Carácter y talento

Por Alfred Adler, doctor en medicina

Profesor del Instituto Pedagógico de Viena

Traducido [al inglés] por Walter Béran Wolfe, doctor en medicina

La tesis sostenida por el grupo de pensadores de la psicología conocidos como psicólogos individuales —la tesis de que el talento no se hereda y de que las posibilidades y potencialidades de rendimiento de un individuo no están fijadas— ha caído como una bomba en el campo de los psicólogos académicos de la vieja escuela. La psicología individual ha aportado pruebas de que el talento, la potencialidad, las dotes, los dones especiales no son más que elementos de la estructura de un individuo. Ha mostrado, además, que estos elementos pueden emplearse de maneras diversas, según su relación con la actividad total del individuo.

Los psicólogos individuales se han propuesto comprender la totalidad del individuo antes de considerar los fenómenos parciales de su existencia. Sostienen que un fenómeno parcial, como un talento, un don, una aptitud, solo puede valorarse y comprenderse debidamente cuando antes se conoce y se comprende a fondo el todo. Dicho de otro modo, solo podemos juzgar el rendimiento potencial de un individuo en una situación concreta cuando podemos determinar sus reacciones totales, su patrón de conducta total, su estilo de vida general, su «distancia» respecto de la meta normal de la vida.

Un ejemplo les mostrará lo inútil que resulta, ante un problema real, cualquier punto de vista que no sea el de la psicología individual. Consideremos el caso de un muchacho de trece años que da la impresión general de ser un niño atrasado, mentalmente retrasado y abandonado. No ha hecho los progresos habituales en la escuela, ha tenido que repetir varios cursos y es llevado a una institución social por robos y vagabundeo. Los informes sobre este chico son uniformemente malos. Es irritable, insociable, tiene mala memoria, es incapaz de concentrarse, distraído. Estos informes son el resultado de tests psicológicos y también de la experiencia de sus diversos maestros en el aula. Un estudio más detenido de su carácter y de su historia muestra que durante unos ocho años fue el menor de dos hijos, y que en ese tiempo su madre lo mimó desmesuradamente. Luego nació su hermano menor, y al mismo tiempo sobrevinieron dificultades económicas en la familia, con el resultado de que la madre tuvo que salir de casa para ayudar a ganar el sustento. La consecuencia fue que el chico empezó a recibir mucha menos atención y cariño de los que estaba acostumbrado a recibir.

La escuela, por tanto, lo encontró en una situación completamente nueva. Sus robos se producían sobre todo fuera de su casa; pero todo lo que obtenía robando lo regalaba a otros niños para ganarse su amistad y su afecto. Ya ven con esto que no se pueden sacar conclusiones definitivas cuando se tacha a un niño de «ladrón».

Nos enteramos luego de que este niño se escapaba a menudo de casa cuando su padre era especialmente brutal con él, pero que siempre se las arreglaba para dejar en el umbral un haz de astillas robadas para que su madre cocinara. Hecho esto, pasaba las noches en la calle, durmiendo en callejones o en viejos graneros.

Difícilmente podemos valorar estos «novillos» o esta «delincuencia» según las ideas trilladas. Es bastante evidente que sus robos son algo más que simples robos, y sus novillos algo más que escaparse de la escuela. Y hemos de señalar aquí lo inadecuado que es poner a las acciones de un individuo una etiqueta fija y creer luego que lo hemos comprendido.

Esta «delincuencia» y estos «robos» significan otra cosa. Es como si este chico dijera: «Quiero poner a mis padres en una situación en la que me presten más atención, me quieran más, se compadezcan de mí. La mejor manera de hacerlo es mostrarle a mi madre que me preocupo por sus necesidades».

Me gustaría preguntar si hay alguien que pudiera proponer a un chico así, para quien la actividad normal en el aula parece desesperadamente lejana a causa de su mala preparación para la vida, un método mejor que el que él ha elegido para ganarse el afecto y el cariño de sus padres y de sus compañeros de escuela. Más adelante mostraré por qué esta actividad normal le parece tan irrealizable. Por el momento solo quiero indicar que no podemos llamar a un niño así «delincuente», «criminal» o «atrasado». Si queremos caracterizar a este chico, podríamos decir que es un niño que exige y necesita una cantidad desmesurada de amor materno. Que busque este afecto por un camino asocial, que no le agrada especialmente, se debe a que el acceso normal a su meta le parece efectivamente cerrado por las circunstancias. Los caminos normales hacia el afecto serían la aplicación y el progreso en la escuela, dar satisfacciones a sus padres y maestros mediante la ayuda, la atención al trabajo, etc. Pero ya hemos oído que era un niño mimado. Es característico de todos los niños mimados que no pueden cambiar el patrón de conducta que han desarrollado como consecuencia del mimo. Esa es su tragedia. Un niño ha formado y moldeado su patrón de conducta al final de su tercer año de vida. Después rara vez se produce un cambio en la naturaleza de su carácter por influencias externas. Sobre todo en el caso de un niño con el patrón de conducta del niño mimado. Un niño así nunca aprende de la experiencia. Sus experiencias, buenas y malas, quedan todas asimiladas a su patrón. Toma una experiencia y la retuerce, le da vueltas, la deforma, la remodela hasta que encaja en su esquema predeterminado de las cosas.

Naturalmente, no quiere ir a la escuela, porque el calor y el afecto a los que está acostumbrado los encuentra en mayor abundancia en casa. En consecuencia, llega a la escuela el primer día contra su voluntad y resistiéndose a todo intento de enseñanza. Sus maestros dirán que es distraído, que le falta concentración, que sueña despierto, que estropea los juegos de los otros niños, que no puede concentrarse, que tiene mala memoria. Todo esto se explica cuando sabemos que tiene en la vida una meta completamente distinta de la de un escolar normal. La verdad es que nuestro chico se encuentra en una situación nueva para la que nunca fue preparado adecuadamente. Y en esta situación se produce la tragedia del niño consentido. ¡Siempre tiene razón! Como no juega el juego de la escuela, la escuela se convierte para él en un lugar muy desagradable. Para colmo, ahora encuentra también desagradable su casa. Las malas notas ponen a su madre en contra de él. Ya no le muestra su amor y su afecto en la misma medida que antes. El niño culpa a la escuela de su desgracia en casa, pero no cambia su estilo de vida. Amor y afecto tiene que tenerlos. Los busca en otros lugares y con otros medios.

Basta con nuestro ejemplo. Demuestra con toda sencillez que, cuando alguien caracteriza a un individuo por un rasgo de carácter determinado, en realidad no sabemos nada de él. Estamos más o menos en la situación de un músico al que se le pide su opinión sobre una sinfonía después de oír tres acordes. Pero si el músico conoce la historia de la música y se le toca una melodía sencilla, podrá decir: «¡Eso es Bach!», o «¡Eso es Wagner!». No podemos juzgar una personalidad si no tenemos su motivo dominante, si no la comprendemos como una totalidad.

II

Los psicólogos individuales han mostrado también que el desarrollo de una personalidad no puede predecirse a partir de los fenómenos de la herencia física. Los instrumentos heredados con los que libramos la batalla de la vida son muy variados. Pero lo importante es cómo usamos esos instrumentos.

Nunca podemos saber qué acciones caracterizarán a un hombre si solo sabemos de dónde viene. Pero si sabemos adónde va, podemos predecir sus pasos y sus movimientos hacia su objetivo. Por eso hemos encontrado que el concepto de la consecución de una meta, de la adecuación a una meta, es el esencial para comprender la conducta humana.

En el caso de nuestro chico, sabiendo que su propósito en la vida es conseguir calor y afecto, podemos comprender los medios que elegirá para ese fin. Y sabemos también cuál ha de ser nuestro enfoque terapéutico, pues comprendemos la tragedia de la vida de este niño. Supongamos, por ejemplo, que pudiéramos descubrir que el padre y el abuelo de este niño fueron también ladrones. Eso no sería en modo alguno responsable de la actividad de este chico en particular. Desde luego, es interesante saber por qué precisamente el chico habría de elegir el robo como medio para ganarse amor y afecto. Este punto debe aclararse para descartar una posible influencia hereditaria. Pero también aclararemos este punto.

En los recuerdos más tempranos de la infancia encontramos a menudo la clave de las actividades posteriores. Entre los recuerdos más tempranos de este chico está el siguiente: recuerda que presenció el incendio de un camión de reparto. Los hombres del camión arrojaron a la calle muchas pelotas de goma para salvarlas del fuego. Niños y adultos que se habían reunido alrededor del camión en llamas se apoderaron de esas pelotas como del botín reconocido de los espectadores. Nadie parecía tener el menor escrúpulo en servirse de aquella propiedad. Este recuerdo le sirvió al chico de modelo, de entrenamiento, si se quiere, para su futura carrera de ladrón. Descubrió que había, por así decir, circunstancias atenuantes incluso en el robo. Más tarde, cuando el desarrollo normal de un niño le pareció cerrado, eligió el camino hacia el enriquecimiento y el poder para el que esta escena lo había preparado.

Una palabra ahora sobre su desarrollo en la escuela. En el jardín de infancia las cosas fueron bastante bien. Tenía una maestra muy tierna y cariñosa, que no se diferenciaba mucho de su madre. Pero en los primeros cursos de primaria se encontró con un maestro muy estricto y severo, y en seguida se encerró en sí mismo, fracasó miserablemente en clase y se entregó, como protesta, a la conducta antes mencionada.

La gran mayoría de nuestros adversarios sostienen la teoría de que los factores realmente importantes en el desarrollo de un carácter o de una personalidad son hereditarios y congénitos. Estos adversarios procuran siempre mostrar que las «tendencias» posteriores del desarrollo modifican el resultado. En apoyo de esta teoría hacen a menudo observaciones muy agudas, como, por ejemplo, Kretschmar1 y su escuela. No negamos los hallazgos de Kretschmar; de hecho, los anticipamos hace mucho tiempo, cuando afirmamos que, si un individuo empieza mal en la vida a causa de defectos congénitos o de anomalías hereditarias, hace falta un ambiente extraordinariamente benéfico para impedir que desarrolle un estilo de vida deformado. A falta de esta influencia benéfica de un ambiente favorable, el individuo adopta un patrón de conducta falso y malsano que encaja perfectamente con su físico defectuosamente desarrollado, con sus glándulas endocrinas insuficientes, con su hábito enfermizo. Es como un hombre en una pendiente resbaladiza: si se cae y se tuerce el tobillo, no es de extrañar. Pero extrañarse no basta. Tenemos que intentar mantenerlo en pie, y eso es, de hecho, lo que hemos conseguido.

III

Lo que he dicho del desarrollo del carácter vale también para la cuestión del talento. Al tratar esta cuestión dejo fuera a aquellos individuos cuyo equipamiento es tan lamentablemente insuficiente que apenas entran en consideración. Me refiero a los idiotas e imbéciles congénitos, cuyo estado se debe realmente a un fallo del desarrollo orgánico, a defectos enormes de la sustancia nerviosa misma de su cerebro.

Queda, sin embargo, la gran mayoría de niños y adultos, que tienen los materiales pero no los han desarrollado plenamente. ¿Es absolutamente imposible que tales personas rindan bien con herramientas relativamente pobres? En los primeros tiempos del género humano, ¿no hubo realizaciones comparables con las nuestras de hoy, aunque nuestros antepasados carecieran de nuestra técnica desarrollada y trabajaran con instrumentos pobres? ¿Somos capaces de imitar hoy lo que los antiguos artesanos de los gremios lograban con herramientas relativamente pobres? ¡Claro que sí!

Y aquí volvemos al problema de las facultades y talentos hereditarios. Y de nuevo he de negar que la herencia tenga mucho que ver con la realización o el rendimiento. No es cierto que con la herencia esté dicha la última palabra, que los cromosomas sean determinantes inexorables del genio posterior. De hecho, es probable que un organismo dotado de órganos deficientes, de herramientas insuficientes, desarrolle realmente una técnica mejor y más ingeniosa para combatir los rigores de su ambiente. Un organismo así prestará mucha atención al detalle, ideará «atajos» más certeros, se someterá a un entrenamiento más intenso. Esto nos lleva a la conclusión sorprendente, aterradora, de la realidad: las grandes realizaciones, los logros que de verdad valen la pena, han sido obra de individuos cuyo equipamiento era pobre.

Los individuos normales con órganos normales abordan las adaptaciones normales de la vida cotidiana con mayor ecuanimidad, ya que cumplir esas tareas parece estar fácilmente a su alcance. Les falta la tremenda tensión característica del individuo que ve menos claro que su prójimo, o del zurdo obligado a trabajar con su mano derecha, más débil y peor coordinada. El individuo normal no busca trucos ni juegos de manos, porque puede adaptarse sin trucos ni juegos de manos. Intenten clavar un clavo con un martillo. El martillo casi lo hace solo, porque es un instrumento eficaz. ¡Pero intenten clavar ese mismo clavo con unas tijeras o con una navaja! Ahora necesitan trucos y juegos de manos, y un refinamiento de la técnica, para lograr el mismo resultado que con un martillo se obtiene fácilmente.

Hemos de llegar a la conclusión de que una de las mayores ventajas para un individuo es nacer con órganos defectuosos. Esa es la conclusión a la que llegamos cuando consideramos la cuestión de la herencia de manera puramente objetiva, digan lo que digan la gran mayoría de los psicólogos, de los médicos y de los profanos. El profano medio cree que lleva consigo su futuro a la vida, como los dientes de leche: una cantidad dada de capacidad creadora que no hay más que desempaquetar, por así decir, para hacer de él un zoquete o un genio. Esta superstición está en la base de la premisa que tantos investigadores emplean cuando dicen: «Veamos hasta dónde ha desarrollado este individuo su talento innato».

Constantemente oímos decir: «¡Sí, a todo ser humano le es dada una cantidad determinada de talento!». Pero esto no es cierto. Lo que ocurre es esto: hay una constante humana determinada de talento y de potencialidad, pero esa constante se mantiene solo mientras no se hace ningún esfuerzo por desarrollarla y entrenarla. El chico del que hablé al comienzo de este artículo pertenecía sin duda a los «sin talento». Había tenido que repetir dos cursos cuando llegó al quinto. Tras el tratamiento se convirtió en el mejor alumno de su clase. El psicólogo de la vieja escuela replicará: «Sí, tenía un talento latente». Eso es precisamente lo que quiero decir. Todo el mundo tiene un talento latente.

Citaré varios ejemplos de nuestra experiencia con niños llamados «sin talento» que desarrollaron un «talento» notable. Este desarrollo, sin embargo, no se produce por arte de magia ni de la noche a la mañana. Elijo como ilustración algunos de los casos fáciles, pero no deben creer que sea siempre tan sencillo hacer de un niño atrasado un alumno brillante. A veces se consigue con facilidad; a menudo requiere un gran esfuerzo y una paciencia aún mayor. Al final, sin embargo, siempre es mejor poder decir que un chico tiene talento porque se le entrenó como es debido, y dándole ánimos, para superar un defecto, y que otro chico no tiene talento porque se cometió tal o cual error en su educación.

Si prescindimos por un momento de la actividad profesional y examinamos, en cambio, detalles muy pequeños de la actividad infantil, es como mejor podemos ver el desarrollo del talento. Tomemos, por ejemplo, a una niña de tres años que intenta coser vestidos para sus muñecas. Da unas cuantas puntadas que desde luego distan mucho de ser obras de arte, y su madre se acerca y le dice: «¿Sabes que es un comienzo muy bueno? Si das unas cuantas puntadas más como esta» (enseñándole a la niña), «¡tendrás una muñeca preciosamente vestida!». Una madre así, al animar a la niña en sus esfuerzos, al darle nuevos terrenos que conquistar, al apelar a su capacidad de hacer más, está preparando el camino para un «talento». Comparemos con otra madre cuya hija de tres años da las mismas puntadas torpes en un vestido de muñeca y recibe esta respuesta: «¡Por el amor de Dios, deja esa aguja! ¡Solo vas a pincharte! ¡Las niñas pequeñas no saben coser vestidos de muñeca!». En el primer caso, la niña se ve animada a encontrar nuevas combinaciones, nuevos colores, nuevos modelos, y desarrolla su técnica porque sus esfuerzos encuentran aliento y aplauso. La segunda niña pierde todo deseo de una actividad en la que su torpeza se le presenta como motivo de vergüenza y de castigo. La primera desarrolla un talento. La segunda se quejará toda su vida: «¡No tengo absolutamente ningún talento para la costura!».

Una niña de ocho años vino a la consulta, llorando, con su madre. Esta explicó que la niña no hacía progresos en la escuela. Había venido del campo con excelentes notas, tras terminar el tercer curso. La pusieron en cuarto en una escuela de la ciudad, suspendió, la bajaron a tercero, volvió a suspender, finalmente la bajaron a segundo, y allí iba muy mal. La disparidad entre las excelentes notas anteriores y las malas notas actuales era muy marcada. Desde el punto de vista de la psicología individual, el cambio de notas no representaba un cambio de talento, sino la sustitución de un buen ambiente por uno malo.

La investigación de la vida de la niña reveló que hasta hacía pocos meses había vivido en el campo con unos padres de acogida. La madre se había divorciado de su marido y, mientras intentaba ganarse la vida trabajando en la ciudad, había mandado a su hija al campo. Ahora que había conseguido establecerse económicamente, se había traído a la niña a vivir con ella.

Desde nuestro punto de vista, esto equivale a un experimento psicológico, y el experimento, en este caso, había fracasado. Las razones del fracaso de la niña no son difíciles de encontrar. Podemos imaginar que esta niña, que vivía en el campo con sus padres de acogida, esperaba que la vuelta con su madre sería algo así como una entrada triunfal en un Edén prometido. Esperaba que su madre fuera la apoteosis de la belleza, de la bondad, de la dulzura. Una pregunta nos da la pista. Pregunto: «¿Te gustaba estar en el campo con tus padres de acogida?». La niña contesta: «Sí. Eran muy buenos conmigo, me trataban como a su propia hija y me compraban juguetes bonitos».

Ahora pregunto a la madre: «¿Cómo recibió usted a la niña y cómo la trata?». La madre contesta: «He tenido una vida muy triste con mi marido. Era un borracho habitual, y temía que la niña hubiera heredado sus malas inclinaciones, así que he procurado educarla con mucha severidad e impedir, si es posible, que caiga también sobre ella la maldición de la bebida». «¿Y cómo lo hace?», pregunto. «¿Cómo se educa a un niño para impedir que se manifieste la maldición de la bebida?». La madre responde: «Hay que ser muy estricto y severo con la niña; no dejarla jugar con niños malos, criticar todas sus faltas, castigar todas sus mentiras y sus fallos morales».

Pónganse ahora en el lugar de la niña. ¡Esta es la tierra prometida, esta es la madre de la que se espera la bondad de un ángel, la belleza del amor materno! Y la madre resulta ser una especie de bruja vengadora, regañona, angustiada, criticona y castigadora.

Llevo aparte a la madre y le digo que quizá en otras circunstancias su conducta sería aconsejable, pero que en este caso tal vez sería mejor que intentara ganarse a la niña con amor y afecto. «Yo, en su lugar», le digo a la madre, «llegaría hasta reconocer ante la niña que me he equivocado, que tenía buena intención pero he seguido un mal método, y que ahora deseo que nos reconciliemos, intentar olvidar el pasado y hacerlo mejor en el futuro. Sé que no seguirá usted mi consejo del todo, porque una madre necesita mucho valor para reconocer un error ante su hija, pero al menos puede probar con el amor y el afecto».

Esta madre, sin embargo, sí tuvo el valor. «Haré exactamente lo que haría usted», dijo. Madre e hija se reconciliaron ante mis ojos, entre lágrimas y sollozos ceremoniosos. Catorce días después, madre e hija volvieron. El cuadro era completamente distinto. Las dos reían, las dos eran felices. La niña era la primera de su clase en tercero y traía una nota de la maestra que decía que debía de haber ocurrido un milagro.

Tenemos el historial de varios casos semejantes. No quiero cansar a mis lectores con los casos más complicados, pero son precisamente estos casos más complicados los que llegan a nuestras manos como psiquiatras. Son los casos de pacientes cuya personalidad ha naufragado por completo contra los escollos de los prejuicios de alguien y que fueron mal educados en su infancia. O bien el individuo cree que no tiene ningún talento y que no vale nada, o bien, como sucede con frecuencia, el individuo o sus parientes creen que tiene un enorme talento, pero el talento no aparece porque el individuo es «¡tan nervioso!».

Hay cientos de individuos así, que se ven obligados a vivir una vida de enfermedad y de «nerviosidad» para que su «talento» (que en su fuero interno temen que no exista) no salga a la superficie. Ya ven el daño que esta concepción del «talento» puede causar en una vida. La paradoja es que el hombre mal equipado, el hombre que sale por detrás de la línea, tiene la mayor ventaja. El progreso y el logro solo resultan de la conquista de las dificultades. Quien vence las dificultades gana.

La cuestión del talento, sobre todo en América, Inglaterra y Alemania, donde la necesidad de técnicos formados es grande, ha adquirido tal importancia que hoy en día se somete a tests a niños a medio crecer para averiguar su «talento» para alguna profesión adulta. Es mi deber señalar el hecho de que los psicólogos experimentales más expertos y mejor formados hacen todos informes tímidos y poco convincentes sobre los tests de aptitud. Todos sus experimentos indican que no puede emitirse ningún juicio bien definido y real sobre el «talento» de un individuo para una tarea determinada. Todos coinciden en que la realidad es muy distinta de los tests, y en que al final hay que adoptar la postura de que el hombre medio puede realizar la tarea media. El verdadero enigma empieza donde encontramos a un individuo que no puede pasar los tests.

IV

Lo que la ciencia ha designado como defectos orgánicos es un fenómeno muy general. Nadie ha visto jamás a un niño normal, y en todo el mundo se puede encontrar algún tipo de defecto orgánico. Lo importante es la sensación de defecto que el niño experimenta porque tiene un órgano insuficiente y, más en particular, lo que dice de su defecto el ambiente del niño. Hay familias que creen que sus hijos están enfermos si no pesan el doble que los niños normales. Como resultado, un niño perfectamente normal crece en una atmósfera de enfermo crónico. Hemos visto a muchos niños que han crecido con la idea de que tenían el corazón débil. Aunque no podía descubrirse ninguna lesión cardiaca, estos individuos no podían correr ni hacer ejercicio, y rehuían todo esfuerzo. Su angustia y su cuidado por preservarse de toda excitación sobrepasaban los límites de toda razón, y la tendencia a guardarse y protegerse como si fueran de porcelana frágil persistía mucho después de haber descubierto que estaban completamente sanos y eran tan capaces de trabajar como cualquiera. Se habían preparado un lecho blando en la vida y no querían dejarlo. Pero, de hecho, encontramos a muchos niños que sufren defectos orgánicos, sobre todo de los órganos de los sentidos. Y sabemos bien que tales individuos sufren en la vida mucho más que los niños normales. Experimentan con más intensidad las deficiencias de su cuerpo, por ejemplo un aparato digestivo débil, una piel mala, una vista deficiente; y sienten una cierta presión que, en circunstancias normales, se convertiría en una atención mayor, un entrenamiento mayor, una técnica mejor para vencer sus dificultades.

Probablemente todos los poetas pertenecen a esta clase. Goethe y Schiller tenían mala vista, y el poeta alemán Gustav Freytag escribe en su diario que a los catorce años podía imaginar mejor que ver, pues su ignorante padre se negaba a dejarle llevar gafas.2 El defecto orgánico da a menudo dirección a la actividad total del individuo.

En circunstancias desfavorables, un defecto orgánico se compensa de manera inútil. En tales casos tenemos niños difíciles, niños criminales, niños neuróticos. Puede afirmarse con certeza que, dondequiera que veamos a un niño ocupado en una conducta inútil, criminal o neurótica, es porque se ha sentido «sin talento» para la actividad normal que exige nuestro mundo. He aquí otra faceta del difícil problema del «talento». Como ven, los tópicos con los que otros psicólogos dan por terminado su trabajo siguen siendo para los psicólogos individuales el reto de empezar a hacer algo al respecto. Un chico se entera de que no tiene talento para las matemáticas y se encuentra en un grupo de chicos semejantes que han sido tachados del mismo modo. O una chica se encuentra en un grupo que «no puede aprender latín». Estos individuos nos plantean un problema muy delicado, porque, si no podemos demostrarles lo contrario, sostienen que tienen razón, que no tienen talento o que solo lo tienen hasta cierto punto.

Una de las mayores aportaciones de la psicología individual ha consistido en descubrir que no hace falta una deformidad o una inferioridad orgánica real para que un niño se considere en desventaja desde la salida. La sensación de presión que he descrito como algo que aparece ante la presencia real de inferioridades orgánicas puede aparecer también ante dificultades puramente sociales, o como resultado de la posición del niño en la constelación familiar. Dicho de otro modo, un niño con un aparato digestivo normal pero con mala alimentación puede adoptar un patrón de conducta semejante al de un niño con un estómago malformado.

Es posible cargar a un niño perfectamente normal con una presión tan grande que se sienta incapaz de hacerle frente. Esto explica el hecho que ha sido la espina clavada de otros psicólogos, a saber, que de vez en cuando se encuentra a un individuo con órganos perfectos, con buena herencia y de buena familia que, sin embargo, no tiene talento, es incapaz, rinde poco: la proverbial oveja negra. Hemos establecido que esto se debe por entero al cuadro relativo, al contexto en el que se encuentra el niño, y que el destino ciego de su patrón de conducta quedó fijado en relaciones anteriores.

Del mismo modo, en los niños educados sin amor ni afecto encontramos un patrón de conducta característico. Pertenece a esta categoría el número increíblemente grande de hijos ilegítimos a los que nuestra sociedad lleva de acá para allá. Pero un niño no necesita ser ilegítimo para crecer con la idea de que se le odia. El niño consentido llega tarde o temprano a la misma conclusión. Un niño consentido en una situación en la que no recibe el amor y el afecto acostumbrados muestra todas las reacciones de un niño odiado. Esto se hace especialmente evidente en el caso de los primogénitos a los que siguen otros hijos. Puede que los padres no cambien realmente su actitud hacia el primogénito, pero este interpreta la presencia del segundo como un insulto a su prestigio. Se considera un monarca destronado y actúa en consecuencia, haciendo todo lo posible por recuperar su poder perdido. La sospecha, el odio, la envidia del rival son las consecuencias naturales. Este tipo es especialmente frecuente entre los primogénitos.

En este punto quiero acabar con otra superstición. Se cree generalmente que los niños que crecen en el mismo hogar pasan por las mismas influencias ambientales. Es una falacia. La tensión, el contexto relativo es todo lo distinto que cabe para cada individuo. Ningún otro niño vive nunca la misma situación que vive un primogénito. Todos los demás niños tienen siempre alguien que les marca el paso. El primogénito ocupa siempre durante un tiempo el centro de atención de la familia. Pongan a un niño en el centro de atención, acentúen fuertemente la situación, y construirán un patrón de conducta inconfundible. Será el estilo de vida en el que uno aspira siempre al centro del escenario, en el que siempre hay que ocupar el puesto principal. Muy distinto es el segundo. Dirige todas sus energías a hacer caer al poder de su trono. Siempre está bajo presión, siempre en movimiento; siempre busca atajos hacia el poder. No digo que todo primogénito y todo segundón tengan que seguir este patrón; pero estamos más acostumbrados a encontrar estas reacciones en estas situaciones.

V

Si he dado ahora una breve prueba de la influencia del ambiente en la determinación de las capacidades y talentos sociales y profesionales de un individuo, de su preparación o falta de preparación para la solución de los problemas de la vida, ¿qué queda de esa cantidad mística que estamos acostumbrados a llamar solemnemente talento? ¿Dónde está esa cosa alquímica que los psicólogos quieren pesar y valorar con instrumentos científicos? Nuestro problema es muy otro: hacer individuos con talento de individuos sin talento.

La escuela de pensamiento opuesta ha naufragado siempre. Dondequiera que se ha intentado fomentar a los llamados individuos con talento, no se ha llegado a buen fin. Las escuelas para alumnos con talento, «por encima de la media» según los tests psicológicos, esconden la cabeza avergonzadas por sus pobres resultados. ¿Y las clases para niños con talento y sin talento? He comprobado siempre, sobre todo en Viena, que las clases para niños con talento se componían en su mayoría de individuos relativamente bien alimentados de las clases acomodadas, mientras que en las clases de los sin talento se encontraban los niños mal alimentados y mal vestidos del proletariado. Binet, el padre de los tests psicológicos, hizo el mismo descubrimiento. Ya al comienzo de sus investigaciones llamó la atención sobre el hecho notable de que había una relación constante entre el talento y el peso corporal. No debe sorprendernos esta relación constante. Pero no es en absoluto una relación de causa y efecto.

Los elementos que los psicólogos individuales han encontrado más necesarios para que un niño llegue a ser un ser social útil son una buena relación con el resto de la humanidad y el sentimiento de que es igual a los demás niños. El entrenamiento en el sentimiento de comunidad debería empezar en los primeros años y continuar a lo largo de la vida. El valor y la conciencia de la propia fuerza y de la igualdad deberían fomentarse siempre que sea posible. Si se hace así, encontramos un individuo siempre en el lado útil de la vida, que muestra la personalidad de un hombre o una mujer valiosos, valientes y con espíritu de comunidad.

Roben a este niño su valor y el sentimiento de que tiene las mismas oportunidades, y frustrarán su desarrollo. El coco del talento es uno de los medios más eficaces de poner límites al desarrollo de un niño. Si le dicen a un niño a la ligera que no tiene talento, y luego resulta que no lo tiene, eso no prueba que tuvieran razón. ¡Ustedes lo «fijaron»! Y no deben extrañarse de sus malos resultados. Un daño semejante puede hacerse al individuo llamado «con talento». Sometiéndolo constantemente a pruebas de su destreza, por lo general inútiles, se corre el riesgo de dañar seriamente su confianza en sí mismo y su autoestima. En todo caso, se desarrollará forzosamente una ambición patológica, y lo probable es que este individuo con talento tenga pronto que esconderse tras una cortina de humo de «nerviosidad» para defenderse de inútiles pruebas de sus fuerzas.

El valor, que es la base del talento, tiene que combinarse con un entrenamiento adecuado. Muchos individuos aparentemente sin talento están simplemente mal entrenados. Sus menores acciones llevan las inhibiciones de esta técnica inadecuada. Sabemos que hay individuos que andan mal, que no tienen talento para hablar, y desde luego otros que parecen no tener talento para estudiar, o para razonar o pensar, o para leer libros. Es simplemente cuestión de encontrar la técnica adecuada.

Recurramos a la biografía de Carlomagno y leamos las divertidas palabras de su biógrafo: «Aunque Carlomagno intentó con todas sus fuerzas aprender a leer y escribir, nunca lo consiguió, porque evidentemente no tenía talento para ello».3 Pero desde los tiempos de Pestalozzi ya no hace falta tener talento para leer y escribir: ¡todo niño puede hacerlo!

Una comprensión creciente de la técnica y del entrenamiento abrirá sin duda nuevos campos a los antes «sin talento», y profetizo que dentro de no muchos años la ilusión del «talento» desaparecerá en el limbo de la brujería, del mal de ojo y de los hechizos. Si pudiéramos desarrollar mejor la técnica de la enseñanza de la composición, podríamos hacer de cualquiera un compositor medianamente aceptable. Esto suena a herejía a los compositores, al genio musical. Pero no tengo más que recordarles que, cuando la madre de Beethoven estaba embarazada de él, su padre dijo: «¡Si es un chico, será un segundo Mozart!». Podemos decir que acertó, que el chico tenía las dotes apropiadas. Pero ¿cuál era el rasgo más sobresaliente de Beethoven? Un defecto orgánico hereditario. La otosclerosis, una enfermedad hereditaria de los huesecillos del oído que produce una sordera grave hacia los veinte años.4 ¿Qué le habría dicho al joven Beethoven uno de nuestros modernos psicólogos de la orientación profesional? ¿Le habría pronosticado talento como músico? Desde luego que no. Habría hecho de él un vendedor de zapatos, le habría aconsejado que dejara la música por completo. Y si Beethoven hubiera seguido su consejo y se hubiera hecho vendedor de zapatos, el psicólogo de la orientación profesional habría sostenido que tenía razón. ¡En él no se habría desarrollado ningún genio musical!


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del ejemplar digitalizado en archive.org: Alfred Adler, «Character and Talent», trad. de Walter Béran Wolfe, Harper's Monthly Magazine (Nueva York) 155, junio de 1927, págs. 64-72. No se conoce el original alemán del que traduce Wolfe. Los comentarios p. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español de la versión inglesa, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en secciones numeradas, las cursivas y la paginación original. Social feeling se traduce «sentimiento de comunidad», style of life «estilo de vida», petted / spoiled child «niño consentido» / «niño mimado» y behavior pattern «patrón de conducta», según el glosario del archivo. Las adiciones del traductor van entre corchetes.

  1. Ernst Kretschmer (1888-1964), psiquiatra alemán, autor de Körperbau und Charakter [Constitución física y carácter] (1921), sobre la relación entre los tipos corporales y el temperamento. La traducción inglesa escribe «Kretschmar». (N. del T.) ↩

  2. Gustav Freytag (1816-1895), novelista y dramaturgo alemán; el episodio procede de sus Erinnerungen aus meinem Leben [Recuerdos de mi vida] (1887), que el texto llama «diario». (N. del T.) ↩

  3. La anécdota procede de la Vita Karoli Magni de Eginardo (cap. 25), que cuenta que Carlomagno se esforzó tarde y con poco éxito por aprender a escribir. (N. del T.) ↩

  4. Así en el texto; la sordera de Beethoven empezó a manifestarse hacia los veintiséis o veintiocho años, y su causa sigue discutiéndose. (N. del T.) ↩