfuerzos de un hombre de este tipo puede encontrarse cierto miedo escénico, que se utiliza después para disculpar todos sus fracasos. Dice: «Si no padeciera miedo escénico, ¡qué no podría hacer yo!». Estas frases con «si» ocultan por lo general un complejo de inferioridad.

Un complejo de inferioridad puede indicarse también por rasgos como la astucia, la cautela, la pedantería, la exclusión de los problemas mayores de la vida y la búsqueda de un campo de acción estrecho, limitado por muchos principios y reglas. También es señal de un complejo de inferioridad que una persona se apoye siempre en un bastón. Una persona así no confía en sí misma, y veremos que desarrolla intereses extraños. Siempre está ocupada en pequeñeces, como coleccionar periódicos o anuncios. Pierden así el tiempo y siempre se disculpan. Se ejercitan demasiado en el lado inútil, y este ejercicio, prolongado durante mucho tiempo, conduce a una neurosis obsesiva.


En todos los niños difíciles suele esconderse un complejo de inferioridad, sea cual sea el tipo de problema que presenten en la superficie. Así, ser perezoso es en realidad excluir las tareas importantes de la vida y es señal de un complejo. Robar es aprovecharse de la inseguridad o de la ausencia de otro; mentir es no tener el valor de decir la verdad. Todas estas manifestaciones de los niños tienen por núcleo un complejo de inferioridad.

Una neurosis es una forma desarrollada del complejo de inferioridad. ¡Qué no podrá conseguir una persona que padece una neurosis de angustia! Puede esforzarse constantemente por que alguien la acompañe; si es así, logra su propósito. Los demás la sostienen y consigue que se ocupen de ella. Aquí vemos el paso de un complejo de inferioridad a un complejo de superioridad. ¡Los demás tienen que servir! Al conseguir que los demás le sirvan, el neurótico se vuelve superior. Una evolución semejante se manifiesta en el caso de los dementes. Tras haberse visto empujados a dificultades por la política de exclusión engendrada por un complejo de inferioridad, alcanzan el éxito de manera imaginaria considerándose grandes personajes.

En todos estos casos en que se desarrollan complejos, la incapacidad de funcionar por vías sociales y útiles se debe a una falta de valor por parte del individuo. Es esta falta de valor la que le impide seguir el camino social. Junto a la falta de valor están sus acompañantes intelectuales: la incapacidad de comprender la necesidad y la utilidad del camino social.

Todo esto se ilustra con la mayor claridad en la conducta de los delincuentes, que son en realidad casos de complejo de inferioridad por excelencia. Los delincuentes son cobardes y estúpidos; su cobardía y su estupidez social van juntas como dos partes de una misma tendencia.

La bebida puede analizarse de manera semejante. El bebedor busca alivio a sus problemas y es lo bastante cobarde para contentarse con el alivio que viene del lado inútil de la vida.

La ideología y la perspectiva intelectual de estas personas se distinguen tajantemente del sentido común social que acompaña a las actitudes valerosas de las personas normales. Los delincuentes, por ejemplo, siempre presentan excusas o acusan a otros. Mencionan condiciones de trabajo poco provechosas. Hablan de la crueldad de la sociedad, que no los mantiene. O dicen que el estómago manda y no se le puede gobernar. Cuando son condenados, siempre encuentran excusas como la del asesino de niños Hickman6, que dijo: «Lo hice por una orden de lo alto». Otro asesino, al ser condenado, dijo: «¿De qué sirve un muchacho como el que he matado? Hay un millón de muchachos más». Y luego está el «filósofo» que sostiene que no está mal matar a una vieja con mucho dinero cuando tantas personas de valía se mueren de hambre7.

La lógica de tales argumentos nos parece bastante endeble, y lo es. Toda su perspectiva está condicionada por su meta socialmente inútil, del mismo modo que la elección de esa meta está condicionada por su falta de valor. Siempre tienen que justificarse, mientras que una meta en el lado útil de la vida se sobrentiende y no necesita excusas en su favor.

Tomemos algunos casos clínicos reales que ilustran cómo las actitudes y metas sociales se transforman en antisociales. Nuestro primer caso es el de una muchacha de casi catorce años. Se crió en una familia honrada. El padre, hombre trabajador, había mantenido a la familia mientras pudo trabajar, pero había caído enfermo. La madre era una mujer buena y honrada y se interesaba mucho por sus hijos, que eran seis en total. La primera hija era una niña brillante, que murió a los doce años. La segunda estuvo enferma, pero luego se restableció y consiguió un empleo con el que ayudaba a mantener a la familia. Viene luego la muchacha de nuestra historia. Esta muchacha había estado siempre muy sana. Su madre había estado siempre muy ocupada con las dos niñas enfermas y con su marido, y no tenía mucho tiempo para esta hija, a la que llamaremos Ana. Había un niño menor, también brillante y enfermo, y en consecuencia Ana se encontró aplastada, por así decirlo, entre dos niños muy queridos. Era una buena niña, pero sentía que no la querían tanto como a los otros. Se quejaba de que la desatendían y de sentirse oprimida.

En la escuela, sin embargo, Ana trabajaba bien. Era la mejor alumna. Por su excelencia en los estudios, la maestra recomendó que continuara su formación, y cuando tenía solo trece años y medio entró en la escuela secundaria. Allí se encontró con una maestra nueva a la que no le gustaba. Quizá al principio no fuera una buena alumna, pero en todo caso, con la falta de aprecio, fue a peor. No había sido una niña difícil mientras la apreciaba su antigua maestra. Había tenido buenas notas y sus compañeras la querían. Un psicólogo individual habría podido ver, incluso entonces, que algo no iba bien observando sus amistades. Siempre criticaba a sus amigas y siempre quería dominarlas. Quería ser el centro de atención y que la halagaran, pero nunca que la criticaran.

La meta de Ana era ser apreciada, ser favorecida y que la cuidaran. Descubrió que solo podía conseguirlo en la escuela, no en casa. Pero en la nueva escuela encontró cerrado también el camino del aprecio. La maestra la reñía, insistía en que no venía preparada y le ponía malas notas, de modo que al final hizo novillos y dejó de ir por completo durante unos días. Cuando volvió, las cosas estaban peor que nunca, y al final la maestra propuso que la expulsaran de la escuela.

Ahora bien, la expulsión de la escuela no consigue nada. Es una confesión, por parte de la escuela y de la maestra, de que no pueden resolver el problema. Pero si no pueden resolver el problema, deberían llamar a otros que quizá pudieran hacer algo. Quizá, tras hablar con sus padres, podría haberse dispuesto que probara otra escuela. Quizá habría habido otra maestra que hubiera comprendido mejor a Ana. Pero su maestra no razonó así; razonó: «Si una niña hace novillos y va retrasada, hay que expulsarla». Semejante razonamiento es una manifestación de inteligencia privada, no de sentido común, y el sentido común es precisamente lo que cabe esperar de una maestra.

Podemos adivinar lo que ocurrió después. La muchacha perdió su último asidero en la vida y sintió que todo le fallaba. Por haber sido expulsada de la escuela, perdió incluso el escaso aprecio que tenía en casa. Y así huyó a la vez de casa y de la escuela. Desapareció durante algunos días y noches. Finalmente se descubre que ha tenido una aventura amorosa con un soldado.

Podemos comprender fácilmente su acción. Su meta era ser apreciada, y hasta entonces se había ejercitado hacia el lado útil, pero ahora empezó a ejercitarse en el lado inútil. Al principio el soldado la apreciaba y la quería. Más tarde, sin embargo, la familia recibió cartas suyas en las que decía que estaba embarazada y que quería envenenarse.

Este acto de escribir a los suyos concuerda con su carácter. Siempre se vuelve en la dirección en que espera encontrar aprecio, y sigue volviéndose hasta regresar a casa. Sabe que su madre está desesperada y que, por tanto, no la reñirán. Su familia, siente ella, se alegrará muchísimo de encontrarla de nuevo.

Al tratar un caso de esta clase, la identificación —la capacidad de ponerse con simpatía en la situación de otra persona— es de capital importancia. He aquí un individuo que quiere ser apreciado y que avanza hacia esta única meta. Si uno se identificara con una persona así, se preguntaría: «¿Qué haría yo?». Hay que tener en cuenta el sexo y la edad. Deberíamos intentar siempre dar ánimos a una persona así, pero animarla hacia el lado útil. Deberíamos intentar llevarla al punto en que se dijera: «Quizá debería cambiar de escuela, pero no voy retrasada. Quizá no me he ejercitado lo bastante, quizá no he observado bien, quizá mostré demasiada inteligencia privada en la escuela y no comprendí a la maestra». Si es posible infundir valor, la persona aprenderá a ejercitarse en el lado útil. Es la falta de valor unida a un complejo de inferioridad lo que arruina a una persona.

Pongamos a otra persona en el lugar de la muchacha. Un muchacho de su edad, por ejemplo, podría convertirse en delincuente. Estos casos se dan a menudo. Si un muchacho pierde el valor en la escuela, es probable que se desvíe y entre en una pandilla. Es una conducta fácil de comprender. Cuando pierde la esperanza y el valor, empieza a llegar tarde, a falsificar firmas en los justificantes, a no hacer los deberes y a buscar lugares donde hacer novillos. En esos lugares encuentra compañeros que han recorrido antes el mismo camino, y entonces se hace miembro de una pandilla. Pierde todo interés por la escuela y desarrolla cada vez más un entendimiento privado.


El complejo de inferioridad va unido a menudo a la idea de que una persona no tiene aptitudes especiales. Se piensa que unas personas están dotadas y otras no. Esta opinión es ya de por sí expresión de un complejo de inferioridad. Según la psicología individual, «todo el mundo puede conseguirlo todo», y es señal de un complejo de inferioridad que un muchacho o una muchacha desespere de seguir esta máxima y se sienta incapaz de alcanzar su meta en el lado útil de la vida.

Como parte del complejo de inferioridad tenemos la creencia en los caracteres heredados. Si esta creencia fuera realmente cierta, si el éxito dependiera por completo de la aptitud innata, el psicólogo no podría conseguir nada. En realidad, sin embargo, el éxito depende del valor, y la tarea del psicólogo es transformar el sentimiento de desesperación en un sentimiento de esperanza que reúna las energías para realizar un trabajo útil.

Vemos a veces a un joven de dieciséis años expulsado de la escuela que se suicida por desesperación. El suicidio es una especie de venganza, una acusación contra la sociedad. Es la manera que tiene el joven de afirmarse, por la vía de la inteligencia privada en lugar de por la del sentido común. Lo único necesario en una situación así es ganarse al muchacho y darle valor para tomar el camino útil.

Podemos tomar muchos otros ejemplos. Consideremos el caso de una niña de once años a la que no querían en casa. Preferían a todos los demás hijos, y ella sentía que no la querían. Se volvió malhumorada, pendenciera y desobediente. Es un caso que podemos analizar de manera muy sencilla. La niña sentía que no la apreciaban. Al principio intentó luchar, pero luego perdió la esperanza. Un día empezó a robar. Para el psicólogo individual, cuando un niño roba no se trata tanto de un delito como de un movimiento del niño para enriquecerse. No es posible enriquecerse si uno no se siente privado de algo. Su robo era, pues, el resultado de su falta de cariño en casa y de su sentimiento de desesperanza. Observaremos siempre que los niños empiezan a robar cuando se sienten privados de algo. Tal sentimiento puede no corresponder a la verdad, pero es, no obstante, la causa psicológica de su acción.

Otro caso es el de un niño de ocho años, un niño ilegítimo y feo que vivía con unos padres adoptivos. Estos padres adoptivos no lo cuidaban bien ni lo refrenaban. A veces la madre le daba caramelos, y era un rayo de luz en su vida. Cuando escaseaban los caramelos, el pobre niño sufría terriblemente. Su madre se había casado con un viejo y había tenido con él una hija, y esta niña era el único placer del viejo. La mimaba continuamente. La única razón por la que la pareja se quedaba con el niño era no tener que pagar dinero por su manutención fuera de casa. Cuando el viejo llegaba a casa, traía caramelos para la niña, pero ninguno para el niño. En consecuencia, el niño empezó a robar caramelos. Robaba porque se sentía privado y quería enriquecerse. El padre le pegaba por robar, pero él seguía haciéndolo. Podría pensarse que el niño mostraba valor al seguir haciéndolo a pesar de los golpes, pero no es así. Siempre tenía la esperanza de que no lo descubrieran.

Es el caso de un niño odiado que nunca ha experimentado lo que significa ser un semejante. Tenemos que ganárnoslo. Debemos darle la oportunidad de vivir como un semejante. Cuando aprenda a identificarse y a ponerse en el lugar de los demás, comprenderá lo que siente su padrastro cuando lo ve robar y lo que siente la niña cuando descubre que sus caramelos han desaparecido. Vemos aquí de nuevo cómo la falta de sentimiento de comunidad, la falta de comprensión y la falta de valor se unen para formar un complejo de inferioridad; en este caso, el complejo de inferioridad de un niño odiado.

Capítulo undécimo: El amor y el matrimonio

LA verdadera preparación para el amor y el matrimonio consiste, ante todo, en ser un semejante entre semejantes y estar socialmente adaptado. Junto a esta preparación general debe darse una cierta educación del instinto sexual desde la primera infancia hasta la madurez adulta, una educación que tenga en vista la satisfacción normal del instinto en el matrimonio y en la familia. Todas las aptitudes, ineptitudes e inclinaciones para el amor y el matrimonio pueden hallarse en el prototipo formado en los primeros años de vida. Observando los rasgos del prototipo podemos señalar con el dedo las dificultades que aparecen más tarde, en la vida adulta.

Los problemas con que nos encontramos en el amor y el matrimonio son de la misma índole que los problemas sociales generales. Se dan las mismas dificultades y las mismas tareas, y es un error considerar el amor y el matrimonio como un paraíso en el que todo sucede conforme a los propios deseos. Hay tareas de principio a fin, y estas tareas han de cumplirse teniendo siempre presentes los intereses de la otra persona.

Más que los problemas ordinarios de la adaptación social, la situación del amor y del matrimonio exige una simpatía excepcional, una capacidad excepcional de identificarse con la otra persona. Si hoy en día pocas personas están debidamente preparadas para la vida de familia, es porque nunca han aprendido a ver con los ojos, oír con los oídos y sentir con el corazón de otro.

Buena parte de lo que hemos expuesto en los capítulos anteriores se ha centrado en el tipo de niño que crece interesado solo por sí mismo y no por los demás. No cabe esperar que un tipo así cambie de carácter de la noche a la mañana con la maduración del instinto sexual físico. Estará tan poco preparado para el amor y el matrimonio como lo está para la vida social.

El sentimiento de comunidad crece despacio. Solo aquellas personas que de verdad han sido educadas en la dirección del sentimiento de comunidad desde su primera infancia y que se esfuerzan siempre en el lado útil de la vida tendrán efectivamente sentimiento de comunidad. Por esta razón no es especialmente difícil reconocer si una persona está de verdad bien preparada o no para la vida con el otro sexo.

Basta con recordar lo que hemos observado acerca del lado útil de la vida. Una persona que está en ese lado de la vida es valerosa y tiene confianza en sí misma. Afronta los problemas de la vida y sigue adelante hasta encontrarles solución. Tiene camaradas, amigos, y se lleva bien con sus vecinos. De una persona que no tiene estos rasgos no hay que fiarse, y no se la debe considerar preparada para el amor y el matrimonio. Por otra parte, podemos concluir que una persona está probablemente preparada para el matrimonio si tiene una ocupación y progresa en ella. Juzgamos por un pequeño indicio, pero el indicio es muy significativo, pues indica si una persona tiene o no sentimiento de comunidad.

Comprender la naturaleza del sentimiento de comunidad nos muestra que los problemas del amor y del matrimonio solo pueden resolverse satisfactoriamente sobre la base de una igualdad completa. Lo importante es este fundamental dar y recibir; que uno de los cónyuges estime al otro no es muy significativo. El amor por sí solo no resuelve las cosas, pues hay toda clase de amores. Solo cuando existe un fundamento adecuado de igualdad tomará el amor el curso debido y hará del matrimonio un éxito.

Si el hombre o la mujer quieren ser conquistadores después de casarse, los resultados serán probablemente funestos. Encaminarse al matrimonio con semejante propósito no es la preparación debida, y lo que suceda después de la boda lo probará con toda probabilidad. No es posible ser conquistador en una situación en la que no hay sitio para un conquistador. La situación matrimonial exige interés por la otra persona y capacidad de ponerse en su lugar.


Pasamos ahora a la preparación especial que el matrimonio requiere. Implica, como hemos visto, la educación del sentimiento de comunidad en relación con el instinto de atracción sexual. En realidad sabemos que cada cual se forja en su mente, desde los días de la infancia, un ideal de persona del otro sexo. En el caso de un muchacho, es muy probable que la madre desempeñe el papel de ideal y que el muchacho busque siempre para casarse un tipo semejante de mujer. A veces puede haber un estado de tensión desdichada entre el muchacho y su madre, en cuyo caso probablemente buscará el tipo opuesto de muchacha. Tan estrecha es la correspondencia entre la relación del niño con su madre y el tipo de mujer con que se casa después, que podemos observarla en detalles tan pequeños como los ojos, la figura, el color del pelo, etc.

Sabemos también que, si la madre es dominante y reprime al muchacho, este no querrá seguir adelante con valor cuando llegue el momento del amor y del matrimonio. Porque en un caso así su ideal sexual será probablemente un tipo de muchacha débil y obediente. O bien, si es de tipo pendenciero, peleará también con su mujer después de casarse y querrá dominarla.

Podemos ver cómo todos los indicios manifestados en la infancia se acentúan y se agrandan cuando una persona se enfrenta al problema del amor. Podemos imaginar cómo se comportará en materia sexual una persona que padece un complejo de inferioridad. Quizá, porque se siente débil e inferior, exprese ese sentimiento queriendo siempre que otras personas lo sostengan. A menudo un tipo así tiene un ideal de carácter maternal. O a veces, a modo de compensación de su inferioridad, puede tomar en el amor la dirección opuesta y volverse arrogante, insolente y agresivo. Además, si no tiene mucho valor, se sentirá limitado en su elección. Puede que elija a una muchacha pendenciera, porque le parece más honroso ser el conquistador en una batalla dura.

Ninguno de los dos sexos puede actuar con éxito de esta manera. Parece necio y ridículo que la relación sexual se explote para satisfacer un complejo de inferioridad o de superioridad, y, sin embargo, esto sucede con mucha frecuencia. Si miramos de cerca, vemos que la pareja que más de una persona busca es en realidad una víctima. Tales personas no comprenden que la relación sexual no puede explotarse con semejante fin. Porque si uno quiere ser el conquistador, el otro querrá serlo también. El resultado es que la vida en común se hace imposible.

La idea de satisfacer los propios complejos aclara ciertas peculiaridades en la elección de pareja que de otro modo son difíciles de entender. Nos dice por qué algunas personas eligen a personas débiles, enfermas o viejas: las eligen porque creen que así las cosas les resultarán más fáciles. A veces buscan a una persona casada: en este caso se trata de no querer llegar nunca a la solución de un problema. A veces vemos a personas que se enamoran de dos hombres o de dos mujeres al mismo tiempo, porque, como ya hemos explicado, «dos muchachas son menos que una».

Hemos visto cómo una persona que padece un complejo de inferioridad cambia de ocupación, se niega a afrontar los problemas y nunca termina las cosas. Cuando se enfrenta al problema del amor, obra de manera parecida. Enamorarse de una persona casada o de dos personas a la vez es un modo de satisfacer su tendencia habitual. Hay también otros modos, como, por ejemplo, los noviazgos demasiado largos, o incluso los cortejos perpetuos, que nunca llegan a consumarse en matrimonio.

Los niños mimados se muestran en el matrimonio fieles a su tipo. Quieren que su cónyuge los mime. Tal estado de cosas puede darse sin peligro en las primeras fases del noviazgo o en los primeros años de matrimonio, pero más tarde provocará una situación complicada. Podemos imaginar lo que ocurre cuando se casan dos personas así de mimadas. Las dos quieren que las mimen, y ninguna quiere hacer el papel de quien mima. Es como si estuvieran una frente a otra esperando algo que ninguna da. Las dos tienen la sensación de que no se las comprende.

Podemos comprender lo que ocurre cuando una persona se siente incomprendida y coartada en su actividad. Se siente inferior y quiere escapar. Tales sentimientos son especialmente malos en el matrimonio, sobre todo si surge una sensación de desesperanza extrema. Cuando esto sucede, empieza a insinuarse la venganza. Uno de los dos quiere perturbar la vida del otro. El modo más común de hacerlo es la infidelidad. La infidelidad es siempre una venganza. Cierto que quienes son infieles se justifican siempre hablando de amor y de sentimientos, pero ya sabemos lo que valen los sentimientos. Los sentimientos concuerdan siempre con la meta de superioridad y no deben tomarse como argumentos.

Como ejemplo podemos tomar el caso de cierta mujer mimada. Se casó con un hombre que siempre se había sentido coartado por su otro hermano. Podemos ver cómo a este hombre lo atrajeron la dulzura y la suavidad de esta hija única, que a su vez esperaba ser siempre apreciada y preferida. El matrimonio fue muy feliz hasta que llegó un hijo. Y entonces podemos predecir lo que sucedió. La mujer quería ser el centro de atención, pero temía que el niño pudiera ocupar ese lugar. Y así, no estaba muy contenta de haberlo dado a luz. El marido, por su parte, quería también ser preferido y temía que el niño usurpara su lugar. El resultado fue que marido y mujer se volvieron suspicaces. Quizá no descuidaron al niño y fueron padres bastante buenos, pero esperaban siempre que su amor mutuo disminuyera. Semejante sospecha es peligrosa, porque si uno empieza a medir cada palabra, cada acción, cada movimiento y cada expresión, es fácil encontrar, o creer encontrar, una disminución del afecto. Los dos la encontraron. Ocurrió que el marido se fue de vacaciones, viajó a París y se divirtió mientras su mujer se reponía del parto y cuidaba del niño. El marido escribía desde París cartas alegres, en las que contaba a su mujer lo bien que lo estaba pasando, cómo conocía a toda clase de gente, etc. La mujer empezó a sentirse olvidada. Y así ya no era tan feliz como antes, sino que se deprimió bastante y pronto empezó a padecer agorafobia. Ya no podía salir sola. Cuando su marido volvió, tenía que acompañarla siempre. Al menos en apariencia, parecería que ella había alcanzado su meta y que era ahora el centro de atención. Pero, con todo, no era la satisfacción verdadera, pues tenía la sensación de que, si su agorafobia desaparecía, desaparecería también su marido. Por eso siguió teniendo agorafobia.

Durante esta enfermedad encontró a un médico que le prestó mucha atención. Mientras estuvo a su cuidado se sintió mucho mejor. Los sentimientos de amistad que tenía se dirigían todos hacia él. Pero cuando el médico vio que la paciente estaba mejor, la dejó. Ella le escribió una carta muy amable agradeciéndole todo lo que había hecho por ella, pero él no contestó. A partir de entonces la enfermedad empeoró.

Por entonces empezó a tener ideas y fantasías de aventuras con otros hombres para vengarse de su marido. Sin embargo, la protegía su agorafobia, puesto que no podía salir sola y había de ir siempre acompañada por su marido. Y así no podía llegar a serle infiel.

Vemos cometer tantos errores en el matrimonio que inevitablemente surge la pregunta: «¿Es necesario todo esto?». Sabemos que estos errores empezaron en la infancia, y sabemos también que es posible cambiar los estilos de vida equivocados reconociendo y descubriendo los rasgos del prototipo. Cabe preguntarse, por tanto, si no sería posible crear consultorios que desenredaran los errores del matrimonio con los métodos de la psicología individual. Tales consultorios estarían formados por personas preparadas que entendieran cómo todos los acontecimientos de la vida de los individuos se enlazan y se sostienen entre sí, y que tuvieran la facultad de identificarse comprensivamente con las personas que buscan consejo.

Tales consultorios no dirían: «No podéis poneros de acuerdo, os peleáis continuamente, deberíais divorciaros». Porque ¿de qué sirve un divorcio? ¿Qué sucede después de un divorcio? Por regla general, los divorciados quieren volver a casarse y siguen con el mismo estilo de vida que antes. A veces vemos personas que se han divorciado una y otra vez y que, aun así, vuelven a casarse. Simplemente repiten sus errores. Tales personas podrían preguntar a este consultorio si su proyectado matrimonio o relación amorosa tenía alguna posibilidad de éxito. O podrían consultarlo antes de divorciarse.


Hay una serie de pequeños errores que empiezan en la infancia y que no parecen importantes hasta el matrimonio. Así, algunas personas creen siempre que van a sufrir un desengaño. Hay niños que nunca están contentos y que viven constantemente con el temor de ser defraudados. Estos niños o bien sienten que se los ha desplazado en el afecto y que se preferirá a otro, o bien una dificultad temprana que vivieron les ha infundido el temor supersticioso de que la tragedia vuelva a repetirse. Es fácil ver que este temor al desengaño creará celos y sospechas en la vida conyugal.

Entre las mujeres se da una dificultad particular: sienten que no son más que juguetes con los que se divierten los hombres, y que los hombres son siempre infieles. Con una idea así es fácil ver que el matrimonio no será feliz. La felicidad es imposible si uno de los dos tiene la idea fija de que el otro le será probablemente infiel.

A juzgar por la manera en que la gente busca siempre consejo sobre el amor y el matrimonio, se diría que esta se considera en general la cuestión más importante de la vida. Desde el punto de vista de la psicología individual, sin embargo, no es la cuestión más importante, aunque no haya que menospreciar su importancia. Para la psicología individual ninguna cuestión de la vida es más importante que otra. Si las personas acentúan la cuestión del amor y del matrimonio y le dan una importancia primordial, pierden la armonía de la vida.

Quizá la razón por la que esta cuestión adquiere una importancia tan desmedida en la mente de la gente sea que, a diferencia de otras cuestiones, es un tema sobre el que no recibimos instrucción regular alguna. Recuérdese lo que hemos dicho acerca de las tres grandes cuestiones de la vida. Pues bien, en cuanto a la primera, la cuestión social, que comprende nuestro comportamiento con los demás, se nos enseña desde el primer día de nuestra vida cómo obrar en compañía de otros. Aprendemos estas cosas muy pronto. Del mismo modo, tenemos un aprendizaje regular para nuestras ocupaciones. Tenemos maestros que nos instruyen en estas artes, y tenemos también libros que nos dicen lo que hemos de hacer. Pero ¿dónde están los libros que nos digan cómo prepararnos para el amor y el matrimonio? Hay, sin duda, muchísimos que tratan del amor y del matrimonio. Toda la literatura trata de historias de amor, pero encontraremos pocos libros que traten de matrimonios felices. Como nuestra cultura está tan ligada a la literatura, todo el mundo tiene la atención fija en retratos de hombres y mujeres que están siempre en dificultades. No es de extrañar que la gente se muestre cauta, y más que cauta, ante el matrimonio.

Así ha sido la práctica de la humanidad desde el principio. Si miramos la Biblia, encontraremos allí la historia de que la mujer dio comienzo a todos los males, y de que desde entonces hombres y mujeres han corrido siempre grandes peligros en su vida amorosa. Nuestra educación es sin duda demasiado severa en la dirección que sigue. En lugar de preparar a muchachos y muchachas como para el pecado, sería mucho más sensato educar mejor a las muchachas en el papel femenino y a los muchachos en el papel masculino del matrimonio, pero educarlos a ambos de tal manera que se sintieran iguales.

El hecho de que las mujeres se sientan hoy inferiores prueba que, en este punto concreto, nuestra cultura ha fracasado. Si el lector no está convencido de ello, que observe los afanes de las mujeres. Verá que por lo general quieren superar a los demás y que a menudo se desarrollan y se ejercitan más de lo necesario. Son también más egocéntricas que los hombres. En el futuro habrá que enseñar a las mujeres a desarrollar más sentimiento de comunidad y a no buscar siempre su propio beneficio sin consideración por los demás. Pero para ello debemos desterrar primero la superstición acerca de los privilegios de los hombres.


Tomemos un ejemplo para mostrar lo mal preparadas para el matrimonio que están algunas personas. Un joven bailaba en un baile con una muchacha bonita con la que estaba prometido. Se le cayeron las gafas y, ante el asombro absoluto de los presentes, casi derribó a la joven para recogerlas. Cuando un amigo le preguntó: «¿Qué estabas haciendo?», respondió: «No podía dejar que me rompiera las gafas». Podemos ver que este joven no estaba preparado para el matrimonio. Y, en efecto, la muchacha no se casó con él.

Más adelante acudió al médico y dijo que padecía melancolía, como suele ocurrir con las personas que se interesan demasiado por sí mismas.

Hay mil indicios por los que se puede saber si una persona está o no preparada para el matrimonio. Así, no debe uno fiarse de una persona enamorada que llega tarde a una cita sin una excusa suficiente. Tal conducta revela una actitud vacilante. Es señal de falta de preparación para los problemas de la vida.

Es también señal de falta de preparación que uno de los miembros de una pareja quiera siempre educar al otro o quiera siempre criticarlo. También la susceptibilidad es mala señal, pues es indicio de un complejo de inferioridad. La persona que no tiene amigos y no se trata bien con la gente no está bien preparada para la vida conyugal. Retrasar la elección de una ocupación tampoco es buena señal. Una persona pesimista es poco apta, sin duda porque el pesimismo delata falta de valor para afrontar las situaciones.

A pesar de esta lista de rasgos indeseables, no debería ser tan difícil elegir a la persona adecuada, o, mejor dicho, elegir a una persona con un criterio acertado. No podemos esperar encontrar a la persona ideal. Y, en efecto, si vemos a alguien que busca una persona ideal para casarse y nunca la encuentra, podemos estar seguros de que esa persona padece una actitud vacilante. Esa persona no quiere avanzar en absoluto.

Hay un antiguo método alemán para averiguar si una pareja está preparada para el matrimonio. En los distritos rurales es costumbre dar a la pareja una sierra de dos mangos, para que cada uno sostenga un extremo, y hacerles serrar el tronco de un árbol mientras todos los parientes están alrededor mirando. Ahora bien, serrar un árbol es tarea para dos personas. Cada uno tiene que estar atento a lo que hace el otro y acompasar sus golpes con los del otro. Este método se considera, pues, una buena prueba de aptitud para el matrimonio.

Para concluir, reiteramos nuestra afirmación de que las cuestiones del amor y del matrimonio solo pueden resolverlas personas socialmente adaptadas. En la mayoría de los casos los errores se deben a la falta de sentimiento de comunidad, y estos errores solo pueden evitarse si las personas cambian. El matrimonio es una tarea para dos personas. Ahora bien, es un hecho que se nos educa o bien para tareas que puede realizar una persona sola, o bien para tareas de veinte personas, nunca para una tarea de dos. Pero, pese a nuestra falta de educación, la tarea del matrimonio puede llevarse a cabo debidamente si las dos personas reconocen los errores de su carácter y abordan las cosas con espíritu de igualdad.

Casi no hace falta añadir que la forma más elevada de matrimonio es la monogamia. Hay muchas personas que sostienen, con argumentos seudocientíficos, que la poligamia se adapta mejor a la naturaleza de los seres humanos. Esta conclusión no puede aceptarse, y la razón por la que no puede aceptarse es que en nuestra cultura el amor y el matrimonio son tareas sociales. No nos casamos solo para nuestro bien privado, sino, indirectamente, para el bien social. En último análisis, el matrimonio existe por el bien de la especie.

Capítulo duodécimo: La sexualidad y los problemas sexuales

EN el capítulo anterior tratamos de los problemas normales del amor y del matrimonio. Pasamos ahora a un aspecto más específico de la misma cuestión general: los problemas de la sexualidad y su relación con anomalías reales o imaginarias. Ya hemos visto que, en las cuestiones de la vida amorosa, la mayoría de las personas están peor preparadas y peor educadas que para las demás cuestiones de la vida. Esta conclusión se aplica con más fuerza aún al tema del sexo. En las cuestiones de sexualidad es extraordinario cuántas supersticiones hay que desarraigar.

La superstición más común es la de los caracteres heredados: la creencia de que hay grados de sexualidad que se heredan y que no pueden cambiarse. Sabemos con qué facilidad las cuestiones de herencia pueden usarse como excusas o subterfugios, y cómo estos subterfugios pueden estorbar la mejoría. Es necesario, por tanto, aclarar algunas de las opiniones que se presentan en nombre de la ciencia. El profano medio toma estas opiniones demasiado en serio, pues no se da cuenta de que estos autores dan solo los resultados y no discuten ni el grado de inhibición posible ni la estimulación artificial del instinto sexual que es responsable de esos resultados.


La sexualidad existe muy temprano en la vida. Toda niñera o todo padre que observe con atención puede descubrir, en los primeros días después del nacimiento de un niño, que hay ciertas excitaciones y movimientos sexuales. Sin embargo, esta manifestación de la sexualidad depende mucho más del ambiente de lo que podría esperarse. Y así, cuando un niño empieza a expresarse de este modo, los padres deben encontrar maneras de distraerlo. A menudo emplean medios que no producen la distracción adecuada, y a veces no se dispone de los medios adecuados.

Si un niño no encuentra en una fase temprana las funciones correctas, puede desarrollar naturalmente un mayor deseo de movimientos sexuales. Estas cosas suceden, como hemos visto, con otros órganos del cuerpo, y los órganos sexuales no son una excepción. Pero, si se empieza pronto, es posible educar correctamente al niño.

En general puede decirse que cierta expresión sexual en la infancia es del todo normal, y no debemos, por tanto, aterrarnos al ver movimientos sexuales en un niño. Al fin y al cabo, la meta de cada sexo es unirse finalmente al otro. Nuestra conducta debe ser, pues, la de una espera vigilante. Debemos estar atentos y procurar que la expresión sexual no se desarrolle en la dirección equivocada.

Hay una tendencia a atribuir a una deficiencia heredada lo que en realidad es resultado del propio adiestramiento durante la infancia. A veces este mismo acto de adiestramiento se considera un carácter heredado. Así, si un niño se interesa más por su propio sexo que por el sexo opuesto, esto se considera una incapacidad heredada. Pero sabemos que esta incapacidad es algo que él desarrolla día a día. A veces un niño o un adulto muestra signos de perversión sexual, y también aquí muchas personas creen que la perversión es heredada. Pero, si así fuera, ¿por qué se adiestra esa persona a sí misma? ¿Por qué sueña y ensaya sus actos?

Ciertas personas interrumpen este adiestramiento en un momento dado, y este hecho puede explicarse según los principios de la psicología individual. Están, por ejemplo, los que temen la derrota. Tienen un complejo de inferioridad. O bien pueden llevar el adiestramiento tan lejos que el resultado es un complejo de superioridad, y en un caso de este tipo observaremos un movimiento exagerado que parece una sexualidad sobreacentuada. Tales personas pueden poseer una potencia sexual mayor.

Este tipo de afán puede verse estimulado especialmente por el ambiente. Sabemos cómo las imágenes, los libros, el cine o ciertos tratos sociales tienden a acentuar en exceso este impulso sexual. En nuestro tiempo puede decirse que todo tiende a desarrollar un interés exagerado por el sexo. No hace falta menospreciar la gran importancia de estos impulsos orgánicos y del papel que desempeñan en el amor, en el matrimonio y en la procreación de la humanidad para afirmar que en la actualidad se da al sexo una importancia excesiva.

La exageración de las tendencias sexuales es aquello de lo que más deben guardarse los padres que vigilan a sus hijos. Así, con demasiada frecuencia una madre presta demasiada atención a los primeros movimientos sexuales de la infancia y con ello tiende a hacer que el niño sobrevalore su significado. Quizá se aterra y se ocupa siempre de ese niño, le habla constantemente de estas cosas y lo castiga. Ahora bien, sabemos que a muchos niños les gusta ser el centro de atención, y por eso ocurre con frecuencia que un niño persiste en sus hábitos precisamente porque se le reprende por ellos. Es mejor no sobrevalorar el asunto ante un niño, sino tratarlo como una de las dificultades ordinarias. Si no se muestra a los niños que estas cosas le impresionan a uno, todo resultará mucho más fácil.

A veces hay tradiciones detrás del niño que lo inclinan en una dirección determinada. Puede que la madre no solo sea cariñosa, sino que exprese su cariño con besos, abrazos, etc. Estas cosas no deben exagerarse, aunque muchas madres insisten en que no pueden resistirse a hacerlas. Tales actos, sin embargo, no son un ejemplo de amor materno. Es tratar al niño como a un enemigo más que como al hijo de una madre. Un niño mimado no se desarrolla bien sexualmente.


A este respecto puede señalarse que muchos médicos y psicólogos creen que el desarrollo de la sexualidad es la base del desarrollo de toda la mente y de toda la psique, así como de todos los movimientos físicos. En opinión del autor, esto no es cierto, puesto que toda la forma y todo el desarrollo de la sexualidad dependen de la personalidad: del estilo de vida y del prototipo.

Así, por ejemplo, si sabemos que un niño expresa su sexualidad de cierta manera, o que otro niño la reprime, podemos adivinar lo que les sucederá a ambos en su vida adulta. Si sabemos que el niño quiere siempre ser el centro de atención y conquistar, desarrollará también su sexualidad de modo que pueda conquistar y ser el centro de atención.

Muchas personas creen que son superiores y dominantes cuando expresan su instinto sexual de forma polígama. Tienen, pues, relaciones sexuales con muchas personas, y es fácil ver que acentúan deliberadamente sus deseos y actitudes sexuales por razones psicológicas. Creen que así serán conquistadores. Esto es, desde luego, una ilusión, pero les sirve de compensación de un complejo de inferioridad.

El complejo de inferioridad es el núcleo de las anomalías sexuales. Una persona que padece un complejo de inferioridad busca siempre la salida más fácil. A veces encuentra esta salida más fácil excluyendo la mayor parte de la vida y exagerando su vida sexual.

En los niños encontramos muy a menudo esta tendencia. Por lo general la encontramos en niños que quieren tener ocupados a los demás. Tienen ocupados a sus padres y maestros creando dificultades, y así llevan adelante su afán en el lado inútil de la vida. Más tarde tendrán ocupados a otros con sus tendencias y querrán ser superiores de ese modo. Tales niños crecen confundiendo su deseo sexual con el deseo de conquista y de superioridad. A veces, en el curso de su exclusión de una parte de las posibilidades y de los problemas de la vida, pueden excluir por completo al otro sexo y adiestrarse homosexualmente. Es significativo que entre las personas pervertidas se encuentre a menudo una sexualidad sobreacentuada. De hecho, exageran su tendencia a la perversión como un seguro que les evite tener que afrontar el problema de la vida sexual normal, que desean eludir.

Solo podemos entender todo esto si entendemos su estilo de vida. Tenemos aquí personas que quieren que se les preste mucha atención y que, sin embargo, se creen incapaces de interesar suficientemente al otro sexo. Tienen un complejo de inferioridad respecto del otro sexo, que puede remontarse a la infancia. Por ejemplo, si encontraban el comportamiento de las muchachas de la familia y el de la madre más atractivo que el suyo propio, adquirieron la sensación de que nunca tendrán el poder de interesar a las mujeres. Pueden admirar tanto al sexo opuesto que empiezan a imitar a sus miembros. Así vemos hombres que parecen muchachas, e igualmente muchachas que parecen hombres.

Está el caso de un hombre acusado de sadismo y de actos contra niños, que ilustra bien la formación de las tendencias que hemos tratado. Al indagar en su desarrollo, nos enteramos de que había tenido una madre autoritaria y dominante que lo criticaba siempre. Pese a ello, llegó a ser en la escuela un alumno bueno e inteligente. Pero su madre nunca estaba satisfecha con sus éxitos. Por esta razón quiso excluir a su madre de sus afectos familiares. No se interesaba por ella, sino que se ocupaba de su padre y le tenía gran apego.

Podemos ver cómo un niño así podía llegar a la idea de que las mujeres son severas y criticonas en exceso, y de que el trato con ellas no ha de buscarse por placer, sino solo en caso de gran necesidad. De este modo llegó a excluir al otro sexo. Esta persona, además, era de un tipo conocido que siempre se excita sexualmente cuando tiene miedo. Al padecer angustia y excitarse así, este tipo busca constantemente situaciones en las que no tenga miedo. Más tarde en la vida podría gustarle castigarse o torturarse a sí mismo, o ver torturar a un niño, o incluso imaginarse a sí mismo o a otro torturado. Y, por ser del tipo descrito, tendrá excitación y satisfacciones sexuales en el curso de estas torturas reales o imaginarias.


El caso de este hombre muestra el resultado de una educación equivocada. El hombre nunca comprendió la conexión de sus hábitos, o, si la comprendió, solo la vio cuando ya era demasiado tarde. Desde luego, es muy difícil empezar a educar debidamente a una persona a la edad de 25 o 30 años. El momento oportuno es la primera infancia.

Pero en la infancia las cosas se complican por las relaciones psicológicas con los padres. Es curioso ver cómo una mala educación sexual resulta ser un episodio del conflicto psicológico entre el niño y los padres. Un niño combativo, sobre todo en el período de la adolescencia, puede abusar de la sexualidad con la intención deliberada de herir a los padres. Se sabe de muchachos y muchachas que han tenido relaciones sexuales justo después de una pelea con sus padres. Los hijos recurren a este medio para vengarse de sus padres, particularmente cuando ven que son sensibles en este aspecto. Un niño combativo elegirá casi invariablemente este punto de ataque.

La única manera de evitar tales tácticas es hacer a cada niño responsable de sí mismo, de modo que no crea que lo que está en juego es solo el interés de los padres, sino también el suyo propio.

Además de la influencia del ambiente infantil, tal como se refleja en el estilo de vida, las condiciones políticas y económicas de un país influyen en la sexualidad. Estas condiciones dan origen a un estilo social muy contagioso. Después de la guerra ruso-japonesa y del fracaso de la primera revolución en Rusia, cuando todo el pueblo había perdido la esperanza y la confianza, hubo un gran movimiento de sexualidad conocido como saninismo8. Todos los adultos y adolescentes se vieron arrastrados por este movimiento. Se encuentra una exageración parecida de la sexualidad durante las revoluciones, y es notorio, desde luego, que en tiempo de guerra se recurre mucho a la sensualidad sexual porque la vida parece no valer nada.

Es curioso observar que la policía entiende este uso de la sexualidad como un desahogo psicológico. En Europa al menos, siempre que se comete un crimen, la policía busca por lo general en las casas de prostitución. Allí encuentra al asesino o al criminal que anda buscando. El criminal está allí porque, después de cometer un crimen, se siente sobreexcitado y busca alivio. Quiere convencerse de su fuerza y probar que sigue siendo un ser poderoso y no un alma perdida.


Cierto francés ha observado que el hombre es el único animal que come cuando no tiene hambre, bebe cuando no tiene sed y tiene relaciones sexuales en cualquier momento. El exceso en el instinto sexual está en realidad a la par con el exceso en otros apetitos. Ahora bien, cuando se satisface en exceso cualquier apetito y se desarrolla en exceso cualquier interés, se perturba la armonía de la vida. Los anales de la psicología están llenos de casos de personas que desarrollan intereses o apetitos hasta el punto de que se convierten para ellas en una compulsión. Los casos de los avaros, que exageran la importancia del dinero, son conocidos por el hombre común. Pero están también los casos de personas que piensan que la limpieza lo es todo. Ponen el lavarse por delante de cualquier otra actividad y a veces se lavan todo el día y la mitad de la noche. Luego hay personas que insisten en la importancia primordial de la comida. Comen todo el día, solo se interesan por los comestibles y no hablan más que de comer.

Los casos de exceso sexual son exactamente iguales. Conducen a un desequilibrio de toda la armonía de la actividad. Inevitablemente arrastran todo el estilo de vida hacia el lado inútil.

En la debida educación del instinto sexual, los impulsos sexuales deben uncirse a una meta útil en la que se exprese el conjunto de nuestras actividades. Si la meta está bien elegida, ni la sexualidad ni ninguna otra expresión de la vida estará sobreacentuada.

Por otra parte, si bien todos los apetitos e intereses han de ser controlados y armonizados, hay peligro en la represión completa. Así como en materia de alimentación, cuando una persona lleva la dieta al extremo, sufren su mente y su cuerpo, así también en materia sexual la abstinencia completa no es deseable.

Lo que esta afirmación implica es que en un estilo de vida normal el sexo hallará su expresión adecuada. No quiere decir que podamos vencer las neurosis, que son las marcas de un estilo de vida desequilibrado, por la mera libre expresión sexual. La creencia, tan propagada, de que una libido reprimida es la causa de una neurosis es falsa. Más bien sucede al revés: las personas neuróticas no encuentran su expresión sexual adecuada.

Se encuentran personas a las que se ha aconsejado dar más libre expresión a sus instintos sexuales y que han seguido ese consejo, solo para empeorar su estado. La razón de que las cosas salgan así es que tales personas no consiguen uncir su vida sexual a una meta socialmente útil, que es lo único que puede cambiar su estado neurótico. La expresión del instinto sexual por sí sola no cura la neurosis, porque la neurosis es una enfermedad del estilo de vida, si se nos permite el término, y solo puede curarse atendiendo al estilo de vida.


Para el psicólogo individual todo esto es tan claro que no vacila en recurrir al matrimonio feliz como la única solución satisfactoria de los trastornos sexuales. Un neurótico no ve con buenos ojos semejante solución, porque un neurótico es siempre un cobarde y no está bien preparado para la vida social. Del mismo modo, todas las personas que sobreacentúan la sexualidad, que hablan de poligamia y de matrimonio de compañerismo o de prueba9, tratan de escapar a la solución social del problema sexual. No tienen paciencia para resolver el problema de la adaptación social sobre la base del interés mutuo entre marido y mujer, y sueñan con escapar mediante alguna fórmula nueva. Sin embargo, el camino más difícil es a veces el más directo.

Capítulo decimotercero: Conclusión

ES hora de recapitular los resultados de nuestro examen. El método de la psicología individual (no vacilamos en confesarlo) empieza y termina con el problema de la inferioridad.

La inferioridad, como hemos visto, es la base del afán y del éxito humanos. Por otra parte, el sentimiento de inferioridad es la base de todos nuestros problemas de inadaptación psicológica. Cuando el individuo no encuentra una meta de superioridad concreta y adecuada, se produce un complejo de inferioridad. El complejo de inferioridad lleva al deseo de evadirse, y este deseo de evasión se expresa en un complejo de superioridad, que no es más que una meta situada en el lado inútil y vano de la vida y que ofrece la satisfacción de un éxito falso.

Tal es el mecanismo dinámico de la vida psicológica. Más en concreto, sabemos que los errores en el funcionamiento de la psique son más dañinos en ciertos momentos que en otros. Sabemos que el estilo de vida cristaliza en tendencias formadas en la infancia, en el prototipo que se desarrolla a la edad de cuatro o cinco años. Y, siendo así, todo el peso de la orientación de nuestra vida psicológica recae en una adecuada orientación de la infancia.

En cuanto a la orientación de la infancia, hemos mostrado que el objetivo principal debe ser cultivar un sentimiento de comunidad adecuado, en función del cual puedan cristalizar metas útiles y sanas. Solo educando a los niños para que se integren en el orden social se encauza debidamente el sentimiento universal de inferioridad y se impide que engendre un complejo de inferioridad o de superioridad.

La adaptación social es la otra cara del problema de la inferioridad. Precisamente porque el hombre individual es inferior y débil encontramos a los seres humanos viviendo en sociedad. El sentimiento de comunidad y la cooperación social son, por tanto, la salvación del individuo.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del ejemplar digitalizado por la Digital Library of India en Internet Archive (archive.org, in.ernet.dli.2015.37217), una reimpresión de la Garden City Publishing Company («A Star Book») con la composición y la paginación de la primera edición: Alfred Adler, The Science of Living, Nueva York, Greenberg, 1929, 264 págs., cotejada página a página con las imágenes. Se omite la introducción del editor, Philip Mairet (pp. 9-30), que no es de Adler. Los comentarios p. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español de la primera edición (1929), hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan los capítulos, las divisiones en secciones (marcadas * * * donde el original deja un blanco), las cursivas y la paginación original. Social interest, social feeling, communal feeling y communal sense se traducen siempre «sentimiento de comunidad»; social-mindedness, «espíritu de comunidad»; inferiority complex y superiority complex, «complejo de inferioridad» y «complejo de superioridad»; feeling (sense) of inferiority, «sentimiento de inferioridad»; style of life, «estilo de vida»; goal of superiority, «meta de superioridad»; useful / useless side of life, «lado útil» / «lado inútil de la vida»; old remembrances, «recuerdos antiguos»; pampered child, «niño mimado»; problem child, «niño difícil»; social adjustment, «adaptación social». Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo. Las adiciones del traductor van entre corchetes.

  1. El impreso trae aquí un signo de admiración («expressed!»), seguramente errata por dos puntos o punto y coma. (N. del T.) ↩

  2. En el original, social interests, en plural; se traduce, como siempre social interest, «sentimiento de comunidad». (N. del T.) ↩

  3. Así en el original: se trata del novelista y dramaturgo alemán Gustav Freytag (1816-1895). (N. del T.) ↩

  4. Así en el original («If a person or adult suffers from anxiety»); por el final de la frase («this child or adult») debe entenderse «un niño o un adulto». (N. del T.) ↩

  5. Así, sin acento, en el original: ménage à deux, la vida en común de una pareja. (N. del T.) ↩

  6. William Edward Hickman, que en diciembre de 1927 secuestró y asesinó en Los Ángeles a la niña Marion Parker, de doce años; fue ahorcado en 1928. (N. del T.) ↩

  7. Alusión al razonamiento de Raskólnikov en Crimen y castigo de Dostoievski. (N. del T.) ↩

  8. De Sanin (1907), novela de Mijaíl Artsibáshev cuyo protagonista predica el goce sin trabas de los sentidos; tras la revolución de 1905 dio nombre a una moda de libertinaje entre la juventud rusa. (N. del T.) ↩

  9. Companionate marriage: unión propuesta por el juez estadounidense Ben B. Lindsey en The Companionate Marriage (1927), con control de la natalidad y divorcio de mutuo acuerdo mientras no hubiera hijos; trial marriage, «matrimonio de prueba». (N. del T.) ↩