Conducta de vida acertada1
Ensayos populares sobre la educación del hombre
según los principios de la psicología individual
Editados por Sofie Lazarsfeld

Las relaciones amorosas y sus perturbaciones

Por
el Dr. Alfred Adler

[Viñeta del editor: cabeza de mujer con las iniciales MP]

1926
Viena y Leipzig
Verlag von Moritz Perles
Viena, I., Seilergasse 4.

Reservados todos los derechos, incluido el de traducción a lenguas extranjeras.

Brüder Hollinek, Viena, III, Steingasse 25.

Para conocer del todo a un hombre es necesario comprenderlo también en sus relaciones amorosas... Tenemos que poder decir de él si se comporta de manera acertada o desacertada en los asuntos del amor; tenemos que poder establecer por qué en un caso es apto y en otro no lo es o no lo sería. Entonces se nos plantea por sí sola la tarea siguiente: cómo podríamos arreglárnoslas para evitar fracasos en las relaciones amorosas. Si se piensa que de la solución del problema del amor y del matrimonio depende quizá la mayor parte de la felicidad humana, se nos hace evidente en el acto que tenemos ante nosotros un conjunto de cuestiones de la mayor gravedad.

Al discutir estas cuestiones surge una dificultad ya desde el principio; la mayoría la formula enseguida. Los hombres, se dice, no son todos iguales, y quizá dos personas habrían podido ser más felices en otras circunstancias, si, por ejemplo, cada una hubiera encontrado otra pareja. Admitimos de buen grado esta posibilidad; pero no dice otra cosa sino que los afectados han hecho una mala elección. Tanto si el fracaso en el problema del amor ha de buscarse en la elección mala, equivocada, como si consideramos casos en que alguien habría fracasado en el problema del amor en cualquier circunstancia, porque tenía que fracasar por razones más profundas, en muchos casos el conocimiento del alma humana y de sus fuerzas motrices podrá preservarnos de fracasos.

La cuestión de las relaciones amorosas es una cuestión parcial de la vida humana. Solo es posible comprenderla si tenemos en cuenta su relación con todas las demás cuestiones de la vida. La vida nos plantea tres grandes complejos de tareas, de cuya solución dependen nuestro porvenir y nuestra felicidad.

La primera tarea vital es la tarea social en el sentido más amplio. La vida exige de cada uno un comportamiento determinado y la mayor capacidad de contacto posible con el prójimo,2 un comportamiento determinado dentro de la familia y una formulación de su actitud social. No es indiferente para el destino de un hombre en qué dirección se fija, por ejemplo, un orden social como meta orientadora, hasta qué punto piensa en sus actos en el propio bien y hasta qué punto en el bien de los demás. Su elección íntima es a menudo difícil de descubrir en sus decisiones externas; a menudo no se decide en absoluto en cuestiones que exigen tomar posición social, y a menudo su punto de vista ha de entenderse en un sentido distinto del que aparenta por fuera. Algo semejante vale para la toma de posición política. Rara vez se encuentran personas satisfechas con su partido, y muy a menudo, en cambio, personas a las que en realidad uno adscribiría a otro partido. Siempre desempeña el papel más importante su comportamiento con la comunidad humana, su comportamiento con el prójimo en el sentido más amplio, y no lo que él u otros piensen de ello.

Otra tarea vital que espera nuestra solución es la cuestión de la profesión, es decir, la manera en que uno quiere poner sus fuerzas al servicio de la colectividad. La solución de esta cuestión ilumina con extraordinaria nitidez el ser de un hombre. Si oímos, por ejemplo, que a un joven le repugna toda profesión, no lo tendremos por el momento por un semejante adecuado, ya sea porque todavía no está maduro para la sociedad, ya porque sin enseñanza no llegará a madurar por sí mismo. A la elección de una profesión conducen nexos inconscientes que intervienen en la inmensa mayoría de los hombres. Estos nexos son inconscientes porque nadie, al abrazar una profesión, piensa que ha dado un paso en provecho de la colectividad, que se ha buscado un lugar en la división general del trabajo. Desde luego, importa además cómo se desempeña en su profesión. Hay, en efecto, personas que llegan a elegir una profesión, pero que fracasan dentro de ella o reconocen al cabo de un tiempo que en realidad deberían haber sido otra cosa. De un cambio frecuente de profesión concluiremos que tenemos ante nosotros a personas que en realidad no querrían tener ninguna profesión, que se creen quizá demasiado buenas, es decir, demasiado malas, para cualquier profesión y solo hacen como si siguieran la marcha.

La tercera cuestión de la vida que todo hombre tiene que resolver es la cuestión del amor y del matrimonio, que queremos considerar aquí en particular. En esta cuestión el niño va entrando poco a poco. Todo su entorno está lleno de relaciones amorosas y conyugales. No puede desconocerse que el niño intenta ya en sus primerísimos años tomar posición ante esta cuestión y darse una orientación. Lo que de este hecho oímos en palabras no es decisivo, pues en cuanto se llega a hablar de cuestiones amorosas, a menudo se apodera de él una timidez enorme. Hay niños que declaran de manera tajante que no pueden hablar de este tema. Hay niños muy apegados a sus padres que, sin embargo, no consiguen ser cariñosos con ellos. Un niño de cuatro años respondía con golpes en la cara a los besos que se le querían dar, porque el sentimiento de una emoción tierna le resultaba inquietante, le parecía angustioso y hasta humillante. También al echar una mirada retrospectiva a nuestra propia vida no podrá escapársenos que toda emoción de ternura va acompañada de una especie de pudor y de la impresión de que con ello uno se volvería más débil o perdería valor. Esto es muy curioso y requiere una explicación. Crecemos en un estado de ánimo como si una emoción tierna fuera una vergüenza. Este estado de ánimo concuerda con la orientación unitaria de nuestra cultura hacia un ideal masculino. En consecuencia, nuestros niños son educados continuamente en la escuela, en la literatura y en todo su entorno en el sentido de ver en el amor una especie de falta de virilidad, y a veces también lo expresan claramente. Algunos llegan tan lejos en esto que se puede hablar de ellos como de personas que rehúyen los sentimientos.

Las primeras emociones de ternura del niño se manifiestan muy temprano. Del desarrollo de las mismas podemos establecer con mucha facilidad que todas ellas son emociones del sentimiento de comunidad innato. Que el sentimiento de comunidad es innato se desprende de la regularidad con que aparece cada vez. El grado de su despliegue nos permite abarcar con la mirada la posición ante la vida. En el concepto «hombre» reside ya toda nuestra comprensión del sentimiento de comunidad; no podríamos imaginarnos a un hombre que lo hubiera perdido y que, sin embargo, hubiera de llamarse hombre. Tampoco en la historia encontramos hombres que vivan aislados. Dondequiera que se hayan encontrado hombres, se los halló en grupos, salvo que los individuos estuvieran separados unos de otros de manera artificial o por la locura. Darwin demuestra en el reino animal que viven en grupos aquellos seres vivos que se hallan en una posición más desfavorable frente a la naturaleza. La vitalidad, la fuerza vital de estos animales peor situados, se traduce en que se agrupan, siguiendo inconscientemente un principio de autoconservación. Podemos comprender además que todos aquellos animales que vivían aislados y a los que, en su conformación madrastra, les faltó el sentimiento de comunidad, tuvieron que perecer. Cayeron víctimas de una selección natural. El principio de la selección natural es peligroso también para el hombre, pues es el ser al que la naturaleza ha dotado corporalmente de la manera más madrastra.

La situación de inferioridad e insuficiencia del género humano desarrolla en conjunto y en cada individuo un impulso y una coacción continuos, que nos empujan hacia adelante hasta que se alcanza un estado aproximado de reposo y una existencia parece asegurada. En este camino nos hallamos todavía hoy, y quizá el más hermoso consuelo del hombre actual sea la conciencia de que nuestra situación presente no es otra cosa que un punto de tránsito, una fase momentánea de la evolución humana. Naturalmente, quien mejor la atravesará en todas las cuestiones de la vida será el que esté en armonía con las condiciones reales, el que haga justicia a la lógica de los hechos, mientras que un destino inexorable alcanza por naturaleza a quienes se oponen a esa lógica. Pero, en el sentido más profundo, el sentimiento de la lógica de la convivencia humana es sentimiento de comunidad.

Todo el desarrollo del niño exige que esté inserto en una situación en la que haya sentimiento de comunidad. Su vida y su salud solo están garantizadas si hay personas que se ocupan del niño. Un ternero recién nacido, por ejemplo, puede distinguir en poco tiempo las plantas venenosas de las demás. El hombre recién nacido, en cambio, depende, a causa de la inferioridad de su organismo, del sentimiento de comunidad de los adultos; hay que cuidar al niño, instruirlo y educarlo durante largo tiempo, hasta que adquiere él mismo la capacidad de mantenerse.

También si consideramos las facultades que constituyen nuestro orgullo y nos aseguran la primacía sobre otros seres vivos, como la razón, la lógica, el lenguaje, nuestra comprensión y nuestra predilección por todo lo bello y lo bueno, no podemos ver en ellas sino ventajas que el hombre aislado nunca habría podido producir, porque en cierto modo solo pudieron nacer de un alma colectiva. Con ellas satisfacemos necesidades que nunca habrían oprimido al individuo, que solo cobraron vida en una comunidad humana. Para un hombre aislado que no tuviera relación alguna con una comunidad, la lógica consciente, conscientemente vigilada, sería del todo indiferente, no tendría que hablar, le daría igual ser bueno o malo; más aún, estos conceptos perderían todo sentido, a falta de su relación con una comunidad humana, con un prójimo, como en los animales solitarios. Todas las cualidades de la vida anímica humana, todas las realizaciones del espíritu humano solo son concebibles en una relación de los hombres entre sí.

Y de esta relación no se encargan solo la necesidad, no solo las urgencias apremiantes del día, sino también nuestra organización sexual. La división de la humanidad en dos sexos no constituye en modo alguno una separación, sino que significa una eterna atracción forzosa del uno hacia el otro. Engendra el sentimiento de un parentesco mutuo, porque por las venas de cada uno corre sangre común, porque cada uno es carne de la carne del otro. Las leyes matrimoniales de los pueblos solo pueden entenderse desde el punto de vista de que consideraban el amor como un vínculo común del grupo. Por eso prohibían los matrimonios y el comercio sexual entre miembros de una familia, porque esto habría conducido al aislamiento de las familias. Los poetas, las religiones, los mandamientos sagrados se vuelven contra el incesto e intentan extirparlo. Los hombres más doctos se han devanado los sesos sobre cuál es en realidad el fundamento del natural apartamiento mutuo de los miembros de la familia. Nosotros lo comprendemos con toda facilidad sobre la base del sentimiento de comunidad que se desarrolla en todo niño y que excluye todas las posibilidades que podrían conducir al aislamiento de los hombres.

Hemos llegado ya al punto desde el cual podemos comprender que lo que en sentido propio llamamos amor, la relación entre los sexos, está siempre ligado al sentimiento de comunidad y no puede separarse de él. El amor como relación entre dos tiene, en cuanto parte del sentimiento de comunidad, sus propias leyes, y como componente necesario de la conservación de la sociedad humana no puede concebirse fuera de la comunidad. Quien afirma la comunidad afirma necesariamente también el amor. Quien posee sentimiento de comunidad tiene que abogar por el matrimonio o por una forma de amor equivalente o superior a él. En cambio, aquel cuyo sentimiento de comunidad está estrangulado, que no ha llegado a un libre despliegue de su ser dentro de la humanidad, presentará también una forma extraña de sus relaciones amorosas.

Mirando hacia atrás podemos sacar ahora una serie de conclusiones que nos facilitan la visión de conjunto del vasto campo de las relaciones amorosas y aclaran de repente un poco la oscuridad. Podemos establecer que un hombre cuyo desarrollo social ha sufrido daño, que no tiene amigos, que no ha llegado a ser un verdadero semejante, que profesa una concepción del mundo contraria al sentimiento de comunidad, que quizá tampoco ha podido resolver bien su cuestión profesional, es decir, de nuevo, aquel que está total o casi totalmente perdido para la comunidad, tiene que tener dificultades en sus relaciones amorosas, y apenas será capaz de resolver la cuestión erótica. Las personas así conformadas tomarán caminos extraños, crearán dificultades y, donde estas se les presenten, se aferrarán a ellas como a una excusa que las pone a salvo. Queremos considerar ahora estas dificultades algo más de cerca, con lo que obtendremos una visión más profunda de todo el problema. Podremos establecer que también en las relaciones amorosas de un hombre vibra toda su personalidad. Nos es posible tanto comprender su personalidad a partir de sus relaciones amorosas como adivinar, a partir de la comprensión de su personalidad entera, la peculiaridad de sus exigencias eróticas que le corresponde.

Con suma frecuencia encontramos en las relaciones eróticas el supuesto, muy extendido aunque erróneo, de que el amor obliga a la otra parte.

Si prestamos un poco de oído a la vida y nos observamos un poco a nosotros mismos, podemos convencernos de que muy a menudo cometemos el error de creer que la persona amada está ya obligada por el hecho de ser amada. Este error parece estar contenido de algún modo en toda nuestra forma de ver las cosas. Procede de la infancia y de las relaciones dentro de la familia, en la que, en efecto, el amor del uno es casi la obligación del otro. No hacemos sino llevar dentro un resto de esta concepción infantil cuando queremos trasladar estas relaciones a la vida. Las degeneraciones que de ello resultan se agrupan más o menos en torno a esta idea: «Porque te quiero, tienes que hacer esto y aquello». Por ello entra a menudo, también en relaciones entre personas que de verdad se quieren, un elemento mucho más duro, y la necesidad de poder del individuo que, apoyándose en el énfasis puesto en su propio amor, quiere meter al otro en su esquema, en su patrón, exige que pasos, gestos, ademanes, realizaciones, etc., se produzcan como él quiere, solo por la razón de que «ama a esa persona». Esto puede degenerar fácilmente en tiranía. Un rastro de ello lo encontramos quizá en toda relación amorosa.

Vemos así atravesar la vida amorosa de los hombres aquel factor que también en otros terrenos conduce siempre a perturbaciones de la solidaridad humana: el afán de poder y de superioridad personal. En una comunidad humana hay que respetar la libertad de la individualidad personal hasta el punto de dejarla a su libre albedrío. Quien aspira a la superioridad personal impide su propia incorporación a una colectividad. No quiere integrarse en el todo, sino la subordinación de los demás. Con ello perturba, naturalmente, la armonía en la vida, en la sociedad, entre sus semejantes. Como ningún hombre está hecho de tal manera que sea capaz de dejarse imponer un yugo de forma duradera, quienes también en sus relaciones amorosas aspiran a dominar a la otra parte tienen que encontrar dificultades desmesuradas. Si quieren llevar al problema erótico su inclinación a la arrogancia y a la superioridad, tienen que buscarse o bien una pareja que aparentemente se les someta, o bien entablar la lucha con una pareja que busca igualmente en lo erótico la superioridad o la victoria, o que se ve inducida a ello. En el primer caso asistimos a la transformación del amor en esclavitud; en el segundo prevemos una lucha por el poder duradera y mutuamente agotadora, que nunca promete armonía alguna.

Los caminos que aquí se siguen son extraordinariamente variados. Hay naturalezas dominantes que tiemblan hasta tal punto por su ambición, por su poder, que solo buscan una pareja ante cuya superioridad creen estar seguros, que parece subordinarse siempre. No se trata aquí en modo alguno solo de ambiciosos sin valor; la obsesión por este afán de poder es en nuestra cultura un rasgo generalmente dominante, cuyo inmenso daño para el desarrollo de toda la humanidad ha mostrado la investigación de la psicología individual en sus límites aproximados. Si se quisiera examinar, por ejemplo, la vida amorosa de Goethe en este sentido, se tropezaría con asombro con la extraordinaria inseguridad en que este hombre ambicioso cayó en sus cuestiones amorosas.

Podemos comprender así esas rarezas que nos salen al paso a menudo en la vida: que hay personas que en su elección amorosa descienden a un medio social mucho más bajo e inadecuado. No es demasiado raro encontrarse, por ejemplo, con que un hombre que solo se ocupa de las más altas cuestiones de la humanidad sorprende a su entorno casándose, pongamos, con su cocinera. Nosotros, que tanto subrayamos la igualdad de valor de los hombres, no nos indignamos por ello, pero vemos aquí un comportamiento que se sale de lo común y queremos aprender a comprenderlo desde el punto de vista del que actúa, investigando su intención final. Tenemos presente como norma que se encuentren personas que, socialmente y en virtud de su formación y de su preparación para la vida, se correspondan mejor. Si observamos a los pretendientes que han hecho una elección que se aparta de la generalmente esperada, encontramos en la mayoría de los casos a personas que se enfrentan al problema del amor con extraordinario apocamiento y con prejuicios, que sienten miedo ante la pareja sexual y por eso buscan una pareja en la que suponen menos poder y fuerza. Es muy posible que alguien se aparte de la norma aproximada por un sentimiento de fuerza. Pero en la mayoría de los casos vemos que ocurre por debilidad.

Así pues, a algunas naturalezas precavidas semejante elección les parece un acierto extraordinariamente feliz, aunque no comprendan su intención final, encubran sus motivos más profundos con amor y erotismo y estén convencidas de que aquí solo anda en juego la mano del dios Amor. Pero el curso de tales relaciones es por regla general malo. Resulta que esta manera de esquivar una competencia entre los sexos está cargada de múltiples inconvenientes. Los inconvenientes no surgen de que el que está intelectual o socialmente más alto quede decepcionado, o de que se presenten dificultades de naturaleza social cuando la pareja «inferior» no satisface ciertas exigencias y lleva así dificultades a la vida familiar y social. Estos y otros factores externos serían eliminables y salvables si pudiera realizarse además la intención final de la pareja que está más alta. Pero se da el hecho curioso de que la pareja situada en el escalón más bajo no soporta mucho tiempo ver que se abusa de su debilidad. Aunque no entienda de qué se trata, no se libra del sentimiento de que aquí se ha cometido un abuso con su deficiencia. Movida por este sentimiento, pasa a una especie de venganza: intentará demostrar que no es menos que el otro.

Casos llamativos de este tipo hay muchos. A menudo una muchacha joven, culta, de espíritu sobresaliente, se arroja en brazos de un hombre insignificante, a menudo incluso vicioso, quizá a veces con la idea de salvar a aquel a quien parece amar, de arrancarlo de las garras del alcoholismo, del demonio del juego, de la indolencia. Nunca se ha salvado a tales personas por amor: la empresa fracasa casi con regularidad. La parte que está más baja siente en cualquier caso la opresión que resulta de que se la clasifique como inferior. No se deja amar ni salvar, porque las fuerzas que mueven su actitud vital son muy otras e imperceptibles para el entendimiento ordinario, para el «common sense». Quizá hace ya mucho que ha perdido la esperanza de llegar todavía a ser algo, y ve en toda situación que lo reclama como semejante un nuevo peligro en el que podría salir a la luz con claridad su supuesta inferioridad.

Conocemos también a gran número de personas que tienen una inclinación, inexplicable desde otros puntos de vista, precisamente por parejas con defectos corporales. Hay muchachas jóvenes que solo se entusiasman por hombres viejos, y con la misma frecuencia se dan las posibilidades inversas. Estos hechos llaman la atención con razón y excitan nuestra necesidad de explicación. Si observamos luego a cada una de estas personas, encontramos quizá a veces una explicación natural fundada en circunstancias especiales; pero esta inclinación responde siempre también al resto del estilo de vida de estas personas: tomar la línea de menor resistencia.

Encontramos además personas que casi solo sienten inclinación amorosa por parejas que ya están comprometidas. Este hecho curioso puede delatar intenciones diversas. En ciertas circunstancias puede significar tanto como un «No» a las exigencias del amor, una aspiración a lo imposible, a veces a un ideal irrealizable. Pero puede delatar también el rasgo del «querer quitar», que algunas personas llevan al terreno erótico y que está determinado por el resto de su estilo de vida. Consideremos primero esa infinidad de casos en que el pretendiente está resuelto a esquivar la tarea vital erótica y lo intenta por este camino, ya nada insólito.

Hay personas que se han entusiasmado por alguien sin saber siquiera si existe. Esta actitud expresa claramente la intención final: no quieren saber nada del amor ni del matrimonio, y se entusiasman allí donde su entusiasmo, con toda probabilidad, nunca podrá realizarse. Lo mismo vale, en la inmensa mayoría de los casos, del amor desdichado duradero. En la mayoría de los casos es el medio de realizar lo que desde el principio era la meta de la vida: apartarse de la vida, del mundo, ahora con una apariencia de razón. En estos casos, un amor desdichado no puede ser nunca lo bastante desdichado si ha de cumplir este fin. Alcanza a aquellas personas que siempre estaban a punto de poner pies en polvorosa ante las cuestiones de la vida, y en particular ante el amor. Esta disposición a huir recibe a veces, mediante un truco, un ardid, un refuerzo bienvenido. Este no siempre está sacado de la nada, sino que se adhiere a alguna relación verdadera de la vida, y ya no parece en absoluto un ardid, sino que se asemeja al resultado natural de una experiencia. Muchísimas personas no han madurado todavía del todo para la sociedad, ven en las relaciones amorosas y conyugales una zona de peligro y expresan su opinión inmadura de maneras múltiples, pero a menudo incomprensibles por fuera. Si se las oye pronunciarse sobre estas cuestiones que las acucian constantemente, se oyen generalidades que pueden ser muy ciertas en algún contexto y que no tienen por qué ser fanfarronería. Si, por ejemplo, alguien también apocado en lo demás opina que no se casa «porque la vida es ahora tan difícil», toda palabra es sin duda cierta para los que no se casan, pero al mismo tiempo también para los que se casan. Estas verdades, sin embargo, solo las enuncian quienes, aun sin ellas, habrían dicho «No»; solo que entonces habrían echado mano de otras «verdades». No sería diplomático querer apoyar con malas razones una intención preconcebida cuando en todas partes se encuentran buenas razones. Quien haya tenido ocasión de convencerse de la aterradora frecuencia de ese tipo de personas que huye ante la solución de las cuestiones de la vida, no se asombrará de que este rasgo se revista de erotismo.

Para los desertores3 es especialmente recomendable un ardid probado muchas veces. Uno se crea una idea nueva, un ideal especial. Con este ideal mide luego a todas las personas que se le cruzan en el camino de la vida. Esto tiene por consecuencia que ninguna resulte apropiada. Todas se apartan del ideal, y si las rechazamos y las descartamos, nuestro proceder parece solo razonable y bien fundado. Únicamente cuando tomamos el caso particular y lo examinamos, encontramos que las personas que eligen con tanta sensatez estaban resueltas de antemano, aun sin su ideal, a decir «No». En el ideal se encuentran metas deseables de franqueza, amor a la verdad, valor, etc. Representan conceptos que podemos estirar y alargar a nuestro antojo hasta que sobrepasen toda medida humana. Está, pues, en nuestra mano desear algo que previamente hemos «hecho» inalcanzable.

El ardid de no tener que amar amando algo inalcanzable encuentra diversas posibilidades de concreción. Podemos amar a una persona que estuvo allí una vez por poco tiempo, causó impresión, desapareció y ya no se la puede encontrar. Habría que recorrer el mundo entero para encontrarla. En el primer momento nos conmovemos al oír hablar de un amor tan íntimo y tan fiel. Pero la condición que aquí se pone a la realización del amor en la tierra, a saber, recorrer el mundo entero para encontrarla, es sobrehumana y provoca nuestra desconfianza, ya despierta.

También podemos «hacernos» inalcanzable a una persona. A menudo el pretendiente tiene ya al comienzo de su cortejo la impresión de que aquí no será bien recibido. Esta circunstancia se convierte enseguida en el punto de partida de una acción de mayor envergadura. Cree que no puede vivir sin la persona amada, la corteja, aunque cualquier espectador objetivo tendría que considerar improbable que alguna vez encuentre correspondencia. Él mismo se lo dice también. A menudo puede observarse asimismo que tales pretensiones se producen de una forma que basta por sí sola para provocar la resistencia del otro, por ejemplo cuando se hacen con una vehemencia llamativa o en un momento en que todavía no son posibles ni se dan garantías de ningún tipo para una vida en común.

Semejantes cortejos están encaminados al amor desdichado. La infinidad de personas que en sus cortejos ponen rumbo a la meta del amor desdichado es verdaderamente sorprendente. Se pensaría, cuando uno se acerca a estas cosas desde fuera, que semejante comportamiento no está en absoluto en la naturaleza humana. Pero a estas personas no se les nota por fuera que tenemos ante nosotros, sin excepción, a «desertores». La iluminación que aporta la psicología individual pone entonces en claro que un amor desdichado significa para este tipo de personas un escondite excelente. Pues si un desdichado lleva consigo su amor desdichado durante cinco o diez años, está en realidad, durante todo ese tiempo, a salvo de todas las demás soluciones de esta cuestión. Ha sufrido, sí, ha pagado un precio por imponer su intención; pero su meta, que siguió siéndole inconsciente, que él mismo no comprendía, a saber, mantenerse apartado de la solución de la cuestión del amor y del matrimonio, la ha alcanzado así plenamente, con buena conciencia y justificado. Que esta meta y esta solución suya, que en realidad no es una solución, no se avengan con las condiciones de nuestra tierra ni con la lógica de la convivencia humana es en realidad su tragedia más honda, y solo esta última y más honda comprensión es capaz de intervenir aquí para corregir.

Las inclinaciones amorosas hacia personas que ya han hecho otra elección erótica no tienen por qué significar siempre un «No». La historia de los hombres eminentes puede enseñarnos que en nuestra cultura, tan complicada, los hombres crecen con un afán extraordinario de robar, de quitar. El deseo de mujeres casadas trae consigo acciones siempre renovadas para apoderarse del objeto amado, aunque estas acciones guarden a menudo por fuera la forma más noble. Uno de estos tipos parece haber sido Richard Wagner, en cuyas creaciones poéticas está casi siempre entretejido el sentido, introducida la complicación, de que el héroe desea a una mujer que pertenece ya a otro. También la vida de Richard Wagner muestra esta línea.

En general, el sentimiento de inseguridad determina muchas formas del erotismo. Hay hombres jóvenes que solo sienten simpatía por mujeres mayores, en la opinión errónea de algún tipo de que aquí las dificultades de la convivencia serían menores. También delatan su sentimiento de debilidad por una cierta necesidad de cuidados maternales; pertenecen a las personas casi siempre mimadas, con gran necesidad de apoyo, de las que se dice que «todavía necesitan un ama de cría». Engrosan ese tipo que frente al otro sexo nunca puede tener bastantes salvaguardias y que cae en la mayor inquietud cuando se encuentra ante el otro sexo. En nuestra cultura hay un número aterradoramente grande de estas personas inseguras; llevan consigo, muy marcado, el defecto de belleza de nuestra fase de evolución: el miedo al amor y al matrimonio. No es un fenómeno excepcional, sino un rasgo general de la época. Nuestra sociedad está plagada de desertores. A partir de una toma de posición desafortunada y errónea, están siempre como huyendo, se sienten siempre como acosados y perseguidos. Hay hombres que se aíslan y se esconden; hay muchachas que ya no se atreven a salir a la calle, convencidas de que todos los hombres las cortejan y de que no serían nunca más que objeto de ataques. Aquí la pura vanidad hace de las suyas, y puede echar a perder por completo la vida de una persona.

De las experiencias y los conocimientos pueden sacarse aplicaciones buenas y malas. Entre las malas encontramos la inversión exagerada de un error, que es igualmente un error. Lo contrario de la reserva y el retraimiento es la franqueza, y así encontramos personas que cometen errores por franqueza. Hay personas que muestran siempre la tendencia a ofrecerse a los demás. Aunque es muy hermoso confesar abiertamente el propio amor, estamos igualmente penetrados de la verdad de que con ello se comete un grave error en nuestra cultura, nada fácil de tratar. Pues no hay nadie que soporte sin más este ofrecimiento, y el precipitado no solo tendrá que cargar él mismo con el dolor del arrepentimiento y el peso de las inhibiciones que surjan, sino que perturbará también a la pareja en el despliegue desenvuelto de sus emociones amorosas, porque esta, dado el abuso que reina en general con el amor, dada la tensión existente y la lucha entre los sexos, nunca tendrá del todo claro si el ofrecimiento fue auténtico y verdadero o si no se esconderán tras él intenciones peores. No hay leyes fijas: tenemos la tarea de tener en cuenta la peculiaridad de la pareja y de atenernos a las condiciones de nuestra cultura. Hoy parece más bien recomendable poner un poco de freno a la propia inclinación.

Un papel especial desempeña el amor, tanto el feliz como también, y en mayor medida, el amor desdichado, en los artistas. Podemos decir sin duda que el amor desdichado es un fenómeno tan general de la época que apenas habrá alguien que no haya sido visitado alguna vez por él y por sus pesares anímicos. Pero entre las personas que se enfrentan a la vida con una sensibilidad especial, el artista desempeña un papel extraordinariamente destacado. Llama ya la atención por buscar en su arte una vida «junto a la vida», por no actuar en la realidad sino buscar un mundo sustitutivo, por verse casi repelido por la realidad; aunque, desde luego, solo llega a ser artista cuando configura sus creaciones de tal modo que resulten provechosas para el mundo real. Toda obra de arte solo es obra de arte por poseer el valor más general, porque el artista encontró en su creación el camino de regreso a la realidad y a la comunidad.

En el desvío de la vida real hay una tendencia a sentir como hostil y perturbadora la institución del amor y del matrimonio, que subraya la realidad de la vida. Encontramos infinidad de artistas que entienden los vínculos de la vida literalmente como ataduras, como cadenas, como obstáculos, y que incluso los agrandan desmesuradamente en su fantasía. Apenas consiguen superar estos obstáculos, sentidos ahora como desmesurados, se encuentran en sus relaciones amorosas ante una tarea insoluble, y muestran en ello no solo los movimientos de un enamorado, sino al mismo tiempo, y en medida mucho mayor, los movimientos de un hombre que huye ante el amor. Esto se expresa en sus pensamientos y creaciones, que reflejan de forma subrayada los problemas de los hombres. La pareja del otro sexo se siente de algún modo como prepotente, y pronto la esfera amorosa adquiere el carácter de un peligro. Este pensamiento se encuentra casi literalmente en testimonios de poetas y escritores. Todas las naturalezas problemáticas tienen el mismo rasgo, porque todas son extraordinariamente ambiciosas y susceptibles y entienden todo menoscabo de su plenitud de poder como una grave ofensa o, justamente, como un peligro. Así dice el poeta Baudelaire: «Nunca he podido concebir la idea de una mujer hermosa sin tener al mismo tiempo la sensación de un peligro enorme».

La visión de una persona que ha entrado ya en lo que ella cree «zona de peligro» nos ofrece una sucesión de movimientos de defensa y de salvaguardia. Hebbel describe en una carta que envía de joven a su amigo sus sentimientos más o menos así: «Naturalmente, aquí vuelvo a vivir enfrente de la muchacha más hermosa de la ciudad y estoy enamorado de ella hasta las orejas; pero espero que también aquí se encuentre pronto el antídoto junto al veneno.... Y si hoy veo todavía que su amante sube por la ventana a su cuarto, he terminado con ella». Este es el resultado de una impresión de la que en realidad habríamos esperado otro desenlace.

La mujer como peligro es un ideal directriz permanente del arte. Repásense los cuadros del pintor Rops, que representan a la mujer como peligro, como terror o al menos como un poder enorme. El arte es hoy predominantemente un arte masculino, lleva en sí la tradición masculina, presenta predominantemente problemas masculinos y eleva a la mujer a esa figura mágica o terrible que es a los ojos de muchos hombres. Las mujeres no pueden seguir el paso de este ideal masculino de la época y encuentran dificultades en el ejercicio del arte, no porque no sean capaces, sino porque no pueden ponerse al servicio del exagerado ideal masculino. El prólogo de Las mil y una noches nos muestra cómo el autor señala, especialmente asustado, la astucia y la doblez de la mujer que, con un ingenio inventivo increíble, salva la vida frente al hombre. Pero también las más antiguas creaciones del arte, por ejemplo la Biblia, que envuelve a todos los hombres desde los primeros días de su infancia con su atmósfera peculiar, están penetradas por el pensamiento, constantemente presente, de que la mujer representa un peligro, de modo que el niño crece con timidez, desequilibrio y apocamiento frente a la mujer. Una de las mayores obras de arte, la Ilíada, pinta con gran precisión la desgracia causada por una mujer. En todas las obras poéticas, en todas las obras de arte resuena el problema de la época: la mujer como peligro. Grillparzer dice de sí mismo: «Del amor me he salvado refugiándome en el arte».

No podemos predecir sin más cómo repercutirá una inclinación desdichada en una persona. Su actitud vital de conjunto, su línea de vida, es decisiva para ello. Si tenemos ante nosotros a una persona que pierde el valor ante las dificultades que surgen e interrumpe su actividad, también el naufragio en el amor podrá ser para ella el naufragio de la vida. En el amor desdichado en sí no está contenida esta consecuencia. Aquel en quien habita el plan de dejarse espolear por las dificultades se rehará de un amor desdichado y llegará a grandes realizaciones. El amor desdichado no es ni tragedia ni remedio; de él podrán sacarse ambas consecuencias, según que la saque una persona valerosa o una persona abatida. La psicología vulgar señala a menudo las grandes realizaciones que nacen de un amor desdichado. A veces lo recomienda como medicamento. Conocemos personas que han hecho grandes cosas también sin amor desdichado. El núcleo acertado de esta media verdad es que el artista es apresado y cautivado en una medida muy especial por el problema del amor.

La vida de Goethe es especialmente instructiva a este respecto. Siempre vio en la mujer el peligro, siempre anduvo huyendo de ella y del amor. La línea directriz del Fausto es una eterna búsqueda de una solución del problema del amor. Con sus propias tensiones, emociones y aspiraciones construyó su mundo, insatisfecho con los hechos de la vida, e hizo aparecer como por encanto ante nuestros ojos lo humano universal. Lo que constituye la grandeza de su arte es que todas las cuerdas4 vibren en nosotros cuando hace resonar el canto eternamente nuevo de la tensión entre los sexos, presos de la cual los hombres temen que la entrega equivalga a la pérdida de la personalidad, a la servidumbre o a la esclavitud.

Mencionemos aquí todavía a Schleiermacher, que en un maravilloso tratado intenta demostrar que el amor no es cosa tan sencilla, que es necio creer que el hombre, cuando sale a la vida, entienda ya algo del amor. En realidad, cada uno tendría que pasar por un cierto ejercicio previo, por una escuela preparatoria de tipo más ligero.5 Tampoco este idealista de la más pura cepa, muy venerado por las personas más religiosas, puede cerrarse a la convicción de que los hombres no se encuentran tan fácilmente unos a otros en el amor.

En mis conferencias sobre conocimiento del hombre,6 a las que asisten de continuo unas 500 personas, me llegan en su mayor parte preguntas sobre el amor, señal de que la gente se orienta en esta cuestión con menos facilidad que, por ejemplo, en las de la profesión.

¿Por qué hay tan pocas relaciones amorosas felices? Todavía no somos los hombres adecuados, todavía no estamos maduros para el amor, porque vamos retrasados en solidaridad humana. Nos defendemos con todos los medios porque tenemos demasiado miedo. Piénsese solo en las dificultades con que tropieza la idea de la educación en común de los sexos, la coeducación, que no pretende otra cosa sino que los sexos pierdan pronto su timidez y su miedo y tengan ya desde la juventud ocasión de conocerse mejor.

Para las dificultades en las relaciones amorosas no hay remedio en forma de una regla de conducta fija. Las experiencias de la psicología individual muestran cada día de nuevo que la extrañeza del erotismo de una persona es un arabesco de su personalidad entera, que hay que captar en cada caso particular. Tenemos que captar la conexión de todas las manifestaciones de una persona, cambiar su personalidad y la relación de esta con el mundo que la rodea, para modificar su erotismo extraviado. La línea de movimiento de una persona se hará valer también en el amor. Unas veces la obligará a buscar un amor desdichado y a persistir en él; otras le hará tomarlo con más ligereza y la conducirá al ascenso. Si se trata de personas que, saturadas de ambición, no son capaces de soportar una negativa de ningún tipo, a partir de este error, explicable dentro de una conexión de conjunto, el suicidio parecerá algo al alcance de la mano y ofrecerá, en nuestra sociedad, que impone la subordinación, la ocasión de una situación sumamente trágica: unir a la huida de la vida la venganza contra la sociedad y contra determinadas personas.

El amor se cultiva, y las relaciones amorosas se embellecen y refinan con el cultivo y el desarrollo del sentimiento de comunidad que abarca a todos los hombres. Las relaciones amorosas no se configuran de repente, sino que muestran una larga preparación. El vínculo erótico existe siempre entre los hombres, pero hacen falta ciertas condiciones para hacerlo sensible y visible como amor. El comienzo de las emociones amorosas se remonta hasta aquellos lejanos días en que todavía no eran erotismo, todavía no tenían coloración sexual, sino que el ancho río del sentimiento de comunidad se vertía todavía en las formas del apego y la ternura, y solo era visible aquella relación humana universal que (como entre madre e hijo) une inmediatamente a los hombres, sin que se forme entre individuos ese vínculo duradero, al servicio de la eternidad y de la permanencia de la humanidad, que llamamos amor. Es vínculo y perpetuación a la vez. Estas relaciones no pueden configurarse a capricho; hay que dejar que surtan su efecto. El saber sobre estas cosas no está todavía maduro, porque el hombre es capaz de engañarse sobre los procesos de su propia alma. Ambos sexos caen con demasiada facilidad en el remolino de la política de prestigio y representan entonces un papel que ninguno de los dos está en condiciones de sostener, que lleva a perturbar la inocencia y la naturalidad de su vida y a saturarla de prejuicios ante los cuales, naturalmente, tiene que desaparecer todo rastro de verdadera alegría y todo sentimiento de felicidad.

Quien haya asimilado estos pensamientos no caminará, desde luego, sin faltas por la tierra, pero al menos seguirá siendo consciente del camino recto y podrá reducir constantemente sus errores en lugar de agrandarlos.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del ejemplar de la Universitätsbibliothek der Freien Universität Berlin digitalizado en el repositorio Refubium: Alfred Adler, Liebesbeziehungen und deren Störungen, Viena y Leipzig, Moritz Perles, 1926 (Richtige Lebensführung), 23 págs. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la paginación del original y las cursivas, que reproducen el espaciado (Sperrung) del texto en Fraktur. Gemeinschaftsgefühl se traduce siempre «sentimiento de comunidad»; las demás equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo. Las adiciones del traductor van entre corchetes.

  1. Richtige Lebensführung. Volkstümliche Aufsätze zur Erziehung des Menschen nach den Grundsätzen der Individualpsychologie: serie de cuadernos divulgativos que publicó en Viena el editor Moritz Perles desde 1926, dirigida por Sofie Lazarsfeld (1881-1976), colaboradora de Adler. (N. del T.) ↩

  2. Adler distingue Nebenmensch, el otro que está a nuestro lado, que se traduce por «prójimo», de Mitmensch, el hombre que convive y coopera con los demás, que se traduce por «semejante» (y Mitmenschlichkeit, Mitmenschentum, por «solidaridad humana»). (N. del T.) ↩

  3. Ausreißer: el que «se escapa» o «pone pies en polvorosa» (Reißaus nehmen); Adler designa así a quien huye ante las tareas de la vida. Se traduce por «desertor». (N. del T.) ↩

  4. El original dice «Seiten» (lados), por errata o juego con «Saiten» (cuerdas), que exige la imagen de las cuerdas que vibran; se traduce según el sentido. (N. del T.) ↩

  5. Adler no da el título; probablemente se refiere a las Vertraute Briefe über Friedrich Schlegels Lucinde [Cartas confidenciales sobre la «Lucinde» de Friedrich Schlegel] (1800), de Friedrich Schleiermacher (1768-1834). (N. del T.) ↩

  6. Menschenkenntnis («conocimiento del hombre»): título de los cursos de divulgación que Adler daba en el Volksheim de Viena, reunidos en el libro homónimo de 1927. (N. del T.) ↩