Neurosis y delito

Por el Dr. Alfred Adler (Viena)

En el concepto y en la esencia del ser humano está la solidaridad humana. El «Ama a tu prójimo» sonó en los corazones antes que en los labios. Toda fechoría cometida contra un ser humano va contra la lógica de la convivencia humana y despierta conmociones que actúan de un modo siniestro, casi siempre incomprendido. Aquí se trata de un niño tratado sin amor, zarandeado brutalmente por su entorno, al que nadie ha ganado para la colaboración y la solidaridad humana. Crece para vengarse de la sociedad y, una vez que vuela por su cuenta, acumula delito sobre delito. No hay lógica en este proceso, tampoco causalidad, sino un camino errado siempre dispuesto, rara vez reconocido. La miseria y las dificultades de la vida aumentan todavía el impulso al odio a los hombres; el fracaso, que se da por descontado, en la amistad y en el amor roba a quienes se creen expulsados toda esperanza y todo asidero y los deja caer en el abismo, que solo tratan de evitar con astucia y doblez. Crecidos en un pequeño mundo de odio y de enemistad recíproca, llevan sus perspectivas delictivas y sus esquemas de odio a la gran comunidad de los hombres, que anhela amor y ayuda mutua sin haber podido hasta ahora desarrollarlos y desplegarlos desde sí misma, por su propia fuerza. También sus intervenciones posteriores son fragmentos chapuceros: aún esperamos al artista, al guía, al genio, al inventor que resuelva esta cuestión mejor y preventivamente, o que muestre al menos el camino para ganar de nuevo a los renegados para la comunidad.

A veces no es más que la impresión, hecha carne y sangre, del niño llegado a adulto, de que se le dejó crecer sin corazón. No son los hechos mismos los que actúan sobre nosotros. Cómo los vemos y cuál es nuestra posición fundamental ante la vida: eso es lo que produce todas las consecuencias anímicas. La causalidad que se da en lo anímico no reside en una relación como la de causa y efecto, sino que nosotros hacemos de algo la causa y le hacemos seguir las consecuencias. Todos los procesos anímicos corren de antemano hacia una meta de elevación de la personalidad. También la presión de una educación sin amor solo se siente en la medida, y tan dolorosamente, en que entra en contradicción con el sentimiento de la personalidad. Para la vida anímica humana vale como inquebrantable: toda situación anímica, con todas sus impresiones y sensaciones, recibe su rango, su valor y su significado dentro de un sistema de referencia, y de acuerdo con él, que se ha desarrollado bajo la dictadura del afán de notoriedad. (Principio fundamental de la psicología individual.)

Pero como cada cual busca, y tiene que buscar, su camino hacia la altura errando, puede suceder que, con distintos sistemas de referencia y con la multiplicidad de los caminos errados, una y la misma «causa» acarree distintas «consecuencias». Un segundo niño que vive sin calor conserva bastante valor y confianza y busca en la vida, desde luego casi siempre con demasiado ímpetu y lleno de desconfianza, el amor que hasta entonces se le ha negado. Un tercer niño en situación parecida trata de hacerse dueño de la situación mediante la astucia, y nos revela con ello su confianza en sí mismo menguada. Otro hace de su sentimiento de debilidad e impotencia un arma, el arma del que se siente débil: renuncia a la conciencia de sí y a la responsabilidad, hace exhibición de su incapacidad, se crea un sistema de contrarrazones contra toda acción y obliga así a su entorno, menor o mayor, a hacerse cargo de él. Se vuelve, en el sentido más amplio, neurótico.

Si consideramos el radio de acción del neurótico desde la infancia hasta el fin de sus días, nos salta a la vista ante todo su inhibición de la agresión. Ni en el «bien» ni en el «mal» hay que registrar realizaciones dignas de mención. Un último resto de actividad se desfoga a menudo de manera llamativa y desaforada en una de las dos direcciones o en ambas, y puede a veces, cuando el nervioso se ha sumado a una idea que lo sostiene, darle una apariencia de grandeza, de sublimidad o de bajeza, sin llegar a ser duraderamente fecundo o valioso. Los pocos grandes genios que rugieron en la locura fueron siempre solo poseídos, a remolque de una idea que avanzaba incontenible, y estaban allí donde las inhibiciones tradicionales suponían una desventaja. O llevaban su neurosis como libras de peso en la silla1, que podían dar de ventaja a los demás, y la llevaban como recuerdo y cicatriz de luchas y dificultades de la infancia que, a diferencia de otros, habían superado con éxito, fortaleciendo su confianza en sí mismos y elevando su valor.

Como alguien que teme caer de un lado se defiende sin fuerzas o se deja caer, mientras que otros se lanzan con mayor o menor brío hacia el otro lado, casi siempre el opuesto, pero casi ninguno muestra armonía en sus movimientos, así les falta casi siempre a los niños doblegados por la falta de amor la regularidad y la armonía de su desarrollo anímico. De este gran círculo proceden los débiles, los extravagantes, los neuróticos, los solitarios, los delincuentes y los artistas de todo tipo. En todos ellos fermenta una insatisfacción insaciable, y solo el artista y el filósofo logran reconciliarse con las formas sociales de la existencia, presupuesto necesario de todo trabajo fecundo y de toda transformación valiosa de la convivencia humana.

De manera muy parecida, aunque por otros caminos, transcurre el proceso de desarrollo anímico en los niños mimados. El amor desdeñado y negado empuja a unos al aislamiento, a la insatisfacción, y los obliga a eliminar las formas de vida habituales, les estorba en la solución de las cuestiones de la vida que se les plantean. Los niños mimados, en sus más diversas variantes, han descuidado en general la preparación para una vida independiente; han sido educados para apoyarse en alguien, por regla general en la madre, apoyo que más tarde existe tanto menos cuanto más se exige y se espera de estos niños. Su deficiente preparación para las leyes de la escuela, de la camaradería, de la sociedad, de la profesión y del amor provoca continuamente decepciones que estorban el despliegue de un valor normal ante la vida y lo menoscaban y desgastan una y otra vez. Según la situación en que crece el niño, según los modelos, según las atenuaciones o agravaciones en su trayectoria calculable y la mayor o menor capacidad de error que de ellas resulta, según lo favorable o desfavorable de su lugar en la sociedad, se va formando su destino, comprensible pero incomprendido, porque la «causa» y el «efecto» quedan demasiado lejos uno de otro para la perspicacia humana. También el modo en que alguien hace de algo la causa y de algo el efecto está todavía demasiado lejos de la comprensión humana. Así sucede que cada uno de ellos atribuye los golpes que recibe mucho antes a su propia debilidad, a su propia inferioridad, y más aún a la mala voluntad de los otros, a las circunstancias, que no reconocer y eliminar el error al que le indujo una situación infantil defectuosa.

El enorme número de personas extraviadas que proceden de estos dos grupos apunta ya a la gran difusión de la disposición a la neurosis y al delito. Se parecen: 1.º, en el sentimiento de insatisfacción y de verse defraudados; 2.º, en su deficiente capacidad de unirse a los demás, en su sentimiento de comunidad estrangulado, en su falta de consideración hacia los demás y hacia la sociedad, en su deficiente preparación para un papel social; 3.º, en su perspectiva egoísta y en el esquema egoísta de su forma de vida, entrenado desde la infancia; 4.º, en su impulso indómito a elevarse sobre su nivel no mediante una acción valerosa, sino mediante trucos, astucia o cogiendo por sorpresa al otro; 5.º, por la fuerte restricción de su radio de acción. Todos estos fenómenos, que, como se ve fácilmente, están relacionados entre sí, se encuentran por igual en la estructura de la neurosis y en la del delito.

En qué se distinguen psicológicamente no parece a primera vista muy significativo. El daño que la neurosis causa al entorno y a la colectividad, los perjuicios anímicos y materiales a los demás, la falta de las realizaciones socialmente necesarias, llegan no pocas veces a destruir la felicidad, la alegría de vivir y hasta la vida de personas allegadas. Pero estos resultados no aparecen nunca con intención consciente, sino siempre en su relación con la situación del paciente, como espontáneos y como si se produjeran por sí mismos. También cuando se trata de asesinato y homicidio en la psicosis, de asesinato por lujuria, robo, calumnia, estafa, saltará siempre a la vista la preparación deficiente, lo absurdo y sin finalidad, que solo en el sistema neurótico parece tener sentido y finalidad, visto desde la meta y la intención final del nervioso. A estas realizaciones dañinas les falta también la utilidad, lógica y socialmente comprensible, que en las formas puras de delito salta, a pesar de todo, a la vista. Así, un enfermo de locura juvenil2 mata a golpes a su cuidador porque su sistema delirante exige que se crea perseguido y obligado a defenderse. Un joven que erróneamente ha perdido la fe en su capacidad de rendimiento, pero trata a toda costa de ocultar el sombrío secreto de su inferioridad, busca una tabla de salvación y la encuentra en el cocainismo y el alcoholismo. Esta neurosis y sus consecuencias arruinan a los padres, les amargan la vida y se extienden al entorno, sembrando daño y desgracia. Todos los perjuicios resultan casi con seguridad matemática de la concepción fundamental errónea del enfermo y de su falso método de vida. El valor para la norma se ha perdido; el enfermo huye de sus tareas vitales, solo se preocupa de las apariencias y trata de encubrir su pusilanimidad y su supuesta falta de valor. Piense y hable lo que quiera sobre su estado, mientras dure su cobardía la enfermedad lo retiene: se comporta como un hombre que se tiene por la última basura. Solo con la disolución de este error profundísimo y tras su eliminación vuelve el valor para superar las tareas normales de la vida. En el examen individualpsicológico del nervioso se encuentra el entrenamiento del pusilánime hacia un síntoma neurótico que lo asegure y encubra su supuesta inferioridad. Con ello, los perjuicios a otros se producen casi por sí solos, sin responsabilidad del enfermo, casi siempre en contra de su juicio, en contra de su sentimiento. Todo el ámbito de las perversiones sexuales es el territorio de huida de los que han perdido el valor. Lo que sale a la luz cuando el instinto sexual se pone en movimiento desemboca siempre en perjuicios para los demás. De este perjuicio se aparta la mirada. Se produce como en un delito por imprudencia, en el que nadie «pensó en ello». Las mismas relaciones de fuerzas anímicas se encuentran en todas las demás neurosis y psicosis. La intención final del enfermo es siempre esquivar las tareas de la vida, las sociales, las profesionales, las eróticas, eliminar su solución. Con estas tendencias de evasión, convertidas en carácter y en persona, que transcurren de forma automática y esquemática, surgen por sí solas las neurosis como síntomas, y los perjuicios para la propia persona y para el entorno como costes inevitables, ineludibles, casi siempre sentidos con desgana, que impone el camino errado una vez emprendido.

Así, por ejemplo, siempre les ha llamado la atención a los investigadores con qué ingenuidad y qué poca premeditación suelen producirse los pasos en falso de la llamada «moral insanity», en la cleptomanía, en el asesinato por lujuria, en los actos puramente sádicos. Por tristemente que terminen a menudo tales excesos, se los siente como un mimetismo, como si alguien, mal preparado para ello, jugara a ser delincuente. La acción está mal escenificada; falta la persuasión de uno mismo para el delito, falta incluso toda la historia previa, falta el esfuerzo por crear condiciones que lo faciliten. A menudo puede constatarse una mayor mezcla de afecto, inexplicable desde el círculo de referencia en cuyo centro está el delito, pero bien comprensible dentro del círculo de referencia de la neurosis, que apunta a esquivar las tareas de la vida, a crear circunstancias atenuantes para la deserción y excusas ante uno mismo y ante los demás. Pero mientras que el delincuente se esfuerza, por así decir, honradamente por ponerse en ventaja por odio, envidia, rabia o miedo a perjuicios que le amenazan, y trata de presentar su paso, ante sí y ante los demás, a una luz más benigna mediante tales alegaciones; mientras que, por el intento exacto de resolver el problema delictivo planteado, aparece cargado en su historia previa, al neurótico se le ve, casi despreocupado de la utilidad o el daño, empujado desde un lado completamente distinto que en busca de ventaja, mucho más en el sentimiento de su derecho que el delincuente.

Con un sentimiento indestructible de responsabilidad ante sí mismo y ante la comunidad, el delincuente buscará siempre una cobertura precaria en su sentimiento de necesidad, en su odio, en su envidia, en su afán de venganza. Este sentimiento de responsabilidad le falta al neurótico en su intención de dañar. En parte porque su atención está ocupada por cosas muy distintas, en general por su miedo a las tareas de la vida. En parte, sin duda, porque su sentimiento de pertenencia a la colectividad se ha vuelto aún más pobre que en el delincuente. Pero sobre todo porque el neurótico alcanza por este camino su intención final: librarse de la norma de una actividad vital. Tras las confusiones y los perjuicios que le acarrea su modo de obrar brilla una estrella: la dispensa de las tareas de la vida. Incluso la proscripción social y las penas judiciales las recibe de mejor grado, porque lo apartan otro buen trecho de la vida normal de los hombres, que teme y en la que solo espera humillaciones.

En un punto parecen asemejarse las faltas de los delincuentes y de los neuróticos: ambos tienen siempre, frente a sus víctimas, la ventaja de las mayores probabilidades. Pero también en este punto de nuestro examen habrá que constatar como diferencia que las víctimas de los neuróticos están casi siempre en desventaja excesiva. Encontramos entre ellas a familiares atados por obligaciones que toman en serio, a niños, a necios crédulos; o los ataques se producen como un rayo y tan por sorpresa que la defensa queda excluida. O se ofrece por azar una ocasión en la que hay la apariencia segura de que nadie puede intervenir. Todos estos fenómenos tan marcados indican que el neurótico, también en su esfera extraviada, muestra una falta permanente de valor. Un ladrón que trabaje metódicamente se encontrará entre los neuróticos solo con grandísimo esfuerzo.

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Las comprensiones y experiencias de la psicología individual nos permiten reducir las formas de expresión a una línea unitaria, captarlas como una melodía, para inferir de ella al autor. Esto se consigue de la manera más patente en los neuróticos y en los delincuentes. Los rodeos y aseguramientos frente a las tareas de la vida socialmente corrientes son en ellos lo bastante nítidos y claros como para que se nos aparezcan como en relieve. Los comienzos de esta línea proceden de sentimientos de inferioridad reforzados, de un mimo o una severidad inadecuados y —como tenemos que añadir todavía— de inferioridades orgánicas y debilidades de la primera infancia sentidas como graves y penosas, que a veces pueden atribuirse también a un desarrollo deficiente de las glándulas de secreción interna. Pero ni siquiera estas deficiencias y dificultades, a menudo pasajeras, actúan de modo inmediato y causal, sino que, en determinadas circunstancias, entre las que el papel principal lo desempeña la distancia del niño respecto del poder o del sentimiento de poder de su entorno, pueden dar lugar a un sentimiento de inferioridad agudizado. Entonces el niño establece artificialmente una nueva causalidad: se comporta como si su inferioridad fuera un hecho irrefutable, cae en un grave pesimismo, pierde la fe en su fuerza, ya no se cree capaz de las realizaciones que se le exigen o se esperan de él y, a la primera derrota o ante la apariencia de una, se da a la fuga. Esta huida se aparta de la norma con sus exigencias, a las que el niño no se cree a la altura, y el camino hacia la neurosis, o hacia el aislamiento, o hacia el descarrío3 y el delito, queda abierto. Lo decisivo para la elección posterior es ahora cuánto sentimiento de comunidad y cuánto valor tiene el niño a su disposición en el momento de desviarse. La forma y el contenido de una neurosis resultan, en el caso más puro, desde el punto de vista de la falta casi total de perspectivas de imponerse, con un reconocimiento y una santificación más o menos conservados de la comunidad, de la lógica de la convivencia humana, mediante el aprovechamiento de las obligaciones de esta hacia los débiles y los enfermos, y reclamando continuamente una medida más benigna para las realizaciones propias.

El valor ante la vida no se ha agotado del todo. Por eso la neurosis se delimita frente a la psicosis, sobre todo frente a la dementia praecox, y frente al suicidio. Pero está tan rebajado que, en la huida ante las tareas de la vida, la enfermedad se mantiene asida como una tabla de salvación, aunque con quejas continuas sobre los costes de un método de vida tan malo. La intención final de quedarse parado ante las decisiones de la vida se convierte en la tarea suprema y exclusiva. Frente a ella, todos los planes, toda voluntad, todo juicio, tienen tanto valor como exhortar a una liebre a que no tema a los perros. Y así como la liebre lo considera, lo tantea y lo examina todo desde el punto de vista de la liebre, organiza toda su vida en consecuencia y delata en todos sus movimientos que es una liebre, así el neurótico, que adquiere su forma, su línea, su melodía y, despreocupado de nuestra lógica, en virtud de su lógica y de su concepción del mundo neuróticas, no solo recorre su camino neurótico, sino que lo prepara y lo entrena sin cesar. Su entrenamiento y sus arreglos apuntan a apartarse de la vida, y todos los perjuicios que causa resultan apoyos de este apartamiento o necesidades suyas.

El resto, claramente conservado, de su sentimiento de comunidad se muestra en el miedo exagerado a los conflictos con la comunidad. Solo cuando un conflicto así se hace necesario para un apartamiento mayor, lo busca y lo practica. Toda su conducta ya no apunta en la dirección de vencer al otro, sino en la de desprender el yo del tú. Más pura que de ordinario se muestra la conducta de vida neurótica tras una derrota decisiva en la vida, ante exámenes y decisiones, pero a veces también cuando mejora su estado y nacen expectativas. El miedo a nuevas derrotas lleva entonces todos los fenómenos neuróticos a una expresión más aguda.

La gravedad y la importancia de una neurosis solo pueden medirse por el grado de desaliento, nunca por su forma o su contenido. Todas las medidas que, aun sin saberlo, fortalecen el valor, todas las curas milagrosas, sugestiones, autosugestiones y todas las intervenciones médicas actúan solo en la medida en que pueden elevar el valor del enfermo. Un éxito seguro solo lo promete un tratamiento que dé al neurótico el sentimiento de la equivalencia, destruyendo los errores de la infancia acerca de una capacidad deficiente.

A veces se encuentra en los pensamientos y fantasías de los neuróticos una ocupación lúdica con delitos, o el miedo a una inclinación semejante. El contexto indica siempre que se trata solo de impulsos, casi siempre superfluos, del sentimiento de comunidad, que hace sonar así sus advertencias, a menudo no sin reforzar el desprendimiento de la comunidad que exige la intención final del enfermo. En esta línea se encuentran también, en el curso del desprendimiento, perjuicios menores o más graves. El paciente internado, enfermo de locura juvenil, al que nos hemos referido antes, practica su apartamiento de los hombres viéndolos a todos como enemigos, y mata a golpes, de paso, a su cuidador.

Si comparamos la línea del neurótico con la del delincuente, encontramos el mismo punto de partida: el sentimiento de inferioridad. También los fracasos, inevitables y evitables, consecuencias comprensibles de la mala preparación para la escuela y para la vida, son comunes a ambos. Pero el desaliento decisivo y el apartamiento de las cuestiones de la vida socialmente corrientes se produce en el segundo caso en una situación anímica en la que, en la preparación anímica, queda todavía valor suficiente, y en la dirección de querer vencer a otros. Esta victoria, desde luego, no está pensada ni querida culturalmente, ni sucede desde un sentimiento de fuerza. Debe más bien hacer posible un apaciguamiento del torturante sentimiento de debilidad, debe obtener con malas artes la apariencia de una hazaña, pero en el fondo lleva todas las marcas de la cobardía. La acción delictiva sigue siempre la línea de una resistencia supuestamente menor. Esta comprobación vale no solo para los delitos de astucia, sino también para los de violencia. En el momento del delito se muestra la misma falta de valor que ya había motivado el apartamiento de las actividades vitales normales.

En cambio, la relación entre el yo y el tú es esencialmente más fuerte4. Esta mejor relación con la sociedad humana se muestra no solo en la formación de bandas, con su rasgo a menudo caballeresco. También la frecuentación de tabernas, el trato con el otro sexo, el cultivo de amistades y la sociabilidad se destacan mucho más claramente que en los neuróticos. Todos estos fenómenos están dentro de la conexión con la voluntad de vencer. También la indulgencia y la benignidad hacia las personas decididamente débiles y pobres apuntan en esta dirección. Ciertamente, en su trato social la astucia se manifiesta de modo desproporcionadamente fuerte frente a todos los demás fenómenos, como signo de un entrenamiento intelectual tal como se encuentra en personas menos valerosas y seguras de sí. Las tendencias en pugna —voluntad de vencer y sentimiento de inferioridad— dan, en la corriente de la vida, una vinculación social laxa, lo bastante fuerte para imponerse una y otra vez en el contacto con los hombres, pero no tanto como para cumplir las tareas normales. El miedo a sucumbir en estas hace que estas personas busquen realizaciones que correspondan siempre a su cobardía, pero que les den al menos la apariencia de vencedores. En el asesinato, el robo, el homicidio, el robo con fractura y el hurto tienen siempre en perspectiva segura, por lo menos, la derrota del adversario.

Como otro signo de su cobardía, que a veces aparece encubierta por una temeridad vanidosa o degenera en audacia loca en el momento del peligro, los conocedores del alma del delincuente conocen la difundida superstición. Ha de considerarse en todas las circunstancias como un ancla de salvación, como apoyo de la profunda pusilanimidad de estas personas. En la misma dirección nos apuntan la vanidad y la jactancia con que tratan de ocultar su sentimiento de inferioridad.

Sucede a veces que delincuentes habituales abandonan su carrera después de los treinta años, toman mujer y abrazan una profesión. La siguiente consideración, en relación con lo expuesto, da una explicación: todo delincuente tiene la inclinación, que procede de su voluntad de vencer, a distinguirse ante sus compañeros. Esto les resulta, por razones naturales, mucho más fácil a los jóvenes. La índole rebelde del delincuente joven le disputa implacablemente al mayor toda notoriedad. Privado así de su seguridad, el compañero de más edad busca salir de nuevo de su gremio.

Las analogías en los movimientos anímicos de delincuentes y neuróticos residen en su sentimiento de inferioridad agudizado en la primera infancia, en su baja estimación de sí mismos frente a las tareas normales, en su abandono demasiado rápido de los esfuerzos tras decepciones y derrotas y en su deficiente desarrollo del sentimiento de comunidad.

Las diferencias de peso las encontramos en un rodeo incomprendido del sentimiento de comunidad en el neurótico y en una ruptura de este, bien captada aunque no comprendida en su alcance, en el delincuente. Tanto el rodeo como la ruptura necesitan un entrenamiento y están bien preparados. El delincuente busca sus victorias baratas; el neurótico sueña con ellas y se lo impide con su padecimiento. Ambos buscan condiciones que les faciliten las cosas: el neurótico para su parte de rendimiento en la vida; el delincuente, para su decisión de actuar y para el acto mismo.

A continuación queremos demostrar las comprobaciones anteriores a partir de la trayectoria de delincuentes bien estudiados.

Una descripción clásica de los procesos anímicos que llevan al delito la encontramos en el Raskólnikov de Dostoievski. El escritor, agudo observador y conocedor de delincuentes, hace que su héroe prepare el asesinato en la cama durante un mes. Solo entonces se produce la ruptura del sentimiento de comunidad. Raskólnikov encuentra las condiciones que se lo facilitan en que su víctima es una vieja usurera que no sirve para nada, y en que él mismo no debe ser cobarde, no un piojo, sino un Napoleón. Su desviación empieza cuando se encuentra completamente sin dinero y ve a su hermana en peligro de tener que venderse a un hombre al que no ama. Con los débiles y los pobres está siempre dispuesto a ayudar.

De lo expuesto se desprende que, teniendo en cuenta la investigación individualpsicológica, podríamos alcanzar una seguridad mucho mayor que hasta ahora al juzgar si se trata de neurosis o de delito. Desde luego, exigimos también un examen más detenido de la historia previa y del modo de vida del examinado. En ello, la atención a los puntos de vista anteriores resultará indispensable. Ahora bien, nos encontramos en la difícil situación de tener que extraer nuestras comprobaciones de material ya existente. Sorprende la abundancia de hechos concordantes que resulta.

El famoso ladrón Breitwieser5 empezó su carrera delictiva cuando se creyó estafado en los frutos de un invento suyo. Tenía trato social, se ocupaba ocasionalmente de los pobres y en el terreno erótico no llamaba la atención. Siempre dispuesto a luchar cuando se le atacaba, cayó en una batalla con agentes de policía.

De la valiosísima «Exposición, según las actas, de delincuentes notables»6 de Anselm v. Feuerbach:

Josef Auermann, hombre intachable, burgués, padre de familia, debe a su criado 400 florines. Este lo apremia del modo más despiadado. Toda búsqueda de ayuda resulta vana. La idea de librarse de su verdugo gana terreno, le parece incluso el único camino. Se siente abandonado por todos. Encuentra los pensamientos que se lo facilitan en esta consideración: «Si el criado sigue en mi casa y me atormenta por el dinero, a lo que no tiene derecho en mi casa, sobre todo porque el plazo de pago no ha vencido todavía, lo mato. No vale más.» Bebe más que de costumbre en diversas tabernas, para adormecer su sentimiento de comunidad, su sentimiento de responsabilidad. Así logra la ruptura. Mata al criado en la riña siguiente, confiesa después su culpa, se presenta ante el tribunal. Cuando ve a la novia del muerto, trata de esconderse.

Konrad Kleinschrot, con ayuda de un criado, mata a su padre, que lleva una vida desordenada, trata cruelmente a su familia y, cuando una vez le devuelven los golpes, los denuncia ante el tribunal. El presidente del tribunal dice: «Tenéis un padre malo y pendenciero; no se os puede ayudar.» La familia buscó en vano remedio. El padre vivía con una ramera y apremiaba a los hijos a dejar la casa. Un jornalero que se entregaba a la pasión de sacar los ojos a las gallinas, y al que veinte años de desordenada vida de soldado habían facilitado además el entrenamiento para el asesinato y el homicidio, les aconsejó matar al padre. Sobre ello hubo largas deliberaciones. Primero se probó con un remedio mágico. Cuando este falló, Konrad mató al padre junto con el jornalero.

Margarete Zwanziger, la Brinvilliers alemana7, creció como niña en pupilaje, era pequeña y contrahecha, y por eso vanidosa, coqueta y servilmente cortés. Tras repetidas desgracias, estando cerca de la desesperación, intenta tres veces, envenenando a mujeres, apoderarse de sus maridos. Finge con astucia embarazos e intentos de suicidio. Declara en su autobiografía: «Cada vez que después hacía algo malo, pensaba: de ti nadie ha tenido compasión; así que no tengas tú compasión cuando otros sean desgraciados.» Trabaja, pues, hacia el delito y busca atenuantes.

Matthias Lenzbauer, mala educación, cojo de un pie por descuido. Hace de padre de su hermano menor, pero empuja con brutalidad a su madre a mendigar con estas palabras: «Vete otra vez, vieja carroña, ¿por qué me hiciste tullido?» Durante mucho tiempo no encuentra trabajo, contrae una enfermedad venérea y no tiene dinero para que lo declaren oficial. Mata a su hermano en el camino de vuelta, tras buscar trabajo en vano, para hacerse con su pequeña herencia.

Andreas Bichl, el carnicero de muchachas, casado, conocido como ladrón, cobarde y cruel. Atrae a muchachas con pretextos supersticiosos a un sótano, donde las mata y las despoja de sus pertenencias. Se pone para ello en un estado erótico con el que se facilita y justifica su propósito.

Simon Stigler, mal preparado para la vida. No sabe leer ni escribir. El padre, en presidio por robo. Hace el entrenamiento en la casa paterna, donde amenaza a los padres con acuchillarlos en cuanto no le hacen la voluntad. Más tarde agrede a extraños que le impiden hacer su voluntad, amenaza a sus adversarios con acuchillarlos, se mete siempre con facilidad en reyertas y mata a varias personas. En el banquillo lo niega. Prorrumpe en estas palabras: «¡Qué me importa que se me vaya la vida!» No espera, pues, nada de la vida, y encuentra en ello un alivio para la ruptura del sentimiento de comunidad.

Jakob Talreuter, hijo ilegítimo, huérfano desde muy pronto, va a parar a una madre adoptiva que lo mima increíblemente. Aprende poco, escribe muy mal, es muy hábil para los negocios y aspira sin cesar a impresionar a todo el mundo. Apoyado en ello por su madre adoptiva, que en años posteriores se enamora de él, se convierte en mentiroso, fanfarrón y estafador, que, donde puede, saca dinero a la gente. Como sus padres adoptivos son de la pequeña nobleza, se jacta de una ascendencia de la alta aristocracia. Derrocha todo el dinero de sus padres adoptivos y al final los echa de casa. Alabado pronto como un genio, apartado del trabajo honrado por la mala preparación y por el mimo, ve la tarea de su vida solo en satisfacer su voluntad de vencer con mentiras y engaños. Así, todo otro se le convierte en un adversario al que trata de burlar. Comienzo del entrenamiento en la infancia, favorecido por la madre adoptiva, que lo pone muy por encima de sus propios hijos y del marido, y acumula así sobre él expectativas bajo las que se derrumba. Su perspectiva de estafador, burlar a todos los demás y poner en ello el sentido de la vida, le facilita sus delitos. Su escasa estimación de sí mismo, su falta de valor y de confianza en sí mismo se muestran en la mentira, en la jactancia, en el rodeo ante las realizaciones normales y en el aprecio de la astucia.

Ludwig Christian v. Ohnhausen, segundogénito que trata con todas sus fuerzas de abrirse paso —cosa frecuente en los segundogénitos y en la pequeña nobleza—, se ve estorbado en su carrera por su hermano mayor, que es indolente, inclinado al robo, y que con su escepticismo sacude su deficiente confianza en sí mismo. «¡O tienes que perecer tú, hermano, o yo, o los dos!», se dice; toma una pistola y mata de un tiro al hermano durante un paseo, cuando este vuelve a apartarse, con dudas hirientes, de los planes del menor. Largo entrenamiento contra el hermano, que lo compromete con su modo de vida. La negativa continuada de este a entrar en sus planes le roba el resto de su confianza en sí mismo. Gana un punto de vista que se lo facilita con la fórmula: ¡tú o yo! No tiene tanto valor ni tanta fuerza como para avanzar a pesar del hermano. Tras el acto se presenta su sentimiento de comunidad: le parece ver grandes cuervos que gritan. Huye. En el interrogatorio calla su acto, porque el funcionario judicial declara que le parece demasiado honrado para cometer un acto semejante. Las primeras confesiones son lacónicas, entrecortadas, desabridas. Ante una comisión especial para nobles lo confiesa todo.

Lorenz Simmler ve a su hermano mayor en posesión de la granja paterna, mientras él tiene que servir como criado. En la pérdida de su confianza en sí mismo se entrega al juego, a la bebida y al vagabundeo. Se alista en el ejército. Una vez clava a un compañero de juego el cuchillo por la espalda en el pulmón. El hermano no se ocupa de él. Varias veces dice que le prenderá fuego al hermano con la casa encima. «¡También tú tendrás que ir a mendigar!» Cuando este le niega otra vez algo, se emborracha y prende fuego a la casa. La cobardía, el entrenamiento y las condiciones que facilitan la ruptura del sentimiento de comunidad están a la vista.

Kaspar Prison huye de una madrastra severa. Es contrahecho, «paralítico de las caderas y con los dedos demasiado cortos». Gran vanidad. Debe dinero a un judío. Lo atrae al bosque y lo mata a golpes. Durante días antes del acto está muy excitado. Oye voces que le advierten. Grita una lechuza. Él le grita: «¿Qué gritas, carroña? ¡Grita lo que quieras, que lo haré igual!» Se facilita el acto pensando continuamente que solo se trata de un judío.

El pintor Franz padece epilepsia. Está casado, tiene un hijo y vive con su mujer, tan holgazana como él, entre deudas y miseria. Se mantienen a duras penas de la mendicidad y de hurtos. Durante mucho tiempo medita un robo mayor o un asesinato. Al final mata a una anciana a la que antes había pedido limosna en vano. Cuando recae sobre él la sospecha, va al tribunal a quejarse, pero allí cae de rodillas y confiesa. La negativa a su súplica le facilita el plan de asesinato, entrenado mucho tiempo antes. Su sorprendente confesión es arrancada por el sentimiento de comunidad que retorna.

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La ruptura del sentimiento de comunidad no es, como vemos, cosa fácil. Quien llega a su límite siente la poderosa conmoción.

Un médico me contó la siguiente vivencia: «En la guerra se me conocía por mi bondad. Los soldados de mi lazareto podían contar siempre con mi indulgencia. Un día, un estudiante tenía que partir al frente. Por sus molestias nerviosas, por cierto insignificantes, lo propuse para servicio ligero. Entonces me rogó que tuviera en cuenta que tenía que mantener a sus padres dando clases, y que eso solo podía hacerlo si quedaba completamente libre. Una consideración de tanto alcance me estaba vedada en mi situación de dependencia. Por la noche soñé que era un asesino y que vagaba por las calles en la oscuridad de la noche, atormentado por los remordimientos. Me desperté bañado en sudor. Me acordé de Raskólnikov. Pero luego adiviné que eran mis escrúpulos a propósito del estudiante los que me ponían ante el alma, en el sueño, las consecuencias más negras.»

¡Cuántos habrán luchado y forcejeado consigo mismos en la guerra hasta tener listo el entrenamiento! Desde luego, disponían también de las facilidades más importantes. Y aunque el apoyo a la ruptura a través del límite del sentimiento de comunidad solo llegue hasta donde lo encontramos en una observación del gran conocedor del alma, Balzac (Le médecin de campagne): «Nosotros, los grandes asesinos, queremos que nuestras víctimas se defiendan, porque entonces la lucha justifica al menos el asesinato.»8

Stefan Lukszits, que asesinó cruelmente a dos personas, escribió antes de su acto las siguientes frases: «Pisoteado por la vida, repudiado por mis parientes, objeto de asco y de desprecio (padecía ocena), casi arruinado por la gran miseria, nada me retiene. Siento que no aguantaré mucho más. A mi abandono quizá podría resignarme todavía, pero el estómago, al estómago no se le puede mandar. Me profetizaron que moriría de hambre, en una cuneta junto a cualquier carretera, y entonces se me ocurrió el pensamiento terrible de que daba lo mismo morir de hambre o acabar mi vida en la horca. No me preocupan las consecuencias; de todos modos tengo que morir y no soy nada, nadie quiere saber nada de mí, y la que yo querría tratar me evita (Gretchen, dulce mía). Da todo igual: será mi redención o mi perdición. Todo está planeado para el jueves; la víctima está ya elegida, solo tengo que esperar la ocasión. Cuando llegue, sucederá lo que no cualquier hombre podría hacer ("voluntad de vencer"). Es terrible: solo con pensarlo se estremece uno.»

Después del acto escribió: «Como el pastor al rebaño, el estómago empuja al hombre a los delitos más oscuros. Puede que no llegue a ver la mañana. Pero no me importa. Lo más terrible es cuando le atormenta a uno el hambre ("excusa que facilita"). Estoy amargado también por mi enfermedad incurable. También ella me echa de la sociedad, y ya he tenido por ella muchos sinsabores. El último sinsabor lo tendré cuando me juzguen. Un hombre pecador tendrá que expiar sus pecados. Pero alguna vez hay que morir, y da igual cómo se muera. Quizá sea esta una muerte más hermosa que la muerte de hambre. Porque si reviento de hambre, nadie me mira; y así estará presente mucho, muchísimo público, y quizá alguno de los espectadores tenga compasión de mí. La policía me detendrá pronto como asesino, porque ya ha sucedido lo que decidí. He pasado una noche agitada, y nunca ha tenido nadie tanto miedo como yo he tenido esta noche.»

En su interrogatorio declaró Lukszits, desde luego sin poder dar con el núcleo de la cuestión: «He asesinado. Sé que estoy condenado al verdugo. No me importa. Tenía que hacerlo. El joven señor tenía ropa muy bonita, y yo sabía que nunca tendría una así. La idea de que tenía que tener esa ropa se convirtió en mí en una idea fija. Por eso he asesinado.»

Que hace de la ropa bonita la causa y le hace seguir las consecuencias, probablemente nunca lo verá claro.

*

En mis investigaciones sobre la vida anímica anormal tropiezo una y otra vez con la conducta de la primera infancia y con la deficiente preparación para la vida en esa época. En esto estamos más o menos de acuerdo con todos los investigadores del alma. Pero en lo que toca al hecho, de tanto peso para nuestro problema, del sentimiento de comunidad, nos parece cada vez más importante para su despliegue y su cultivo el papel de la madre. Y ello porque da al niño la conciencia de la fiabilidad incondicional de un ser humano. Si falta la madre o no cumple su papel, será difícil en nuestros tiempos crear un sustituto de pleno valor. En efecto, encontramos, como se desprende también de las observaciones anteriores, que nuestro material ha sufrido llamativamente en este punto, por haber crecido sin amor o mimado. Ambas formas de vida apartan a los niños de la comunidad: la primera, porque les queda a deber la preparación; la segunda, porque ata el sentimiento de comunidad a una sola persona. En ambos casos les falta a los niños la seguridad necesaria para la vida y la conciencia de sí mismos. Los niños se encuentran pronto como en tierra enemiga, estiman demasiado bajo su propia fuerza y su capacidad y muestran las formas de expresión del desaliento y del sentimiento de inferioridad. Las deficiencias corporales de los más diversos tipos destruyen además la fe en la propia fuerza y crean así configuraciones de formas de vida en cuyo gran círculo, demasiado grande, descubrimos también al delincuente y al neurótico.

Una crítica de las distintas formas de tratamiento de la neurosis y de los delincuentes tiene que contar con estos puntos de vista.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original): Alfred Adler, «Neurose und Verbrechen», Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie 3 (1924), n.º 1, diciembre de 1924, págs. 1-11 (ejemplar digitalizado en archive.org). Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en párrafos y secciones, las cursivas (que reproducen el espaciado del original), la nota del autor y la paginación original. Gemeinschaftsgefühl se traduce siempre «sentimiento de comunidad»; Mitmenschlichkeit, «solidaridad humana»; Überwinderwillen, «voluntad de vencer»; Durchbruch (del sentimiento de comunidad), «ruptura»; Umgehung, «rodeo». Las notas del traductor van señaladas como «N. del T.».

  1. Imagen de las carreras de caballos: el peso que se carga al caballo favorito para igualar sus posibilidades con las de los demás (hándicap). (N. del T.) ↩

  2. Jugendliches Irresein: «locura juvenil», nombre de la época para la dementia praecox (esquizofrenia) de comienzo juvenil. (N. del T.) ↩

  3. Verwahrlosung: el descarrío o abandono moral de niños y jóvenes (no confundir con Vernachlässigung, «abandono» por falta de cuidados). (N. del T.) ↩

  4. También la jerga de los delincuentes indica el sentimiento de comunidad conservado. Una lengua de los neuróticos es impensable. ↩

  5. Johann Breitwieser (1891-1919), ladrón vienés famoso por sus golpes audaces y su fama de «Robin Hood»; murió en un tiroteo con la policía. (N. del T.) ↩

  6. Anselm von Feuerbach, Aktenmäßige Darstellung merkwürdiger Verbrechen (1828-1829), colección de causas criminales bávaras; Adler escribe «merkwürdiger Verbrecher». Los nombres de los casos son los que da Feuerbach. (N. del T.) ↩

  7. La marquesa de Brinvilliers (1630-1676), célebre envenenadora francesa; Adler escribe «Brinvillier». (N. del T.) ↩

  8. El original deja la frase sin oración principal («Y aunque el apoyo… llegue hasta donde…»); se traduce tal cual. (N. del T.) ↩